ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

La música que sonaba vestía las mañanas de festín para comenzar el día. Me acostumbré a aquellos ritmos que se escuchaban por el patio y que encadenaban mi recuerdo a otras épocas. Sonidos de guitarra, de piano, de compases con rima asonante y un taconeo.
Eran un grupo de música que venía a tocar a la ciudad y que ensayaban desde muy pronto. Se les oía hablar, divertidos, conjugando sus voces con los sonidos de los instrumentos y una voz celestial que cantaba.
Fueron tres mañanas que me acompañaron en el desayuno por aquel amplio patio de la casa. Imaginaba sus caras, sus cuerpos, sus edades. Eran dos hombres y dos mujeres, de eso no había duda; había distinguido los timbres de sus voces.
Orquesté una treta para tropezar con ellos y cuando escuché de uno de ellos que decía que bajaba a la calle a comprar el periódico, salí corriendo de mi casa, casi a medio vestir y bajé las escaleras, apresurada. Mientras bajaba me di cuenta de que había salido con un solo zapato. Cuando fui a volver para coger el otro, la puerta, sin tener yo las llaves, se había cerrado.
En qué situaciones te pone la vida, pensé, cuando uno juega con su deseo al gato y al ratón. No había vuelta atrás. Tenía que enfrentar aquella situación; ir a tocar a aquel piso del que tronaba aquella música y presentarme y, de paso, contarles la anécdota de lo que me había pasado.
Toqué en la puerta, descalza, ya que me pareció que bajar con un solo zapato daría un aspecto de desquicie. Me peiné, como pude, y estiré la ropa que llevaba puesta.
A la puerta salió una mujer, de unos 80 años, guapa, elegante. Con una voz grave y fuerte me invitó a pasar después de presentarme.
Allí estaba el grupo de los cuatro, como los músicos de Bremen, cantando, bailando y recitando versos.
Me invitaron a pasar la tarde con ellos y a presentar su espectáculo en las distintas salas y teatros que habían concertado para actuar.
Cuando salí de aquel piso, mágico, y volví a mi casa a tratar de resolver el problema de las llaves, vi que la puerta no se había cerrado del todo. Un pequeño empujón bastó para ceder.

Pino Lorenzo López

ESA RIMA ASONANTE

En las ciudades distantes venimos al mundo. Admiramos sus tapias, sus torres, caminamos y alguien siempre desaparece. Sin asombro, en los espejos, vemos nuestros rostros, esos que habían existido antes. Seguimos en las ciudades, ajenas, porque permanecemos como las piedras, compactas, grises, sin movernos, a no ser que alguien nos empuje. Entonces las aristas se pierden, saltamos, nos juntamos, el río nos atraviesa, nos deposita y somos cantos rodados. El habla es más suave que aquel que fuiste tanto tiempo. En esta rima asonante va la poesía.

Laura López

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

Esta mañana fui al cementerio para dejar unas flores y no estaba el muerto. Me dijeron que se fue de vacaciones. Quedé muy triste. De todas formas, les dije que se quedaran con las flores y las dejaran donde corresponde para que a la vuelta no viera la tumba tan vacía.
Qué extraño, nunca se me había ocurrido que los muertos también necesitasen vacaciones.

Cruz González Cardeñosa

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

Era un color con un aplomo diferente a lo que los bostezos suelen decir, tenía en la pupila el brillo que atrae la palabra y hasta el más callado colocaba a las letras un timbre de lujo, de porvenir. Un amor que asonaba siempre abierto.

Clémence Loonis

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

Hacia un tiempo que mi cuerpo quería hablarme, como si un diapasón hubiera ido perdiendo sus cuerdas, la falta de la primera cambiaba el sonido, pero en cuanto la repusiera, otro día se rompió la siguiente, porque la desconfianza lo fue llenando todo, hasta que esta semana otra cuerda se rasgó, casi a la vez que mi alma, detrás de una puerta estaban echando mierda sobre mi cabeza, hubiera preferido no escucharlo, pero ya no tiene remedio. Me quedé dudando que hacía con esa guitarra malherida, si echarla al fuego o darle otra oportunidad. Si estoy escribiendo es porque opté por la segunda, solo había que recomponer todo aquello que impedía que sonara bien, también en mi vida había al menos una rima asonante que era prescindible para una nueva partitura.

Ana Velasco

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

Necesitaba un revulsivo en mi carrera como restaurador. Llevaba ya diez años abierto y los clientes empezaban a cansarse. Me daba cuenta que poco a poco cada día había más mesas y sillas vacías. Tal vez era mi pertinaz soledad que ya aburría a los clientes haciéndoles decidirse cada vez más por otros restaurantes.
Necesitaba alguna idea intrépida. Cerré los ojos para volar y me vino a la mente aquel poema no recuerdo de quién, donde hablaba de ir a una ciudad, no recuerdo cuál, solo por su nombre, atraído por el solo sonido del nombre de la ciudad. Eso es lo único que recuerdo de aquel poema. Recordé también como unos clientes alemanes me dijeron que habían entrado porque habían visto en el cartel la palabra «gachas» y les había parecido muy exótico: tenemos que probar qué son las gachas, dijo alguno del grupo, y entraron y se sentaron a la mesa directamente. Y cuando empecé a hacer poleá también hubo varios clientes que habían entrado porque no sabían lo que era y querían probarlo.

Ahora todos los restaurantes de la localidad ofrecen en su carta gachas y poleá. ¡Qué copiones!

No, ya me di cuenta de que tenía que cambiar. No me valía ya rescatar más platos clásicos con nombre exótico. Tenía que crear. Necesitaba algo que llamase la atención por el nombre, que fuese fácil de memorizar… Lo mejor sería una rima. Algo así como: Lentejas con mollejas, chipirones revolcones, natillas de morcilla… Si, mejor
algo asonante para que no sea tan evidente, empalagoso.

¡Ya lo tengo! -dijo la cocinera, que estaba oyendo la reflexión- «melón con jamón», además se puede servir tal cual, sin cocinar, muy fácil, exótico y con rima asonante.

Kepa Ríos Alday

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

La edad, si la aprovechas, te da distancia. Y conforme pasan los años, se pueden vivir partes de la vida como si fuera un teatro, una actuación ininterrumpida, donde una va tratando de desmembrar a los personajes, de comprender algo de la trama.

Me dedico a pelar lo que se aprecia a primera vista, e ir encontrando otras caras y nuevas lógicas en los comportamientos. Freno mis primeras reacciones, hago algo por tolerar, por hablarle a otra persona, más allá de la que veo y se presenta.

Lo hago así con la jefa de recepción, del edificio donde vivo. Es una señora que siempre está allí abajo, en la entrada, pendiente de lo que hace cada vecino, dispuesta a quejarse, comentar y ayudar. Conoce todos nuestros nombres y apellidos; le encanta cotillear y que le cuenten lo que no se debe, aunque no lo reconoce. A mí, su presencia me agobia porque me hace sentir vigilada y juzgada. Cuando me da los “buenos días”, escucho sus sentencias condenatorias tras el saludo casual. Ella masculla su desaprobación en voz baja y arroja miradas de disgusto. Cada vez, me pregunto qué le molesta: si acaso es tarde o pronto; si mi aspecto no es el que espera, o si mi tono de voz suena hosco. Lo que hago frente a esta señora nunca parece apropiado y su presencia en la recepción me lleva a los infiernos, a diario.

Procuro organizar mi jornada para no tener que encontrarme con ella. O, también, pasar por recepción cuando hay barullo y su ceño fruncido no me agrede directamente, porque anda repartiendo reproches entre otros.

Yo crecí en este edificio, pensando que esta jefa es una ogra, infectada de cristiandad, con quien es preferible no pasar demasiado tiempo, ni dejarse contagiar por sus sermones. Sin embargo, ahora que le pongo distancia y teatro, voy desmembrando al personaje y lo aprecio. Tras sus gestos ariscos y sus palabras severas, la señora, de pronto, aparece sencilla, incluso amable e imprevista. Entonces, desde el vacío, me la dejo de creer.

Voy desenmascarando esa actitud perfeccionista y rígida de la mujer madura, que husmea hacia adentro con dolor. En su lugar, encuentro a una niña pequeña y confundida, que no solo reprocha, sino que también tiembla, se asusta y no sabe qué contestar. Se comporta como si la vida y sus exigencias fuesen demasiado. Se empeña en que su trabajo sea difícil. Es también una niña algo decepcionada, con miedo a las mayores y a las otras niñas, que odia a su mamá, de la que tanto se ocupa. Para soportarse a sí misma, esta niña se aferró a los principios morales y ahora los arroja contra todo el vecindario. Su moral ya no es moral, sino su manera de tener sexo. Pide más, más y más…

En estos intervalos, la mujer de recepción me enternece; comprendo algo de su desilusión, de sus sumisiones y de sus remordimientos. Me apena. Miro dentro de sus ojos negruzcos, marchitos y leo también esa tristeza, los deseos acallados y la permanente lucha interna. Otro deseo traicionado por imposición familiar.

En esa niña de setenta años me veo a mí, todavía a tiempo de ayunar, de abstenerme de los falsos frutos que ofrece Dios. En lugar de a la señora que me riñe, yo le hablo a la adolescente que todavía es capaz de plantarse y protestar. Le hablo a la que pudo haber sido y continúa despierta. En ese rato en que estamos juntas, le doy mi ejemplo libertario; se asusta; soy mayor que ella. Se atreve, levemente a confiar en una palabra torcida e incompleta.

A esa jefa, también se le puede dar la vuelta. Cuando deja de endurecer ese papel, su pelo vuelve a ser negro tizón y su sonrisa soñadora. La jefa rima y se repite, como asonante, sin coincidir del todo. La jefa regresa para hablarnos del peligro de querer algo, de confiar algo a alguien. La niña lucha por expresarse todavía; la encuentro en sus risas nerviosas y en su gesto contento. A la niña y a la vieja, toca permitirles salir y comandar lo que venga.

Una tarde, me quedo a hablar con esta señora trece horas seguidas. A ella nadie le había pedido que dijera nada; nunca le habían preguntado qué opinaba. Se confiesa: me cuenta que mató a su marido porque era más libre que ella, que trata de envenenar a su madre y que siempre ha querido huir y abandonarnos a todos. Dejar a los niños en la calle y no regresar al trabajo. Me cuenta todo esto horrorizada, como si no fuese de lo más común y yo la atiendo impasible, entendiendo que también querría matarme a mí. Que mi presencia le recuerda todo a lo que ella había dicho “no”, que me chutaría con cianuro. A ella le habría contentado más que yo fuese otra desgraciada, enferma en su pasillo, pidiendo tareas, haciendo actos serviles y casada con un hombre que está harto de mí.

Yo le digo que todo esto ya lo sabía. Y que ese amor que me tiene necesita expresarlo de otra manera: reconocer su admiración. Le doy las gracias por no matarme como a mis otros dos hermanos, por dejarme nacer y por poner obstáculos inferiores a mi fuerza. Le digo que nunca es tarde, que mi éxito también es en parte suyo, que su odio me hizo fuerte y temeraria. Y que su ejemplo me explicó todo a lo que yo renunciaría: a la frigidez, las obligaciones morales, los azúcares y la religión. Paradójicamente, sus morales me han hecho libertaria; gracias a la reincidencia de sus ataques, a mí ya nada me puede parar. Me he criado con el enemigo tan cerca, que lo sé todo de él.

A esta jefa le doy las gracias, por las duras y las maduras. Reconozco sus momentos de generosidad y que, cuando quiere, es culta y divertida. Después, voy a hacer deporte. En el gimnasio repito ejercicios, trabajo hasta que me duela, busco un límite, olvido lo que dije y cumplo con la recuperación.

Gómez Gabriel

LA CONFESIÓN

Valentín afirmaba carecer de lo que su nombre ostentaba: valentía. Así que entre su deseo, ya en la línea de la adicción a los dulces, y su temor infundado a las reacciones ajenas, defendía sin enemigo a la vista el alto consumo de azúcar.
En ese ir y venir de su pensamiento, entre dolido, rebelde y vencido, llegó a charlar con el nuevo sacerdote. Se lo había poco menos que rogado su madre. Ya a esa altura el doctor lo miraba con gesto de resignación y la balanza temía marcar nuevamente la realidad de su peso en aumento.
El sacerdote resultó amable, de sonrisa amplia, lo ayudó a iniciar el diálogo.
Valentín se fue soltando, se fue animando. Su nombre comenzó a sentirlo de su talla, y ¡aquello fue de no creer! Podrán llamarlo fe o magia, lo cierto es que él se sintió liviano después de tantísimo tiempo.
Aflojó las palabras, que se amontonaban por salir, aquello de la confesión y del secreto profesional del cura lo sintió realmente una bendición.
Pudo criticar desde su madre al doctor, pasando por los vecinos y más de un compañero de trabajo. Dejó de lado las buenas costumbres y asoció el azúcar a su deseo por la esposa de su primo. Aquello era de alquilar balcones, pero sólo estaban ellos dos. Y la promesa de que todo sería ordenado, no había falta en su pensamiento, así que podía repartir mejor las pasiones y no sólo recargar en un sitio el placer: los dulces.
¡Aquel hombre salió con la frente en alto y la mirada en el horizonte! ¡Qué alivio!

Carla Bianco

ESA RIMA ASONANTE EN MI VIDA

Hoy la derrota tocó la puerta de mi casa. Y me tocó a mí. Me tocó en los huesos, porque la derrota hace eso, te toca en los huesos y te enfría el cuerpo. Pero veamos las cosas con los ojos al revés. No todo está perdido: todavía nos queda el Mañana. Y mañana cuando sea el Mañana todo podrá ser diferente. Pero ya está bien de lamentarse. Tictactictactictac. Ya nada rima ni hace mella. Cuando el silencio entra por la ventana uno tiene que decidirse a salir por la puerta. Y eso está bien. Es lo que se tiene que hacer: salir por la puerta porque el silencio ocupa mucho espacio. Pero antes hay que cerrar la ventana, no vayamos a resfriarnos.

Diego Molina


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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HOY, COMO UN DÍA

HOY, COMO UN DÍA

Qué distinto es el sabor de tu piel
cuando te posas sobre mi pecho.
En ese instante todo se detiene ante nosotros
y una burbuja de aire, nos envuelve.
Solo tú y yo, unidos por nuestros labios
que no quieren alejarse
que no quieren dejar pasar más el tiempo.
Perdidos en la piel, deslumbrados por su sonido,
recorremos desiertos donde el silencio no existe.
Ya se escuchan a lo lejos algunos tambores,
danzas milenarias azotan la furia y el misterio.
Terco en la conquista de nuevos mundos
desciendes por desfiladeros a los que nunca, nadie, llegó.
Mi cuerpo empieza a temblar, sinuosas laderas recorren tu boca,
manjares prohibidos se mezclan para ti, mientras te espero en la orilla.
¡Para, para! Te grito desde la cumbre, ¡para!
Mi voz transita suspiros,
y mis cadenas de mujer se abren para ti.
¡Que nadie me busque en este planeta!
el vuelo se ha hecho interestelar.
Siento el aleteo constante de tu lengua
buscar un sentido más, toque agridulce
que enloquezca el palpitar.
Agitados porque deseo,
nada puede apagar la llama.
Reímos entre gemidos que van y vuelven, una y otra vez,
caricias y miradas nos hablan de la vida.
El eco de tu sexo reposa en mí, mientras encuentro la clave:
ahora debo de emprender yo la búsqueda.
Fuertes correntadas me arrastran a tu miembro varonil.
Sedienta de ti, con hambre que no se sacia,
te recorro para lanzarte al universo, mientras amarras mi pelo
queriendo verme gozarte, tomarte en mi boca, besar todo de ti.
Vulcano ha vuelto a despertar para calmar, por instante, la sed de mi deseo.
El vacío ha llegado a nuestras manos, te siento en el aire, te respiro.
Las puertas siguen abiertas y los ojos ciegos de amor,
se clavan en tu sonrisa: nuda, satisfecha, agradecida.
Han cesado los vientos huracanados y la seda, viste nuestros océanos.
Hoy como un día más, has logrado darme vida; saciar el ansia de ti.

Magdalena Salamanca

HOY COMO UN DIA

Sonrío desde el oficio del ciprés
desde lo alto de las tapias
desde la ansia de lo eterno
y la sombra del que rueda.
¡Ah desnuda vida!
¿no te acuerdas de las playas?
En las orillas hay balcones y ráfagas,
una cintura de gracia
y un arpón en la garganta.
Para abreviar las nubes
alguien carraspea
redondea su sombra con el planeta
y alarga los polos
en el rebotar loco de la horda.
Préstame un cuaderno de pinturas
te dejo mis manos y los lentos ejércitos
para el pigmento de los que espían la noche.
Desnuda la vida
nos encontramos en las palabras.

Laura López

HOY, COMO UN DÍA

Hoy, como un día, descubro de ansias la vereda
por la que he de caminar enseguida
sin distanciarme del grupo.
Disueltos los ojos en las cavernas
se quedan mirando a todos lados
y descubren la fe que se ha colmado
de tanto dicho estropeado.
Vengan las aventuras a mis sienes
a vivir de antojo y vestidos
los 14 años que fueron
el manantial de agua de la fuente.
Un antojo consumido,
hecho y dicho, en fin vivido,
como lo que se recuerda y no se vive,
como lo que se vive sin recuerdo.
Y la escarcha de los días
que agúa el mar de los lamentos
así me encuentro entristecida,
entre llanto y llanto,
entre verso y verso.

Pino Lorenzo López

HOY, COMO UN DÍA

Danza la noche servil a tus cuidados
ave de los encuentros, prisionera
de tu pasión deslavazada.

Baila conmigo esta canción.
Las letras que dibujan tu cuerpo
en esta página
siguen un ritmo desconocido.

No temas, amor, el hielo se derrite
con los colores de una voz
y la cigarra que sólo canta,
canta para otros su canción.

Cruz González Cardeñosa

HOY, COMO UN DIA

La historia es una noria de avatares
incluso parece cíclica si se mira en perspectiva
todos somos nómadas en algún momento
de una huida, una aventura, un dolor…
los sucesos son concatenaciones
que el duende de la vida se encarga de cruzar,
y en cualquier circunstancia
el afecto y el rencor son cristales convexos
y no hay pared que los sujete igual.
Antes de que llegue la lágrima al rostro
diré que hoy, como en un día pretérito
el desamor se enredó en mi pecho
ha secuestrado mi aliento
y busco las palabras que lo liberen
para seguir recorriendo el mundo.

Ana Velasco

HOY, COMO UN DÍA

Es una lluvia de Oriente
de frente de amapola
sufriendo el plomo repetitivo
calor de calores, abrasadores.

Clémence Loonis

HOY, COMO UN DÍA…

¿Hay algo más importante que cerrar los ojos
y avizorar el mar rampante que sacude los sueños?
¿No eras ese gran desconocido que se hacía pasar,
íntimo enemigo, por un hermano de sangre?
Lleváis el mismo apellido y, sin embargo,
nadáis en distintos océanos.
Sumergidos, vacíos por dentro
de tanto pensar hacia afuera.
Anónimos defraudadores,
traficáis con vuestras máscaras.
Escapar siempre es mejor que dejarse llevar
por oscuras corrientes submarinas.
Un ciego torrente te arroja a playas desconocidas.
El cielo, explosión celeste tachonada de estrellas,
habla una lengua que has olvidado.
Sus signos graves, la repetición inconclusa,
enigma que no te distrae de los asuntos importantes.
La vida doméstica con su lazo invisible
hace un nudo ciego sobre tus sentidos.
Un falso horizonte te retiene
con abrazos atrofiados.
Corona de sentidos y de afectos la inquieta cabeza.
Hoy, como un día u otro,
navegas en estancadas aguas inmóviles.

Ruy Henríquez

HOY, COMO UN DÍA

Hoy, como un día que fue
olvidado entre tus días
perdidos sin recorrer,
has buscado en la red
lágrimas para vivir.

Hoy, como un día que
te quedaste sin saber
olvidado tú también
en una idea cerrada
con una llave mirada.

Hoy, como un día
cuando hasta ti llegaré
tratando de anochecer,
como una luz encendida
espero mi para qué.

Kepa Ríos Alday

HOY, COMO UN DÍA

Sueño insuficiente
viene con dolor
de cabeza.
Perforaciones y agujeritos,
entre mis pocas
ideas.

Las ocurrencias
se revuelven
y congelan.
Suman entre sí,
una lógica tonta;
te ayudan, te animan.
Nos consuelan.

Qué poca utilidad,
bajarse del caballo,
continuar
hablando,
caminando,
observando
ninguna estrella.

No nos quedan batallas,
asuntos,
ni tantos pareceres.

Hoy me arrepiento
de ayer.
Hoy hablo,
cambio el pasado.

Gómez Gabriel

MIRANDO EL MAR

Espacio, eco y memoria.
Amplio espejo de sal,
dorado manto en espera.
Frente a tu línea azul,
todo fin es comienzo.
Eco y huella de voces,
de pasos.
Patria que recorro,
agitado o paciente,
tu sonido es compañero.

Carla Bianco

HOY, COMO UN DÍA

Como un día de abril
te recuerdo; floreado,
altivo, claro y oscuro,
claro y celeste; moteado
con nubes blancas.
Te recuerdo como quien
dice una mentira,
te recuerdo por hábito
y por tu delicada sonrisa,
te recuerdo por momentos
y siempre antes de caer el día.
Como un día de abril
te recuerdo; sin existir,
lluvioso, verde brillante,
verde claro, verde, verde.

Diego Molina


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LA CONFESIÓN

LA CONFESIÓN

Son treinta y siete los alumnos que llenan el aula el primer día de clase.
No importa la carrera que van a estudiar, para el caso eso es algo anecdótico.
Lo relevante son las palabras del profesor. Si al menos uno o dos pueden escuchar algo de lo que les diga se irá contento a su casa.
Ustedes se preguntarán por los otros treinta y cinco. Yo no.

  • Señoras y señores, les recuerdo que estamos en el 2026 y ustedes viven en el s XIX.
    Se terminó tener una mirada ingenua respecto a sus compañeros, a partir de hoy no les creerán cuando hablen, escucharán sus actos antes que sus palabras.
  • ¿Entonces no tenemos que prestarles atención?
  • Le agradezco la pregunta, que una persona con ciento cincuenta años pueda respirar y decir lo que sea a la vez tiene mucho mérito.
  • ¿Y a usted? ¿A usted tenemos que seguirle cuando nos diga algo?
  • Para eso primero ustedes tendrían que estar aquí y yo haberles hablado. ¿Puede confirmar que tales cosas han sucedido?
  • Claro, le vemos y oímos.
  • Esperemos que al finalizar el curso hayamos al menos cambiado de siglo.

Hernán Kozak

LA CONFESIÓN

-No está decidido si jugaré esa partida. Estuve distraída y ahora cuando vuelvo me encuentro con esta historia y, la verdad no me parece que haya que arriesgar tanto por una tontería. A veces nos vamos metiendo donde nadie nos llama y sin saber por qué nos encontramos en situaciones tan inesperadas como novedosas.
-Entiendo que estás nerviosa.
-Por una parte, no puedo decir que no, después de todo el lío y, por otra parte, no estoy segura de que sea una buena idea la de dar ese salto al vacío sin paracaídas.
-No exageres, querida.
-Quién me asegura que nadie ganará, que no andaré perdida en un océano de preguntas sin respuesta, dime ¿quién?
Llaman a la puerta.
-Está todo preparado, el novio está aquí. ¿Estás lista?

Cruz González Cardeñosa

LA CONFESIÓN

Confesó lo que no había hecho, quién sabe por qué. Era un chico algo peculiar porque si bien normalmente era un gordo que tragaba todo tipo de porquerías a todas horas y se pasaba la vida viendo películas de artes marciales, a veces parecía muy juicioso y cabal. De pronto, en algunas situaciones, para sorpresa de todo el mundo, adoptaba posiciones muy razonables y nobles. Creo que ninguno de nosotros entendíamos a aquel compañero de clase.

Pues lo que pasó es que nos pillaron robando dinero de los bolsos de los profesores en el claustro. Menudo lío se formó. Y entonces, él, que había sido cruelmente expulsado de nuestro pequeño cenáculo delictivo, dijo que había sido él. Nadie supo por qué. Tal vez lo que quería aquel chico es que nadie lo entendiese. Nada, timidez.

Kepa Ríos Alday

LA CONFESIÓN

Vuelvo a leer las palabras de tu último mensaje y leo en ellas la confesión innecesaria de quien ya hace tiempo dejó de ser inocente, pero por eso mismo también valiente e incauta. Hablas más bien, como alguien que ya no diera importancia al valor de lo que piensa ni a la verdad de lo que dice y que se conforma con repetir lo que ha escuchado decir mil veces. Tus palabras revelan certeza y aplomo, como si no cupieran en ellas más personas que lo que tú dices. Hablas pues, como si el tiempo se hubiera detenido. Eso se nota. Se nota que ya no tienes ganas de ir con ensoñaciones, ni de ir pensando en mejorar lo que creías se podía arreglar. Como cuando el amor era todavía una extensión de tierra inexplorada donde, si hubieras querido, podrías haber construido un buen lugar para vivir. No como hicieron los viejos, los antiguos, los que ya no son más que recuerdos. No como hacían todos aquellos cansados de vivir o de repetir las mismas cosas que ya habían sido dichas tantas veces y de tantas formas, sin acertar a decir nada que valiera la pena. Ahora, tampoco tú escuchas lo que antes decías y te asomas perpleja creyendo ver tu reflejo en el río que corre en las márgenes del tiempo.

Ruy Henríquez

LA CONFESIÓN

Sale del muslo, se atreve a la confusión camino del sentido y cuando se topa con una daga, con una noche de temblores, y algo de exaltación, allí, es cuando ocurre, en ese primerísimo tiempo del agua.
Hubo de haber vapores del pálido interior y del exterior ampliamente brillante, manifestaciones volcánicas, explosiones de gases recurrentes, una belleza puesta al revés. Y es, entonces, cuando quiero agradecer el alcance de los verbos y de los que no pude, la mirada que me sigue como espía y el amor que, a veces, infiltra mi piel como hormigueo. Rodando, todo está listo para el futuro. Cada paso lleva su espuma de confesión como el mar con su costumbre de nacer y nacer, y más adelante, tras la vereda, se podrá leer el rumbo de planetas que irán poniendo huellas de alegría presente.

Clémence Loonis

LA CONFESIÓN

Habíamos intercambiado algunos mensajes por wasap:

  • Hola, mi nombre es María y soy técnico de seguridad de una empresa de vigilancia
  • Hola, yo soy Alberto y trabajo de encargado de planta en El Corte Inglés.

Aquel inicio de conversación no había dado sus frutos y había quedado detenida en el tiempo. Pasados dos meses, ella recordó aquellas frases y volvió al chat del wasap. Dos nombres y dos profesiones no constituyeron el inicio de una gran conversación, de una prometedora amistad o, quien sabe, de un gran amor.

Sintió curiosidad por saber qué había sido de aquel encargado y trató de continuar la conversación:

  • Ah! ¿Encargado de El Corte Inglés? Mi padre, también, fue encargado de planta durante muchos años.
    Un tic, primero, luego dos. Después los dos tic en azul. Lo ha visto, pensó, pero no respondió.
    Ya no había foto de perfil; no había más información que aquella que aseguraba su puesto de trabajo en el famoso comercio español.
    Se preguntó si su respuesta había llegado tarde, si era de aquellos hombres que solo escriben cuando su mensaje es respondido al instante, y no insistió más.
    Al cabo de dos meses en su teléfono sonó una notificación. Esa mañana andaba preocupada por un asunto médico y esperaba que le respondieran con urgencia a una cita que estaba por confirmar. Ahí está, pensó. Abrió el móvil, entró en el wasap y un mensaje de un número desconocido apareció. Lo abrió:
  • Hola María. ¿Cómo éstas? Se te ve muy guapa en la foto. Disculpa que haya tardado tanto en contestarte, pero he de hacerte una confesión. No me llamo Alberto y no soy encargado de El Corte Inglés. Me llamó Augusto y llevo dos años en prisión. En septiembre termino mi condena y, si aún estás interesada, tendré un gusto enorme en tomar una cerveza contigo.

Pino Lorenzo López

LA CONFESIÓN

Ya lo anunciaba: una ciudad llena de cosas jóvenes. Vendrá el relámpago, vendrá. Y sacudía todas las abejas perdidas de súbito. En la víspera de la sal, el agua designó costumbres y trepó por el hierro hasta encontrar un rostro de infancia y mañana. Alguien empapó un pecho frondoso hasta atender a una reciente hermosura que desembocó en un perfil de rosa. ¿Quién viene? Algunos alzaron sus manos, otros ardieron en un vientre floral sin tan siquiera oír su nombres. Estos no llegaron jamás a contemplar un hueso. Fueron altos pero descalabrados.

Laura López

LA CONFESION

Yo maté a mi padre
-¿Cómo asi?
Volví a casa tras un tripi, me crucé con él y nos enfrentamos, mis últimas palabras fueron que no quería volver a verle. Y esa noche se cayó por el barranco.
-¿y cuando clavó el destornillador en la rueda?
Eso lo hizo mi madre, tras enterarse que la lotería que ganó hace un año se lo envió a un orfanato de Nepal.
-¿Conoce la razón?
Supongo que, por resentimiento, porque no estuvo de acuerdo en adoptar una hermana para mi. Pero eso pasó hace tiempo…

Ana Velasco

LA CONFESIÓN

Me confieso agnóstica, metódica.
También soy fiel y, a veces, lunática.
Que estoy un poco loca o me he vuelto. Puede que sí.
Pero una buena confesión, requiere sinceridad y el tipo del bigote, ése que hace de poli bueno, ha prometido traerme tabaco a la celda.
Hace años que no fumo, pero tampoco había sido asesina y ya ves, he aprendido.
Al menos no bebo, aunque me vendría bien una copita de algún vino dulce, umm dulce como mi venganza, dulzón como el que te mató.

Con lo bien que había arreglado la casa, el nuevo juego de sábanas de nuestra cama conjuntando la decoración del hogar. Blancas, igual que nuestra relación y pura, porque mi amor es puro y tú lo aprovechaste. La anterior tela ya no podía con las machas, las del vino de tu borrachera y las de mi sangre. Ésa que derramaba con cada puñetazo, con cada golpe que me diste sabiéndome indefensa.
Un colchón que pinchaba y quemaba en mí a partes iguales.

Una pausa para el pitillo que trae el poli majo. Porque con cada calada abrazo mi libertad.
A veces, te quedabas dormido y era mi alivio. Pero la mayoría me obligabas del cuello a entregarte parte de ese amor puro, agotado.
Veía una película, pero de ésas que has visto tantas veces que conoces el final de sobra.

Otra calada de contemplación.
Nunca he sido tan libre como hoy, aún estando en la cárcel con vistas a unos barrotes descoloridos.

Tuve que hacerlo. Eché el veneno en la botella para que, esta vez, durmieras para siempre.

Paty Liñán

LA CONFESIÓN

“—Deslumbrarse no es lo mismo que permanecer despierto. Si uno encuentra un motivo, aunque sea uno pequeñito, ínfimo, para asumir un riesgo y continúa con él, persiguiendo esa visión, esa oportunidad algo ilusoria; entonces la vida en general comienza a girar. Se reorienta. La Tierra se tambalea y, aunque eso nos aterre, también podría suponer algún tipo de mejora. La que sea: un despido, un abandono, perder el pasaporte y llegar tarde a todos los compromisos…”

El señor Mandril hablaba así delante de sus alumnos, como quien tararea contra las paredes. Había comenzado por darles los buenos días, educadamente, y, mientras planteaba su lección de geografía, una arruga en el mapamundi lo había despistado. El maestro confundió “Oceanía” con “sentiría” y, a partir de ahí, continuó charlando ininterrumpidamente, en el mismo tono sereno que utilizaba para dar clase, pero completamente ido y como si nada. El señor Mandril hablaba como si estuviera en privado, confesándose a un amigo íntimo de edad avanzada, sobre asuntos graves. Andaba teniendo una conversación de las que llaman profundas, en público y sin interlocutores. Parecía hallarse en un trance y probablemente este señor se arrepentiría de todo lo que iba diciendo.

Ningún alumno se atrevió a interrumpirle ni a avisarle. A los chicos les podía la curiosidad de saber qué más contaría, y también, estaban asombrados y algo asustados, por andar escuchando cosas que notaban que no deberían saber. Casualmente, esa mañana se les revelaban verdades de adultos. Y les parecieron todas muy tristes.

El Señor Mandril continuaba confesándose: describiendo a una mujer malvada, a otra que lo hirió tanto, a otra que no pudo conocer lo suficiente, a una más, que era demasiado joven y a varias, que se burlaron de su salario… Hablaba mal de las mujeres en un colegio masculino y los niños se rieron en silencio. Estaban de acuerdo en despreciarlas.

Aquella mañana, tomaron muchas notas. Escritas y mentales, subrayando con énfasis las palabras desconocidas e irreverentes. Se fascinaron y permitieron que el maestro llegara hasta el final de la hora, sin apenas tragar saliva ni mirarlos. Sonó la campana que anunciaba el final de la lección y el señor Mandril recobró el sentido. Les dio las gracias por su tiempo y se despidió hasta el día siguiente. No se había dado cuenta de nada.

Gómez Gabriel

LA CONFESIÓN

Hoy escribiré con el alma, o sea con los dedos, más bien las manos, mejor dicho, con una mano: la derecha porque soy derecho, lo que se dice también, diestro. Después de usar mi alma para fines tan poco lucrativos, le daré reposo y un baño de sales. Le masajearé la espalda, que la tiene dura y llena de nudos por cargar tantos sinsentidos o también muchosentidos que prefiere guardarse para sí misma, aun así, le haré el favor, a ver si con eso se abre más con uno, al final solo nos tenemos el uno al otro, BUENO, también tiene a todas las demás almas que ha tocado, es decir, todas las orgía-almas que ha tenido durante estos años le han dado alguien más con quien hablar. Pero no soy celoso. Lo importante es tener salud y para eso ya le daré un baño de sales y un masaje a mi alma, poco tiene de qué quejarse. Al final eso es lo que haré. Servirme a mí mismo. BUENO. Servirme a mí mismo me parece algo lógico, aunque también ilógico, más bien una corazonada, algo lógico-ilógico de primera. Lo que se dice ser congruente, vaya. Lo confieso, hoy será la última vez que escriba con el alma. Así no llegaré muy lejos.

Diego Molina


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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

MIRANDO AL MAR

MIRANDO AL MAR

Me gusta quedarme detenido
frente a los juegos que me propone su sonrisa,
los sonidos tienen un color diferente cada vez
y hace que me olvide de las fotografías
que son como paginas arrancadas de la memoria.
No distingo la superficie
aunque puedo con un ligero movimiento de mis brazos
juntar los extremos de una palabra que huye del viento.
Me trae todas las historias
que pueda escribir,
me trae todas las cartas de amor
que sea capaz de vivir.

Hernán Kozak

MIRANDO EL MAR

El cielo azul en tus ojos
rastrea las orillas de mi corazón
y lo sumerge en una inconmensurable
ausencia llena de misterio y lejanía.

Es mirando el mar que me distiendo
y soy la llave incendiada de mi noche,
la nota que derrama distorsionados
arpegios y los devuelve al movimiento
continuo para florecer en sus espumas
y morir cuando me hablas.

Cruz González Cardeñosa

MIRANDO EL MAR

Mirándolo al mar de frente
fue que desaparecí
no fui nadie de repente
porque nadie había en mí.

Yo era tiempo que pasaba
desde algún remoto fin,
que va del tiempo al no tiempo
del morir al no vivir

en mi cuerpo un solo instante
que no fuera para ti
rencor de antiguos planetas
inmenso afán de vivir

en la dicha frase fuerte,
dicho que no dió de si.
Mirándolo solamente:
yo solo de ti existí.

Kepa Ríos Alday

MIRANDO EL MAR

Desde la cama, el infinito,
que no se ve, pero se presiente,
parece más grande y más hondo,
como si no se acabara de caer en él.

No se ve el mar, pero su aire salobre
suspira en cada rincón de la estancia,
corrompiendo de sal los anillos del tiempo.

La ciudad es un reflejo de lo que,
mirando el mar, se vería desde una colina.
Una enorme masa inconcreta se mueve a lo lejos
como si agonizara bajo un manto de niebla.

El cielo tiñe con azulados trazos
las sombras que entre destellos se esconden,
simulando la vida que lleva dentro.

Una ola se encrespa rabiosa en la orilla
queriendo arrancar con sus manos el eterno secreto
que fingen conocer sonrientes la arena y la roca.

Pero la tierra deshecha que moldea la ciudad,
suspira ignorando lo que la mirada busca.
Querría también ella complacerte con una respuesta
y entregar sus tesoros ocultos,
si supiera lo que mirando preguntas.

Mil años de navegación no han dejado
cicatrices en sus aguas oscuras.
La ciudad es una herida en la tierra
que recuerda otra herida y que retiene
ruidosa la vida que bulle secreta,
soñando con el mar abierto en la noche infinita.

La cama es entonces una balsa ligera
adentrándose en aguas profundas,
en la que alguien intenta escapar de su isla

Ruy Henríquez

MIRANDO EL MAR

Una postal resuena en mi cabeza con una melodía
de una playa y unos niños que juegan.
Las barcas, en la arena, desoyen el canto de las sirenas
y divagan tranquilas sobre su suerte.
El hombre, marino, busca un chapuzón
y se asoma a las olas para saltar como un niño.
Una, otra, aquella más grande, el corazón en un puño,
la espuma que circunda.
La sal ligera en el cuerpo revienta sus poros secos
y brilla al sol.
Se lame las heridas abiertas de las curvas de sus manos.
El calor hace estragos.

Pino Lorenzo López

MIRANDO AL MAR

Vi las alas del unísono
cuando el día desembocaba.
Se dilataron las ansias de los chiquillos
en la arena, a los pies de las voces
de sus prestidigitadores.
Con el olor a todas las cosas
se sentía la tranquilidad de los pájaros
cuando no llueve,
extendiendo el vientre en la orilla
de un labio estremecido.
La fertilidad sacude los bordes y la estampa.
El mar sin olas pesa más que el cielo
por eso cae.
Hay un tallo oscurecido que se corona en flor
una sombra hacia la luz.

Laura López

MIRANDO AL MAR

Se me antoja encaje
esa espuma que abraza la resaca,
su prolongación podría ser una sábana
con la que disipar los calores
que entrañan los alisios.

Ausencia, abandono, embriaguez
un refresco en la mano, otra mano en mi muslo
un velero a lo lejos construyendo una historia.
El silencio se rompe ¡vuelven las gaviotas!
La luna saca su caña,
cuenta seducir al crepúsculo.

Es hora de pisar la arena
de ceder al salitre las viejas durezas,
brincan los tobillos
imposibles trapecios se salpican
algún beso cae al agua
mientras la marea vuelve a su festín.

Ana Velasco

MIRANDO EL MAR

Aquel lugar que amabas ya es noche
cerrada, cuentos de hadas que creó
un orfebre sonámbulo.

Reparan los seres cada extremo,
cada áspera llaga
de este estambre de vacío.

Aún, mirando al mar, veo pedazos
de canciones de cuna, leprosas,
en la trastienda de la arena.
Donde cada dávida es un escalofrío
de veneno, un pálpito
de ojo lunar en la almohada.

Y sin embargo crece un cristal opaco,
entre un frío sueño y unos médanos
que nos separan, cada día, más.

Paty Liñán

MIRANDO EL MAR

Hablo con ventanas abiertas.
Se acerca el bramido de
los transeúntes, sus tibios cánticos,
a la mañana. Sus cuchicheos
madrileños y gritos.
Los claxon, los motores,
las grúas y las perforaciones
al cemento.

Éste es mi paisaje, mi mar
de polvo y asfalto.

Recuerdo que el mar ahoga
los sonidos. Evita que nos distraiga
la vida en la corteza.

El mar, la mar, nos incita a las
profundidades. La mar es brava.
Sus olas golpean, ocultan y enfrían.
Admirada espuma.

Se ama la mar, cuando se la teme.
Una mar nórdica,
de medusas gordas
y resbaladizas.
Era la mar que tragaba niños
y escupía historias.

Nuestro padre explicaba:
la mar tiene su ley,
que no es la nuestra.
La humanidad empequeñece
ante los azules, cobres y violetas.

Gómez Gabriel

MIRANDO EL MAR

A las tres en punto
me puse mi chal.
Desperté con aire fresco
y una sonrisa fugaz;
con ganas de detener
el tiempo, de mirar el mar.
A las tres y cuarto
pensé en la luna
y en su tristeza sin igual;
en un rostro blanco y redondo,
en una madre hecha de cristal.
A las tres y media
se me ocurrió un sueño.
Y después un nuevo cielo
con grandes nubes de queroseno;
en esa vida era más sincero.
Ya para las cuatro en punto
olvidé el resto de mis recuerdos:
no había lunas, ni nubes, ni soles
que marcaran el tiempo.
Había un hombre en el desierto,
una cruz, una cita, un evento.
También había lo que se dice un mar,
una ola, un momento.
Había un hombre con aire fresco,
sonrisa fugaz…
un hombre con ganas de detener
el tiempo, de mirar el mar.

Diego Molina


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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

EL LIBRO ROJO

EL LIBRO ROJO

Lo encontré en alguna estantería del despacho de mi padre: El Libro Rojo del Cole. En aquella época yo me llevaba bien con mi padre. Me creía de izquierdas, progresista, o como quiera llamarse a la gente que celebra la abolición de la nobleza. Entonces cuando encontré ese libro me pareció muy interesante y empecé a leerlo. Como buen comunista no pasé de tres o cuatro páginas. Sin embargo ahora me ha venido a la memoria aquel libro rojo del que no recuerdo más que el título.

Bueno, pues yo era de izquierdas porque mis padres eran de izquierdas y me llevaban a colegios de izquierdas y a sitios de izquierdas.

En algún momento alguien explicó que la izquierda era progresista y la derecha conservadora. Años más tarde resolvió ese dilema con la analectas de Confucio que dice: <> Claro -pensé entonces- que tontería eso de tener que ser siempre progresista o siempre conservador. ¿No sería más inteligente decidir con cada cosa qué conservar y que progresar?

Me parece que al principio la izquierda aglutinaba a los burgueses y a los trabajadores y la derecha pertenecía a la nobleza desplazada. Ahora como ya no existe la nobleza, parece ser que la derecha son los burgueses y la izquierda los trabajadores.
Fue después, estudiando a Freud en Menassa, donde me di cuenta que la izquierda son los que temen no tener nada y la derecha los que temen perder lo que tienen; y que por eso es que siempre hay dos bandos: mujeres y hombres. Las primeras con los órganos genitales internos, es decir, invisibles; los segundos con los órganos genitales externos, a la vista.
Entonces ahora creo que estoy entendiendo algo de porqué lo contrario de tener es ser. Porque son dos fantasías opuestas. Unos fantasean que tienen poder sobre algún objeto, otros fantasean que son alguien.

Ahora sé que el único poder que se puede tener es el de impedir que otros humanos gocen del objeto que me pertenece; del mismo modo que sé que no somos más que palabras y que las palabras, el lenguaje, son nosotros mismos. Nadie las dice más que nosotros nadie las escribe no las lee ni las escucha más que nosotros, todos nosotros.

El libro rojo no me lo leí nunca. Yo decidí leerlo pero luego me olvidé del libro rojo y leí otros mil libros de todos los colores. Sin embargo creo que el rojo es un buen color para un libro. El libro que publique será de color rojo.

Kepa Ríos Alday

EL LIBRO ROJO

El libro rojo fue una leyenda, luego le pusieron letras y marcó una época o la explicó. Hoy, que pasaron los siglos, sólo vive en la voz de algún terráqueo que tal vez lo recuerde o le sirvió. Mi padre tenía un libro rojo con muchas letras que algún día escondió. Algunos lo buscaban, pero él nunca se lo dio. Le costó el trabajo. Luego, mi padre murió. Quizás cambió su color, se destiñó por el tiempo o en verdad desapareció. La leyenda continúa… la leyenda y yo.

Cruz González Cardeñosa

EL LIBRO ROJO

No resulta fácil hablar de aquel tiempo. En cierto modo, no me equivoco si digo que todos preferiríamos olvidar los acontecimientos que tuvieron lugar durante esos años. Estábamos poseídos por un furor ciego que se fue consumiendo, abandonándonos en una perplejidad que aún nos cuesta reconocer. Resulta difícil creer a la vista de los acontecimientos, que fuéramos tan manejables, que llegáramos a ser esa dúctil arcilla caprichosamente moldeada por lo que ahora parecen argumentos débiles y fácilmente refutables. Nosotros, los jóvenes, los invencibles, los indomables caballos de la revolución, ignorábamos que en realidad no éramos más que frágiles criaturas utilizadas para arrasar una sociedad cuyos sutiles vínculos milenarios apenas comenzábamos a conocer y a descubrir como propios. La ingenuidad de nuestro propósito sirve ahora para delatarnos. Si nos hubieran ordenado reconstruir con nuestras manos aquel vasto imperio tal vez habríamos dudado. Pero lo que el libro rojo parecía exigir de nosotros era destruirlo todo antes de comenzar a construir algo nuevo.
He vuelto a leer aquel libro ahora prohibido, y experimento la misma zozobra que sentía siendo niño cuando leía un libro religioso. Me cuesta admitir sus parábolas, su lenguaje alegórico, sus inescrutables vínculos con la realidad. En aquella época, sin embargo, sus principios parecían claros, fácilmente interpretables, por el simple hecho de que lo leíamos en grupo durante horas. Lo que en silencio y de forma individual resultaba ininteligible, en voz alta se hacía meridianamente claro. El sonido de sus sentencias elementales y débilmente estructuradas, se hacían firmes como una espada que rasgara el velo que cubría nuestras mentes. El pequeño libro rojo que todos portábamos en el bolsillo de la camisa, surtía un poder hipnótico sobre las masas necesitadas de una dirección.
A veces pienso que el libro fue una invención juvenil de nuestra generación. Si no hubiera sido el libro rojo, podría haber sido cualquier otro. En realidad fue una justificación, la mejor que encontramos, para unirnos en torno a nuestras ansias de cambio. Queríamos cambiarlo todo, incluso lo que aún no conocíamos. Nos creímos dueños de la verdad, los constructores de la sociedad perfecta que desecharía todo lo antiguo. Sin saberlo, encarnamos los más antiguos mitos, los temores que desde el principio guardó la humanidad. Fuimos, sin quererlo, los instrumentos de un antiguo designio. La rueca en la que se clavó nuestra inocencia, para sumirnos en un letargo que dura hasta hoy.

Ruy Henríquez

EL LIBRO ROJO

Iba una cooperativa de viandantes en seguimiento de alguien que vociferaba que la justicia debía entrar en el ruedo de la finca donde residía, en una habitación solariega. Era hijo de unos señoritos, bien mirado y mejor vestido, con las uñas bien pulidas y manos bien cuidadas que con pluma en mano escribía y escribía todo aquello cuanto escuchaba. Quería una querella contra la ama de llaves y que la encerraran, por si escapara.
El alcalde, con un botijo en la mano, bebía agua fresca por las calores y a su cintura los sudores se acumulaban. Caía el agua fresca, y a su edad pensaba que no estaba para tantos menesteres, y en cayendo quien ese buen mozo era, no quiso tirar más de la cuerda. En la posada le esperaban cuando terminara aquel encaratulado todos los mismos señoritos que de longanizas y tocinos le prometían en su vejez reposada. Veíase en un sillón recostado abanicándoles las mejores mozas de todo el condado y en estas que se ensoñaba, que volvió al estrado.
En trayendo el señorito sus apuntes encuadernados de todo (decía) cuanto había escuchado de la vecindad, también de las malas lenguas que al ama envidiaban, una trama quijotesca se había creado. Un plato suculento había preparado con ayuda de otras criadas y, inventándole un nombre y compartiendo a cuanto llegare solicitándole, el señorito la acusaba de apropiarse de la fama y de que con sus malas artes a otro cortijo había ayudado sin necesidades, en quitándole su pan, que le había robado.
Mandó entonces el alcalde que comparecieran los testigos, y resultaron ser ecos de corrales y lenguas de ventana, que mucho hablan y nada saben. Quedó el ama de llaves honrada y absuelta, y salieron el señorito y el alcalde tan escarmentados, que uno aprendió que la sospecha no es prueba, y el otro que la justicia, cuando se vende por un plato de tocino, acaba cobrando en descrédito la deuda.

Laura López

EL LIBRO ROJO

De mi escaso contacto con los libros cuando era niño, recuerdo el día en que mi abuela me pidió que la acompañara a casa del boticario, tenía que llevarle unas hierbas, que en eso la yaya sí se conocía. Mientras estaban a sus cosas observé una puerta entreabierta al final del pasillo, la empujé y me encontré una habitación tapizada de libros hasta el techo, este espació se clavó en mis ojos para siempre, sobre la mesa que ocupa el centro de la sala destacaba un libro rojo, pasé la mano por encima y luego lo abrí descubriendo unos cuerpos semidesnudos en posiciones rarísimas, apenas me dio tiempo a reaccionar pues oí una voz que me llamaba y lo cerré al instante. Por supuesto no dije a la abuela, pero a partir de aquel día buscaba la ocasión para volver a la casa del boticario. Repetidamente me acercaba a buscar el libro, no volví a encontrarlo sobre la mesa ocupaba un estante que con mi estatura era inalcanzable. Años más tarde, finalizando mis estudios universitarios me topé con un ejemplar similar en la Cuesta de Moyano, mis ojos lo reconocieron al instante. Desde entonces el Kama-Sutra no abandona mi mesita de noche.

Ana Velasco

EL LIBRO ROJO

Las caricias nos llevan muy lejos: a prados verdes donde el sol nunca desaparece, a barrios hechos de estuco y melancolía, a espacios grises que abandonan el tiempo. Pero si soy sincero, el cansancio me acecha. Hay compases que, si tuvieran sentido, nos matarían. Una suspensión en el tiempo. Escribía sin cesar y mis pequeños dedos se iban deshaciendo con el esfuerzo, las horas como bien dicen, no pasan en vano. Seguí compartiendo lo que sé porque si no la vida no tendría sentido. El rosa pasó a rojo y cada vez más rápido la materia se transformaba. Mi cuerpo cambiaba con el sonar tictac. Lo veía con mis propios ojos y no podía creerlo, estaba maravillado. Era como presenciar el nacimiento del cosmos o las flores salir de sus capullos en cámara rápida. Cuando fluyó el chorro rojo no pude detenerme. Rojo carmesí. Rojo ámbar. Rojo. Lo que se dice rojo, rojo. Hombre ya. Así, lleno de mí, entregué al día siguiente mi manuscrito. Con suerte, la tinta sería la misma. Misma y acompañada. Misma y hecha de negro y mucho rojo. Al terminar de escribir, encontré el titulo preciado. Adivínalo.

Diego Molina


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INFAME CRIATURA

INFAME CRIATURA

Fuime creado sin honra,
sin crédito en ningún banco
con ninguna estimación.
Me hicieron en un hotel

para entretenerse un rato,
mi padre sabes quién fue.
Sin motivo me engendraron
y yo nunca habría nacido

de no haber tú intervenido.
Tú me estás pariendo ahora
diciendo que querías solo
solo hacerte el que leía,

ahora que no comprendes
he aparecido en tu vida.
Soy la infame criatura
de tus horas sin salida

de tu vivir inconstante
¿Tu lectura y yo escritura?
Tu crees que me has leído
yo: que no exististe antes.

Kepa Ríos Alday

INFAME CRIATURA

Te estrecho y te estremeces,
infame criatura agigantada por el tiempo,
buscando en lo profundo de la tierra
la rosa que te ofreció el amor.

El aire se subleva y la noche,
cercada por el blanco lunar,
se precipita entre sollozos
sobre la dureza de la piedra
y la parte en mil pedazos
de amor azucarado y pegajoso
dulce y tierno amor olvidado.

Cruz González Cardeñosa

INFAME CRIATURA

Destejiendo laberintos,
ciegamente se adentra tu alma
en la oscuridad siniestra, volátil,
liminar en sus formas,
desnuda de toda humanidad,
cómplice de las sombras,
como si supiera definitiva la noche,
la nube que cubre el alba,
la espesura que diluye
convicciones o certezas,
la confianza en que se apoya
toda transformación,
todo despertar a un nuevo sueño,
la ordenación de los elementos conocidos,
los mismos clavos ardiendo,
los jamases predispuestos,
los futuros imperfectos,
los nunca que tanto te ignoraron
y que hicieron de ti una ráfaga de viento,
un suspiro en los labios,
la paz perpetua de una promesa
leída entre líneas y que jamás
alcanza su valor definitivo,
su porvenir sin preguntas,
lejos de la infame criatura
que alimenta tus dudas,
la angustia sin límites
de la que está compuesta,
dibujada por una mano inexperta
sobre el lienzo que extiende la mañana.

Ruy Henríquez

INFAME CRIATURA

El gallo canta dos veces en el maizal recién nacido
blanco como la harina, de roja cresta,
sus espolones lleva.
Su verbo, en cobardía de aureolas
a la tercera vez llega con su estatura de hombre.
Un Judas embalsama el cantar con la guitarra
desconocemos los rostros de los éxtasis malvados.
El vándalo va prensando los días
con horizontes de hambre,
sin pan para el mañana.
Reclina sus vientos sin molino
la diosa Temis le da la espalda
se arquean las balanzas
y se tiñe la espada…
Se buscan Judas
que emprendan en la escarcha
y por unas monedas vendan
la tierra patria.
¡Qué negocio el de arrepentirse
cuando la tez se aciaga!

Laura López

INFAME CRIATURA

Infame criatura,
tu despotricar me llega a los tobillos,
estoy esperando que tus próximas palabras
alcancen la suela de mi zapato
y ahí, pisaré fuerte.
El talón se hundirá en tu propio fango
dejaré el calzado sumido en esa desfachatez
y en un salto buscaré el sauce
que me aúpe hacia un horizonte
más liviano.

Ana Velasco

INFAME CRIATURA

Infame criatura que
te relames en lo más vil,
y en lo eterno.

Podrido ladronzuelo,
tú, que vives sin mí;
y que, por tu deshonra,
desespero.

Pérfida y huidiza,
sepulcro de todas las
felicidades.
Es bochorno encontrarte de día,
ver que eres yo,
y soportar que rías.

Color de vómito, olor a rábano,
pestilente sombra chamuscada.
Todo en ti es porquería.

Tú, pésima y estúpida,
que me amas cualquier día.
Entiérrate, no quiero verte,
Me sobra tu nombre,
arruinas mi suerte.

Gómez Gabriel

INFAME CRIATURA

Infame criatura de pesados dientes
tu aire de grandeza te queda chico.
Caminas con un par de botellas
entre sueños dormidos, y te preguntas
si hay lugar en la mesa que ocupe tu ahíto.
Infame criatura de colmados hombros
sonrisa risueña, ojos pequeños.
Te haces viejo sin envejecer un solo pelo.
Quién pudiera, a tu edad, tener esos arrebatos.
¡Quién pudiera pasar de siglo
y seguir siendo niño!
Porque bien sabes el destino de tus palabras;
el peso de tu corazón entre montañas.
Y apareciste como acto de magia
magia hecha luz, sin razón encadenada.
Infame criatura, ni todos los pecados
del mundo, se comparan con tu acto
más humilde, más malvado.
Sabes bien lo que te hablo, criatura mía:
el haber engendrado la más inocente,
la más risueña de las criaturas,
una criatura… igual a ti.

Diego Molina


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LOS AURICULARES

LOS AURICULARES

Yo quiero que oigas lo que yo oigo, que vibremos juntos. ¿Cómo podría hacerte escuchar lo que necesito? Necesito que escuches este soplo del corazón del universo, este virus que investiga y seduce a las plácidas galaxias. Los corazones humanos necesitan orejas humanas y bocas y manos humanas para conectarse. Necesitan escribirse y cantarse, pero también leerse y escucharse.
Lo que tenemos de infinito no está dentro del cuerpo si no que entra por los ojos y las orejas y sale por las manos y la boca principalmente.
No puedes escuchar, pareces inerte. Es que los auriculares capitalistas no me permiten compartir contigo esta historia cantada, este pensamiento de lana natural.
-Mamá -preguntó a su madre una niña que pasaba- ¿qué hace ese señor hablando con un balardo?
No le mires -respondió la madre- o tendrás que denunciarle.

Kepa Ríos Alday

LOS AURICULARES

Tengo los dedos metidos en sangre como aquella condesa que buscaba la juventud eterna, y se volvió fría como la eternidad. Pero no todo reside en los dedos, a veces, se hinchan los ojos hasta la articulación, se desplazan los sonidos para alcanzar el fin del sobresalto y se cierra el aire que respiramos en el malecón pulverizado.
No quisiera abrir puertas desconocidas o perder los papeles frente a tanta impunidad. Impunidad y, sin embargo, tú y yo, quisiéramos conectarnos en una frecuencia estable para dejar fluir el orgullo, la simpleza de no saber qué palabra escoger pero escogerla, la palabra que no matará pero que denuncia la aplastante sumisión.
No quisiera, como Boris Vian, morir de inanición en un cine cuando torturan de miedo al silencio. No quisiera hacer rodar los cadáveres de mi vida para bloquear el hambre infernal del depredador. No quisiera saber demasiado de las alas del cuervo ni tomar partido por un cordón o una pregunta insaciable.
Quisiera, sin embargo, acostarme con la noche y el día y con los auriculares en el bolsillo salir a pasear en el incendio.

Clémence Loonis

LOS AURICULARES

El forense dijo que la caída fue provocada probablemente por un monopatín a toda velocidad. Como se dio a la fuga solo se admitían especulaciones. Sin embargo, el verdadero culpable o mejor en plural, los culpables, fueron los auriculares que como ven todavía siguen en su sitio. No solo impidieron escuchar la llegada del vehículo, sino que provocaron el coágulo que dejó al cerebro sin oxígeno hasta provocar este nefasto desenlace.

Ana Velasco

LOS AURICULARES

Entre murmullos, como en aquella genial historia donde todos mueren, nos abrazó el viento. Éramos unos chiquillos. Con ganas de soñar, nos elevó el viento, y volábamos sin parar entre cerros y nubes blancas, en busca de un lugar donde compartir nuestros sueños. Primero sonaba la cruz, cayendo en una repetición constante. No dejaba de caer así que nos volvimos locos. Quisimos matarnos, como es normal en estos casos, pero nos ganaron las ganas de respirar amor. No era suficiente con hablar primero, había que habitar el fuego. Ese símbolo de la pureza y la destrucción. Incontrolable. Ingobernable. Todo ha sido así siempre, desde el principio, y luego ha cambiado. Pero hablemos de cosas más interesantes. Como de la muerte, que no tiene sonido, nadie nunca ha escuchado a la muerte llegar, ni irse, en ese caso. Hoy me has ganado en mi pensamiento. Hoy, como nunca más, te escucharé y no habrá salida.

Diego Medina


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SIN EXPLICACIONES

SIN EXPLICACIONES

Cuando el tiempo no te pide paso
se oyen de lejos voces que te miran,
juicios atormentados de nadies
disfrazados de sabios del amor.

¿Qué tienen que decir?
¿qué sabrán de nuestras caricias?
Esas que llegan cuando el ansia
rompe el reloj y las horas no avanzan.

¡Ven! Adéntrate en mi boca
el oleaje a comenzado,
sé el naufrago de mi lengua,
ella solo sabe buscarte entre las aguas.

Noto como emerges a la razón
de los mares que agitan enloquecidos
la calma oceánica de mi sexo.
¡Oh Neptuno! Desenfunda el tridente.

Tu sal, sanará las heridas del pasado,
mientras conserva entre nosotros
la temperatura perfecta
para la inmersión de nuestros cuerpos.

¿En qué me has convertido?
No me reconozco en esta piel

humectada de aromas
que fortalecen el alma.

Señor de las profundidades
has hecho cantar a las sirenas,
haces que el fuego y el agua
convivan amándose entre mis piernas.

Magdalena Salamanca

SIN EXPLICACIONES

Ayer se mató un abismo
de alguna enfermedad rara,
se convirtió en puente un río
y se declaró la nada.

Ayer se escapó mi preso:
cuando miré ya no estaba.
Mi madre me quitó el pecho
y me abandonó mi amada.

Yo le pedí explicaciones
a la gente que pasaba.
Alguno fue a decir algo
pero también preguntaba.

Kepa Ríos Alday

SIN EXPLICACIONES

No supimos de dónde vino el viento,
tampoco qué susurros volcaron sus oídos
ni qué sombras sujetaron el candil.
¡Parecía una pareja feliz!
Un día dejaron de dar noticias
rehusaron recibirlas,
nadie supo encajar este desafío,
algunos lo llamaron duelo ladino
pero los más sentimentales
no entendieron el por qué ese exceso
y se hizo insoportable
desconocer los motivos.

Ana Velasco

SIN EXPLICACIONES

La he visto, esa fiesta furtiva de ratones
en la cocina, un conjuro entre sábanas
y ese vértigo que ata entre tus piernas
las membranas de una camisa cadáver.

El temblor, desde adentro de la fogata,
pólvora que cruje a través de las llagas
de los besos huérfanos sin explicaciones.

La médula de la infancia arrójala
al hervidero de las brumas,
al caldero de diálogos de latón,
fúnebres llaves baldías en el río Aqueronte.

Salva ahora, palmo a palmo, cada partícula
de oxígeno, cada porción del rincón de lágrimas,
peldaños, en los reflejos malváceos de espejos,
que no alcanzo, en algún irreconocible paraíso.

Paty Liñán

SIN EXPLICACIONES

Corriente y olor agrio,
a vinagre, y a cerrado.
Tú sabes qué significa,
y ya no lo niegas.

Hombres con cadera ancha,
que contornea, que se
arremolinan suplicando
para recibir órdenes.

Hombres hermosos, como
no pensé que existieran.
Surgís de las cloacas,
de la hombritud.
Os humillan y arrastran, os solicitan
muecas, maneras,
perturbaciones.

Hombres que todavía
no han conocido la libertad,
ni la lucha, ni el valor
de arrepentirse. Hombrecitos,
que quedaron nerviosos
como niños.

Y a nosotras, ¿qué?
Nos toca luchar disimulando.

Nos toca rescatarnos,
unas a otras. Mientras que
a ellos, hay que mirarlos
con carisma.

Escuálidos en el mar,
andan tan confusos.
Se nos ha perdido
una legión.

Los hombres se enfurruñan.
No entienden,
nadie les explica.

Gómez Gabriel

SIN EXPLICACIONES

No hacía falta decirnos nada.
Partamos de esa diáspora
de ese fin de los tiempos.
Hoy quise ser otro, pero
me encontré conmigo mismo.
Me vi un largo rato a los ojos
y cuando llegó la noche
pedí pasar primero.
Han pasado varios años
desde entonces
y sigo de pie donde mismo.
Los inviernos no han sido en vano,
ahora un solo gesto es suficiente
suficiente para saber que se ha terminado.
Diáforas.
No hacía falta decirnos nada,
hay quienes pasan una vida entera
sin decir una sola palabra.
Hoy quise acabar con el invierno,
como de costumbre,
me encontré en el camino.

Diego Medina


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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LA VISITA DEL PAPA

LA VISITA DEL PAPA

Vino y se fue, paseó, habló, conmovió, interrumpió, emocionó, logró, descompuso algunos prejuicios y compuso ilusiones, llantos de libertad que consiguen alzar la mirada.
Pero me hizo preguntarme ¿la visita apostólica el papa, qué fin ha tenido? Según la Santa Sede un viaje apostólico es aquél que se realiza fuera de Italia, o sea, un viaje internacional con fines pastorales, ecuménicos o diplomáticos.
El fin pastoral es el propósito último de la Iglesia de continuar la misión de Jesucristo: acompañar, cuidar, proteger y salvar almas
El fin principal del ecumenismo es restaurar la unidad visible y la comunión plena entre todos los cristianos, superando las divisiones históricas (como la separación de las iglesias orientales, el Gran Cisma y la Reforma protestante) a través del diálogo, la oración y la colaboración
La diplomacia del Papa (conocida como diplomacia pontificia o vaticana) tiene como fin principal la promoción de la paz, la justicia, la salvaguarda de la libertad religiosa y los derechos humanos a nivel global.
¿Pero cuál ha sido el verdadero motivo de la visita del Papa? Con la oreja pegada a los medios y a las personas, pude escuchar de diferentes bocas, algo que llamó mi atención. ¡Qué cercano este Papa! ¡Me ha sorprendido lo majo que es! ¡Al comienzo parecía seco y distante, pero en este viaje se ha mostrado amable, risueño y con un discurso adecuado al momento!
¿Quizá sea este viaje del Papa un lavado de imagen, una campaña de marketing, excelente, para promover una humanidad que pocos Papas han logrado? Está claro que su antecesor dejó el listón muy alto.

Magdalena Salamanca

LA VISITA DEL PAPA

Dios esos días nos hizo un regalo a todos y se encargó de que en Madrid hiciera muy buen tiempo, de esa manera las casas quedaron vacías porque la gente salió a la calle para poder ver al Papa en unas magníficas pantallas gigantes.
Fue al Estadio Santiago Bernabéu, como todo el mundo sabe, donde juega el mejor equipo del mundo y tuvo la suerte, aunque supongo que lo habría pedido él mismo, de que le regalaran una camiseta con su nombre.
Estuvo con los Reyes y fue al Congreso de los diputados, donde actuaron como siempre, atendiendo con atención y respeto.
Creo que es cierto aquello que no paraban de decir en la televisión, ha sido un hecho histórico y debemos estar agradecidos por que eligiera nuestra ciudad.
De las víctimas de abusos por parte de los curas, de las demás ciudades que va a visitar, de la gente que esperó horas y horas para verlo y se quedaron fuera, de que Madrid estuviera cortada durante quince días, de los otros equipos de fútbol y de las otras religiones que conviven en la capital ya hablaremos otro día.

Hernán Kozak

LA VISITA DEL PAPA

Ha sido muy bonito conocer España, hacía más de diez años que no pisaba un país católico.
-¿Qué dices Paco? Pero si el Papa pasa toda su vida en un país católico…
-No lo digo por el Papa: hablo de mí. Cuando el Papa visitó España, España cambió por completo por unos días, fue como visitar el país mis abuelos. ¡Qué digo diez años! Me parece que yo llevaba ya más de veinte años sin salir de Estados Unidos.

Kepa Ríos Alday

LA VISITA DEL PAPA

Durante todo el invierno se hizo nieve entre los rugidos de las bestias. La gran llanura color sepia, no era por ganas que se desvanecía entre las sombras de lo eterno. Detenidos en las aceras miraban atentamente moverse el río, pero no estaba claro el ritmo de la ciudad. Se dibujaba abiertamente el sol, con una luz del primer amanecer, con una mano que rebosaba cabezas. Deteniéndome en sus palabras algo me conmovió, las pinzas del espíritu apretaron un surco deformado. Una rama se desprendió. Le llamaban fe, pero yo sabía que bajo el sumergido resplandor estaba un seguir adelante, bajo cualquier forma, creer en la luz de los hombres.

Laura López

LA VISITA DEL PAPA

Tengo que decir que sobreviví a la visita del Papa. Tan pulcro él, tan educado y buen cristiano, dejándose adorar por los cristianos para los que es un pequeño Dios, por ser su representante en la tierra.
Tengo entendido que vino con todas sus contradicciones y anomalías a dejarnos
claro que su propuesta era una buena propuesta llena de fe y esperanzas.
Claro que también fue donde nuestros representantes nos representan. Y éstos, ni cortos ni perezosos, le dejaron hablar en contra de derechos conseguidos con el trabajo de muchas personas que se dejaron la piel para que eso fuese posible.
Y eso me hace ser tan escéptico con estas cosas. Yo que casi me tragué el primer discurso, no volveré a confiar en majestades terrenas o celestiales.
Un buen poema me mostró el camino cada vez que me perdía y confío en que lo seguirá haciendo.

Cruz González Cardeñosa

LA VISITA DEL PAPA

Sigo reflexionando en lo que me ocurrió ayer al pasar por el parque según volvía del trabajo, me dirigía a un banco que creía vacío para sentarme a finalizar la novela que tenía en las manos, cuando divisé una especie de hábito blanco transparente y con una capucha amarilla, estaba totalmente recostado y parecía hipar. Al acercarme para decirle si me hacía un sitio se hizo a un lado ocupando apenas 20 centímetros de ancho, me lo quedé mirando con tanta sorpresa que comenzó a explicarse: resulta que había pedido permiso a San Pedro para colocarse a la derecha del Papa León XIV en su visita a España, quería estar a su lado porque en vida nunca pudo acudir al Bernabeu, el portero de Dios se opuso diciendo que ya estaba bien de viajes, que debía dejar el relevo a lo más jóvenes, pero en su espíritu rebelde no le hice caso. Pero no debió de gustarle al Altísimo porque cuando quiso acercarse al Papa le preguntó si era inmigrante o víctima de algún pontífice o quizás participaba activamente en Cáritas, y cuando le dijo que no era nada de eso no le permitió explicarse, quería decirle que se conocieron en Perú jugando al futbol, pero el guardaespaldas le retiró el paso y le dijo que solicitara audiencia. Ante mi asombro me dijo que se había dado cuenta que, en efecto, había estado desacertado, y cuando quiso volver a casa, San Pedro no le abrió la puerta, enfadado le invitó a deambular entre los vivos. Se dejó llevar por el vuelo de un cornejo y ahora se encontraba sobre ese banco sin saber cómo debería ganarse la clemencia del Señor.

Ana Velasco

LA VISITA DEL PAPA

Estábamos enredados preparando la visita del Papa. Llegaba a las 14.00 horas a comer y todavía nos faltaban los últimos toques. Nos habían dicho que gustaba de la comida mediterránea, así que habíamos pensado en un pescado fresco del Atlántico, verdura de la huerta y unas ricas papas arrugadas.

La comida ya estaba preparada.

La comitiva se adelantó. Antes de las dos tocaron en el interfono.

  • Si, diga- pregunté
  • Hola buenas tardes, aquí el Papa- me respondió una voz de hombre.

Le abrí la puerta y subieron en el ascensor. Mi casa era pequeña, discreta, humilde. El ayuntamiento la había elegido entre miles para dar de comer al Papa, ya que estaba en el programa de la visita que pasará una velada con una familia canaria.

Pino Lorenzo López

LA VISITA DEL PAPA

Era una mañana de primavera, luminosa, limpia y envuelta en ese frescor matinal que no tardaría en desaparecer con la fuerza del sol. Descendí del avión con paso firme y la misión encomendada, alimentaba en mí una energía serena, incluso un entusiasmo que tenía algo de juvenil.
Y apreté manos, manos y más manos, fuertes, suaves, temblorosas, cálidas, pocas ásperas de trabajo. Una mano, una vida.
Sabía a dónde venía, había estudiado, preparado cada encuentro con parsimonia. Era la primera vez que visitaba España, y su historia se hizo visible de inmediato frente a sus calles, plazas, edificios, y su gente. Imperio, monarquía, república, dictadura, democracia. España ha vivido vidas y todas parecen seguir respirando en presente.
Me encontré con un país moderno, dinámico, y sin embargo, habitado por necesidades del alma que no fueron abandonadas aún. Y yo había venido precisamente por eso: para alimentar ese anhelo, la llama de la creencia, porque, aunque el catolicismo no domine como en otros siglos, el corazón del pueblo sigue abrazándose al poderoso Dios.
Creo en mi función. Jorge me enseñó el papel. El ministerio no se sostiene únicamente en palabras, sino en el ejemplo y en este caso, soy el ejemplo, de humildad, de humanidad, de diálogo, de hombre. Quisiera que mi paso por esta tierra pudiera ser un bálsamo para ese pueblo inquieto de culpas, heridas, vicios, que les toca crecer, ellos también, para ser ejemplo.

Clémence Loonis

LA VISITA DEL PAPA

El anuncio llegó primero de bocas pequeñas y Sor Juana no hizo mucho caso. Nadie pensó que fuera verdad.
Pero cuando apareció entre el correo esa carta con lenguaje formal en dos idiomas y que incluía el sello oficial del Vaticano, ya no había duda.
El mismísimo Papa iba a venir a su monasterio, dentro de sus viajes, aquel lugar había sido elegido para una visita y Sor Juana no cabía en sí de gozo.
Todo tenía que estar perfecto en aquel lugar de la mancha que pronto sería un punto de mira.
La visita les haría grandes favores, pues hace tiempo que las ventas de pastitas no existían apenas y Sor Juana llevaba dos meses rezando por las noches, para que el Señor les enviara un milagro para sobrevivir.
Con ese temor escribió una carta al Vaticano, ya que el Papa iba a realizar algunos viajes. Sin mucha esperanza de contentación la llevó ella misma y pensó quién se iba a querer asomar a ese lugar en medio de nada. El calor tampoco ayudaba al pequeño huerto donde casi todo pochaba.
No se equivocaba, la expectación no tardó en llegar al pequeño pueblo cercano donde se situaba el convento.
Los vecinos comenzaron a congregarse alrededor de los muros. Empezaron a recibir numerosas flores enmarcadas en profusos ramos, cartas que hacían que el buzón se quedara pequeño.
Disimulaba, pero ella misma dejó correr la voz de esa visita oficial. Los pedidos de pastitas se multiplicaron y tuvieron que dedicarle horas extra.
El dinero cubría las arcas y eso que aún no se había producido la visita.
Dedicaron semanas a la preparación y decoración de gala en el lugar. Cada rincón brillaba en armonía.
Empezaba a entrar dinero sí, pero también salía para comprar: cruces, crucifijos, hábitos nuevos, flores, banderas y toda clase de detalles y menesteres para recibir a su Santidad.
La noche anterior, Sor Juana no podía dormir, se notaba una gran palpitación en el pecho. Al final, de puro cansancio, entre alucinaciones celestiales, algo pudo conciliar.
Se despertó antes del alba entre sudores y se levantó precipitadamente. Corrió a preparar la primera misa y paseó por los pasillos. Se paró de pronto y creyó estar dentro de una pesadilla, no había ni rastro de las guirnaldas, ni las banderas, tampoco ningún crucifijo expuesto.
-Es una prueba del señor. -repetía por los pasillos- una prueba…
Se fue directa a alcoba de su fiel confidente, Sor María, ella adormilada le dijo que no sabía de qué le hablaba.
Las palpitaciones volvieron al pecho de Sor Juana, que comenzó a gritar y a gemir.
Se armó un revuelo y nadie sabía qué le pasaba. Sor Juana alzaba su voz con esas mismas palabras que no dejaba de repetir: «es una prueba» y después comenzó a sollozar arrodillada, mientras sus hermanas la sujetaban para que no se desvaneciera.
Todo había sido un sueño, tan real, que nadie pudo consolarla en un largo tiempo.

Paty Liñán

LA VISITA DEL PAPA

-Parece que es en octubre, -le comentó la vecina a mi abuela Clelia. Que vino con un entusiasmo celestial, con todo respeto, a los cuerpos celestes.
El abuelo, muy del hoy, del día a día, le aplicó un:
-Mmm… ya que sólo está pendiente del inicio del mundial. Será en horas. Ya está instalado, como por las dudas haya que hacer fuerza para que los minutos y las horas corran al tiempo. Y por ahí, en un acto de magia, lo inicien antes.
Yo, por mi parte, tanto estoy para una cosa como para la otra.
Es como dice mi tío Alberto, sabio de asados y charlas filosóficas con fondo de milonga:
-Ud. esté siempre listo. Dispuesto tanto a un campamento como a un partidito.
El tío es un hábil declarante, tanto en temas de apuestas de fútbol como de política. El azar es el azar.
A mis flamantes 15 años, soplados hace pocos días, aprendo, registro y anoto todo lo que se me cruza en el camino de la escuela de la vida. Lo demás te lo enseñan en el Colegio, ésa es de autoría de mi abuelo.
En fin, entre una cosa y otra, la abuela se vistió para la Iglesia, léase de domingo. Por lo del Papa, claro.
Los demás nos quedamos en las nobles tareas del domingo al mediodía previo a un mundial. Cosas de peso, de dilemas que mueven y hacen al futuro…
En fin, ya veré con lo del Papa en qué voy.
Puede ser la oportunidad de aceptar el puesto de monaguillo que me viene ofreciendo el padre José hace rato.
Uno tiene que estar abierto, todo viento que sopla suma, o algo así, de ventajas y puertos.
Es que, entre mi tío, el abuelo y otros personajes, me entrevero entre tanto saber…

Carla Bianco

LA VISITA DEL PAPA, Y EL VERANO

Hoy es viernes y se siente parecido a uno de hace veinte o veinticinco años. Entonces, esta época del año, el comienzo del verano, también coincidía con cierto alivio. Era un final y un descanso de la rutina escolar. Para los alumnos, que hasta entonces nos habían tenido mareados entre asignaturas, deporte, clases extraescolares, etc. Recuerdo que estos «días tontos» nos permitían escapar de la rigidez de los horarios y de la cerrazón de los grupos de amigos. Durante unos pocos momentos, todos nos juntábamos en las cafeterías alrededor del colegio, a media mañana, tras acabar los exámenes.

Allí, los alumnos repetidores compartían mesa con los más empollones, las pijas y los deportistas… Hacíamos bromas, cambiando de amigos, y pasábamos las horas muertas de la mañana en esas mesas resplandecientes de bar, color plata, que normalmente ocupaban los universitarios, poco más mayores que nosotros.

Recuerdo especialmente el último año del colegio, durante el cual nuestros desvaríos por las cafeterías y las risas alocadas de adolescentes anunciaban el final. Y también, el comienzo de otra etapa, en la que los profesores ya no pasarían lista ni nos harían rezar en clase y todos tendríamos la ansiada mayoría de edad. Podríamos tomar cañitas de cerveza a media mañana e irnos de viaje conduciendo, sin apenas dar explicaciones. Era emocionante saber que algunos nos íbamos a alejar; todavía no se veía lo que vendría en 2008, ni en 2012, ni en 2016, ni en 2020, ni en 2023 y el futuro era brillante, cegador.

No todos iríamos a la universidad, pero al menos casi todos saldríamos de esa etapa, ya demasiado infantil para nuestros gustos y apetencias. Lo que entonces no conocíamos era que esa separación escolar, también implicaría una reducción. Ya, raramente, nos volveríamos a juntar con personas sin importar su orientación profesional y sin pensar en nuestros intereses comunes. Tampoco encontraríamos con tanta facilidad excursiones en las que no se exhibían las diferencias de dinero, ni pensaríamos demasiado en que escoger los estudios en un campo suponía abandonar otros.

Sin darme cuenta, hace veinte años que no hago ejercicios de matemáticas ni aprendo nada sobre física, ni geografía. Los estudios “superiores”, paradójicamente, nos llevan a adoptar una mentalidad menos universal. Nos hacen empeñarnos con la cochina idea de la especialidad. Dejamos de amar el todo, el absurdo, el hacer pellas y reírnos de los mayores.

Poco a poco, al comienzo de la edad adulta, es como si las posiciones coagularan, aparece el carácter que nos hará mayores, “lo mucho que hemos cambiado”, y nos dejamos arrebatar el timón, la lanzadera y la idea de creación. Nos fiamos de que así es como somos y de que ya ha dejado de abrirse la oportunidad.

Los otros universitarios, que también quieren ser mayores, nos arrastran con sus ideas, las de sus familias, y la vida ya no está por delante, sino justo en medio. Los acontecimientos nos han revolcado y nos encontramos subidos a un carricoche, en una dirección fijada. Todo el mundo acá corre, corre, acelera. Porque en esos años también se mira con admiración el hacer todo pronto, rápido y sin dudar. Se premia a quien sabe lo que quiere y tiene las cosas claras. Nos hacemos actuar así y nos convertimos en adultos despiadados. Teníamos tantas ganas de llegar hasta aquí, que nada cuestionamos.

En el caso de las mujeres, además, están las que corrieron mucho, intensamente, para luego, de un día para otro, frenar en seco y dedicarse a la crianza de sus hijos y al cuidado de su marido. Aunque ahora muchas también se quejan. Entonces las chicas que queremos trabajar también perdemos algunas amigas. Nos toca dejarlas de lado para que no nos molesten con su envidia ni con sus arrepentimientos. Nos dicen que toca elegir, que no se puede hacer dos cosas a la vez. Que a los hombres no les gustan las mujeres inteligentes ni las que ganan mucho dinero. Habitualmente, nos hacemos bobas y pobres por amor, por momentos.

Las que seguimos en la máquina, años después, apenas nos lo creemos. Ya no estamos seguras de qué nos trajo hasta aquí. Alguien nos pregunta por nuestras ilusiones infantiles y nuestros sueños. Yo solo soñaba ser otra. Dibujaba para huir de mi rareza o para reconciliarme con ella. No creí que aquello que me servía para lidiar con los castigos y el aburrimiento algún día podría dar algo, a un desconocido.

El futuro y el pasado van cambiando y, a veces, se intercambian de lugar. Miro con ternura a la niña adolescente, alegre y aliviada de haber terminado el colegio. Aplaudo su valentía, que, como ella y yo sabemos, a menudo tenía que ver con su inconsciencia. Hoy sigue en marcha. Hoy, un año exacto antes de cambiar de vida, otra vez más, y desde una terraza en la carretera, miro con ganas el asiento del conductor. Me toca subirme a mí.

Recupero el vacío de los veinte años.

La visita del Papa a Madrid y la locura desatada a su alrededor me recuerdan esos años de escuela y ciudad católica.

A diferencia de lo que nos enseñaban en el colegio, el verano no es para descansar del año escolar, sino para atiborrarnos de los saberes que nos negaban o no priorizaban en su agenda moral.

El saber de la amistad, del goce erótico, de la producción artística, de los paseos hermosos, del cuidado del cuerpo, de las vidas inciertas, del atrevimiento y de la exhibición. El verano está para la calle, para el cuerpo y el carácter que se muestran, para el viento. Para no dejarse controlar.

El verano. Otro verano por hacer.

Gómez Gabriel

LA VISITA DEL PAPA

Con sus manos blancas, hechas de papel, nos invitó a pasar. Nos sentamos todos con aires de grandeza. Vimos pajarillos cantar sin hacer ruido, estaban ahí para dar espectáculo, para ser ruido blanco de fondo. No había mucho de qué hablar, así que, sin más dilaciones, comenzamos a beber. La primera vez que Dios me habló, era tan solo un niño. Por entonces rezaba diario el ángel de mi guarda con la esperanza de nacer en otro lugar, muy lejos de mi casa. Una voz ronca me prometió el cielo y yo le creí con la esperanza de que el cielo estuviera a tan solo unos pocos pasos. Después, conforme me hice un hombre, comprendí que las cosas están hechas de hielo. Esperar es la muerte y solo la muerte puede llevar a Dios.
Una vez que la noche se dejó caer, el hombre de blanco se levantó de su asiento (llevaba varias horas dormido) y pidió regresar a casa. Nos despedimos amablemente, como viejos amigos que se habrían de reencontrar.

Diego Molina


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DÉJATE LLEVAR

DÉJATE LLEVAR

Se prenden de tu mirada segundos
donde el púlpito de Dios hace renacer
alquimias de otros mundos,
mezclas explosivas donde la piel vence
almidones y desciende hacia el infierno.
Respira, es el momento de sentir
el oxígeno alimentando la escena,
combinación perfecta de intermitencias,
movimientos censurados para muchos
que hacen dudar su la existencia.
Dame un rincón de tu olor o
tu erguido torso de gladiador
horadando mi contorno,
pulsa las cuerdas mudas
que nos atan, desnuda la verdad,
ámame ciego al destino.

Magdalena Salamanca

DÉJATE LLEVAR

Rompe los moldes de hielo
que sobrevuelan tus acertijos.
Toma el viento como columnas de acero
y dibuja en el calendario
países imaginados.
No te encierres
en la descripción
de las llanuras que rodean tu nombre.
Escribe conmigo,
te prometo
olvidar tu ayer y tu mañana.

Hernán Kozak

DÉJATE LLEVAR

Déjate llevar determinado
por las arenas movedizas
que engullen tus orgullos,
déjate por la semana abajo
caer como un desengañado,
por el hueco de la especie
hacia el abismo del espejo
porque la razón toda ella
no es más que un juego
de espejos con poemas.

Déjate de jaranas, de jarcias
déjate de jaeces y de jueces…
que bailen ellos si quieren
con quien quieren.

Kepa Ríos Alday

DÉJATE LLEVAR

Venían las variaciones bélicas
con su cantor sin canto
con sus piedras de canto rodado.
Redondas, suaves, como rodillas,
sondeando abismos, tan inútiles…
¡qué efímera la primavera!
Y estarse ahí, tumbado en la tierra
cuando las libertades se trasvasaban
de un lugar a otro,
de un bar a otro bar.
¡Qué crespón de espumas al filo de la noticia!
Un riel al humo ¡vamos!
Y las cortinas se cierran
bajo toda palabra fina.
La orina se esparce
pesan las fuentes.
Una chaqueta blanca
se desprecia al amigo
¡oh parafraseo ambulante!
Carnavaleros, divisiones fuera de tiempo,
tarjeta roja
y amarilla
Vuelve deshaz la noche
déjalo todo, tus parásitos
y entrégate al amor
voz cantora.

Laura López

DÉJATE LLEVAR

La noche trae distancias, palomas estremecidas
por el dolor. Palomas mensajeras que no pueden volar.
Miran el cielo y sólo ven luces que se disipan sobre el suelo,
sonidos aterradores y muerte por doquier.

¿Quién tomó las riendas y redujo el espacio a una llamada?
¿Quién trajo la peste y se olvidó de rezar?

Un hombre junto a otros hombres desdibujaron las palabras,
las disfrazaron con ropas elegantes y absurdas,
tan pulcras, tan planchadas y vistosas
que las rosas perdieron las espinas
y la muerte dejó de llorar.

¿Quién creería que las nubes silenciosas
traerían la tormenta,
quién sospecharía que entre las pequeñas
criaturas que se pierden sin ser vistas,
una mota invisible de lo eterno
desataría tanta crueldad?

Una mujer discurre entre las sombras
sin ser vista, con los ojos puestos en el mar.
Sus manos acribillan sentidos
despojan de tus ojos el miedo a volar.

Cruz González Cardeñosa

DÉJATE LLEVAR

No te detengas ante el mojón
incómodo
sigue lamiendo el relieve
que tu boca despeja
cual terso arroyo,
y avanza, avanza, avanzaaa….
que tu anhelo ciñe la corriente:
¡déjate llevar!

Ana Velasco

DÉJATE LLEVAR

Los golpes en la noche, en medio del frío,
asumen las cuentas de los ángeles
en las tibias mañanas.
Descubren los meteoritos insonoros
que se desbocan del río para abrir las heridas
que aún no cerraron.
Los bosques, las llamas que se desbocan
de los fuegos, encuentran mortuorias canciones escondidas
bajo los lienzos de las vacas que pastan en el campo.
Los empujes, vestidos de ojeras,
se interrumpen al paso de los días
para revelarse como un cuadro de Hoper,
siempre falto de esperanza.
Ahora, que ya no hay fuerzas,
preparo mi caja,
y me dejó llevar
hasta los confines.

Pino Lorenzo López

DÉJATE LLEVAR

Más borrosos que una falsa ciega
entre extranjeros, eléctricos rayos,
así se descamisan en las puertas alucinadas
estas molduras que tapizan cada hoja,
el “rigor mortis” cayendo en el jardín.

Prepárate sobre un eco de mar,
en un dulce paisaje violeta,
déjate llevar por el orfebre destino
de una anciana palabra de pólvora.
Sé ídolo del mástil que tú misma sostienes.

Paty Liñán

DÉJATE LLEVAR

¡Fuera sombra perezosa!
Cómplice seductora de mi oscuridad.
Sigilosa observadora sin ley.
Vivo la presión de este conflicto,
resisto entre las tinieblas,
sueños, promesas, ilusiones…
Se abren grietas, se reseca mi piel.
Cada amanecer un nuevo proyecto.
Cada día un éxito que suma.
¡Fuera, sombra! ¡A tu rincón!
Más allá del horizonte, una y otra vez.
Se renueva mi ciclo,
se despeja el porvenir.

Carla Bianco

DÉJATE LLEVAR

Procuremos más ser padres de nuestro porvenir,
que hijos de nuestro pasado.
Miguel Unamuno

No trates de entender,
ni de saber.
Y por supuesto,
renuncia al control.

Una fuerza del futuro
te va cogiendo con ganas.
Viene para ayudar.

En el colegio, enseñan a
preguntar demasiado.
En la familia, educan
para desconfiar.
Los periódicos solicitan
miedo y pánico.

Limpia, olvida y abandona,
aquellas prisiones austeras.

Proteger lo que venga;
permitirle dar saltos,
equivocarse, avanzar.

Gómez Gabriel

DÉJATE LLEVAR

En la espesa bruma de la espera
donde no hay cielo ni tierra
solo nubes blancas que invaden mi cuerpo.
Pensaba en las pequeñas gotas
que derrama mi existencia,
ora en un vaso, ora en otro.
Y en el suave repiqueteo
de su caída, a mil metros,
a pocos centímetros del alma.
Gota a gota, me desprendo de mi piel
y me vacío despacio, por inercia,
en otros vasos, en otras vidas.

Diego Molina


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