
LA SEMANA DEL PREMIO
Como un golpe inesperado, primero la sorpresa te recorre todo el cuerpo y después tu mente se queda detenida, colgada, sin espacio ni tiempo.
Lo único que quieres es gritar, morder, llorar o irte a acostar, aunque sean las doce de la mañana.
Todo eso le pasaba a ella después de la desagradable noticia.
Es que no lo puedo creer, el lunes me exploto la caldera, el miércoles, me dieron un golpe en el coche y lo voy a tener tres semanas en el taller. Que ya me dirás tu como voy a trabajar y hoy me dicen que se cancela el curso que iba a dar este verano por falta de presupuesto. ¿Qué más me puede pasar?
Su amiga la escucha, sabiendo que poco podía hacer, más que acompañarla.
Venga hoy te invito yo. Voy a pagar y nos damos una vuelta.
La plaza estaba llena de gente, en cuanto salen dos rayos de sol nos tiramos a la calle.
Caminan unos pasos y escuchan una voz que les dice:
Señorita cómpreme un décimo, que éste toca, le juro que este toca.
Hernán Kozak
LA SEMANA DEL PREMIO
Está el día abierto al sol y como mariposa de mar irá cayendo como una sombra, en otra circunstancia. Cuando navegan los altos hornos sobre nuestras cabezas, hay que ponerse diáfanos, con elegante estupor frente a la caligrafía del mundo.
¿Qué quedará del brillo de aquella semana? ¿Sólo fue una justicia alejada, alejada del que juzga? ¿Un rasguido de guitarra astral, un murmullo de televisión vecinal o está uña que pelea un mordisco al tiempo?
Haber sido premiada con tal reconocimiento es como una bola de fuego que arrasa con lo anterior y pone el contador a cero, ya somos otros, yo y aquel rodeo que todo lo produce. No seamos ingenuos, el valor es del monstruo camaleónico, de aquella máquina que sobrevive a las catástrofes, que despliega sistemas para la reconversión y con la templanza del paso a paso va haciendo premios que duran lo que dura un desayuno.
Clémence Loonis
LA SEMANA DEL PREMIO
Estaba un poco nerviosa esperando el fallo del premio de literatura que otorgaba el grupo Planeta. No estaba acostumbrada a verse en esa situación, ya que siempre había participado como jurado. Pero ahora había decidido participar en aquella convocatoria sobre novela negra.
Su obra tenía los ingredientes para ser premiada: un detective con rasgos neuróticos del que nos enamoraríamos en las primeras páginas; unas víctimas que en su repetición nos haría temer por nosotros mismos; un asesino que parecía más cabal que el propio detective, pero que le perdían las perversiones y un ambiente, el edificio de la Comunidad de Madrid, donde tendrían lugar todos los asesinatos.
Pino Lorenzo López
LA SEMANA DEL PREMIO
Los días pasaban con sus luces y sombras. En ese momento llovía. Suaves caían las gotas, rodando por su rostro. El olor a tierra mojada le transportaba a otra época, no sabía por qué. Tal vez eran las dificultades que estaba teniendo para encontrar una habitación, aunque sólo fuese eso en la ciudad. Cada vez que llamaba a una inmobiliaria la ponían en una lista de espera. Los anuncios de particulares no parecían ofrecerle una salida, pues cuando llamaba, la habitación ya estaba ocupada. Aun así, decidió no rendirse y siguió caminando bajo la lluvia. Vio una pequeña cafetería al otro lado de la calle y sintió el impulso de entrar para refugiarse. Quizás, pensó, mientras empujaba, la puerta, aquel día todavía podía traerle una sorpresa. Mientras esperaba, recibió una llamada. Había sido seleccionada para recibir un premio por un relato que había enviado meses atrás. El premio incluía una beca y una habitación durante un año para estudiar en otra ciudad. Sonrió al recordar que, a veces, justo cuando todo parece perdido, la vida guarda una pequeña sorpresa.
Laura López
LA SEMANA DEL PREMIO (fragmento)
Doscientos cincuenta mil es mucho dinero para quien no tiene nada o tiene muy poco. Se llenó de inquietud pensando en lo primero que haría cuando tuviera el dinero en sus manos. Las prioridades se anteponen interminables unas a otras. Eran tantas las deudas, que cancelarlas se llevaría una buena tajada del premio, casi todo, además de lo que ya se quedaría el Estado. ¡Dios mío! Le dolía el estómago solo de pensarlo. Tener que entregar su dinero a cambio de nada, a cambio de un mal recuerdo, por una tranquilidad llena de dudas y de brazos cruzados, sin saber qué hacer en adelante.
Le repugnaba imaginar la cara sonriente del viejo Tulio recibiendo el pago completo de las letras, solo para hacerle tragar las amargas palabras que mes a mes, puntualmente y sin falta desde hacía más de un año, le había espetado en la cara, cobrándole la cantidad infame que le había prestado con tantísima buena fe. O la risa de desprecio de la tía Agustina cuando le pedía alguna miseria para seguir tirando. Ya le presté bastante Alfredito. Usted es un barril sin fondo. ¿Qué hace con la plata? El dinero no cae del cielo, ¿sabe? Mejor págueme lo que me debe y después conversamos.
A él sí que le cayó del cielo aquel premio, se le obró el milagro o casi. Tantos años comprando ese maldito número. Hasta que al fin salió. Pero si en lugar de doscientos cincuenta mil hubieran sido quinientos mil o, ¿por qué no?, un millón. Eso sí que podría haber arreglado algo. Habría sido el milagro de una vida sin sobresaltos. Ay, pero doscientos cincuenta apenas alcanzaba para nada.
Además estaba Susana, que no paraba de pedirle para esto y para lo otro. Que si eres un fracaso, que si no eres un hombre de verdad. Ojalá te parecieras al marido de mi hermana. Esa sí que supo hacer un buen negocio casándose, no como yo. ¿Cuándo me vas a dar lo del alquiler? El casero ya ha llamado dos veces. ¿Has visto la nevera? Parece que dentro asustan los fantasmas de lo vacía que está. Su voz destemplada y quejumbrosa era la melodía de su vida conyugal.
Las letras atrasadas del coche, los muebles, el televisor, el seguro, el dentista de los niños. La lista parecía infinita cuando se ponía a pensar en todo lo que tenía que pagar después de pagar lo importante. ¿Y todo para qué? Para quedarse otra vez sin casi nada, sin blanca como se dice, una mano sobre otra. Sería como comenzar desde el principio, una página limpia para hacer borrón y cuenta nueva, un almanaque de días sin ninguna tachadura para que todo siguiera igual. Todo nuevo, como cuando estaba soltero y no había tomado ninguna decisión todavía. ¡Libre! Sí, pero también sin ninguna certeza, sin más recursos que ilusiones e inexperiencia. No era eso lo que deseaba. Por nada del mundo querría repetir aquellas angustias, esos desvelos cuando casi nada dependía de él, cuando era él el que dependía de todos y de todo.
¿Y si no dijera nada a nadie? ¿Ni siquiera a Susana, es decir, sobre todo a ella? ¿Qué pasaría? Tal vez podría administrar mejor el dinero. No lo gastaría todo de golpe. Pagaría mis deudas y desataría los nudos poco a poco. Mientras tanto tendría el dinero en el banco ganando algo con los intereses. Pero lo que hubiera de ganar de ese modo no compensaría los intereses por no pagar a tiempo. Eso lo sabía muy bien y también lo sabían los del banco.
La semana antes de la entrega del premio, subió al autobús y se fue a la ciudad. Quería estar preparado para el gran día. A Susana le dijo que su tía Josefina, la llamaba tía por costumbre, había tenido un accidente en la casa del pueblo y quería ir a ver cómo se las arreglaba después de enviudar de quien había sido su verdadero tío. En el trabajo había dicho que su abuela había muerto. Tres días de excedencia por fallecimiento de un familiar próximo, más dos días de vacaciones anticipadas. El jefe de personal me había puesto mala cara, pero tuvo que ceder cuando le dije que el mes que viene haría horas extras si fuera necesario.
En la ciudad se alojó en una pensión de mala muerte. Tenía la intención de economizar todo lo posible hasta que le entregaran el premio. Después ya se vería. Habrá que ir improvisando. Cuando reciba el premio pagaré algunas deudas, las más urgentes, para ir tirando. Aunque lo que en realidad me gustaría sería subir a un avión, viajar lejos, perderme entre la multitud. Hace tanto que ni siquiera me permito soñar.
Todavía tenía algo de dinero en el bolsillo. Lo había sacado del banco, antes de que las facturas lo hicieran desaparecer. Había tenido el propósito de pagar algo al viejo Tulio, a la tía Agustina, pero las compras del día a día le habían hecho cambiar de idea. Tendrán que esperar. El hambre no espera. Susana tampoco. Susana era como tener solitaria. (…)
Ruy Henríquez
LA SEMANA DEL PREMIO
Lorca nunca murió, repetían la mayoría de las cadenas televisivas, el punto crítico lo pusieron algunos influencers señalando el despropósito melómano de la copla para tal genio. En las tertulias, cabellos plateados se apuntaron a la melancolía y en algunos espacios se impuso el silencio, pero la bola negra embocó la partida y se alzó ganadora, recordando una vez más al poeta.
Ana Velasco
LA SEMANA DEL PREMIO
De naturaleza ansioso, como lo definía su abuela, aunque ya crecido. Cuarenta años en el último cumpleaños, seguía nombrándose como ella, incluso por el apodo Salva, cuando su nombre es Salvador. Designios y marcas trae su nombre, tal vez algún día se detenga a averiguarlo.
Siguiendo con lo que veníamos, Salva padece “dificultades con las adherencias”, dice su terapeuta actual. En ese plano, sí cambia con cierta facilidad, de terapeutas.
Anda en búsqueda de “una palabra”, algo que ronda temas mágicos parece.
Lo cierto es que se le da bien el arte, desde pequeño. Entre lápices, pinturas, barro, incluso el que se formaba en el patio después de una copiosa lluvia.
Fue mejorando, tanto que se anotó en la facultad y tiene título de artista. Increíble dijeron varios… pero al ser un hecho constatado todo continuó normal.
Salva siguió viviendo unos años más en casa de su abuela, bajo su techo y sus palabras.
Hace cuestión de unos meses dio un salto al vacío y se anotó en un concurso de pinturas.
¡Ganó! Cuando lo llamaron le llevó unos segundos largos caer. Pero así fue, luego de reconformarlo aceptó.
Esta semana viene siendo de arreglos, ropa y peluquería, también para la abuela. Todos lo viven con asombro. Salva se está por recibir de Salvador.
Se sostuvo en su capacidad de crear, parece que con el premio se muda. La abuela fue a
misa para agradecer, son milagros que no se dan tan seguido… sin dudas.
Carla Bianco
LA SEMANA DEL PREMIO
Un día y otro pasaba y ni una gota caía sobre la tierra del huerto.
Y ya iba más de un mes y ni una nube en el cielo.
Parecía como si algún ser ladrón, hubiera robado las nubes y las tuviera retenidas o, peor aún, se estuviera fabricando jerséis con su algodón.
Pepe veía cómo su cosecha se iba al traste, los tomates apenas coloreaban y las lechugas parecían yerbas silvestres.
Aquella semana no solo no recogería siembra, sino que era imposible que ganara el premio anual que se concedía al mejor agricultor.
Dicho premio, en todo caso, merecidísimo, creía Pepe, por su labor incansable y sobre todo por los madrugones.
Pero además del reconocimiento, el premio concedía una buena suma económica que lo ayudaría a mantenerse mucho tiempo.
Cansado de mirar al cielo decidió acudir a una vidente y que le ayudara. Él no creía mucho, o, nada en esas cosas, pero con la desesperación todo vale.
Estaba decidido y si tenía que sacrificar un gato o bailar desnudo entre las hierbas de la cosecha, pues lo haría.
Y así fue como, camino hacia el centro de sus tierras y siguiendo el consejo de la vieja vidente, se despojó lentamente, primero de su chaleco, camiseta y cuando desataba el cinturón de los pantalones, un trueno enorme, le paralizó.
Allí mismo, entre los tomates y su torso desnudo, notó la primera, de las sucesivas gotas que vinieron después.
Lejos de rendirse, se animó y terminó la faena, lanzando los pantalones al aire y danzó, alzando las manos y los brazos y girando los pies descalzos entre las plantas.
Y así, desinhibido y feliz, se dio cuenta de que ése, en realidad, era su gran premio.
Paty Liñán
LO TENGO AQUÍ
¿Cómo son los hombres que maltratan a las mujeres? ¿Qué aspecto tienen? ¿Se les puede acaso reconocer y ver venir?
Hay quien opina que existen “hombres maltratadores” que desde la infancia van forjando hábitos violentos, egoístas y posesivos, y que se parecen entre sí. Explican que esos hombres están cortados por el mismo patrón, con un comportamiento y una educación similares, y que incluso comparten rasgos físicos. Se llega a decir que suelen altos, corpulentos, barbudos, con el ceño fruncido y la voz grave. Hay quien, por lo tanto, opina que no solamente se les puede reconocer, sino que, de hecho, son especialmente distinguibles y caracterizables.
Sin embargo, en mi experiencia como detective privada, especializada en relaciones de pareja, veo otras realidades. He investigado y rastreado centenares de casos de violencia doméstica, donde pocos sujetos confirman el estereotipo del hombre maltratador. Lo que es más, a menudo ofrecen un espectáculo contrario: son hombres tísicos, encorvados, tímidos, calvos y bajitos, con voces agudas y temblorosas. Si acaso quisiéramos establecer una generalidad, diría que la mayor parte de los matrimonios desgraciados, (la mayor parte de los matrimonios) se componen de un hombre débil, torpe y ansioso, acompañado de una mujer mezquina y agitada que desea presentarse como maltratada. Tiene la fantasía de ser una presa, que alguien quiere pegar. Es muy erótico. Ella busca esa tragedia: ser una desgraciada y culparlo a él. Él no se opone.
Ellas son mis clientes: las que acuden a mi despacho desquiciadas, con aspecto cansado, los ojos fuera de órbita y sombreados por bolsas moradas. Se arreglan furiosamente, se mueven con gestos bruscos. Tienen cualquier edad y me cuentan que se sienten viejas y no pueden más. Agregan que soy su último recurso, la opción desesperada, y suplican que trabaje rápido para confirmar sus sospechas. No admiten que su intuición se equivoque. Quieren pruebas de que sus maridos tienen amantes, hijos bastardos, que están a punto de pegarlas y que les mienten de algún modo… Ellas desean motivos para odiarle, pero ya le detestaban antes de conocerlo. Ellas despreciaban y aborrecían todo en general y, un día, aquel hombre se les puso al lado. Desde entonces él concentra su rencor, o más bien lo refleja.
Pero, ¿qué se yo? Si apenas he vivido cincuenta años y paso las tardes paseando por el lago de nuestra pequeña ciudad, leyendo historias de otros. Apenas hablo con nadie fuera del trabajo y todas mis ideas se fundan en mezclar las películas y los libros con los casos reales. De ahí saco suposiciones, probablemente exageradas y cómicas. Analizarlos es mero entretenimiento.
Yo no busco juzgar, ni siquiera me asombro ante sus comentarios u hostilidad. Como mucho, ellas me parecen unas payasas. Y ellos, unos tristes. Pero pagan rápido y sin regateos, así que hago mi trabajo y paso días caminando detrás de uno de estos “hombres maltratadores”. Les sigo a su trabajo, les vigilo desde el café, analizo sus pasos y velocidad, escucho sus conversaciones telefónicas, entrevisto a sus amigos y compañeros de trabajo… En todo ese enjambre, no es difícil encontrar un par de instantes y mentiras conyugales. Cualquier nimiedad le sirve a mi cliente para terminar de perder el juicio, echarlo de casa y declararse como víctima. Es un trabajo fácil.
Mis expedientes son comedidos y sin dramatismos. Informo sobre las actividades del marido, mostrando algunos desvíos de “lo esperable” o “lo prometido” y evito sacar conclusiones.
Sin embargo, ahora que no pueden escucharme, se darán cuenta de que desprecio a la gente que me paga por conseguir algo tan ruin. Lamento que tantas mujeres infelices campen a sus anchas y me utilicen para herir, robar e insultar; convirtiendo a sus maridos en unos cerdos. El episodio es tan frecuente que, no obstante, me pregunto si acaso a muchos hombres no les gustará precisamente esto de su mujer; que alguien transforme su debilidad en una especie de fuerza masculina. Es posible que ser llamado “maltratador” para ellos también signifique: “corpulento, barbudo y de voz grave”. El insulto, ¿quizás le hace sentir un hombre, por fin?
No tengo conclusiones definitivas, solo informes y observaciones personales. Si alguien desease leer mi archivo y comprobar por sí mismo las coincidencias, lo tengo aquí. En la página que sigue.
Gómez Gabriel.
LA SEMANA DEL PREMIO
Esta maldita semana no la soporta nadie más que Jesucristo. Y no me importa blasfemar más (nunca lo ha hecho, pero habrá que ser consecuentes). Una vez más me repito. Ha sido como morir y despertar detrás de una puerta, y el ruido me intranquiliza, no habré de comer nunca más. Nadie podrá alimentarme. Los vi, vi a ambos creadores del mundo (de mi mundo) discutiendo frente a frente y aun así se amaban. Pero nadie volteó a verme. Se fueron. Y cuando se fueron fui inmensa, completamente feliz. Por fin, la puerta de las tristes alegrías se abría a mi paso. Decidí servirme a mí mismo y a nadie más. La comida seguía caliente; no miré atrás.
Diego Molina
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Carmen Salamanca Gallego
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