
ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA
La música que sonaba vestía las mañanas de festín para comenzar el día. Me acostumbré a aquellos ritmos que se escuchaban por el patio y que encadenaban mi recuerdo a otras épocas. Sonidos de guitarra, de piano, de compases con rima asonante y un taconeo.
Eran un grupo de música que venía a tocar a la ciudad y que ensayaban desde muy pronto. Se les oía hablar, divertidos, conjugando sus voces con los sonidos de los instrumentos y una voz celestial que cantaba.
Fueron tres mañanas que me acompañaron en el desayuno por aquel amplio patio de la casa. Imaginaba sus caras, sus cuerpos, sus edades. Eran dos hombres y dos mujeres, de eso no había duda; había distinguido los timbres de sus voces.
Orquesté una treta para tropezar con ellos y cuando escuché de uno de ellos que decía que bajaba a la calle a comprar el periódico, salí corriendo de mi casa, casi a medio vestir y bajé las escaleras, apresurada. Mientras bajaba me di cuenta de que había salido con un solo zapato. Cuando fui a volver para coger el otro, la puerta, sin tener yo las llaves, se había cerrado.
En qué situaciones te pone la vida, pensé, cuando uno juega con su deseo al gato y al ratón. No había vuelta atrás. Tenía que enfrentar aquella situación; ir a tocar a aquel piso del que tronaba aquella música y presentarme y, de paso, contarles la anécdota de lo que me había pasado.
Toqué en la puerta, descalza, ya que me pareció que bajar con un solo zapato daría un aspecto de desquicie. Me peiné, como pude, y estiré la ropa que llevaba puesta.
A la puerta salió una mujer, de unos 80 años, guapa, elegante. Con una voz grave y fuerte me invitó a pasar después de presentarme.
Allí estaba el grupo de los cuatro, como los músicos de Bremen, cantando, bailando y recitando versos.
Me invitaron a pasar la tarde con ellos y a presentar su espectáculo en las distintas salas y teatros que habían concertado para actuar.
Cuando salí de aquel piso, mágico, y volví a mi casa a tratar de resolver el problema de las llaves, vi que la puerta no se había cerrado del todo. Un pequeño empujón bastó para ceder.
Pino Lorenzo López
ESA RIMA ASONANTE
En las ciudades distantes venimos al mundo. Admiramos sus tapias, sus torres, caminamos y alguien siempre desaparece. Sin asombro, en los espejos, vemos nuestros rostros, esos que habían existido antes. Seguimos en las ciudades, ajenas, porque permanecemos como las piedras, compactas, grises, sin movernos, a no ser que alguien nos empuje. Entonces las aristas se pierden, saltamos, nos juntamos, el río nos atraviesa, nos deposita y somos cantos rodados. El habla es más suave que aquel que fuiste tanto tiempo. En esta rima asonante va la poesía.
Laura López
ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA
Esta mañana fui al cementerio para dejar unas flores y no estaba el muerto. Me dijeron que se fue de vacaciones. Quedé muy triste. De todas formas, les dije que se quedaran con las flores y las dejaran donde corresponde para que a la vuelta no viera la tumba tan vacía.
Qué extraño, nunca se me había ocurrido que los muertos también necesitasen vacaciones.
Cruz González Cardeñosa
ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA
Era un color con un aplomo diferente a lo que los bostezos suelen decir, tenía en la pupila el brillo que atrae la palabra y hasta el más callado colocaba a las letras un timbre de lujo, de porvenir. Un amor que asonaba siempre abierto.
Clémence Loonis
ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA
Hacia un tiempo que mi cuerpo quería hablarme, como si un diapasón hubiera ido perdiendo sus cuerdas, la falta de la primera cambiaba el sonido, pero en cuanto la repusiera, otro día se rompió la siguiente, porque la desconfianza lo fue llenando todo, hasta que esta semana otra cuerda se rasgó, casi a la vez que mi alma, detrás de una puerta estaban echando mierda sobre mi cabeza, hubiera preferido no escucharlo, pero ya no tiene remedio. Me quedé dudando que hacía con esa guitarra malherida, si echarla al fuego o darle otra oportunidad. Si estoy escribiendo es porque opté por la segunda, solo había que recomponer todo aquello que impedía que sonara bien, también en mi vida había al menos una rima asonante que era prescindible para una nueva partitura.
Ana Velasco
ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA
Necesitaba un revulsivo en mi carrera como restaurador. Llevaba ya diez años abierto y los clientes empezaban a cansarse. Me daba cuenta que poco a poco cada día había más mesas y sillas vacías. Tal vez era mi pertinaz soledad que ya aburría a los clientes haciéndoles decidirse cada vez más por otros restaurantes.
Necesitaba alguna idea intrépida. Cerré los ojos para volar y me vino a la mente aquel poema no recuerdo de quién, donde hablaba de ir a una ciudad, no recuerdo cuál, solo por su nombre, atraído por el solo sonido del nombre de la ciudad. Eso es lo único que recuerdo de aquel poema. Recordé también como unos clientes alemanes me dijeron que habían entrado porque habían visto en el cartel la palabra «gachas» y les había parecido muy exótico: tenemos que probar qué son las gachas, dijo alguno del grupo, y entraron y se sentaron a la mesa directamente. Y cuando empecé a hacer poleá también hubo varios clientes que habían entrado porque no sabían lo que era y querían probarlo.
Ahora todos los restaurantes de la localidad ofrecen en su carta gachas y poleá. ¡Qué copiones!
No, ya me di cuenta de que tenía que cambiar. No me valía ya rescatar más platos clásicos con nombre exótico. Tenía que crear. Necesitaba algo que llamase la atención por el nombre, que fuese fácil de memorizar… Lo mejor sería una rima. Algo así como: Lentejas con mollejas, chipirones revolcones, natillas de morcilla… Si, mejor
algo asonante para que no sea tan evidente, empalagoso.
¡Ya lo tengo! -dijo la cocinera, que estaba oyendo la reflexión- «melón con jamón», además se puede servir tal cual, sin cocinar, muy fácil, exótico y con rima asonante.
Kepa Ríos Alday
ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA
La edad, si la aprovechas, te da distancia. Y conforme pasan los años, se pueden vivir partes de la vida como si fuera un teatro, una actuación ininterrumpida, donde una va tratando de desmembrar a los personajes, de comprender algo de la trama.
Me dedico a pelar lo que se aprecia a primera vista, e ir encontrando otras caras y nuevas lógicas en los comportamientos. Freno mis primeras reacciones, hago algo por tolerar, por hablarle a otra persona, más allá de la que veo y se presenta.
Lo hago así con la jefa de recepción, del edificio donde vivo. Es una señora que siempre está allí abajo, en la entrada, pendiente de lo que hace cada vecino, dispuesta a quejarse, comentar y ayudar. Conoce todos nuestros nombres y apellidos; le encanta cotillear y que le cuenten lo que no se debe, aunque no lo reconoce. A mí, su presencia me agobia porque me hace sentir vigilada y juzgada. Cuando me da los “buenos días”, escucho sus sentencias condenatorias tras el saludo casual. Ella masculla su desaprobación en voz baja y arroja miradas de disgusto. Cada vez, me pregunto qué le molesta: si acaso es tarde o pronto; si mi aspecto no es el que espera, o si mi tono de voz suena hosco. Lo que hago frente a esta señora nunca parece apropiado y su presencia en la recepción me lleva a los infiernos, a diario.
Procuro organizar mi jornada para no tener que encontrarme con ella. O, también, pasar por recepción cuando hay barullo y su ceño fruncido no me agrede directamente, porque anda repartiendo reproches entre otros.
Yo crecí en este edificio, pensando que esta jefa es una ogra, infectada de cristiandad, con quien es preferible no pasar demasiado tiempo, ni dejarse contagiar por sus sermones. Sin embargo, ahora que le pongo distancia y teatro, voy desmembrando al personaje y lo aprecio. Tras sus gestos ariscos y sus palabras severas, la señora, de pronto, aparece sencilla, incluso amable e imprevista. Entonces, desde el vacío, me la dejo de creer.
Voy desenmascarando esa actitud perfeccionista y rígida de la mujer madura, que husmea hacia adentro con dolor. En su lugar, encuentro a una niña pequeña y confundida, que no solo reprocha, sino que también tiembla, se asusta y no sabe qué contestar. Se comporta como si la vida y sus exigencias fuesen demasiado. Se empeña en que su trabajo sea difícil. Es también una niña algo decepcionada, con miedo a las mayores y a las otras niñas, que odia a su mamá, de la que tanto se ocupa. Para soportarse a sí misma, esta niña se aferró a los principios morales y ahora los arroja contra todo el vecindario. Su moral ya no es moral, sino su manera de tener sexo. Pide más, más y más…
En estos intervalos, la mujer de recepción me enternece; comprendo algo de su desilusión, de sus sumisiones y de sus remordimientos. Me apena. Miro dentro de sus ojos negruzcos, marchitos y leo también esa tristeza, los deseos acallados y la permanente lucha interna. Otro deseo traicionado por imposición familiar.
En esa niña de setenta años me veo a mí, todavía a tiempo de ayunar, de abstenerme de los falsos frutos que ofrece Dios. En lugar de a la señora que me riñe, yo le hablo a la adolescente que todavía es capaz de plantarse y protestar. Le hablo a la que pudo haber sido y continúa despierta. En ese rato en que estamos juntas, le doy mi ejemplo libertario; se asusta; soy mayor que ella. Se atreve, levemente a confiar en una palabra torcida e incompleta.
A esa jefa, también se le puede dar la vuelta. Cuando deja de endurecer ese papel, su pelo vuelve a ser negro tizón y su sonrisa soñadora. La jefa rima y se repite, como asonante, sin coincidir del todo. La jefa regresa para hablarnos del peligro de querer algo, de confiar algo a alguien. La niña lucha por expresarse todavía; la encuentro en sus risas nerviosas y en su gesto contento. A la niña y a la vieja, toca permitirles salir y comandar lo que venga.
Una tarde, me quedo a hablar con esta señora trece horas seguidas. A ella nadie le había pedido que dijera nada; nunca le habían preguntado qué opinaba. Se confiesa: me cuenta que mató a su marido porque era más libre que ella, que trata de envenenar a su madre y que siempre ha querido huir y abandonarnos a todos. Dejar a los niños en la calle y no regresar al trabajo. Me cuenta todo esto horrorizada, como si no fuese de lo más común y yo la atiendo impasible, entendiendo que también querría matarme a mí. Que mi presencia le recuerda todo a lo que ella había dicho “no”, que me chutaría con cianuro. A ella le habría contentado más que yo fuese otra desgraciada, enferma en su pasillo, pidiendo tareas, haciendo actos serviles y casada con un hombre que está harto de mí.
Yo le digo que todo esto ya lo sabía. Y que ese amor que me tiene necesita expresarlo de otra manera: reconocer su admiración. Le doy las gracias por no matarme como a mis otros dos hermanos, por dejarme nacer y por poner obstáculos inferiores a mi fuerza. Le digo que nunca es tarde, que mi éxito también es en parte suyo, que su odio me hizo fuerte y temeraria. Y que su ejemplo me explicó todo a lo que yo renunciaría: a la frigidez, las obligaciones morales, los azúcares y la religión. Paradójicamente, sus morales me han hecho libertaria; gracias a la reincidencia de sus ataques, a mí ya nada me puede parar. Me he criado con el enemigo tan cerca, que lo sé todo de él.
A esta jefa le doy las gracias, por las duras y las maduras. Reconozco sus momentos de generosidad y que, cuando quiere, es culta y divertida. Después, voy a hacer deporte. En el gimnasio repito ejercicios, trabajo hasta que me duela, busco un límite, olvido lo que dije y cumplo con la recuperación.
Gómez Gabriel
LA CONFESIÓN
Valentín afirmaba carecer de lo que su nombre ostentaba: valentía. Así que entre su deseo, ya en la línea de la adicción a los dulces, y su temor infundado a las reacciones ajenas, defendía sin enemigo a la vista el alto consumo de azúcar.
En ese ir y venir de su pensamiento, entre dolido, rebelde y vencido, llegó a charlar con el nuevo sacerdote. Se lo había poco menos que rogado su madre. Ya a esa altura el doctor lo miraba con gesto de resignación y la balanza temía marcar nuevamente la realidad de su peso en aumento.
El sacerdote resultó amable, de sonrisa amplia, lo ayudó a iniciar el diálogo.
Valentín se fue soltando, se fue animando. Su nombre comenzó a sentirlo de su talla, y ¡aquello fue de no creer! Podrán llamarlo fe o magia, lo cierto es que él se sintió liviano después de tantísimo tiempo.
Aflojó las palabras, que se amontonaban por salir, aquello de la confesión y del secreto profesional del cura lo sintió realmente una bendición.
Pudo criticar desde su madre al doctor, pasando por los vecinos y más de un compañero de trabajo. Dejó de lado las buenas costumbres y asoció el azúcar a su deseo por la esposa de su primo. Aquello era de alquilar balcones, pero sólo estaban ellos dos. Y la promesa de que todo sería ordenado, no había falta en su pensamiento, así que podía repartir mejor las pasiones y no sólo recargar en un sitio el placer: los dulces.
¡Aquel hombre salió con la frente en alto y la mirada en el horizonte! ¡Qué alivio!
Carla Bianco
ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA
Hoy la derrota tocó la puerta de mi casa. Y me tocó a mí. Me tocó en los huesos, porque la derrota hace eso, te toca en los huesos y te enfría el cuerpo. Pero veamos las cosas con los ojos al revés. No todo está perdido: todavía nos queda el Mañana. Y mañana cuando sea el Mañana todo podrá ser diferente. Pero ya está bien de lamentarse. Tictactictactictac. Ya nada rima ni hace mella. Cuando el silencio entra por la ventana uno tiene que decidirse a salir por la puerta. Y eso está bien. Es lo que se tiene que hacer: salir por la puerta porque el silencio ocupa mucho espacio. Pero antes hay que cerrar la ventana, no vayamos a resfriarnos.
Diego Molina
TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero








