UN REMOLINO DE VIENTO

UN REMOLINO DE VIENTO

¡Sumérgete! ¡Con eso basta!
Diluidas las formas en la espesura del aire
pareces un niño o un anciano que se rebela.
¿No tienes palabras?
¿No sabes expresar lo que te desafía
delante de tus ojos?
Tendrías que caminar descalzo
sobre las piedras limosas bajo el agua.
El río oscuro lamería tus pies con avaricia.
¿Eres la sombra del pájaro de la mañana?
Cuando lo dabas todo por perdido,
ave fénix, renaces de tus cenizas.
Los días están contados, sin embargo.
No mires como todo un propietario
este cúmulo de amaneceres.
El cielo descansa su pesado vientre
sobre las casas.
En medio estás tú
y tus ambiciones domésticas.
Con una cuchara y una taza de café
intentas redimir tus pecados.
Aquí tienes un remolino de viento
para poner el mundo en marcha.
¡Sumérgete! ¡Con eso basta!
Desde el fondo turbio del río helado
emergerás tiritando a un nuevo día.

Ruy Henríquez

UN REMOLINO DE VIENTO

Hay una dirección que da al mar y tiene entre sus vertientes
pétalos de rosa azul, soleados por las entrañas
de los volcanes.
Curiosas enredaderas con jirones de chocolate
en una gran taza, para que tú también puedas caminar
por algodones de colores y estampes tu firma.
Un remolino de viento vertido en una copa de champagne
que esparce burbujas
por las orillas.

Pino Lorenzo

UN REMOLINO DE VIENTO

En los albores
de la difamia
rejuvenece el ámbito
propicio a la vida.

Siglos en vigilia
abordan el universo.
La palabra lo expande.

Sylvie Lachaume

UN REMOLINO DE VIENTO

Cuando un pataleo sostenido perdura
porque un atropello
esquilmó los haberes de armonía,
es como arrojar las promesas a los gases,
crece un tirabuzón en la entraña
hasta enraizarse en arrebato.
Sus vapores se ensamblan a la ira
creando un remolino de viento
que arrastra manos abiertas
y blancas batas con el pálpito
de miles de pulmones como eje.
Somos hijos de Hipócrates
y nuestro juramento es social
¿No viste cómo aplaudía la gente?
¡Ay! de los que nos quieren débiles
el calor de primavera está cerca
y el tornado incipiente os puede cegar.

Ana Velasco.

UN REMOLINO DE VIENTO

Aquella tarde en el río
un remolino de viento
se llevó nuestro albedrío.
Quedamos desprotegidos.

Ven, devuélvenos lo nuestro
y no seas un mal nacido
que cuando el remolino cese
el viento se hallará perdido
y más que perdido.

Cruz González Cardeñosa

UN REMOLINO DE VIENTO

Un remolino de viento fresco,
hemos perdido mucha hojarasca
buscando una aguja que en realidad
no era más que una paja.

Un remolino de viento azul marino
para que lloren en nuestra cabeza
los pájaros sobre las olas de sangre
para que estalle otra vez el sol,

para que las estrellas vuelvan a pensar,
las nubes vuelvan a hablar su lenguaje
de gestos exacerbados y vuelva el agua
a bajar por nuestra piel hacia la luna.

Un remolino de gritos en la mañana
me ha despertado como viento tu día
urgente como fuego, amable como
este remolino de tierra elevada que dice.

Kepa Ríos Alday

UN REMOLINO DE VIENTO

El viento del cuerno,
de la calle ascendente,
de un mirar que retumba.
Alguien grita en el hueco
y de la sombra del remolino,
caigo, caigo sin vacilar.

El tiempo con sus estrofas,
piel de tierras ancestrales,
piel bajo la luz,
piel del zaguán
que escupe un nombre.

Ahí, adentro del muro,
respira el remolino.
Se marcha el pájaro
de la tempestad,
las hormigas aprenden español
con la velocidad
del caballo vegetal.

Salen de los poros del asfalto,
ojos carcomidos por
una alta esperanza.

La tierna lengua cotidiana
gime en la puerta de casa.

¡Ven! Los pechos abundantes
han vestido letras embriagadas.
Está el antiguo corazón
y mi cuello ennoblecido por el canto.

Clémence Loonis

UN REMOLINO DE VIENTO

La atmósfera de mi boca respira
donde se secó el tabaco.
Con corazón de lino claro
hubo una ausencia de venas y de escaparates.
El disparo fue certero y como una herida
profunda se fugó el calendario.
Recibí una negrura en la noche
aún más honda que el pescado.
Aprieto los dientes pero el rostro va pálido
¡Ahí va el loco derrotado!
Con su molino de viento, sin fecha en el calendario.

Laura López

UN REMOLINO DE VIENTO

A veces, en el instantáneo paraíso, aparecen furtivos
sortilegios, que atraen a las ratas y dispersan el formol.

No quiero que acabe esta soledad…

Que la leyenda de los objetos de cera me juzgue, rosácea
arena del tiempo fugaz, la tímida geografía
fecunda, ángeles del fin… Besos de la cólera
prisionera del cráter gomoso, fanáticas crisálidas
en el hueco, que tiemblan en el ático de las medusas.

¿A caso no entiendes de tinieblas, y está dispuesto,
este destino así, para provocar a los ecos, hasta su vértice?

Palmo a palmo, saboreo el deseo, la cerrazón
de esta sepultura aún caliente entre los médanos,
entre sus pirámides consagradas de idolatría narcótica.

¿Qué queda de ti, entre las malezas de los días de pedrerías?

Nada más que una mortaja, nada menos que un sillón
encadenado, tu piel deshojada de fantasías,
despojada hasta las vísceras, ni una ración del edén,

¿Qué sueña contigo?

Un rubí escondido en la memoria, los hálitos de la guerra
y los retazos del esplendor de los años.
La contradicción de un ejército de núbiles maniquís.

Un reino inalcanzable de ámbar, un dios del corazón
de óxido, la desnuda cámara de ojos impíos,
juzgando, entre los reflejos y los fértiles miedos que erigías,
sobre el pulso de las hojas raídas de esta farándula.

¿Dónde crece el paraguas de tu pena?

En la caída al arrecife, ni una cáscara en el jadeo
de la cascada, tejida entre las lámparas del mediodía.
Lenguas frágiles persiguiendo un destino de látigos
salvajes, en el éxtasis de las bocanadas, jirones y pólvora
en la sinuosa corriente de las puertas áureas.

Las que abren las raíces del olvido, del pétreo
lunar en las vociferaciones, entre ramas mortíferas,
hambrientos filamentos, que vagan esculpidos
por los conjuros de la hechicera
y las furtivas letras de la galería.

No quiero que acabe esta soledad…

Y volar con la libélula,
arrastrarme al vacío de alegorías…
Con los lápices en la mano, trazar mi camino:
una brújula caótica,
en un remolino de viento,
y fundirme en el éxtasis de su llama carmín.

Paty Liñán

UN REMOLINO DE VIENTO

La tarde se puebla de aromas cálidos,
de risas despreocupadas,
de brisa fresca.

El cielo se continúa en el mar,
la invitación al goce,
la tentación de lo efímero.

La vida en segundos,
pasión desordenada,
instante pleno.

Se transforma la delicia,
se desvanece la calma.
El poder natural,
intenso remolino que altera,
asoma a otra realidad.

Carla Bianco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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EL APODO

EL APODO

No le iba mal eso de tener varios nombres, su familia lo llamaba por uno, los amigos por otro y cuando alcanzó la etapa profesional le cambiaron otra vez. No le molestaban pues todos iban al encuentro de lo que relucía en su piel, lunares, pecas, motas. Pero algo cambió en una señalada cena de empresa cuando al ir a buscar otra copa, se cruzó con una conversación de mujeres de la que llegó a escuchar: “entonces ese que acaba de levantarse es el “manchas”. Estuve a punto de dirigirme a ella y decirle “el tiznao” será tu padre, al volver del mostrador me acerqué a la tertulianas y me presenté, soy el gerente de la empresa y me llamo Esteban. Desde aquel día es el único apodo que soporto y menos mal que a la que me ensució la cara también le gusta, pues sigue siendo mi “lienzo”.

Ana Velasco

EL APODO

Estuvo ingresado, por eso hacía mucho que no lo veía. No recordaba su nombre, cuando vivía su hermano siempre iban juntos, les llamaban «los hermanos». Los dos tenían expresión circunspecta, amable. Pero sorprendía su actitud siempre ociosa, nunca se vio a ninguno de los dos hablando por el móvil. Tampoco parecían ricos, gente de barrio… – En algo deben trabajar, pero yo no sé en qué- me dijo la camarera cuando le pregunté. -Sólo sé que tienen una madre de noventa años que está muy bien de salud; mejor que ellos, siempre hacen ese comentario.

Cuando le vi en el bar solo, sin su hermano, no supe cómo saludarle. -Hola hermano- le dije. Había estado ingresado. Su hermano se había enrolado en un ejército de poetas que pretendía constituirse en nación dentro de Europa. Él se había puesto muy triste.

Y ¿porqué no te enrolas tu también en ese ejército con tu hermano? -Le dije dándole una palmada en la espalda.

Lo intenté -me dijo- escribí algunos versos, pero eran inofensivos. No sé por qué, pero no matan, atontan solamente durante unos minutos.

¿Pues eso tendrá alguna utilidad en el ejército de de poetas? ¿no? Algo así como los aturdidores eléctricos que usa la policía cuando que reducir a alguien sin matarle.

Si -respondió el pobre- pero empecé a odiar a mi hermano. Yo siempre había sido un poquito mejor que él en todo, en el fútbol, conquistando mujeres, en cata de vinos… No sé de dónde le habrá venido esa vena poética, pero escribe bastante bien y en el ejército de poetas le aprecian mucho. Debió ser cuando murió nuestra madre. A mí me ingresaron porque me dio un ataque de caspa y no podía ni andar por la calle. Pues mientras yo me debatía entre la vida y la muerte, porque mi propia caspa me asfixiaba, y estaba en el hospital ahogándome en un mar de caspa, mi hermano empezó a escribir, a publicar sus poemas… Hasta que ya se hizo poeta y para hablar con él había que besar a los o tres mujeres. Le quiero porque es mi hermano, pero no me sentó muy bien lo que me hizo, lo de ponerse a escribir mientras yo me ahogaba.

Kepa Ríos Alday


EL APODO

De niño, me llamaban Cocodrilo. Fue mi hermana que se infló en el aprendizaje de la pronunciación, co-co-dri-lo. Vaya apodo, me dirán, pero mi verdadero nombre también lleva sus dientes: Juan Joaquin del Monte Garrido y Azafrán. Cocodrilo se llegó a dividir en coco y drilo y yo hice lo mismo, me dividí: Dos ángulos largos, dos horizontes para los sueños. Era Drilo para ellos y Coco para ellas. Ya se puede ver el tinte que cubría esos apodos. Drilo hizo de mí un deportista, un jugador de baloncesto, era El Drilo. Fue mi manera de conectarme con el lenguaje, algo terco, y con el mundo, algo desvanecido.
Siempre quedaba alguna ambigüedad porque la semejanza entre drilar y driblar dejaba puntos de escape y es en esos puntos donde aparecía Coco, ya sabe, Mademoiselle, la verdadera huella.
Drilo comía para su pelota. Coco aspiraba en vuelos de altas cumbres, cosas desaparecidas, soberbias amapolas, un universo de saludos donde se tejían los sepulcros como nubes.
Ellas nunca se equivocaban, ni un lapsus, no iban a perder la oportunidad de llamarme Coco, como en una especie de abuso, agotar la voz en un pensamiento derramado sobre dos sílabas. Para ellos fueron más frecuentes las detenciones, como una lengua inmóvil, un tacón que no toca el suelo. Coco era un imán y tal fue así que cuando nació mi hijo, me re-bautizaron en Drilococo.
Los acontecimientos se precipitaron, creció mi pecho de jade, los huesos de los días se estiraron como miembros fabulosos. Alguien barrió los dientes transitorios y el porvenir empezó a ondular. El juego tomó una distancia tal con sus jugadores que pudo iniciarse el oficio. Desde el acantilado escuchó el paso del adiós.

Clémence Loonis

EL APODO


• Nombre por favor – le insistía el gendarme.
• Pardiez- le decía el señor de la gabardina.
El agente de seguridad se desesperaba ante la mirada perpleja del otro hombre mientras un dolor fulgurante le acometía en la pantorrilla. Su garganta se secaba por momentos y el aliento se caldeaba cada vez más como si una candela le trepara. Sombrío de fuerzas la pierna entera se le paralizó. Era como un bloque de hormigón. Paredes altas de cien metros comenzaron a cercarle. El paisaje de ciudad se tornó agresivo y la gabardina de aquel hombre de mirada estupefacta comenzó a rodearle con su oleaje de fibra sintética. Se sintió absurdo ante la situación y aterrorizado. A merced de aquellas mangas vacías se despegaba a la altura de su bolsillo una libretita con sus asuntos más inmediatos. Caía y se deshojaba, volaba como un pájaro con unos dedos como patas. Reconoció aquellas yemas, como si las huellas dactilares dibujaran un mapa delictivo. Cayó en una somnolencia de recuerdos. No sentía la pierna, ni el cuerpo. Era a su vez un pájaro de hojas sin costa.
Amaneció en el hospital. Una doctora le posaba una mano en el hombro.
• ¿Cuál es su nombre? – sus ojos se elevaban tras el cristal de sus lentes.
Sólo se le venía a la mente una palabra, tal vez un apodo, o una expresión, que hizo que todo el hormigón de la obra de su casa se le implantara en la pierna, en el cuerpo.

Laura López

EL APODO

Me llamo Clara y os presento mi artículo de hoy, para el periódico del instituto. Es algo muy divertido, si está bien puesto.
Ensayo caótico sobre los apodos:
Hoy, quiero contaros cosas sobre los apodos y cómo usarlos bien, pueden ser muy divertidos, siempre que la persona no se ofenda por ello.
El apodo puede dar un tipo de lugar en la geografía, una ciudad, un pueblo o un barrio.
Hay apodos divertidos, casuales, ingratos o para bautizar y molestar.
A mí, los apodos me parecen, también, un punto de información. Son como los adverbios, de lugar, modo o cantidad.
Aunque en muchas ocasiones, el apodo no concuerde con la realidad, al menos la tuya.
Por ejemplo: el de modo, puede ser alguien que llama a su pareja bomboncito, dulce, caramelo, esto no quiere decir que sus labios sepan a caramelo de menta o fresa, sino que esa persona aplica el adjetivo, en lo dulce, que le parece su pareja.
Algo así, pasa con los apodos calificativos, éstos suelen concordar más con la realidad.
A saber: fortachón, gordi, ojitos, pestañitas, osita, barbie, loquito o risitas. Éstos califican en esencia, a la persona que lo lleva por su tamaño, grande, o pequeño, de diferentes partes de su cuerpo o aspecto.
Luego está el de lugar: lunático, inglés, barriga, armario, cocinilla, orejón, barbudo, manazas, mirón o bigotes.
Esto no limita los apodos, hay más maneras de buscar un apodo, yo solo hice un resumen de tres.
Aquí, en mi pueblo, nadie sería nadie, sin su apodo: llama al “herrero”, no puede ir, está de cervezas con el “barril”.
La del cura, el pato, la banana, el chino, el pulgui, el cigüeño, cabeza huevo, pepinillo…
Todos son familias del pueblo y no sabrías reconocerlos, si no fuera por su apodo.

Paty Liñán

EL APODO

En aquella familia grande, de hermanos y primos que crecieron juntos, entre la vereda y el patio, había dos niñas que destacaban, primas hermanas, con una alianza probada en ejemplos cotidianos.
Compartían lo bueno y se cubrían en “picardías diversas”, algunas individuales y muchas a dúo.
En cuanto a la forma de ser nombrado, era costumbre familiar, a modo de tatuaje de otros tiempos, usar el apodo.
Así que a Clara, desde pequeña la llamaron “la rubia”, ya que el dorado de su cabello era carta de presentación, y a Mercedes, nacida 13 meses después, “mecha”.
Así, “la rubia” encendía a “mecha”, a puro entusiasmo e ideas “voladas”, como solían decir sus padres.
-¡Tengan cuidado, por favor! Con prudencia, niñas.
Desde que tuvieron edad de salir de la mirada de la familia, dejaron la “prudencia” y encendieron los motores.
Cuando llegó el momento de ingresar a la escuela, eran expertas en diferentes habilidades que asombraban a los niños y escandalizaban a los adultos. Tanto los docentes como los vecinos se hacían cruces con aquellas primas que hacían honores a su fama.
Por la energía que se producía entre las dos, la ventaja que ambas fueron descubriendo, es que una o la otra podía “hacer tierra”, o sea, bajar el plan a lo posible, o dar la voz de alarma y salir corriendo, o bajarse del muro sin un solo rasguño, es decir, sin evidencias que las pudieran comprometer más tarde.
Esa electricidad que circulaba entre “la rubia” y “mecha”, las acercaba desde la risa como desde el silencio. La infancia viene con dolores, que no siempre son los de las rodillas.
A los adultos les cuesta acordar, las peleas pueden sonar fuertes y las palabras hieren, más por cómo suenan que por lo que significan.
En general, ellos volvían a ser “como siempre”, o eso parecía, mientras que las primas quedaban días hablando bajo las estrellas, cuando todos dormían y la única luz era la de la luna.
Aprendieron de cada escena, solo que lo supieron mucho tiempo después. De niñas guardaron vida, risas y aventuras en sintonía con preguntas, alguna lágrima y más de una tristeza.
“Siempre en contacto” fue el lema.
Es que el buen caminante sabe que solo se avanza si contamos con compañeros.

Carla Bianco


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UNA NUEVA PALABRA

UNA NUEVA PALABRA

Se desgranan las letras en diccionarios
como significados que se unen a sentidos casi imposibles,
con divergencias altruistas diseñadas por pasos pensantes
que se aturden en el desconocimiento de una amplia gama de combinaciones.

Sellan los puntos el ritmo de cada pausa
como lo hacen los velcros sobre su terca alianza,
se deshacen en pulsos que nunca cesan
entre acantilados de verdades que nadie ha confirmado.

Siéntete como en casa, la barbacoa de signos
interroga cada pedazo de ser,
cada sustancia inconclusa que, sin permiso,
ha llegado hasta aquí, para encender la llama
que nos abruma, que nos elimina.

Fugaz como la vida, zumban los cuarteles de la escritura,
esos momentos ínfimos donde las palabras,
brincan alborotadas entre ellas como si de una danza tribal se tratase.
Desnudas alrededor del fuego, se crean y,
a la vez, se destruyen nuevas palabras.

Magdalena Salamanca

UNA NUEVA PALABRA

Cuando amanece tu mirada,
una nueva palabra aparece entre los dos
en forma de volcán,
para hundirse al precipicio del encanto,
volcar sus impulsos al olvido,
derramar entusiasmo en tus mejillas.

Una nueva palabra me digo,
algo que tiene que nacer,
para poder morir,
algo de una belleza superior
capaz de tolerar mis arrebatos,
algún tipo de puntuación a mis impulsos,
agonía perfecta del silencio.

Una nueva palabra,
que sea capaz de acariciar tu piel a la distancia,
que se haga surco de vida,
que sepa estallar mis veces y así,
poder reinventarse,
trepar por tus pupilas luminosas,
acariciar lo atómico del canto.

Una nueva palabra te digo,
que nos permita chocar con las miradas,
que sea noble como una buena madera,
que se desangre en versos
y vuelva a mí para volver a empezar desde cero.

Leandro Briscioli

UNA NUEVA PALABRA

Viene la noche con sus alas negras
en forma de labios con cristales rotos,
espera que en un descuido
grite su nombre
y me arranque los amaneceres
que inundan mis zapatos de primavera y coral.

Viene el frio con su sed asesina de hormigas mudas,
en forma de ventana a la que asomarse al precipicio,
espera que me duerma con una canción de cuna,
la llamé y la busqueé
para morir en sus orillas.

Hernán Kozak

UNA NUEVA PALABRA

Para empezar, hay que deshacerse de uno mismo.
Desnudarse, arrancarse la piel y la carne,
arrojar a un lado las frases que dices mañana y tarde.
Las palabras, los recuerdos, las cartas ya escritas,
también las que no fuiste capaz de escribir
y que te atormentan como un lamento.
Olvidarlo todo con un relámpago,
con un restallar de luz en el silencio.
Olvidar incluso lo que aún no ha sucedido
o que no habrá de suceder jamás.
Todo lo que te obliga a seguir esa dirección desconocida.
El buey atado a la yunta también ve en el surco su destino.
Un establo a cubierto de la noche oscura,
rumiando un bocado como si rezara por el mundo.
Después hay que quedarse en el puro hueso,
en el tenso resonar de las venas al susurro del viento,
sin saber siquiera responder a un nombre.
Cada punto es un camino que se abre.
Cada inflexión un interrogante sin respuesta.
Cada paso una nueva palabra
que habrá de romperlo todo
tras dejar abierta una salida.
Tampoco es eso, tampoco es otra cosa,
pues también es posible empezar por el final.

Ruy Henríquez

UNA NUEVA PALABRA

Silenciosa la noche desperté
al sonido de una nueva palabra
que rugía en mi interior
desde hacía ya tiempo.
Una palabra sencilla de letras inconstantes
que se miran unas a otras.
Rugían incesantemente intercambiando lugares
y buscando nuevos silbidos.
A veces, se inhibían entre abruptos sentimientos
de osado pesimismo.
Pero enseguida tomaban nuevas formas.
Así eran las letras de mi nueva palabra
favorita.

Pino Lorenzo

UNA NUEVA PALABRA

Una nueva palabra me ha tomado
de la calle y me ha querido hacer nacer
desorientado, titubeante, me ha dado
a luz una palabra nueva que habré dicho.
Habré escrito en el reverso de algún ser,
en el envoltorio de algún beso, en el aire
contaminado de pasiones industriales.
Una palabra nueva de tus labios, un esbozo
de sonrisa me ha hecho su milagro,
su afecto no lo puedo comprender.
Una palabra nueva de un onagro
me ha hecho rebuznar con sensatez.

Kepa Ríos Alday

UNA NUEVA PALABRA

Qué es esto que ríe con un candil en la sombra
que desconozco y rige una muerte,
que vacila entre las arterias y bombea
en los músculos, en los sacos de memoria
donde roncan y se hinchan los vientres.
Es preciso que pare esta altura de gladiolos
de campos y paisajes, esta bandada de nada.
Abiertas las alas los precipicios y vértigos
se agolpan en las sienes
Las caladas de la bruma tumban y asienten,
arrancando los espacios y delirando en la superficie
del nocturno semblante.
Una nueva palabra en la cuadrilla oscura
y deja en mi boca un estruendo atónito
más allá del pantano.

Laura López

UNA NUEVA PALABRA

¿Cuál es mi nombre?
¿Yugular cercana al corte
o los hermanos míos
que florecen en el anhelo?
Soy esa palabra nueva,
la esclava de la lejanía.
En ese encaje de memoria subalterna
paseo mi rostro.
Múltiples pestañas saludan
el ritmo de los pedazos.
Hay huertas abundantes de murmullos,
plazas de aranceles
y pequeñas gargantas
que se desvanecen en la noche.
Veo el desfiladero de un oro mísero,
siluetas de contrabandistas
quieren morder el cielo,
apresurar el robo robado.
Con la implacable cabeza,
celebramos el viejo diente.
Veloces danzas aproximan
el desplumaje del tiempo.
Se están lavando los ritos,
las ruecas, el destino mismo.
El plato esparce
las cenizas de la última luz.

Clémence Loonis

UNA NUEVA PALABRA

Refugio, júbilo, temor, madre…,
repaso el elenco del ancho glosario
eligiendo a ciegas un sonido
para esa sílaba que me pides,
elaboro un tangram
esperando llegar a tu orilla,
pero el tablero me devuelve un recodo
donde apenas cabe un símbolo fugaz.

Ana Velasco

UNA NUEVA PALABRA

Es la herida constante, la lluvia de miel instantánea,
que cubre tu tez… La llamada no blanqueará
el sol, tampoco las constantes huellas en las lápidas.

Una nueva palabra que rasgué en el epitafio
de tus sombras, los distinguidos huéspedes
de tu ausencia de errantes pájaros, un rubor
en este amanecer sutil, que envuelve las jaurías
del río purpúreo de tu piel.

Siempre la soledad, siempre la marca del légamo
entre tristes vientos, palpitantes huesos irrompibles,
reclamando otro posible jardín, un corredor al paraíso.

¿Quién bate sus alas en la eternidad de la prisión
del día?

Eran las humaredas donde la muerte aúlla,
por donde marcha el verbo, la anáfora,
aquella sustancia infinita que encarna en las palabras,
donde, una vez, el aliento cerúleo de tu océano, estuvo.

Entonces llegó septiembre al patíbulo,
para sentenciar la vida…

Asida a las manos, a las lúnulas, al volcán
de los tiempos en el pentagrama de vísceras,
una utopía de antorchas secas, en el revés de la niebla.
La garganta absorbiendo el polvo, extraído
de los rescoldos, de etéreas lámparas, en la ciénaga.

¿Quién deja caer el látigo pétreo al agua fría del destino?

Un ritual del demonio y la furia, desvaríos de la creación
nocturna, las llamas en la casa y la condena póstuma,
transmutando la realidad del ataúd de oro, espejismos
de sal, vagando en los reflejos de la necrópolis.

La ciega envoltura del adiós más prístino, la maraña
de nidos verdes, la cálida seducción de la rueda solar,
impasible entre las malezas. donde una flor desnuda tiembla,
entre el cadalso y el cuchillo caótico . . .

Un fruto entre la imagen de témpano en el puerto,
lenguas del séquito de códigos de escarcha, el cadáver
del mediodía, un pliegue en los tentáculos,
furtivas esferas, música en la cripta de la ausencia,
telones arcillosos…

El modelo precipitándose detrás del humo, hasta el último
soplo, hasta el otro invierno azul.

Creando el tiempo, como si todavía lo hubiera…

Apretando los dientes contra el aluvión, tras las mudas ramas,
el sollozo de la caída, hasta el arco final.

El reino de tantas raspaduras y escombros,
un lugar roto en la memoria, grisáceo, el cajón
profanado por hormigas que creíste amigas, reclamando su cielo.

Una condena al alba entre el río de cuerpos exánimes.

Un territorio inhóspito de errantes sinfonías.

Paty Liñán

UNA NUEVA PALABRA

Atravesó el silencio en dolor elegido.
Con su huella de sangre y de barro,
otra fuerza nacía,
otro cuerpo se abría.

Se despereza la vida,
goza el festejo de los días,
con orden, sin órdenes.
Festín humano en menos,
en más.

Palpitando en cadena avanza,
gemido, letra y palabra.
Borda mientras bordea,
son otros los rumbos y
serán nuevos los caminantes.

Carla Bianco.


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AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

No hacía ni demasiado calor ni demasiado frío, los alcornoques nos escoltaban en aquella explanada que habíamos elegido para hacer campamento, esta vez, no nos quedaríamos a dormir, pero sí a pasar todo el día, habíamos pensado volver al atardecer.

Laura y Pino, habían ido a buscar algo de leña para hacer la paella, ellas son nuestros enlaces expansivos con el mar, hemos descubierto que para estudiar las profundidades hay que aprender a escuchar al mar. Ellas transmiten tantas buenas hondas que se ha logrado frenar la invasión marítima por agentes plásticos.

Al otro lado del mar tenemos a Sylvie, la cobertura isleña de la France, a través de ella somos capaces de encontrar, en colaboración con nuestros enlaces expansivos, los movimientos sísmicos más inauditos, nada pasa inadvertido a sus sensores ibicencos. Ha creado en la distancia una longitud nada proporcional a la distancia misma. ¡Increíble!

Elegimos hacer Paella porque Hernán había decidido venir, es un excelente chef, nunca se dedicó profesionalmente a la cocina, pero lo suyo es vocación, hasta tiene su propio huerto, aunque él está más dedicado a la prudencia Juris, un método anticorrupción para la limpieza y evacuación de tóxicos políticos.

Kepa aún no había llegado, es un prestigioso académico que dirige un holding de empresas decidas a la investigación e implantación de nuevas fórmulas para potenciar las matemáticas clásicas. Ha trabajado hasta para la NASA, incluso por temporada habita el espacio sin moverse de su lujosa academia en Madrid.

Los encargados de traer los víveres fueron Ruy y Leo, ambos han creado nuevas líneas de pensamiento para favorecer el disfrute musical y artístico en las mujeres, la verdad es que, aunque son muy distintos, han sabido crear juntos una solución eficaz para el disfrute de lo femenino, también han logrado impartir sus seminarios a hombres, son todo un éxito.

Gracias a Ana hoy podremos disfrutar de un clima inmejorable, ella ha logrado implantar Estridentismos Ambientales, una tecnología hipermegamoderna que reúne en una simbiosis única, cada estridencia humana del ambiente y genera tanta potencia como para alimentar al planeta por zonas, del clima que se desee.

De Antonia solo podemos decir verdaderos halagos, ha logrado mejorar el transito educacional. Sí señores como lo oyen, es la primera Teacher que escucha a los alumnos y a los padres de los alumnos. Ha conseguido un 100% de Matrículas de honor en sus más de 500.000 alumnos, mejora las relaciones padres e hijos y en algunos casos, ha solucionado problemas de familia que no tenían ninguna solución.

Por suerte contamos con Cruz, nuestra agente discreta más revolucionaria, ella ha podido transferir toda la energía del subsuelo a las masas más sólidas del planeta, creando crotones de expansión reticular, no hay tecnología informática más avanzada.

Sinceramente, ustedes estarán pensando que hace una chica como yo en un grupo como este, pues la verdad, alimentarme de mis compañeros, pero nada de esto sería posible sin Carmen, nuestra líder, un ejemplo de tenacidad y perseverancia, una mujer arraigada a sus principios y también a sus finales, sin ella y su arma más poderosa, jamás hubiera sido posible tanto crecimiento. Carmen es legislada por los órdenes poéticos, otra dimensión, única y de gran poder. Mantiene en su haber un ejército armado con versos dispuestos a ser lanzados.

Todos nosotros somos su ejército y, de vez en cuando, nos juntamos para hacer historia.

Magdalena Salamanca

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Toda la noche caminando por este desierto de mierda, negro, frio y solitario. Sin un peso, pues todo se lo llevó el pasaje y ese hotelucho que nos vendieron como la jaima de nuestras vidas.
Y además no se puede tocar la comida porque “el gordo” dice que en el 86 no sé qué carajo les pasó que no pudieron comer hasta llegar al campo y que como eso les dio suerte hay que repetirlo.
La concha de su madre, hijo de mil putas, como la cábala no salga bien, lo reviento.

Hernán Kozak.

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Viajaba siempre en su desvencijada moto. Tomaba los caminos de los más recónditos paisajes, que le llevaban a abruptos acantilados, a barrancos sin fin, a lagunas desiertas.

Amanecía cada día en un paraje distinto, en un diferente desnivel o a la sombra de un nuevo árbol.

Conducía mecánicamente.

En su cabeza solo volver a revivir aquella comida en el campo.

Pino Lorenzo

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Era un campo mejorado por la civilización humana, en él los insectos libaban el néctar con sus trompas magnéticas. Lucía nunca había conocido la Tierra, ni los arbustos o la tortilla de patatas. Conocía la historia de la humanidad como si fuera la suya propia, pero había algunas expresiones que no podía pronunciar sin avergonzarse: <> o <>. Cuando iba a decir algo de este tipo le temblaba la voz, le daba risa… Los sábados iba a comer al campo con sus algoritmos, recordaba las excursiones familiares como si verdaderamente las hubiese vivido, pero aquella no la recordaba. Ella no sabía que habíamos modificado su línea temporal. Aquella comida en el campo vectorial de tiempo real era su primera experiencia no programada. La observábamos, pero por primera vez no la controlábamos.

Kepa Ríos Alday

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO


El viento rugía tras los cristales y las ramas se doblaban, pero no hacía frío. Era un viento tibio, como de primavera, aunque el invierno estuviera precipitándose en el calendario. Preparó todas las cosas: la barbacoa, el carbón, las sillas, la mesa, la cesta de la comida…. Hacía años que no se iban de campo y recordó momentos alegres de su vida donde salir de excursión era una fiesta. Los años habían pasado pero las ilusiones permanecían intactas. Un par de amigos, la familia, y camino a la diversión. Habían quedado con otro grupo al que sólo conocían dos de ellos.
El rostro de la conductora se recrudeció cuando, de camino al paraje natural donde habían determinado la quedada, un atasco de kilómetros les devoró en la autovía. Tendría que haberlo previsto, era justo un puente importante y mucha gente se desplazaría ese día. Enfadada, dio con sus puños en el volante, con tal tino, que soltó una pitada prolongada. El coche que permanecía delante, inmóvil desde hacía media hora, comenzó a su vez a pitar. Una cabeza se asomó del mismo y le hizo señas enfurecido. Decidió no hacerle caso alguno. En esas circunstancias había gente que aprovechaba para soltar todo lo que tenía dentro. Ni le miró, pero al hacer un movimiento para acomodarse, su mano cayó inexplicablemente en el mismo lugar del claxon. Otra pitada y otra vez el tipo asomándose por la ventanilla y haciendo amago de bajarse. Ahora se le fue un pie. ¡Aceleró! ¡Pero qué horror! Le dio un golpe a aquel coche con aquella cabeza gritando y girándose de atrás a adelante en la parte lateral. Ahora sí, esa cosa se desprendió del coche, comenzó a reptar por la carretera y aparecieron unos nudillos que golpeaban su ventanilla. En el interior, ya comenzaban a ponerse nerviosos. Unos gritaban, otros intentaban calmar los ánimos…
• ¿Pero tú qué haces aquí? – Una voz se abrió paso tras el asiento trasero.
Cuando dieron cuenta de lo que estaba sucediendo, siguieron las presentaciones. Ellos eran la parte del otro grupo de aquella comida en el campo. Al cabo de una hora aún seguían en el atasco, pero reían, divertidos, por cómo la gente aprovechaba para soltar todo lo que tenían dentro.

Laura López

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

No me lo recuerdes, aquella comida en el campo no salió bien, pero depende de cómo lo mires, diría un gallego. Menos mal que las tortillas que llevaste nos sacaron del apuro, porque si tenemos que esperar al arroz caldoso que nos propuso el nuevo ingeniero todavía seguíamos salivando. Cómo se nota que no había pisado campo, venir a ensayar ese dron entre barbechos como el niño que lleva el barquito a navegar en el estanque, un poco infantil, digo yo. Y por mucho que me digas que lo que quería era aprovechar el día para hacer fotos de bichos, árboles, barbechos y eso que hoy se consume como naturaleza, pues que se lo digan al pastor cuando vio los saltos que daba el mastín. Eso sí, te confieso que pocas veces me he reído tanto como cuando la zarpa del perro le pegó esa sacudida a la máquina metálica mientras el ingeniero no dejaba de girar el mando y gritaba “por qué no funcionas desgraciado”. Bueno y qué me dices de la lluvia de arroz que recibió el perro, le respondió Pedro sujetando la carcajada entre toses. Es cierto, ja, ja, ja es cierto, pero ¿a quién se le ocurre meter la bolsa de arroz en la carcasa del dron?

Ana Velasco

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Fue en 1895, fin de siglo. Eiffel hablaba de su proyecto de torre con la administración parisina. Freud publicaba sus primeros textos sobre neurosis. Ellos se casaron en el ayuntamiento de una pequeña ciudad al sur de París, un 26 de julio. Ella llevaba un vestido de blanco satén, un poco usado, sin florituras y a él le dolían los pies porque un amigo le había prestado unos zapatos de charol demasiado pequeños. Habían estado trabajando por la mañana en el frío laboratorio donde, desde hacía meses, realizaban experimentos sobre el magnetismo. Unidos en la labor científica, habían decidido casarse después de unos años de amistad para que ella pudiese regularizar su estancia en el país extranjero donde ambicionaba quedarse.
Dos formales testigos, ayudantes del laboratorio, habían acompañado a los novios al edificio municipal que los transformaría en marido y mujer. Era un trámite administrativo, pero por lo que representaba, les alejaría un día del laboratorio.
Salieron felices y se besaron como verdaderos enamorados. Sorprendidos por la efusión del beso, corrieron hacia la estación de tren que los llevaría a las afueras de la ciudad. Unas horas antes, ella había preparado una sencilla cesta de provisiones, dos bocadillos de jamón y tomate y una botella de tinto, recubierta por un mantel rojo y blanco.
En el tren, nadie sospechó del reciente acontecimiento. No emitieron palabras ni se miraron. Él quedó magnetizado por el beso, ella por su parte, se preguntaba silenciosamente sobre el hilo conductor del magnetismo y cómo se carga de electricidad o si eso eran vehículos intrínsecos a la unión.
Se dieron la mano al bajar del tren. No cabían dudas, estaban dentro del campo magnético, la electricidad los envolvía. Faltaban todavía unos años, el paso del siglo, para descubrir que los campos eléctricos y magnéticos son dos caras de la misma moneda. Einstein hablaría del tensor de campo electromagnético y Freud, en el mismo año, de la Teoría sexual infantil. El mundo se extendería y ellos, ahora, tumbados en la hierba, rodeando el mantel blanco y rojo, tomaban la copa de la felicidad, un tinto suave que apenas los embriagaba. Jugaban a acariciarse y besarse, descubrirse, el olor del verano resplandecía en sus cuerpos.
Al final de la tarde, cuando el viento cambia de fuerza y dirección, ella lo miró a los ojos sonriente y le dijo: la corriente que ejerce una perturbación magnética sobre nosotros, puede venir de más lejos, puede anticiparnos. ¿Vamos al laboratorio? Es donde mejor estamos.

Clémence Loonis


AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Aquella comida en el campo, aquel día impensable.

• Una escapada del mundo, de la atestada ciudad y su condena- dijiste

Cómo saber que aquello en lo que te empeñaste en ofrecer, como un día alegre de campo, nos iba a condicionar de por vida.
Acepté por hacerte feliz. Yo soy más de ciudad, de edificios altos que tocan el cielo, de montañas de coches y barullo de gente con la que chocas casi a todas horas.
Me atesté de mata bichos, mosquitos, avispas y me faltaba seres humanos raros. Preparamos una enorme mochila de cosas, pero solo pensábamos pasar el finde en el campo. Yo me empeñé en llevar una batería y mi teléfono. Tú querías que desconectara de la ciudad. Me lo escondí en la bolsa, mientras sonreía para mí y tu continuabas tu discurso de desconexión.
Fuimos en coche, subimos el puerto y en la primera colina localizamos un aparcamiento. Comenzamos a andar y tras un par de horas, encontramos una pradera bastante lisa donde parar y pasar la noche. El terreno estaba sembrado de pequeñas hierbas silvestres, pero sin mucha piedra. Así que arrancamos varias y alisamos el suelo para poder poner la tienda.
El hambre apretaba, recogimos leña y al cabo de un rato ya teníamos la humeante hoguera para la comida de campo.
El día acompañaba, lucía el sol y las temperaturas, a pesar de estar en octubre, eran suaves. Estábamos exhaustos y nos tumbamos a disfrutar de una merecida siesta.
Empezó a oscurecer y había que buscar leña para pasar la noche.
Dimos un paseo y rodeamos la pequeña ladera, donde hallamos un precioso rincón con un lago y una maraña verdosa de árboles haciéndole círculo. Era mágico. El sol se escondía entre el perfecto círculo y la luz del atardecer rebotaba en el agua. Parecía sacado de una postal.
No eran horas de bañarse, pero decidimos quedarnos a disfrutarlo un rato.
Entonces lo vimos. Había un pañuelo de lunares rosas, encallado en una parte de la orilla. Apenas había luz y nos pareció lo más sensato guarecernos y volvimos a la tienda de campaña.
Al día siguiente me apetecía volver al lago y te animé a que regresáramos.
Esta vez me acerqué más a la zona donde había visto aquel pañuelo de lunares, que ondeaba con la corriente, al acercarme vislumbré lo que pasaba. Un grito sordo salió de mí, hasta que pude mediar palabra. El cuerpo sin vida de una chica bailaba con la corriente y su pañuelo sobresalía, pero seguía sujeto a su cuello inerte.
Ambos nos miramos aterrados. Volvimos al campamento en busca de mi teléfono.
Me miraste extrañado, mientras rebuscaba en el fondo de un bolsillo el teléfono. Al sacarlo, te explique como me había sentido más tranquila al traerlo conmigo.
Nos costó un rato encontrar cobertura, hasta que conseguimos hablar con la policía y explicar dónde estábamos.
Todavía no éramos conscientes, de lo que encontramos, hasta que días más tarde nos informaron de que llevaban tiempo buscando a esa chica, y que habíamos resuelto su desaparición.
Yo, no creo que vuelva a comer en el campo, ese lugar de postal, manchado con la imagen de la chica, nunca se nos olvidará.

Paty Liñán

UNA COMIDA EN EL CAMPO

“…La vida misma es un milagro de amor” (1)

Aquella mañana, como es habitual, Cleme salió a dar una vuelta en bici.

La abuela Clementina vive en un pueblito, pequeño y rodeado de cerros.

Con pocas calles asfaltadas y muchos árboles, pajaritos dando conciertos y flores. Muchas y muy variadas.

La abuela le enseñó, desde pequeña a respetar, querer y cuidar a las flores.
Ella “las disfruta”, como suele decirle cuando almuerzan en ese entorno tan colorido como aromático.

A ella le dicen Cleme, para “no confundir”, dice su familia, entre ella y la abuela.
Esa frase la viene escuchando desde pequeña, pero no sería hasta aquel día, que tomaría otro sentido para ella.

Paso por la piscina, que es pública, y bajo a ver qué amigos estaban.
Allí estaba él, luego sabría su nombre: Ernesto.

-Qué conversador! fue lo primero que pensó, y luego de una mirada general, -qué lin..!

Él la miró, en ese instante preciso!
“tranquila, sigue respirando, él no sabe lo que estás pensando.”

Los chicos se lo presentaron, era nuevo y pasaría el verano en el pueblo.

Cuando Ernesto se acercó con una sonrisa simpática, le preguntó:

  • ¿Cómo te llamas?
    Cleme, espontáneamente respondió:- -Clementina.

Siguieron paseando en grupo, entre pruebas con la bici y risas. Pura adolescencia despreocupada de 14 años.

Al mediodía cuando regresó decidió hablar claro con la abuela.

Ella la esperaba entre las plantas, apenas la vio llegar, le comentó:

  • Cleme, viste las lavandas?
  • Si si, las vi.
    Y continuó inquieta…
    -Abuela tenemos que hablar.
    -De acuerdo querida, te escucho.

La abuela sintió que el tema era importante, por el tono y el gesto de su nieta, claro.

Cleme caminaba alrededor de la mesa, la abuela atenta, la miraba tanto a ella como a los vasos y platos. Tratando de disimular su temor a que volaran, ¡cuánta energía traía la niña!

-Abuela, mi nombre me gusta mucho, y completo. Y ya estoy grande, ¿Lo puedo usar?

Asombrada, la abuela se acercó y la abrazó.
-Ven, siéntate querida.
Una junto a la otra, de la mano, continuaron hablando.

-Ser tu abuela es motivo de felicidad y de vida, desde el primer minuto. Compartir el nombre ha sido y será el mayor honor.
-Yo se Abu, gracias. Pero…
-Pero nada, el nombre es uno, pero nosotras somos dos.

Luego de ese punto, todo cambió para Clementina.
Aliviada y feliz, le relató a la abuela el encuentro con Ernesto ¡y lo lindo que era!
Da vueltas bailando, su voz cálida contagia alegría…

La abuela la ve diferente, es uno de esos momentos inolvidables de la vida, ¡cómo creció su bella nieta!
¡Cuánta emoción guardada en un solo día!

“Si tuviera el poder de detener el tiempo
no sabría elegir el mejor momento” (2)

-(1) Si me voy antes que vos. Jaime Ross
-(2) Ani. Laura Canoura

Carla Bianco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

Despierta la noche, dormida en tu pecho,
cuando tus ojos me llaman con estridentes gritos,
para colgar de tus pupilas los más singulares infiernos.
Se malgastan los pasos al caminar,
sin otras pisadas que las mías, que insisten
sobre tu pisar, certero, y que calma esta agonía.
Pisar sobre pisar,
demencia sobre demencia,
tristeza e injurias
vividas,
son fruto de la noche amarga
que entristece al más alegre de los tontos.
Asómate a mi cama,
vísteme de fuerza,
grítame al oído
y desperézame del odio,
siémbrame en tu cumbre,
y mézclame en la tierra.
Seremos dos seres
caminando.

Pino Lorenzo

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

El juego se desliza entre las manos,
ese es su escenario,
su cauce seco,
su lluvia intermitente,
el frio al pronunciar sus diferentes nombres,
la alegría de aquellas noticias,
el camino que abre sus alas
y esconde
nuevas formas de mirarte.

Hernán Kozak

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

No digo nada,
callada atravieso la noche de tus párpados
serpenteando entre quimeras
hasta encontrar la cutícula abatida
que ahoga tus lágrimas.
Cual brebaje cargado de canela y pomelo
rocío tu rostro con mis besos
hasta desprender la resina lastimera
que guardan tus legañas.
Luego las yemas de tus manos
se insertan en mi nuca
hasta sostener nuestra mirada
frente a frente
como dos atletas del prodigio.

Ana Velasco

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

Ocultos bajo las ráfagas de viento.
Volátiles como el fósforo encendido.
Promisorios de un sueño que no se cumple.
Secretos como un deseo que no se extingue.
Vuelve el círculo concéntrico a retener
tu mirada de impávido crepúsculo.
¿Con qué pregunta? ¿Con qué duda?
¿Con qué estupor se abren tus ojos
a la noche involuntaria?
¿Querías reiniciar tal vez el diálogo giratorio
que nos mantiene en vela?
¿Acaso ha de morir la ola en cenit de la arena?
El tic tac de tus pupilas es elástico como las nubes
que se desnudan en el cielo de mayo.
Cuando me llaman tus ojos,
acuden a mí los líquenes gregarios
de una tarde detenida en el albur del Equinoccio.
Tendrías la edad que tengo ahora mirándote
desde el dintel de la esperanza.
Sería entonces un turpial con las alas rotas.
Un pájaro entreverado en las cortinas de tu cuarto.
Un agujero en el zapato desde donde se divisa
un horizonte apagado y su raíz remota.
Desnudo vengo con el espanto de ser otro,
fingiendo ser la luz que se desvela
en el cristal de la ventana.
Un mendrugo de pan para seguir alimentando
el hambre que nos acosa.
Trémulo como las hojas arrastradas por el viento.

Ruy Henríquez

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

Cuando me llaman tus ojos
me despierto y busco en la sombra
tu fuego cegador de caminantes.
Tus ojos redoblan con latidos,
nocturnas ondas mueven el cuerpo
con su oleaje de silencio y letra.
Es el lenguaje morse que propaga
su código de sensaciones nocturnas.
Aleteo de mariposa abre las fosas
nasales de la bestia feroz, tus ojos,
se han abierto. Lo sé y lo siento
a través de ellas, las pequeñas
luciérnagas de nuestro alfabeto
que me traen albricias de tus ojos
creadores, ojos de agua, afluentes
del divino néctar de nuestra encrucijada
paradoja de caminos, reflujo oceánico
agitando los límites de mi boca.
¿Serán tus ojos quienes provocan
estas mareas de conchas abiertas
al vaporoso aliento de mi hoya?
Tus ojos reflejan magnéticamente
la cara oculta de la luna, la otra cara
solo sirve para engañar al sol. Ellos
me llaman como dos agujeros verdes
en el mapa de nuestra ciudad
que a veces parece de cemento
la piel de nuestro idioma.
Me llaman vibrando las líneas
como calles en obras de noche,
intransitables por el pánico.
Estas líneas de sombra te llaman
a la guerra del amor descarnado
en este campo de minas solitarias.

Kepa Ríos Alday

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

Cósmico era a medias,
con su mirada de cosmonauta
y su pan machacado de terrestre prontitud.
Buscaba la planicie del solo,
con un sentimiento oceánico
más allá de la oscuridad de sus párpados.
Qué pronto se dividieron sus números
cuando las órbitas serenas llegaron amargas
Se le licuó una ceja y se preñó una almendra.
Sin límites, ¡qué sangra la vida, qué sangra!

Laura López

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

Esqueleto,
parodia del desnudo debajo del amor.
Estamos a secas,
calcinadas las pruebas irreconciliables
de nuestros pasos.

No des la vuelta a la cuchara.
Saltó del aire
y posó el contenido de su noche
en mi sueño.

Ya se filtran las interrupciones,
me sumerjo en tu rostro
y soy los ojos que me llaman,
dulce cavidad
para una hambrienta lengua,
ancestralmente bailarina.

Quien acaricia el sabor
del blanco movimiento
envuelve de escamas
el pasillo de los labios.

Soy ese grito,
el destinatario,
busco conocer el canto del colibrí,
la estructura que coloca el sueño
para defender tus ojos
cuando me llaman.

Clémence Loonis

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

La flor del jardín se hace lirio o diamante
cuando me llaman tus ojos.

Si tus párpados caen
es donaire sin vida,
apagado crepúsculo esperando,
silencioso, un nuevo amanecer.

Cruz González Cardeñosa

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

No llevaré la marca en la frente, el quejido
del levantamiento de huesos, jardín de pirámides
de témpano, de la procela de plomo errante
que pesa en nuestras cabezas.

¿Es, acaso, la cicatriz de la piel el jeroglífico
indescifrable del baile o la música,
en tu cadera de mimbre, en el almohadón
sostenido de la pena, que bebe del ácido de tu boca?

Cuando tus ojos me llaman en la raíz
soterrada del tiempo, cuando los globos retraídos
de las celosías envuelven indefensas cáscaras,
el movimiento de las pupilas, minúsculo, en la caída
del oxígeno a tientas por el médano.

Un rumor en las espesuras de la deidad de los siglos,
la tormenta de insectos aspira el formón,
una calavera en los arpegios entre el musgo pálido,
un caos ceniciento en el paréntesis de la redención.

Un fulgor llena el aire de las luminarias de fuego,
un filo de cera moldea la última porción asida
a los ecos, huéspedes de jadeo sombrío,
telones de un mámol frágil entre las melodías
que van a dar a las garras de la necrópolis.

Es absurdo el escalofrío del miedo que siento,
la rugosidad del séquito de negras lágrimas,
malditas en mi rostro.
El embrujo de ser el arqueólogo ciego,
el que busca espejismos en la sustancia del dibujo.

Y solo quedan los trazos, el movimiento de un cáliz
palpitante en el espanto fermentado, leproso,
corales secretos, caracolas endebles, en la estera
que la luna perfiló en la gangrena de la crisálida.

Paty Liñán

CUANDO ME LLAMAN TUS OJOS

Sin aviso, fuera del plan,
imagino tu llegada.
Me adelanto y te siento aquí.
Sin fronteras, sin apuros…

Me veo en tu mirada, en tu abrazo,
en ti.
La ilusión de tu presencia, tu calor
en mí.

Nuevas ligaduras de otro tiempo,
para perderse,
para encontrarse.

Carla Bianco


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Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

LA ACTRIZ DE TEATRO

LA ACTRIZ DE TEATRO

En todos los canales de televisión se anunciaba aquel codiciado perfume que conllevaba, con su compra, las más inspiradoras experiencias, humanas y sobrehumanas, que en el mundo hubiesen existido.
La chica que salía en el anuncio, una actriz de teatro, se dejaba la piel en mostrar y hacer llegar el olor a los televidentes. Parecía entrar por tu casa cuando con su voz sensual te nombraba los privilegios de le parfum. Deseabas irlo a comprar de inmediato; tan fuerte era su vínculo con el objeto que publicitaba.
Vi a aquella actriz en otros anuncios de televisión, y en cartelería gigante.
Siempre la misma mirada y aquella pose seductora.
Ahora, sentada en el patio de butacas, sin saber del todo bien qué hacia allí, esperaba el inicio de la función.

Pino Lorenzo

LA ACTRIZ DE TEATRO

Su padre se llama Eduardo De todas las Casas Ontanares Fontelaguna y su madre Juan Heredia.
Solo a penas nombrarla podríamos hablar de alta alcurnia, de muchachas trabajando en la casa, de clases de equitación, de una educación programada.
Podríamos referirnos al trabajo en el mercadillo de los viernes, a la vida trashumante, a cambiar las costumbres del frio por la calefacción central.
Pero eso son otras historias que a fin de cuentas la convertirían en lo que es hoy, una actriz de teatro, donde ella dejaba de pertenecerse, tal vez porque aún no se había encontrado y vivía otras vidas para otros, para ella misma.

Hernán Kozak

LA ACTRIZ DE TEATRO

Nos cruzábamos de vez en cuando en el cajero del banco y más de una vez coincidimos en el café de Pablo, siempre llevaba gafas de sol y las uñas cuidadosamente esmaltadas, yo me preguntaba si serían las suyas porque estaban impecables. En invierno lucía largas bufandas, muy llamativas y en verano se cubría los brazos de pulseras de aro. Lo que más me fascinaba era el pelo, cambiaba de color y de peinado a menudo, yo la envidiaba porque para mis adentros pensaba que podía dejarse un pastón en la peluquería. La semana pasada, coincidí de nuevo con ella, mientras tomábamos los respectivos cafés nos sorprendió una tormenta. ¡Vaya! exclamó. Luego, sin inmutarse, se llevó las manos a la cabeza y se desprendió de una peluca, levantándose de la silla nos explicó: no tengo otra en el camerino.

Ana Velasco

LA ACTRIZ DE TEATRO

La había visto en una función de teatro, era una compañía muy joven de tres o cuatro actrices que logró cierto éxito con una obra cómica, de ritmo vertiginoso, algunos gajs que jugaban con el humor del absurdo, otros haciendo ironía del ritmo de vida actual y la locura cotidiana. Después empecé a seguirla en Facebook y alguna vez publicaba fotos, carteles de sus obras de teatro… Nunca fui a ninguno de los actos que anunciaba. Me crucé con ella por la calle, la reconocí y de pronto le dije «¡holaaa! » y su nombre.
Ella se quedó mirándome como tratando de recordar de qué me conocía. -Te fui a ver en una obra hace años- dije interrumpiendo sus gestos- ¡Ahh! ok, y ¿te gustó? – Me dijo.
Me di cuenta de que lo que había dicho ella era una pregunta, es decir, quería que le dijese si me había gustado su obra… La verdad que lo que recordaba de la obra una frase que dijo un minusválido que había en la primera fila en silla de ruedas: En uno de los gajs una de las actrices quejaba de los hombres porque no tenía novio y entonces el minusválido la espetó: es porque sois muy exigentes.
La obra estaba bien, era entretenida, amena, simpática… Así pasa con la cultura actual: es entretenida pero no transforma, no enseña nada; se olvida todo al poco tiempo, no deja huella y no transforma nada.
La obra estaba entretenida pero no podía decirle que había sido una auténtica maravilla, que me había cambiado la vida, porque entonces ¿porqué no había oído a ver más obras suyas? Y en el caso de que yo le dijese que me había encantado y me interesase y le preguntase por su próxima actuación… ¿De verdad querría ir a verla?
Entonces entendí porqué no la había ni si quiera saludado al cruzarme con ella por la calle.

Kepa Ríos Alday

LA ACTRIZ DE TEATRO

Se había lavado la cara. En su boca temblorosa se posó un cigarrillo. Comenzó a contornearse por la habitación y a realizar poses muy artificiales, ganando elasticidad en sus músculos. Abría la boca y la cerraba. Movía los ojos con los párpados cerrados. Estaba presa de un gran nerviosismo. ¡Llevaba tantos meses ensayando! Salió a escena.
• Hola amor, ¿qué tal te fue el día? – una voz se dirigía a ella.
• Bueno, quería hablarte de algo.
A él se le cayeron las gafas en aquel preciso instante. Echan un vistazo y dan cuenta que se han partido por la mitad. Un resoplido, una palabra mal sonante y se miran a los ojos. El, con su presbicia, no ve lo que pasa. A ella se le agolpan lágrimas que le hacen también no ver nada. A tientas, se palpan. Notan que la piel sigue tersa, y que aún se eriza al tacto. Ella piensa en los latidos de su corazón cuando se aproxima cada jueves el encuentro con…se le ha olvidado. Sus manos juegan y se balancean sobre aquel hombre nuevo. Se susurran, se llaman por otros nombres, como jugando. Se aparta el frío y la piel se hace otra piel. Caminan, se besan, se aguardan… Terminan en el cuarto, con la luz tenue y el ambiente renovado.
• ¿Qué tenías que decirme? – él sonríe, bajo la niebla de sus ojos.
• Nada, amor nada.
Salen, aturdidos, sonriendo y ella olvida, no es actriz de teatro.

Laura López

LA ACTRIZ DE TEATRO

Cuando se entregó al personaje de aquella obra de yedra y sangre, creyó que se trataría de asomar un rostro de asesina, de soltar con rocambolescas muecas el odio que nunca la había abandonado. Ir a buscar a la fuente del olvido esas mandíbulas del corazón, antaño tan grotescamente feroces… Y a la vez apiadarse por ese «no olvido», por esa sangre fría que manaba en las toses, expectorando muertos vivos, pechos, nunca perdonados, calcinandose.
Pero la propuesta fue totalmente otra, le tocaría desarreglar sus sentidos, ni visiones ni comprensión ni gráficos ni horizontes trazados… El director le había indicado esas piedras refractarias para dejar de lado la oscuridad, apartar el terror del alma, la falsa noción de un hombre que busca en sus orígenes un extrahombre…
Dio vuelta las páginas de la obra, todavía sin publicar, rastreando imágenes de voltaje psíquico que la dejarían sin esencia, borrar las huellas, que agonice el sudor. Indudablemente, las variaciones de un metabolismo siempre enclenque no confluían para bogar hacia la propuesta. Desprenderse de la materia era condición futura, el presente es la célula interior, lo verdaderamente dramático donde coagulan el conjunto de las sustancias para la metamorfosis.
Bañarse en esas arenas blancas bajo un crepúsculo ajeno sin la convicción de un pensamiento que trágicamente puede volver donde el viento lo llevó. Arenas blancas, enlace central para empalmar con el gran tablero humano y arrancar el movimiento.

Clémence Loonis

LA ACTRIZ DE TEATRO

La actriz de teatro que yo conocí, en realidad no era lo que se dice actriz pero ¡cómo actuaba!
Había conseguido olvidarla o eso creía, pero el otro día en la peluquería vi su fotografía en una revista. No te voy a decir que estaba como entonces, ni mucho menos, pero, por unos instantes me sentí joven, lleno de vida y, como entonces, el amor borro todo otro sentimiento, por un instante.

Cruz González Cardeñosa

LA ACTRIZ DE TEATRO

Llené de aire mis pulmones dejando fluir los pensamientos. Aunque siempre terminaban en el mismo punto.
• Cariño ¿Quieres sopa?
• No tengo hambre- contesté.
• Sé que estas nerviosa, ¿Es por la prueba? Eres una gran intérprete seguro saldrá muy bien.
En mi cara, mi mejor mueca y una pequeña sonrisa por el apoyo. Apenas podía hablar y mucho menos comer. Me dejé caer en el sofá.
Sentía en la sien el desgaste mental al que estaba sometiendo a mi cabeza, los nervios subían y bajaban y estaba a punto de hervir, como una olla exprés. Derivó en un enorme dolor de cabeza.
El reloj de la plaza me sobresaltó. Se acercaba la hora y no me sentía preparada. Había repasado una y otra vez el texto, pero apenas conseguía retenerlo. Desplegué de nuevo las hojas por la mesa, abriéndolas en abanico. Balbuceé despacio algunas palabras, pero mis pulmones eran un acordeón y el aire desapareció y tampoco consentía que entrara nada. La tos vino después, de un gesto me sujeté el pecho como si con eso me ayudara a respirar. No lo hizo. Empecé a hiperventilar y hacer aspavientos con las manos, una y otra vez. Haciendo pequeñas pausas para toser. Esto hizo que los papeles volarán entre el suelo y la mesa.
Cuando parecía recuperarme, apareciste con una jarra de agua, yo me agitaba y ambos tropezamos y todo cayó al suelo. Nosotros y el agua de la jarra, que se había convertido en una cascada, y después en un río mojando todas las hojas. Con la humedad éstas se desintegraban y con ellas mi pequeño sueño de ser algún día, aquella actriz de teatro.

Paty Liñán

LA ACTRIZ DE TEATRO

Verónica, una actriz “desde la cuna”, como se suele decir.
Ya desde bebé lograba reacciones indescriptibles, salidas de lo común, especialmente en sus padres, que, en más de una ocasión, hicieron llamados de urgencia a familiares y amigos para que los salvaran “de la niña”
-¡Un sol ! Decía la abuela y afirmaba cabeceando el abuelo.
-Un poco movida, eso sí…
Para ese entonces tenía dos años, ya había demostrado sus dotes para poner a prueba el tímpano de todos y cada uno de los que la rodeaban, ahora sumaba su desplazamiento sin plan previo por todos los rincones del espacio donde se encontrara.
-Es una niña con buen gusto,- comentario de uno de los amigos del padre, cuando en una visita a su casa, sacudía los objetos y buscaba combinar los adornos con sus juguetes.
El dueño de casa transpiraba frío, cuando su palidez aumentó los padres “intervinieron”.
De estas experiencias, la niña fue construyendo sus dotes escénicas.
-Es una niña,- solía decir la mamá. No se sabía si a modo de explicación, justificación o que!
El tiempo, bendito al fin, transcurre, y el crecimiento ganó la partida. Además de clubes, profesores, campamentos de verano y… ¡El teatro!
Alabado y venerado por todos los que rodeaban a Verónica. Desde el primer día que la llevaron a una obra, tenía 8 años, su vida cambió.
Durante la hora que duró la obra, la niña no se movió ni habló, ¡increíble!
Así que a la luz de su marcado interés y de la evaluación positiva de la profesora que la recibió, los discursos familiares dieron ¡un giro total! Comenzaron a hacer comentarios como:
-Vero siempre fue una niña interesada, de ahí su inquietud, todo tiene que ver con sus cualidades para la expresión y el drama.
¡Ajá! Pensó la maestra de tercer grado, “¡si sabré de su capacidad para el drama! ¡La entrena cada día frente a las tablas de multiplicar! “
Verónica hacía una composición dramática, parecía que estaba “en las tablas”.
Fue su profesora de teatro, Mariana, quien marcó para la niña una diferencia.
Comenzó a darle tiempo para que se moviera en el espacio, le enseñó a hacer ejercicios y a respirar. Con indicaciones concretas, sencillas, y manteniendo la mirada en ella.
Recién después de esa entrada en calor, se iniciaban en el guión que les proponía en cada ocasión.
Aquella niña tan” difícil”, se fue transformando, paso a paso…
Siguió bailando y hablando de cada cosa que aprendía y a la vez, pero con la diferencia de que tenía dónde y con quién desplegar sus intereses, ahora pertenecía a un grupo y tenía una guía.
“Estaba dando canal a sus aficiones, tenía futuro en el teatro, todo era cuestión de trabajo.”
Algo así les dijo la profesora, o entendió la familia, al final de la fiesta de fin de año, luego de la actuación del grupo.
Los padres, abuelos y amigos, y la maestra, le enviaron regalos a la profesora de teatro.
-¡Muy buena docente, sin dudas! Repetían a coro.
Es que no es fácil “formar”, “domar ”, en la niña a la actriz y a la actriz en la niña
Bueno, ¡todos contentos!
¡Viva el teatro!

Carla Bianco


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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

SIN LÍMITE

SIN LÍMITE

El alba traza sus designios;
el rugido del mar los aprueba,
sin límite.

Te miro a los ojos y, sin límite,
me pierdo en mi corazón.

Los ángeles anunciadores
se olvidaron del mensaje
y vagan, sin límite,
en el confín de mis deseos.

Aprobaré el silencio sin ternura
que glorifica tu ausencia.
Estoy, sin límite, frente a mi destino.

Sylvie Lachaume

SIN LÍMITES

Los olores de las ciudades se llenan de tristeza.
De los solitarios almendros advierte
el itinerario nauseabundo de majaderos inhóspitos,
emponzoñando los recuerdos de los viejos.
Litros de furia se desvanecen debajo de sus sesos.
El perfume destila su hombría
y quisiera abrir todos los corazones.
Pero una voz le dice “no sin límites”,
que ya auscultó el viento,
y se dejó la piel en muchos atardeceres.
Ahora frecuenta los bares en busca de nuevos almendros
que le diviertan la tarde.

Pino Lorenzo

SIN LÍMITES

Que no hay verdad
ni en el viento que cruza tus vocales.
Que el corazón te late
en trenes de espuma que llueven sobre los espejos.
Que el frio golpea tu sonrisa
en la tierra que rodea tus pies de lana sucia.
No se trata de hablar
sino de que alguna vez digas algo.

Hernán Kozak

SIN LÍMITES

¿Dónde vas, vanidoso desdichado?
¿Te crees águila de encanto sibilino?
O quizá, te confundes, con los vientos
que se acumulan en tus ojos de cadáver malherido,
agnóstico delirante, mastuerzo de la lírica
que gira y gira, mientras los más valorados
se esconden en tus intentos de salud,
aplaudidos entre bambalinas,
por las místicas cadenas de lo igual.

Afrentas de mujeres sin límites
que de nada se lustran,
pero se vanaglorian de clamores olvidados,
odaliscas vencidas por la paz
cuando estallan las balas
que bombean el almidón de la guerra
entre acordes de eterna juventud,
desaliñados y maltrechos.

Alcantarillas donde habitar las penas:
descomposición de gritos solitarios
de muertes abandonadas entre los escombros
como fósiles de hombres sin palabras
que miden sus armas con sangre.

Magdalena Salamanca

SIN LÍMITES

No tenía límites aquel abismo
por el que había comenzado
a caer. Bajaba como en círculo,
hacía muchos años que bajaba
el nivel de vida en su país.
Las empresas hacían guerras
para mantener a los poetas
a las puertas, siempre en ellas
esperando el brillo del final.
Pero el final nunca se abría
y sus palabras seguirán cayendo
en el saco roto de la felicidad.
Caía de red en red como si abajo
más abajo fuese a encontrar
finalmente el punto donde
desemboca la existencia, el punto
donde confluyen los abismos,
punto final del poema es:
el punto negro que brilla en tu mejilla
el punto negro que brilla en el pozo
insondable de tus deseos. Punto
porque en él termina mi mirada
en él termina mi tiempo, y negro
porque en él terminan,
las luces de nuestro universo.

Kepa Ríos Alday

SIN LÍMITES

Todo empezó por un gesto
su mirada atrajo mi soltura
sin darme cuenta se llevó mi sonrisa,
hasta lucí una calva de tanto tomarme el pelo,
a punto estuvo de dejarme sin palabras
pero cuando quiso robarme el corazón
un tsunami hizo vibrar los timbales
hasta desencajar su arrogancia.
Hoy la resaca acicala mis manos.

Ana Velasco

SIN LÍMITES

Sin límites era tu amor,
no ilimitado, arriesgado
como cascada sin fin
o roca sin orillas.

Busco dónde asirme,
a quién decir mis palabras
y, bajo una máscara de inocencia,
una voz sin armonía
va marcando los días.

Cruz González Cardeñosa

SIN LÍMITES

Sin esperas, sin límites
en el cadalso para la ejecución del verbo.
Sin escindir la cerilla o el viento atrapando la fonética
de los siglos más caóticos.

En la ceguera del árbol, en el recorrido lento
de las aguas del río, del arpón del médano,
en la sinfonía del murmullo, el jadeo lejano
de la escarcha, entre los escalofríos…
Sortilegios del tiempo a tientas, sin dejar escapar
las burbujas del glaciar más prístino.

Hemos creado la guerra entre nuestros cabellos…

Es angosto el deseo de llenar con luminarias, las dentelladas
que nos persiguen, es la puerta débil y sonámbula,
rodeada de lobos hambrientos, fabricando las brechas
y los muros de vociferaciones en que tropezamos,
a veces, en nuestra odisea de légamo.

Hemos condecorado la soledad, la hemos llenado
de un canto ávido, en el equinoccio afónico de este otoño.
De coágulos secos que envuelven toda la cerrazón
de un inventario póstumo…

Sin lenguaje de hierro, sin símbolos,
ni ecos de plomo, en una telaraña líquida, cáscaras de vísceras
extraídas del pliegue de ausencias, del tacto ácido,
de las garras del silencio.

La guerra en los reflejos de los vidrios,
carnoso el deseo minúsculo, instantes en el fulgor de la lepra,
que roe el plato vacío
donde yacían, en el anagrama, los jirones del diálogo.

¿Acaso es el cielo, o el final de este río, el límite próximo?

Quizás creímos rozar el arma o la huella de la sinfonía
frustrada, de los telones ajados, el vocablo y su vértice
embrujando las letras, urdiendo entre lámparas
fantasma, los clamores de la profecía al alba.

¿Dónde el lugar de esta necrópolis lunar?

¿A dónde iremos a parar, si no al territorio de hechizos,
de consagradas vociferaciones y galerías
anunciadas, dispersando las balas del séquito,
emisarios en el universo ciñendo los lazos de esta anatomía,
esta caverna vigía entre tus manos, acunando el frágil conjuro?

No dice nada de ti, el salvaje océano,
solo que empujemos las olas aspirando su quejido
en la orilla, su última ración del huracán,
y arrastremos a puerto seguro, los dolidos corazones.

Atravesar la pólvora, el jardín de fósforos,
las gomosas figuras del frío vapor, la condena
inflamada y leprosa en la garganta nebulosa del anfitrión,
que vive escondido e inmóvil, en la recámara vacía.

Paty Liñán

SIN LÍMITES

El tiempo se inicia,
sin marcas ni fronteras.
Pura piel,
queja, goce…

El tiempo continúa,
llanto, ruidos y silencios.
Va cerrando la boca,
a veces…
Va surgiendo la voz…

El encanto de cada gesto,
en las manos que buscan,
tocan… descubren…
Bulle la sangre,
emerge la vida.

Carla Bianco


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EL DÍA QUE GANÓ LAS ELECCIONES

EL DÍA QUE GANÓ LAS ELECCIONES

No había amanecido aún, eran apenas las 6 de la mañana, y Alberto llevaba la noche sin dormir. Aparecer en público siempre le dio cierto vértigo, y aunque desde hace años se trataba con un psicólogo muy prestigioso, aún tenía dificultades.

Su esposa lo animó a presentarse a las elecciones. Él no tenía experiencia, y casi apenas deseo, pero la vio tan entusiasmada que no le quiso quitar la ilusión. Sus compañeros de partido habían apostado fuertemente por él, y todo se convertía en una gran presión que no le ayudaba en sus ataques de pánico.

A las 18.00 de la tarde le dieron los resultados. Había salido con mayoría aplastante, solo con un par de votos en contra.

Su mujer fue la que cogió el teléfono y se enteró de la noticia. Salió corriendo en busca de Alberto para informarle, y mientras le buscaba le entró un nuevo mensaje. Ella no dudó en abrirlo:
• Alberto, cariño, sabía que lo conseguirías. Te quiero mi amor.

Pino Lorenzo

EL DIA QUE GANÓ LAS ELECCIONES

Son las cinco de la mañana, ese día tendrán lugar las elecciones que pueden hacer que sus sueños por fin se haga realidad.
Francisco López ha reunido a su mujer, sus dos hijos y a la madrugada para recordarles los pasos a seguir.
• Salimos dando los buenos días, sonreímos y volvemos a entrar. Y así hasta que se hayan ido todos. Recordar que cada uno tiene su planta asignada.
Aquí no hay jornada de reflexión por lo tanto es decisivo hacerlo todo hoy. Ayudar a todo el mundo, con las mochilas, con la compra, con los muebles de Ikea, con lo que haga falta. ¿Entendido?

• Si, sensei, dice el hijo pequeño.
• Si chef, le contesta el mayor.
• Que si Paco, que sí, le responde Luisa.

Mientras, repasa con el infinito su plan y piensa “este año la comunidad de vecinos será nuestra”.

Hernán Kozak.

EL DIA QUE GANÓ LAS ELECCIONES

El día que ganó las elecciones para ser el delegado de clase en el colegio tuvo la sensación de tener el beneplácito familiar, paterno; se sintió más fuerte y confiado que nunca, cuando vio en la pizarra su nombre con la fila más larga de palitos al lado, más larga que la fila de los nombres de sus compañeros candidatos: Era el recuento de los votos. Aquella fila de palitos se quedó grabada a fuego en el alma de Juan como la marca del ganadero en los lomos de una res. Desde aquel día, podemos decir, Juan quedó marcado como perteneciente a la ganadería democrática, demócrata, democratista.

Kepa Ríos Alday

EL DÍA QUE NO GANÓ LAS ELECCIONES

Aquel día tenían que elegir al defensor universitario, todos habían hecho campaña por el antiguo candidato, pero a la hora de recontar los votos no salían las cuentas. ¿Cómo era posible, después de todo el empeño que puso en arreglar el entuerto con el vicerrectorado? Apenas llegó a su despacho llamó a la delegada de estudiantes para pedirle explicaciones, en algunos segundos ésta le respondió con un dedo corazón levantado y sujetando la palabra “DELATOR”.

Ana Velasco

EL DÍA QUE PERDIÓ LAS ELECCIONES

Volaban los pájaros bajo, presagio de mal agüero.
Era el fin de una era. De la comunidad que tanto había amado, a su manera claro, está.
No puedes rogar por el alma de alguien que ya se ha ido.
Estaba claro que iba a perder, prestigio y dignidad a partes iguales. A los votantes no puedes engañarles tanto, pues se terminan dando cuenta.
Es como jugar a las cartas, no puedes ir siempre de farol, alguien dice “no te creo” y se acaba tu suerte. El día que perdió las elecciones, sin embargo, no estaba para rebatir nada. Simple y llanamente estaba muerto.
Nadie en la comunidad de pisos de un barrio de categoría, se acusa de asesinar al susodicho, pero también es verdad, que nadie le quería. La junta de vecinos tenía que cambiar poderes, pues nos estaba arruinando desde el minuto cero. El desfalco a ésta, nuestra comunidad, se hizo más patente cuando llegó el verano y se abrió la piscina. Y el señor Vicente, la utilizaba para varias cosas, por el día y para otras peores al llegar la noche. Siempre salía votado, porque pagaba a unos, y a otros llevaba a sus hijos a entrar a las mejores universidades, o los mejores puestos de trabajo.
Pero después de su muerte ya no estábamos empatados, así que arreglamos los papeles para que sucediera lo contrario.
No fuimos a su entierro, pero en masa fuimos al siguiente día, frente a su tumba, presenciamos su dimisión y creación de una nueva reunión y votación.
Y sí, Vicente perdió aquel fatídico día unas elecciones, entre la ovación de todos y los abucheos de otros hacia su lápida.

Paty Liñán

EL DÍA QUE GANÓ LAS ELECCIONES

¡Por fin llegó el tan ansiado día!
El tío de Alberto, a pura sangre, coraje, insistencia… algunos “regalitos”, y muchos asados bien lubricados… con alcohol del bueno… ¡¡¡Ganó!!!
Será Intendente de su ciudad, llevará adelante “los destinos del departamento”, o por lo menos ésa fue una de sus intenciones en el primer discurso que compartió entre amigos, allegados y “seguidores”.
Ésos fueron los primeros momentos, de sonrisas, abrazos y palmaditas en la espalda.
-Luego ya veremos…- continuaba en otra parte su discurso.
-Son tiempos de esfuerzo, ¡¡¡lo lograremos entre todos!!!
En esa parte, elevaba el tono y hacía un recorrido con su mirada a todo el público presente…

Carla Bianco


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TIEMPO SIN RECATO

TIEMPO SIN RECATO

Acaricio el eco de tu voz,
la savia que derrama agonía,
el embrujo perfecto de tu piel,
la maravillosa sed del silencio.

Cuando se alinean los planetas,
existe un latido salvaje que devora
tempestades nocturnas y toca mi mirada
para volver a cero en cada latido.

Te dije una vez,
que quería tus manos,
ese extremo perfecto que me llama
y se desvía de todo posible encuentro,
márgenes oxidados que respiran amor
cuando los árboles cobijan la sombra del futuro.

Ya es tarde, me dijiste, no hay más tiempo
para cantores y bailarines,
sin recato me voy para no volver,
sin ti no estoy, ni nunca estaré.

Leandro Briscioli

TIEMPO SIN RECATO

Se han abierto grietas y
los planes de mañana
se desgranan en latitudes ocultas.

La luz de las farolas
alumbra los clones
que han apagado el tiempo,
mientras las colmenas
de los días se desintegran sin recato.

Descansa la noche y los vientos del sur
se levantan aturdidos de tanto espanto.

Magdalena Salamanca

TIEMPOS SIN RECATO

Tiempos sin recato, se asustan las niñeras
cuando pasean por el Sena
a los críos salidos de las madres.
Las prostitutas exhiben sus pieles al sol,
y no les deslumbran las miradas ajenas.
Los militares muestran sus armas, indecorosas,
que no dejan ver sus almas.
Las camareras señalan sus pechos,
en cada servicio,
sin más interés que una propina.
Tiempos sin recato.
Me acuesto asombrada
ante los ojos azules del diablo,
que retoza
cada mañana
en la rivera.

Pino Lorenzo

TIEMPO SIN RECATO

Tiempo sin recato
nos dijimos tomándonos de las manos
y las manos volaron buscando el universo.

Cada universo fue para cada uno
una historia de amor
y el tiempo
el personaje que puntuaba.

Cruz González Cardeñosa

TIEMPO SIN RECATO

No tiene recato este extranjero
que no conoce nuestras costumbres
ni ama nuestras divisas nacionales.
Este bárbaro con su petulante ritmo
que pisa sobre el hueso solar con saña
y marca el curso legal de los billetes,
no muestra ningún interés por nuestro
legado artístico y cultural. Este asaltante
de bancos de peces opera con el beneplácito
de las autoridades competentes, lo avala
el consejo general de mareas y el reflujo
de las digestiones de abismos. Es
una ballena cantante, la inmensa voz
de la superficie del epitelio oceánico.
Este extranjero que viene plegando
las mejillas como alfombras de rezo,
devorando las antenas del amigo,
abatiendo escuálidas techumbres,
es el culpable de hallarse las ideas
como mujeres a la intemperie
y nosotros de cobertizo en cobertizo
tratando de encontrar una miseria.

Kepa Ríos Alday

TIEMPO SIN RECATO

Vagabundo del tiempo con collar de sombras
avanza sobre el níveo hueso
con pestañas verdes y azules
proclamando la mosca de la fruta
y la deidad en las pálidas alucinaciones.
Caer definitivamente donde se rompe la lluvia
es un furor de esponjas,
pero un río remonta por sus arterias
y los peces flotan, chapotean en las orillas
de su morada junto al mar.
Le pidieron en esos ojos humanos
el sepulcro de las horas
el salto de las edades, la epopeya,
el tifón de sus longitudes
y una flor extranjera surge
donde los hombres fueron contados sin recato.

Laura López

TIEMPO SIN RENCOR

Las lágrimas tienen los ojos cerrados,
pues esa tarde el tiempo
ha escapado
de las fotos de hielo
colgadas en los árboles sin nombre.
La noche ha engañado
a los ríos sin historia,
a los pájaros de alas mojadas,
a los relojes mudos que
recorren los pasillos de la madrugada.

Hernán Kozak

TIEMPO SIN RECATO

Las primaveras esfumaron
un ancestral temor que me habitaba,
sigilosamente.

Hoy, el sol entra en mis huesos
tan libre como en el centro
de su universo.

No hay velocidad
que lo sorprenda;
el tiempo es suyo.

Sylvie Lachaume

TIEMPO SIN RECATO

Acuérdate de mí, tiempo despistado que olvida la escultura del verdugo
y suministra decisiones a los que flotan en el agua terca.
Caer en el camino, desnudar las sombras, quemar el hueso del viaje,
es otra vez maldecir al destino, dar la espalda donde viven los labios irremediables.

Esencial, abres mi cuerpo de par en par y colocas la eternidad como bomba de retardo
y florecen los mandos, minutos, semillas, un verso perdido; un calor atraviesa el amor
y en la metrópolis del grano, se alegra el pórtico del alma.
Ha ganado el poema a la sangre, ha ganado la espera a lo imperceptible.

¿Ves? No duerme nadie en el cuello de la infancia pero surgen cubiertas de musgo
las traducciones de los mares, la mordedura que entiende tus quehaceres.
Mordisco en el panorama racional que encubre tu funeral, lucha de pacotilla, luce
una cintura enterrada. Tienes que ser otro, el trajín acecha para volarte los sesos.

Alguna clase de cementerio se arroja en tu plato, cubre tus gusanos, altera
las letras que han conmocionado el futuro y quedan a solas en algún papiro usado.
Ven, no sólo arrojas atmósferas, tienes el poder de la porcelana cuando se multiplica
la impermeabilidad de sus reflejos. Nadie toma la sopa de sueños contra tu pecho.

Escucha, ídolo perecedero, puse color a tus estandartes, juré que eras mío,
pero en África hablan tu idioma desde que fuiste el incordio de la fruta
y aprendí que el suministro lleva alfileres tendidos entre la ventana y el poema.
Recuerda, algo enseñaré a la cerámica rojiza de tu existencia.

Clémence Loonis

TIEMPO SIN RECATO

Cuando el árbol arruga el último parpadeo,
el tronco erosiona y en la caída huyen,
envueltos en llamas, todos los unicornios
que junto al lago creé.

No tengo ganas de seguir el sendero de grillos
amarillos…
De baldosas ácidas y desvíos contrariados
en el éxtasis cerúleo de las lágrimas en el jardín…

¿Te has preguntado qué siente un gorrión herido,
que no vencido de muerte?

Tal vez un horizonte de mármol, quizás un estéril
escenario, mezcle sangre y cenizas en un grisáceo
plato, para el comensal devuelto al paraíso.

La noche en penumbra, la árida montaña, el vaho
disperso en agua de lluvia, montones de arroz
en las manos que se escapan cual arena desértica.

¿Por qué crece el junco en la esquina sombría?

Le devuelve el cuenco del aire, un afónico trueno,
un camino de harapos y pólvora, de guijarros
que yacían en las fábulas palpitantes del médano.
De la heredad del relámpago, que atrapó ese tiempo indefenso,
brujas ajadas en el sortilegio gomoso, bocanadas trizadas
en espejante condena de la carátula de las lápidas, donde te miras.

Llegó el tiempo sin recato, de la jauría en el río,
la pasión desbocada hasta el pináculo, el rostro del reloj
deshojando el porvenir.
Donde yacían frágiles reflejos,
donde crece la humedad y los secretos códigos
de la incertidumbre, pasan jadeando entre las mortíferas sendas.

Sombra tallada en un millón de instantáneos muros,
rocas que discurren por la boca humeante, un refugio minúsculo,
que erigías cuando éramos amantes de los buenos puentes,
de los alientos nacidos del óxido, entre las ofrendas
de un musgo entonces verdeante, donde los vértigos no existían.
Solo el carnoso deseo de encarnar y vestir
la leyenda y el canto de nuestra anatomía.

¿Quién me dice que un día no muestres tu inventario sagrado,
que desfondes todas las olas del sollozo del océano?

Donde una esponja arrugó el reverso del rostro,
un secreto en la planicie de la combustión,
un dios del fuego para una lejana idolatría.

Pero si una mañana en la pupila del sol, noto sus hebras
arder, si un ejército de caracolas errantes expande el rumor…

Entonces sabré, que el mar trocó en témpano, que el depósito
aromático, con el que jugaba la muchacha de labios carmesí,
Fue el cáliz, el embudo por el que se coló
el látigo, el indomable huracán que pasó peinándose.

Solo fue un sueño más.

Paty Liñán

TIEMPO SIN RECATO

Es tiempo que el alma se mueva,
que el cuerpo la siga.
Fuera de línea,
al ritmo que la vida festeje.

Tiempo de velar por la alegría,
la sorpresa mínima,
el largo suspiro de respirar.

Tiempo de escuchar en ésos,
los gestos cotidianos,
las manos que hablan,
las miradas que iluminan.

Es tiempo de palabras nuevas,
descubrir las letras,
Insistir en su conquista.
Es tiempo.

Carla Bianco


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EL ENFADO FATAL

EL ENFADO FATAL

Sin mediar palabra, se fue para siempre.

Magdalena Salamanca

EL ENFADO FATAL

Acostumbraba a no asumir las culpas por las cosas que hacía. Entraba como un elefante por las puertas, y destrozaba todo lo que veía. Proyectos, entrevistas, reuniones de equipo. Solo tenía un lema: quedar por encima de los otros.

Ya había costado un enfado fatal a sus padres cuando les comunicó que quería meterse en política. El Sr. Ayuso nunca vio a su hija con ojos normales; siempre le pareció algo rarita y salida del tiesto. Su madre la adoraba y besaba por donde ella pasaba. Sin embargo, ambos estaban de acuerdo en que la política no era el mejor camino para su hija. Cuando la veían en la tele frente a decenas de periodistas, su padre pensaba que nunca debió dejarle leer “Mi lucha”. Su madre se vanagloriaba de que hubiera sacado su pelo; le quedaba tan mono.

Pino Lorenzo

EL ENFADO FATAL

Ella estaba hermosa esa tarde. Habíamos quedado en vernos antes de la cena para ir a un museo cercano al restaurante. Estaba cerrado y, entonces, decidimos dar un paseo por los alrededores del río. El río no es gran cosa, pero el paseo que sigue su curso es fantástico y las vistas desde allí son una maravilla. Ella sonreía y yo traté de alargar el encuentro.
-Me pasaron una película que aún no he visto, quizás podríamos pedir que nos traigan algo de comida a mi casa y la vemos sentados cómodamente en el sillón.
-Me parece una excelente idea.
Llegamos a casa casi al tiempo que llegaba la comida. La cena estaba exquisita y ella seguía sonriendo mientras conversábamos.
-¿Y la película? Preguntó.
-Ah, sí, debe estar por aquí. Y me puse a rebuscar en una estantería toda llena de cintas.
-Aquí la tengo.
-¿Cómo se titula?
-El enfado fatal.
-Déjalo entonces para otro día, hoy fue un día muy especial para mí, no quiero estropearlo.
Dejé la cinta sobre la mesa y la besé.

Cruz González Cardeñosa

EL ENFADO FATAL

Habíamos estado enfadados durante años. Pasamos la cuarentena en la misma casa, pero sin hablarnos después de hacer el amor. Sólo hablábamos cuando nuestro trabajo lo requería estrictamente, y aún así hablábamos lo estrictamente necesario.
-Es triste lo estricto- le dije un día al cruzarme con ella por el pasillo.
-Sí – dijo ella- sobre todo cuando no es tracto, cuando no conduce a nada.
-Pero yo siento una gran atracción por ti, aunque seas un loro- contesté yo de forma maquinal, sin saber por qué decía aquello.
-¡Jajaja!- ella se rio sonoramente.
-Me encanta cuando me dices eso. Si te portas bien hoy te dejaré dormir conmigo.
Quise decirle que la amaba, que su alpiste era mil veces mejor que el de mi madre, que era muy bella y cómo me gustaba picotear todo su cuerpo en las noches de pasión amorosa. Pero no sabía decir todo eso en el lenguaje de los humanos así que, después de comer un poco de alpiste, estirar un poco las alas y torcer la cabecita, volví a gritar su frase favorita, con la que más se reía de todas mis gracias: «Pero yo siento una gran atracción por ti, aunque seas un loro, grrrr». Sabía que mi pico tan duro y virtuoso era lo que ella amaba más en el mundo.

Kepa Ríos Alday

EL ENFADO TOTAL


Llegó el día de la mudanza. Cuando se fue a vivir a su nuevo piso estaba feliz. Fue una gran inversión, había gastado todos sus ahorros, pero era un edificio muy innovador, con las últimas tecnologías, tanto en seguridad como en confort. Había algunas funciones comunitarias que no podía ni pronunciarlas. Eran palabras nuevas, como todo lo último que tenía su nuevo y flamante hogar. Sonrió pensando en cómo se las aprendería para poder soltarlas en el momento adecuado, en la reunión con los amigos pedantes de su novia. Se dirigió por la autovía y tomó la primera salida. Una luz parpadeante le indicó el desvío. Iba cantando su canción favorita “All you need is love”. Aparcó en su plaza de aparcamiento y cogió las maletas. El ascensor, el ascensor… ¿Dónde está? No lograba encontrarlo. Se apagó la luz. Tampoco lograba encontrar el interruptor. ¿Pero qué estaba pasando? Una puerta se abrió de pronto, como de la nada, como si alguien abriera una boca grande y luminosa en un pozo oscuro. Alguna palabra debió activarlo. Se subió. Apretó el número dieciséis y en menos de treinta segundos, la boca volvió a abrirse. Una luz amarilla se abrió frente a la puerta del ascensor. Unos pasos y ya estaba. Quiso abrir la puerta con la llave. La metió en la cerradura, giró, y nada. Volvió a girar de nuevo y… ¡se rompió! Dio un grito fuerte y apareció el vecino.
• ¡Silencio, por favor! ¿No sabe que estamos en un espacio diáfano, con sonido surround y con partículas led que se activan ante el modo contemplativo? Espero que no sea usted esa clase de vecinos ruidosos, entonces no será bienvenido así.
Tan blanco, tan diáfano, volvió a cerrar la puerta de su casa y, con un silencio casi espectral, se quedó allí parado, con su llave, sus maletas y una cara comunitaria.

Laura López


EL ENFADO FATAL

La palabra “labrado” en su origen significaba: dicho de una tela o de un género que tiene alguna labor. Ella creía que estaba por encima de las demás. Era petulante, altiva y orgullosa. No quería mezclarse con los que pensaba eran sustantivos de menor alcurnia.
Una tarde, el jefe, Dictionarius, que la consideraba como una hija, le pidió que eligiera a cuatro compañeras relacionadas con el oficio de orfebrería y que fueran a verlo a su despacho.
“Labrado” se enfureció, juro que no lo haría y se marchó dando un portazo.
Esa misma noche le añadieron una acepción.
“Tierra arada, barbechada y dispuesta para sembrar el año siguiente”.
No sabemos que entendió sin entender, pero al día siguiente, la niebla y las lágrimas habían desaparecido de sus extremidades inferiores, la rabia y el rencor se esfumaron de sus ojos verde trasparente.
En su rostro por primera vez se pudo ver algo parecido a una sonrisa.

Hernán Kozak.

EL ENFADO FATAL


Es difícil acceder a ese rincón de verde naturaleza que tanto me gusta disfrutar, a cualquier hora del día. Es arduo llegar allí, pero nunca había renunciado a esta empresa necesaria para sentirme como en un rincón de paraíso.
Una mañana de junio, a pesar de salir cansada del trabajo, decidí ir hasta allí para tomar un merecido reposo después de una guardia de tres días en el hospital. Luego de pasar rápidamente por mi casa, al acercarme a la primera gasolinera que encontré en el camino a mi dulce lugar, vislumbré a lo lejos, como en sueño, formas gigantescas elevándose en el aire, flotando como espuma traslúcida, a merced de un viento que entonces noté por el estridente ruido que nos traía desde el horizonte. Sirenas, centenas de sirenas ululando, como bramidos desesperados frente a un fatal enfado de la naturaleza.
Hace ya 30 años, desde entonces, mis encantadores bosques volvieron a crecer.

Sylvie Lachaume

UN ENFADO FATAL

Le dije a Luis que, si venía Alberto, me quedaba en casa. Otra vez exponiendo el imposible diálogo, a ojos abiertos: que todos sepan que plantamos odios y los repartimos.
Habíamos salido como habitualmente, desde la puerta del mayor túnel, «la grande» se llamaba. No era posible ver todos los enjambres que desencadenaba «la grande», uno o dos a lo sumo y más por los recodos humanos que seguíamos con los ojos. En la oscuridad, las sombras móviles eran guías. A veces, nos dábamos la mano, pero no se sabe por qué misterio, sabíamos que esa mano llevaba unida otra mano, y otra… Casi podíamos percibir la fuerza que la energía de una fila humana desplegaba sólo desde una mano.
Lo humano, como lo llamábamos a cielo abierto, y de eso hacía más de 50 años, había tomado nuevas dimensiones, nuevas voces, nuevos versos. Ahora decíamos «los neotopos» y ya no sé si me gustaba más o menos que antes, el olvido había decidido llevarse con él todos los recuerdos visuales y los gustos. Quedaban palabras sueltas que eran nombradas con cierto énfasis, el sol y sus sinónimos, la luz y sus alegorías, que sólo circulaban como saltos, nombres propios.
A veces, me decía que Alberto tenía razón, que aunque quisieron amontonarnos en la gran fábrica de abajo, nosotros conseguimos organizarnos en la madriguera que se había convertido nuestra ciudad, con el eje de un pensamiento que, largo tiempo, había sido, ese sí, silenciado, reprimido, apaleado.
Vivir como ciegos sin serlo y planear viajes fuera de nosotros mismos donde el enfado fatal podría ser un juego que arrancaría a la fatalidad, un enfado a secas, la perpleja distorsión de un desencuentro.

Clémence Loonis


EL ENFADO FATAL

El lugar no tenía fin. Un sendero de árboles y flores amarillentas. Un
vetusto escenario, rodeado de cadáveres en mi cabeza y ahora delante de mis ojos.
Soy muy alegre pero la chispa de mi vida se enciende rápido y arde la mecha, más deprisa todavía. La calma no es uno de mis fuertes, por eso estoy escribiendo esta confesión, porque nadie podría saber que fui yo, o bueno mi cabeza, mi pensamiento.
Todo comenzó contigo, así terminan también las cosas. Siempre contigo.
El cartero y su costumbre de en un día de lluvia, dejar la carta fuera del buzón; el perro del vecino pisando mi césped; la música de arriba; la aspiradora a las cinco de la mañana. ¿En serio, no tienes otra hora vecina?
El gato de la otra; el charco que nunca muere; porque nadie arregla la alcantarilla… Una serie de males diarios me atacan, todos los días antes si quiera de salir de mi casa.
Y luego estas tú: “ahora te llamo, ahora estoy ocupada, ahora ven que se ha muerto mi perro, resultado sexo, ahora murió mi gato, resultado sexo, ahora mi pájaro, con idéntico resultado”. Dos semanas sin saber de ti. Cuido a tu hijo, pero es el colmo, para que salgas con tu nuevo amigo.
El rencor y la rabia juegan malas pasadas. Pero yo, no hice ni uno, ni otro.
Estando con Mario en los columpios, una tormenta se acercó y antes de que pudiera darme cuenta, estaba en el hospital, me había caído un rayo, pero me salvé. El caso es que, desde entonces, tú no viniste a verme y yo, esa noche, deseé que murieras. Me sentí tan dolido que lo quise. Al venir a recoger a tu hijo falleciste en la carretera. Podría ser casualidad y ya está.
Pero no se quedó ahí. Cuando me enfado y me cabreo mucho, algo extraño sale de mí y el resultado siempre es la muerte. El cartero, el perro del vecino, la de la aspiradora…
Todos muriendo en las horas posteriores al enfado y deseo.
Mi enfado fatal me ha llevado a este camino de cadáveres y no puedo controlarlo. Lo único que queda es esta confesión, en este bosque mugriento donde acumulo los cuerpos. Buscan al asesino y aquí está, es mi cabeza.

Paty Liñán

EL ENFADO FATAL

Tomasino es un señor grande, de edad y prestigio. Y pequeño… de estatura.
Con unos ojos grandes, que recuerdan al cielo o al mar.
Cuando tuvo pelo, fue de cabellera abundante, ahora abunda en otras riquezas, como la experiencia… en uvas, vinos y negocios.
Siguió la tradición familiar, tomó el camino de su padre y de su abuelo, que le enseñaron “las bases”, como él lo suele decir.
En eso fueron dos maestros, en enseñarle a conocer la tierra y sus beneficios, los viñedos con sus detalles delicados y a saborear, conocer y diferenciar cada cepa. Ambos se habían entregado en ese sentido, no tanto a la administración y al trabajo cotidiano, como a la cata alargada en las horas de todos y cada uno de los vinos que crecían en aquellas barricas históricas de la casa familiar.
“El vino es una sustancia viva” solían argumentar los dos, de modo que lo cuidaban, escuchaban crecer y probaban cada hora…
En ese tiempo sin reloj creció, aprendió y rescató la empresa.
Gente amable y de buen humor, solían tolerar con paciencia las diferentes circunstancias que la vida les presentaba.
Solo un punto enfurecía a toda la familia, y lo consideraban un deshonor. Se trataba de la negativa de cualquier visitante a probar una copa de ese elixir de los dioses, llamado vino.
¡Esa era la peor ofensa!
Y justo fue lo que sucedió, aquel día en que lo visitó un encargado del marketing. Es que le recomendaron estar a la altura de los tiempos, modernos dicen, y mejorar la promoción de sus productos para ampliar el mercado… De amplio aquel chico solo tenía los lentes, exageradamente grandes… En fin… Tomasino hizo la ceremonia de ofrecerle una cata de sus mejores botellas acompañada de una tabla de quesos y fiambres, una hermosura aquella escena, para él, claro.
El de lentes amplios sonrió y con toda naturalidad le dijo:

  • Gracias, no soy de vino.
    Aquel señor pequeño se agrandó del enojo, sacudiendo las manos decía:
    “Que curiosos somos los seres humanos, verdad?”, muy ofendido ,”¡Prueban cualquier sustancia que les promete vida o felicidad, y rechazan estas medicinas naturales que está más que comprobado que dan vida y paz al corazón! ¡Es desde el amor que nace y al amor te lleva!
    -Ah!, ¿ve? Ésa si es una buena frase, dijo el chico.
    Mientras buscaba en su mochila algo… ¡ah, cuando sacó la gaseosa! ¡¡¡Ni les cuento cómo comenzó todo de nuevo…!!!

Carla Bianco


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