
EL CARTERO NOCTURNO
No hace mucho tiempo una de las mejores maneras de comunicarse para familiares, científicos, poetas y enamorados era escribiendo cartas.
Los días previos al 14 de febrero, la oficina de correos no tenía horario de cierre.
Luis y su primo José, estudiantes de medicina lo sabían y cada año presentaban su instancia para cubrir las plazas extra de esos días, pues el amor trabajaba a destajo.
Ambos rezaban para que les tocara el puesto de cartero nocturno. A la gente no le importaba abrir sus portales en horas intempestivas ya que sabían que traían cartas que alegrarían el alma de sus vecinos.
Incluso les llegaban a dar comida, prendas de abrigo y alguna que otra propina para premiar su encomiable labor.
La última noche cuando estaba a punto de terminar la jornada, cuando el amanecer comenzaba a susurrarle que ya era tiempo de ir a descansar, se dio cuenta que con el ultimo encargo mataría dos pájaros de un tiro, pues era para él.
¿Quién le escribiría? No había nadie y sin embargo su nombre aparecía con total claridad en el sobre.
Hernán Kozak
EL CARTERO NOCTURNO
Supongo que la que estrecha palabras cada semana, con o sin ganas de luz, explayando sus cadáveres por venir, me observa desde ciertas bombas, de las que abren recuerdos como semillas. Allí donde galopa la sustancia de la vida y se estremece el infinito como un horizonte sin ancla, ella abre la aventura de nuestros encuentros.
Y gusto de verme relatada cuando se propone desviarme, retrocederme o incluso anularme. Sus tentativas infructuosas tienen un color de noche, de ojos que preguntan por la belleza en medio del desgaste funcional. Ella me mira de soslayo, se atribuye historias, amores exiliados, presencias controvertidas. Cambia de cuerpo buscándome y allí comienza la leyenda de los pueblos libres, al encender las palabras que se inmiscuyen en el poema y con su garganta azul, tuerce y retuerce su oficio de puerto.
Ahora es cuando el calor dice que tenemos que unirnos, que basta de tanto desajuste, de cartas que salen de noche y no hay amaneceres donde leerlas. Abramos los pechos secretos del aire, los muelles que fueron amamantados por el silbido del amo, rompamos la creencia única, el cartero no vendrá esta noche.
Clémence Loonis
EL CARTERO NOCTURNO
Traía las cartas por las noches, todas las noches traía, así se ganaba la vida. Era como sembrar plantas que terminan en un día. Por las mañanas se quedaba al lado del teléfono esperando las reacciones mientras iba escribiendo las cartas de la noche siguiente. Escribía las noticias del mundo en clave de cata. Por ejemplo: «Hola mi nieta, te escribe tú abuela de Irán. Nosotros estamos bien a pesar de que las bombas han matado a algunos vecinos del barrio…» Era la única forma de que se enterasen de que había guerra en Irán. Las noticias lo decían, pero lo decían de tal forma que nadie pudiera darse cuenta de que en Irán había seres semejantes a nosotros bajo las bombas.
Abajo de la carta en vez de firma había un número telefónico. Los destinatarios de las cartas llamaban emocionados y eufóricos de tener nuevos familiares en lugares terremotos del mundo. Sabían qué era el cartero nocturno, que no eran cartas reales de nadie más que el propio cartero… Pero igual llamaban, hablaban para pedir el dato bancario y decían: abuela te voy a ingresar cincuenta euros, o hermano hago ya mismo una transferencia ya mismo para que puedas curar a tu hija… Y ese dinero era para el cartero nocturno. No es que se hiciese rico con aquel trabajo, pero al menos le daba para seguir escribiendo cartas.
Kepa Ríos Alday
EL CARTERO NOCTURNO
No había sitio para los mensajeros. Antes de ayer los expulsaron, los días ya no contaban. Desde entonces en la ciudad se recibían las cartas mientras dormían. Las dejaban debajo de la puerta o del felpudo, nunca en los buzones. Él fue el último en quedarse. Clandestinamente, salía de su casa con una cartera de cuero que olía a lluvia antigua. Sin uniforme nadie recordaba su nombre. Sin gorra, no parecía el cartero. Aquella noche encontró una carta que no tenía dirección. En el sobre había escrito únicamente “para la mujer dormida”. La guardó junto a las demás y continuó caminando. Junto a un edificio, le llegó un golpecito, como si le hubieran arrojado un pequeño objeto. En aquel edificio no vivía nadie desde hacía años. Levantó la mirada, y un rostro en la ventana, con los ojos cerrados, le sobresaltó. Apartó su rostro y volvió a aparecer, esta vez con los ojos muy abiertos, mirándole fijamente. En sus manos llevaba un papel que ponía: “Llegas tarde”. Él miró su reloj, pero las agujas habían desaparecido. La puerta del edificio se abrió. El viento la golpeaba. En ese momento apareció al final de la calle un hombre vestido de negro. Caminaba despacio, cargando una pala sobre el hombro.
• ¡Las cartas” – le dijo
• ¡No tengo cartas para usted!
El cartero sintió un frío repentino en el corazón. El hombre levantó la pala y señaló el edificio.
• Nadie quiere una casa hasta que descubre que vive dentro de una – al decir esto el sepulturero desapareció.
Volvió a mirar la ventana. Ella no estaba. Ahora estaba detrás de él. Tan cerca que pudo sentir su respiración.
• Entrégame la carta – dijo ella.
Sostenía una fotografía y, en ella, aparecían los dos sentados en la orilla de una playa frente al mar. El cartero dio un paso atrás, reconociéndose en la fotografía y a la vez horrorizado por no recordar ese momento.
A la mañana siguiente encontraron junto a la puerta de la oficina de correos la cartera de cuero y dentro, una docena de cartas dirigidas a una misma persona: la mujer dormida.
Laura López
EL CARTERO NOCTURNO
Igual de puntual que el panadero, que el agricultor cuando la fruta está por recoger, que el pescador cuando se abre la veda, así llegaba el cartero puntual todas las noches a la oficina postal. Recogía y guardaba, en la cesta de su bicicleta, las decenas de cartas que llegaban para el poeta y dos o tres más a otra dirección que casi nunca repartía. Le sobrecogía la cantidad de misivas que se dirigían al escritor y tenía la tentación de abrir alguna de ellas. Nadie tiene que enterarse, pensaba, siendo tantas las cartas de sus admiradoras.
Una de esas noches en que llegó puntual, como siempre, se decidió a abrir una. Escogió al azar y vio que no tenía remitente, pero sí un sello en rojo muy llamativo que le gustó mucho.
La abrió tratando de meterse en el papel de un gran escritor a punto de leer una carta de amor.
Las primeras palabras no le parecieron nada amorosas: la organización del Nobel, decía, le felicita por el fallo del jurado.
Pino Lorenzo López
EL CARTERO NOCTURNO
Llevaba viviendo en aquel barrio menos de un año, pero me lo había cruzado tantas veces cuando volvía del trabajo que ya formaba parte de lo cotidiano. Llevaba a la espalda una mochila de colores y una chapela en la cabeza, al cruce de nuestros pasos siempre emitía un ¿qué tal el día, mañana irá mejor? A lo que yo respondía con la misma muletilla “bien gracias”, a veces me quedaba pensando que había sido una mierda de día, pero mi cabeza recogía el final de la frase y también su sonrisa. De repente dejé de cruzarme con él y el hábito de los gestos sintió una privación. Quise indagar discretamente pero no llegué a nada. Tuvo que sufrir un apagón la ciudad para reencontrarlo en mi camino, me dijo que tuvo que dejar el barrio porque lo desahuciaron del apartamento que le dejó su abuela, también que había cambiado de trabajo, ya no hacía los repartos interminables, ahora solo le ocupaban la noche y recibía buenas propinas de los grandes tenedores de áticos, a los que entregaba rica “cocina “. Antes de despedirnos intercambiamos teléfonos y aunque no hice mueca alguna, en la funda de su iphone me pareció vislumbrar el logotipo del ministerio de interior.
Ana Velasco
EL CARTERO NOCTURNO
¿Qué lleva a una persona a operar de noche? Cuando el día es solo teoría y expresas, pero no prácticas, la noche se vuelve tu día.
El lenguaje es la clave, sabes la teoría, pero no haces lo real.
Solo anuncias tu silencio, aunque hables, aunque tu boca se mueva y gire y tus labios quieran confirmación sin dudas.
Mensaje para algo más allá, inexplicable en la práctica y donde la mayoría de la teoría son conspiraciones para uso personal.
Y un pájaro, sí, un pájaro enorme aparece nocturno en el alféizar de mi ventana. Cada noche me mira, con sus enormes ojos y su pico desorbitadamente largo.
Es mi referencia cuando camino a oscuras por la habitación, porque me gusta la penumbra y porque si la enciendo, daré cuenta aún más de mi día en la noche. A veces, me acerco despacio a contemplar su sombra con el resplandor amarillo, reflejo de alguna farola en la calle. A veces, grazna y me genera ansiedad sentir sus gritos, como cuando tú estás aquí.
La noche es mi balsa y salvación.
Y cuando oigo el susurro del pomo y el temblor de la puerta al cerrarse, sé que te vas y te llevas mi angustia. Y entonces convierto la noche en mi refugio y escribo esta carta.
Habiendo estirado la mano hacia el pájaro negro en la ventana y dejando que la picotee y encuentre el grano que llevo en el centro de la palma, ahora que somos amigos, dejo que brote el reguero de sangre.
Y mientras contemplo el rojo carmesí de nuestra amistad, él bosteza y agita sus negras alas.
Ahora, es el cartero nocturno para entregar esta carta, a ese más allá, y el encargado de custodiar mi alma hasta Caronte.
Paty Liñán
EL CARTERO NOCTURNO
Eran las diez de la noche cuando entré en una cafetería, situada al norte de la ciudad, cerca de la estación. Como hacía mucho que no venía por España, me sorprendió encontrar el lugar abierto a esas horas de un martes, con apenas tres personas, incluido el camarero. Pedí un descafeinado de sobre y dos tónicas, que me sirvieron con desgana, haciendo chocar los platos. Lo acompañaron con una tapa de ensaladilla rusa y picos. Pensé que el aspecto del conjunto era repugnante y también entrañable. La cafetería era similar a los locales de provincias que recordaba, hace más de quince años. Me sentí en casa, pero esa no era una buena sensación.
Cogí las bebidas con la tapa y me fui a sentar en un lugar alejado del televisor, desde donde podía observar la entrada. Limpié la mesa con unas servilletas de papel, de esas demasiado finas y plasticosas que apenas absorben nada. Saqué mi cuaderno de notas, junto con los folletos de parques y paisajismo, y los puse en orden, unos sobre otros, alejados de las bebidas. Me detuve a mirar las fotografías de esos folletos y me parecieron feas y poco originales. Como de costumbre, sus colores estaban demasiado contrastados y la imagen resultaba confusa. Parecía que quien diseñaba esos papeles esperaba meter demasiada información en cada foto, sin tener en cuenta su pequeño tamaño. Analicé los árboles, las flores y las caras sonrientes que mostraban. Pensé que eran ridículos y me puse de mal humor. O más bien, me di cuenta de lo nervioso que ya estaba. Andaba forzando un interés por los folletos que no tenía, para evitar pensar en la persona para quien había pedido esa segunda tónica.
Me puse a pasar las páginas del cuaderno y a recordar la última llamada que habíamos tenido, la semana anterior. Al teléfono, se había mostrado simpática y casual, pero no podía confiar en su buen humor. Ella era capaz de simular una alegría que no sentía y de actuar amablemente, incluso si estaba deseando llorar. Mientras que yo, tan irascible y directo, detestaba sus buenos modales y su don de gentes. Me impedían fiarme de su carácter y de su palabra. Allí, temía que, en cuanto la viese en persona y me sonriese, le gritaría con furia para tratar de quebrar su compostura y ahorrarnos esas trivialidades que se dice la gente, cuando ya no se quiere. ¿Para qué aparentaba tranquilidad? ¿Y cómo era capaz, después de todo lo que habíamos pasado?
De pronto, escuché mi nombre y la vi de pie, a mi lado, radiante y muerta de risa. Me indicó que ya estaba en la cafetería cuando entré y que no me había dado cuenta. Antes de poder replicar, tomó asiento y encadenó sus frases amables: “Qué bien verte, ¿cómo te encuentras? ¿Has podido cenar algo? ¿Conocías la zona?¿Echabas de menos tu país? Debes estar tan cansado…” No preguntaba para que yo contestara, sino para huir del silencio y desviar la atención de mi cara enrojecida y partida por cicatrices negras. Ella, como de costumbre, prefería revolotear, como si fuese cualquier desconocida, la camarera. Impedía que le narrase los horrores que había vivido y el rencor que le tenía. No le importaban.
Asentí secamente y le puse delante los folletos, para que cambiase de tema. Le dije que quería su respuesta cuanto antes, esa misma noche, y que marchaba al día siguiente. No soportaba pasar ni un día allí. Alcanzó los folletos y los repasó discretamente. Por fin estaba callada e incluso diría que incómoda. Bebió del vaso con tónica sin preguntar si era suyo y comentó, sin levantar los ojos, que todos los lugares parecían iguales y que, en realidad, a ella le importaba poco quién hiciera la obra y qué se consiguiese con ella. Lo que esperaba era que se hiciese rápido y sin demasiadas inspecciones. “Dame el proyecto más sencillo. Cualquiera servirá.” Me quedé de piedra, ¿para qué me hacía venir hasta allí y a esas horas, cargado de folletos, como si fuese un cartero nocturno? De nuevo sonrió y dijo que para verme, por supuesto. Le apetecía pasar un rato juntos.
Mentía con tanta facilidad que le habría tirado la ensaladilla rusa a la cara. Pero me abstuve; le hablé de las palizas y de los muertos en el calabozo. De cómo nos duchaban con agua helada y nos pellizcaban para que no pudiéramos dormir. También quería describirle un cadáver a los cuatro días, cómo se descompone por partes, cambia de color y apesta. Le contaba todo esto vomitando las imágenes; tenía tantas ganas de horrorizarla que engrandecía los detalles y, a la vez, para mí era lo normal. Mi vida. Le dije que podría llenar todo su jardín privado de miembros desunidos, abonarlo y así florecerían más rápido sus arbustos. Continué sin parar durante casi dos horas, hasta que cerraron la cafetería. Le había relatado esas miserias, sabiendo que ella se dedicaba a peinarse, pasear y engañar a ricas para venderles café y flores de contrabando. Era frívola y feliz. Yo, un viejo paisajista medio manco, algo tuerto y violento, todavía enamorado de aquel demonio.
Gómez Gabriel
EL CARTERO NOCTURNO
Una ocasión para derramar dinero. O sea, lo que no sirve. Quien quiera puede venir con un sobre y regalarme la vida, pero nadie podrá decirme lo que cuesta. ¡Nadie! ¡Absolutamente nadie! Si no, que caiga muerto ahora mismo. O bien, díganme qué necesito para seguir viviendo. ¡Cuántas noches más me quedan! Porque no es lo mismo deber dinero de día que de noche; en uno se debe un sobre, en el otro la vida. Y hay tantos hombres ¡tantos! ¡tantos mejores! ¡mejores, mejores que yo! Pero yo debo dinero y eso me hace alguien. No seré nada más que un deudor: ¡allá va mi sobre! Corre por el viento de la mano de otro hombre. Y habrá de llegar a su destino ¡tendrá que hacerlo! ¡lo hará, ténganlo por seguro! La cuestión será el destinatario, el hombre, la mujer, la cuestión será quién se permite abrir de pecho y corazón y no encontrar nada ¡nada! ¡nada! Así es, el costo siempre es nada, el valor un negativo, ¡nada! ¡nada de nada! Más bien, el dinero siempre es nada, el costo, ¡el costo! El costo lo es todo y hoy ¡hoy! Sí, señores, ¡hoy!, hoy la deuda empieza. Hoy, me convierto en hombre.
Diego Alonso Medina
TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora
Inscripciones: carmensalamancagallego@gmail.com – 609 515 338
https://www.facebook.com/talleresdeescrituracarmensalamancagallego
Visita nuestra web:
http://www.escribeycrea.com
Visita nuestro canal en Youtube
https://www.youtube.com/channel/UCQtPVp9VFU2hYjtG8xtIJfQ?view_as=subscriber
Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero








