LA SEMANA DEL PREMIO

LA SEMANA DEL PREMIO

Como un golpe inesperado, primero la sorpresa te recorre todo el cuerpo y después tu mente se queda detenida, colgada, sin espacio ni tiempo.
Lo único que quieres es gritar, morder, llorar o irte a acostar, aunque sean las doce de la mañana.
Todo eso le pasaba a ella después de la desagradable noticia.

  • Es que no lo puedo creer, el lunes me exploto la caldera, el miércoles, me dieron un golpe en el coche y lo voy a tener tres semanas en el taller. Que ya me dirás tu como voy a trabajar y hoy me dicen que se cancela el curso que iba a dar este verano por falta de presupuesto. ¿Qué más me puede pasar?

Su amiga la escucha, sabiendo que poco podía hacer, más que acompañarla.

  • Venga hoy te invito yo. Voy a pagar y nos damos una vuelta.

La plaza estaba llena de gente, en cuanto salen dos rayos de sol nos tiramos a la calle.
Caminan unos pasos y escuchan una voz que les dice:

  • Señorita cómpreme un décimo, que éste toca, le juro que este toca.

Hernán Kozak

LA SEMANA DEL PREMIO

Está el día abierto al sol y como mariposa de mar irá cayendo como una sombra, en otra circunstancia. Cuando navegan los altos hornos sobre nuestras cabezas, hay que ponerse diáfanos, con elegante estupor frente a la caligrafía del mundo.
¿Qué quedará del brillo de aquella semana? ¿Sólo fue una justicia alejada, alejada del que juzga? ¿Un rasguido de guitarra astral, un murmullo de televisión vecinal o está uña que pelea un mordisco al tiempo?
Haber sido premiada con tal reconocimiento es como una bola de fuego que arrasa con lo anterior y pone el contador a cero, ya somos otros, yo y aquel rodeo que todo lo produce. No seamos ingenuos, el valor es del monstruo camaleónico, de aquella máquina que sobrevive a las catástrofes, que despliega sistemas para la reconversión y con la templanza del paso a paso va haciendo premios que duran lo que dura un desayuno.

Clémence Loonis

LA SEMANA DEL PREMIO

Estaba un poco nerviosa esperando el fallo del premio de literatura que otorgaba el grupo Planeta. No estaba acostumbrada a verse en esa situación, ya que siempre había participado como jurado. Pero ahora había decidido participar en aquella convocatoria sobre novela negra.

Su obra tenía los ingredientes para ser premiada: un detective con rasgos neuróticos del que nos enamoraríamos en las primeras páginas; unas víctimas que en su repetición nos haría temer por nosotros mismos; un asesino que parecía más cabal que el propio detective, pero que le perdían las perversiones y un ambiente, el edificio de la Comunidad de Madrid, donde tendrían lugar todos los asesinatos.

Pino Lorenzo López

LA SEMANA DEL PREMIO

Los días pasaban con sus luces y sombras. En ese momento llovía. Suaves caían las gotas, rodando por su rostro. El olor a tierra mojada le transportaba a otra época, no sabía por qué. Tal vez eran las dificultades que estaba teniendo para encontrar una habitación, aunque sólo fuese eso en la ciudad. Cada vez que llamaba a una inmobiliaria la ponían en una lista de espera. Los anuncios de particulares no parecían ofrecerle una salida, pues cuando llamaba, la habitación ya estaba ocupada. Aun así, decidió no rendirse y siguió caminando bajo la lluvia. Vio una pequeña cafetería al otro lado de la calle y sintió el impulso de entrar para refugiarse. Quizás, pensó, mientras empujaba, la puerta, aquel día todavía podía traerle una sorpresa. Mientras esperaba, recibió una llamada. Había sido seleccionada para recibir un premio por un relato que había enviado meses atrás. El premio incluía una beca y una habitación durante un año para estudiar en otra ciudad. Sonrió al recordar que, a veces, justo cuando todo parece perdido, la vida guarda una pequeña sorpresa.

Laura López

LA SEMANA DEL PREMIO (fragmento)

Doscientos cincuenta mil es mucho dinero para quien no tiene nada o tiene muy poco. Se llenó de inquietud pensando en lo primero que haría cuando tuviera el dinero en sus manos. Las prioridades se anteponen interminables unas a otras. Eran tantas las deudas, que cancelarlas se llevaría una buena tajada del premio, casi todo, además de lo que ya se quedaría el Estado. ¡Dios mío! Le dolía el estómago solo de pensarlo. Tener que entregar su dinero a cambio de nada, a cambio de un mal recuerdo, por una tranquilidad llena de dudas y de brazos cruzados, sin saber qué hacer en adelante.
Le repugnaba imaginar la cara sonriente del viejo Tulio recibiendo el pago completo de las letras, solo para hacerle tragar las amargas palabras que mes a mes, puntualmente y sin falta desde hacía más de un año, le había espetado en la cara, cobrándole la cantidad infame que le había prestado con tantísima buena fe. O la risa de desprecio de la tía Agustina cuando le pedía alguna miseria para seguir tirando. Ya le presté bastante Alfredito. Usted es un barril sin fondo. ¿Qué hace con la plata? El dinero no cae del cielo, ¿sabe? Mejor págueme lo que me debe y después conversamos.
A él sí que le cayó del cielo aquel premio, se le obró el milagro o casi. Tantos años comprando ese maldito número. Hasta que al fin salió. Pero si en lugar de doscientos cincuenta mil hubieran sido quinientos mil o, ¿por qué no?, un millón. Eso sí que podría haber arreglado algo. Habría sido el milagro de una vida sin sobresaltos. Ay, pero doscientos cincuenta apenas alcanzaba para nada.
Además estaba Susana, que no paraba de pedirle para esto y para lo otro. Que si eres un fracaso, que si no eres un hombre de verdad. Ojalá te parecieras al marido de mi hermana. Esa sí que supo hacer un buen negocio casándose, no como yo. ¿Cuándo me vas a dar lo del alquiler? El casero ya ha llamado dos veces. ¿Has visto la nevera? Parece que dentro asustan los fantasmas de lo vacía que está. Su voz destemplada y quejumbrosa era la melodía de su vida conyugal.
Las letras atrasadas del coche, los muebles, el televisor, el seguro, el dentista de los niños. La lista parecía infinita cuando se ponía a pensar en todo lo que tenía que pagar después de pagar lo importante. ¿Y todo para qué? Para quedarse otra vez sin casi nada, sin blanca como se dice, una mano sobre otra. Sería como comenzar desde el principio, una página limpia para hacer borrón y cuenta nueva, un almanaque de días sin ninguna tachadura para que todo siguiera igual. Todo nuevo, como cuando estaba soltero y no había tomado ninguna decisión todavía. ¡Libre! Sí, pero también sin ninguna certeza, sin más recursos que ilusiones e inexperiencia. No era eso lo que deseaba. Por nada del mundo querría repetir aquellas angustias, esos desvelos cuando casi nada dependía de él, cuando era él el que dependía de todos y de todo.
¿Y si no dijera nada a nadie? ¿Ni siquiera a Susana, es decir, sobre todo a ella? ¿Qué pasaría? Tal vez podría administrar mejor el dinero. No lo gastaría todo de golpe. Pagaría mis deudas y desataría los nudos poco a poco. Mientras tanto tendría el dinero en el banco ganando algo con los intereses. Pero lo que hubiera de ganar de ese modo no compensaría los intereses por no pagar a tiempo. Eso lo sabía muy bien y también lo sabían los del banco.
La semana antes de la entrega del premio, subió al autobús y se fue a la ciudad. Quería estar preparado para el gran día. A Susana le dijo que su tía Josefina, la llamaba tía por costumbre, había tenido un accidente en la casa del pueblo y quería ir a ver cómo se las arreglaba después de enviudar de quien había sido su verdadero tío. En el trabajo había dicho que su abuela había muerto. Tres días de excedencia por fallecimiento de un familiar próximo, más dos días de vacaciones anticipadas. El jefe de personal me había puesto mala cara, pero tuvo que ceder cuando le dije que el mes que viene haría horas extras si fuera necesario.
En la ciudad se alojó en una pensión de mala muerte. Tenía la intención de economizar todo lo posible hasta que le entregaran el premio. Después ya se vería. Habrá que ir improvisando. Cuando reciba el premio pagaré algunas deudas, las más urgentes, para ir tirando. Aunque lo que en realidad me gustaría sería subir a un avión, viajar lejos, perderme entre la multitud. Hace tanto que ni siquiera me permito soñar.
Todavía tenía algo de dinero en el bolsillo. Lo había sacado del banco, antes de que las facturas lo hicieran desaparecer. Había tenido el propósito de pagar algo al viejo Tulio, a la tía Agustina, pero las compras del día a día le habían hecho cambiar de idea. Tendrán que esperar. El hambre no espera. Susana tampoco. Susana era como tener solitaria. (…)

Ruy Henríquez

LA SEMANA DEL PREMIO

Lorca nunca murió, repetían la mayoría de las cadenas televisivas, el punto crítico lo pusieron algunos influencers señalando el despropósito melómano de la copla para tal genio. En las tertulias, cabellos plateados se apuntaron a la melancolía y en algunos espacios se impuso el silencio, pero la bola negra embocó la partida y se alzó ganadora, recordando una vez más al poeta.

Ana Velasco

LA SEMANA DEL PREMIO

De naturaleza ansioso, como lo definía su abuela, aunque ya crecido. Cuarenta años en el último cumpleaños, seguía nombrándose como ella, incluso por el apodo Salva, cuando su nombre es Salvador. Designios y marcas trae su nombre, tal vez algún día se detenga a averiguarlo.
Siguiendo con lo que veníamos, Salva padece “dificultades con las adherencias”, dice su terapeuta actual. En ese plano, sí cambia con cierta facilidad, de terapeutas.
Anda en búsqueda de “una palabra”, algo que ronda temas mágicos parece.
Lo cierto es que se le da bien el arte, desde pequeño. Entre lápices, pinturas, barro, incluso el que se formaba en el patio después de una copiosa lluvia.
Fue mejorando, tanto que se anotó en la facultad y tiene título de artista. Increíble dijeron varios… pero al ser un hecho constatado todo continuó normal.
Salva siguió viviendo unos años más en casa de su abuela, bajo su techo y sus palabras.
Hace cuestión de unos meses dio un salto al vacío y se anotó en un concurso de pinturas.
¡Ganó! Cuando lo llamaron le llevó unos segundos largos caer. Pero así fue, luego de reconformarlo aceptó.
Esta semana viene siendo de arreglos, ropa y peluquería, también para la abuela. Todos lo viven con asombro. Salva se está por recibir de Salvador.
Se sostuvo en su capacidad de crear, parece que con el premio se muda. La abuela fue a
misa para agradecer, son milagros que no se dan tan seguido… sin dudas.

Carla Bianco

LA SEMANA DEL PREMIO

Un día y otro pasaba y ni una gota caía sobre la tierra del huerto.
Y ya iba más de un mes y ni una nube en el cielo.

Parecía como si algún ser ladrón, hubiera robado las nubes y las tuviera retenidas o, peor aún, se estuviera fabricando jerséis con su algodón.

