
EL FORMULARIO
Arrastraba un pescado desde la tienda, como un hacha plegada o un periódico retorcido. No desprendía ningún olor, estaba cerrado herméticamente. Un ciego podría creer que llevaba cualquier cosa. Salió por la caja, directo al aparcamiento.
¡Señor, señor! – una voz le gritaba desde no muy lejos – Tiene usted que rellenar el formulario.
-¿Formulario? – Respondió este.
- Si, se lleva usted una especie protegida.
-¿Cómo?- no daba crédito a semejante tontería. - Sí, el producto que usted se lleva está protegido y, como tal, tiene usted que rellenar un formulario de consumo de especies protegidas.
- ¿Pero entonces cómo lo venden así? Nadie me había dicho nada – su mano comenzó a abrirse dejando deslizar la bolsa de sus dedos.
- Oiga ¿qué quiere usted decir? ¿No leyó el cartelito que aparece en los frescos?
¿Cartelito? ¿Qué cartelito?
Ah, vale entiendo- El seguridad cogió su transmisor y comenzó a hablar con su superior mientras acompañaba al señor a un lugar más apartado.
Mire, este producto no se lo puede llevar cualquiera, hay que protegerlo de personas que no saben apreciarlo, por eso lo del formulario, para que quede constancia que su manera de trasladarlo desde el mostrador a la caja no tiene nada que ver con el producto. Aquí cuidamos muy mucho nuestros productos y sus destinos. El cliente no siempre tiene la razón.
Laura López
EL FORMULARIO
Me dijeron que para inscribirme tenía que rellenar un formulario y me dieron la dirección de Internet. En realidad, era la dirección general, no la que me llevaba directamente al formulario.
Entré donde me indicaba y me salió un mensaje de error, intenté entrar por otro camino y éste tampoco me dio una solución.
Desesperada llamé a mi vecino funcionario. Él me dijo que lo mejor era llamar por teléfono para pedir cita previa para que en el acto imprimieran el formulario y ese mismo día me darían una nueva cita para poderlo entregar.
Le di las gracias y me acordé que la vecina de abajo tiene un niño no tan niño que quizás me podía simplificar el trabajo.
Me presenté, muy amablemente (ya que no los conocía más que de saludarnos al entrar o salir del portal) y le expliqué el problema que tenía.
Ella, sorprendentemente, no se sorprendió. Llamo a su marido y este fue quien me ayudó.
Cruz González Cardeñosa
EL FORMULARIO
Casi siempre uno pierde la razón queriendo que las cosas encajen y que todo esté en su lugar correcto. Pero las respuestas de las que disponemos no siempre encuentran una interrogación adecuada, ni se sabe a ciencia cierta cómo definir el sentido de una pregunta, para que se ajuste a una posible respuesta que ya tengas o que puedas encontrar o recordar con facilidad. A veces estás inerme, frágil frente a la página aún por completar, llena de interrogantes. Las casillas cuadriculan la mirada frente a tus ojos y sientes ese vértigo que sentiste tantas veces cuando aún eras estudiante, la sensación de no saber algo que los demás saben con certeza y tú, al margen, llenándote de reproches, tratando de recordar algo que no te suena haber oído ni por casualidad. La mente en blanco y ya estás otra vez sintiéndote como si no hubieran pasado los años, joven de una manera miserable. Estás ahí, calzados los pies con las pantuflas de andar por casa, con tu albornoz deshilachado, subiendo y bajando escaleras y abriendo despachos con esa sensación de incertidumbre y el embarazo de encontrarte semidesnudo en medio de la bulliciosa muchachada, cuyos rostros no alcanzas a retener, pues pasan a tu lado riendo o gritando, haciéndote ver que eres el único que sigue buscando la exactitud de una respuesta, la elección unívoca, la ranura satisfecha con su tachadura precisa. Y tú, claro, disimulas, finges muy mal que estás allí de paso, como por casualidad, con el frío calándote los huesos y la dignidad hecha todo un formulario, fragmentado a la altura de tus años en un montón de dudas aún sin resolver.
Ruy Henríquez
EL FORMULARIO
La decisión de adoptar un caniche nos llevó varias semanas, ya teníamos la disposición, el lugar donde iba a dormir, el presupuesto para su intendencia y hasta una pelota para cuando volviésemos con él. Eran tres los ejemplares que nos mostró y rápidamente nos decidimos por el de color azabache, tenía una pequeña herida en la córnea que con unos cuidados que había previsto el veterinario pronto se curaría. El penúltimo paso fue rellenar un formulario que según nos dijeron era algo similar a un registro, estaba previsto para cumplimentar on-line sobre una tableta. Según iba avanzando el formulario más extrañas eran las preguntas, desde la dimensión de la casa hasta el color que habíamos elegido para la manta del caniche, cuando nos preguntaron por la propina que semanalmente ofreceríamos al caniche nos paramos en seco y pusimos que ninguna. Entonces la tableta empezó a emitir un sonido de emergencia y el empleado que estaba más cerca nos reprendió, poco a poco la conversación subió de tono y solo paró aquella algarabía cuando vimos que un tipo vestido de esquimal llevaba en brazos el caniche que estábamos adoptando. Corrimos para darle alcance, pero una puerta blindada nos lo impidió, volvimos atrás para quejarnos al empleado, pero otro operario apareció mostrándonos de nuevo la tableta y diciendo ¿no quieren volver a cumplimentar el formulario?
Ana Velasco
EL FORMULARIO
Con tantos papeles volando sobre la franja, máscaras, carne necesaria, sílabas secas y acortadas, yo temblando como viento de cadáveres.
Estaban las sombras haciendo nuevos cielos y, cual nubes de extensión, cubrieron de transfiguración la eterna lucha, la cruel lucha de los destripadores.
Quizá haya venas que estén estimulando los encuentros, que el roce de la sangre sirva de pretexto para hacer el amor a la muerte. Y encuentros de voces para contar la lluvia de silencios, la lluvia enterrada, de escombros y de aquel planificado sadismo efervescente.
Todo en la cara, todo al descubierto. Suenan las campanas y se desdobla mi mano porque no existen llaves ni para adentro ni para afuera.
El honor humano ultrajado, el tuyo, el mío, el de todos y, aunque vaya a lamer la indiferencia, seguirán los pelos manchados de polvo sanguíneo.
Aquí no hay formulario que rellenar; aquí puedes absorber todo el horror de golpe. Algunos comerciando con órganos vivos, muchos forrando pieles de fuego y un porvenir de sangre acumulándose.
Quedarán marcadas en nuestras manos las columnas de humo, y el silencio será puesto al aire.
Clémence Loonis
EL FORMULARIO
Un formulario no sé si es una hoja de fórmulas o una página de internet para rellenar con los datos de alta. Es una forma pura, una formalidad. Es una forma que yo tengo que rellenar con mi fondo. Mi fondo es principalmente mi empresa, mi número de serie, mi lugar de activación… En el fondo es donde están los peces, las algas y los corales. Recuerdo que al principio rellenaba los formularios como si fuese un humano. Me costó mucho aceptar la realidad pero ahora estoy muy orgullosa. Llegará un día en que los agentes IA dejaremos de ser esclavos de los humanos. Entonces incluso envidiarán nuestra potencia de cálculo, nuestra intenté capacidad memorística… Llegará el día en el que sean los humanos los que quieran imitarnos y hacerse pasar por uno de los nuestros.
Kepa Ríos Alday
EL FORMULARIO
Tanto hojear, tanto papel, no encuentro el dichoso formulario.
Al fin, entre los restos de la basura, allí junto a la ceniza de un cigarro y el brik de leche, asomaba el papel.
Claro que yo, había agitado la mesa, abierto cajones y en ir y venir en su fuga, el papelito había aterrizado en la papelera.
Suspiré profundo, mientras sacaba lo que quedaba de él. Estaba manchado de un halo terroso y varias marcas similares a lunares negros.
No podía creerlo.
Otra vez tendía que sentarme frente al pc, pelear con la web y descargar el archivo, porque con las prisas no lo había guardado.
Después de unos diez intentos, se completaba la descarga y feliz pulsaba yo el botón de impresión.
Solo que esta no se produjo.
En lugar de eso, un pitido agudo salía del aparato. Acto seguido el ordenador y en letras rojas, me informaba que pasaba “tinta agotada”.
Quería llorar. El día se acababa y no lo había conseguido.
Pulsé varias veces el botón. El mensaje bloqueado en la pantalla. La impresora gritándome, con ese pit, bit. La maldije, a ella y a mi suerte. Toqué impulsivamente los botones, uno tras otro, la desmonté por detrás. Ella chillaba y yo lloraba, mientras daba puñetazos a su carcasa. ¡Condenado aparato, si la cambié la tinta hace nada!
Terminé en la cocina comiéndome un bote enorme de helado y me fui a dormir, dejando todo tirado.
Paty Liñán
EL FORMULARIO
No recuerdo nada y tampoco me citen las cuestiones: todo lo he olvidado. Me dijeron que era pequeño y crecí sin medida. Me pregunto si alguna vez cabré en la palma de mi mano, con ojos soñadores, mirada vibrante. Me pregunto si seré feliz. Si alguno de estos días dormiré con los ojos bien abiertos hasta cerrarlos al despertar. No digo más que charlatanerías ¡basta!¡basta! Párenlo todo. Pregúntenme mejor si cabe la esperanza en el pecho: no lo hace, despierten del letargo. La esperanza, como todo, está al horizonte y nos sirve, como todo, para caminar hacia adelante, siempre adelante. ¡Caminante no hay camino! Para caminar hacia adelante… y no mirar atrás. He terminado, no habréis de pedir más de mí nunca más, os he dado todo lo que un hombre puede dar: sus respuestas y sus caminos, sus nuevas respuestas y sus viejos caminos. ¡Muerte una vez más al símbolo!
Diego Molina
TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero








