EL APODO

EL APODO

No le iba mal eso de tener varios nombres, su familia lo llamaba por uno, los amigos por otro y cuando alcanzó la etapa profesional le cambiaron otra vez. No le molestaban pues todos iban al encuentro de lo que relucía en su piel, lunares, pecas, motas. Pero algo cambió en una señalada cena de empresa cuando al ir a buscar otra copa, se cruzó con una conversación de mujeres de la que llegó a escuchar: “entonces ese que acaba de levantarse es el “manchas”. Estuve a punto de dirigirme a ella y decirle “el tiznao” será tu padre, al volver del mostrador me acerqué a la tertulianas y me presenté, soy el gerente de la empresa y me llamo Esteban. Desde aquel día es el único apodo que soporto y menos mal que a la que me ensució la cara también le gusta, pues sigue siendo mi “lienzo”.

Ana Velasco

EL APODO

Estuvo ingresado, por eso hacía mucho que no lo veía. No recordaba su nombre, cuando vivía su hermano siempre iban juntos, les llamaban «los hermanos». Los dos tenían expresión circunspecta, amable. Pero sorprendía su actitud siempre ociosa, nunca se vio a ninguno de los dos hablando por el móvil. Tampoco parecían ricos, gente de barrio… – En algo deben trabajar, pero yo no sé en qué- me dijo la camarera cuando le pregunté. -Sólo sé que tienen una madre de noventa años que está muy bien de salud; mejor que ellos, siempre hacen ese comentario.

Cuando le vi en el bar solo, sin su hermano, no supe cómo saludarle. -Hola hermano- le dije. Había estado ingresado. Su hermano se había enrolado en un ejército de poetas que pretendía constituirse en nación dentro de Europa. Él se había puesto muy triste.

Y ¿porqué no te enrolas tu también en ese ejército con tu hermano? -Le dije dándole una palmada en la espalda.

Lo intenté -me dijo- escribí algunos versos, pero eran inofensivos. No sé por qué, pero no matan, atontan solamente durante unos minutos.

¿Pues eso tendrá alguna utilidad en el ejército de de poetas? ¿no? Algo así como los aturdidores eléctricos que usa la policía cuando que reducir a alguien sin matarle.

Si -respondió el pobre- pero empecé a odiar a mi hermano. Yo siempre había sido un poquito mejor que él en todo, en el fútbol, conquistando mujeres, en cata de vinos… No sé de dónde le habrá venido esa vena poética, pero escribe bastante bien y en el ejército de poetas le aprecian mucho. Debió ser cuando murió nuestra madre. A mí me ingresaron porque me dio un ataque de caspa y no podía ni andar por la calle. Pues mientras yo me debatía entre la vida y la muerte, porque mi propia caspa me asfixiaba, y estaba en el hospital ahogándome en un mar de caspa, mi hermano empezó a escribir, a publicar sus poemas… Hasta que ya se hizo poeta y para hablar con él había que besar a los o tres mujeres. Le quiero porque es mi hermano, pero no me sentó muy bien lo que me hizo, lo de ponerse a escribir mientras yo me ahogaba.

Kepa Ríos Alday


EL APODO

De niño, me llamaban Cocodrilo. Fue mi hermana que se infló en el aprendizaje de la pronunciación, co-co-dri-lo. Vaya apodo, me dirán, pero mi verdadero nombre también lleva sus dientes: Juan Joaquin del Monte Garrido y Azafrán. Cocodrilo se llegó a dividir en coco y drilo y yo hice lo mismo, me dividí: Dos ángulos largos, dos horizontes para los sueños. Era Drilo para ellos y Coco para ellas. Ya se puede ver el tinte que cubría esos apodos. Drilo hizo de mí un deportista, un jugador de baloncesto, era El Drilo. Fue mi manera de conectarme con el lenguaje, algo terco, y con el mundo, algo desvanecido.
Siempre quedaba alguna ambigüedad porque la semejanza entre drilar y driblar dejaba puntos de escape y es en esos puntos donde aparecía Coco, ya sabe, Mademoiselle, la verdadera huella.
Drilo comía para su pelota. Coco aspiraba en vuelos de altas cumbres, cosas desaparecidas, soberbias amapolas, un universo de saludos donde se tejían los sepulcros como nubes.
Ellas nunca se equivocaban, ni un lapsus, no iban a perder la oportunidad de llamarme Coco, como en una especie de abuso, agotar la voz en un pensamiento derramado sobre dos sílabas. Para ellos fueron más frecuentes las detenciones, como una lengua inmóvil, un tacón que no toca el suelo. Coco era un imán y tal fue así que cuando nació mi hijo, me re-bautizaron en Drilococo.
Los acontecimientos se precipitaron, creció mi pecho de jade, los huesos de los días se estiraron como miembros fabulosos. Alguien barrió los dientes transitorios y el porvenir empezó a ondular. El juego tomó una distancia tal con sus jugadores que pudo iniciarse el oficio. Desde el acantilado escuchó el paso del adiós.

Clémence Loonis

EL APODO


• Nombre por favor – le insistía el gendarme.
• Pardiez- le decía el señor de la gabardina.
El agente de seguridad se desesperaba ante la mirada perpleja del otro hombre mientras un dolor fulgurante le acometía en la pantorrilla. Su garganta se secaba por momentos y el aliento se caldeaba cada vez más como si una candela le trepara. Sombrío de fuerzas la pierna entera se le paralizó. Era como un bloque de hormigón. Paredes altas de cien metros comenzaron a cercarle. El paisaje de ciudad se tornó agresivo y la gabardina de aquel hombre de mirada estupefacta comenzó a rodearle con su oleaje de fibra sintética. Se sintió absurdo ante la situación y aterrorizado. A merced de aquellas mangas vacías se despegaba a la altura de su bolsillo una libretita con sus asuntos más inmediatos. Caía y se deshojaba, volaba como un pájaro con unos dedos como patas. Reconoció aquellas yemas, como si las huellas dactilares dibujaran un mapa delictivo. Cayó en una somnolencia de recuerdos. No sentía la pierna, ni el cuerpo. Era a su vez un pájaro de hojas sin costa.
Amaneció en el hospital. Una doctora le posaba una mano en el hombro.
• ¿Cuál es su nombre? – sus ojos se elevaban tras el cristal de sus lentes.
Sólo se le venía a la mente una palabra, tal vez un apodo, o una expresión, que hizo que todo el hormigón de la obra de su casa se le implantara en la pierna, en el cuerpo.

Laura López

EL APODO

Me llamo Clara y os presento mi artículo de hoy, para el periódico del instituto. Es algo muy divertido, si está bien puesto.
Ensayo caótico sobre los apodos:
Hoy, quiero contaros cosas sobre los apodos y cómo usarlos bien, pueden ser muy divertidos, siempre que la persona no se ofenda por ello.
El apodo puede dar un tipo de lugar en la geografía, una ciudad, un pueblo o un barrio.
Hay apodos divertidos, casuales, ingratos o para bautizar y molestar.
A mí, los apodos me parecen, también, un punto de información. Son como los adverbios, de lugar, modo o cantidad.
Aunque en muchas ocasiones, el apodo no concuerde con la realidad, al menos la tuya.
Por ejemplo: el de modo, puede ser alguien que llama a su pareja bomboncito, dulce, caramelo, esto no quiere decir que sus labios sepan a caramelo de menta o fresa, sino que esa persona aplica el adjetivo, en lo dulce, que le parece su pareja.
Algo así, pasa con los apodos calificativos, éstos suelen concordar más con la realidad.
A saber: fortachón, gordi, ojitos, pestañitas, osita, barbie, loquito o risitas. Éstos califican en esencia, a la persona que lo lleva por su tamaño, grande, o pequeño, de diferentes partes de su cuerpo o aspecto.
Luego está el de lugar: lunático, inglés, barriga, armario, cocinilla, orejón, barbudo, manazas, mirón o bigotes.
Esto no limita los apodos, hay más maneras de buscar un apodo, yo solo hice un resumen de tres.
Aquí, en mi pueblo, nadie sería nadie, sin su apodo: llama al “herrero”, no puede ir, está de cervezas con el “barril”.
La del cura, el pato, la banana, el chino, el pulgui, el cigüeño, cabeza huevo, pepinillo…
Todos son familias del pueblo y no sabrías reconocerlos, si no fuera por su apodo.

Paty Liñán

EL APODO

En aquella familia grande, de hermanos y primos que crecieron juntos, entre la vereda y el patio, había dos niñas que destacaban, primas hermanas, con una alianza probada en ejemplos cotidianos.
Compartían lo bueno y se cubrían en “picardías diversas”, algunas individuales y muchas a dúo.
En cuanto a la forma de ser nombrado, era costumbre familiar, a modo de tatuaje de otros tiempos, usar el apodo.
Así que a Clara, desde pequeña la llamaron “la rubia”, ya que el dorado de su cabello era carta de presentación, y a Mercedes, nacida 13 meses después, “mecha”.
Así, “la rubia” encendía a “mecha”, a puro entusiasmo e ideas “voladas”, como solían decir sus padres.
-¡Tengan cuidado, por favor! Con prudencia, niñas.
Desde que tuvieron edad de salir de la mirada de la familia, dejaron la “prudencia” y encendieron los motores.
Cuando llegó el momento de ingresar a la escuela, eran expertas en diferentes habilidades que asombraban a los niños y escandalizaban a los adultos. Tanto los docentes como los vecinos se hacían cruces con aquellas primas que hacían honores a su fama.
Por la energía que se producía entre las dos, la ventaja que ambas fueron descubriendo, es que una o la otra podía “hacer tierra”, o sea, bajar el plan a lo posible, o dar la voz de alarma y salir corriendo, o bajarse del muro sin un solo rasguño, es decir, sin evidencias que las pudieran comprometer más tarde.
Esa electricidad que circulaba entre “la rubia” y “mecha”, las acercaba desde la risa como desde el silencio. La infancia viene con dolores, que no siempre son los de las rodillas.
A los adultos les cuesta acordar, las peleas pueden sonar fuertes y las palabras hieren, más por cómo suenan que por lo que significan.
En general, ellos volvían a ser “como siempre”, o eso parecía, mientras que las primas quedaban días hablando bajo las estrellas, cuando todos dormían y la única luz era la de la luna.
Aprendieron de cada escena, solo que lo supieron mucho tiempo después. De niñas guardaron vida, risas y aventuras en sintonía con preguntas, alguna lágrima y más de una tristeza.
“Siempre en contacto” fue el lema.
Es que el buen caminante sabe que solo se avanza si contamos con compañeros.

Carla Bianco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

No hacía ni demasiado calor ni demasiado frío, los alcornoques nos escoltaban en aquella explanada que habíamos elegido para hacer campamento, esta vez, no nos quedaríamos a dormir, pero sí a pasar todo el día, habíamos pensado volver al atardecer.

Laura y Pino, habían ido a buscar algo de leña para hacer la paella, ellas son nuestros enlaces expansivos con el mar, hemos descubierto que para estudiar las profundidades hay que aprender a escuchar al mar. Ellas transmiten tantas buenas hondas que se ha logrado frenar la invasión marítima por agentes plásticos.

Al otro lado del mar tenemos a Sylvie, la cobertura isleña de la France, a través de ella somos capaces de encontrar, en colaboración con nuestros enlaces expansivos, los movimientos sísmicos más inauditos, nada pasa inadvertido a sus sensores ibicencos. Ha creado en la distancia una longitud nada proporcional a la distancia misma. ¡Increíble!

Elegimos hacer Paella porque Hernán había decidido venir, es un excelente chef, nunca se dedicó profesionalmente a la cocina, pero lo suyo es vocación, hasta tiene su propio huerto, aunque él está más dedicado a la prudencia Juris, un método anticorrupción para la limpieza y evacuación de tóxicos políticos.

Kepa aún no había llegado, es un prestigioso académico que dirige un holding de empresas decidas a la investigación e implantación de nuevas fórmulas para potenciar las matemáticas clásicas. Ha trabajado hasta para la NASA, incluso por temporada habita el espacio sin moverse de su lujosa academia en Madrid.

Los encargados de traer los víveres fueron Ruy y Leo, ambos han creado nuevas líneas de pensamiento para favorecer el disfrute musical y artístico en las mujeres, la verdad es que, aunque son muy distintos, han sabido crear juntos una solución eficaz para el disfrute de lo femenino, también han logrado impartir sus seminarios a hombres, son todo un éxito.

Gracias a Ana hoy podremos disfrutar de un clima inmejorable, ella ha logrado implantar Estridentismos Ambientales, una tecnología hipermegamoderna que reúne en una simbiosis única, cada estridencia humana del ambiente y genera tanta potencia como para alimentar al planeta por zonas, del clima que se desee.

De Antonia solo podemos decir verdaderos halagos, ha logrado mejorar el transito educacional. Sí señores como lo oyen, es la primera Teacher que escucha a los alumnos y a los padres de los alumnos. Ha conseguido un 100% de Matrículas de honor en sus más de 500.000 alumnos, mejora las relaciones padres e hijos y en algunos casos, ha solucionado problemas de familia que no tenían ninguna solución.

Por suerte contamos con Cruz, nuestra agente discreta más revolucionaria, ella ha podido transferir toda la energía del subsuelo a las masas más sólidas del planeta, creando crotones de expansión reticular, no hay tecnología informática más avanzada.

Sinceramente, ustedes estarán pensando que hace una chica como yo en un grupo como este, pues la verdad, alimentarme de mis compañeros, pero nada de esto sería posible sin Carmen, nuestra líder, un ejemplo de tenacidad y perseverancia, una mujer arraigada a sus principios y también a sus finales, sin ella y su arma más poderosa, jamás hubiera sido posible tanto crecimiento. Carmen es legislada por los órdenes poéticos, otra dimensión, única y de gran poder. Mantiene en su haber un ejército armado con versos dispuestos a ser lanzados.

Todos nosotros somos su ejército y, de vez en cuando, nos juntamos para hacer historia.

Magdalena Salamanca

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Toda la noche caminando por este desierto de mierda, negro, frio y solitario. Sin un peso, pues todo se lo llevó el pasaje y ese hotelucho que nos vendieron como la jaima de nuestras vidas.
Y además no se puede tocar la comida porque “el gordo” dice que en el 86 no sé qué carajo les pasó que no pudieron comer hasta llegar al campo y que como eso les dio suerte hay que repetirlo.
La concha de su madre, hijo de mil putas, como la cábala no salga bien, lo reviento.

Hernán Kozak.

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Viajaba siempre en su desvencijada moto. Tomaba los caminos de los más recónditos paisajes, que le llevaban a abruptos acantilados, a barrancos sin fin, a lagunas desiertas.

Amanecía cada día en un paraje distinto, en un diferente desnivel o a la sombra de un nuevo árbol.

Conducía mecánicamente.

En su cabeza solo volver a revivir aquella comida en el campo.

Pino Lorenzo

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Era un campo mejorado por la civilización humana, en él los insectos libaban el néctar con sus trompas magnéticas. Lucía nunca había conocido la Tierra, ni los arbustos o la tortilla de patatas. Conocía la historia de la humanidad como si fuera la suya propia, pero había algunas expresiones que no podía pronunciar sin avergonzarse: <> o <>. Cuando iba a decir algo de este tipo le temblaba la voz, le daba risa… Los sábados iba a comer al campo con sus algoritmos, recordaba las excursiones familiares como si verdaderamente las hubiese vivido, pero aquella no la recordaba. Ella no sabía que habíamos modificado su línea temporal. Aquella comida en el campo vectorial de tiempo real era su primera experiencia no programada. La observábamos, pero por primera vez no la controlábamos.

Kepa Ríos Alday

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO


El viento rugía tras los cristales y las ramas se doblaban, pero no hacía frío. Era un viento tibio, como de primavera, aunque el invierno estuviera precipitándose en el calendario. Preparó todas las cosas: la barbacoa, el carbón, las sillas, la mesa, la cesta de la comida…. Hacía años que no se iban de campo y recordó momentos alegres de su vida donde salir de excursión era una fiesta. Los años habían pasado pero las ilusiones permanecían intactas. Un par de amigos, la familia, y camino a la diversión. Habían quedado con otro grupo al que sólo conocían dos de ellos.
El rostro de la conductora se recrudeció cuando, de camino al paraje natural donde habían determinado la quedada, un atasco de kilómetros les devoró en la autovía. Tendría que haberlo previsto, era justo un puente importante y mucha gente se desplazaría ese día. Enfadada, dio con sus puños en el volante, con tal tino, que soltó una pitada prolongada. El coche que permanecía delante, inmóvil desde hacía media hora, comenzó a su vez a pitar. Una cabeza se asomó del mismo y le hizo señas enfurecido. Decidió no hacerle caso alguno. En esas circunstancias había gente que aprovechaba para soltar todo lo que tenía dentro. Ni le miró, pero al hacer un movimiento para acomodarse, su mano cayó inexplicablemente en el mismo lugar del claxon. Otra pitada y otra vez el tipo asomándose por la ventanilla y haciendo amago de bajarse. Ahora se le fue un pie. ¡Aceleró! ¡Pero qué horror! Le dio un golpe a aquel coche con aquella cabeza gritando y girándose de atrás a adelante en la parte lateral. Ahora sí, esa cosa se desprendió del coche, comenzó a reptar por la carretera y aparecieron unos nudillos que golpeaban su ventanilla. En el interior, ya comenzaban a ponerse nerviosos. Unos gritaban, otros intentaban calmar los ánimos…
• ¿Pero tú qué haces aquí? – Una voz se abrió paso tras el asiento trasero.
Cuando dieron cuenta de lo que estaba sucediendo, siguieron las presentaciones. Ellos eran la parte del otro grupo de aquella comida en el campo. Al cabo de una hora aún seguían en el atasco, pero reían, divertidos, por cómo la gente aprovechaba para soltar todo lo que tenían dentro.

Laura López

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

No me lo recuerdes, aquella comida en el campo no salió bien, pero depende de cómo lo mires, diría un gallego. Menos mal que las tortillas que llevaste nos sacaron del apuro, porque si tenemos que esperar al arroz caldoso que nos propuso el nuevo ingeniero todavía seguíamos salivando. Cómo se nota que no había pisado campo, venir a ensayar ese dron entre barbechos como el niño que lleva el barquito a navegar en el estanque, un poco infantil, digo yo. Y por mucho que me digas que lo que quería era aprovechar el día para hacer fotos de bichos, árboles, barbechos y eso que hoy se consume como naturaleza, pues que se lo digan al pastor cuando vio los saltos que daba el mastín. Eso sí, te confieso que pocas veces me he reído tanto como cuando la zarpa del perro le pegó esa sacudida a la máquina metálica mientras el ingeniero no dejaba de girar el mando y gritaba “por qué no funcionas desgraciado”. Bueno y qué me dices de la lluvia de arroz que recibió el perro, le respondió Pedro sujetando la carcajada entre toses. Es cierto, ja, ja, ja es cierto, pero ¿a quién se le ocurre meter la bolsa de arroz en la carcasa del dron?

Ana Velasco

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Fue en 1895, fin de siglo. Eiffel hablaba de su proyecto de torre con la administración parisina. Freud publicaba sus primeros textos sobre neurosis. Ellos se casaron en el ayuntamiento de una pequeña ciudad al sur de París, un 26 de julio. Ella llevaba un vestido de blanco satén, un poco usado, sin florituras y a él le dolían los pies porque un amigo le había prestado unos zapatos de charol demasiado pequeños. Habían estado trabajando por la mañana en el frío laboratorio donde, desde hacía meses, realizaban experimentos sobre el magnetismo. Unidos en la labor científica, habían decidido casarse después de unos años de amistad para que ella pudiese regularizar su estancia en el país extranjero donde ambicionaba quedarse.
Dos formales testigos, ayudantes del laboratorio, habían acompañado a los novios al edificio municipal que los transformaría en marido y mujer. Era un trámite administrativo, pero por lo que representaba, les alejaría un día del laboratorio.
Salieron felices y se besaron como verdaderos enamorados. Sorprendidos por la efusión del beso, corrieron hacia la estación de tren que los llevaría a las afueras de la ciudad. Unas horas antes, ella había preparado una sencilla cesta de provisiones, dos bocadillos de jamón y tomate y una botella de tinto, recubierta por un mantel rojo y blanco.
En el tren, nadie sospechó del reciente acontecimiento. No emitieron palabras ni se miraron. Él quedó magnetizado por el beso, ella por su parte, se preguntaba silenciosamente sobre el hilo conductor del magnetismo y cómo se carga de electricidad o si eso eran vehículos intrínsecos a la unión.
Se dieron la mano al bajar del tren. No cabían dudas, estaban dentro del campo magnético, la electricidad los envolvía. Faltaban todavía unos años, el paso del siglo, para descubrir que los campos eléctricos y magnéticos son dos caras de la misma moneda. Einstein hablaría del tensor de campo electromagnético y Freud, en el mismo año, de la Teoría sexual infantil. El mundo se extendería y ellos, ahora, tumbados en la hierba, rodeando el mantel blanco y rojo, tomaban la copa de la felicidad, un tinto suave que apenas los embriagaba. Jugaban a acariciarse y besarse, descubrirse, el olor del verano resplandecía en sus cuerpos.
Al final de la tarde, cuando el viento cambia de fuerza y dirección, ella lo miró a los ojos sonriente y le dijo: la corriente que ejerce una perturbación magnética sobre nosotros, puede venir de más lejos, puede anticiparnos. ¿Vamos al laboratorio? Es donde mejor estamos.

Clémence Loonis


AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Aquella comida en el campo, aquel día impensable.

• Una escapada del mundo, de la atestada ciudad y su condena- dijiste

Cómo saber que aquello en lo que te empeñaste en ofrecer, como un día alegre de campo, nos iba a condicionar de por vida.
Acepté por hacerte feliz. Yo soy más de ciudad, de edificios altos que tocan el cielo, de montañas de coches y barullo de gente con la que chocas casi a todas horas.
Me atesté de mata bichos, mosquitos, avispas y me faltaba seres humanos raros. Preparamos una enorme mochila de cosas, pero solo pensábamos pasar el finde en el campo. Yo me empeñé en llevar una batería y mi teléfono. Tú querías que desconectara de la ciudad. Me lo escondí en la bolsa, mientras sonreía para mí y tu continuabas tu discurso de desconexión.
Fuimos en coche, subimos el puerto y en la primera colina localizamos un aparcamiento. Comenzamos a andar y tras un par de horas, encontramos una pradera bastante lisa donde parar y pasar la noche. El terreno estaba sembrado de pequeñas hierbas silvestres, pero sin mucha piedra. Así que arrancamos varias y alisamos el suelo para poder poner la tienda.
El hambre apretaba, recogimos leña y al cabo de un rato ya teníamos la humeante hoguera para la comida de campo.
El día acompañaba, lucía el sol y las temperaturas, a pesar de estar en octubre, eran suaves. Estábamos exhaustos y nos tumbamos a disfrutar de una merecida siesta.
Empezó a oscurecer y había que buscar leña para pasar la noche.
Dimos un paseo y rodeamos la pequeña ladera, donde hallamos un precioso rincón con un lago y una maraña verdosa de árboles haciéndole círculo. Era mágico. El sol se escondía entre el perfecto círculo y la luz del atardecer rebotaba en el agua. Parecía sacado de una postal.
No eran horas de bañarse, pero decidimos quedarnos a disfrutarlo un rato.
Entonces lo vimos. Había un pañuelo de lunares rosas, encallado en una parte de la orilla. Apenas había luz y nos pareció lo más sensato guarecernos y volvimos a la tienda de campaña.
Al día siguiente me apetecía volver al lago y te animé a que regresáramos.
Esta vez me acerqué más a la zona donde había visto aquel pañuelo de lunares, que ondeaba con la corriente, al acercarme vislumbré lo que pasaba. Un grito sordo salió de mí, hasta que pude mediar palabra. El cuerpo sin vida de una chica bailaba con la corriente y su pañuelo sobresalía, pero seguía sujeto a su cuello inerte.
Ambos nos miramos aterrados. Volvimos al campamento en busca de mi teléfono.
Me miraste extrañado, mientras rebuscaba en el fondo de un bolsillo el teléfono. Al sacarlo, te explique como me había sentido más tranquila al traerlo conmigo.
Nos costó un rato encontrar cobertura, hasta que conseguimos hablar con la policía y explicar dónde estábamos.
Todavía no éramos conscientes, de lo que encontramos, hasta que días más tarde nos informaron de que llevaban tiempo buscando a esa chica, y que habíamos resuelto su desaparición.
Yo, no creo que vuelva a comer en el campo, ese lugar de postal, manchado con la imagen de la chica, nunca se nos olvidará.

Paty Liñán

UNA COMIDA EN EL CAMPO

“…La vida misma es un milagro de amor” (1)

Aquella mañana, como es habitual, Cleme salió a dar una vuelta en bici.

La abuela Clementina vive en un pueblito, pequeño y rodeado de cerros.

Con pocas calles asfaltadas y muchos árboles, pajaritos dando conciertos y flores. Muchas y muy variadas.

La abuela le enseñó, desde pequeña a respetar, querer y cuidar a las flores.
Ella “las disfruta”, como suele decirle cuando almuerzan en ese entorno tan colorido como aromático.

A ella le dicen Cleme, para “no confundir”, dice su familia, entre ella y la abuela.
Esa frase la viene escuchando desde pequeña, pero no sería hasta aquel día, que tomaría otro sentido para ella.

Paso por la piscina, que es pública, y bajo a ver qué amigos estaban.
Allí estaba él, luego sabría su nombre: Ernesto.

-Qué conversador! fue lo primero que pensó, y luego de una mirada general, -qué lin..!

Él la miró, en ese instante preciso!
“tranquila, sigue respirando, él no sabe lo que estás pensando.”

Los chicos se lo presentaron, era nuevo y pasaría el verano en el pueblo.

Cuando Ernesto se acercó con una sonrisa simpática, le preguntó:

  • ¿Cómo te llamas?
    Cleme, espontáneamente respondió:- -Clementina.

Siguieron paseando en grupo, entre pruebas con la bici y risas. Pura adolescencia despreocupada de 14 años.

Al mediodía cuando regresó decidió hablar claro con la abuela.

Ella la esperaba entre las plantas, apenas la vio llegar, le comentó:

  • Cleme, viste las lavandas?
  • Si si, las vi.
    Y continuó inquieta…
    -Abuela tenemos que hablar.
    -De acuerdo querida, te escucho.

La abuela sintió que el tema era importante, por el tono y el gesto de su nieta, claro.

Cleme caminaba alrededor de la mesa, la abuela atenta, la miraba tanto a ella como a los vasos y platos. Tratando de disimular su temor a que volaran, ¡cuánta energía traía la niña!

-Abuela, mi nombre me gusta mucho, y completo. Y ya estoy grande, ¿Lo puedo usar?

Asombrada, la abuela se acercó y la abrazó.
-Ven, siéntate querida.
Una junto a la otra, de la mano, continuaron hablando.

-Ser tu abuela es motivo de felicidad y de vida, desde el primer minuto. Compartir el nombre ha sido y será el mayor honor.
-Yo se Abu, gracias. Pero…
-Pero nada, el nombre es uno, pero nosotras somos dos.

Luego de ese punto, todo cambió para Clementina.
Aliviada y feliz, le relató a la abuela el encuentro con Ernesto ¡y lo lindo que era!
Da vueltas bailando, su voz cálida contagia alegría…

La abuela la ve diferente, es uno de esos momentos inolvidables de la vida, ¡cómo creció su bella nieta!
¡Cuánta emoción guardada en un solo día!

“Si tuviera el poder de detener el tiempo
no sabría elegir el mejor momento” (2)

-(1) Si me voy antes que vos. Jaime Ross
-(2) Ani. Laura Canoura

Carla Bianco


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Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

LA ACTRIZ DE TEATRO

LA ACTRIZ DE TEATRO

En todos los canales de televisión se anunciaba aquel codiciado perfume que conllevaba, con su compra, las más inspiradoras experiencias, humanas y sobrehumanas, que en el mundo hubiesen existido.
La chica que salía en el anuncio, una actriz de teatro, se dejaba la piel en mostrar y hacer llegar el olor a los televidentes. Parecía entrar por tu casa cuando con su voz sensual te nombraba los privilegios de le parfum. Deseabas irlo a comprar de inmediato; tan fuerte era su vínculo con el objeto que publicitaba.
Vi a aquella actriz en otros anuncios de televisión, y en cartelería gigante.
Siempre la misma mirada y aquella pose seductora.
Ahora, sentada en el patio de butacas, sin saber del todo bien qué hacia allí, esperaba el inicio de la función.

Pino Lorenzo

LA ACTRIZ DE TEATRO

Su padre se llama Eduardo De todas las Casas Ontanares Fontelaguna y su madre Juan Heredia.
Solo a penas nombrarla podríamos hablar de alta alcurnia, de muchachas trabajando en la casa, de clases de equitación, de una educación programada.
Podríamos referirnos al trabajo en el mercadillo de los viernes, a la vida trashumante, a cambiar las costumbres del frio por la calefacción central.
Pero eso son otras historias que a fin de cuentas la convertirían en lo que es hoy, una actriz de teatro, donde ella dejaba de pertenecerse, tal vez porque aún no se había encontrado y vivía otras vidas para otros, para ella misma.

Hernán Kozak

LA ACTRIZ DE TEATRO

Nos cruzábamos de vez en cuando en el cajero del banco y más de una vez coincidimos en el café de Pablo, siempre llevaba gafas de sol y las uñas cuidadosamente esmaltadas, yo me preguntaba si serían las suyas porque estaban impecables. En invierno lucía largas bufandas, muy llamativas y en verano se cubría los brazos de pulseras de aro. Lo que más me fascinaba era el pelo, cambiaba de color y de peinado a menudo, yo la envidiaba porque para mis adentros pensaba que podía dejarse un pastón en la peluquería. La semana pasada, coincidí de nuevo con ella, mientras tomábamos los respectivos cafés nos sorprendió una tormenta. ¡Vaya! exclamó. Luego, sin inmutarse, se llevó las manos a la cabeza y se desprendió de una peluca, levantándose de la silla nos explicó: no tengo otra en el camerino.

Ana Velasco

LA ACTRIZ DE TEATRO

La había visto en una función de teatro, era una compañía muy joven de tres o cuatro actrices que logró cierto éxito con una obra cómica, de ritmo vertiginoso, algunos gajs que jugaban con el humor del absurdo, otros haciendo ironía del ritmo de vida actual y la locura cotidiana. Después empecé a seguirla en Facebook y alguna vez publicaba fotos, carteles de sus obras de teatro… Nunca fui a ninguno de los actos que anunciaba. Me crucé con ella por la calle, la reconocí y de pronto le dije «¡holaaa! » y su nombre.
Ella se quedó mirándome como tratando de recordar de qué me conocía. -Te fui a ver en una obra hace años- dije interrumpiendo sus gestos- ¡Ahh! ok, y ¿te gustó? – Me dijo.
Me di cuenta de que lo que había dicho ella era una pregunta, es decir, quería que le dijese si me había gustado su obra… La verdad que lo que recordaba de la obra una frase que dijo un minusválido que había en la primera fila en silla de ruedas: En uno de los gajs una de las actrices quejaba de los hombres porque no tenía novio y entonces el minusválido la espetó: es porque sois muy exigentes.
La obra estaba bien, era entretenida, amena, simpática… Así pasa con la cultura actual: es entretenida pero no transforma, no enseña nada; se olvida todo al poco tiempo, no deja huella y no transforma nada.
La obra estaba entretenida pero no podía decirle que había sido una auténtica maravilla, que me había cambiado la vida, porque entonces ¿porqué no había oído a ver más obras suyas? Y en el caso de que yo le dijese que me había encantado y me interesase y le preguntase por su próxima actuación… ¿De verdad querría ir a verla?
Entonces entendí porqué no la había ni si quiera saludado al cruzarme con ella por la calle.

Kepa Ríos Alday

LA ACTRIZ DE TEATRO

Se había lavado la cara. En su boca temblorosa se posó un cigarrillo. Comenzó a contornearse por la habitación y a realizar poses muy artificiales, ganando elasticidad en sus músculos. Abría la boca y la cerraba. Movía los ojos con los párpados cerrados. Estaba presa de un gran nerviosismo. ¡Llevaba tantos meses ensayando! Salió a escena.
• Hola amor, ¿qué tal te fue el día? – una voz se dirigía a ella.
• Bueno, quería hablarte de algo.
A él se le cayeron las gafas en aquel preciso instante. Echan un vistazo y dan cuenta que se han partido por la mitad. Un resoplido, una palabra mal sonante y se miran a los ojos. El, con su presbicia, no ve lo que pasa. A ella se le agolpan lágrimas que le hacen también no ver nada. A tientas, se palpan. Notan que la piel sigue tersa, y que aún se eriza al tacto. Ella piensa en los latidos de su corazón cuando se aproxima cada jueves el encuentro con…se le ha olvidado. Sus manos juegan y se balancean sobre aquel hombre nuevo. Se susurran, se llaman por otros nombres, como jugando. Se aparta el frío y la piel se hace otra piel. Caminan, se besan, se aguardan… Terminan en el cuarto, con la luz tenue y el ambiente renovado.
• ¿Qué tenías que decirme? – él sonríe, bajo la niebla de sus ojos.
• Nada, amor nada.
Salen, aturdidos, sonriendo y ella olvida, no es actriz de teatro.

Laura López

LA ACTRIZ DE TEATRO

Cuando se entregó al personaje de aquella obra de yedra y sangre, creyó que se trataría de asomar un rostro de asesina, de soltar con rocambolescas muecas el odio que nunca la había abandonado. Ir a buscar a la fuente del olvido esas mandíbulas del corazón, antaño tan grotescamente feroces… Y a la vez apiadarse por ese «no olvido», por esa sangre fría que manaba en las toses, expectorando muertos vivos, pechos, nunca perdonados, calcinandose.
Pero la propuesta fue totalmente otra, le tocaría desarreglar sus sentidos, ni visiones ni comprensión ni gráficos ni horizontes trazados… El director le había indicado esas piedras refractarias para dejar de lado la oscuridad, apartar el terror del alma, la falsa noción de un hombre que busca en sus orígenes un extrahombre…
Dio vuelta las páginas de la obra, todavía sin publicar, rastreando imágenes de voltaje psíquico que la dejarían sin esencia, borrar las huellas, que agonice el sudor. Indudablemente, las variaciones de un metabolismo siempre enclenque no confluían para bogar hacia la propuesta. Desprenderse de la materia era condición futura, el presente es la célula interior, lo verdaderamente dramático donde coagulan el conjunto de las sustancias para la metamorfosis.
Bañarse en esas arenas blancas bajo un crepúsculo ajeno sin la convicción de un pensamiento que trágicamente puede volver donde el viento lo llevó. Arenas blancas, enlace central para empalmar con el gran tablero humano y arrancar el movimiento.

Clémence Loonis

LA ACTRIZ DE TEATRO

La actriz de teatro que yo conocí, en realidad no era lo que se dice actriz pero ¡cómo actuaba!
Había conseguido olvidarla o eso creía, pero el otro día en la peluquería vi su fotografía en una revista. No te voy a decir que estaba como entonces, ni mucho menos, pero, por unos instantes me sentí joven, lleno de vida y, como entonces, el amor borro todo otro sentimiento, por un instante.

Cruz González Cardeñosa

LA ACTRIZ DE TEATRO

Llené de aire mis pulmones dejando fluir los pensamientos. Aunque siempre terminaban en el mismo punto.
• Cariño ¿Quieres sopa?
• No tengo hambre- contesté.
• Sé que estas nerviosa, ¿Es por la prueba? Eres una gran intérprete seguro saldrá muy bien.
En mi cara, mi mejor mueca y una pequeña sonrisa por el apoyo. Apenas podía hablar y mucho menos comer. Me dejé caer en el sofá.
Sentía en la sien el desgaste mental al que estaba sometiendo a mi cabeza, los nervios subían y bajaban y estaba a punto de hervir, como una olla exprés. Derivó en un enorme dolor de cabeza.
El reloj de la plaza me sobresaltó. Se acercaba la hora y no me sentía preparada. Había repasado una y otra vez el texto, pero apenas conseguía retenerlo. Desplegué de nuevo las hojas por la mesa, abriéndolas en abanico. Balbuceé despacio algunas palabras, pero mis pulmones eran un acordeón y el aire desapareció y tampoco consentía que entrara nada. La tos vino después, de un gesto me sujeté el pecho como si con eso me ayudara a respirar. No lo hizo. Empecé a hiperventilar y hacer aspavientos con las manos, una y otra vez. Haciendo pequeñas pausas para toser. Esto hizo que los papeles volarán entre el suelo y la mesa.
Cuando parecía recuperarme, apareciste con una jarra de agua, yo me agitaba y ambos tropezamos y todo cayó al suelo. Nosotros y el agua de la jarra, que se había convertido en una cascada, y después en un río mojando todas las hojas. Con la humedad éstas se desintegraban y con ellas mi pequeño sueño de ser algún día, aquella actriz de teatro.

Paty Liñán

LA ACTRIZ DE TEATRO

Verónica, una actriz “desde la cuna”, como se suele decir.
Ya desde bebé lograba reacciones indescriptibles, salidas de lo común, especialmente en sus padres, que, en más de una ocasión, hicieron llamados de urgencia a familiares y amigos para que los salvaran “de la niña”
-¡Un sol ! Decía la abuela y afirmaba cabeceando el abuelo.
-Un poco movida, eso sí…
Para ese entonces tenía dos años, ya había demostrado sus dotes para poner a prueba el tímpano de todos y cada uno de los que la rodeaban, ahora sumaba su desplazamiento sin plan previo por todos los rincones del espacio donde se encontrara.
-Es una niña con buen gusto,- comentario de uno de los amigos del padre, cuando en una visita a su casa, sacudía los objetos y buscaba combinar los adornos con sus juguetes.
El dueño de casa transpiraba frío, cuando su palidez aumentó los padres “intervinieron”.
De estas experiencias, la niña fue construyendo sus dotes escénicas.
-Es una niña,- solía decir la mamá. No se sabía si a modo de explicación, justificación o que!
El tiempo, bendito al fin, transcurre, y el crecimiento ganó la partida. Además de clubes, profesores, campamentos de verano y… ¡El teatro!
Alabado y venerado por todos los que rodeaban a Verónica. Desde el primer día que la llevaron a una obra, tenía 8 años, su vida cambió.
Durante la hora que duró la obra, la niña no se movió ni habló, ¡increíble!
Así que a la luz de su marcado interés y de la evaluación positiva de la profesora que la recibió, los discursos familiares dieron ¡un giro total! Comenzaron a hacer comentarios como:
-Vero siempre fue una niña interesada, de ahí su inquietud, todo tiene que ver con sus cualidades para la expresión y el drama.
¡Ajá! Pensó la maestra de tercer grado, “¡si sabré de su capacidad para el drama! ¡La entrena cada día frente a las tablas de multiplicar! “
Verónica hacía una composición dramática, parecía que estaba “en las tablas”.
Fue su profesora de teatro, Mariana, quien marcó para la niña una diferencia.
Comenzó a darle tiempo para que se moviera en el espacio, le enseñó a hacer ejercicios y a respirar. Con indicaciones concretas, sencillas, y manteniendo la mirada en ella.
Recién después de esa entrada en calor, se iniciaban en el guión que les proponía en cada ocasión.
Aquella niña tan” difícil”, se fue transformando, paso a paso…
Siguió bailando y hablando de cada cosa que aprendía y a la vez, pero con la diferencia de que tenía dónde y con quién desplegar sus intereses, ahora pertenecía a un grupo y tenía una guía.
“Estaba dando canal a sus aficiones, tenía futuro en el teatro, todo era cuestión de trabajo.”
Algo así les dijo la profesora, o entendió la familia, al final de la fiesta de fin de año, luego de la actuación del grupo.
Los padres, abuelos y amigos, y la maestra, le enviaron regalos a la profesora de teatro.
-¡Muy buena docente, sin dudas! Repetían a coro.
Es que no es fácil “formar”, “domar ”, en la niña a la actriz y a la actriz en la niña
Bueno, ¡todos contentos!
¡Viva el teatro!

Carla Bianco


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EL DÍA QUE GANÓ LAS ELECCIONES

EL DÍA QUE GANÓ LAS ELECCIONES

No había amanecido aún, eran apenas las 6 de la mañana, y Alberto llevaba la noche sin dormir. Aparecer en público siempre le dio cierto vértigo, y aunque desde hace años se trataba con un psicólogo muy prestigioso, aún tenía dificultades.

Su esposa lo animó a presentarse a las elecciones. Él no tenía experiencia, y casi apenas deseo, pero la vio tan entusiasmada que no le quiso quitar la ilusión. Sus compañeros de partido habían apostado fuertemente por él, y todo se convertía en una gran presión que no le ayudaba en sus ataques de pánico.

A las 18.00 de la tarde le dieron los resultados. Había salido con mayoría aplastante, solo con un par de votos en contra.

Su mujer fue la que cogió el teléfono y se enteró de la noticia. Salió corriendo en busca de Alberto para informarle, y mientras le buscaba le entró un nuevo mensaje. Ella no dudó en abrirlo:
• Alberto, cariño, sabía que lo conseguirías. Te quiero mi amor.

Pino Lorenzo

EL DIA QUE GANÓ LAS ELECCIONES

Son las cinco de la mañana, ese día tendrán lugar las elecciones que pueden hacer que sus sueños por fin se haga realidad.
Francisco López ha reunido a su mujer, sus dos hijos y a la madrugada para recordarles los pasos a seguir.
• Salimos dando los buenos días, sonreímos y volvemos a entrar. Y así hasta que se hayan ido todos. Recordar que cada uno tiene su planta asignada.
Aquí no hay jornada de reflexión por lo tanto es decisivo hacerlo todo hoy. Ayudar a todo el mundo, con las mochilas, con la compra, con los muebles de Ikea, con lo que haga falta. ¿Entendido?

• Si, sensei, dice el hijo pequeño.
• Si chef, le contesta el mayor.
• Que si Paco, que sí, le responde Luisa.

Mientras, repasa con el infinito su plan y piensa “este año la comunidad de vecinos será nuestra”.

Hernán Kozak.

EL DIA QUE GANÓ LAS ELECCIONES

El día que ganó las elecciones para ser el delegado de clase en el colegio tuvo la sensación de tener el beneplácito familiar, paterno; se sintió más fuerte y confiado que nunca, cuando vio en la pizarra su nombre con la fila más larga de palitos al lado, más larga que la fila de los nombres de sus compañeros candidatos: Era el recuento de los votos. Aquella fila de palitos se quedó grabada a fuego en el alma de Juan como la marca del ganadero en los lomos de una res. Desde aquel día, podemos decir, Juan quedó marcado como perteneciente a la ganadería democrática, demócrata, democratista.

Kepa Ríos Alday

EL DÍA QUE NO GANÓ LAS ELECCIONES

Aquel día tenían que elegir al defensor universitario, todos habían hecho campaña por el antiguo candidato, pero a la hora de recontar los votos no salían las cuentas. ¿Cómo era posible, después de todo el empeño que puso en arreglar el entuerto con el vicerrectorado? Apenas llegó a su despacho llamó a la delegada de estudiantes para pedirle explicaciones, en algunos segundos ésta le respondió con un dedo corazón levantado y sujetando la palabra “DELATOR”.

Ana Velasco

EL DÍA QUE PERDIÓ LAS ELECCIONES

Volaban los pájaros bajo, presagio de mal agüero.
Era el fin de una era. De la comunidad que tanto había amado, a su manera claro, está.
No puedes rogar por el alma de alguien que ya se ha ido.
Estaba claro que iba a perder, prestigio y dignidad a partes iguales. A los votantes no puedes engañarles tanto, pues se terminan dando cuenta.
Es como jugar a las cartas, no puedes ir siempre de farol, alguien dice “no te creo” y se acaba tu suerte. El día que perdió las elecciones, sin embargo, no estaba para rebatir nada. Simple y llanamente estaba muerto.
Nadie en la comunidad de pisos de un barrio de categoría, se acusa de asesinar al susodicho, pero también es verdad, que nadie le quería. La junta de vecinos tenía que cambiar poderes, pues nos estaba arruinando desde el minuto cero. El desfalco a ésta, nuestra comunidad, se hizo más patente cuando llegó el verano y se abrió la piscina. Y el señor Vicente, la utilizaba para varias cosas, por el día y para otras peores al llegar la noche. Siempre salía votado, porque pagaba a unos, y a otros llevaba a sus hijos a entrar a las mejores universidades, o los mejores puestos de trabajo.
Pero después de su muerte ya no estábamos empatados, así que arreglamos los papeles para que sucediera lo contrario.
No fuimos a su entierro, pero en masa fuimos al siguiente día, frente a su tumba, presenciamos su dimisión y creación de una nueva reunión y votación.
Y sí, Vicente perdió aquel fatídico día unas elecciones, entre la ovación de todos y los abucheos de otros hacia su lápida.

Paty Liñán

EL DÍA QUE GANÓ LAS ELECCIONES

¡Por fin llegó el tan ansiado día!
El tío de Alberto, a pura sangre, coraje, insistencia… algunos “regalitos”, y muchos asados bien lubricados… con alcohol del bueno… ¡¡¡Ganó!!!
Será Intendente de su ciudad, llevará adelante “los destinos del departamento”, o por lo menos ésa fue una de sus intenciones en el primer discurso que compartió entre amigos, allegados y “seguidores”.
Ésos fueron los primeros momentos, de sonrisas, abrazos y palmaditas en la espalda.
-Luego ya veremos…- continuaba en otra parte su discurso.
-Son tiempos de esfuerzo, ¡¡¡lo lograremos entre todos!!!
En esa parte, elevaba el tono y hacía un recorrido con su mirada a todo el público presente…

Carla Bianco


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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

EL ENFADO FATAL

EL ENFADO FATAL

Sin mediar palabra, se fue para siempre.

Magdalena Salamanca

EL ENFADO FATAL

Acostumbraba a no asumir las culpas por las cosas que hacía. Entraba como un elefante por las puertas, y destrozaba todo lo que veía. Proyectos, entrevistas, reuniones de equipo. Solo tenía un lema: quedar por encima de los otros.

Ya había costado un enfado fatal a sus padres cuando les comunicó que quería meterse en política. El Sr. Ayuso nunca vio a su hija con ojos normales; siempre le pareció algo rarita y salida del tiesto. Su madre la adoraba y besaba por donde ella pasaba. Sin embargo, ambos estaban de acuerdo en que la política no era el mejor camino para su hija. Cuando la veían en la tele frente a decenas de periodistas, su padre pensaba que nunca debió dejarle leer “Mi lucha”. Su madre se vanagloriaba de que hubiera sacado su pelo; le quedaba tan mono.

Pino Lorenzo

EL ENFADO FATAL

Ella estaba hermosa esa tarde. Habíamos quedado en vernos antes de la cena para ir a un museo cercano al restaurante. Estaba cerrado y, entonces, decidimos dar un paseo por los alrededores del río. El río no es gran cosa, pero el paseo que sigue su curso es fantástico y las vistas desde allí son una maravilla. Ella sonreía y yo traté de alargar el encuentro.
-Me pasaron una película que aún no he visto, quizás podríamos pedir que nos traigan algo de comida a mi casa y la vemos sentados cómodamente en el sillón.
-Me parece una excelente idea.
Llegamos a casa casi al tiempo que llegaba la comida. La cena estaba exquisita y ella seguía sonriendo mientras conversábamos.
-¿Y la película? Preguntó.
-Ah, sí, debe estar por aquí. Y me puse a rebuscar en una estantería toda llena de cintas.
-Aquí la tengo.
-¿Cómo se titula?
-El enfado fatal.
-Déjalo entonces para otro día, hoy fue un día muy especial para mí, no quiero estropearlo.
Dejé la cinta sobre la mesa y la besé.

Cruz González Cardeñosa

EL ENFADO FATAL

Habíamos estado enfadados durante años. Pasamos la cuarentena en la misma casa, pero sin hablarnos después de hacer el amor. Sólo hablábamos cuando nuestro trabajo lo requería estrictamente, y aún así hablábamos lo estrictamente necesario.
-Es triste lo estricto- le dije un día al cruzarme con ella por el pasillo.
-Sí – dijo ella- sobre todo cuando no es tracto, cuando no conduce a nada.
-Pero yo siento una gran atracción por ti, aunque seas un loro- contesté yo de forma maquinal, sin saber por qué decía aquello.
-¡Jajaja!- ella se rio sonoramente.
-Me encanta cuando me dices eso. Si te portas bien hoy te dejaré dormir conmigo.
Quise decirle que la amaba, que su alpiste era mil veces mejor que el de mi madre, que era muy bella y cómo me gustaba picotear todo su cuerpo en las noches de pasión amorosa. Pero no sabía decir todo eso en el lenguaje de los humanos así que, después de comer un poco de alpiste, estirar un poco las alas y torcer la cabecita, volví a gritar su frase favorita, con la que más se reía de todas mis gracias: «Pero yo siento una gran atracción por ti, aunque seas un loro, grrrr». Sabía que mi pico tan duro y virtuoso era lo que ella amaba más en el mundo.

Kepa Ríos Alday

EL ENFADO TOTAL


Llegó el día de la mudanza. Cuando se fue a vivir a su nuevo piso estaba feliz. Fue una gran inversión, había gastado todos sus ahorros, pero era un edificio muy innovador, con las últimas tecnologías, tanto en seguridad como en confort. Había algunas funciones comunitarias que no podía ni pronunciarlas. Eran palabras nuevas, como todo lo último que tenía su nuevo y flamante hogar. Sonrió pensando en cómo se las aprendería para poder soltarlas en el momento adecuado, en la reunión con los amigos pedantes de su novia. Se dirigió por la autovía y tomó la primera salida. Una luz parpadeante le indicó el desvío. Iba cantando su canción favorita “All you need is love”. Aparcó en su plaza de aparcamiento y cogió las maletas. El ascensor, el ascensor… ¿Dónde está? No lograba encontrarlo. Se apagó la luz. Tampoco lograba encontrar el interruptor. ¿Pero qué estaba pasando? Una puerta se abrió de pronto, como de la nada, como si alguien abriera una boca grande y luminosa en un pozo oscuro. Alguna palabra debió activarlo. Se subió. Apretó el número dieciséis y en menos de treinta segundos, la boca volvió a abrirse. Una luz amarilla se abrió frente a la puerta del ascensor. Unos pasos y ya estaba. Quiso abrir la puerta con la llave. La metió en la cerradura, giró, y nada. Volvió a girar de nuevo y… ¡se rompió! Dio un grito fuerte y apareció el vecino.
• ¡Silencio, por favor! ¿No sabe que estamos en un espacio diáfano, con sonido surround y con partículas led que se activan ante el modo contemplativo? Espero que no sea usted esa clase de vecinos ruidosos, entonces no será bienvenido así.
Tan blanco, tan diáfano, volvió a cerrar la puerta de su casa y, con un silencio casi espectral, se quedó allí parado, con su llave, sus maletas y una cara comunitaria.

Laura López


EL ENFADO FATAL

La palabra “labrado” en su origen significaba: dicho de una tela o de un género que tiene alguna labor. Ella creía que estaba por encima de las demás. Era petulante, altiva y orgullosa. No quería mezclarse con los que pensaba eran sustantivos de menor alcurnia.
Una tarde, el jefe, Dictionarius, que la consideraba como una hija, le pidió que eligiera a cuatro compañeras relacionadas con el oficio de orfebrería y que fueran a verlo a su despacho.
“Labrado” se enfureció, juro que no lo haría y se marchó dando un portazo.
Esa misma noche le añadieron una acepción.
“Tierra arada, barbechada y dispuesta para sembrar el año siguiente”.
No sabemos que entendió sin entender, pero al día siguiente, la niebla y las lágrimas habían desaparecido de sus extremidades inferiores, la rabia y el rencor se esfumaron de sus ojos verde trasparente.
En su rostro por primera vez se pudo ver algo parecido a una sonrisa.

Hernán Kozak.

EL ENFADO FATAL


Es difícil acceder a ese rincón de verde naturaleza que tanto me gusta disfrutar, a cualquier hora del día. Es arduo llegar allí, pero nunca había renunciado a esta empresa necesaria para sentirme como en un rincón de paraíso.
Una mañana de junio, a pesar de salir cansada del trabajo, decidí ir hasta allí para tomar un merecido reposo después de una guardia de tres días en el hospital. Luego de pasar rápidamente por mi casa, al acercarme a la primera gasolinera que encontré en el camino a mi dulce lugar, vislumbré a lo lejos, como en sueño, formas gigantescas elevándose en el aire, flotando como espuma traslúcida, a merced de un viento que entonces noté por el estridente ruido que nos traía desde el horizonte. Sirenas, centenas de sirenas ululando, como bramidos desesperados frente a un fatal enfado de la naturaleza.
Hace ya 30 años, desde entonces, mis encantadores bosques volvieron a crecer.

Sylvie Lachaume

UN ENFADO FATAL

Le dije a Luis que, si venía Alberto, me quedaba en casa. Otra vez exponiendo el imposible diálogo, a ojos abiertos: que todos sepan que plantamos odios y los repartimos.
Habíamos salido como habitualmente, desde la puerta del mayor túnel, «la grande» se llamaba. No era posible ver todos los enjambres que desencadenaba «la grande», uno o dos a lo sumo y más por los recodos humanos que seguíamos con los ojos. En la oscuridad, las sombras móviles eran guías. A veces, nos dábamos la mano, pero no se sabe por qué misterio, sabíamos que esa mano llevaba unida otra mano, y otra… Casi podíamos percibir la fuerza que la energía de una fila humana desplegaba sólo desde una mano.
Lo humano, como lo llamábamos a cielo abierto, y de eso hacía más de 50 años, había tomado nuevas dimensiones, nuevas voces, nuevos versos. Ahora decíamos «los neotopos» y ya no sé si me gustaba más o menos que antes, el olvido había decidido llevarse con él todos los recuerdos visuales y los gustos. Quedaban palabras sueltas que eran nombradas con cierto énfasis, el sol y sus sinónimos, la luz y sus alegorías, que sólo circulaban como saltos, nombres propios.
A veces, me decía que Alberto tenía razón, que aunque quisieron amontonarnos en la gran fábrica de abajo, nosotros conseguimos organizarnos en la madriguera que se había convertido nuestra ciudad, con el eje de un pensamiento que, largo tiempo, había sido, ese sí, silenciado, reprimido, apaleado.
Vivir como ciegos sin serlo y planear viajes fuera de nosotros mismos donde el enfado fatal podría ser un juego que arrancaría a la fatalidad, un enfado a secas, la perpleja distorsión de un desencuentro.

Clémence Loonis


EL ENFADO FATAL

El lugar no tenía fin. Un sendero de árboles y flores amarillentas. Un
vetusto escenario, rodeado de cadáveres en mi cabeza y ahora delante de mis ojos.
Soy muy alegre pero la chispa de mi vida se enciende rápido y arde la mecha, más deprisa todavía. La calma no es uno de mis fuertes, por eso estoy escribiendo esta confesión, porque nadie podría saber que fui yo, o bueno mi cabeza, mi pensamiento.
Todo comenzó contigo, así terminan también las cosas. Siempre contigo.
El cartero y su costumbre de en un día de lluvia, dejar la carta fuera del buzón; el perro del vecino pisando mi césped; la música de arriba; la aspiradora a las cinco de la mañana. ¿En serio, no tienes otra hora vecina?
El gato de la otra; el charco que nunca muere; porque nadie arregla la alcantarilla… Una serie de males diarios me atacan, todos los días antes si quiera de salir de mi casa.
Y luego estas tú: “ahora te llamo, ahora estoy ocupada, ahora ven que se ha muerto mi perro, resultado sexo, ahora murió mi gato, resultado sexo, ahora mi pájaro, con idéntico resultado”. Dos semanas sin saber de ti. Cuido a tu hijo, pero es el colmo, para que salgas con tu nuevo amigo.
El rencor y la rabia juegan malas pasadas. Pero yo, no hice ni uno, ni otro.
Estando con Mario en los columpios, una tormenta se acercó y antes de que pudiera darme cuenta, estaba en el hospital, me había caído un rayo, pero me salvé. El caso es que, desde entonces, tú no viniste a verme y yo, esa noche, deseé que murieras. Me sentí tan dolido que lo quise. Al venir a recoger a tu hijo falleciste en la carretera. Podría ser casualidad y ya está.
Pero no se quedó ahí. Cuando me enfado y me cabreo mucho, algo extraño sale de mí y el resultado siempre es la muerte. El cartero, el perro del vecino, la de la aspiradora…
Todos muriendo en las horas posteriores al enfado y deseo.
Mi enfado fatal me ha llevado a este camino de cadáveres y no puedo controlarlo. Lo único que queda es esta confesión, en este bosque mugriento donde acumulo los cuerpos. Buscan al asesino y aquí está, es mi cabeza.

Paty Liñán

EL ENFADO FATAL

Tomasino es un señor grande, de edad y prestigio. Y pequeño… de estatura.
Con unos ojos grandes, que recuerdan al cielo o al mar.
Cuando tuvo pelo, fue de cabellera abundante, ahora abunda en otras riquezas, como la experiencia… en uvas, vinos y negocios.
Siguió la tradición familiar, tomó el camino de su padre y de su abuelo, que le enseñaron “las bases”, como él lo suele decir.
En eso fueron dos maestros, en enseñarle a conocer la tierra y sus beneficios, los viñedos con sus detalles delicados y a saborear, conocer y diferenciar cada cepa. Ambos se habían entregado en ese sentido, no tanto a la administración y al trabajo cotidiano, como a la cata alargada en las horas de todos y cada uno de los vinos que crecían en aquellas barricas históricas de la casa familiar.
“El vino es una sustancia viva” solían argumentar los dos, de modo que lo cuidaban, escuchaban crecer y probaban cada hora…
En ese tiempo sin reloj creció, aprendió y rescató la empresa.
Gente amable y de buen humor, solían tolerar con paciencia las diferentes circunstancias que la vida les presentaba.
Solo un punto enfurecía a toda la familia, y lo consideraban un deshonor. Se trataba de la negativa de cualquier visitante a probar una copa de ese elixir de los dioses, llamado vino.
¡Esa era la peor ofensa!
Y justo fue lo que sucedió, aquel día en que lo visitó un encargado del marketing. Es que le recomendaron estar a la altura de los tiempos, modernos dicen, y mejorar la promoción de sus productos para ampliar el mercado… De amplio aquel chico solo tenía los lentes, exageradamente grandes… En fin… Tomasino hizo la ceremonia de ofrecerle una cata de sus mejores botellas acompañada de una tabla de quesos y fiambres, una hermosura aquella escena, para él, claro.
El de lentes amplios sonrió y con toda naturalidad le dijo:

  • Gracias, no soy de vino.
    Aquel señor pequeño se agrandó del enojo, sacudiendo las manos decía:
    “Que curiosos somos los seres humanos, verdad?”, muy ofendido ,”¡Prueban cualquier sustancia que les promete vida o felicidad, y rechazan estas medicinas naturales que está más que comprobado que dan vida y paz al corazón! ¡Es desde el amor que nace y al amor te lleva!
    -Ah!, ¿ve? Ésa si es una buena frase, dijo el chico.
    Mientras buscaba en su mochila algo… ¡ah, cuando sacó la gaseosa! ¡¡¡Ni les cuento cómo comenzó todo de nuevo…!!!

Carla Bianco


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LA NOCHE DE HALLOWEN

LA NOCHE DE HALLOWEN

Desde hace dos versos y medio, el 31 de octubre, a las dos de la noche, en todos los ordenadores de las casas decentes, suena una llamada de Skype.
El primer en aparecer el Lorca, él coordina el taller de poesía, su sangre de oro no deja de brotar por los agujeros de bala y eso a veces confunde al personal.
Alberti y Aleixandre no se ponen de acuerdo sobre si es mejor el mar o la montaña.
Breton le tira cadáveres exquisitos a Leopoldo de Luis y a Juan Ramón, quienes rematan con la habilidad de un futbolista de primer nivel.
Machado espera su turno junto a Olga Orozco mientras German Pardo García escribe sobre lo que allí sucede.

Hernán Kozak.

LA NOCHE DE HALLOWEN


Habían hablado días antes. Comenzaron con las preguntas de rigor: Cómo estás, cómo va todo… hicieron varios círculos, divagaron, rieron, una cosa llevó a la otra y allí se encontraron de lleno, en la noche de Halloween. Rieron al cruzarse a un par de zombis y a unas mujeres vampiro con sendas ligas cubriendo unos muslos marcados por cicatrices dibujadas. Sería divertido disfrazarse así y pasar desapercibidos, sin que nadie pudiera reconocerlos, así que entraron en un bazar de estos que tenía sección de alimentación, utensilios, productos de limpieza, de decoración… La tienda era grandísima, más bien parecía un almacén. Pasaron por varios pasillos. Había bastante gente que se agolpaba en unos estantes, en otros… Llegaron a la sección de disfraces. Pasillo 666. ¡Qué risas se echaron! Se ponían, se quitaban, se imaginaban… Plof, las luces se apagaron de pronto. Silencio. Una risa nerviosa llenó un minuto de aquella noche. Después comenzaron a caminar. Palpaban los estantes, no se veía nada. Un golpe en la pierna, uf se dio con una esquina. Sacó el móvil para iluminar en algo aquella oscuridad, pero estaba apagado. Ninguno de sus móviles funcionaba. Un ruido espantoso se les clavó en los oídos. Parecía que había estallado un artefacto. ¿y si morían? Se abrazaron, se besaron, hicieron el amor como si fuesen los últimos momentos de sus vidas. Otra explosión y no había nadie. Se tambaleó el suelo y sus cuerpos se agitaron.
Oigan, oigan, despierten. ¿Qué hacen ahí dormidos dentro de la nave de las sorpresas? El dependiente, junto con un vigilante de seguridad, los miraba amenazantes.

Laura López

LA NOCHE DE HALLOWEN

Aparentaba ser un día normal, con algunos disfraces y algunas golosinas preparadas
para los niños.

Todos colaboramos, hicimos postres terroríficos, decoramos el espacio, pintamos
sangre a los más pequeños, la verdad, sentíamos que todo giraba en torno a ellos, los
niños.

Montábamos una enorme fiesta donde la escusa eran los niños. La pasión era
justificada por la ingenuidad de los más pequeños, debíamos darle emoción para que
tuvieran sus primeros contactos con el terror, algunos piensan que así le pierden el
miedo al miedo.

Pero esa mañana todo empezó diferente, la ciudad se cubrió de pequeños zombis y
brujas que recorrían las calles de la ciudad, nadie podía imaginar que aquel presagio
sería la peor noche de su vida.

Los colegios apagaron sus luces a media mañana y aquellos pequeños seres, fueron
poseídos por la peor de las posesiones, los profesores no daban crédito, todos
aquellos. Pequeños seres se hicieron responsables.

Magdalena Salamanca

LA NOCHE DE HALLOWEEN

No he venido a pasar desapercibido. Mi traje de Drácula deja entrever una ropa interior de spyderman y bajo la tela de araña, llevo un traje de gorila.
Mi jefe quería ser el centro de atención de la cena de Halloween de la empresa. Me dijo lo del traje de gorila mientras se bajaba la cremallera del traje de licra que le hacía sudar copiosamente. Debía estar un poco borracho porque no me dijo nada del proyecto de los drones.
En ese momento llegó la tarta con una mujer dentro. La mujer de mi jefe, directora de recursos humanos. Salió de la tarta y se puso a bailar marcando mucho el ritmo. A mí jefe le empezó a dar calor y se quitó dos trajes de los tres que llevaba siempre puestos.
-Esta noche me quiero enamorar de la directora de compras, nunca he estado con ella.
Siempre me pareció un tipo extraño, algo nervioso, pero no creí que pudiera querer ligarse a la directora de compras que además de ser directora de compras, era mi mujer desde que nos casamos en secreto hace un año.

Kepa Ríos Alday

LA NOCHE DE HALLOWEEN

-¿De qué vas, tío?
-De enterrador.
-Ja, ja, ja… Estás total. Ja, ja, ja… hasta trajiste un ataúd.
-No es para reírse, la muerte es una cosa muy seria.
-Sí, pero es de otros.
Y no paraba de reírse.
-Te vas a enfermar, cálmate ya.
Y diciendo esto último, le dio un tortazo, de los fuertes.
El amigo dejó de reírse y le miró sorprendido.
-Tranquilo, trabajo aquí y me ha tocado encargarme de este entierro.
Y tomándole por los hombros, le dijo, mientras le animaba a caminar a su lado:
-Vamos, amigo, es hora de ir al cementerio.

Cruz González Cardeñosa

LA NOCHE DE HALLOWEEN

Llegábamos tarde al entierro del abuelo, un jabalí cruzó la carretera, solo recuerdo su silueta y el frenazo del coche. Cuando me desperté, una bruja me ponía una araña en el pelo, me volví hacia ti y un reguero de sangre te corría por la frente, pero reías, vaya si reías, tenías un hada con los dientes fuera sobre tus rodillas; parecía que me iba recobrando cuando vi, envuelto en una gasa, que el rostro del abuelo cruzaba la calzada. Es el delirio de antes de la muerte, pensé. Intentaba abrir los ojos, cuando sentí una linterna acercándose, era una calavera que se plantó ante mí diciendo: “truco o trato”.

Ana Velasco

LA NOCHE DE HALLOWEEN

Apropiarse de la historia de otro siempre provoca hambre añeja. Se murió por una silueta del pasado. Viajó hasta los cementerios de los elefantes. Se mudó muchas veces cruzando las calles del barrio. Quiso vivir y envejeció de remordimientos. Fue feliz y dejó todo por escrito. En todos los casos me quedo con hambre añeja.
¡Cómo alargar la lengua en esos paisajes que pertenecen a los libros, y ser héroe del libro que me contiene! Las letras se parecen a embrujos que destilan el futuro. Imaginad, me transformo en un extraterrestre para alcanzar su vivir. Es absurdo pero absurdas son muchas vidas. Una vida que sólo tiene de sorpresa el tacto de la realidad: me caso con el vértigo de la ilusión, otra vez hambre añeja.
A veces, hasta quiero poner en marcha la romántica revolución, el fiasco de la burguesía. Como bien, engordo, llevo el reloj de oro y el pálpito de la guillotina me tacha de asesino. Ambiciono lo que mi padre y junto dinero, guardián de una sepultura reservada.
Me disfrazo en una noche de Halloween porque lo hacen los superyankis y la joven hambre, traicionada, alcanza el corazón con un golpe.

Clémence Loonis


LA NOCHE DE HALLOWEEN

Es ancha la puerta por la que quiero pasar. No cambia con el sonido de mi voz, por más alta que esté. No se mueve la madera vieja, gruesa y gastada. Aprieto mucho los puños, estiro los brazos hacia adelante y empujo con todas mis fuerzas, por un momento la madera cruje, pero no cede. Repito esto varias veces, un haz de luz atraviesa el umbral. El candado no funciona, porta tanta herrumbre sobre el hierro, que no se distingue dónde va la llave. Aprovecho la penumbra para tantear la habitación, puede que algo me sirva. Pero el suelo está destrozado, noto los cachitos al tacto de los dedos. Cada vez que piso, algo suena y las sombras empiezan a cubrir todo el espacio. Lo único que me queda es el cargador del móvil y esa pequeña marca en una de las paredes. Arriba, muy alto, hay un ventanuco que deja algo de claridad aún.
Me acerco despacio intentando no tropezar, hasta que alcanzo la pared con la marca.
Frente a ella, vacío mis bolsillos y mi mochila: el encendedor, un paquete de chicles, unas horquillas, un boli, las llaves, una bolsa de chuches y un cuaderno.
Estaba hecha polvo, llevaba allí horas, me apoyé en el muro tratando de sentarme en algo blando. Esa habitación parecía contener espinas en cada minúsculo rincón.
Decidí comenzar por las llaves y empezar a raspar. Después de un rato la primera de las llaves se partió y apenas había conseguido rascar la superficie. Quedan dos, me dije.
Sin nada más sólido para ayudarme, ataqué con la segunda, con la que sí logré vaciar el hueco.
“La noche de Halloween, lo peor que podía pasar, era esto. Quedarme encerrada.
Pero quería experimentar, estaba bloqueada en ese escrito y me dije que un poco de aventura podría venirme bien. Pero elegí mal día y, por supuesto, mala noche. A mí, que me aterra todo. Por eso esta fiesta, la dedico a comer palomitas y quedarme muy pronto dormida, intentando no pensar en brujas.”
La segunda llave también quebró, la parte de metal salió disparada y la oí perderse entre el vacío y las baldosas rotas.
El silencio y la negrura de la noche acabaron con las fuerzas que me quedaban.
Cerré los ojos, me puse de cuclillas y maldije el espacio tiempo de mi decisión.

Paty Liñán

LA NOCHE DE HALLOWEEN

Pedro, un muchacho “nacido y crecido”, en el campo, conoce el calendario “común y corriente”, en el cual el 31 de octubre es el último día del mes, día de cobro y del cumpleaños de su padrino Alberto.
Y punto, ése fue el modo en que él se había manejado en sus jóvenes 15 años. De un tiempo en que el teléfono, de línea, y a veces, los comunicaba con el mundo exterior, exterior al campo…
Hasta que llegó el día en que lo invitaron a la ciudad más grande, la capital.
Entusiasmado, dijo que sí.
-Vaya tranquilo, le dijo su padre. Y aprenda.
Hombre con alta capacidad de síntesis al expresarse, sin dudas.
Pedro lo tomó al pie de la letra.
Llegaron el 30 de octubre a la capital. Paseos, descanso y baile a la noche fue el inicio de aquella experiencia.
Es que su padrino “anda en la política”, así que por eso “hay que hablar y ver gente”, le explicó.
Por otra parte, Pedro descubrió cómo se preparaban todos para la fiesta de Halloween, le costó pronunciar y entender aquello.
Fue un singular desembarco, tanto a la caza de brujas como de políticos.
Eran tan “raros”, unos como los otros.
Como su padre, la autoridad más real y conocida por él, le dijo que “aprendiera”, no se privó ni se detuvo.
Al fin y al cabo, una de las frases que repite su padrino es: “ a la vida hay que tomarla como viene”, además del alcohol con que la bajan, y se ayudan a llevarla, claro.
¡Qué noche la del 31 de octubre en la ciudad grande!

Carla Bianco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

LAVANDO LOS PLATOS

LAVANDO LOS PLATOS

Salgo a la calle y me abruma ver a la gente deambular sin sonido. Cerca de casa, la plaza es una extensa emperatriz, una historia sobre la cual flotan los suspiros para alentar en un uniforme capricho, el mañana. Peones apretados en una celdita arrojan una libertad sin escape. Cubiertos de musgo, asimilándose a piedras malolientes expulsan cápsulas de traspié. Y me veo, con la insistencia del color más fuerte, camuflada, flagelada por la mentira, lavando los platos, los sucios, la huella de un hambre en entredicho.