Pepe veía cómo su cosecha se iba al traste, los tomates apenas coloreaban y las lechugas parecían yerbas silvestres.
Aquella semana no solo no recogería siembra, sino que era imposible que ganara el premio anual que se concedía al mejor agricultor.
Dicho premio, en todo caso, merecidísimo, creía Pepe, por su labor incansable y sobre todo por los madrugones.
Pero además del reconocimiento, el premio concedía una buena suma económica que lo ayudaría a mantenerse mucho tiempo.
Cansado de mirar al cielo decidió acudir a una vidente y que le ayudara. Él no creía mucho, o, nada en esas cosas, pero con la desesperación todo vale.
Estaba decidido y si tenía que sacrificar un gato o bailar desnudo entre las hierbas de la cosecha, pues lo haría.
Y así fue como, camino hacia el centro de sus tierras y siguiendo el consejo de la vieja vidente, se despojó lentamente, primero de su chaleco, camiseta y cuando desataba el cinturón de los pantalones, un trueno enorme, le paralizó.
Allí mismo, entre los tomates y su torso desnudo, notó la primera, de las sucesivas gotas que vinieron después.
Lejos de rendirse, se animó y terminó la faena, lanzando los pantalones al aire y danzó, alzando las manos y los brazos y girando los pies descalzos entre las plantas.
Y así, desinhibido y feliz, se dio cuenta de que ése, en realidad, era su gran premio.

Paty Liñán

LO TENGO AQUÍ

¿Cómo son los hombres que maltratan a las mujeres? ¿Qué aspecto tienen? ¿Se les puede acaso reconocer y ver venir?

Hay quien opina que existen “hombres maltratadores” que desde la infancia van forjando hábitos violentos, egoístas y posesivos, y que se parecen entre sí. Explican que esos hombres están cortados por el mismo patrón, con un comportamiento y una educación similares, y que incluso comparten rasgos físicos. Se llega a decir que suelen altos, corpulentos, barbudos, con el ceño fruncido y la voz grave. Hay quien, por lo tanto, opina que no solamente se les puede reconocer, sino que, de hecho, son especialmente distinguibles y caracterizables.

Sin embargo, en mi experiencia como detective privada, especializada en relaciones de pareja, veo otras realidades. He investigado y rastreado centenares de casos de violencia doméstica, donde pocos sujetos confirman el estereotipo del hombre maltratador. Lo que es más, a menudo ofrecen un espectáculo contrario: son hombres tísicos, encorvados, tímidos, calvos y bajitos, con voces agudas y temblorosas. Si acaso quisiéramos establecer una generalidad, diría que la mayor parte de los matrimonios desgraciados, (la mayor parte de los matrimonios) se componen de un hombre débil, torpe y ansioso, acompañado de una mujer mezquina y agitada que desea presentarse como maltratada. Tiene la fantasía de ser una presa, que alguien quiere pegar. Es muy erótico. Ella busca esa tragedia: ser una desgraciada y culparlo a él. Él no se opone.

Ellas son mis clientes: las que acuden a mi despacho desquiciadas, con aspecto cansado, los ojos fuera de órbita y sombreados por bolsas moradas. Se arreglan furiosamente, se mueven con gestos bruscos. Tienen cualquier edad y me cuentan que se sienten viejas y no pueden más. Agregan que soy su último recurso, la opción desesperada, y suplican que trabaje rápido para confirmar sus sospechas. No admiten que su intuición se equivoque. Quieren pruebas de que sus maridos tienen amantes, hijos bastardos, que están a punto de pegarlas y que les mienten de algún modo… Ellas desean motivos para odiarle, pero ya le detestaban antes de conocerlo. Ellas despreciaban y aborrecían todo en general y, un día, aquel hombre se les puso al lado. Desde entonces él concentra su rencor, o más bien lo refleja.

Pero, ¿qué se yo? Si apenas he vivido cincuenta años y paso las tardes paseando por el lago de nuestra pequeña ciudad, leyendo historias de otros. Apenas hablo con nadie fuera del trabajo y todas mis ideas se fundan en mezclar las películas y los libros con los casos reales. De ahí saco suposiciones, probablemente exageradas y cómicas. Analizarlos es mero entretenimiento.

Yo no busco juzgar, ni siquiera me asombro ante sus comentarios u hostilidad. Como mucho, ellas me parecen unas payasas. Y ellos, unos tristes. Pero pagan rápido y sin regateos, así que hago mi trabajo y paso días caminando detrás de uno de estos “hombres maltratadores”. Les sigo a su trabajo, les vigilo desde el café, analizo sus pasos y velocidad, escucho sus conversaciones telefónicas, entrevisto a sus amigos y compañeros de trabajo… En todo ese enjambre, no es difícil encontrar un par de instantes y mentiras conyugales. Cualquier nimiedad le sirve a mi cliente para terminar de perder el juicio, echarlo de casa y declararse como víctima. Es un trabajo fácil.

Mis expedientes son comedidos y sin dramatismos. Informo sobre las actividades del marido, mostrando algunos desvíos de “lo esperable” o “lo prometido” y evito sacar conclusiones.

Sin embargo, ahora que no pueden escucharme, se darán cuenta de que desprecio a la gente que me paga por conseguir algo tan ruin. Lamento que tantas mujeres infelices campen a sus anchas y me utilicen para herir, robar e insultar; convirtiendo a sus maridos en unos cerdos. El episodio es tan frecuente que, no obstante, me pregunto si acaso a muchos hombres no les gustará precisamente esto de su mujer; que alguien transforme su debilidad en una especie de fuerza masculina. Es posible que ser llamado “maltratador” para ellos también signifique: “corpulento, barbudo y de voz grave”. El insulto, ¿quizás le hace sentir un hombre, por fin?

No tengo conclusiones definitivas, solo informes y observaciones personales. Si alguien desease leer mi archivo y comprobar por sí mismo las coincidencias, lo tengo aquí. En la página que sigue.

Gómez Gabriel.

LA SEMANA DEL PREMIO

Esta maldita semana no la soporta nadie más que Jesucristo. Y no me importa blasfemar más (nunca lo ha hecho, pero habrá que ser consecuentes). Una vez más me repito. Ha sido como morir y despertar detrás de una puerta, y el ruido me intranquiliza, no habré de comer nunca más. Nadie podrá alimentarme. Los vi, vi a ambos creadores del mundo (de mi mundo) discutiendo frente a frente y aun así se amaban. Pero nadie volteó a verme. Se fueron. Y cuando se fueron fui inmensa, completamente feliz. Por fin, la puerta de las tristes alegrías se abría a mi paso. Decidí servirme a mí mismo y a nadie más. La comida seguía caliente; no miré atrás.

Diego Molina


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

NO PERTENECE A NADIE

NO PERTENECE A NADIE

No tiene propietario con nombre y apellido,
algunos locos que lo intentaron
permanecen de rodillas
frente a un saco de flores marchitas.
Tiene el peso de la luz en las miradas
y un hormigueo de colores entre los dedos.
Le gusta jugar con la sal
construyendo campos de sudor alrededor de las cicatrices.
Tiene a su disposición
las llaves de todas las puertas que hay en cada hora.
Ama al hombre sin concesiones.

Hernán Kozak

NO PERTENECE A NADIE

No pertenece a nadie la fuerza que se agolpa en las esquinas,
la virulenta rama de sol que hierve,
el claro de luna que desquicia.
Las maldades,
cuando espían,
se hacen trizas y dejan
un reguero de intenciones
como el verso que busca salida.

Pino Lorenzo López

NO PERTENECE A NADIE

Hay grutas donde la languidez
hace de la nube un temporal
un dintel sin ventana
a oscuras, sin aire, sin nadie.
Después hay mudanzas
con la cumbre del aire
y el aleteo del párpado
agrandando prisiones
porque siempre es alguien
mientras haya flechas
y un lugar en el esqueleto.
Bajo el eco más remoto
se erizan las ramas
saben que pueden ser libres
si a la savia se agarran.

Laura López

NO PERTENECE A NADIE

Una vida simple es también
una arcadia solemne,
un testamento de silencio
donde se agolpan los renglones.
Una invisible línea de aire
sostiene las palabras.
El vacío te confunde,
hace un acto de magia,
te persuade de que existe
lo que, por fuerza,
no es más que un suspiro, aliento,
insomnio donde los sueños
se retuercen y fuerzan sus sentidos.
Las imágenes se disuelven
en palabras de apremio o despedida.
Hierático, no pertenece a nadie
este páramo de cimas yertas,
esta soledad donde hablan
en jerga confusa los recuerdos,
creencias que perdieron su dominio
en la heredad de los ancestros.
Desafías la muerte asegurada,
la carta en la que te dan por muerto.
Tu nombre aún resuena
en los enquistados arrecifes
donde robas tu botín de sangre.
Corre hacia ese extremo
donde las olas invaden la tierra,
donde las algas lamen la sal
de las últimas rocas.
Que el mar te encuentre luchando.
La muerte solo es una palabra sin rostro
resonando más allá de los acantilados
donde la vida se debate.

Ruy Henríquez

NO PERTENECE A NADIE

Si no le pertenece a nadie
tiene que tratarse de una cabeza.
Una cabeza con su ser humano:
una cabeza con sus brazos
y sus piernas o, en su defecto,
su silla de ruedas o su coche.
Una cabeza con sus hijos
con su plato de comida
rápida o lenta, con su pelo
y su peluquería de confianza
o su máquina de rasurar en casa.
Porque toda cabeza necesita
al menos una casa para pensar
en ella de forma recurrente.
Una casa para una familia…
para la familia que pertenece
a esa cabeza pensante.
Una casa con su puerta,
con sus propias ventanas
que pertenecen a la cabeza
propietaria de la mano
propietaria de la firma
del contrato indebido
de apropiación de la propiedad.
Pero la cabeza no,
no pertenece a nadie

Kepa Ríos Alday

NO PERTENECE A NADIE

Ella no pertenece a nadie
es pluma ligera y adiós,
deja que el corazón se desplace
sobre sí mismo,
que cambie su ritmo atronador.

Cruz González Cardeñosa

NO PERTENECE A NADIE

Balbuceo, ronroneo, maullido de gato
Suave impulso de larva
bufido glotón
azul de lamentos
hipérbole nerviosa
volcán de derrotas
grito en la carencia
laurel de olvidos
mi voz
no pertenece a nadie,
no la uséis en mi nombre
pues cada palabra es un breve aguijón
que viste mi coraza.

Ana Velasco

NO PERTENECE A NADIE

Este oráculo que blasfema
no le pertenece a nadie.

Para nadie su húmeda hora,
su acuerdo con la luz del pábilo azul
apenas colmillos sin diálogo,
un insoluble algodón en su versión
de fábula cubierto por el sol.

Sus vestigios son rubís cascotes,
centinelas de una rima minera,
zumban sus alargados tentáculos
sobre el enjambre alfabético.

Suben sus peldaños las luciérnagas
del otro lado, apenas iluminan bujías
en su reverso mortífero, trastienda
de la crónica que encarniza la factoría.

Paty Liñán

NO PERTENECE A NADIE

Sin bandera ni insignia.
Sin dueño ni causa.
Es así, desde el inicio.
Antes de lenguas y letrados.
Fuera de mapas, de reinos,
de credos.
Naturaleza sabia, inmensa.
Cubre a todos con su luz,
con su sombra.
Se alarga en la noche,
sorprende en cada inicio,
brava o calma.
Fiel compañera,
apasionada, permanece.
Sin bandera ni insignia.
Antes de lenguas y letrados.

Carla Bianco

NO PERTENECE A NADIE

Ni a sus promesas,
ni a los decires populares.
No pertenece al marido,
tampoco a los corazones.
A nada, se quiere dar.

Ella es compacta, sólida y firme.
Desde la infancia, cruel e impenetrable.
Ataca y engaña, se esfuerza y se burla
del débil, del que aspire a sonreir.
Pequeña jefa, anda cargada de rencores.

Dejamos a remojo algunas historias,
de cuando ambas fuimos francas y míseras;
apenas unas niñas aturdidas, enemistadas,
embriagadas de autoridad y de envidias.
Todavía cumplíamos con aquellas maldiciones:
con hurgar en las heridas.

Hoy son todo polvorín.

Acabar con las felices ideas de familia,
desobedecer y abandonar las costumbres.
Para no dejarse maltratar.

Gómez Gabriel

NO PERTENECE A NADIE

Nadie más puede venir
a callar mi triste boca.
Hoy voy a orar, orar por un mundo mejor,
un mundo hecho de ramas y vertientes,
de explicaciones sin motivo.
Me dejaré volar y escribir sin puntos.
No pertenezco a nadie. ¡A nadie!
No seré de nadie hasta haber sido otro
primero.
Pero ayer, con las nubes bajas,
logré entenderme como nadie lo ha hecho,
y he descubierto la cosa,
la cosa que es mía y en ocasiones
de todos.
Todo me limita, todo es desasosiego.
¡Ayer fue magnífico!
Pero hoy, ¡hoy!
¿ quién dirá mi nombre?

Diego Molina


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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

La música que sonaba vestía las mañanas de festín para comenzar el día. Me acostumbré a aquellos ritmos que se escuchaban por el patio y que encadenaban mi recuerdo a otras épocas. Sonidos de guitarra, de piano, de compases con rima asonante y un taconeo.
Eran un grupo de música que venía a tocar a la ciudad y que ensayaban desde muy pronto. Se les oía hablar, divertidos, conjugando sus voces con los sonidos de los instrumentos y una voz celestial que cantaba.
Fueron tres mañanas que me acompañaron en el desayuno por aquel amplio patio de la casa. Imaginaba sus caras, sus cuerpos, sus edades. Eran dos hombres y dos mujeres, de eso no había duda; había distinguido los timbres de sus voces.
Orquesté una treta para tropezar con ellos y cuando escuché de uno de ellos que decía que bajaba a la calle a comprar el periódico, salí corriendo de mi casa, casi a medio vestir y bajé las escaleras, apresurada. Mientras bajaba me di cuenta de que había salido con un solo zapato. Cuando fui a volver para coger el otro, la puerta, sin tener yo las llaves, se había cerrado.
En qué situaciones te pone la vida, pensé, cuando uno juega con su deseo al gato y al ratón. No había vuelta atrás. Tenía que enfrentar aquella situación; ir a tocar a aquel piso del que tronaba aquella música y presentarme y, de paso, contarles la anécdota de lo que me había pasado.
Toqué en la puerta, descalza, ya que me pareció que bajar con un solo zapato daría un aspecto de desquicie. Me peiné, como pude, y estiré la ropa que llevaba puesta.
A la puerta salió una mujer, de unos 80 años, guapa, elegante. Con una voz grave y fuerte me invitó a pasar después de presentarme.
Allí estaba el grupo de los cuatro, como los músicos de Bremen, cantando, bailando y recitando versos.
Me invitaron a pasar la tarde con ellos y a presentar su espectáculo en las distintas salas y teatros que habían concertado para actuar.
Cuando salí de aquel piso, mágico, y volví a mi casa a tratar de resolver el problema de las llaves, vi que la puerta no se había cerrado del todo. Un pequeño empujón bastó para ceder.

Pino Lorenzo López

ESA RIMA ASONANTE

En las ciudades distantes venimos al mundo. Admiramos sus tapias, sus torres, caminamos y alguien siempre desaparece. Sin asombro, en los espejos, vemos nuestros rostros, esos que habían existido antes. Seguimos en las ciudades, ajenas, porque permanecemos como las piedras, compactas, grises, sin movernos, a no ser que alguien nos empuje. Entonces las aristas se pierden, saltamos, nos juntamos, el río nos atraviesa, nos deposita y somos cantos rodados. El habla es más suave que aquel que fuiste tanto tiempo. En esta rima asonante va la poesía.

Laura López

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

Esta mañana fui al cementerio para dejar unas flores y no estaba el muerto. Me dijeron que se fue de vacaciones. Quedé muy triste. De todas formas, les dije que se quedaran con las flores y las dejaran donde corresponde para que a la vuelta no viera la tumba tan vacía.
Qué extraño, nunca se me había ocurrido que los muertos también necesitasen vacaciones.

Cruz González Cardeñosa

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

Era un color con un aplomo diferente a lo que los bostezos suelen decir, tenía en la pupila el brillo que atrae la palabra y hasta el más callado colocaba a las letras un timbre de lujo, de porvenir. Un amor que asonaba siempre abierto.

Clémence Loonis

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

Hacia un tiempo que mi cuerpo quería hablarme, como si un diapasón hubiera ido perdiendo sus cuerdas, la falta de la primera cambiaba el sonido, pero en cuanto la repusiera, otro día se rompió la siguiente, porque la desconfianza lo fue llenando todo, hasta que esta semana otra cuerda se rasgó, casi a la vez que mi alma, detrás de una puerta estaban echando mierda sobre mi cabeza, hubiera preferido no escucharlo, pero ya no tiene remedio. Me quedé dudando que hacía con esa guitarra malherida, si echarla al fuego o darle otra oportunidad. Si estoy escribiendo es porque opté por la segunda, solo había que recomponer todo aquello que impedía que sonara bien, también en mi vida había al menos una rima asonante que era prescindible para una nueva partitura.

Ana Velasco

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

Necesitaba un revulsivo en mi carrera como restaurador. Llevaba ya diez años abierto y los clientes empezaban a cansarse. Me daba cuenta que poco a poco cada día había más mesas y sillas vacías. Tal vez era mi pertinaz soledad que ya aburría a los clientes haciéndoles decidirse cada vez más por otros restaurantes.
Necesitaba alguna idea intrépida. Cerré los ojos para volar y me vino a la mente aquel poema no recuerdo de quién, donde hablaba de ir a una ciudad, no recuerdo cuál, solo por su nombre, atraído por el solo sonido del nombre de la ciudad. Eso es lo único que recuerdo de aquel poema. Recordé también como unos clientes alemanes me dijeron que habían entrado porque habían visto en el cartel la palabra «gachas» y les había parecido muy exótico: tenemos que probar qué son las gachas, dijo alguno del grupo, y entraron y se sentaron a la mesa directamente. Y cuando empecé a hacer poleá también hubo varios clientes que habían entrado porque no sabían lo que era y querían probarlo.

Ahora todos los restaurantes de la localidad ofrecen en su carta gachas y poleá. ¡Qué copiones!

No, ya me di cuenta de que tenía que cambiar. No me valía ya rescatar más platos clásicos con nombre exótico. Tenía que crear. Necesitaba algo que llamase la atención por el nombre, que fuese fácil de memorizar… Lo mejor sería una rima. Algo así como: Lentejas con mollejas, chipirones revolcones, natillas de morcilla… Si, mejor
algo asonante para que no sea tan evidente, empalagoso.

¡Ya lo tengo! -dijo la cocinera, que estaba oyendo la reflexión- «melón con jamón», además se puede servir tal cual, sin cocinar, muy fácil, exótico y con rima asonante.

Kepa Ríos Alday

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

La edad, si la aprovechas, te da distancia. Y conforme pasan los años, se pueden vivir partes de la vida como si fuera un teatro, una actuación ininterrumpida, donde una va tratando de desmembrar a los personajes, de comprender algo de la trama.

Me dedico a pelar lo que se aprecia a primera vista, e ir encontrando otras caras y nuevas lógicas en los comportamientos. Freno mis primeras reacciones, hago algo por tolerar, por hablarle a otra persona, más allá de la que veo y se presenta.

Lo hago así con la jefa de recepción, del edificio donde vivo. Es una señora que siempre está allí abajo, en la entrada, pendiente de lo que hace cada vecino, dispuesta a quejarse, comentar y ayudar. Conoce todos nuestros nombres y apellidos; le encanta cotillear y que le cuenten lo que no se debe, aunque no lo reconoce. A mí, su presencia me agobia porque me hace sentir vigilada y juzgada. Cuando me da los “buenos días”, escucho sus sentencias condenatorias tras el saludo casual. Ella masculla su desaprobación en voz baja y arroja miradas de disgusto. Cada vez, me pregunto qué le molesta: si acaso es tarde o pronto; si mi aspecto no es el que espera, o si mi tono de voz suena hosco. Lo que hago frente a esta señora nunca parece apropiado y su presencia en la recepción me lleva a los infiernos, a diario.

Procuro organizar mi jornada para no tener que encontrarme con ella. O, también, pasar por recepción cuando hay barullo y su ceño fruncido no me agrede directamente, porque anda repartiendo reproches entre otros.

Yo crecí en este edificio, pensando que esta jefa es una ogra, infectada de cristiandad, con quien es preferible no pasar demasiado tiempo, ni dejarse contagiar por sus sermones. Sin embargo, ahora que le pongo distancia y teatro, voy desmembrando al personaje y lo aprecio. Tras sus gestos ariscos y sus palabras severas, la señora, de pronto, aparece sencilla, incluso amable e imprevista. Entonces, desde el vacío, me la dejo de creer.

Voy desenmascarando esa actitud perfeccionista y rígida de la mujer madura, que husmea hacia adentro con dolor. En su lugar, encuentro a una niña pequeña y confundida, que no solo reprocha, sino que también tiembla, se asusta y no sabe qué contestar. Se comporta como si la vida y sus exigencias fuesen demasiado. Se empeña en que su trabajo sea difícil. Es también una niña algo decepcionada, con miedo a las mayores y a las otras niñas, que odia a su mamá, de la que tanto se ocupa. Para soportarse a sí misma, esta niña se aferró a los principios morales y ahora los arroja contra todo el vecindario. Su moral ya no es moral, sino su manera de tener sexo. Pide más, más y más…

En estos intervalos, la mujer de recepción me enternece; comprendo algo de su desilusión, de sus sumisiones y de sus remordimientos. Me apena. Miro dentro de sus ojos negruzcos, marchitos y leo también esa tristeza, los deseos acallados y la permanente lucha interna. Otro deseo traicionado por imposición familiar.

En esa niña de setenta años me veo a mí, todavía a tiempo de ayunar, de abstenerme de los falsos frutos que ofrece Dios. En lugar de a la señora que me riñe, yo le hablo a la adolescente que todavía es capaz de plantarse y protestar. Le hablo a la que pudo haber sido y continúa despierta. En ese rato en que estamos juntas, le doy mi ejemplo libertario; se asusta; soy mayor que ella. Se atreve, levemente a confiar en una palabra torcida e incompleta.

A esa jefa, también se le puede dar la vuelta. Cuando deja de endurecer ese papel, su pelo vuelve a ser negro tizón y su sonrisa soñadora. La jefa rima y se repite, como asonante, sin coincidir del todo. La jefa regresa para hablarnos del peligro de querer algo, de confiar algo a alguien. La niña lucha por expresarse todavía; la encuentro en sus risas nerviosas y en su gesto contento. A la niña y a la vieja, toca permitirles salir y comandar lo que venga.

Una tarde, me quedo a hablar con esta señora trece horas seguidas. A ella nadie le había pedido que dijera nada; nunca le habían preguntado qué opinaba. Se confiesa: me cuenta que mató a su marido porque era más libre que ella, que trata de envenenar a su madre y que siempre ha querido huir y abandonarnos a todos. Dejar a los niños en la calle y no regresar al trabajo. Me cuenta todo esto horrorizada, como si no fuese de lo más común y yo la atiendo impasible, entendiendo que también querría matarme a mí. Que mi presencia le recuerda todo a lo que ella había dicho “no”, que me chutaría con cianuro. A ella le habría contentado más que yo fuese otra desgraciada, enferma en su pasillo, pidiendo tareas, haciendo actos serviles y casada con un hombre que está harto de mí.

Yo le digo que todo esto ya lo sabía. Y que ese amor que me tiene necesita expresarlo de otra manera: reconocer su admiración. Le doy las gracias por no matarme como a mis otros dos hermanos, por dejarme nacer y por poner obstáculos inferiores a mi fuerza. Le digo que nunca es tarde, que mi éxito también es en parte suyo, que su odio me hizo fuerte y temeraria. Y que su ejemplo me explicó todo a lo que yo renunciaría: a la frigidez, las obligaciones morales, los azúcares y la religión. Paradójicamente, sus morales me han hecho libertaria; gracias a la reincidencia de sus ataques, a mí ya nada me puede parar. Me he criado con el enemigo tan cerca, que lo sé todo de él.

A esta jefa le doy las gracias, por las duras y las maduras. Reconozco sus momentos de generosidad y que, cuando quiere, es culta y divertida. Después, voy a hacer deporte. En el gimnasio repito ejercicios, trabajo hasta que me duela, busco un límite, olvido lo que dije y cumplo con la recuperación.

Gómez Gabriel

LA CONFESIÓN

Valentín afirmaba carecer de lo que su nombre ostentaba: valentía. Así que entre su deseo, ya en la línea de la adicción a los dulces, y su temor infundado a las reacciones ajenas, defendía sin enemigo a la vista el alto consumo de azúcar.
En ese ir y venir de su pensamiento, entre dolido, rebelde y vencido, llegó a charlar con el nuevo sacerdote. Se lo había poco menos que rogado su madre. Ya a esa altura el doctor lo miraba con gesto de resignación y la balanza temía marcar nuevamente la realidad de su peso en aumento.
El sacerdote resultó amable, de sonrisa amplia, lo ayudó a iniciar el diálogo.
Valentín se fue soltando, se fue animando. Su nombre comenzó a sentirlo de su talla, y ¡aquello fue de no creer! Podrán llamarlo fe o magia, lo cierto es que él se sintió liviano después de tantísimo tiempo.
Aflojó las palabras, que se amontonaban por salir, aquello de la confesión y del secreto profesional del cura lo sintió realmente una bendición.
Pudo criticar desde su madre al doctor, pasando por los vecinos y más de un compañero de trabajo. Dejó de lado las buenas costumbres y asoció el azúcar a su deseo por la esposa de su primo. Aquello era de alquilar balcones, pero sólo estaban ellos dos. Y la promesa de que todo sería ordenado, no había falta en su pensamiento, así que podía repartir mejor las pasiones y no sólo recargar en un sitio el placer: los dulces.
¡Aquel hombre salió con la frente en alto y la mirada en el horizonte! ¡Qué alivio!

Carla Bianco

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

Hoy la derrota tocó la puerta de mi casa. Y me tocó a mí. Me tocó en los huesos, porque la derrota hace eso, te toca en los huesos y te enfría el cuerpo. Pero veamos las cosas con los ojos al revés. No todo está perdido: todavía nos queda el Mañana. Y mañana cuando sea el Mañana todo podrá ser diferente. Pero ya está bien de lamentarse. Tictactictactictac. Ya nada rima ni hace mella. Cuando el silencio entra por la ventana uno tiene que decidirse a salir por la puerta. Y eso está bien. Es lo que se tiene que hacer: salir por la puerta porque el silencio ocupa mucho espacio. Pero antes hay que cerrar la ventana, no vayamos a resfriarnos.

Diego Molina


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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

HOY, COMO UN DÍA

HOY, COMO UN DÍA

Qué distinto es el sabor de tu piel
cuando te posas sobre mi pecho.
En ese instante todo se detiene ante nosotros
y una burbuja de aire, nos envuelve.
Solo tú y yo, unidos por nuestros labios
que no quieren alejarse
que no quieren dejar pasar más el tiempo.
Perdidos en la piel, deslumbrados por su sonido,
recorremos desiertos donde el silencio no existe.
Ya se escuchan a lo lejos algunos tambores,
danzas milenarias azotan la furia y el misterio.
Terco en la conquista de nuevos mundos
desciendes por desfiladeros a los que nunca, nadie, llegó.
Mi cuerpo empieza a temblar, sinuosas laderas recorren tu boca,
manjares prohibidos se mezclan para ti, mientras te espero en la orilla.
¡Para, para! Te grito desde la cumbre, ¡para!
Mi voz transita suspiros,
y mis cadenas de mujer se abren para ti.
¡Que nadie me busque en este planeta!
el vuelo se ha hecho interestelar.
Siento el aleteo constante de tu lengua
buscar un sentido más, toque agridulce
que enloquezca el palpitar.
Agitados porque deseo,
nada puede apagar la llama.
Reímos entre gemidos que van y vuelven, una y otra vez,
caricias y miradas nos hablan de la vida.
El eco de tu sexo reposa en mí, mientras encuentro la clave:
ahora debo de emprender yo la búsqueda.
Fuertes correntadas me arrastran a tu miembro varonil.
Sedienta de ti, con hambre que no se sacia,
te recorro para lanzarte al universo, mientras amarras mi pelo
queriendo verme gozarte, tomarte en mi boca, besar todo de ti.
Vulcano ha vuelto a despertar para calmar, por instante, la sed de mi deseo.
El vacío ha llegado a nuestras manos, te siento en el aire, te respiro.
Las puertas siguen abiertas y los ojos ciegos de amor,
se clavan en tu sonrisa: nuda, satisfecha, agradecida.
Han cesado los vientos huracanados y la seda, viste nuestros océanos.
Hoy como un día más, has logrado darme vida; saciar el ansia de ti.

Magdalena Salamanca

HOY COMO UN DIA

Sonrío desde el oficio del ciprés
desde lo alto de las tapias
desde la ansia de lo eterno
y la sombra del que rueda.
¡Ah desnuda vida!
¿no te acuerdas de las playas?
En las orillas hay balcones y ráfagas,
una cintura de gracia
y un arpón en la garganta.
Para abreviar las nubes
alguien carraspea
redondea su sombra con el planeta
y alarga los polos
en el rebotar loco de la horda.
Préstame un cuaderno de pinturas
te dejo mis manos y los lentos ejércitos
para el pigmento de los que espían la noche.
Desnuda la vida
nos encontramos en las palabras.

Laura López

HOY, COMO UN DÍA

Hoy, como un día, descubro de ansias la vereda
por la que he de caminar enseguida
sin distanciarme del grupo.
Disueltos los ojos en las cavernas
se quedan mirando a todos lados
y descubren la fe que se ha colmado
de tanto dicho estropeado.
Vengan las aventuras a mis sienes
a vivir de antojo y vestidos
los 14 años que fueron
el manantial de agua de la fuente.
Un antojo consumido,
hecho y dicho, en fin vivido,
como lo que se recuerda y no se vive,
como lo que se vive sin recuerdo.
Y la escarcha de los días
que agúa el mar de los lamentos
así me encuentro entristecida,
entre llanto y llanto,
entre verso y verso.

Pino Lorenzo López

HOY, COMO UN DÍA

Danza la noche servil a tus cuidados
ave de los encuentros, prisionera
de tu pasión deslavazada.

Baila conmigo esta canción.
Las letras que dibujan tu cuerpo
en esta página
siguen un ritmo desconocido.

No temas, amor, el hielo se derrite
con los colores de una voz
y la cigarra que sólo canta,
canta para otros su canción.

Cruz González Cardeñosa

HOY, COMO UN DIA

La historia es una noria de avatares
incluso parece cíclica si se mira en perspectiva
todos somos nómadas en algún momento
de una huida, una aventura, un dolor…
los sucesos son concatenaciones
que el duende de la vida se encarga de cruzar,
y en cualquier circunstancia
el afecto y el rencor son cristales convexos
y no hay pared que los sujete igual.
Antes de que llegue la lágrima al rostro
diré que hoy, como en un día pretérito
el desamor se enredó en mi pecho
ha secuestrado mi aliento
y busco las palabras que lo liberen
para seguir recorriendo el mundo.

Ana Velasco

HOY, COMO UN DÍA

Es una lluvia de Oriente
de frente de amapola
sufriendo el plomo repetitivo
calor de calores, abrasadores.

Clémence Loonis

HOY, COMO UN DÍA…

¿Hay algo más importante que cerrar los ojos
y avizorar el mar rampante que sacude los sueños?
¿No eras ese gran desconocido que se hacía pasar,
íntimo enemigo, por un hermano de sangre?
Lleváis el mismo apellido y, sin embargo,
nadáis en distintos océanos.
Sumergidos, vacíos por dentro
de tanto pensar hacia afuera.
Anónimos defraudadores,
traficáis con vuestras máscaras.
Escapar siempre es mejor que dejarse llevar
por oscuras corrientes submarinas.
Un ciego torrente te arroja a playas desconocidas.
El cielo, explosión celeste tachonada de estrellas,
habla una lengua que has olvidado.
Sus signos graves, la repetición inconclusa,
enigma que no te distrae de los asuntos importantes.
La vida doméstica con su lazo invisible
hace un nudo ciego sobre tus sentidos.
Un falso horizonte te retiene
con abrazos atrofiados.
Corona de sentidos y de afectos la inquieta cabeza.
Hoy, como un día u otro,
navegas en estancadas aguas inmóviles.

Ruy Henríquez

HOY, COMO UN DÍA

Hoy, como un día que fue
olvidado entre tus días
perdidos sin recorrer,
has buscado en la red
lágrimas para vivir.

Hoy, como un día que
te quedaste sin saber
olvidado tú también
en una idea cerrada
con una llave mirada.

Hoy, como un día
cuando hasta ti llegaré
tratando de anochecer,
como una luz encendida
espero mi para qué.

Kepa Ríos Alday

HOY, COMO UN DÍA

Sueño insuficiente
viene con dolor
de cabeza.
Perforaciones y agujeritos,
entre mis pocas
ideas.

Las ocurrencias
se revuelven
y congelan.
Suman entre sí,
una lógica tonta;
te ayudan, te animan.
Nos consuelan.

Qué poca utilidad,
bajarse del caballo,
continuar
hablando,
caminando,
observando
ninguna estrella.

No nos quedan batallas,
asuntos,
ni tantos pareceres.

Hoy me arrepiento
de ayer.
Hoy hablo,
cambio el pasado.

Gómez Gabriel

MIRANDO EL MAR

Espacio, eco y memoria.
Amplio espejo de sal,
dorado manto en espera.
Frente a tu línea azul,
todo fin es comienzo.
Eco y huella de voces,
de pasos.
Patria que recorro,
agitado o paciente,
tu sonido es compañero.

Carla Bianco

HOY, COMO UN DÍA

Como un día de abril
te recuerdo; floreado,
altivo, claro y oscuro,
claro y celeste; moteado
con nubes blancas.
Te recuerdo como quien
dice una mentira,
te recuerdo por hábito
y por tu delicada sonrisa,
te recuerdo por momentos
y siempre antes de caer el día.
Como un día de abril
te recuerdo; sin existir,
lluvioso, verde brillante,
verde claro, verde, verde.

Diego Molina


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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

LA CONFESIÓN

LA CONFESIÓN

Son treinta y siete los alumnos que llenan el aula el primer día de clase.
No importa la carrera que van a estudiar, para el caso eso es algo anecdótico.
Lo relevante son las palabras del profesor. Si al menos uno o dos pueden escuchar algo de lo que les diga se irá contento a su casa.
Ustedes se preguntarán por los otros treinta y cinco. Yo no.

  • Señoras y señores, les recuerdo que estamos en el 2026 y ustedes viven en el s XIX.
    Se terminó tener una mirada ingenua respecto a sus compañeros, a partir de hoy no les creerán cuando hablen, escucharán sus actos antes que sus palabras.
  • ¿Entonces no tenemos que prestarles atención?
  • Le agradezco la pregunta, que una persona con ciento cincuenta años pueda respirar y decir lo que sea a la vez tiene mucho mérito.
  • ¿Y a usted? ¿A usted tenemos que seguirle cuando nos diga algo?
  • Para eso primero ustedes tendrían que estar aquí y yo haberles hablado. ¿Puede confirmar que tales cosas han sucedido?
  • Claro, le vemos y oímos.
  • Esperemos que al finalizar el curso hayamos al menos cambiado de siglo.

Hernán Kozak

LA CONFESIÓN

-No está decidido si jugaré esa partida. Estuve distraída y ahora cuando vuelvo me encuentro con esta historia y, la verdad no me parece que haya que arriesgar tanto por una tontería. A veces nos vamos metiendo donde nadie nos llama y sin saber por qué nos encontramos en situaciones tan inesperadas como novedosas.
-Entiendo que estás nerviosa.
-Por una parte, no puedo decir que no, después de todo el lío y, por otra parte, no estoy segura de que sea una buena idea la de dar ese salto al vacío sin paracaídas.
-No exageres, querida.
-Quién me asegura que nadie ganará, que no andaré perdida en un océano de preguntas sin respuesta, dime ¿quién?
Llaman a la puerta.
-Está todo preparado, el novio está aquí. ¿Estás lista?

Cruz González Cardeñosa

LA CONFESIÓN

Confesó lo que no había hecho, quién sabe por qué. Era un chico algo peculiar porque si bien normalmente era un gordo que tragaba todo tipo de porquerías a todas horas y se pasaba la vida viendo películas de artes marciales, a veces parecía muy juicioso y cabal. De pronto, en algunas situaciones, para sorpresa de todo el mundo, adoptaba posiciones muy razonables y nobles. Creo que ninguno de nosotros entendíamos a aquel compañero de clase.

Pues lo que pasó es que nos pillaron robando dinero de los bolsos de los profesores en el claustro. Menudo lío se formó. Y entonces, él, que había sido cruelmente expulsado de nuestro pequeño cenáculo delictivo, dijo que había sido él. Nadie supo por qué. Tal vez lo que quería aquel chico es que nadie lo entendiese. Nada, timidez.

Kepa Ríos Alday

LA CONFESIÓN

Vuelvo a leer las palabras de tu último mensaje y leo en ellas la confesión innecesaria de quien ya hace tiempo dejó de ser inocente, pero por eso mismo también valiente e incauta. Hablas más bien, como alguien que ya no diera importancia al valor de lo que piensa ni a la verdad de lo que dice y que se conforma con repetir lo que ha escuchado decir mil veces. Tus palabras revelan certeza y aplomo, como si no cupieran en ellas más personas que lo que tú dices. Hablas pues, como si el tiempo se hubiera detenido. Eso se nota. Se nota que ya no tienes ganas de ir con ensoñaciones, ni de ir pensando en mejorar lo que creías se podía arreglar. Como cuando el amor era todavía una extensión de tierra inexplorada donde, si hubieras querido, podrías haber construido un buen lugar para vivir. No como hicieron los viejos, los antiguos, los que ya no son más que recuerdos. No como hacían todos aquellos cansados de vivir o de repetir las mismas cosas que ya habían sido dichas tantas veces y de tantas formas, sin acertar a decir nada que valiera la pena. Ahora, tampoco tú escuchas lo que antes decías y te asomas perpleja creyendo ver tu reflejo en el río que corre en las márgenes del tiempo.

Ruy Henríquez

LA CONFESIÓN

Sale del muslo, se atreve a la confusión camino del sentido y cuando se topa con una daga, con una noche de temblores, y algo de exaltación, allí, es cuando ocurre, en ese primerísimo tiempo del agua.
Hubo de haber vapores del pálido interior y del exterior ampliamente brillante, manifestaciones volcánicas, explosiones de gases recurrentes, una belleza puesta al revés. Y es, entonces, cuando quiero agradecer el alcance de los verbos y de los que no pude, la mirada que me sigue como espía y el amor que, a veces, infiltra mi piel como hormigueo. Rodando, todo está listo para el futuro. Cada paso lleva su espuma de confesión como el mar con su costumbre de nacer y nacer, y más adelante, tras la vereda, se podrá leer el rumbo de planetas que irán poniendo huellas de alegría presente.

Clémence Loonis

LA CONFESIÓN

Habíamos intercambiado algunos mensajes por wasap:

  • Hola, mi nombre es María y soy técnico de seguridad de una empresa de vigilancia
  • Hola, yo soy Alberto y trabajo de encargado de planta en El Corte Inglés.

Aquel inicio de conversación no había dado sus frutos y había quedado detenida en el tiempo. Pasados dos meses, ella recordó aquellas frases y volvió al chat del wasap. Dos nombres y dos profesiones no constituyeron el inicio de una gran conversación, de una prometedora amistad o, quien sabe, de un gran amor.

Sintió curiosidad por saber qué había sido de aquel encargado y trató de continuar la conversación:

  • Ah! ¿Encargado de El Corte Inglés? Mi padre, también, fue encargado de planta durante muchos años.
    Un tic, primero, luego dos. Después los dos tic en azul. Lo ha visto, pensó, pero no respondió.
    Ya no había foto de perfil; no había más información que aquella que aseguraba su puesto de trabajo en el famoso comercio español.
    Se preguntó si su respuesta había llegado tarde, si era de aquellos hombres que solo escriben cuando su mensaje es respondido al instante, y no insistió más.
    Al cabo de dos meses en su teléfono sonó una notificación. Esa mañana andaba preocupada por un asunto médico y esperaba que le respondieran con urgencia a una cita que estaba por confirmar. Ahí está, pensó. Abrió el móvil, entró en el wasap y un mensaje de un número desconocido apareció. Lo abrió:
  • Hola María. ¿Cómo éstas? Se te ve muy guapa en la foto. Disculpa que haya tardado tanto en contestarte, pero he de hacerte una confesión. No me llamo Alberto y no soy encargado de El Corte Inglés. Me llamó Augusto y llevo dos años en prisión. En septiembre termino mi condena y, si aún estás interesada, tendré un gusto enorme en tomar una cerveza contigo.

Pino Lorenzo López

LA CONFESIÓN

Ya lo anunciaba: una ciudad llena de cosas jóvenes. Vendrá el relámpago, vendrá. Y sacudía todas las abejas perdidas de súbito. En la víspera de la sal, el agua designó costumbres y trepó por el hierro hasta encontrar un rostro de infancia y mañana. Alguien empapó un pecho frondoso hasta atender a una reciente hermosura que desembocó en un perfil de rosa. ¿Quién viene? Algunos alzaron sus manos, otros ardieron en un vientre floral sin tan siquiera oír su nombres. Estos no llegaron jamás a contemplar un hueso. Fueron altos pero descalabrados.

Laura López

LA CONFESION

Yo maté a mi padre
-¿Cómo asi?
Volví a casa tras un tripi, me crucé con él y nos enfrentamos, mis últimas palabras fueron que no quería volver a verle. Y esa noche se cayó por el barranco.
-¿y cuando clavó el destornillador en la rueda?
Eso lo hizo mi madre, tras enterarse que la lotería que ganó hace un año se lo envió a un orfanato de Nepal.
-¿Conoce la razón?
Supongo que, por resentimiento, porque no estuvo de acuerdo en adoptar una hermana para mi. Pero eso pasó hace tiempo…

Ana Velasco

LA CONFESIÓN

Me confieso agnóstica, metódica.
También soy fiel y, a veces, lunática.
Que estoy un poco loca o me he vuelto. Puede que sí.
Pero una buena confesión, requiere sinceridad y el tipo del bigote, ése que hace de poli bueno, ha prometido traerme tabaco a la celda.
Hace años que no fumo, pero tampoco había sido asesina y ya ves, he aprendido.
Al menos no bebo, aunque me vendría bien una copita de algún vino dulce, umm dulce como mi venganza, dulzón como el que te mató.

Con lo bien que había arreglado la casa, el nuevo juego de sábanas de nuestra cama conjuntando la decoración del hogar. Blancas, igual que nuestra relación y pura, porque mi amor es puro y tú lo aprovechaste. La anterior tela ya no podía con las machas, las del vino de tu borrachera y las de mi sangre. Ésa que derramaba con cada puñetazo, con cada golpe que me diste sabiéndome indefensa.
Un colchón que pinchaba y quemaba en mí a partes iguales.

Una pausa para el pitillo que trae el poli majo. Porque con cada calada abrazo mi libertad.
A veces, te quedabas dormido y era mi alivio. Pero la mayoría me obligabas del cuello a entregarte parte de ese amor puro, agotado.
Veía una película, pero de ésas que has visto tantas veces que conoces el final de sobra.

Otra calada de contemplación.
Nunca he sido tan libre como hoy, aún estando en la cárcel con vistas a unos barrotes descoloridos.

Tuve que hacerlo. Eché el veneno en la botella para que, esta vez, durmieras para siempre.

Paty Liñán

LA CONFESIÓN

“—Deslumbrarse no es lo mismo que permanecer despierto. Si uno encuentra un motivo, aunque sea uno pequeñito, ínfimo, para asumir un riesgo y continúa con él, persiguiendo esa visión, esa oportunidad algo ilusoria; entonces la vida en general comienza a girar. Se reorienta. La Tierra se tambalea y, aunque eso nos aterre, también podría suponer algún tipo de mejora. La que sea: un despido, un abandono, perder el pasaporte y llegar tarde a todos los compromisos…”

El señor Mandril hablaba así delante de sus alumnos, como quien tararea contra las paredes. Había comenzado por darles los buenos días, educadamente, y, mientras planteaba su lección de geografía, una arruga en el mapamundi lo había despistado. El maestro confundió “Oceanía” con “sentiría” y, a partir de ahí, continuó charlando ininterrumpidamente, en el mismo tono sereno que utilizaba para dar clase, pero completamente ido y como si nada. El señor Mandril hablaba como si estuviera en privado, confesándose a un amigo íntimo de edad avanzada, sobre asuntos graves. Andaba teniendo una conversación de las que llaman profundas, en público y sin interlocutores. Parecía hallarse en un trance y probablemente este señor se arrepentiría de todo lo que iba diciendo.

Ningún alumno se atrevió a interrumpirle ni a avisarle. A los chicos les podía la curiosidad de saber qué más contaría, y también, estaban asombrados y algo asustados, por andar escuchando cosas que notaban que no deberían saber. Casualmente, esa mañana se les revelaban verdades de adultos. Y les parecieron todas muy tristes.

El Señor Mandril continuaba confesándose: describiendo a una mujer malvada, a otra que lo hirió tanto, a otra que no pudo conocer lo suficiente, a una más, que era demasiado joven y a varias, que se burlaron de su salario… Hablaba mal de las mujeres en un colegio masculino y los niños se rieron en silencio. Estaban de acuerdo en despreciarlas.

Aquella mañana, tomaron muchas notas. Escritas y mentales, subrayando con énfasis las palabras desconocidas e irreverentes. Se fascinaron y permitieron que el maestro llegara hasta el final de la hora, sin apenas tragar saliva ni mirarlos. Sonó la campana que anunciaba el final de la lección y el señor Mandril recobró el sentido. Les dio las gracias por su tiempo y se despidió hasta el día siguiente. No se había dado cuenta de nada.

Gómez Gabriel

LA CONFESIÓN

Hoy escribiré con el alma, o sea con los dedos, más bien las manos, mejor dicho, con una mano: la derecha porque soy derecho, lo que se dice también, diestro. Después de usar mi alma para fines tan poco lucrativos, le daré reposo y un baño de sales. Le masajearé la espalda, que la tiene dura y llena de nudos por cargar tantos sinsentidos o también muchosentidos que prefiere guardarse para sí misma, aun así, le haré el favor, a ver si con eso se abre más con uno, al final solo nos tenemos el uno al otro, BUENO, también tiene a todas las demás almas que ha tocado, es decir, todas las orgía-almas que ha tenido durante estos años le han dado alguien más con quien hablar. Pero no soy celoso. Lo importante es tener salud y para eso ya le daré un baño de sales y un masaje a mi alma, poco tiene de qué quejarse. Al final eso es lo que haré. Servirme a mí mismo. BUENO. Servirme a mí mismo me parece algo lógico, aunque también ilógico, más bien una corazonada, algo lógico-ilógico de primera. Lo que se dice ser congruente, vaya. Lo confieso, hoy será la última vez que escriba con el alma. Así no llegaré muy lejos.

Diego Molina


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MIRANDO AL MAR

MIRANDO AL MAR

Me gusta quedarme detenido
frente a los juegos que me propone su sonrisa,
los sonidos tienen un color diferente cada vez
y hace que me olvide de las fotografías
que son como paginas arrancadas de la memoria.
No distingo la superficie
aunque puedo con un ligero movimiento de mis brazos
juntar los extremos de una palabra que huye del viento.
Me trae todas las historias
que pueda escribir,
me trae todas las cartas de amor
que sea capaz de vivir.

Hernán Kozak

MIRANDO EL MAR

El cielo azul en tus ojos
rastrea las orillas de mi corazón
y lo sumerge en una inconmensurable
ausencia llena de misterio y lejanía.

Es mirando el mar que me distiendo
y soy la llave incendiada de mi noche,
la nota que derrama distorsionados
arpegios y los devuelve al movimiento
continuo para florecer en sus espumas
y morir cuando me hablas.

Cruz González Cardeñosa

MIRANDO EL MAR

Mirándolo al mar de frente
fue que desaparecí
no fui nadie de repente
porque nadie había en mí.

Yo era tiempo que pasaba
desde algún remoto fin,
que va del tiempo al no tiempo
del morir al no vivir

en mi cuerpo un solo instante
que no fuera para ti
rencor de antiguos planetas
inmenso afán de vivir

en la dicha frase fuerte,
dicho que no dió de si.
Mirándolo solamente:
yo solo de ti existí.

Kepa Ríos Alday

MIRANDO EL MAR

Desde la cama, el infinito,
que no se ve, pero se presiente,
parece más grande y más hondo,
como si no se acabara de caer en él.

No se ve el mar, pero su aire salobre
suspira en cada rincón de la estancia,
corrompiendo de sal los anillos del tiempo.

La ciudad es un reflejo de lo que,
mirando el mar, se vería desde una colina.
Una enorme masa inconcreta se mueve a lo lejos
como si agonizara bajo un manto de niebla.

El cielo tiñe con azulados trazos
las sombras que entre destellos se esconden,
simulando la vida que lleva dentro.

Una ola se encrespa rabiosa en la orilla
queriendo arrancar con sus manos el eterno secreto
que fingen conocer sonrientes la arena y la roca.

Pero la tierra deshecha que moldea la ciudad,
suspira ignorando lo que la mirada busca.
Querría también ella complacerte con una respuesta
y entregar sus tesoros ocultos,
si supiera lo que mirando preguntas.

Mil años de navegación no han dejado
cicatrices en sus aguas oscuras.
La ciudad es una herida en la tierra
que recuerda otra herida y que retiene
ruidosa la vida que bulle secreta,
soñando con el mar abierto en la noche infinita.

La cama es entonces una balsa ligera
adentrándose en aguas profundas,
en la que alguien intenta escapar de su isla

Ruy Henríquez

MIRANDO EL MAR

Una postal resuena en mi cabeza con una melodía
de una playa y unos niños que juegan.
Las barcas, en la arena, desoyen el canto de las sirenas
y divagan tranquilas sobre su suerte.
El hombre, marino, busca un chapuzón
y se asoma a las olas para saltar como un niño.
Una, otra, aquella más grande, el corazón en un puño,
la espuma que circunda.
La sal ligera en el cuerpo revienta sus poros secos
y brilla al sol.
Se lame las heridas abiertas de las curvas de sus manos.
El calor hace estragos.

Pino Lorenzo López

MIRANDO AL MAR

Vi las alas del unísono
cuando el día desembocaba.
Se dilataron las ansias de los chiquillos
en la arena, a los pies de las voces
de sus prestidigitadores.
Con el olor a todas las cosas
se sentía la tranquilidad de los pájaros
cuando no llueve,
extendiendo el vientre en la orilla
de un labio estremecido.
La fertilidad sacude los bordes y la estampa.
El mar sin olas pesa más que el cielo
por eso cae.
Hay un tallo oscurecido que se corona en flor
una sombra hacia la luz.

Laura López

MIRANDO AL MAR

Se me antoja encaje
esa espuma que abraza la resaca,
su prolongación podría ser una sábana
con la que disipar los calores
que entrañan los alisios.

Ausencia, abandono, embriaguez
un refresco en la mano, otra mano en mi muslo
un velero a lo lejos construyendo una historia.
El silencio se rompe ¡vuelven las gaviotas!
La luna saca su caña,
cuenta seducir al crepúsculo.

Es hora de pisar la arena
de ceder al salitre las viejas durezas,
brincan los tobillos
imposibles trapecios se salpican
algún beso cae al agua
mientras la marea vuelve a su festín.

Ana Velasco

MIRANDO EL MAR

Aquel lugar que amabas ya es noche
cerrada, cuentos de hadas que creó
un orfebre sonámbulo.

Reparan los seres cada extremo,
cada áspera llaga
de este estambre de vacío.

Aún, mirando al mar, veo pedazos
de canciones de cuna, leprosas,
en la trastienda de la arena.
Donde cada dávida es un escalofrío
de veneno, un pálpito
de ojo lunar en la almohada.

Y sin embargo crece un cristal opaco,
entre un frío sueño y unos médanos
que nos separan, cada día, más.

Paty Liñán

MIRANDO EL MAR

Hablo con ventanas abiertas.
Se acerca el bramido de
los transeúntes, sus tibios cánticos,
a la mañana. Sus cuchicheos
madrileños y gritos.
Los claxon, los motores,
las grúas y las perforaciones
al cemento.

Éste es mi paisaje, mi mar
de polvo y asfalto.

Recuerdo que el mar ahoga
los sonidos. Evita que nos distraiga
la vida en la corteza.

El mar, la mar, nos incita a las
profundidades. La mar es brava.
Sus olas golpean, ocultan y enfrían.
Admirada espuma.

Se ama la mar, cuando se la teme.
Una mar nórdica,
de medusas gordas
y resbaladizas.
Era la mar que tragaba niños
y escupía historias.

Nuestro padre explicaba:
la mar tiene su ley,
que no es la nuestra.
La humanidad empequeñece
ante los azules, cobres y violetas.

Gómez Gabriel

MIRANDO EL MAR

A las tres en punto
me puse mi chal.
Desperté con aire fresco
y una sonrisa fugaz;
con ganas de detener
el tiempo, de mirar el mar.
A las tres y cuarto
pensé en la luna
y en su tristeza sin igual;
en un rostro blanco y redondo,
en una madre hecha de cristal.
A las tres y media
se me ocurrió un sueño.
Y después un nuevo cielo
con grandes nubes de queroseno;
en esa vida era más sincero.
Ya para las cuatro en punto
olvidé el resto de mis recuerdos:
no había lunas, ni nubes, ni soles
que marcaran el tiempo.
Había un hombre en el desierto,
una cruz, una cita, un evento.
También había lo que se dice un mar,
una ola, un momento.
Había un hombre con aire fresco,
sonrisa fugaz…
un hombre con ganas de detener
el tiempo, de mirar el mar.

Diego Molina


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EL LIBRO ROJO

EL LIBRO ROJO

Lo encontré en alguna estantería del despacho de mi padre: El Libro Rojo del Cole. En aquella época yo me llevaba bien con mi padre. Me creía de izquierdas, progresista, o como quiera llamarse a la gente que celebra la abolición de la nobleza. Entonces cuando encontré ese libro me pareció muy interesante y empecé a leerlo. Como buen comunista no pasé de tres o cuatro páginas. Sin embargo ahora me ha venido a la memoria aquel libro rojo del que no recuerdo más que el título.

Bueno, pues yo era de izquierdas porque mis padres eran de izquierdas y me llevaban a colegios de izquierdas y a sitios de izquierdas.

En algún momento alguien explicó que la izquierda era progresista y la derecha conservadora. Años más tarde resolvió ese dilema con la analectas de Confucio que dice: <> Claro -pensé entonces- que tontería eso de tener que ser siempre progresista o siempre conservador. ¿No sería más inteligente decidir con cada cosa qué conservar y que progresar?

Me parece que al principio la izquierda aglutinaba a los burgueses y a los trabajadores y la derecha pertenecía a la nobleza desplazada. Ahora como ya no existe la nobleza, parece ser que la derecha son los burgueses y la izquierda los trabajadores.
Fue después, estudiando a Freud en Menassa, donde me di cuenta que la izquierda son los que temen no tener nada y la derecha los que temen perder lo que tienen; y que por eso es que siempre hay dos bandos: mujeres y hombres. Las primeras con los órganos genitales internos, es decir, invisibles; los segundos con los órganos genitales externos, a la vista.
Entonces ahora creo que estoy entendiendo algo de porqué lo contrario de tener es ser. Porque son dos fantasías opuestas. Unos fantasean que tienen poder sobre algún objeto, otros fantasean que son alguien.

Ahora sé que el único poder que se puede tener es el de impedir que otros humanos gocen del objeto que me pertenece; del mismo modo que sé que no somos más que palabras y que las palabras, el lenguaje, son nosotros mismos. Nadie las dice más que nosotros nadie las escribe no las lee ni las escucha más que nosotros, todos nosotros.

El libro rojo no me lo leí nunca. Yo decidí leerlo pero luego me olvidé del libro rojo y leí otros mil libros de todos los colores. Sin embargo creo que el rojo es un buen color para un libro. El libro que publique será de color rojo.

Kepa Ríos Alday

EL LIBRO ROJO

El libro rojo fue una leyenda, luego le pusieron letras y marcó una época o la explicó. Hoy, que pasaron los siglos, sólo vive en la voz de algún terráqueo que tal vez lo recuerde o le sirvió. Mi padre tenía un libro rojo con muchas letras que algún día escondió. Algunos lo buscaban, pero él nunca se lo dio. Le costó el trabajo. Luego, mi padre murió. Quizás cambió su color, se destiñó por el tiempo o en verdad desapareció. La leyenda continúa… la leyenda y yo.

Cruz González Cardeñosa

EL LIBRO ROJO

No resulta fácil hablar de aquel tiempo. En cierto modo, no me equivoco si digo que todos preferiríamos olvidar los acontecimientos que tuvieron lugar durante esos años. Estábamos poseídos por un furor ciego que se fue consumiendo, abandonándonos en una perplejidad que aún nos cuesta reconocer. Resulta difícil creer a la vista de los acontecimientos, que fuéramos tan manejables, que llegáramos a ser esa dúctil arcilla caprichosamente moldeada por lo que ahora parecen argumentos débiles y fácilmente refutables. Nosotros, los jóvenes, los invencibles, los indomables caballos de la revolución, ignorábamos que en realidad no éramos más que frágiles criaturas utilizadas para arrasar una sociedad cuyos sutiles vínculos milenarios apenas comenzábamos a conocer y a descubrir como propios. La ingenuidad de nuestro propósito sirve ahora para delatarnos. Si nos hubieran ordenado reconstruir con nuestras manos aquel vasto imperio tal vez habríamos dudado. Pero lo que el libro rojo parecía exigir de nosotros era destruirlo todo antes de comenzar a construir algo nuevo.
He vuelto a leer aquel libro ahora prohibido, y experimento la misma zozobra que sentía siendo niño cuando leía un libro religioso. Me cuesta admitir sus parábolas, su lenguaje alegórico, sus inescrutables vínculos con la realidad. En aquella época, sin embargo, sus principios parecían claros, fácilmente interpretables, por el simple hecho de que lo leíamos en grupo durante horas. Lo que en silencio y de forma individual resultaba ininteligible, en voz alta se hacía meridianamente claro. El sonido de sus sentencias elementales y débilmente estructuradas, se hacían firmes como una espada que rasgara el velo que cubría nuestras mentes. El pequeño libro rojo que todos portábamos en el bolsillo de la camisa, surtía un poder hipnótico sobre las masas necesitadas de una dirección.
A veces pienso que el libro fue una invención juvenil de nuestra generación. Si no hubiera sido el libro rojo, podría haber sido cualquier otro. En realidad fue una justificación, la mejor que encontramos, para unirnos en torno a nuestras ansias de cambio. Queríamos cambiarlo todo, incluso lo que aún no conocíamos. Nos creímos dueños de la verdad, los constructores de la sociedad perfecta que desecharía todo lo antiguo. Sin saberlo, encarnamos los más antiguos mitos, los temores que desde el principio guardó la humanidad. Fuimos, sin quererlo, los instrumentos de un antiguo designio. La rueca en la que se clavó nuestra inocencia, para sumirnos en un letargo que dura hasta hoy.

Ruy Henríquez

EL LIBRO ROJO

Iba una cooperativa de viandantes en seguimiento de alguien que vociferaba que la justicia debía entrar en el ruedo de la finca donde residía, en una habitación solariega. Era hijo de unos señoritos, bien mirado y mejor vestido, con las uñas bien pulidas y manos bien cuidadas que con pluma en mano escribía y escribía todo aquello cuanto escuchaba. Quería una querella contra la ama de llaves y que la encerraran, por si escapara.
El alcalde, con un botijo en la mano, bebía agua fresca por las calores y a su cintura los sudores se acumulaban. Caía el agua fresca, y a su edad pensaba que no estaba para tantos menesteres, y en cayendo quien ese buen mozo era, no quiso tirar más de la cuerda. En la posada le esperaban cuando terminara aquel encaratulado todos los mismos señoritos que de longanizas y tocinos le prometían en su vejez reposada. Veíase en un sillón recostado abanicándoles las mejores mozas de todo el condado y en estas que se ensoñaba, que volvió al estrado.
En trayendo el señorito sus apuntes encuadernados de todo (decía) cuanto había escuchado de la vecindad, también de las malas lenguas que al ama envidiaban, una trama quijotesca se había creado. Un plato suculento había preparado con ayuda de otras criadas y, inventándole un nombre y compartiendo a cuanto llegare solicitándole, el señorito la acusaba de apropiarse de la fama y de que con sus malas artes a otro cortijo había ayudado sin necesidades, en quitándole su pan, que le había robado.
Mandó entonces el alcalde que comparecieran los testigos, y resultaron ser ecos de corrales y lenguas de ventana, que mucho hablan y nada saben. Quedó el ama de llaves honrada y absuelta, y salieron el señorito y el alcalde tan escarmentados, que uno aprendió que la sospecha no es prueba, y el otro que la justicia, cuando se vende por un plato de tocino, acaba cobrando en descrédito la deuda.

Laura López

EL LIBRO ROJO

De mi escaso contacto con los libros cuando era niño, recuerdo el día en que mi abuela me pidió que la acompañara a casa del boticario, tenía que llevarle unas hierbas, que en eso la yaya sí se conocía. Mientras estaban a sus cosas observé una puerta entreabierta al final del pasillo, la empujé y me encontré una habitación tapizada de libros hasta el techo, este espació se clavó en mis ojos para siempre, sobre la mesa que ocupa el centro de la sala destacaba un libro rojo, pasé la mano por encima y luego lo abrí descubriendo unos cuerpos semidesnudos en posiciones rarísimas, apenas me dio tiempo a reaccionar pues oí una voz que me llamaba y lo cerré al instante. Por supuesto no dije a la abuela, pero a partir de aquel día buscaba la ocasión para volver a la casa del boticario. Repetidamente me acercaba a buscar el libro, no volví a encontrarlo sobre la mesa ocupaba un estante que con mi estatura era inalcanzable. Años más tarde, finalizando mis estudios universitarios me topé con un ejemplar similar en la Cuesta de Moyano, mis ojos lo reconocieron al instante. Desde entonces el Kama-Sutra no abandona mi mesita de noche.

Ana Velasco

EL LIBRO ROJO

Las caricias nos llevan muy lejos: a prados verdes donde el sol nunca desaparece, a barrios hechos de estuco y melancolía, a espacios grises que abandonan el tiempo. Pero si soy sincero, el cansancio me acecha. Hay compases que, si tuvieran sentido, nos matarían. Una suspensión en el tiempo. Escribía sin cesar y mis pequeños dedos se iban deshaciendo con el esfuerzo, las horas como bien dicen, no pasan en vano. Seguí compartiendo lo que sé porque si no la vida no tendría sentido. El rosa pasó a rojo y cada vez más rápido la materia se transformaba. Mi cuerpo cambiaba con el sonar tictac. Lo veía con mis propios ojos y no podía creerlo, estaba maravillado. Era como presenciar el nacimiento del cosmos o las flores salir de sus capullos en cámara rápida. Cuando fluyó el chorro rojo no pude detenerme. Rojo carmesí. Rojo ámbar. Rojo. Lo que se dice rojo, rojo. Hombre ya. Así, lleno de mí, entregué al día siguiente mi manuscrito. Con suerte, la tinta sería la misma. Misma y acompañada. Misma y hecha de negro y mucho rojo. Al terminar de escribir, encontré el titulo preciado. Adivínalo.

Diego Molina


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INFAME CRIATURA

INFAME CRIATURA

Fuime creado sin honra,
sin crédito en ningún banco
con ninguna estimación.
Me hicieron en un hotel

para entretenerse un rato,
mi padre sabes quién fue.
Sin motivo me engendraron
y yo nunca habría nacido

de no haber tú intervenido.
Tú me estás pariendo ahora
diciendo que querías solo
solo hacerte el que leía,

ahora que no comprendes
he aparecido en tu vida.
Soy la infame criatura
de tus horas sin salida

de tu vivir inconstante
¿Tu lectura y yo escritura?
Tu crees que me has leído
yo: que no exististe antes.

Kepa Ríos Alday

INFAME CRIATURA

Te estrecho y te estremeces,
infame criatura agigantada por el tiempo,
buscando en lo profundo de la tierra
la rosa que te ofreció el amor.

El aire se subleva y la noche,
cercada por el blanco lunar,
se precipita entre sollozos
sobre la dureza de la piedra
y la parte en mil pedazos
de amor azucarado y pegajoso
dulce y tierno amor olvidado.

Cruz González Cardeñosa

INFAME CRIATURA

Destejiendo laberintos,
ciegamente se adentra tu alma
en la oscuridad siniestra, volátil,
liminar en sus formas,
desnuda de toda humanidad,
cómplice de las sombras,
como si supiera definitiva la noche,
la nube que cubre el alba,
la espesura que diluye
convicciones o certezas,
la confianza en que se apoya
toda transformación,
todo despertar a un nuevo sueño,
la ordenación de los elementos conocidos,
los mismos clavos ardiendo,
los jamases predispuestos,
los futuros imperfectos,
los nunca que tanto te ignoraron
y que hicieron de ti una ráfaga de viento,
un suspiro en los labios,
la paz perpetua de una promesa
leída entre líneas y que jamás
alcanza su valor definitivo,
su porvenir sin preguntas,
lejos de la infame criatura
que alimenta tus dudas,
la angustia sin límites
de la que está compuesta,
dibujada por una mano inexperta
sobre el lienzo que extiende la mañana.

Ruy Henríquez

INFAME CRIATURA

El gallo canta dos veces en el maizal recién nacido
blanco como la harina, de roja cresta,
sus espolones lleva.
Su verbo, en cobardía de aureolas
a la tercera vez llega con su estatura de hombre.
Un Judas embalsama el cantar con la guitarra
desconocemos los rostros de los éxtasis malvados.
El vándalo va prensando los días
con horizontes de hambre,
sin pan para el mañana.
Reclina sus vientos sin molino
la diosa Temis le da la espalda
se arquean las balanzas
y se tiñe la espada…
Se buscan Judas
que emprendan en la escarcha
y por unas monedas vendan
la tierra patria.
¡Qué negocio el de arrepentirse
cuando la tez se aciaga!

Laura López

INFAME CRIATURA

Infame criatura,
tu despotricar me llega a los tobillos,
estoy esperando que tus próximas palabras
alcancen la suela de mi zapato
y ahí, pisaré fuerte.
El talón se hundirá en tu propio fango
dejaré el calzado sumido en esa desfachatez
y en un salto buscaré el sauce
que me aúpe hacia un horizonte
más liviano.

Ana Velasco

INFAME CRIATURA

Infame criatura que
te relames en lo más vil,
y en lo eterno.

Podrido ladronzuelo,
tú, que vives sin mí;
y que, por tu deshonra,
desespero.

Pérfida y huidiza,
sepulcro de todas las
felicidades.
Es bochorno encontrarte de día,
ver que eres yo,
y soportar que rías.

Color de vómito, olor a rábano,
pestilente sombra chamuscada.
Todo en ti es porquería.

Tú, pésima y estúpida,
que me amas cualquier día.
Entiérrate, no quiero verte,
Me sobra tu nombre,
arruinas mi suerte.

Gómez Gabriel

INFAME CRIATURA

Infame criatura de pesados dientes
tu aire de grandeza te queda chico.
Caminas con un par de botellas
entre sueños dormidos, y te preguntas
si hay lugar en la mesa que ocupe tu ahíto.
Infame criatura de colmados hombros
sonrisa risueña, ojos pequeños.
Te haces viejo sin envejecer un solo pelo.
Quién pudiera, a tu edad, tener esos arrebatos.
¡Quién pudiera pasar de siglo
y seguir siendo niño!
Porque bien sabes el destino de tus palabras;
el peso de tu corazón entre montañas.
Y apareciste como acto de magia
magia hecha luz, sin razón encadenada.
Infame criatura, ni todos los pecados
del mundo, se comparan con tu acto
más humilde, más malvado.
Sabes bien lo que te hablo, criatura mía:
el haber engendrado la más inocente,
la más risueña de las criaturas,
una criatura… igual a ti.

Diego Molina


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LOS AURICULARES

LOS AURICULARES

Yo quiero que oigas lo que yo oigo, que vibremos juntos. ¿Cómo podría hacerte escuchar lo que necesito? Necesito que escuches este soplo del corazón del universo, este virus que investiga y seduce a las plácidas galaxias. Los corazones humanos necesitan orejas humanas y bocas y manos humanas para conectarse. Necesitan escribirse y cantarse, pero también leerse y escucharse.
Lo que tenemos de infinito no está dentro del cuerpo si no que entra por los ojos y las orejas y sale por las manos y la boca principalmente.
No puedes escuchar, pareces inerte. Es que los auriculares capitalistas no me permiten compartir contigo esta historia cantada, este pensamiento de lana natural.
-Mamá -preguntó a su madre una niña que pasaba- ¿qué hace ese señor hablando con un balardo?
No le mires -respondió la madre- o tendrás que denunciarle.

Kepa Ríos Alday

LOS AURICULARES

Tengo los dedos metidos en sangre como aquella condesa que buscaba la juventud eterna, y se volvió fría como la eternidad. Pero no todo reside en los dedos, a veces, se hinchan los ojos hasta la articulación, se desplazan los sonidos para alcanzar el fin del sobresalto y se cierra el aire que respiramos en el malecón pulverizado.
No quisiera abrir puertas desconocidas o perder los papeles frente a tanta impunidad. Impunidad y, sin embargo, tú y yo, quisiéramos conectarnos en una frecuencia estable para dejar fluir el orgullo, la simpleza de no saber qué palabra escoger pero escogerla, la palabra que no matará pero que denuncia la aplastante sumisión.
No quisiera, como Boris Vian, morir de inanición en un cine cuando torturan de miedo al silencio. No quisiera hacer rodar los cadáveres de mi vida para bloquear el hambre infernal del depredador. No quisiera saber demasiado de las alas del cuervo ni tomar partido por un cordón o una pregunta insaciable.
Quisiera, sin embargo, acostarme con la noche y el día y con los auriculares en el bolsillo salir a pasear en el incendio.

Clémence Loonis

LOS AURICULARES

El forense dijo que la caída fue provocada probablemente por un monopatín a toda velocidad. Como se dio a la fuga solo se admitían especulaciones. Sin embargo, el verdadero culpable o mejor en plural, los culpables, fueron los auriculares que como ven todavía siguen en su sitio. No solo impidieron escuchar la llegada del vehículo, sino que provocaron el coágulo que dejó al cerebro sin oxígeno hasta provocar este nefasto desenlace.

Ana Velasco

LOS AURICULARES

Entre murmullos, como en aquella genial historia donde todos mueren, nos abrazó el viento. Éramos unos chiquillos. Con ganas de soñar, nos elevó el viento, y volábamos sin parar entre cerros y nubes blancas, en busca de un lugar donde compartir nuestros sueños. Primero sonaba la cruz, cayendo en una repetición constante. No dejaba de caer así que nos volvimos locos. Quisimos matarnos, como es normal en estos casos, pero nos ganaron las ganas de respirar amor. No era suficiente con hablar primero, había que habitar el fuego. Ese símbolo de la pureza y la destrucción. Incontrolable. Ingobernable. Todo ha sido así siempre, desde el principio, y luego ha cambiado. Pero hablemos de cosas más interesantes. Como de la muerte, que no tiene sonido, nadie nunca ha escuchado a la muerte llegar, ni irse, en ese caso. Hoy me has ganado en mi pensamiento. Hoy, como nunca más, te escucharé y no habrá salida.

Diego Medina


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SIN EXPLICACIONES

SIN EXPLICACIONES

Cuando el tiempo no te pide paso
se oyen de lejos voces que te miran,
juicios atormentados de nadies
disfrazados de sabios del amor.

¿Qué tienen que decir?
¿qué sabrán de nuestras caricias?
Esas que llegan cuando el ansia
rompe el reloj y las horas no avanzan.

¡Ven! Adéntrate en mi boca
el oleaje a comenzado,
sé el naufrago de mi lengua,
ella solo sabe buscarte entre las aguas.

Noto como emerges a la razón
de los mares que agitan enloquecidos
la calma oceánica de mi sexo.
¡Oh Neptuno! Desenfunda el tridente.

Tu sal, sanará las heridas del pasado,
mientras conserva entre nosotros
la temperatura perfecta
para la inmersión de nuestros cuerpos.

¿En qué me has convertido?
No me reconozco en esta piel

humectada de aromas
que fortalecen el alma.

Señor de las profundidades
has hecho cantar a las sirenas,
haces que el fuego y el agua
convivan amándose entre mis piernas.

Magdalena Salamanca

SIN EXPLICACIONES

Ayer se mató un abismo
de alguna enfermedad rara,
se convirtió en puente un río
y se declaró la nada.

Ayer se escapó mi preso:
cuando miré ya no estaba.
Mi madre me quitó el pecho
y me abandonó mi amada.

Yo le pedí explicaciones
a la gente que pasaba.
Alguno fue a decir algo
pero también preguntaba.

Kepa Ríos Alday

SIN EXPLICACIONES

No supimos de dónde vino el viento,
tampoco qué susurros volcaron sus oídos
ni qué sombras sujetaron el candil.
¡Parecía una pareja feliz!
Un día dejaron de dar noticias
rehusaron recibirlas,
nadie supo encajar este desafío,
algunos lo llamaron duelo ladino
pero los más sentimentales
no entendieron el por qué ese exceso
y se hizo insoportable
desconocer los motivos.

Ana Velasco

SIN EXPLICACIONES

La he visto, esa fiesta furtiva de ratones
en la cocina, un conjuro entre sábanas
y ese vértigo que ata entre tus piernas
las membranas de una camisa cadáver.

El temblor, desde adentro de la fogata,
pólvora que cruje a través de las llagas
de los besos huérfanos sin explicaciones.

La médula de la infancia arrójala
al hervidero de las brumas,
al caldero de diálogos de latón,
fúnebres llaves baldías en el río Aqueronte.

Salva ahora, palmo a palmo, cada partícula
de oxígeno, cada porción del rincón de lágrimas,
peldaños, en los reflejos malváceos de espejos,
que no alcanzo, en algún irreconocible paraíso.

Paty Liñán

SIN EXPLICACIONES

Corriente y olor agrio,
a vinagre, y a cerrado.
Tú sabes qué significa,
y ya no lo niegas.

Hombres con cadera ancha,
que contornea, que se
arremolinan suplicando
para recibir órdenes.

Hombres hermosos, como
no pensé que existieran.
Surgís de las cloacas,
de la hombritud.
Os humillan y arrastran, os solicitan
muecas, maneras,
perturbaciones.

Hombres que todavía
no han conocido la libertad,
ni la lucha, ni el valor
de arrepentirse. Hombrecitos,
que quedaron nerviosos
como niños.

Y a nosotras, ¿qué?
Nos toca luchar disimulando.

Nos toca rescatarnos,
unas a otras. Mientras que
a ellos, hay que mirarlos
con carisma.

Escuálidos en el mar,
andan tan confusos.
Se nos ha perdido
una legión.

Los hombres se enfurruñan.
No entienden,
nadie les explica.

Gómez Gabriel

SIN EXPLICACIONES

No hacía falta decirnos nada.
Partamos de esa diáspora
de ese fin de los tiempos.
Hoy quise ser otro, pero
me encontré conmigo mismo.
Me vi un largo rato a los ojos
y cuando llegó la noche
pedí pasar primero.
Han pasado varios años
desde entonces
y sigo de pie donde mismo.
Los inviernos no han sido en vano,
ahora un solo gesto es suficiente
suficiente para saber que se ha terminado.
Diáforas.
No hacía falta decirnos nada,
hay quienes pasan una vida entera
sin decir una sola palabra.
Hoy quise acabar con el invierno,
como de costumbre,
me encontré en el camino.

Diego Medina


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