EL CUMPLEAÑOS / Historia

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EL CUMPLEAÑOS

No, este año no lo voy a celebrar, dijo Laura seria y decidida, con ese acento andaluz que no sabes si está contando algo gracioso o está por contarlo.
Carmen, entrenada en su taller, que de acentos algo sabe, le dijo: pero tenemos todo comprado, la gente avisada, ¿qué te pasa, se te ha atragantado algún verso, se te ha ido por el otro lado?
Laura le contesto, ¿es qué no ha visto como está Europa con la marcha de los ingleses, no ves cómo está el campo con los agricultores protestando en la ciudad, es que no ha oído que están borrando los poemas de Miguel Hernández?
Antes de que Carmen la acariciara con un grito, Olga sentada unas sillas más atrás, le susurro: Si esperamos a que sea un buen momento, quizá nunca lo celebremos.

Hernán Kozak

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EL CUMPLEAÑOS

Había madrugado más de lo habitual para poder hacer los enterramientos antes del amanecer. A las ocho de la mañana ya estaba de vuelta. Hacía frío y los matorrales junto al camino estaban completamente escarchados. El sol estaba empezando a iluminar el valle y las primeras luces se filtraban entre los pinos que cubrían las laderas. Encorvada, menuda y ataviada de negro avanzaba lentamente hacia la aldea por aquel sendero pedregoso y serpenteante. Un conejo se cruzó en el camino y le sacó de su letargo. Se paró y miró alrededor. No podía ya ver con nitidez, pero la visión de su memoria ubicaba cada cosa en su sitio. Pudo ver el molino, ya en ruinas, el pajar del tío Raimundo, y los corrales de la Juana. Hace años el valle era un hervidero de gente que faenaba en el campo. Respiró profundamente, olía a tamuja mojada. Se sintió feliz a pesar de que andaba con dificultades y le costaba respirar. Padecía de artrosis y de una insuficiencia cardiaca. Había perdido mucha visión, pero afortunadamente la cabeza estaba en su sitio y esa era razón suficiente para agotar la vida. No quería abandonar su pueblo ni su casa. En invierno era la única habitante de aquella aldea, reflejo de la España vaciada de la que tanto hablaban los políticos, pero eso a ella no le importaba.
Entró en la casa por el corral. Arrojó en un rincón el azadón que le había servido de herramienta. Las gallinas estaban impacientes por salir, las abrió y fue a recoger los huevos del día. No se le dio mal del todo. Media docena. Los guardó en la cuadra para que el imbécil no se los llevara, le volvían loco.
Se dispuso a enrojar la gloria. Cuando estuvo bien caliente puso un puchero para guisar unas patatas con chorizo. El médico se lo había prohibido, pero había decidido no hacerle mucho caso. Era un día especial. Echó un traguito al porrón que estaba en la mesa de la cocina y se tomó la botica. A su entender, las medicinas hacían más efecto con un poco de vino. La familia de gatos con los que vivía le ronronearon frotándose en sus piernas. La libraban de los ratones y su yerno los temía. Disfrutaba viendo su cara de terror. Éste, al que consideraba un auténtico imbécil, estaba empeñado en llevarla a una residencia. Lo peor era que su hija, aplaudía la iniciativa.
– “Tenemos miedo de que te pase algo. Está casa ya no reúne las condiciones, estarás mejor atendida en un lugar con profesionales que cuiden de ti. Esto está muy sucio, lleno de gatos y de mierda, aquí no hay quien viva, un día tenemos un disgusto”- le decían frecuentemente. Ella sabía que les importaba un bledo. Estaban deseando hacerse con la casa y venderla. Estaba en una zona ideal para el turismo rural. También se gastarían el dinero que había ahorrado durante tantos años con su marido. El fruto de su trabajo y de su esfuerzo. Le echaba mucho de menos.
Era el día de su 81 cumpleaños. Si se seguía la seriación familiar, a lo mejor no podría celebrar el próximo. Su bisabuela murió con 78, su abuela con 79 y su madre con 80. Quizás fuera casualidad, pero se sentía enferma y cansada. En efecto, ese año fue su año.
La casa quedó intacta, aunque era necesaria una buena reforma y gran inversión para montar el alojamiento rural. El dinero del banco les sería de ayuda. Los abuelos habían amasado una fortuna con las tierras y el ganado.
Pero en el banco, no había un duro. “No puede ser, ¿qué carajo habrá hecho la vieja con la pasta? “-gritó el yerno enfadado en la oficina bancaria. No supieron darle ninguna explicación.
Había pasado un par de años desde ese día y Pedro el pastor, vio cómo su perro escarbaba ufano entre los surcos de centeno. Un tarro de Nescafé, de los que prometían un sueldo para toda la vida, apareció entre la tierra. Tenía un buen puñado de billetes de 100 euros. Algo ya se había oído comentar en el bar del pueblo del al lado sobre un agricultor que había tenido un hallazgo parecido semanas atrás en una tierra colindante, mientras araba. Buscar tarros de Nescafé se había convertido en una obsesión en la zona. Diseminados en el valle estaban los famosos salarios vitalicios que prometía la marca.
La abuela siempre había pensado que lo que sale de la tierra en la tierra debe de quedarse.

Maria González
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EL CUMPLEAÑOS

Contaba con el aniversario de la directora del grupo, pero de repente nos avisaron que había que ahorrar esfuerzos, que el cumpleaños sería múltiple y eran tres las festejadas. Una idea genial, eso es lo que deberían practicar en los colegios, me oí susurrar mientras recogía la ropa de la lavadora. Seguía con las tareas domésticas y de pronto me surgió un primer dilema, los invitados serían diferentes, habría que poner un poco más de esmero en el atuendo, recorrer el guardarropa, ya que en algunos aspectos, hemos vuelto a los tiempos ciegos y “últimamente al monje se le mira por su hábito”, me señaló tras salir del Comité de UGT, su presidenta. Hacía un día espléndido con lo que esa porfía llegó a su término. La segunda tenía más enjundia ¿cómo acertar con los regalos? uno de ellos estaba preparado, pero ¿se llevaba uno o se llevaban tres? ¿Había que tener en cuenta como en las bodas a quién pertenecían los invitados? La voz de mi ausente abuela sonaba a lo lejos: ¡a todos o a ninguno! Pero en ese caso habría que elegir algo parecido, por eso de los afectos, que nunca se sabe. Descarté rápidamente la ropa, es lo más complicado, tras los perfumes y aguas de colonia, siempre hay un “que si”: que si de joven, que si de pija, que si tal marca,…; tras dar varias vueltas, pensé en algo de cultura: teatro, un concierto,… pero claro, tendría que invitarlas a las tres juntas y, ¿qué sabía yo de sus braceos? Mi santo preparaba la comida y me dio cuarto de hora para decidirme y sentarme a la mesa con el dilema resuelto. Retiraba las cosas del sofá, cuando la idea se formalizó en mi cabeza. Pero entonces apareció la tercera ¿y qué hago con el Satisfyer que ya tengo empaquetado?

Ana Velasco

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EL CUMPLEAÑOS

Llegó el día señalado, era el aniversario del nacimiento de su madre. En la tarta había una capa de fino veneno. Para una persona que no quiere engordar, aquella fina capa de chocolate líquido que se había solidificado al entrar en contacto con la capa de helado… Su madre no se dio cuenta al comerse su porción. Tampoco se dio cuenta de que ella no probaba bocado, ni tampoco su yerno. Aunque ese reseco palo nunca comía nada dulce ni rico, por eso estaba como un palillo, hueso y pellejos.
Mientras se relamía y le daba un trago al cava, su último trago, fue cuando se percató de que ella era la única que había comido. Su maldita hija, esa trepa incurable, había ido demasiado lejos en la competición.

Kepa Rios Alday
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Carmen Salamanca Gallego
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