Clémence Loonis

LAVANDO LOS PLATOS

-¿Te das cuenta de que no hay muchas personas que conversen lavando los platos?
-¿Y cuándo conversan entonces?
-Tomando un café o un whisky o en el parque mientras pasean tranquilos tomados de la mano.
-Tú has leído muchos libros ¿cuándo van a encontrar tiempo para un café, un whisky o un paseo?
-Lo que pasa es que tú no tienes imaginación.
-Eso es cierto, tampoco dispongo de ese tiempo.

Cruz González Cardeñosa

LAVANDO PLATOS

Esa mañana una suave lluvia acariciaba los cristales de la buhardilla que ocupaba Manuela en el centro de París, empezaba el fin de semana, tenía invitados a comer, amigos que venían de España, así es que eligió su plato estrella para la ocasión. Mientras en la olla se iba cocinando sin prisa un conejo al ajillo, se dispuso a arreglar la cocina y lavar los cacharros utilizados para el guiso, apenas tomó la esponja el pensamiento se deslizó a pretéritos derroteros, junto al cantar del agua cayendo del grifo se la oía tararear “así es mi vida/ piedra, como tu /piedra pequeña como tu / piedra ligera como tu /canto que ruedas, como tu / por las vereda, como tu/….”, no era el único poema de León Felipe que le trajo a su padre, uno de tantos exiliados de la guerra, a la memoria. Mientras se secaba las manos sonó el teléfono, era su sobrina para decirle que ya había llegado a Carcassone. ¿Y tú, qué haces? Me pillas lavando los platos, hoy el cielo está gris, querida.

Ana Velasco

LAVANDO PLATOS

Era uno de esos días que Ignacio soñaba con salir antes del trabajo, pero la tonga de platos en el fregadero, llegaba hasta casi el techo. Había mantenido buen ritmo durante el día, dejando apenas acumular algunos platos y cubiertos. Cuando sonó el teléfono sabía que no debía de contestar. Es tarde, pensó, tuve que haber quitado el sonido o dejar el móvil en casa.
Al otro lado de la línea sonó su voz, después de haber acariciado la noche en busca de sus sueños. Se derritió, no pudo contener el aliento, y como un grifo abierto se deslizó hacia los sumideros del goce.

Pino Lorenzo

LAVANDO LOS PLATOS

Ella lavaba los platos después de romperlos. Decía que para lavar bien un plato no se puede hacer de una vez, que hay que ir lavando cada parte cuidadosamente. Después volvía a unir los pedazos con pegamento y decía: ¿ves? Ahora si que está limpio.

Kepa Ríos Alday

LAVANDO LOS PLATOS
La cena no sucedió según lo previsto ¿Pero cuándo pasan las cosas según lo previsto? Le pareció que siempre había sido muy ingenuo. Una vez escuchó en una conferencia que había personas que confundían sus fantasías con la realidad. Pero él no era de esos. Sabía perfectamente de lo que estaba hablando. Distinguía muy bien. Tal vez sus expectativas habían sido muy altas con Nora, pero pensó que sus amigos le echarían una mano. Si que se la echaron, pero al cuello. La cena se convirtió en un cruce de acusaciones. No podía creerlo. ¡Con su mejor amigo! ¡Nora y Rubén mantenían una relación a sus espaldas!
Después de la cena, mientras lavaba los platos, alguien entró en la cocina. Estaba frotando una copa con un estropajo. Sus movimientos eran fuertes, rítmicos, rígidos, hasta que tuvo que detenerse. La copa se rompió en seis pedazos. Aturdido, se separó del fregadero y su mano agarró fuerte el brazo de Rubén, que estaba de pie observando la escena.

Laura López

LAVANDO LOS PLATOS

¿Las normas están ahí, para saltárselas?
Igual que la lista de escalones, o, los propósitos que haces en Navidad para año nuevo. A saber: ponerse en forma, dejar de fumar, conseguir el amor, el trabajo de tus sueños…
Si lavando los platos te evades, te distraes, habrá consecuencias igual.
Es como cargar peso, por bien que lo equilibres, por mucho que consigas llevar la carga, a la larga trae consecuencias, eso no lo olvida el cuerpo. Y entonces es cuando salen las contracturas, el dolor de espalda, un pinchazo acusado en los riñones, y las posturas normales del cuerpo se resiente.
Igual pasa no haciendo caso, a los avisos mecánicos del coche, que terminan agravando la avería y, como consecuencia, el arreglo es mayor.
No sucede, sin embargo, esto con los calcetines. Cuando la lavadora escupe la ropa húmeda y te devuelve un solo calcetín, del par que tenías. La muy maja, no te avisa, simplemente zampa porque tenía hambre, o, a saber, bueno, de eso hablamos otro día…
Una infracción, conocida como multa de tráfico, no se borra con prender fuego al papel del aviso, o a la carta que recibes, tampoco rompiéndola en mil pedacitos, enterrando éstos en la tierra del jardín, o arrojándolos al pozo. Tu nombre sigue ahí, escrito, aunque tú no lo distingas.
Lo que quiero decir es que, aunque laves los platos mil veces, esto es una de esas cosas que deja marca. El plato queda cubierto por una fina capa de grasa, que nunca se va, y queda una dentada, una cicatriz ya para siempre.

Paty Liñán

LAVANDO LOS PLATOS

En un tiempo de la historia de la humanidad, “hacerse mayor” en el desarrollo y/o evolución del sujeto, ocurría en el escenario de la cocina, aprendiendo lecciones básicas e ineludibles.
El primer paso en dicha formación era lavar los platos. El segundo, en el mejor de los casos, cocinar.
Con mayor o menor resultado, ambas tareas se comprobó, por generaciones, el efecto fundante que producía. Tanto en edificar como en salvar vidas.
Así se fue confirmado el valor indiscutible de dicha acción, repetida en el tiempo llega a forjar el carácter de los miembros del grupo.
Colabora en la formación de hábitos.
La ceremonia de inicio depende de cada caso, antes se prepara al candidato, con instrucciones claras y precisas. El gran día suele ser un domingo al mediodía. Es cuando se le da mayor oportunidad al aspirante para mostrar su progreso.
Este rito cotidiano, que aparenta ser fácil, guarda su complejidad. Requiere orden, concentración y cuidado.
Por otra parte, y dependiendo del caso, el aspirante puede tener la enorme ventaja de ser testigo directo del procesamiento de los hechos más destacados de la historia, de las decisiones que pueden cambiar el destino del grupo y/o agrupamiento dado en llamar familia.
Ya que, como es bien sabido, es en el sagrado recinto de la cocina, donde se elabora la vida en sus más trascendentes cambios y decisiones.
La política de Estado, el porvenir, el estado de paz como de guerra.
Ahora, aun cuando se ha popularizando el uso del electrodoméstico llamado lavavajillas, nada sustituye ni elimina este acto inspirador y elevado del uso del agua y el jabón, capaz de producir efectos similares a la meditación.
Tanto para el manejo de los impulsos más básicos, como para la administración de los recursos, tanto en épocas de bonanza como de humildad.
Deberíamos renovar votos e insistir en estas prácticas educativas para las generaciones futuras.
¡¡¡A lavar los platos!!!

Carla Bianco


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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

EL OLVIDO FATAL

EL OLVIDO FATAL

Me pregunto cómo se puede olvidar algo sin que se note. Podemos servirnos desde un maremoto, o una caída desafortunada, o la muerte de un familiar. Lo primero es un hecho verificable, tenemos que descartarlo ¿quién puede fingir semejante catástrofe con lo que la prensa y la televisión se valen de ´tan sustancioso alimento para sus audiencias?
Una caída desafortunada deja huellas, marca un hito en la carne y es una huida clara al precipicio del deseo. Cómo delata una pierna rota, una muñeca torcida, un moratón que asoman en la ridiculez de no poder hacerse cargo del deseo.
¿Y un familiar? Hay quien mató a su abuela hasta diez veces, vive embalsamada en todos sus jugos y aparece como una veleta en cada evento. ¡Más vidas que un gato!
¿Cómo se puede olvidar algo sin que se note? Basta, claro que no me olvidé. Lo siento, no hice la tarea, porque gozo, porque sufro porque qué se yo lo que me pasa frente a la página en blanco.

Laura López

EL OLVIDO FATAL

Al salir del ascensor, atravesé el pasillo que distaba de la puerta de mi casa entre sonidos de televisores encendidos y el repiqueteo de huevos batidos a la hora de la cena. Ahí estaba, de nuevo, la gata de los vecinos de la Europa del Este, esperando a que le abrieran la puerta.
Llamé al timbre, pero no sonaba, como si hubiesen desconectado la corriente eléctrica. Volví a llamar golpeando con los nudillos, pero no hubo respuesta. Me pareció que el animal me miraba con ojos lastimeros. Abrí la puerta de mi casa, cogí una lata de atún y nada más abrirla noté que en una exhalación había entrado en la cocina. Pensé que una vez que se la zampara volvería a su puerta, pero parecía resistirse a marcharse. Pasaron unos días y ni atisbo de los dueños de Masha, que así empecé a llamarla porque me había acostumbrado a su compañía y pensé que era un nombre que hubiese encajado en su ambiente familiar.
Al cabo de un mes volvieron los dueños. Pensé que Masha se alegraría de volver a verlos y al decirles que tenía a su gata en mi casa, se dieron cuenta del fatal olvido y corrieron a su encuentro mientras gritaban ¡Juanita!, ¡Juanita!
La gata saltó por la ventana y aún la estamos buscando.

Antonia López

EL OLVIDO FATAL

Le rogó que trajera doscientos euros para la conversación. Hasta que no aparece algún dinero por alguna parte no se sabe quién es quién. Había aceptado trabajar con presidiarios pero no convertirse en uno de ellos. Sus ideales comunistas le habían llevado a rechazar puestos en bufetes importantes. Quería ser útil a otros, aunque no fuesen su familia, aunque no fuesen sus amores, había decidido, como Ifigenia, dar su sangre a Grecia. Su sangre sí, pero no su inteligencia. No podía sacrificar algo que no era suyo. Si aceptaba hablar con sus clientes sin que ellos le pagasen perdía su inteligencia y comenzaba a pensar como sus clientes, de forma tosca torpe e inconveniente.

El olvido fatal hizo que la reunión quedase aplazada hasta que el convicto consiguió el dinero. Doscientos euros no era mucho en aquella prisión de lujo. En seguida apareció con los billetes en la mano. Uno de los guardianes le había prestado. Entonces el olvido no fue tan fatal, lo que murió fue la ingenuidad, la ilusión de sentirse iguales. No eran iguales: realizaban funciones distintas.

Kepa Ríos Alday

EL OLVIDO FATAL

Al olvido de todo, hay una memoria, marchita, trastabillada como la luz. Al olvido del corazón vuelve el mirar del amor. Al olvido del abandono, vuelve el crimen y todas las historias rotas parecen un arcos iris, un páramo, una bota tan pesada que la verdad es un lodo pegajoso, un retazo de abanico que desconoce el movimiento.
Al olvido de todo, está el estado de guerra, aquella de alarma y prevención en toda España. La censura que dominaba la prensa de todo el país, de todos los medios, la censura de la derecha pesaba tan severamente y durante tánto tiempo… Es decir que quien no conocía al pueblo, no sabía que la revolución que había comenzado en 1934, todavía no había terminado.
En aquel entonces no rulaba la red de datos en casa de cada letrado. En aquel entonces se burlaba la censura que decía, «Aquí no ocurre nada. Todo está tranquilo. Los delincuentes están en la cárcel. El gobierno tiene el control de la situación. No haga usted caso de las historias que le cuentan». De Barcelona a Andalucia, de Castilla al País Vasco, en los puertos levantinos, en Oviedo capital, flotaba el clima revolucionario.
¿Y saben cómo circulaba la información de los periódicos de izquierdas que no podían hablar?
Pues de muchas maneras, por los payasos de los circos, por una multitud de hojas clandestinas; en los mítines, en las confesiones frente a las fábricas, en los teatrillos de títeres, muchos panfletos y poemas de exaltación a los héroes y sucesos de Asturias, por todas las peñas y centros obreros e incluso los intelectuales de Madrid, todo ello recorría la península, todo significaba agitación revolucionaria.
Al olvido de todo, está el olvido fatal.

Clémence Loonis

EL OLVIDO FATAL

El peor olvido que puede haber…
Esto requiere hablarte de una noche …
¿Estrellada?
No, más bien cubierta de una pátina furiosa, bruma del día donde los lobos aún aúllan, donde los colores no se olvidan, máscara de plumas donde tú aún me querías… Olvida quién era, cuál era mi sitio, solo junto al tuyo.
Olvidar quién se es, creyendo que la noche la pertenecía y que la poderosa luna debe arrollarse a tu paso. Creer ser dueño de las fulgurantes estrellas, dueña de las fauces de aquellos lobos que controlan toda la montaña y me precipité de cabeza hasta despeñarme. Mientras aullaba en silencio en mi burbuja y un nudo crecía fuerte en mi interior, se hacía fuerte.
El olvido fatal fue dejarme llevar, arrastrar por tu sol, a pesar del camino pedregoso, sin creer en cada paso que daba, sin pensar en mí. Descalza de sueños tras tu melodía, detrás de la brisa de tu melena hasta que me quemé con tu rayo. Y cuando irradié mirando atrás, tú ya no estabas, solo quedaban las piedras teñidas con mi sangre, demasiado veneno, demasiada gangrena cubriendo mi cuerpo.
Amputar toca, cuando no hay nada que salvar, ni si quiera el olvido de tus pasos.

Paty Liñán

EL OLVIDO FATAL

Juan y Julio, hermanos gemelos, JyJ, los solía llamar su abuelo, Jaime. La tercera J.
Los hermanos JyJ, «de buen oído desde pequeños», llamaban la atención, tanto de la familia, como de los vecinos.
Ellos eran los que avisaban, si estaban golpeando la puerta, si ya llegaba el pedido del almacén, o si el gato, nuevamente, estaba siendo atacado por el perro de la otra cuadra.
Entre la escuela y el rol de avisadores múltiples solían estar muy ocupados, de todos modos se hacían tiempo para la pelota.
¡El fútbol! la gran pasión familiar.
Imaginando que ya estaban jugando en primera, repetían la entrada triunfal a la cancha, sentían a las personas aplaudiendo paradas, alentando al equipo para llegar nuevamente a ser campeones.
Apenas nacidos, los anotaron primero en el registro civil, y enseguida, aprovechando a los testigos, en el club de los amores.
Pertenecer a ese club, y defender su camiseta, era parte de la identidad, otra patria, una extensión de la familia, en palabras del abuelo.
J y J, inseparables, fueron descubriendo que sus habilidades para «escuchar, avisar o advertir», era una forma de» llenar la lata», cada vez con más monedas. Es que la gente, generosa y agradecida, alguna que otra monedita les regalaba, por sus favores.
La función de advertir, era de aplicación especial en los fines de semana, cuando los hombres de la casa, iban al club.
Sábados en la tardecita, después del mate, y domingos al mediodía, para el aperitivo, mientras la abuela hacía la pasta.
La primera vez fue casualidad, vieron que la abuela se inquietaba mirando el reloj, escucharon «esas palabras», las que corresponden a: Se está por armar.
En general, la abuela subía de tono emocional como el agua, que ya estaba en la olla, ¡pronta para recibir la pasta!
Con las manos en la cintura, y mirando desde la puerta para un lado y para el otro, era una promesa de peligro inminente.
Así que se fueron, corriendo como un rayo, las dos cuadras que separaban a la casa del club, a avisarle al abuelo y demás hombres que volvieran ya! La abuela estaba armada, o sea se estaba por armar, el lío!
Con aquel primer domingo, se ganaron más la confianza de todos, el negocio crecía, el de las monedas!
Lo del fácil olvido, se supo aquel sábado fatal…
La abuela se fue a la peluquería, así que el abuelo decidió ir al club, mucho más temprano que lo habitual, allí se encontró con dos o tres amigos, y se inició flor de campeonato de truco, otro de sus amores!
JyJ estaban por armar un partidito.
El abuelo los miró directo a los ojos y les dijo:
-No se olviden de avisarme cuando la abuela esté llegando.
Ellos sacudieron la cabeza, diciendo:

  • ¡Si!
    muy seguros, pero entre partidos, alguna que otra discusión, y los sueños de cada día… no vieron llegar a la abuela, tampoco le avisaron al abuelo Jaime.
    Fue tremendo aquel olvido, quedará grabado en la retina y en el registro sonoro de cada uno. El tenor que, en la abuela y en su bendita voz, se perdió la opera…
    Un caso muy especial es el de los gemelos, dijeron el Doctor y doña Clementina, (la señora que santigua).
    Con el tiempo se supo que tenían un déficit en atender. Parece que eso afecta al oído o al olvido.
    O a ambos.
    Entre el Doctor y Clementina siguieron buscando remedio y consuelo a las tres J, y a la abuela.
    Gemelos, varones, de buen oído y fácil olvido.

Carla Bianco

EL OLVIDO FATAL

Era viernes por la noche, estaba cansada y decidí acostarme temprano. Me puse el pijama, me lavé los dientes y me acosté. Un ruido extraño me despertó. Miré el teléfono por si hubiese alguna llamada perdida, o una alarma que se me hubiera olvidado quitar. Nada. El silencio era abrumador. Estaba muy intranquila, sentía como si hubiese alguien en la casa, pero no había nadie más que yo.
Me levanté a tomar un poco de agua pues notaba la boca seca y hacía mucho calor. Después de beber, me refresqué un poco y más tranquila fui al salón.
-Si no fuese tan tarde llamaría a mi amiga del alma para charlar un rato con ella, pero a estas horas estará dormida…
Entonces vi la fecha en el calendario.
-¡Menos mal que no había sido mi entierro, vaya olvido fatal!

Cruz González Cardeñosa


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IRONIAS DE LA VIDA

IRONIAS DE LA VIDA

Estábamos tan acostumbrados a la derrota, a que la tristeza fuera la única estación del año, a que la noche hiciera dos turnos en nuestros relatos, a que el frio fuera la temperatura habitual, que nos costó elaborar, digerir y anunciar, que aquella la tarde la vida nos hizo un guiño, quizá el primero.
El avión que perdimos sin alterarnos, pues era normal el olvido, el fallo y el desequilibrio, nunca llegó a su destino.

Hernán Kozak

IRONÍAS DE LA VIDA

Trabajé hasta tarde, antes de cerrar el ordenador definitivamente, fui a la cocina a prepararme algo caliente.
Mi esposo dormía profundamente. Me asomé a la habitación de los niños, casi contigua a la nuestra, y me quedé un instante disfrutando de sus dulces caras infantiles, su aparente paz me daba una paz que borraba las asperezas de un día cargado de preocupaciones.
Era delicioso al tiempo que inquietante la casa en silencio y semioscuridad. ¿Quién quiere dormir en estas circunstancias?
Me preparé un té con naranja y lo acompañé de unas galletas que habíamos estado preparando los niños y yo y que después de varios intentos poco fructíferos, esta vez salieron deliciosas.
Fui al ordenador, abrí una hoja nueva y vi cómo el cursor parpadeaba una y otra vez como pidiendo que pusiera fin a esa incertidumbre de cuál sería la palabra que iniciase la serie. Tomé el té con parsimonia, como si fuesen las nueve de la mañana y tuviese todo el día por delante para comenzar lo que no tenía forma ni aún seguridad de llegar a ser algo más que una fantasía.
Ese pensamiento me molestó y dejando la taza sobre la mesa me dispuse a colocar mis dedos sobre el teclado como si en verdad fuese una escritora comenzando su próxima obra.
¡Ironías de la vida! El que quería ser escritor era él, yo deseaba triunfar como actriz en Broadway. Mañana se presenta mi quinta novela en una de las mejores librerías de la ciudad y él no podrá venir porque tiene un concurso de arquitectura a trescientos kilómetros de distancia.

Cruz González Cardeñosa

IRONÍAS DE LA VIDA

Se sentaron al lado mío hablando en inglés. Yo no tengo por costumbre irme o hacerme el serio. Estoy solo pero estoy escribiendo. Son dos chicas demasiado jóvenes así que no podría entablar una amistad. No hablan casi nada ni si quiera en inglés. Una de ellas tiene un gran escote ondulante.
Según entraron en la cafetería se pusieron a bailar y su desvergüenza me hizo arrancar una sonrisa.
Ya intenté decirles algo y no entendieron. Les felicité por el bonito baile y sonrieron pero no sabían decir nada en castellano o eso me dieron a entender.
Ahora están poniendo videos y diciendo que si estaba muy delgadita o no se quien muy gorda y se ríen en altas voces a mi lado. Pero nunca me dicen nada ni me preguntan. Yo puedo intentar comenzar una conversación una vez, pero una segunda vez ya es ser un pesado a no ser que alguna circunstancia externa lo permita. No, tendrían que ser ellas las que me hablasen. Yo ya las he hablado y no han respondido así que ahora ya no puedo volver a intentar.
Lo que tú tienes que hacer es aprender a hablar en vez de quejarte de que esas pobres niñas americanas no lo hagan.
Probablemente lo único que sucede es que realmente no hablan una palabra de castellano. Son así de salvajes.
Ellas pueden ser salvajes, después gastarán mucho dinero en abogados y carniceros para trocear a los bebés.
Tú tienes que aprender a agradecer que se hayan sentado a tu lado. Son simpáticas aunque sean salvajes. No te acostarás con ellas ni te harás amigo ni nada. Ellas tienen miedo de los que no son militares americanos. Ellas son militares americanos con las tetas grandes y los vestidos cortos.
Bueno, espera dos minutos más a ver si da comienzo alguna conversación y si no ya lárgate porque esto que estás escribiendo no tiene nada que ver con el título…
Ironías de la vida: ellas solo querían sentarse a mi lado e intercambiar algunas miradas traviesas. El que quieres amar eres tú, pero tú estás escribiendo, tú ya estás amando aunque no lo creas o no te des cuenta.

Kepa Ríos Alday

IRONÍAS DE LA VIDA

¡Imagínate! Le decía Adela a María, ella que siempre había militado en el feminismo más radical, que echaba pestes de los hombres que piropeaban a las mujeres por soeces y resulta que cuando escuchó a aquel enfermero diciéndole “te has realizado análisis últimamente, puede que tengas algo de diabetes, me lo dice tu dulce mirada”. Tal como nos dijo casi se desmaya. Entonces, ¿siguen juntos? Y tanto, con esas deleitables palabras….

Ana Velasco

IRONÍAS DE LA VIDA

No es una palabra tan difícil. “¿Me estás entendiendo? Solté el bufido al ordenador, pero no me respondió”.
Ironía podía llamarse lo que yo tenía en esta vida. Me encontraba escribiendo ese maldito artículo, con lo feliz que me hacía escribir y no era capaz de añadir una buena frase. Estaba en ese punto muerto, otra vez, o quizás en uno muy arrugado. Me dio la risa, resultaba increíble que la mujer del blog, la que escribía para una prestigiosa revista, no fuera el mejor ejemplo para hacerlo. Ironías de la vida, dar consejos a mujeres y hombres para unirse, para ser una pareja feliz, cuando la persona que te da el consejo no consigue hacerlo.
Había tenido mis altos, y muy altos placeres, en lo que se llamaría una relación estable, pero en los últimos tiempos mis relaciones con el sexo opuesto habían decaído bastante. Desde luego había estado enamorada, reído, disfrutado, pero también acabé asqueada, abandonada y románticamente agobiada. Las noches en esta ciudad, no hacen más que darme la razón, es donde encuentro placeres carnales, pero nada que se asemeje al terror de verme de nuevo atrapada en la espiral del amor.
Cogí mi taza de café, saboreé el amargo en la boca, el paladar me ardía y tuve ganas de escupir al ordenador, desnudarme y llorar en la cama durante días. Me tragué las ganas. Tenía que acabar el texto y responder a varias cartas en la sección preguntas “consejos para ser más feliz con tu pareja”.
En lugar de eso observé cómo se activaba el salvapantallas y me mostraba una pareja posando sonriente, varias fotografías más se movían por la pantalla una y otra vez. “¡Dios! Tengo que quitar ese salvapantallas”
Como te habías marchado ya era difícil pero no tenía ganas de verte, aunque anhelara cada poro de tu cuerpo y deseara tus besos. Suspiré.
Ni siquiera odiar esas fotos me sirvió. La vibración del móvil me sacó de mis cosas, mi mejor amiga escribía dando ánimos y al ver que no respondía me llamó. Al cogerlo para contestarla me di cuenta de que a ella le iba mejor en la que era la relación más sana que conocía. Su marido era tan amable, que una sólo podía soñar con algo que se parecía un poco.
• ¿Vienes a tomar una copa?
• Tengo que terminar el articulo- contesté.
• Vamos, acaba y vente. – suplicó mi amiga. – Vendrá Nacho, lo pasaremos bien y así te distraes.
• Hoy no creo…
La verdad es que no quería, no me apetecía verla con su flamante marido, lo felices que eran, sus sonrisas cómplices, y las miraditas. No me apetecía.
Sólo quería pensar en mi dolor y en porqué Dani me había engañado y dejado tirada después de tantos años. Nunca me dio una explicación de el motivo. Con la rabia me dediqué a acostarme con los tíos y usarlos a mi antojo, aunque era yo la que me engañaba. Cada caricia de esos chicos me hacía daño, pero a mí misma. Estaba triste y a ratos enfadada, desde entonces, no encontraba estabilidad de pareja sólo daba tumbos y hasta vueltas de campana. Apenas me quedaba una migaja a la mañana siguiente.
• ¿Sigues por ahí? – preguntó mi amiga al otro lado del teléfono.
• Esta noche no. – susurré y colgué la llamada.
Decidí ir a cenar, un poco de aire me vendría bien y luego volvería al ordenador. Mientras pinchaba el tenedor en los macarrones se me ocurrió algo con lo que podría al menos iniciar el texto. “¿Cómo no lo había visto antes?” Era perfecto, basaría el nuevo artículo en la relación estable de mi amiga. Solté el tenedor y me puse a escribir de inmediato. Las palabras salieron solas y al acabar no pude evitar pensar en celebrarlo. Cogí el teléfono y llamé a mi amiga, al final sí, tomaríamos esa copa.

Paty Liñán


IRONÍAS DE LA VIDA

Gervasio, el Señor Pereira, como lo suelen llamar con todo respeto, siempre ha sido ordenado y previsor.
Halagado por esa cualidad, la viene defendiendo como bandera, en todos los ámbitos de su vida.
Siempre atento a no tener pendientes, a resolver los temas con rapidez, amante de lo productivo, práctico y útil.
En temas personales, también gusta de los pendientes… como regalo, no hay dama que se resista a semejante presente.
En todas las épocas, presente y pasado, los pendientes funcionan. Él lo aprendió muy bien.
Hombre resuelto, con ese “don de gentes” que cae tan bien a todos.
Ahora, guarda una peculiaridad… que está en relación íntima con sus características, su modo de andar.
Además de que es tan delgado, que se cuela por todos los sitios, más rápido que ligero. Con sus manos largas, finas y ansiosas de hacer, de hacer algo… lo que sea.
El punto es que Gervasio, el Sr. Pereira, tiene un pensamiento fuerte sobre “aquella”, la innombrable, un temor súper marcado de que se le aparezca, sorpresivamente, y lo encuentre con pendientes. O sea, con temas sin terminar, o sin iniciar, en fin…
¡No! No la puede nombrar, así que la llama de muchas formas, a ver si así la aleja. ¡Desde hace tanto le pasa! Ya no recuerda cuándo se inició en este laberinto.
Así que todo el tiempo, intenta distraerse o distraerla, de modo que cuando ella salga por ahí, en busca de almas, no golpee su puerta.
Asimiló todas las premisas que le enseñaron, para “estar listo”, “uno nunca sabe”.
Se repite, habitualmente, en todos los pasos, en el manual de las buenas costumbres, las que te allanan el camino, “por las dudas”.
Moral hay una sola, suele decir. La que él sabe, la que vale.
Aun así, Gervasio suele repetir en su pensamiento estas frases, algo sucede, que aún no acierta a entender, pero se le van…
Las repite por eso, “por las dudas”, que justo aquella, «la parca”, lo agarre desprevenido, y ahí, ¡Zas! Lo pesqué “en falta”, y lo sume a su lista, o se lo lleve directo y sin darle ni una tregua.
¡Cómo asimilar lo que comía, poco, medido y sano, con ese trabajo diario en todito su interior, sin descanso ni salario vacacional!
¡Pobre hombre!
Ahora, en el trabajo siempre entero, afeitado y derechito. Manteniendo la compostura.
La ironía de la vida, es que el Sr Pereira, tan ocupado siempre, y temeroso, como ya sabemos, asociaba el sonido de una llamada con queja, problema o “algo le puede haber pasado a un familiar”.
Así que, cuando sonaba insistentemente su teléfono, un domingo en la noche…¿Quién podría ser? ¿A esa hora? Agitado y tembloroso atendió cómo pudo…
¡Había ganado la lotería!

Carla Bianco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

LA MUDANZA

LA MUDANZA

-Qué tarde, y mañana más.
-Menos mal que existe un mañana.
-Muy gracioso. Te quiero ver aquí a las ocho. -Y miró la habitación llena de cajas-. Imposible terminar mañana la mudanza.
-Pues tenemos que conseguirlo, es el único día que podía venir el personal a ayudarnos.
-Descansa bien y mañana echamos una carrera a ver quién desembala más cajas mientras montan las estanterías.
No le dije nada más, sólo pensé para mis adentros que, justo mañana, mejor que no se durmiera.

Cruz González Cardeñosa

LA MUDANZA

-¡¡¡¡Me mudo, me mudo, me mudo!!!
-¿Que estás desnudo?
-No, que hoy me mudo.
-¿Que tienes un nudo?
-Que no, en unas horas empezamos la mudanza.
-Ah, que hoy te toca danza.
-ME MU DO…
-Pues no pareces estar mudo.
-Abuela, que me voy, me mudo.
-Hijo, si lo que llevas puesto te queda bien.
-Te voy a echar tánto de menos, abuela.
-Yo a ti también, ¿pero por qué me dices eso?

Magdalena Salamanca

LA MUDANZA
Tomó el lápiz labial y dibujó una dalia en sus labios. Las cajas apiladas le daban un solemne paisaje de papel. Fue hermoso aquel momento, esperando, abierta a los filos de la tarde a que todo y nada sucediera. Pasaba página a tantos momentos que no podía menos que sonreír. También hubo días oscuros pero prefirió arrugarlos y arrojarlos a otro rincón de aquella tarde. Su mirada ¡se perdió. No estaba. El timbre comenzó a sonar y una especie de delirio sordo la llevó a creer que la policía había activado las sirenas. ¿A quién buscarían? Se asomó y no vio nada. Bueno, nada exactamente no, un grupo de hombres fornidos la miraban y parecían decirle algo. Iban de negro, con una camiseta de manga corta que dejaban ver unos brazos bien definidos. Uno de ellos comenzó a agitarlos y aún más extrañada miró hacia la cornisa de arriba intentando buscar otro interlocutor de una situación tan incoherente. Una paloma revoloteaba por las alturas y ¡plof! Se desprendió una de sus defecaciones más magistrales, cayéndole en el brazo aquella mezcla repulsiva. La miró, se le ocurrió no se qué cosa del pasado, con un hombre, en un parque, en las alturas, con Paloma, su amiga y volvió a arrugarlo y arrojarlo al rincón de la tarde. ¡Los hombres de la mudanza! ¿O qué pensaba? Se había caído de bruces en la realidad.

Laura López

LA MUDANZA

Cambiaba de casa casi a diario, no tenía un sitio fijo donde dormir y siempre estaba de mudanza. Tenía un camión de mudanzas pero no le gustaba dormir en el camión sino que solía quedarse unos días en la casa que quedaba vacante después de la mudanza hasta que llegaba el nuevo inquilino. No es que fuese okupa ni pobre, simplemente era aficionada a las mudanzas. En toda la comarca la conocían. Ella estaba bien relacionada así que se enteraba de todas las mudanzas que iba a haber cada día y se presentaba para ayudar voluntariamente. No es que cargase armarios y mesas, ni si quiera cuando cargaban el mueble entre varios agarraba de una esquina, no, nada de eso, ella era una especie de capataz, una súper especialista que de un vistazo podía calcular si un armario iría a caber en un ascensor sin necesidad de desmontarlo.
Al terminar el bachillerato ya sabía que no iba a ir a la universidad, ella ya había elegido su profesión. «La mudanza es una de las experiencias más estresantes de la vida de una persona», había escuchado a su madre conversar con las amigas. Y desde entonces una especie de obsesión de la mudanza se había apoderado de Ainhoa, que así se llamaba ella por cierto. Empezó por cambiar ella misma de habitación todo lo posible. Primero se mudó al baño pequeño alegando que era más fresco. Después, cuando sus padres se separaron, exigió vivir dos años con cada uno, de ese modo tenía que hacer mudanza como mínimo cada dos años. Se compró para ello una furgoneta y eligió al chico más fornido de la clase como novio. Su vida estaba en marcha.
Al principio sí que tenía que colaborar ocasionalmente en los portes ya que su novio no podía cargar él solo más que algunos muebles muy sencillos. Pero pronto se dio cuenta que no podría seguir trabajando de anciana en tan duro oficio así que hizo algunos cambios importantes en su vida. Cambió al novio por dos inmigrantes ilegales y, como fuera que el novio ya quería empezar a formar una familia, tras un delicado proceso, logró reasignarlo con una amiga suya, morena, que lo aceptó en su casa. Ainhoa solo dormía con ellos de vez en cuando, según coincidieran las mudanzas. Pero se las apañaba para evitar la fecundación con diversos subterfugios de tipo fisco, químico y psíquico. Ella estaba disponible en cuerpo y alma para las mudanzas, pero estaba ocupada cuando alguien pretendía su corazón. Su corazón era de la mudanza.

Kepa Ríos Alday

LA MUDANZA

El espíritu demuestra
lo inefable
de la desdicha humana,
cuando el horizonte
se hunde,
vertiginosamente,
en el antro del futuro.

El relevo de la Poesía
alumbra este vacío,
y la mudanza
baila un nuevo vals.

El hombre, más que animal,
es lenguaje
y la torpeza de su condición
genitora del trabajo,
de la escritura.

Me sostienen millones de versos,
tantos como estrellas en el mar.

Sylvie Lachaume

LA MUDANZA
• Existen tres tarifas para realizar los servicios ¿Quiere que le informe yo o mi compañero?
La voz de la chica sonaba a máquina, y Oswaldo respondió algo frio:
• Usted misma.
• Muy bien. ¿Quiere cremación, cremación directa o cremación social? En las dos primeras plantamos un árbol en su honor. Los precios oscilan entre los 1645€ de Cremación, 1305€ de Cremación directa y 1055€ de Cremación social.
• Bueno, no sé- respondió Oswaldo- es la primera vez que contrato uno de estos servicios.
• Nosotros aconsejamos el servicio de Cremación, porque tendrá a su disposición una sala de vela.
• Sinceramente, no sé lo que él hubiera preferido.
• Si quiere cuénteme cómo era él. Quizás conociéndole un poco pueda orientarle.
• Bueno, la verdad es que era un poco cabrón; nunca hacía favores a nadie.
• En ese caso podemos dejarlo sin sala de vela, que sería la Cremación directa.
• Ya, pero no sé, no estoy seguro. Él tampoco se hubiera gastado mucho dinero en su incineración. Nos hubiera dicho que empleásemos ese dinero en los pobres.
• En ese caso puede contratarle el servicio de Cremación Social, sin árbol que plantar.
• Claro pero lo del árbol es bonito, tener un lugar donde ir a hablar con él.
La chica de la funeraria se empezaba a desesperar. Era el tercer cliente indeciso de la mañana.
• Sí, lo del árbol lo suelen contratar- respondió.
• Aunque luego, claro, habrá que irlo a regar, ¿no? -preguntó Oswaldo.
• Sí, claro, pero eso no entra en el contrato.
• No sé, la verdad. Me han dejado el muerto, nunca mejor dicho, y me cuesta tomar esta decisión.
La chica le pidió que se tomara el tiempo que necesitara para pensarlo, mientras ella respondía a una llamada insistente en el teléfono:
• Funeraria La Mudanza, buenos días.

Pino Lorenzo

LA MUDANZA

La mudanza. Sí, esta palabra puede significar muchas cosas: un deseo, un anhelo, un “me largo a empezar de cero”. La mudanza puede ser tus ojos frente a los míos mudando a un brillo especial al mirarnos.
Mudarse de ropa, de casa, de trabajo o de vida. Esto produce lágrimas de tristeza o de alegría, según el lado por donde se mire o quién lo mire.
Mudanza, sinónimo de traslado, pero también de cambio.
La primera que recuerdo fue un gran cambio, de una casa pequeña con algo de terraza, a un chalet con tres plantas y un gran jardín. La casa nueva olía a madera y a pintura reciente. Casa amplia, urbanización elegante, piscina comunitaria.
Al cambiar de casa, también lo haces de barrio, en mi caso, tierra por asfalto.
Para algunos significa hasta de cuidad. Afortunadamente eso no pasó.
Lo que implica sin darte cuenta una muda en tus rutinas…
No es lo mismo bajarte en la primera parada del bus que en la última, no puede ser igual apearse en la misma parada del chico que te gusta, que en el fin del mundo sin verle. Cuando empiezo a amar el barrio, el pensamiento muta y lo odias.
Las distancias, antes cortas, sufren una metamorfosis y tus amigas viven más lejos que nunca. Y a pesar de tener una casa más grande, más baños, más armarios, lo que anhelas es pisar el barro de los días de lluvia, la vieja sombra del árbol en la ventana de la habitación y llamar a gritos a la amiga de turno para que baje a charlar. Y ver pasar su mochila azul, sus morenos rizos, del chico que te gusta y que antes iba contigo charlando hasta casa. El barrio nunca volvió a ser el mismo.

Paty Liñán

LA MUDANZA

Una frase, dos palabras, y toda una historia guardada.
Como en el suspiro de la tía Clara, que parecía decir, tantas cosas…
Bueno, durante mucho tiempo de mi infancia imaginaba qué guardaban sus suspiros.
La querida tía, de piel tan clara, como su nombre. De figura delgada, sutil, parecía, y era, de una delicadeza de porcelana.
Mucha porcelana adornaba la casa de mi abuela, la madre de mi tía, y de mi madre, claro.
Para nada claro fue el tema del noviazgo de la tía y el bueno de Mario, (así lo llamaba mi padre, que lo conocía desde niño, por el fútbol).
La tía Clara, cuando se enamoró, fue ¡tanto, tanto!
La abuela Celeste no lo podía creer, lo llamaba “ese muchacho”, por mucho tiempo no lo nombró. Y repetía casi a diario:

  • Todo estaba tranquilo, ahora mis nervios se alteraron, ¡no sé qué será de mí!
    Continuaba:
  • Ahora tú y esas ideas raras, Clara. ¿Qué es eso del amor y la libertad? ¡Cuánta cosa nueva desde que apareció “ese muchacho”!
    Cuando conocí a Mario me atrajo mucho su pelo, era muy rubio, mucho. Tanto así, que lo apodaban “el rubio”.
    Todo aquel alboroto se debía a que la suave y delicada tía Clara, plantó bandera y le dijo a su madre, de frente y mano, sin pelos en la lengua ni duda alguna, la decisión que había tomado,(cuatro meses después de conocer a su amor).
  • Me mudo con Mario mamá, él tiene ese nombre, es hora de que lo aprendas.
    ¿Se imaginan el momento colosal?
    A la abuela se le borró el Celeste de su nombre, hizo un cambio radical de posición. Pasó de madre dolida, ajustada a la política del sabotaje emocional, a madre furiosa que desplegó batalla.
    ¡Con todo y más!
    Ella, viuda desde joven, del querido y respetado Alberto:
  • ¿Qué diría tu pobre padre si te viera?, abandonando la casa que te vio nacer. En esta familia digna y de buenas costumbres. ¡Por favor! Caería al suelo, mí pobre Alberto.
    Respiraba agitada, según cuentan, se recostaba en la pared, rechazaba ayuda, agua o lo que fuera.
    -Te desconozco Clara, ese hombre te cambió, eres otra, y siguió…
    Parece que por horas y largos días, nadie daba con la forma ni el remedio para que se detuviera.
    Ella y su discurso de quejas, reproches y larga lista de malos augurios para su hija menor.
    Cuentan que se “le cerró el estómago”, y temían todos “ que pasara lo peor”.
    Clara, a pesar del revuelo, siguió con las ideas claras. No se le movió un pelo de su larga cabellera castaña.
    Ella y el rubio, alquilaron un pequeño apartamento, fijaron fecha de dos grandes acontecimientos:
    La mudanza.
    ¡Y el casamiento!
    -Tanto lío y tragos amargos, -decía mi madre, agitando las manos como la abuela- tantas lágrimas de la pobre mamá… y seguía y seguía… Todo para que? ¿Para que la señorita ahora se case?
    Ésa siempre fue una de las partes que más me confundía de aquel relato.
    Si todos estaban tan escandalizados, y al fin y al cabo la palabra o el hecho de casarse era tan sanador, mágico o correcto para Dios y el Estado y en la memoria del abuelo Alberto. Además.
    ¿Porque seguían todos tan inquietos, con la catarata de reproches?
    Aunque pusieron “todo en orden”, no alcanzó. La deuda ya se había instalado.
    Así que Celeste decretó:
  • Mucha agua tendrá que pasar bajo el puente, fue mucho el dolor y la amargura que me hicieron pasar.
    En fin, a muchas de mis preguntas encontré alguna que otra respuesta, y a otras tantas le ando aún, muchos años después, buscando lógica o consuelo, respuesta o algo parecido.
    Creo haber llegado a una conclusión: para mi tía lo más importante era iniciar el proyecto de vivir juntos, de construir su pareja con Mario. El casamiento era secundario, un trámite que eligieron hacer, pero pudieron no haber hecho.
    ¿Qué hubiera cambiado?
    Clara y Mario fueron felices, en alguna ocasión comieron perdices.
    La descendencia fue abundante, así que antes de partir, la abuela les levantó los castigos, deudas morales, malos presagios y demás yerbas…
    A mi madre le costó más, pero está mucho más encaminada…

Carla Bianco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero