
UN CAMINO DIFERENTE
Siempre terminaba de la misma manera, encerrado en un final precipitado, desconsolado ante ese último punto que impedía que pudiera disfrutar de la lectura.
Al principio no pensaba en ello, se sumía en la tristeza que le otorgaba llegar a un callejón de paredes de papel sin más salida que cerrar el libro, después comenzó a darse cuenta de que podía engañar a la costumbre y volvía a empezar, aunque caer una y otra vez en finales parecidos le iba cortando poco a poco el deseo de seguir atravesando esas líneas.
Pero sabía que por ley, si uno está dispuesto a jugarse los sueños, puede tener resultados diferentes, por lo que trazó una nueva estrategia y está vez al llegar a la toma de decisiones, eligió lo contrario de aquello que su intuición le recomendaba y se abrieron las puertas hasta ese momento infranqueables.
Esos libros eran como la vida misma, si optaba por ir a la página 37, la policía atraparía a aquellos ladrones, si lo hacía por la 46, debía subir a aquel tren y podría volver a tirar los dados.
Hernán Kozak
UN CAMINO DIFERENTE
El tiempo disuelve, sin darnos cuenta, nuestras más firmes creencias. Nadie habría sido capaz de anticipar las consecuencias de aquel acto, ahora distante y borroso como un sueño que una vez soñado, hubiera sido desfigurado por innumerables razonamientos o visiones, que hicieron de sus coloridas sombras, de sus claras convicciones la inesperada red de un nuevo engaño. Todavía hoy, sin poder evitarlo, me veo atrapado en esa red que me mantiene alejado, una y otra vez, de la cruel pero vivificante materialidad de los hechos. ¿Con qué facilidad se finge hablar de unos cuerpos, de unos acontecimientos que cambiaron para siempre el curso de los acontecimientos? Como siempre, preferimos nuestras palabras, nuestras interpretaciones, nuestros engaños. Pero qué fácil resulta trastocar todo. ¿Fui yo el que acabó con su vida o fue él quien, con su muerte fatídica, terminó con la mía? He pensado en ello muchas veces y cada vez encuentro una nueva respuesta. Su sangre todavía fluye fresca entre mis manos. Su ingenua juventud, su fuerza, todavía dan impulso al crimen cometido y, sin embargo, sigo huyendo en una impunidad sin aliento, sometido a las angustias y sobresaltos de una justicia que no acaba nunca de cumplir su inevitable dictamen. La ley está escrita en los incontables libros que pueblan las bibliotecas. Pero su rostro imperceptible se dibuja en las líneas de unos acontecimientos que escapan a cualquier registro y que se superponen unos a otros, sin que nadie haya podido jamás reconocerlo. Habría que alejarse a una distancia sideral para sobrevolar las montañas y abismos en los que sus rasgos fueron grabados por un dios iracundo, desaparecido en los entreveros de incontables cosmovisiones. Sé, con una certidumbre que no admite preguntas, que desde las profundidades me observa. Por más que huya, sé que jamás podré escapar a su ley implacable. Aunque cambie de nombre, aunque cada vez tome un camino diferente, aunque muera a cada instante, el antiguo destino devolverá mis pasos fugitivos al surco inevitable.
Ruy Henríquez
UN CAMINO DIFERENTE
Le secaron los ojos, tal vez había llorado sin saberlo. Luego le auxiliaron la boca con un poco de agua fresca. Le dieron una silla que se teñía del sol agonizante y luego se recrearía en su cuerpo. Había caminado durante días, y no sabía a dónde iba ni de dónde venía. Podría transitar en las órbitas de aquellos ojos porque sentía una libertad distinta, con una sed que ignoramos. Se le volvió azul la memoria y extravió su mirada por zonas donde sólo penetramos antes de vivir. Tenía también que quedarse en alguna parte, más allá del martirio de la noche. ¿Quién eres? Y su voz suplicaba. Quería partir sin moverse, más allá de la quietud de las manos que no buscan. Calló tantos nombres que ahora, sin embargo, con las vértebras que vivían en él se multiplicaban. Las cercanas lejanías se unieron y allí, en el amor sin temor al sepulcro, comenzó una nueva vida.
Laura L. G
UN CAMINO DIFERENTE
Ella fue siempre lo que se dice una niña buena y obediente. Hablaba poco y dejaba que su vida transcurriera por los carriles por los cuales siempre pasó el mismo tren. Cuando éste descarriló y las vías desaparecieron, todo el mundo a su alrededor parecía no entender lo que pasaba y caían uno a uno en un vacío irremediable.
No podía ser la única que se diese cuenta del desastre y buscó, buscó, buscó hasta que en algún momento de su vida se dio cuenta de que había tomado un camino diferente del que no podía saber sino el final.
Cruz González Cardeñosa
UN CAMINO DIFERENTE
Era como si estuviese siempre perseguido por espías, por gente que quería matarle. Cada vez tomaba un camino diferente para los trayectos habituales. Cuando tenía que caminar junto a otro de distanciaba para ser un blanco más difícil para los francotiradores. Vivía como si estuviese siempre viviendo la misma guerra que sus abuelos.
Siempre hay una guerra -decía cuando le preguntaban.- y tenía cierta razón. Pero no se daba cuenta en qué guerra estaba.
Kepa Ríos Alday
UN CAMINO DIFERENTE
A lo largo del recorrido me frotaba los ojos y no entendía lo insólito que resultaba que las calles estuviesen limpias, que en las aceras hubiese bancos donde pararse un rato, que los adoquines estuvieran en buen estado, que ningún “sin techo” emanara de la acera y hasta encontré una vieja cabina telefónica convertida en biblioteca. Tuve que detenerme para saber qué me estaba pasando, no había cambiado de ciudad, ni siquiera de barrio, tan solo dejé de lado la calle de la controversia y tomé otro itinerario.
Ana Velasco
UN CAMINO DIFERENTE
Cuando abandoné la suposición y la suspicacia, caí en manos de la verdad, así, sin más, como si fuese un bálsamo o una encrucijada de caminos. Cada vez que el perfume revoloteaba frente al diamante de lo inédito, allí caía. ¿Huida? ¿Flujo sanguíneo? Un deslizamiento sobre lo insospechado.
He crecido sobre los efluvios que distribuyen células de choque en las sílabas, y fueron cataclismos infectados de detenciones. Corría para alcanzar y no alcanzaba; sumergía los poros de mi piel en celdas de infrarrojos, en el intento de atravesar el tiempo.
Fueron pechos que simulaban un límite, promesas osteoporóticas, garganta viva y el topo que me seguía por las noches. El amor se quedó encerrado en el templo con sus flores inmortales, y yo paseaba sobre las cajitas amontonadas, haciendo equilibrio con mis manos.
Un día, el camino se bifurcó por la decisión de una sequía. Fui con el hambre a abrir los océanos, a levantar los truenos como se levanta a los niños por la noche, y me topé con una chispa de alegría.
¿Conoce usted los mapas de los laberintos azucarados? ¿Las estrellas que atienden a la pureza? ¿El origen de las brasas que convocan?
Pues allí, sobre el surco de la lengua, se irguió un rumbo, una figura imposible que sería mi destino.
Clémence Loonis
UN CAMINO DIFERENTE
Aquél que proyecta tempestades con su perfume, más allá del humo y el rubor de las montañas en el atardecer. Ése que traspasa y astilla la corona de los verdes árboles, no llegará.
Se llena de pisadas el sendero a base de fiebres y puños al aire.
Está en ti, ir por un camino diferente. Apartar la hojarasca, engañar a los espejos mientras subes la baranda pronunciando sortilegios y empuñando firme tu espada. Y si hay que luchar, se lucha.
Paty Liñán
UN CAMINO DIFERENTE
Se levantaba antes de la hora recomendada, incluso si la noche anterior el ruido de los vecinos y de la calle la había mantenido en vela. Despertaba pronto en cualquier caso, para apresurarse hacia los cristales y mirar con gusto ese fondo inestable, infinito y colorido, que es el cielo a primera hora de la mañana.
Abría la ventana unos minutos, obviaba el edificio de frente y volteaba la cabeza, rastreando nuevos tonos y sus transformaciones. Las nubes le servían para encontrar contrastes de color, adivinar nuevas texturas y disfrutar de luces oblicuas. Incluso si algunos días la mañana se presentaba gris y sin variaciones, aquella superficie monótona y brillante todavía la enloquecía y la llenaba de pasión. Se preguntaba si prefería los amaneceres a los atardeceres. “Los primeros”, —decía en voz baja—, “están cargados de esperanza y vitalidad, mientras que el final del día invita a cierta tristeza. Parece que la ciudad se incendia. ”
Las mañanas eran frías, por lo que no aguantaba mucho tiempo con la ventana abierta, absorta entre púrpuras, rojos, rosados y naranjas. A su pesar, a los pocos minutos necesitaba regresar al cuarto y cerrar los cristales. Seguramente, la brevedad de ese espectáculo aumentaba su fascinación. “Qué hermoso, qué mágico, qué inesperado cada vez. ¿Cómo no hay mil personas en sus balcones, mirando al cielo también? ¿Qué otra cosa es mejor hacer?” Sentía que jamás se cansaría de ese cielo.
Tuvo un novio extranjero al que explicaba que, en castellano, utilizamos la palabra “cielo” como un apelativo cariñoso, para referirnos a nuestros seres queridos, a los más próximos. A un enamorado o a un hijo. Ella no se lo diría a cualquiera; sin embargo, siempre le parecía bien que se lo llamasen, sin importar quién lo dijera: una peluquera, su padre, las amigas de su abuela. El cielo es cambiante y rodea. El cielo es la apertura, la salida a las galaxias, hacia lo más lejano.
Para el cristianismo, el cielo representa a Dios, la salvación, el paraíso. Podemos decir que se trata de una religión ascendente y vertical. A diferencia de ella, otras culturas como los incas veneraban a la serpiente por su capacidad de conectarse con lo profundo, debajo de la Tierra. Ellos no prestaban tanta atención a un alma que se eleva ni a una Virgen que asciende, sino a los restos enterrados de los muertos, a lo que crece y hace crecer, sin que lo veamos. La Pachamama no es sino la propia tierra por la que caminamos, considerada un ser vivo, divino y dador de vida.
Me pregunto si habremos heredado intensamente esta estima cristiana por lo que sube, la elevación y lo que está tan alejado de la tierra. De ahí, quizás, que nuestras apariencias de progreso y estatus consistan en la construcción de rascacielos, en el lanzamiento de cohetes y en unos bonitos tacones de aguja. Me doy cuenta de que, para decir “sí” con un gesto, movemos la cabeza de arriba abajo. De ahí podríamos establecer una analogía entre ascender y asentir. También se elogia la altura humana. Hay cirugías en las que se cortan los huesos de la pierna, para que crezcan como reacción a la herida y la persona gane unos centímetros, entre cinco y diez.
Pensando en personas altas, me vienen a la cabeza las drag queens. Ellas llevan plataformas que dan vértigo, con las que además suben a escenarios donde lucen peinados con volumen. Todo esto, hecho por ser personas que, en general, son de por sí altas y de espaldas anchas. Más, más y más. Supongo que su oficio consiste en llamar la atención. Exhibirse y tomar el espacio por medio de todo lo que esté en su mano. Y eso que las drag no son nadie en concreto, sino un alter ego. A menudo, son fantasías que la persona no se permite en su vida ordinaria. Toda esa atención se reclama para una sombra, un disfraz. Las drag repiten un patrón. Se presentan enormes, brillantes y enjoyadas, similares a estatuas procesionales de Vírgenes andaluzas. Todas ellas congregan a devotos, cánticos, generan éxtasis y se alzan hacia las nubes.
Sin embargo, a la mujer que amaba al cielo también le gustaba tirarse al suelo, boca arriba. De esa manera podía mirarlo de frente, sin necesidad de forzar el cuello, como a una persona cara a cara, que te brinda su mirada.
Tocar fondo y morder el polvo son algunas de las expresiones que aluden negativamente a estar demasiado cerca del suelo. En esa posición una podría sentirse humillada, vaga, arrastrada y vencida. Se parece a regresar a nuestro origen reptante. Se dice que elevarse y caminar erguido fueron conquistas de la humanidad, que no conviene poner en duda. La moral nos pide rectitud, incluso en la forma de la espalda.
Sin embargo, ¿hay todavía un camino diferente al que asciende? Quizás, renunciando a esa elevación, dejando de asentir y, en su lugar, aceptando que vivimos de la tierra, mirando con humildad al suelo y acercándonos a él, recobraríamos, paradójicamente, algo de firmeza. Sería otro viaje, una amable negativa horizontal, donde no se premia la trayectoria creciente, sino lo que nos sostiene, y se ama la lejanía de los colores brillantes, más hermosos porque permanecen lejos y se funden entre sí.
En la corteza, respetamos esa distancia y nos contentamos con nuestro punto de vista corto y pequeño. Un camino diferente no busca escaleras, escenarios, ni podios, sino que discurre entre los huecos, admira charcos, empapa su frente con la suntuosa suavidad del lodo y da las gracias a quien no puede ver ni conoce.
Gómez Gabriel
UN CAMINO DIFERENTE
Una realidad diferente, un silencio, muertos vivientes. Y quiero acabar con mi vida en este instante. Porque todo lo que sueño es un camino y el camino solo puede ser todo lo que sueño. Muchos caminos son, entonces. Muchos. ¡Basta! ¡Basta! Si continuo habré de morir por mi propia mano; morir de puro placer. Me gusta serpentear hasta perder el camino, solo así me siento libre. Libre y bien puesto para correr con mis cadenas en mano, porque la libertad con mayúscula solo es para quienes no sueñan. Y yo, como les he dicho: ¡sueño! ¡no puedo dejar de soñar! Todo es tan relativo. Hoy, los grilletes me acompañan, mañana, serán un arma más de imaginación. No volveré a corregir nada nunca más. El que quiera leerme, que lo haga y el que no, que sea libre, libre como el viento, que me deje sus grilletes que yo aquí muy bien los cuido ¡Pero recuerden! Lo que escribo solo es para los interesados en los sueños, en soñar… ¡soñar! Soñar una realidad diferente, un silencio, y muertos ¡muertos! ¡que los muertos nos hablan!
Diego Molina
TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora
Inscripciones: carmensalamancagallego@gmail.com – 609 515 338
https://www.facebook.com/talleresdeescrituracarmensalamancagallego
Visita nuestra web:
http://www.escribeycrea.com
Visita nuestro canal en Youtube
https://www.youtube.com/channel/UCQtPVp9VFU2hYjtG8xtIJfQ?view_as=subscriber
Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero








