ESTA AHÍ / Historia

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ESTA AHÍ

Todo pertenecía a una misma corporación, los alimentos, el transporte, el ocio, nuestro futuro.

Han pasado ya cerca de quince años, podemos afirmar que el virus fue un invento humano, una manera rápida de cambiar las cosas sin tener que preguntar ni pedir permiso.

Solo unos cuantos se beneficiaron y millones murieron o quedaron sometidos.

Cuando se dieron cuenta que nosotros no caíamos, nos buscaron, pero ya nos habíamos marchado con nuestras familias.

Sabemos los unos de los otros porque la revista “artistas del vértigo” se sigue publicando cada semana.

Hernán Kozak

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ESTÁ AHÍ

– Por si no os habéis dado cuenta, está ahí. Vino para quedarse, ha trazado líneas imaginarias que son detectadas solamente por los agentes de la lucha anti Covi,

– ¿Cómo? ¿Lucha anti qué?

– Covi.

– Pero querrás decir Covid.

– No Covi, son las siglas de Cuerpo Obeso Visiblemente Inflamado.

– ¿Qué dices?

– Sí, es una unidad especial de la policía nacional, se encargan de confinar de nuevo a todas aquellas personas Obesas Visiblemente Inflamadas.

– Pero ¿por qué hacen eso? Será mejor que salgan y caminen para que puedan hacer al de ejercicio y mejorar su estado físico.

– Sí, sería lo mejor, pero no podemos dar mala imagen al panorama internacional, si además de todos los muertos que ha habido, encima los que no se han muerto aparecen obesos, nadie va a querer venir a las playas de España a gozar del verano.

– Y ¿cuál es la propuesta?

– Encerrarles en casa, haciéndoles creer que su gordura es causa del covid y esperar que mueran.

– ¿De atracones de comida?

– No Laureano, no, de soledad y aburrimiento. Se sabe que es manera más fácil de que alguien se muera. Mira los viejos, a ellos no les ha matado el Covid, les ha matado la soledad y el aburrimiento del encierro. Los que murieron en el hospital, por lo menos lo hicieron acompañados.

Magdalena Salamanca Gallego
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ESTA AHI

Esta ahí ¿no lo ves? Y otra vez volvía a señalar con el movimiento de sus ojos un lugar vacío. Le dolía como un hueco molar. ¿Cómo podía ser que permaneciera en aquella insistencia y que por más que le señalara no lograba verlo? Lo hacía cada día. Desayunaba como un ritual, a las seis cuarenta y cinco. Leía los periódicos digitales del día y se asomaba a la ventana. Permanecía inmóvil como una estatua, como momificándose con el dibujo de las rosas de la cortina. Una cara dispuesta en pétalos con ojo de cíclope y brazos como espinas. Y otra vez volvía a gritar. ¡Ven, ven! ¿Es que no lo ves? ¡Está ahí! Cada día era igual al anterior, parecía el ritual de un obsesivo, con la minuciosidad del orden y las palabras exactas.

Un día decidió seguirle la corriente ¡qué carajo! “¡ven,ven! ¿es que no lo ves? ¡está ahí! “

Las palabras abrieron como una llave su sonrisa. Sí, ahora sí que puedo verlo ¡es fantástico! ¡Por fin!

Pero la rosa momificada giró su cabeza ¡Si se acaba de ir! y sus ojos comenzaron a hacer chiribitas como un astro loco que se había salido de su órbita. Era como un caleidoscopio que hacía girar la imagen hasta convertirla en un mosaico. Claro, leyendo a Kafka cada noche, la metamorfosis… Lo tenía en la mesita de noche. Pero de día, todo cambiaba.

Después de aquel capítulo de locura, se puso a leer Intruso en el polvo, de William Faulkner. La mirada se le llenó de ilusiones y comenzó a desayunar junto a él, conversando y asomándose a la ventana con otros ojos. Ahora no está ahí, está en ninguna parte.

Laura López
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ESTÁ AHÍ
Su presencia, aunque invisible, había ya producido inifinidad de muertes en todo el mundo. Más de 25.000 en Italia, aproximándonos a esa cifra en España. Y Estados Unidos duplicándola.

Todo era excesivo con este nuevo virus que había acuñado téminos como “nueva normalidad”.

El mundo, definitivamente había cambiado. No sabíamos si para mal o para bien, poco importaba, como los grandes cambios en la humanidad. Pero nuestra vuelta a la calle ya no sería lo mismo.

Está ahí. Por las calles, por los supermercados, por las vías del tren, en un resquicio de una puerta, en un abrazo que no podrás dar, en los besos esperando un milagro, pero el bicho está ahí.

Confinar a un pueblo, a una ciudad, a un país entero a permanecer dos meses en sus casas, parando la producción no se había visto nunca.

Una huelga general de un solo día hacía temblar los cimientos de un estado, mostrando todo su poderío, ese brazo fuerte popular.

Pero ahora no había hecho falta ninguna insurrección. El propio Estado decretó 10 días de paro total. Cierre total del sistema productivo, salvo aquel que se podía hacer teletrabajando.

Lo que no pudo la clase obrera en sus huelgas generales, vino un virus y lo logró en menos de un par de semanas.

Esto no era para menoscabar la fuerza popular que había forjado las primeras revoluciones en los albores del siglo XX, sino el alcance de algo que había comenzado y no sabíamos a donde conduciría a la humanidad.

Todo había pasado velozmente. Sin tiempo para reaccionar. Ahora, después de 5 semanas de confinamiento, cinco semanas sí, estábamos en la desescalada.

¿Qué significaba eso? Básicamente, que habían descendido las bajas por corona virus, de casi mil diarias a menos de cuatrocientos.

En ninguna guerra actual se producía ese número de bajas.

El desconcierto era generalizado. En distintos niveles y reacciones. El virus te ataca aunque no te ataque. Nadie podía permanecer indemne.

Todo está tocado ahora por el virus.

Está ahí.

Paola Duchên

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LO QUE DICEN LOS CAMINOS / Poesía

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LO QUE DICEN LOS CAMINOS

Hoy tenía antenas de acero
repletas de ojos amaestrados por la duda,
¿quedarme como estoy o vivir?
Busque en varios libros las montañas
y pude estirar las piernas,
respirar algún verso de aire puro
que daría color a mi rostro detenido sin tiempo.
Al llegar a ninguna parte,
desde aquel vacío encerrado en dos mitades,
pude volver a pronunciar nuevas palabras,
mis dedos recuperaron la agilidad de la espada y la caricia.
Terminó el día,
limpio, no ya del virus,
y si del temor que golpeaba la puerta de mi casa.

Hernán Kozak

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LO QUE DICEN LOS CAMINOS

Hay caminos de vertientes olvidadas
que susurran misterio entre sus pasos.

Caminos de sal que conservan las leyendas de los pueblos
aquellos donde sus habitantes tarareaban canciones a los infantes
que sin miedo ni perdón corrían alborotados como si los tiempos
se destruyeran entre sus huellas, restos de aquella infancia.

Lo dicen los cantos y pedruscos
en las líneas ocultas de los rostros de los ancianos,
sí, hablan los senderos confinados en el silencio de las calles.

Avenidas y parques claman la paz de la distancia.
¡Quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir!!!
Pero la ausencia, nada escucha.
Nada late cuando el sinsentido de la urbe ciega su horizonte.

Lo que dicen los caminos es tan abrumador.

Las cimas despliegan su grandeza de novia
abandonada frente al altar con eco lúgubre y solemne.

Ven, acércate ahora que no puedes,
ven, pisa mis verdes ojos, ahora que no ves.

Algunos caminos lloran la erosión continua de la humanidad.
Sus llantos apaciguan las vírgenes playas
que aún nada saben de la furia atroz del hombre.

Magdalena Salamanca Gallego

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LO QUE DICEN LOS CAMINOS

Mi espejo, corriente por las noches,
se hace arroyo y se aleja de mi cuarto
Vicente Huidobro

Salen, se abruman, se decantan, suspiran,
caen por la abullonada manga del crepúsculo
y pueblan ciudades, pero vuelven siempre
tras el culmen de las sombras.
Apátridas sin sueño vagan por estrías y montañas .

Destilan desaparecidos con el vaho de los caminos
porque inventaron juegos de agua.
Permíteme una escolta de nubes que sumerja el ocaso
en una cortina de espectros mojados.
No hay tiempo que perder, ya viene la aurora.

Si las violas tocan, los icebergs entran
en el sempiterno de los ojos.
Bestias que caminan solas y héroes desalojados
naufragan tras el ejército de piedras
Ahí una mano. y una mecha lasciva
que enciende la llama para ciegos.

Lo que dicen los caminos es que hay que salir
al abordaje de un barco trasatlántico que patee el horizonte,
pero la sequedad del asunto impone un cielo de llantos
ya vienen los rútilos rostros que se limpian y escarchan
con el insomnio y las habitaciones vacías,
¡Llega la aurora!
Los caminos gritan ¡al abordaje!¡Al abordaje!

Laura López

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LO QUE DICEN LOS CAMINOS

Cascadas de bondad inutilizada
en labios deformados
por la costumbre de blasfemar
en la puerta de los templos.

Entrego mis manos al horizonte
y mis manos vuelan lejos de mí.

La tierra es ese globo en el espacio
y mi voz, las ondas que viajan
por todo el universo tocando los planetas
hasta llegar a las estrellas.

El tiempo es otra historia en la galaxia,
letras que recorren tu nombre junto a otros nombres,
arrebatos de luz engarzados entre palabras.

Cruz González Cardeñosa

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LO QUE DICEN LOS CAMINOS

Cae la tarde y la terquedad
absorbe el tenue violeta del camino,
se derrama una pluma rojiza
entre campos hostiles
cegando las de exhaustas del viajero.
Callan los cantos de caliza
la ausencia de bicicletas dibujando piruetas,
mientras burlescos socavones
rememoran el rugido de los fornidos motores.
Entre amapolas y fusarium,
cóncavas cunetas desangran metáforas
al largo tiempo de espera,
que unas tumbas sin lápidas
vienen reclamando.
Hay caminos cansados
del vuelos de los drones buscando desertores,
también los que respiran grafito,
caminos que han aprendido a balar
reclamando el recorrer trashumante.
Aunque todos los caminos llevan en su estrofa
una alusión a Roma,
yo hoy amparada en la soledad
trasiego los que me llevan a tu voz.

Ana Velasco

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LO QUE DICEN LOS CAMINOS

Dicen los caminos abiertos
a las feroces dunas
que los animales errantes
tropiezan al descender
por las nubes
de colores intensos.

Viajes expuestos,
en el telar de una vida
en blanco
desliza el nacimiento de
todo aquello
qué está por llegar.

La incertidumbre se rinde
a sus pies,
dejando de lado
los senderos ya previstos.

Yolanda Hernández

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LO QUE DICEN LOS CAMINOS

Serpenteo lánguidas veredas anegadas por nostalgia,
zurcen bisectrices, tangentes en la resaca amarilla de espigas altaneras,
equidistantes, infinitas, primigenias, vibrantes y vitales.
Ilusiones de un vergel artificial, espejismo de naturaleza muerta,
vía láctea que alborota milagrosa secarrales polvorientos y agónicos,
constelaciones de pan que endulza el hambre del alma en pena.

Enigmáticos ecos musitan pertinaces, en miserables arroyuelos,
susurran sonetos en las cárcavas friables, infecundas, impermeables.
Repique de campanas sempiternas, lastimeras rocían los caminos,
estrofa amarga de los santos que llaman a vísperas,
remembranza de vida y muerte, acordes de sueños perdidos,
inconclusos, imposibles tejen las sendas de la inexorable existencia.

Maria González

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LO QUE DICEN LOS CAMINOS

Hay un paraguas colgado de una nube
Y un cartel que señala los caminos

Están las barrendera, las que limpian la ciudad que hacen
que el brillo del sol se refleje en los asfaltos mojados por la lluvia.
Y aquí están, aquí están también esos músculos que alzan carretillas,
esas manos callosas que amasan la piedra,
el martillo clavando en el corazón de Madrid tu nombre.
Madrid tierra abierta,
tierra de los brazos abiertos a la calidez del amor.
Amo al conductor del autobús
que transita por las calles que son caminos
abiertos a la selva ciudadana
al clamor de un pueblo que valiente en su confinamiento
espera, escucha lo que dicen los caminos.

Habrá que construir nuevamente todos nuestros sueños.

Paola Duchên

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LO QUE DICEN LOS CAMINOS

Dicen que todos los caminos
conducen a Roma.
Debo haber tomado
el camino más largo.
Resplandecientes letreros
anuncian furtivas direcciones.
Destellos de luz cuentan
y recuentan los kilómetros
que aún faltan para llegar
a tu destino.
Hay quien se detiene
a mirar el paisaje,
mientras hace memoria.
¿Hacia dónde voy?
¿A qué me lleva todo esto?
Muchas veces pensé en renunciar.
No entiendo muy bien
lo que dicen los caminos.
Sus signos brillantes
¿Son favorables o adversos?
En un desvío o en un retorno
muchos se pierden antes de llegar.
Los caminos hablan entre sí
mandándose señales promisorias.
Son trampas para confundir
al viajero.
Dicen que todos los caminos
conducen a Roma.
Debo haber tomado
el camino más largo.

Ruy Henríquez

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EL DIAGNÓSTICO / Historia

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EL DIAGNÓSTICO

No tenía idea del tiempo que llevaba caminando en aquel oscuro túnel en el que no se veía absolutamente nada. Sus pasos le guiaban con una contundente seguridad, como si ellos supieran a donde tenía que ir. No podía retroceder. Tuvo una ligera sensación de frío. Anduvo más deprisa, Sin noción del espacio y del tiempo. Trató de hacer memoria, pero no pudo encontrar de dónde venía y hacia dónde se dirigía, aunque tenía algunas vagas reminiscencias de lugares y personas. Estas como flases luminosos aparecían en su mente. En su avanzar pudo ver una luz que indicaba el final de aquel túnel. Este terminaba en una sala amplia e iluminada de manera artificial. El techo tenía forma de cúpula y había mucha gente sentada en butacas blancas conversando mientras esperaban su turno. Se dirigió a un mostrador en el que una mujer pálida y muy delgada le indicó que se sentara, le llamarían por megafonía. Mientras esperaba se dio cuenta de que estaba muerto. Lo dedujo por la conversación que tenían las dos mujeres que estaban en frente suyo. Una había fallecido de un ataque al corazón y la otra se había tirado por el balcón, no soportó el aislamiento. Charlaban animosamente sobre la experiencia. Lo vio claro en ese momento, el diagnóstico de COVID 19 y las complicaciones generadas lo habían llevado hasta allí. Ahora recordaba sus últimas horas en el hospital y la cara de alivio de aquella enfermera.

Oyó su nombre por megafonía. Primer pasillo a la derecha. Allí le estaba esperando San Pedro. No se lo imaginaba tan atlético. “Esto del cielo debe ser un chollo, seguro que hay gimnasio gratis, a ver si tengo suerte”-pensó.

El Santo revisó su expediente en el ordenador y le miró como si le hubiera leído el pensamiento: “no te emociones Jacinto, al cielo directamente no vas a entrar. Ayer revisamos tu caso y tendrás que regresar a la vida terrenal para hacer trabajos en la comunidad, igual eso te salva. Tu comportamiento desde que empezó la pandemia ha sido más que lamentable”. Le recordó que había robado las mascarillas del almacén en su trabajo, además del gel hidroalcohólico dejando a sus compañeros sin los EPIS esenciales, había arrebatado en el supermercado el papel higiénico de los carros ajenos aprovechando el despiste de sus propietarios, no había respetado los confinamientos y había arrojado agua a los propietarios de los perros que paseaban debajo de su ventana. San Pedro, en su discurso añadió que cuando le diagnosticaron COVID 19 su comportamiento había empeorado, aún más, se burló del “catarrito”, contagió a algunos vecinos, pese a tener mascarillas más que de sobra, y se había portado groseramente con el personal sanitario. Te mereces una temporada en el infierno, pero Satanás ya no tiene hueco. El limbo nos lo han cerrado por falta de presupuesto. Dada la saturación de estos días, hemos pensado cambiarte de época, en Egipto hay más espacio y son más permisivos, pero Osiris ha comentado que no cree que pases la prueba de la pesada del alma. Son muy estrictos con los comportamientos en pandemias. En definitiva, ¡que te vuelves Jacinto!, en unos meses revisamos tu caso de nuevo, por qué antes de este lío no eras un tipo malo del todo. Aplícate, Satanás ha comprado una parcela y tendrá hueco en un par de semanas. No es un sitio muy recomendable. Te lo puedo asegurar.

El agua bendita le salpicó en la cara. Abrió los ojos sobresaltado y pudo leer el terror en los ojos de aquel hombre. Llevaba un crucifijo y el aspersorio que le había traído de nuevo a la vida. Era un sacerdote que llamaba despavorido al personal sanitario. Mariluz la enfermera, no daba crédito. ¡Joder, si ha palmado delante de mí! La sola idea de pensar en que tenía que poner en riesgo su vida y la de su familia para atender a aquel cretino le revolvía las entrañas. Pudo leer a través de aquella máscara que solo dejaban ver sus ojos negros la cara de satisfacción de Jacinto por haber vuelto a la vida y ya con la extremaunción dada. Le encantaba lo gratis. Tenía que hablar urgentemente con su supervisora. Necesitaba un cambio de planta. El cambio no se llegó a ejecutar. Satanás había acelerado las obras, gracias al trabajo de unos fornidos narcotraficantes y en un par de semanas fue a buscar a Jacinto, quién no opuso ninguna resistencia.

Maria González

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EL DIAGNÓSTICO

Le diagnosticaron ceguera total cuando se dieron cuenta que no podía distinguir absolutamente ninguna de las letras del panel. Lo chocante del caso es que se trataba de la revisión médica que hacían a los nuevos reclusos que llegaban a la cárcel. Nadie sabía que estaba ciego ni mucho menos lo podían sospechar al saber que la infracción por la que le detuvieron había sido el circular a más de 240 Km hora por una carretera comarcal.
Y ¿cómo te enteraste del caso? -Era mi compañero de celda.
Y ¿él qué decía? ¿cómo podía conducir a esa velocidad sin ver nada? -Él veía perfectamente, me hizo varias demostraciones. Lo que ocurre es que el tipo estaba trabajando en el campo y pasó el chico aquel con el deportivo a tanta velocidad. A poca distancia estaba el control de la guardia civil, y como el chico era hijo del médico que hace los controles médicos a los nuevos reclusos, pensaron que la mejor solución era que cargase él con el mochuelo. Al fin y al cabo los ciegos tienen condenas reducidas.

Kepa Ríos Alday
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EL DIAGNÓSTICO

No se si ud. ha visto esas patas de gallo que circundan sus ojos, y luego esas bolsas que rodean sus pestañas; además de estas estrías que circundan sus labios, le decía la joven voz mientras paseaba el índice por el rostro. No es algo que se esfume sin más, todo esto precisa algo de trabajo y voluntad. Se ha dado cuenta de los surcos que rodean su barbilla… Y ¿qué me aconseja ud.? Pues debería seguir un tratamiento de manera sistemática, de lo contrario no llegará a los sesenta con buen aspecto, pero si yo ya pasado los setenta y dos, y eso sin contar el tiempo del confinamiento que, a día de hoy no sabemos lo que se alargó….
Ana Velasco

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EL DIAGNÓSTICO

– No hay diagnóstico, no sabemos qué le pasa, esta vez, las pruebas son normales.

– Pero cuando ingresó parecía que…

– Sí pero ahora nada de nada, así que dile que se va a casa.

– No doctor Ramírez. No puedo, no lo va a entender.

– Me da igual, Dra. Pérez, la urgencia está saturada y no podemos ocupar camas si no es un Covid.

– Dr. el paciente ha venido 3 veces esta semana, está angustiado, triste con miedo.

– Pues mándele un ansiolítico y a casa, o mejor un antipsicótico, le calmará más.

– Dr. Ramirez tiene tos y 85 años, vive solo y no tiene familiares conocidos, no quiere estar en su casa, tiene mucho miedo a morir y que nadie se entere

– ¡Dra. pues lléveselo usted a su casa, si le da la gana, pero aquí no se puede quedar!!!!! Deje de perder el tiempo es solo un viejo asustado, no está enfermo.

– Dr. por favor, solo le pido que lo reconozca, unos minutos nada más. Siempre pregunta por usted.

– Pero ya le he dicho que no sé quién puede ser, no conozco a ningún Joaquín de 85 años. Bueno venga paso a verle.

Ambos médicos se dirigen a la sala B donde estaba el anciano en observación.

Justo detrás de aquel biombo. Dijo la Dra.

Dr. Ramírez le presento a Joaquín

El paciente algo sonriente por primera vez, dice: No me llamo Joaquín soy Julián Ramírez, tu padre, abandoné a tu madre cuando solo tenías 3 meses y hasta ahora no he tenido el valor de presentarme, aunque vengo por aquí a menudo para verte y asegurarme que estás bien. Hijo, no me quería morir sin que lo supieras. No espero tu perdón, solo quería decirte lo arrepentido que estoy.

El Dr. Ramírez, entre desconcertado y algo aliviado dijo: ¡¡¡¡¡Padre!!!! Llevo años buscándote, yo también necesitaba conocerte. Gracias.

– Dra. Pérez lleve al paciente a mi despacho, nos lo llevamos a casa cariño, es mi papá.
Magdalena Salamanca
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EL DIAGNÓSTICO

Son tres quizás, o dos tal vez o un puede que nunca.

Primer quizá:

Siempre llegamos tarde, pero ahora tiene más delito. Con eso de que cada mesa debe estar al mes a dos metros una de la otra, es muy complicado conseguir una reserva

Nerviosos entran al restaurante, dejan sus abrigos y se acercan a la esquina indicada por un camarero que les dice:

Este es su armario auxiliar, aún huele un poco a lejía. En el primer cajón pueden dejar sus mascarillas de calle, se auto limpiarán, y pueden retirar las de comer fuera, desechables con apertura frontal. Tienen también un paño caliente por persona y un tubo pequeño de alcohol. Les toca el turno de ir al baño dentro de una hora y media.

Espero que pasen una buena velada.

Segundo quizá:

Están en el Juzgado, fuera de las salas de juicios. Aparece la agente judicial y dice:

Verbal 39/19, por favor entréguenme los DNI y los CLC.
¿CLC? Pregunta uno de ellos.
Si, el certificado libre de coronavirus.
Perdone señorita, pero se me ha olvidado.
Siempre estamos igual, pero hombre, sáquese el nuevo carnet de identidad, que viene con el incorporado, o bájese la aplicación y lo lleva en el reloj. Es que sin esa documentación no puedo dejarle entrar. Es mas no se ni como ha accedido al edificio.

Tercer quizá:

En un instituto el profesor da las últimas indicaciones.

Tienen que traer todo estudiando, desde el tema diecisiete al treinta y dos, inclusive.
Pero eso es mucho, el curso pasado nos dio la mitad. Acuérdese que tenemos otras asignaturas. Dijo uno de los alumnos candidato a delegado.
El curso pasado era el curso pasado. Le explico amablemente, comprendiendo la dificultad del asunto.
Pero…
Pero nada. Ya saben que cada año nos toca estar en casa al menos mes y medio. Este COVID31 tienen que estudiar más que el 30, es lógico, este año los que pasen, se enfrentaran a la prueba para entrar a la universidad, ¿o es qué se han olvidado de eso?
Hernán Kozak
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PÉTALO SIN COLOR / Poesía

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PÉTALO SIN COLOR

Punto de luz sin aire,
todo fuego fatuo,
cansancio inespecífico,
dolor.

Cae la tarde y el otoño, la nieve
cubre los tejados y el corazón.
Los colores se tornan grises,
la esperanza un pétalo sin color.

Cruz González Cardeñosa

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PÉTALO SIN COLOR

Había una vez un pétalo sin color

crecía en un siglo asolado

desierto de amor y, también, de odio.

Solo podía ceñirse a la pálida tez del sol

mientras la fotosíntesis se reinventaba

para no quedarse sin trabajo.

Nadie nunca escuchó sus lágrimas

pero aquel pétalo se encontraba triste

sus colores, esta vez, serían mudos.
Seguro que las lunas de agosto

pronto encontraran algún porqué,

pero las sombras no descansarán este año.
Voces, gritos, aullidos de luz

ciegan la consigna de los pétalos mudos

mientras el mundo llora sus colores.
Magdalena Salamanca
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UN PETALO SIN COLOR

¿Reconoceríais una ola sin salitre,

un barbo sin escamas,

un otoño sin hojas

o una concordancia sin su verbo?

El carmesí de la rosa es el fuego del amor,

me acerco a ti con el olor de las lilas

mientras los lirios transitan

en el deseo sexual de los amantes.

Vuelve el mirlo con el crisol de tulipanes

honra del imperio mandarín.

Petulancia de colores jugueteando

entre el sol y la córnea,

los pigmentos son el trance del pintor

ante el universo.

Un pétalo sin color
es una burla de la paleta al tallo mutilado

al no poder sostener su flor en la tarima.
Ana Velasco

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PÉTALO SIN COLOR

Era amarillo y rojo mi país
Como el fuego en invierno
O el rojo pétalo de la sangrante
Amapola de los rubios campos
Pero mi patria no tenía no tenía

Un color era el rojo, el azul,
el naranja, el morado, el verde…
estallaban en amargos debates
en mi país mojado de pintura electoral
Pero mi patria no tenía no tenía

De la antigua roma un color griego
pulcro mármol del pensamiento y el ocre
que trajeron los moros en sus oraciones
como brillante arena del desierto. El verde
húmedo de los vascos recolectores de frutos
en los frondosos bosques o el azul de aquellos
pueblos celtas que viven en el mar.
Pero mi patria no tenía no tenía.

Mi patria era un pétalo que no tenía
un pétalo sin color con qué brillar.
Kepa Ríos Alday
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PETALOS SIN COLOR
Pétalos sin color atrapados en los versos de la página en blanco

se cobijan en el anverso y reverso de hojas desteñidas y caducas.

Océanos colosales e infinitos dónde convergen las lágrimas vertidas

por doncellas de ojos cegados por la locura del amor eterno.

Microscópicas partículas de fluidos cristalinos,

dorados y transparentes polinizan fugaces deseos

parapetados en una infancia atrapada en muñecas de trapo.

La ignorancia y la barbarie se encordelan tenaces y recias

a la piel efímera del trabajoso devenir de la multitud

enredada en sutiles hilos de seda monocolor, opaca y virgen.

Lloro clamando a los dioses el retorno de amores perdidos,

cuerpos ardientes, anhelos inacabados, elixires de juventud eterna.

Diminutos seres en confines de otra galaxia deshojan margaritas

que atesoran en libros sagrados y sublimes.
Maria González

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PÉTALO SIN COLOR

Conozco una princesa sin tiempo

que cosía las nubes con sus lágrimas

y tenía la mesa llena de campanas de oro.

Conozco a un tal Hans

que aprendió a pensar en las montañas

y que estudiaba al hombre sin apenas tocarlo.

Conozco gente que ignora la historia de ambos,

y mal dice a quien se entretiene con su baile

por querer comprenderlo.

Hernán Kozak

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PÉTALO SIN COLOR

Ella era un pétalo sin color,
una flor marchita,
una mujer a punto de llorar.
Antes de desnudarse
quiso tomarse un respiro,
leer un poema,
hacer ejercicios
con la ventana abierta.
Creía, infantil criatura,
que el tiempo
pasaba por su cuerpo.
Aquí, esta arruga,
este pliegue, este destino
malsano de la lluvia.
En este punto fui una rosa,
el olor embriagador
de la juventud primera,
el caprichoso sexo
de las madrugadas.
Amé y fui amada.
Ahora no recuerdo casi nada.
En la cama, en silencio,
el cuerpo recuerda y sabe gozar
sin que nadie le diga cómo hacerlo.
Goza y ama, como una flor
que aún no ha perdido su perfume.

Ruy Henríquez

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EN RECUPERACIÓN / Historia

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EN RECUPERACIÓN

Primer día de las medidas de contención del corona virus y 16 años de un
aciago día.
Ana Pastor acaba de dar positivo. La gente está un poco desquiciada
comprando todo lo que hay en los anaqueles de los supermercados.
Yo empiezo a estar tranquila, a darme cuenta del panorama, y a tomar
medidas.
Un mes después, 11 de abril de 2020
Este año que se antojaba tan simpático, tan sonoro, 2020, tan de festejo, de
estar en los primeros 20 años de este segundo milenio, nada parecido a los
años 20 del siglo pasado.
Los habitantes de la tierra, que ahora nos debatíamos en nuestras propias
casas, éramos de verdad privilegiados. No todos evidentemente, pero aquí en
Europa, al sur de Europa, vivíamos un confinamiento que podía decirse de lujo.
Las neveras llenas, todos los aparatos electrónicos posibles. Las redes de
contacto habían proliferado. No faltaba nada, teníamos hasta sexo virtual. Y no
te digo rock and roll.
Mucha de la gente, al llevar un mes de confinamiento se había ido
acostumbrando poco a poco, y estaba bastante cómoda en su nueva situación.
Ahorraba en todos los sentidos. Cero gastos en transporte. Cero gastos en
cafés, meriendas y cenas. Cero gastos en cine, teatro o cultura.
Querías un libro, te lo descargabas gratis de la red. Ver las últimas series, te
abonabas a Netflix o a cualquiera de esas plataformas y podías permanecer
enchufado a la pantalla unas cuantas buenas horas.
Alguna vez pensó si esto se asemejaba a una cárcel. Pero para nada. Algún
momento la soledad le atacó, pero se arreglaba con alguna llamada a un amigo
o amiga, o un whattsapp que te entraba y te echabas unas risas.
Es más, los contactos eran mucho más frecuentes que antes, y con personas
que reaparecían después de 5, 10 y hasta 30 años.
“¿Qué tal estás? Parece ser que la muerte está rondando por Madrid? Yo por
eso me fui de Madrid, justo el 11 de marzo, en los últimos vuelos.”
Impresionaba el silencio de los aeropuertos. Ningún viajero por ninguna parte.
¿La muerte rondando por Madrid? Recordó el poema vivo de Dámaso Alonso,
Insomnio. “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las
últimas estadísticas)”. Recordó el poema de Alberti, “Madrid, corazón de
España, / late con pulsos de fiebre. /Si ayer la sangre hervía, / hoy con mas calor
le hierve.” Recordó a Vallejo con “España, aparta de mi este caliz”.
Recordó las heridas de la guerra. Esta era una inusual. Pero seguía pensando
en el sistema inmunológico. Y en que la poesía era una red que impedía la
entrada del virus. Que algo protegía, claramente. No sabía cómo pero era una
verdad. Ya se investigaría, sin duda alguna y, además, esto alguna vez iba a
acabar. Probablemente en un mes o mes y medio este confinamiento extremo
terminaría.
La recuperación sería previsiblemente algo difícil. Pero ahora quedaba todo
ese tiempo que se dispuso a disfrutarlo. No siempre tienes en tu vida un hecho
mundial de este calibre. Lo estábamos viviendo todos, todos confinados en
nuestras casas, a ver cómo lo escribíamos. Madrid está vivo, muy vivo.

Paola Duchên
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EN RECUPERACIÓN

¿En recuperación? ¿de qué? Acaso uno puede recuperarse de tanta muerte, de tanta información, de tanta noticia contradictoria, de tanto bulo. Quizá esto nos haga cambiar, dicen unos, pero el ser humano cambia así. No sé doctor, estoy confundida. La televisión habla y habla, no para de hablar, cuenta, suma y resta sin parar, pero de ¿qué habla? Habla de las vidas salvadas, de los logros conseguidos, menciona el trabajo oculto de miles de personas que pulsan constantemente para que los trabajadores de primera línea tengan recursos.

¿Qué está pasando doctor? Usted ha visto alguna vez algo igual. ¿Qué opinan sus colegas? Tenemos alguna respuesta posible que explique lo que está pasando.

Que si las ondas electromagnéticas, que si china y su imperialismo mundial, que si EEUU y su magnánima omnipotencia, que si se les ha escapado o ha sido creado, que si las farmacéuticas y los gobiernos de derechas y de izquierdas, que si la tercera guerra mundial, o la primera guerra biológica. Algunos escuchan turbinas como de avión por la noche y otros ven luces que aparecen y desaparecen misteriosamente. Observamos o somos observados, manipulados, controlados, distraídos.

¿Qué recuperación? Si salir al supermercado es un atentado contra otros humanos, hoy mismo fuimos mi marido y yo, y 5 cajeras nos trataron como terroristas, abusones, locos, irresponsables. Señora mil euros de multa está poniendo la policía a las personas que van de dos en dos. ¿Recaudación?

Individualismo y más soledad. Divide y vencerás. Qué ineptos.

Bueno quizá el consuelo es que ahora se ven delfines en el puerto de Ibiza. Impensable, ¿verdad? Cuantas cosas más son impensables y están pasando, pero como tenemos que estar en casa, no las vemos. ¿En recuperación? Jajajaja.

Magdalena Salamanca

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EN RECUPERACION

Nieto y abuelo se veían a través de la aplicación “El hospital en casa”. Los médicos le habían recomendado el mayor contacto con la familia y amigos para acompañar la recuperación.

Anda ya, te lo estas inventando, dijo el joven, mientras veía en su reloj la última película de los androides híbridos de la llanura distópica.

Es cierto, mi padre conoció el final de esa época. Iban a los bares, allí se encontraban para hablar y tomar algo. Parecido a lo que hacemos cuando nos conectamos a la red 9.0 de los 12G, en el programa “la última y nos vamos”.

Iban al fútbol, al cine, al teatro, comían en el campo, caminaban por la ciudad.

Pensando que le estaba contando otra de sus batallitas le pregunto:

Pero, ¿y no tenían miedo de la gente?
Que va, precisamente lo hacían por eso, porque había gente.

Se despidieron y el niño esa noche hablo con su madre. – Oye mañana te encargas tú de él, creo que está perdiendo la cabeza.

Hernán Kozak
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EN RECUPERACION

Hay golpes y golpes pero éste se lleva la palma, le decía uno al otro en aquella reunión de pares. Yo me encontraba tomando un café y dispuesta a escribir una historia, por lo que pegué la oreja sin perder una coma. Resulta que hacía casi una década, había atravesado una pandemia por el escenario neoliberal del planeta Tierra, pero el interlocutor se había detenido en un pequeño territorio de Europa, contaba que como hacía tiempo que no había guerras sobre dicho espacio, algunos echaban de menos la economía de combate, esa de la que hablaba una película titulada “El Tercer Hombre” de un tal Orson Wells. En su relato un constructor español se percató que había un espacio donde se podía especular sobremanera: una enorme demanda de mascarillas y aún no había llegado el momento álgido de la pandemia, así es que dicho empresario dejó colgado el proyecto de rehabitar la fachada de un importante edificio público y con el adelanto recibido, alquiló cinco aviones de una compañía portuguesa, ya que las españolas en actividad estaban comprometidas con el gobierno. Por supuesto, se trataba de una compañía que viajaba a China todas las semanas. Otra parte de la gestión fue dirigirse a un al polígono llamado Fuenlabrada para contactar con uno de los mayoristas que mejor conocía el gran mercado asiático, éste le pidió un extraordinario adelanto pues el mercado de mascarillas estaba complicado. Una semana después el empresario se frotaba las manos, la mercancía estaba subiendo a la bodega del avión, pero no contó con que llegaran 4 versátiles Nissan que hicieron parar el cargamento, ni que dos fornidos soldados estadounidenses dijeran que esa mercancía debía ir directa a Washington. Cuando esta información iba alcanzando su móvil, el porte valía diez veces más y además el porte debía pagarse cash. La inversión había sido desorbitada y no podía aceptar que estos tiburones se la echaran abajo, representaría su ruina. Por lo que volvió a ponerse en contacto con el mayorista chino que le aconsejó llamar a alguien del gobierno y tratarlo por vía diplomática; el empresario se dirigió a la Consejería de la Comunidad de Madrid, donde tenía mejores avales. Mientras transcurría esta engorrosa gestión, en el país de los mandarines los comandantes de los aviones fueron interpelados por su propio gobierno para volver al territorio a toda prisa, pues el espacio aéreo quedaría cerrado sine die, hablaron con los soldados americanos y cerraron el trato: lo que estaba ya en bodega no entraba en el trueque y el resto se lo dejarían en tierra. Hasta el día de hoy no se sabe bien lo que pasó, pero en Portugal no escasearon las mascarillas y el empresario fue acusado de extorsión. Como si hubieran llegado al final del relato, se hizo un silencio entre los dos. En mi entidad de replicante una pregunta surgió ¿y luego qué pasó?, casi recostada en mi dorso, respondió una efímera voz: “ poco a poco Eduardo, no se si sigo siendo yo”.

Ana Velasco
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EN RECUPERACIÓN

Hasta la cuarentena yo no sabía que pertenecía a un país. Es decir, no me daba cuenta de hasta qué punto soy una de las numerosas partes que conforman una inmensa colectividad mucho más poderosa que yo. De pronto me he visto obligado a no salir de casa. No tanto por obedecer la ley si no sobretodo abrumado por la colectividad, por la fuerza de las miradas de reprobación que, como suele pasar, son la amonestación que te hace llegar la sociedad antes de que te topes con algún funcionario de los que ponen sanciones económicas: un policía generalmente. Igual que en las fantasías infantiles en las que un personaje sale de la pantalla de la película y aparece en el mundo real. De las pantallas de televisión de los bares, que llevaban varias semanas hablando del dichoso coronavirus, salieron las mascarillas, los contagiados, las estadísticas… De estar en la televisión pasó a estar en la realidad. De repente había que empezar a tener cuidado en los bares, a no darse la mano… hasta que finalmente, cuando llegó la orden de la cuarentena, el estado de alarma, había ya tanta alarma previa que la ausencia de clientela ya me había dejado prácticamente confinado en mi propia ociosidad.
De pronto se planteó en todos sitios la cuestión de la muerte. De qué servía salir de casa cuando no hay nadie en la calle, era una auténtica pesadilla. ¿Acaso no debe ser algo así la muerte?
En los primeros días de confinamiento tuve un sueño espeluznante. Era ella, la reconocí a la primera, le tiré un rotulador de pizarra de los que suelo llevar en el bolsillo de la chaqueta. Creo que lo hice para espantarla, o más bien lo hice espantado, sin saber qué hacer o cómo reaccionar. Pero nada, a ella no le importaba nada. Me miraba sin hacer absolutamente ningún gesto. Tampoco un gesto de muerto, si no simplemente una cara ni seria, ni tensa, ni relajada, nada absolutamente ningún gesto.
Después está la idea de que ahora ya no podemos disfrutar de la vida. Como si no hubiese goces que se pueden tener entre cuatro paredes. Pero por fin llegó la idea de la recuperación.
Hasta la cuarentena yo no sabía que pertenecía a un país. Es como si estuviésemos en una carrera de obstáculos todos juntos. De pronto decían «saltad» y todos teníamos que saltar; ¡agacharse! y todos nos agachábamos. Por arriba pasaban girando furiosamente las degolladoras aspas de un formidable ejército de ruedas de molinos o los enormes brazos aniquiladores de asesinos descomunales, gigantescos o minúsculos, arrebatadores de destinos.
Cuando empezaron a hablar de la recuperación, la idea de «pertenecer a un país» comenzó a diluirse de nuevo en la otra idea mucho más simpática: la idea de «tener una patria».

Kepa Ríos Alday

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EN RECUPERACIÓN

Eran las nueve en punto de la mañana. Les indicó que se sentaran separados, manteniendo la distancia clásica: un sitio ocupado y otro libre. Les mandó sacar un folio en blanco con un bolígrafo azul, en el que deberían de poner su nombre y dos apellidos en la parte superior derecha. Todos los libros y demás utensilios personales deberían de colocarse en el pupitre.

Se paseó por ambos pasillos laterales, miró debajo de las mesas, y minuciosamente se fue asegurando de que no hubiera chuletas enrolladas en los bolígrafos BIC, en la palma de las manos, en las muñecas o en otras partes visibles del cuerpo. Aunque sabía que esos pícaros las tendrían cobijadas en los sitios más inverosímiles. En toda una vida de profesor había visto de todo, incluso escritas en los muslos, o con una goma atada a un sostén, como una joven a la que dio clase en un pueblo de Cáceres.

La prueba no era fácil para el que no hubiera estudiado mínimamente. Se estaba relamiendo con lo que se iba a reír en la corrección. Tenía que reconocer que algunos de esos tunantes le habían hecho pasar buenos ratos.

Don Tomás, profesor de literatura a punto de jubilarse no entendía por qué los acentos eran los grandes maltratados de la gramática, eso le parecía un injustica que reparaba solidariamente con descuentos que aplicaba en las valoraciones finales, como las ofertas de los supermercados.  – “Por cada acento ausente o mal puesto, les quietaré un punto”, les repetía machaconamente.

Amante de la poesía había tratado de inculcar con pasión a generaciones de estudiantes el amor por las letras y la riqueza literaria de los pueblos. En unos casos había tenido éxito y en otros ninguno. Cómo en el caso del Sr. Martin al que contemplaba estupefacto mientras este golpeaba su intelecto contra la página en blanco.  Le miró como que fuera un ser de otro planeta. Reparó en su pelo largo, rizado, su delgadez extrema y la nariz aguileña. Siempre vestido de negro y con las orejas llenas de aros de diferentes tamaños.  En alguna ocasión el joven osadamente le había llevado la letra de alguna canción de un tal Barón Rojo diciendo que eso era poesía y no las antiguallas que les leía en clase. El desparpajo de aquel muchacho no dejaba de sorprenderle. Le consolaba que no era un mal chico y reconocía que ahora a sus 63 años recién cumplidos daría un reino por tener su mata de pelo.

Le hubiera dado una oportunidad en la evaluación sino fuera por aquella situación tan embarazosa que se había generado unas semanas antes. En toda su vida de profesor nunca había vivido nada semejante.

Era una tarde de primavera. Literatura era la primera asignatura de la tarde. La fragancia de la estación próxima al verano se colaba por las ventanas abiertas de par en par y por las que los chicos se distraían contemplando el crisol de intima cotidianidad colgada en los tendederos que salpicaban aquel patio de manzana. Ese día el Sr. Martin estaba más atento a lo habitual, lo que llamó poderosamente la atención de Don Tomás mientras éste disertaba sobre la literatura barroca en la España de Felipe IV. Con curiosidad y disimulo se acercó parsimoniosamente hasta la última fila, acompañando el paso con la explicación, algo que sólo saben hacer los maestros muy experimentados. Allí repentinamente miró debajo de la mesa, dónde encontró el motivo de la alegría de su desconsiderado discípulo. Su compañera de pupitre estaba atusando alegremente su miembro viril. Se levantó vertiginosamente, rebuscó apresuradamente en el bolsillo su pañuelo de tela grabado con sus iniciales y se limpió las gotas de sudor que le caían a chorretones por la frente mientras decía temblorosamente: – “Felipe IV no se merece semajenante vilipendio señor Martin, le veré en la recuperación y a su compañera de pupitre, o lo que quiera que suyo también… y háganme el favor de dejar de oír grupos satánicos, no les hace ningún bien”.

Todavía perplejo, Don Tomás esa misma tarde, cuando salió de clase fue a la tienda de discos de su barrió decidido a comprar un disco de es tal Barón Rojo. A lo mejor ahí encontraba alguna explicación.

María González
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NUNCA SIN TI / Poesía

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NUNCA SIN TI

Amor de las cavernas
Primitiva boca que busca
sin encontrar jamás su mitad
Nunca sin ti
Viajaría al desnudo mundo
Para encontrarte sin encontrarte
En la multitud del hambre.
En la cumbre del miedo
En la plaza abierta al viento
Nunca sin ti
Perdería todas las calles
Todo el silencio
De una ciudad que florece
Amnésica de todo
Pero nunca sin ti.

Paola Duchên

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NUNCA SIN TI
Nunca sin ti, el sol impactaría sobre mis versos.

Escuchas el latido, las sílabas se confunden con poros

alineados en filas infinitas, hambrientas de signos de puntuación.

Nunca sin ti, el álgebra caminaría con piernas ágiles

sobre la pizarra de aullidos infernales cuando la blanca tiza

resbala su laxitud sobre aquellos números algorítmicos.

Nunca sin ti, hubiera habido carreteras con huellas de sal

surcando las arterias de la ciudad, desnuda de ecos,

deshabitada en los silencios de un vacío altruista.

Nunca, sin ti, serían posibles los pulsos entre las letras

melodías ocultas que exhalan vientos de alivio

cuando la noche vierte su tinta sobre mi escritorio.
Magdalena Salamanca
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NUNCA SIN TI
Incomodo, parecido a una luz,

sin techo donde estirar

sus tentáculos de óxido.

Con el rencor necesario

para sobrevivir

a este espejo

en el que se mezclan

los días y las avenidas sin latido.

Astuto y engreído,

disimulando agrias sonrisas

por otro día sin ti.
Hernán Kozak

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NUNCA SIN TI
Una brisa de espera ha tomado las calles

y aunque la primavera invada los jardines

el canto de los estorninos se mantiene apocado.

Páginas sobrevuelan estancias de crisol

mientras las azoteas recrean un mundo de eremitas.

Replegadas soledades bordean pompas del ayer,

pero ella sopla el viento del mañana.
¡Llévate la afonía y déjanos los días!

grita desafiante la musa,

mi legado escapa a las ráfagas

la entrega no cabe en mis zapatos,

¿acaso no recuerdas a Almafuerte?

Ciñe pues tu verso

y saca ese silencio de la almohada

sin mí, tu pecho se ahoga.
Ana Velasco

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NUNCA SIN TI

Nunca sin ti me podré hallar
porque tu estás en mi terca
costumbre constructora de panales.
En mi cáscara de nuez a la deriva,
o aquella loca semilla que en sueños
contigo he sembrado.

Nunca sin ti en mis tuétanos verbales
como puro oxígeno rebelde,
habrá un tiempo tan dulce como una fruta
a punto del extravío.

Casi nunca te besaré
con dificultad lacrimosa
o circunvalaré la idea nodular prosaica
para no caer en una mera verdad.

Kepa Ríos Alday

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NUNCA SIN TI

Podría ser un buen comienzo.
Una historia de amor
que enseñe a los ignorantes
lo que el amor significa.
Pero la verdad es que suena
tan falso como un cristal
en un anillo de latón.
Podría, no obstante,
ser un buen comienzo.
Podría ser el título
o la conclusión.
La moraleja escondida
entre sus párrafos.
La frase que el amante
diría antes del final.
Pero yo era tan joven
y tan ingenuo,
que me parecía verdad
todo lo que el amor dijera.
Quizá todavía siga siéndolo.
Según como lo mires,
aún puede ser verdadero.
Tal vez no se puede vivir
sin seguir siendo
joven e ingenuo.
Sin creer en las frases
que el amor te dice.
Porque la verdad del amor
no está en sus palabras
ni en sus resonantes metáforas.
La falsa cristalería que
adorna sus vitrinas,
sus rutilantes luces de neón,
conducen a habitaciones
desnudas y frías.
Pero su restallante llamado
sigue hallando eco
en tu gastado corazón.
¿Dónde está entonces su verdad?
¿Su fantástica ilusión?
Había una vez, una promesa…

Ruy Henríquez

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NUNCA SIN TI

Remontar cimas quebradas, fragosas y desiguales,

descolgarse en las grietas azules del universo donde se cobijan los miedos.

Nunca sin ti,

embaucar al bufón de la casualidad empeñado

en conquistar su indecente desgana, retozando con nuestra vida,

y entretanto sonríe sarcástico y burlón.

 

Nunca sin ti,

escrutar los confines de galaxias aún no pensadas,

engendrar con retales de cielo, polvo de estrellas, un edén como cobijo,

donde nuestros vástagos deshojen margaritas repletas de amores,

retocen en un vergel de panes de leche, naden en regatos de lágrimas dulces.

Disponerles con esmero para la hazaña agridulce de Ser.

 

Nunca sin ti,

soportar la predecible gandulería de lo cotidiano en su locura,

escuchar el dolor punzante de la guadaña cuando siega contundente la noche,

saborear entre tanto, el goce del cuerpo y los elixires de la existencia

llenos de amor, de frutos rojos, de cerezos en flor presuntuosos y altaneros,

urdir poemas y versos que acorralen con ternura las miserias que ofrece la realidad.

María González

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¿ESTÁ USTED BIEN? / Historia

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¿ESTA USTED BIEN?
Se van a enterar los del trabajo cuando se lo cuente, no se lo van a creer y veras que envidia.

Pues si señores, pues si y si nadie lo había pensado antes, haber estado más listos.

Siempre haciéndome creer que no me enteraba de nada, que estaba despistado. Diciéndome que no me daba cuenta de lo importante o de esto o aquello.

¿Y ahora qué?

Ya los veo viniendo a mi mesa y pudiéndome perdón, queriendo comer conmigo en la cafetería, preguntándome como se me había ocurrido.

Ya veras, ya veras, cuando les diga que he sido el primero ,en pedir el turno de vacaciones y que he puesto todos mis ahorros, para un viaje por Italia del 13 de Marzo al 11 de Abril.
Hernán Kozak

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¿ESTÁ USTED BIEN?

-¿Está usted bien? me preguntó como si hiciera mucho tiempo que no nos veíamos.
-Sí, yo estoy bien. ¿Qué tal está usted?
-De momento bien. Ya sabe, me cuido, no salgo del cuarto para nada. Mis hijos me ponen la comida en la puerta. Y como me han dejado la habitación de matrimonio,, tengo baño propio. La verdad, estuve tan malita que creían que me moría, hasta llamaron a un sacerdote. Menos mal que se negó a venir por lo de no contagiarse. Luego fue bajando la fiebre y vinieron las ganas de comer y ahora me siento como una rosa.
Yo no le dije nada. Me fui alejando poco a poco hasta que estuve a la suficiente distancia como para no parecer un grosero por salir corriendo y me dije que era la última vez que miraba hacia arriba para ver el sol.

Cruz González Cardeñosa

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¿ESTÁ USTED BIEN?

Se escuchó un grito al fondo del vagón de metro. Fue un par de días antes de que se declarase el estado de alerta por la pandemia. Una chica salió corriendo tapándose la boca con un pañuelo. Dos obreros, con el mono lleno de manchas de pintura, también salieron pero más despacio. Con desenfado propio de su gremio iban comentando entre ellos:
-Se le ha posado un coronáviro, qué bestia, vámonos. – ¿Un cornápiro? -Sí, un carnóviro.
Una señora con su pequeña hija de la mano salió del vagón llorando:
Dios mío, pobre señor -hablaba mirando a todos lados y también a su hija, pero sin esperanzas de que nadie comprendiera- y precisamente le tenía que pasar en esa parte, Dios mío, en esa parte precisamente.
No pude reprimir mi curiosidad y me asomé al corrillo de curiosos. En el suelo un señor de unos sesenta años se retorcía de dolor. Alcancé a verle solamente la cabeza: Aunque apenas emitía ningún sonido, vi como apretaba los dientes, además del copioso sudor corriendo por su frente. Una mujer le sostenía la cabeza con una mano por detrás de la nuca y le preguntaba:
¿Está usted bien?
El señor no podía ni responder del dolor. Un joven que había delante mío, en el corrito se marchó en ese momento y pude ver completamente al señor que estaba tendido en el suelo. Entonces me quedé petrificado ante aquel extraño fenómeno nunca antes visto: era del tamaño de un balón de fútbol sala o balonmano, de color azul oscuro y manchas rojas; brillante y húmedo, con un montón de tentáculos o espinas, permanecía aferrado al señor que se retorcía de dolor en el suelo. Entonces me di cuenta claramente de lo que pasaba: A aquel pobre señor le había salido un coronavirus en todos los cojones.

Kepa Ríos Alday
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SIEMPRE AL REVÉS / Poesía

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SIEMPRE AL REVES

Hay uno con miedo,

le tiemblan los zapatos,

tiene los ojos rotos de mirar fijo.
Hay uno agotado de esquivar montañas,

piensa como los demás,

a veces la madrugada lo encuentra lleno de frio.
Hay otro

que nunca creyó en verdades crueles,

escapo al alimento de los buitres,

supo distinguir las señales de alarma.
Hay otro

que pudo encontrar una sonrisa en la tormenta,

que las historias las tiene en los libros,

ese que a veces vive en esta página en blanco.

Hernán Kozak

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SIEMPRE AL REVÉS

Asombrada, furiosa
quise entrar en un abrazo,
ahogarme en tu recuerdo
y olvidar el estruendo de las flores
cortadas a tus pies.

Dijeron que estaba loca por amarte
que no podía cantar sobre tu tumba
que la verdad era un recuerdo hermoso
y me reí.

Tomé el abrigo, la gorra, los zapatos
y me fui sin despedir.

Siempre al revés -escuché que decías-
y me perdí.

Cruz González Cardeñosa

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SIEMPRE AL REVÉS

Se soñaba con lo ya conseguido
en aquel país de rubias divisas.
Los coches servían para estar
y las ambulancias no aceptaban
ninguna urgencia grave si no
sólo gente de vacaciones.

Era mi país invadido por empresas
y dado la vuelta como una pirámide
donde sólo el faraón trabajaba
y los esclavos estaban condenados
a tocarse los huevos hasta morir.
Así fui bajando hacia las mazmorras
haciéndome más poderoso conforme
más inútiles se aprovechaban de mí.

Cuanto más trabajaba menos personas
había a mi alrededor hasta que un día
me di cuenta que había llegado
al fondo del abismo
cuando escribía poemas.

Kepa Ríos Alday

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SIEMPRE AL REVÉS

No deberías darme por muerto.
Anoche volví a soñar con ella.
Era un sol entrando de repente
en una habitación en tinieblas.
Acariciándola me di cuenta
de lo frías que tenía las manos.
En la respiración sentía su risa,
en los pulmones su aliento,
en mi sexo el elixir de su cuerpo.

No deberías darme por muerto.
Aún tiemblo pensando en ella,
en su juventud intacta,
en su caprichoso deseo.
Porque ella va y viene a su antojo.
Y yo solo puedo esperar
su regreso como un milagro,
como un golpe de suerte,
como una moneda
que encuentras al abrir un cajón.
¿Qué espíritu generoso la puso ahí?

Su perfumada mano atraviesa las sombras
y te alcanza en tu singular infierno.
Eras una sombra y he aquí la luz
que ilumina y da calor a tu cuerpo.
Siempre al revés.
Siempre al revés de lo que piensas.
Ruy Henríquez

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AQUEL MEDICAMENTO / Historia

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AQUEL MEDICAMENTO

Necesitaba paracetamol a toda costa, el médico le hablo de la urgencia de tomarlo en las dos horas siguientes.

En su botiquín tenía unos sobres caducados hace ya tres años y no le quedaba energía suficiente como para salir en ese momento a la calle.

La decisión, lo que le faltaba a ese medicamento, debía añadirlo él, al menos, hasta tener la convicción de poder llegar al hospital.

Hernán Kozak

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AQUEL MEDICAMENTO

-Recuerdas lo que nos dijeron nuestros abuelos, expira, inspira, expira, inspira. No lo puedo creer, después de 40 años el medicamento contra la realidad es el mismo, expira, inspira, expira, inspira.

-Pero qué dices, loco de mierda, hoy la tecnología ha avanzado mucho ¿cómo va a servir el mismo medicamento?

-Claro, los tiempos no pueden curar la falta de amor, no existe aún nada que consuele el desaliento como la respiración.

-Ya, pero quien te dice que la tecnología no tiene remedios más avanzados que la simple respiración.

-El amor se transmite, se contagia, es como una pandemia, pero el desamor también. Millones de personas mueren en el mundo por falta de amor. ¿no me crees?

-No, hay que encontrar un medicamento eficaz, no es suficiente, hay gente que sufre por amor.

-El amor no es sufrimiento, el amor es amor, el que sufre es uno, pero no por amor, cuando un ama, no sufre. Ni siquiera cuando se termina el amor se tiene que sufre, cuando uno ama de verdad, una separación no produce sufrimiento.

-Si, lo que tú digas, y Julián y Berta, ¿no te acuerdas como sufrieron y cómo se querían?

-Ellos estaban sometidos, no era amor, era sometimiento,

-Jajaja, eres tan simple….

-Tú eres confiado, crees en lo que te dicen y en lo que ves. ¡Vacúnate!

-¿Qué, que me vacune? ¿De qué?

-De la ingenuidad amigo, vacúnate de los sentimientos. El amor no es sufrimiento.
Magdalena Salamanca

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AQUEL MEDICAMENTO

Era un medicamento maravilloso que había inventado Dios para contener la plaga. Tampoco quería terminar con esos seres tan parecidos a él. Recordó cómo los había creado a su imagen y semejanza. Realmente eran unos seres formidables, encantadores, no quería exterminarlos. Se trataba de dejarlos uno o dos meses aislados en sus casas para que aprendiesen que es posible vivir de otra manera y abandonasen ese comportamiento de plaga.
Dios no paraba de recordar el día aquel que salió en forma humana y borracho a dar un paseo por el desierto y se encontró con el idiota de Jacob. Pues no se le ocurrió otra cosa que empezar a pelearse con él y tan borracho estaba que Jacob le ganó. Desde entonces los humanos se han creído dioses y todos han querido que su progenie se multiplicase y extendiese como el polvo por toda la superficie de la tierra.
Desde ese día, dios llevaba casi tres mil años intentando corregir a esos necios enloquecidos. Era un medicamento contra la soberbia, contra el individualismo, contra las locas ambiciones desmedidas: A ver si empiezan a disfrutar de todo lo que les he dado -se dijo Dios para sí- en lugar de pasarse su corta existencia intentando ser yo.

Kepa Ríos Alday

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AQUEL MEDICAMENTO

Soy un prospecto, ahora que me han arrojado a la basura encuentro un poco de resuello. Salí de un barrio de Vietnam, de una pequeña fábrica donde no existían ventanas y pequeñas manos manipulaban las probetas. Me crearon para acompañar a un bote repleto de píldoras azules en forma de romboide, en mi dorsal pegaron un montón de contraindicaciones; colocado en una pequeña caja de cartón salí del almacén en plena noche, creo que me llevaron a un barco, por el balanceo continuo de las olas; no se cuánto tiempo pasé allí, escuché voces y sentí que entraba en una cadena, me ingresaron en un camión con un fuerte olor a opio, parece que íbamos a un lugar llamado Taiwan. Una mañana abrieron la caja donde residía, no llegaron a mirarme, solo se fijaron en los romboides y me dejaron en el mismo sitio. Estuve olvidado sine die junto a otras cajas detrás de una puerta. Una mañana aparecieron unos trabajadores con chaleco brillante, por una cinta metálica llegué a la bodega de un avión, me llevaban a Europa, en este continente ya no había lugar para el amor, pasamos de un hangar a otro, los aeropuertos no acogían pastillas solo se abría paso a los palets de mascarillas. Tras dos meses estancado en almacenes, mi dorsal ya no estaba reconocible, pero un día soleado acabé en una pequeña plaza, en un puesto clandestino, un señor pintando canas se decidió por mi envoltorio, apresurado en sacar el contenido caí sobre una alfombra, donde fui taladrado por el zapato que calzaba la pierna de una diosa.

Ana Velasco

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AQUEL MEDICAMENTO

Su hija fue a abrazarle como cada viernes por la tarde cuando llegaba a casa después de toda la semana fuera. Últimamente estaba llegando más tarde de lo habitual, ya que tenía cita en el fisioterapeuta antes de ir a casa. Lo necesitaba. Este trabajo le estaba generando mucho estrés y las pastillas que le había recetado el Dr. Abascal para la ansiedad no eran suficiente remedio para aliviarle, tendría quizás que pedirle algo más fuerte. Esta noche tendría la ocasión de hablar con él. Su esposa Berta, había preparado con sus amigas una cena en casa de los Azpeitia. Este hombre sí que le producía gran admiración. ¡Cuánto tenía que aprender de él! Manejaba a sus trabajadores con mano de hierro. – “No se me mueve ni uno, Zapata, por la cuenta que les tiene, se cagan los pantalones cuando les miro”, le había comentado en alguna ocasión. Haría todo lo posible por conversar con él. Algunos consejos suyos no le vendrían nada mal.

Habían pasado seis meses desde que aquella head hunter le llamó para decirle que era el candidato elegido para ser responsable de producción de una empresa química en Badajoz de trescientos trabajadores. No daba crédito. Hasta ahora no había logrado ser el directivo que tanto ansiaba, pero al fin su estancia en Londres, su MBA y quién sabe si los contactos de su padre habían surtido por fin efecto. Tendría que pasar la semana sin su familia, pero su cuenta corriente se vería notablemente incrementada a fin de mes. Y su círculo de amistades lo respetaría mucho más ahora.

Vestido siempre de traje, zapatos castellanos y con el peinado propio de un hombre de su clase social, en poco tiempo ya había conseguido que la gente se dispersase cuando llegaba a la máquina de café y le trataran con cierta distancia, algo que él atribuía a temor y respeto. -“Todo va sobre ruedas”, pensaba ingenuamente.

En ocasiones, entre claro oscuros pensamientos, en la soledad de su despacho podía vislumbrar su falta de pericia para manejar determinadas situaciones y lo ajeno que estaba a todas aquellas personas que trabajaban con él y que parecían apreciarse sinceramente. Resolvía este conflicto con un despotismo y una chulería más que notable. Así iba tirando, aunque la ansiedad le estaba torturando.

Mientras se cambiaba de ropa para ir a cenar se dio cuenta de que esta vez estaba más dolorido de lo habitual. -“De este viaje te han dado una buena paliza, cariño. Ese fisioterapeuta es una animal. Tómate un ibuprofeno para aguantar la noche. Vendremos tarde”- le indicó su esposa.

A Berta no le faltaba razón. Lo de hoy había sido especialmente intenso. Como alguien que espera ansioso una droga, llegó antes de la hora a su cita. No quiso esperar al ascensor. Subió por la escalera de aquel viejo edificio. Era un tercer piso. Llegó exhausto, sudado y con la corbata desanudada. Llamó insistentemente al timbre, alguien miró para aquella antigualla de mirilla, lo abrió y se dirigió apresuradamente al cuarto del fondo. Era una estancia lúgubre amueblada a la antigua, la única luz que llegaba era la de un ventanuco situado en la parte alta de una pared. Se cambió a toda prisa y con agitación en aquel vestidor minúsculo propio de un fetichista. Estaba lleno de cachivaches: zapatos de tacón, máscaras, antifaces, esposas, cuerdas y demás cuestiones propias de la profesión. Se puso el tanga y un chaleco de cuero. Salió y mostró sumiso a su ama el trasero. Una mujer entrada en carnes enmascarada y con un body negro que no le daba para cubrir sus redondeces le ató de unas argollas que pendían de una cadenas colgadas en el techo, y le azotó con la maestría propia de una domadora de circo mientras le gritaba con acento ruso:- “has sido malo, muy malo y te mereces unos buenos azotes”, cuanto más le azotaba más se excitaba. Era una sensación completamente orgásmica esa mezcla de dolor y placer. Aquel era su medicamento, su liberación del estrés. Sus gritos pidiendo más y más se fundían con el sonido de la bulliciosa calle de aquella céntrica ciudad ajena a lo que estaba pasando al otro lado de aquel ventanuco de la tercera planta.

Cuando salió de allí había perdido la noción del tiempo. Decidió ir caminando a su casa, relajado, dolorido y tranquilo pensando en la cara que se le quedaría a Berta si supiera que no estaba en el fisioterapeuta, pero lo que le inquietaba realmente es qué carajo tendría que hacer para que aquellos paletos con lo que trabajaba se cagaran los pantalones con su mirada. Esta noche le preguntaría a Azpeitia.

María González

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AQUEL MEDICAMENTO
CORONA VIRUS II

Lo más reseñable de esta semana que termina, segundo fin de semana de recluimiento
involuntario en nuestros respectivos domicilios es mi actitud hacia el trabajo.
Pensaba que estaba como siempre, pero me doy cuenta que realmente no estaba al
100 %, probablemente procesando esto nuevo e inédito que pasaba con el mundo y
conmigo misma.
Ahora me siento 100% en el ojo del huracán del trabajo.
Como todo sentimiento, es eso, un sentimiento. Pero mi actitud es diferente. Estoy,
siento que estoy donde debo estar.
Y respecto al trabajo, algo tan simbólico y tan concreto a la vez, es algo fundamental.
En la crisis del 2008, yo prácticamente no me enteré. Todo mi alrededor hablaba de
crisis y de lo mal que iba todo. Todo se derrumbaba y la gente se quejaba.
Yo no tenía oídos para ello. Tenía que sacar adelante a un chaval de 14 años, además
de a mí misma y construí un trabajo donde antes no había. Construí un puesto de
trabajo donde la gente decía que solo había un páramo.
No escuché, por así decirlo, a la “realidad”, sino a la realidad de mi deseo, que en ese
momento era fervientemente trabajar.
Trabajar. Trabajar y solo trabajar. Fue la época que más pacientes por semana vi. 80
sesiones marcadas semanalmente, tarde y mañana. Y no me cansaba para nada. O no
me acuerdo, o era lo menos importante de todo.
Después de la contundencia de ese deseo me di cuenta que primero estaba siempre el
deseo. Cuando me quiero colocar en el trabajo, me coloco siempre respecto a mi
deseo, a esa ley. A la ley del trabajo y a la ley del deseo.
A lo mejor, es ese mi medicamento.

Paola Duchên
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

UN VIENTO TRAICIONERO / Poesía

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UN VIENTO TRAICIONERO
No dejes de soñar:

¿Recuerdas el olor de la luna

ese que se descompone

en fragmentos de luz?
No llores amiga,

algún viento traicionero

vestirá tus ojos de porcelana

para que nunca más,

puedas sentir.
Eres la dulce madrugada

coloreada de cielos carmesí

que sin saber más que una rata

convive con un colibrí.

Sal no te cortes

ponle sal al mediodía,

aunque a la noche no sepas

ni si siquiera, sonreír.
No son tiempos de espera

son vientos en contra

famélicos huracanes

que se convierten en broncas.

Jajaja, no sufras, no tengas miedo,

nada de lo que conoces

puede darte consuelo,

ven agárrate, yo te llevo.

Sueña, pero sin miedo

esta vez, te quiero a tiempo

cada día es un misterio

y nosotros su secreto.
Magdalena Salamanca
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UN VIENTO TRAICIONERO

Era un viento de faldas vírgenes
un viento traicionero de blusas aromáticas
y sudores malolientes. Era un viento
enemigo del reparto de publicidad
y de los que pegan carteles en las calles.
Aquel viento llevaba también
los pequeños virus de tu boca
y los distribuía entre los médicos
poderosa simiente de la muerte
sembrando de caos los sanitarios sustratos.
Era un viento que levantaba
las mejores cartas en el momento
cuando la apuesta es máxima.
Un viento crupier que sólo quería
que le dejasen barajar
de vez en cuando.

Kepa Ríos Alday

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UN VIENTO TRAICIONERO
Acaricio tu pelo

desde una ventana abierta,

a una calle vacía de saludos

de pupilas caídas

sobre una primavera estancada,

sin resuello.

Hay abrazos entre espejos,

y mariposas apáticas

buscando el arcoíris,

bozales sujetando los besos.

Un pomo es mi enemigo

mi vecino un miasma,

hiel y amor en cruce de cuchillos,

bajo un azul ostentoso.

Sobremesas sin torrijas

iglesias sin devotos,

calvarios solitarios

por el soplo de un judas,

que antes nunca

arrebató la Pasión al crucifijo

imponiendo su propia cuaresma.

Caballos sin herrajes,

temblor entre las canas

exequias colapsadas

dientes pegados

sujetando la última lágrima.

Un clamor a las ocho

atrapa las ventanas

jalean un conciliado aullido:

nuestra lanza frente al adverso vahído.
Ana Velasco

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UN VIENTO TRAICIONERO
Tanteas con los dedos un manto azul infinito y eterno,

haces de luz policromada atraviesan una atmósfera utópica,

ráfagas asimétricas de huracanados recuerdos

contemplan ateridos memorias inexistentes,

polvo de desiertos blancos y negros,

surcos secos se antojan en relieves prodigiosamente fértiles,

fecundando impúdicos las entrañas de la tierra.

Tifones arrollan estelas de humanidad estratificada,

masas de aire hambrientas devoran deseos no dichos

que se intuyen en la dimensión de una existencia paralela.

Poemas repletos de versos sobre constelaciones y estrellas

vaticinan un devenir futuro de tiempos mejores.

Vientos traicioneros circulan insistentes e incesantes,

perturbando un universo cimbreante y tembloroso.
María González

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UN VIENTO TRAICIONERO

Ella tiene el galope y la fuerza de las Amazonas
Respira debajo del agua como un pez o una rana
Su corazón mordido por la vinchuca y el mal de Chagas
Late, late y late con fuerza cada día.
Nadie sabe de la vida de los otros en otros países, en otros lugares
Sabemos tan poco, a veces, de nuestros propios vecinos,
De nuestros propios amigos…
Pero su corazón late y lleva en su sangre la dulzura y la valentía de los bravos guaraníes
De la selva de su infancia
Ella, que aprendió el quechua para atender a su pacientes
Aquellos que compraban una aspirina para todo
Pero se llevaban las frases amables de mi madre
Y eso curaba más que nada
Amables y bondadosas palabras junto a la única aspirina
Que podían comprar con la moneda del hambre
Para aliviar el dolor humano, el corazón partido de una madre
El llanto de un niño que a veces era más hambre que otra cosa
El niño no puede dormir y está colgado en las espaldas de una madre
Su hermanito pequeño tiene tres años y coge de la mano
Nunca me creí el infantil invento de la infancia
Cuando un niño con 7 años puede ir a trabajar para su familia.
Yo los he visto, con el azadón en el hombro.
No era juego, era de verdad, que ese hombrecito iba a trabajar.
Un viento traicionero me traía tu latido
Ese corazón que baila en el corazón de la noche…

Paola Duchên

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UN VIENTO TRAICIONERO
Como si fuera fácil

salir indemne de esta página de hielo

a la que van llegando las hormigas.

Como si la esperanza

no hubiera querido huir

para poder sentir su eco

en las marcas de otra prisión.

Como si alguien supiera

que la vida se hace

de una u otra manera.
Hernán Kozak

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UN VIENTO TRAICIONERO

Si te preguntan:
¿Para qué sirven los poetas en estos tiempos?
¿Para que viven los que sueñan?
En estos tiempos en los que
un viento traicionero barre tantas vidas
¿Qué hacen los poetas encerrados,
agonizando de miedo?
En los hospitales necesitan médicos,
en la morgue manos y nervios de acero.
En las ciudades un ejército de pájaros
patrulla con celo las calles desiertas.
La hierba crece y se adormece al sol
sin los pasos que la agostan.
El mundo parece girar en orden
sin sus ínfimos obreros.
El que así pregunta cree que puede
vivir sin los poetas.
Escucha:
¡Si el poeta no se afana en la cama
del enfermo!
¡Si no está en sus manos la salvación
de tantos muertos!
Es porque su tarea es
construir con palabras
un lugar para los hombres.
¿Lo dudas?
¡Prueba a vivir sin decir nada!
Los poetas, despreciados,
aran la tierra con unas pocas letras.
Su tarea es titánica. Su recompensa escasa.
El poeta paga con su vida tu desprecio.
Y aún así, cuando mañana quieras
cantar las hazañas de los hombres que
con sus manos salvaron tantas vidas,
tendrás que recurrir a su voz,
leer en sus versos la magnitud del hombre.

Ruy Henríquez
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Carmen Salamanca Gallego
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