ESTA AHÍ / Historia

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ESTA AHÍ

Todo pertenecía a una misma corporación, los alimentos, el transporte, el ocio, nuestro futuro.

Han pasado ya cerca de quince años, podemos afirmar que el virus fue un invento humano, una manera rápida de cambiar las cosas sin tener que preguntar ni pedir permiso.

Solo unos cuantos se beneficiaron y millones murieron o quedaron sometidos.

Cuando se dieron cuenta que nosotros no caíamos, nos buscaron, pero ya nos habíamos marchado con nuestras familias.

Sabemos los unos de los otros porque la revista “artistas del vértigo” se sigue publicando cada semana.

Hernán Kozak

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ESTÁ AHÍ

– Por si no os habéis dado cuenta, está ahí. Vino para quedarse, ha trazado líneas imaginarias que son detectadas solamente por los agentes de la lucha anti Covi,

– ¿Cómo? ¿Lucha anti qué?

– Covi.

– Pero querrás decir Covid.

– No Covi, son las siglas de Cuerpo Obeso Visiblemente Inflamado.

– ¿Qué dices?

– Sí, es una unidad especial de la policía nacional, se encargan de confinar de nuevo a todas aquellas personas Obesas Visiblemente Inflamadas.

– Pero ¿por qué hacen eso? Será mejor que salgan y caminen para que puedan hacer al de ejercicio y mejorar su estado físico.

– Sí, sería lo mejor, pero no podemos dar mala imagen al panorama internacional, si además de todos los muertos que ha habido, encima los que no se han muerto aparecen obesos, nadie va a querer venir a las playas de España a gozar del verano.

– Y ¿cuál es la propuesta?

– Encerrarles en casa, haciéndoles creer que su gordura es causa del covid y esperar que mueran.

– ¿De atracones de comida?

– No Laureano, no, de soledad y aburrimiento. Se sabe que es manera más fácil de que alguien se muera. Mira los viejos, a ellos no les ha matado el Covid, les ha matado la soledad y el aburrimiento del encierro. Los que murieron en el hospital, por lo menos lo hicieron acompañados.

Magdalena Salamanca Gallego
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ESTA AHI

Esta ahí ¿no lo ves? Y otra vez volvía a señalar con el movimiento de sus ojos un lugar vacío. Le dolía como un hueco molar. ¿Cómo podía ser que permaneciera en aquella insistencia y que por más que le señalara no lograba verlo? Lo hacía cada día. Desayunaba como un ritual, a las seis cuarenta y cinco. Leía los periódicos digitales del día y se asomaba a la ventana. Permanecía inmóvil como una estatua, como momificándose con el dibujo de las rosas de la cortina. Una cara dispuesta en pétalos con ojo de cíclope y brazos como espinas. Y otra vez volvía a gritar. ¡Ven, ven! ¿Es que no lo ves? ¡Está ahí! Cada día era igual al anterior, parecía el ritual de un obsesivo, con la minuciosidad del orden y las palabras exactas.

Un día decidió seguirle la corriente ¡qué carajo! “¡ven,ven! ¿es que no lo ves? ¡está ahí! “

Las palabras abrieron como una llave su sonrisa. Sí, ahora sí que puedo verlo ¡es fantástico! ¡Por fin!

Pero la rosa momificada giró su cabeza ¡Si se acaba de ir! y sus ojos comenzaron a hacer chiribitas como un astro loco que se había salido de su órbita. Era como un caleidoscopio que hacía girar la imagen hasta convertirla en un mosaico. Claro, leyendo a Kafka cada noche, la metamorfosis… Lo tenía en la mesita de noche. Pero de día, todo cambiaba.

Después de aquel capítulo de locura, se puso a leer Intruso en el polvo, de William Faulkner. La mirada se le llenó de ilusiones y comenzó a desayunar junto a él, conversando y asomándose a la ventana con otros ojos. Ahora no está ahí, está en ninguna parte.

Laura López
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ESTÁ AHÍ
Su presencia, aunque invisible, había ya producido inifinidad de muertes en todo el mundo. Más de 25.000 en Italia, aproximándonos a esa cifra en España. Y Estados Unidos duplicándola.

Todo era excesivo con este nuevo virus que había acuñado téminos como “nueva normalidad”.

El mundo, definitivamente había cambiado. No sabíamos si para mal o para bien, poco importaba, como los grandes cambios en la humanidad. Pero nuestra vuelta a la calle ya no sería lo mismo.

Está ahí. Por las calles, por los supermercados, por las vías del tren, en un resquicio de una puerta, en un abrazo que no podrás dar, en los besos esperando un milagro, pero el bicho está ahí.

Confinar a un pueblo, a una ciudad, a un país entero a permanecer dos meses en sus casas, parando la producción no se había visto nunca.

Una huelga general de un solo día hacía temblar los cimientos de un estado, mostrando todo su poderío, ese brazo fuerte popular.

Pero ahora no había hecho falta ninguna insurrección. El propio Estado decretó 10 días de paro total. Cierre total del sistema productivo, salvo aquel que se podía hacer teletrabajando.

Lo que no pudo la clase obrera en sus huelgas generales, vino un virus y lo logró en menos de un par de semanas.

Esto no era para menoscabar la fuerza popular que había forjado las primeras revoluciones en los albores del siglo XX, sino el alcance de algo que había comenzado y no sabíamos a donde conduciría a la humanidad.

Todo había pasado velozmente. Sin tiempo para reaccionar. Ahora, después de 5 semanas de confinamiento, cinco semanas sí, estábamos en la desescalada.

¿Qué significaba eso? Básicamente, que habían descendido las bajas por corona virus, de casi mil diarias a menos de cuatrocientos.

En ninguna guerra actual se producía ese número de bajas.

El desconcierto era generalizado. En distintos niveles y reacciones. El virus te ataca aunque no te ataque. Nadie podía permanecer indemne.

Todo está tocado ahora por el virus.

Está ahí.

Paola Duchên

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Carmen Salamanca Gallego
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EL DIAGNÓSTICO / Historia

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EL DIAGNÓSTICO

No tenía idea del tiempo que llevaba caminando en aquel oscuro túnel en el que no se veía absolutamente nada. Sus pasos le guiaban con una contundente seguridad, como si ellos supieran a donde tenía que ir. No podía retroceder. Tuvo una ligera sensación de frío. Anduvo más deprisa, Sin noción del espacio y del tiempo. Trató de hacer memoria, pero no pudo encontrar de dónde venía y hacia dónde se dirigía, aunque tenía algunas vagas reminiscencias de lugares y personas. Estas como flases luminosos aparecían en su mente. En su avanzar pudo ver una luz que indicaba el final de aquel túnel. Este terminaba en una sala amplia e iluminada de manera artificial. El techo tenía forma de cúpula y había mucha gente sentada en butacas blancas conversando mientras esperaban su turno. Se dirigió a un mostrador en el que una mujer pálida y muy delgada le indicó que se sentara, le llamarían por megafonía. Mientras esperaba se dio cuenta de que estaba muerto. Lo dedujo por la conversación que tenían las dos mujeres que estaban en frente suyo. Una había fallecido de un ataque al corazón y la otra se había tirado por el balcón, no soportó el aislamiento. Charlaban animosamente sobre la experiencia. Lo vio claro en ese momento, el diagnóstico de COVID 19 y las complicaciones generadas lo habían llevado hasta allí. Ahora recordaba sus últimas horas en el hospital y la cara de alivio de aquella enfermera.

Oyó su nombre por megafonía. Primer pasillo a la derecha. Allí le estaba esperando San Pedro. No se lo imaginaba tan atlético. “Esto del cielo debe ser un chollo, seguro que hay gimnasio gratis, a ver si tengo suerte”-pensó.

El Santo revisó su expediente en el ordenador y le miró como si le hubiera leído el pensamiento: “no te emociones Jacinto, al cielo directamente no vas a entrar. Ayer revisamos tu caso y tendrás que regresar a la vida terrenal para hacer trabajos en la comunidad, igual eso te salva. Tu comportamiento desde que empezó la pandemia ha sido más que lamentable”. Le recordó que había robado las mascarillas del almacén en su trabajo, además del gel hidroalcohólico dejando a sus compañeros sin los EPIS esenciales, había arrebatado en el supermercado el papel higiénico de los carros ajenos aprovechando el despiste de sus propietarios, no había respetado los confinamientos y había arrojado agua a los propietarios de los perros que paseaban debajo de su ventana. San Pedro, en su discurso añadió que cuando le diagnosticaron COVID 19 su comportamiento había empeorado, aún más, se burló del “catarrito”, contagió a algunos vecinos, pese a tener mascarillas más que de sobra, y se había portado groseramente con el personal sanitario. Te mereces una temporada en el infierno, pero Satanás ya no tiene hueco. El limbo nos lo han cerrado por falta de presupuesto. Dada la saturación de estos días, hemos pensado cambiarte de época, en Egipto hay más espacio y son más permisivos, pero Osiris ha comentado que no cree que pases la prueba de la pesada del alma. Son muy estrictos con los comportamientos en pandemias. En definitiva, ¡que te vuelves Jacinto!, en unos meses revisamos tu caso de nuevo, por qué antes de este lío no eras un tipo malo del todo. Aplícate, Satanás ha comprado una parcela y tendrá hueco en un par de semanas. No es un sitio muy recomendable. Te lo puedo asegurar.

El agua bendita le salpicó en la cara. Abrió los ojos sobresaltado y pudo leer el terror en los ojos de aquel hombre. Llevaba un crucifijo y el aspersorio que le había traído de nuevo a la vida. Era un sacerdote que llamaba despavorido al personal sanitario. Mariluz la enfermera, no daba crédito. ¡Joder, si ha palmado delante de mí! La sola idea de pensar en que tenía que poner en riesgo su vida y la de su familia para atender a aquel cretino le revolvía las entrañas. Pudo leer a través de aquella máscara que solo dejaban ver sus ojos negros la cara de satisfacción de Jacinto por haber vuelto a la vida y ya con la extremaunción dada. Le encantaba lo gratis. Tenía que hablar urgentemente con su supervisora. Necesitaba un cambio de planta. El cambio no se llegó a ejecutar. Satanás había acelerado las obras, gracias al trabajo de unos fornidos narcotraficantes y en un par de semanas fue a buscar a Jacinto, quién no opuso ninguna resistencia.

Maria González

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EL DIAGNÓSTICO

Le diagnosticaron ceguera total cuando se dieron cuenta que no podía distinguir absolutamente ninguna de las letras del panel. Lo chocante del caso es que se trataba de la revisión médica que hacían a los nuevos reclusos que llegaban a la cárcel. Nadie sabía que estaba ciego ni mucho menos lo podían sospechar al saber que la infracción por la que le detuvieron había sido el circular a más de 240 Km hora por una carretera comarcal.
Y ¿cómo te enteraste del caso? -Era mi compañero de celda.
Y ¿él qué decía? ¿cómo podía conducir a esa velocidad sin ver nada? -Él veía perfectamente, me hizo varias demostraciones. Lo que ocurre es que el tipo estaba trabajando en el campo y pasó el chico aquel con el deportivo a tanta velocidad. A poca distancia estaba el control de la guardia civil, y como el chico era hijo del médico que hace los controles médicos a los nuevos reclusos, pensaron que la mejor solución era que cargase él con el mochuelo. Al fin y al cabo los ciegos tienen condenas reducidas.

Kepa Ríos Alday
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EL DIAGNÓSTICO

No se si ud. ha visto esas patas de gallo que circundan sus ojos, y luego esas bolsas que rodean sus pestañas; además de estas estrías que circundan sus labios, le decía la joven voz mientras paseaba el índice por el rostro. No es algo que se esfume sin más, todo esto precisa algo de trabajo y voluntad. Se ha dado cuenta de los surcos que rodean su barbilla… Y ¿qué me aconseja ud.? Pues debería seguir un tratamiento de manera sistemática, de lo contrario no llegará a los sesenta con buen aspecto, pero si yo ya pasado los setenta y dos, y eso sin contar el tiempo del confinamiento que, a día de hoy no sabemos lo que se alargó….
Ana Velasco

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EL DIAGNÓSTICO

– No hay diagnóstico, no sabemos qué le pasa, esta vez, las pruebas son normales.

– Pero cuando ingresó parecía que…

– Sí pero ahora nada de nada, así que dile que se va a casa.

– No doctor Ramírez. No puedo, no lo va a entender.

– Me da igual, Dra. Pérez, la urgencia está saturada y no podemos ocupar camas si no es un Covid.

– Dr. el paciente ha venido 3 veces esta semana, está angustiado, triste con miedo.

– Pues mándele un ansiolítico y a casa, o mejor un antipsicótico, le calmará más.

– Dr. Ramirez tiene tos y 85 años, vive solo y no tiene familiares conocidos, no quiere estar en su casa, tiene mucho miedo a morir y que nadie se entere

– ¡Dra. pues lléveselo usted a su casa, si le da la gana, pero aquí no se puede quedar!!!!! Deje de perder el tiempo es solo un viejo asustado, no está enfermo.

– Dr. por favor, solo le pido que lo reconozca, unos minutos nada más. Siempre pregunta por usted.

– Pero ya le he dicho que no sé quién puede ser, no conozco a ningún Joaquín de 85 años. Bueno venga paso a verle.

Ambos médicos se dirigen a la sala B donde estaba el anciano en observación.

Justo detrás de aquel biombo. Dijo la Dra.

Dr. Ramírez le presento a Joaquín

El paciente algo sonriente por primera vez, dice: No me llamo Joaquín soy Julián Ramírez, tu padre, abandoné a tu madre cuando solo tenías 3 meses y hasta ahora no he tenido el valor de presentarme, aunque vengo por aquí a menudo para verte y asegurarme que estás bien. Hijo, no me quería morir sin que lo supieras. No espero tu perdón, solo quería decirte lo arrepentido que estoy.

El Dr. Ramírez, entre desconcertado y algo aliviado dijo: ¡¡¡¡¡Padre!!!! Llevo años buscándote, yo también necesitaba conocerte. Gracias.

– Dra. Pérez lleve al paciente a mi despacho, nos lo llevamos a casa cariño, es mi papá.
Magdalena Salamanca
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EL DIAGNÓSTICO

Son tres quizás, o dos tal vez o un puede que nunca.

Primer quizá:

Siempre llegamos tarde, pero ahora tiene más delito. Con eso de que cada mesa debe estar al mes a dos metros una de la otra, es muy complicado conseguir una reserva

Nerviosos entran al restaurante, dejan sus abrigos y se acercan a la esquina indicada por un camarero que les dice:

Este es su armario auxiliar, aún huele un poco a lejía. En el primer cajón pueden dejar sus mascarillas de calle, se auto limpiarán, y pueden retirar las de comer fuera, desechables con apertura frontal. Tienen también un paño caliente por persona y un tubo pequeño de alcohol. Les toca el turno de ir al baño dentro de una hora y media.

Espero que pasen una buena velada.

Segundo quizá:

Están en el Juzgado, fuera de las salas de juicios. Aparece la agente judicial y dice:

Verbal 39/19, por favor entréguenme los DNI y los CLC.
¿CLC? Pregunta uno de ellos.
Si, el certificado libre de coronavirus.
Perdone señorita, pero se me ha olvidado.
Siempre estamos igual, pero hombre, sáquese el nuevo carnet de identidad, que viene con el incorporado, o bájese la aplicación y lo lleva en el reloj. Es que sin esa documentación no puedo dejarle entrar. Es mas no se ni como ha accedido al edificio.

Tercer quizá:

En un instituto el profesor da las últimas indicaciones.

Tienen que traer todo estudiando, desde el tema diecisiete al treinta y dos, inclusive.
Pero eso es mucho, el curso pasado nos dio la mitad. Acuérdese que tenemos otras asignaturas. Dijo uno de los alumnos candidato a delegado.
El curso pasado era el curso pasado. Le explico amablemente, comprendiendo la dificultad del asunto.
Pero…
Pero nada. Ya saben que cada año nos toca estar en casa al menos mes y medio. Este COVID31 tienen que estudiar más que el 30, es lógico, este año los que pasen, se enfrentaran a la prueba para entrar a la universidad, ¿o es qué se han olvidado de eso?
Hernán Kozak
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EN RECUPERACIÓN / Historia

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EN RECUPERACIÓN

Primer día de las medidas de contención del corona virus y 16 años de un
aciago día.
Ana Pastor acaba de dar positivo. La gente está un poco desquiciada
comprando todo lo que hay en los anaqueles de los supermercados.
Yo empiezo a estar tranquila, a darme cuenta del panorama, y a tomar
medidas.
Un mes después, 11 de abril de 2020
Este año que se antojaba tan simpático, tan sonoro, 2020, tan de festejo, de
estar en los primeros 20 años de este segundo milenio, nada parecido a los
años 20 del siglo pasado.
Los habitantes de la tierra, que ahora nos debatíamos en nuestras propias
casas, éramos de verdad privilegiados. No todos evidentemente, pero aquí en
Europa, al sur de Europa, vivíamos un confinamiento que podía decirse de lujo.
Las neveras llenas, todos los aparatos electrónicos posibles. Las redes de
contacto habían proliferado. No faltaba nada, teníamos hasta sexo virtual. Y no
te digo rock and roll.
Mucha de la gente, al llevar un mes de confinamiento se había ido
acostumbrando poco a poco, y estaba bastante cómoda en su nueva situación.
Ahorraba en todos los sentidos. Cero gastos en transporte. Cero gastos en
cafés, meriendas y cenas. Cero gastos en cine, teatro o cultura.
Querías un libro, te lo descargabas gratis de la red. Ver las últimas series, te
abonabas a Netflix o a cualquiera de esas plataformas y podías permanecer
enchufado a la pantalla unas cuantas buenas horas.
Alguna vez pensó si esto se asemejaba a una cárcel. Pero para nada. Algún
momento la soledad le atacó, pero se arreglaba con alguna llamada a un amigo
o amiga, o un whattsapp que te entraba y te echabas unas risas.
Es más, los contactos eran mucho más frecuentes que antes, y con personas
que reaparecían después de 5, 10 y hasta 30 años.
“¿Qué tal estás? Parece ser que la muerte está rondando por Madrid? Yo por
eso me fui de Madrid, justo el 11 de marzo, en los últimos vuelos.”
Impresionaba el silencio de los aeropuertos. Ningún viajero por ninguna parte.
¿La muerte rondando por Madrid? Recordó el poema vivo de Dámaso Alonso,
Insomnio. “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las
últimas estadísticas)”. Recordó el poema de Alberti, “Madrid, corazón de
España, / late con pulsos de fiebre. /Si ayer la sangre hervía, / hoy con mas calor
le hierve.” Recordó a Vallejo con “España, aparta de mi este caliz”.
Recordó las heridas de la guerra. Esta era una inusual. Pero seguía pensando
en el sistema inmunológico. Y en que la poesía era una red que impedía la
entrada del virus. Que algo protegía, claramente. No sabía cómo pero era una
verdad. Ya se investigaría, sin duda alguna y, además, esto alguna vez iba a
acabar. Probablemente en un mes o mes y medio este confinamiento extremo
terminaría.
La recuperación sería previsiblemente algo difícil. Pero ahora quedaba todo
ese tiempo que se dispuso a disfrutarlo. No siempre tienes en tu vida un hecho
mundial de este calibre. Lo estábamos viviendo todos, todos confinados en
nuestras casas, a ver cómo lo escribíamos. Madrid está vivo, muy vivo.

Paola Duchên
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EN RECUPERACIÓN

¿En recuperación? ¿de qué? Acaso uno puede recuperarse de tanta muerte, de tanta información, de tanta noticia contradictoria, de tanto bulo. Quizá esto nos haga cambiar, dicen unos, pero el ser humano cambia así. No sé doctor, estoy confundida. La televisión habla y habla, no para de hablar, cuenta, suma y resta sin parar, pero de ¿qué habla? Habla de las vidas salvadas, de los logros conseguidos, menciona el trabajo oculto de miles de personas que pulsan constantemente para que los trabajadores de primera línea tengan recursos.

¿Qué está pasando doctor? Usted ha visto alguna vez algo igual. ¿Qué opinan sus colegas? Tenemos alguna respuesta posible que explique lo que está pasando.

Que si las ondas electromagnéticas, que si china y su imperialismo mundial, que si EEUU y su magnánima omnipotencia, que si se les ha escapado o ha sido creado, que si las farmacéuticas y los gobiernos de derechas y de izquierdas, que si la tercera guerra mundial, o la primera guerra biológica. Algunos escuchan turbinas como de avión por la noche y otros ven luces que aparecen y desaparecen misteriosamente. Observamos o somos observados, manipulados, controlados, distraídos.

¿Qué recuperación? Si salir al supermercado es un atentado contra otros humanos, hoy mismo fuimos mi marido y yo, y 5 cajeras nos trataron como terroristas, abusones, locos, irresponsables. Señora mil euros de multa está poniendo la policía a las personas que van de dos en dos. ¿Recaudación?

Individualismo y más soledad. Divide y vencerás. Qué ineptos.

Bueno quizá el consuelo es que ahora se ven delfines en el puerto de Ibiza. Impensable, ¿verdad? Cuantas cosas más son impensables y están pasando, pero como tenemos que estar en casa, no las vemos. ¿En recuperación? Jajajaja.

Magdalena Salamanca

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EN RECUPERACION

Nieto y abuelo se veían a través de la aplicación “El hospital en casa”. Los médicos le habían recomendado el mayor contacto con la familia y amigos para acompañar la recuperación.

Anda ya, te lo estas inventando, dijo el joven, mientras veía en su reloj la última película de los androides híbridos de la llanura distópica.

Es cierto, mi padre conoció el final de esa época. Iban a los bares, allí se encontraban para hablar y tomar algo. Parecido a lo que hacemos cuando nos conectamos a la red 9.0 de los 12G, en el programa “la última y nos vamos”.

Iban al fútbol, al cine, al teatro, comían en el campo, caminaban por la ciudad.

Pensando que le estaba contando otra de sus batallitas le pregunto:

Pero, ¿y no tenían miedo de la gente?
Que va, precisamente lo hacían por eso, porque había gente.

Se despidieron y el niño esa noche hablo con su madre. – Oye mañana te encargas tú de él, creo que está perdiendo la cabeza.

Hernán Kozak
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EN RECUPERACION

Hay golpes y golpes pero éste se lleva la palma, le decía uno al otro en aquella reunión de pares. Yo me encontraba tomando un café y dispuesta a escribir una historia, por lo que pegué la oreja sin perder una coma. Resulta que hacía casi una década, había atravesado una pandemia por el escenario neoliberal del planeta Tierra, pero el interlocutor se había detenido en un pequeño territorio de Europa, contaba que como hacía tiempo que no había guerras sobre dicho espacio, algunos echaban de menos la economía de combate, esa de la que hablaba una película titulada “El Tercer Hombre” de un tal Orson Wells. En su relato un constructor español se percató que había un espacio donde se podía especular sobremanera: una enorme demanda de mascarillas y aún no había llegado el momento álgido de la pandemia, así es que dicho empresario dejó colgado el proyecto de rehabitar la fachada de un importante edificio público y con el adelanto recibido, alquiló cinco aviones de una compañía portuguesa, ya que las españolas en actividad estaban comprometidas con el gobierno. Por supuesto, se trataba de una compañía que viajaba a China todas las semanas. Otra parte de la gestión fue dirigirse a un al polígono llamado Fuenlabrada para contactar con uno de los mayoristas que mejor conocía el gran mercado asiático, éste le pidió un extraordinario adelanto pues el mercado de mascarillas estaba complicado. Una semana después el empresario se frotaba las manos, la mercancía estaba subiendo a la bodega del avión, pero no contó con que llegaran 4 versátiles Nissan que hicieron parar el cargamento, ni que dos fornidos soldados estadounidenses dijeran que esa mercancía debía ir directa a Washington. Cuando esta información iba alcanzando su móvil, el porte valía diez veces más y además el porte debía pagarse cash. La inversión había sido desorbitada y no podía aceptar que estos tiburones se la echaran abajo, representaría su ruina. Por lo que volvió a ponerse en contacto con el mayorista chino que le aconsejó llamar a alguien del gobierno y tratarlo por vía diplomática; el empresario se dirigió a la Consejería de la Comunidad de Madrid, donde tenía mejores avales. Mientras transcurría esta engorrosa gestión, en el país de los mandarines los comandantes de los aviones fueron interpelados por su propio gobierno para volver al territorio a toda prisa, pues el espacio aéreo quedaría cerrado sine die, hablaron con los soldados americanos y cerraron el trato: lo que estaba ya en bodega no entraba en el trueque y el resto se lo dejarían en tierra. Hasta el día de hoy no se sabe bien lo que pasó, pero en Portugal no escasearon las mascarillas y el empresario fue acusado de extorsión. Como si hubieran llegado al final del relato, se hizo un silencio entre los dos. En mi entidad de replicante una pregunta surgió ¿y luego qué pasó?, casi recostada en mi dorso, respondió una efímera voz: “ poco a poco Eduardo, no se si sigo siendo yo”.

Ana Velasco
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EN RECUPERACIÓN

Hasta la cuarentena yo no sabía que pertenecía a un país. Es decir, no me daba cuenta de hasta qué punto soy una de las numerosas partes que conforman una inmensa colectividad mucho más poderosa que yo. De pronto me he visto obligado a no salir de casa. No tanto por obedecer la ley si no sobretodo abrumado por la colectividad, por la fuerza de las miradas de reprobación que, como suele pasar, son la amonestación que te hace llegar la sociedad antes de que te topes con algún funcionario de los que ponen sanciones económicas: un policía generalmente. Igual que en las fantasías infantiles en las que un personaje sale de la pantalla de la película y aparece en el mundo real. De las pantallas de televisión de los bares, que llevaban varias semanas hablando del dichoso coronavirus, salieron las mascarillas, los contagiados, las estadísticas… De estar en la televisión pasó a estar en la realidad. De repente había que empezar a tener cuidado en los bares, a no darse la mano… hasta que finalmente, cuando llegó la orden de la cuarentena, el estado de alarma, había ya tanta alarma previa que la ausencia de clientela ya me había dejado prácticamente confinado en mi propia ociosidad.
De pronto se planteó en todos sitios la cuestión de la muerte. De qué servía salir de casa cuando no hay nadie en la calle, era una auténtica pesadilla. ¿Acaso no debe ser algo así la muerte?
En los primeros días de confinamiento tuve un sueño espeluznante. Era ella, la reconocí a la primera, le tiré un rotulador de pizarra de los que suelo llevar en el bolsillo de la chaqueta. Creo que lo hice para espantarla, o más bien lo hice espantado, sin saber qué hacer o cómo reaccionar. Pero nada, a ella no le importaba nada. Me miraba sin hacer absolutamente ningún gesto. Tampoco un gesto de muerto, si no simplemente una cara ni seria, ni tensa, ni relajada, nada absolutamente ningún gesto.
Después está la idea de que ahora ya no podemos disfrutar de la vida. Como si no hubiese goces que se pueden tener entre cuatro paredes. Pero por fin llegó la idea de la recuperación.
Hasta la cuarentena yo no sabía que pertenecía a un país. Es como si estuviésemos en una carrera de obstáculos todos juntos. De pronto decían «saltad» y todos teníamos que saltar; ¡agacharse! y todos nos agachábamos. Por arriba pasaban girando furiosamente las degolladoras aspas de un formidable ejército de ruedas de molinos o los enormes brazos aniquiladores de asesinos descomunales, gigantescos o minúsculos, arrebatadores de destinos.
Cuando empezaron a hablar de la recuperación, la idea de «pertenecer a un país» comenzó a diluirse de nuevo en la otra idea mucho más simpática: la idea de «tener una patria».

Kepa Ríos Alday

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EN RECUPERACIÓN

Eran las nueve en punto de la mañana. Les indicó que se sentaran separados, manteniendo la distancia clásica: un sitio ocupado y otro libre. Les mandó sacar un folio en blanco con un bolígrafo azul, en el que deberían de poner su nombre y dos apellidos en la parte superior derecha. Todos los libros y demás utensilios personales deberían de colocarse en el pupitre.

Se paseó por ambos pasillos laterales, miró debajo de las mesas, y minuciosamente se fue asegurando de que no hubiera chuletas enrolladas en los bolígrafos BIC, en la palma de las manos, en las muñecas o en otras partes visibles del cuerpo. Aunque sabía que esos pícaros las tendrían cobijadas en los sitios más inverosímiles. En toda una vida de profesor había visto de todo, incluso escritas en los muslos, o con una goma atada a un sostén, como una joven a la que dio clase en un pueblo de Cáceres.

La prueba no era fácil para el que no hubiera estudiado mínimamente. Se estaba relamiendo con lo que se iba a reír en la corrección. Tenía que reconocer que algunos de esos tunantes le habían hecho pasar buenos ratos.

Don Tomás, profesor de literatura a punto de jubilarse no entendía por qué los acentos eran los grandes maltratados de la gramática, eso le parecía un injustica que reparaba solidariamente con descuentos que aplicaba en las valoraciones finales, como las ofertas de los supermercados.  – “Por cada acento ausente o mal puesto, les quietaré un punto”, les repetía machaconamente.

Amante de la poesía había tratado de inculcar con pasión a generaciones de estudiantes el amor por las letras y la riqueza literaria de los pueblos. En unos casos había tenido éxito y en otros ninguno. Cómo en el caso del Sr. Martin al que contemplaba estupefacto mientras este golpeaba su intelecto contra la página en blanco.  Le miró como que fuera un ser de otro planeta. Reparó en su pelo largo, rizado, su delgadez extrema y la nariz aguileña. Siempre vestido de negro y con las orejas llenas de aros de diferentes tamaños.  En alguna ocasión el joven osadamente le había llevado la letra de alguna canción de un tal Barón Rojo diciendo que eso era poesía y no las antiguallas que les leía en clase. El desparpajo de aquel muchacho no dejaba de sorprenderle. Le consolaba que no era un mal chico y reconocía que ahora a sus 63 años recién cumplidos daría un reino por tener su mata de pelo.

Le hubiera dado una oportunidad en la evaluación sino fuera por aquella situación tan embarazosa que se había generado unas semanas antes. En toda su vida de profesor nunca había vivido nada semejante.

Era una tarde de primavera. Literatura era la primera asignatura de la tarde. La fragancia de la estación próxima al verano se colaba por las ventanas abiertas de par en par y por las que los chicos se distraían contemplando el crisol de intima cotidianidad colgada en los tendederos que salpicaban aquel patio de manzana. Ese día el Sr. Martin estaba más atento a lo habitual, lo que llamó poderosamente la atención de Don Tomás mientras éste disertaba sobre la literatura barroca en la España de Felipe IV. Con curiosidad y disimulo se acercó parsimoniosamente hasta la última fila, acompañando el paso con la explicación, algo que sólo saben hacer los maestros muy experimentados. Allí repentinamente miró debajo de la mesa, dónde encontró el motivo de la alegría de su desconsiderado discípulo. Su compañera de pupitre estaba atusando alegremente su miembro viril. Se levantó vertiginosamente, rebuscó apresuradamente en el bolsillo su pañuelo de tela grabado con sus iniciales y se limpió las gotas de sudor que le caían a chorretones por la frente mientras decía temblorosamente: – “Felipe IV no se merece semajenante vilipendio señor Martin, le veré en la recuperación y a su compañera de pupitre, o lo que quiera que suyo también… y háganme el favor de dejar de oír grupos satánicos, no les hace ningún bien”.

Todavía perplejo, Don Tomás esa misma tarde, cuando salió de clase fue a la tienda de discos de su barrió decidido a comprar un disco de es tal Barón Rojo. A lo mejor ahí encontraba alguna explicación.

María González
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¿ESTÁ USTED BIEN? / Historia

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¿ESTA USTED BIEN?
Se van a enterar los del trabajo cuando se lo cuente, no se lo van a creer y veras que envidia.

Pues si señores, pues si y si nadie lo había pensado antes, haber estado más listos.

Siempre haciéndome creer que no me enteraba de nada, que estaba despistado. Diciéndome que no me daba cuenta de lo importante o de esto o aquello.

¿Y ahora qué?

Ya los veo viniendo a mi mesa y pudiéndome perdón, queriendo comer conmigo en la cafetería, preguntándome como se me había ocurrido.

Ya veras, ya veras, cuando les diga que he sido el primero ,en pedir el turno de vacaciones y que he puesto todos mis ahorros, para un viaje por Italia del 13 de Marzo al 11 de Abril.
Hernán Kozak

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¿ESTÁ USTED BIEN?

-¿Está usted bien? me preguntó como si hiciera mucho tiempo que no nos veíamos.
-Sí, yo estoy bien. ¿Qué tal está usted?
-De momento bien. Ya sabe, me cuido, no salgo del cuarto para nada. Mis hijos me ponen la comida en la puerta. Y como me han dejado la habitación de matrimonio,, tengo baño propio. La verdad, estuve tan malita que creían que me moría, hasta llamaron a un sacerdote. Menos mal que se negó a venir por lo de no contagiarse. Luego fue bajando la fiebre y vinieron las ganas de comer y ahora me siento como una rosa.
Yo no le dije nada. Me fui alejando poco a poco hasta que estuve a la suficiente distancia como para no parecer un grosero por salir corriendo y me dije que era la última vez que miraba hacia arriba para ver el sol.

Cruz González Cardeñosa

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¿ESTÁ USTED BIEN?

Se escuchó un grito al fondo del vagón de metro. Fue un par de días antes de que se declarase el estado de alerta por la pandemia. Una chica salió corriendo tapándose la boca con un pañuelo. Dos obreros, con el mono lleno de manchas de pintura, también salieron pero más despacio. Con desenfado propio de su gremio iban comentando entre ellos:
-Se le ha posado un coronáviro, qué bestia, vámonos. – ¿Un cornápiro? -Sí, un carnóviro.
Una señora con su pequeña hija de la mano salió del vagón llorando:
Dios mío, pobre señor -hablaba mirando a todos lados y también a su hija, pero sin esperanzas de que nadie comprendiera- y precisamente le tenía que pasar en esa parte, Dios mío, en esa parte precisamente.
No pude reprimir mi curiosidad y me asomé al corrillo de curiosos. En el suelo un señor de unos sesenta años se retorcía de dolor. Alcancé a verle solamente la cabeza: Aunque apenas emitía ningún sonido, vi como apretaba los dientes, además del copioso sudor corriendo por su frente. Una mujer le sostenía la cabeza con una mano por detrás de la nuca y le preguntaba:
¿Está usted bien?
El señor no podía ni responder del dolor. Un joven que había delante mío, en el corrito se marchó en ese momento y pude ver completamente al señor que estaba tendido en el suelo. Entonces me quedé petrificado ante aquel extraño fenómeno nunca antes visto: era del tamaño de un balón de fútbol sala o balonmano, de color azul oscuro y manchas rojas; brillante y húmedo, con un montón de tentáculos o espinas, permanecía aferrado al señor que se retorcía de dolor en el suelo. Entonces me di cuenta claramente de lo que pasaba: A aquel pobre señor le había salido un coronavirus en todos los cojones.

Kepa Ríos Alday
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Carmen Salamanca Gallego
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AQUEL MEDICAMENTO / Historia

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AQUEL MEDICAMENTO

Necesitaba paracetamol a toda costa, el médico le hablo de la urgencia de tomarlo en las dos horas siguientes.

En su botiquín tenía unos sobres caducados hace ya tres años y no le quedaba energía suficiente como para salir en ese momento a la calle.

La decisión, lo que le faltaba a ese medicamento, debía añadirlo él, al menos, hasta tener la convicción de poder llegar al hospital.

Hernán Kozak

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AQUEL MEDICAMENTO

-Recuerdas lo que nos dijeron nuestros abuelos, expira, inspira, expira, inspira. No lo puedo creer, después de 40 años el medicamento contra la realidad es el mismo, expira, inspira, expira, inspira.

-Pero qué dices, loco de mierda, hoy la tecnología ha avanzado mucho ¿cómo va a servir el mismo medicamento?

-Claro, los tiempos no pueden curar la falta de amor, no existe aún nada que consuele el desaliento como la respiración.

-Ya, pero quien te dice que la tecnología no tiene remedios más avanzados que la simple respiración.

-El amor se transmite, se contagia, es como una pandemia, pero el desamor también. Millones de personas mueren en el mundo por falta de amor. ¿no me crees?

-No, hay que encontrar un medicamento eficaz, no es suficiente, hay gente que sufre por amor.

-El amor no es sufrimiento, el amor es amor, el que sufre es uno, pero no por amor, cuando un ama, no sufre. Ni siquiera cuando se termina el amor se tiene que sufre, cuando uno ama de verdad, una separación no produce sufrimiento.

-Si, lo que tú digas, y Julián y Berta, ¿no te acuerdas como sufrieron y cómo se querían?

-Ellos estaban sometidos, no era amor, era sometimiento,

-Jajaja, eres tan simple….

-Tú eres confiado, crees en lo que te dicen y en lo que ves. ¡Vacúnate!

-¿Qué, que me vacune? ¿De qué?

-De la ingenuidad amigo, vacúnate de los sentimientos. El amor no es sufrimiento.
Magdalena Salamanca

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AQUEL MEDICAMENTO

Era un medicamento maravilloso que había inventado Dios para contener la plaga. Tampoco quería terminar con esos seres tan parecidos a él. Recordó cómo los había creado a su imagen y semejanza. Realmente eran unos seres formidables, encantadores, no quería exterminarlos. Se trataba de dejarlos uno o dos meses aislados en sus casas para que aprendiesen que es posible vivir de otra manera y abandonasen ese comportamiento de plaga.
Dios no paraba de recordar el día aquel que salió en forma humana y borracho a dar un paseo por el desierto y se encontró con el idiota de Jacob. Pues no se le ocurrió otra cosa que empezar a pelearse con él y tan borracho estaba que Jacob le ganó. Desde entonces los humanos se han creído dioses y todos han querido que su progenie se multiplicase y extendiese como el polvo por toda la superficie de la tierra.
Desde ese día, dios llevaba casi tres mil años intentando corregir a esos necios enloquecidos. Era un medicamento contra la soberbia, contra el individualismo, contra las locas ambiciones desmedidas: A ver si empiezan a disfrutar de todo lo que les he dado -se dijo Dios para sí- en lugar de pasarse su corta existencia intentando ser yo.

Kepa Ríos Alday

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AQUEL MEDICAMENTO

Soy un prospecto, ahora que me han arrojado a la basura encuentro un poco de resuello. Salí de un barrio de Vietnam, de una pequeña fábrica donde no existían ventanas y pequeñas manos manipulaban las probetas. Me crearon para acompañar a un bote repleto de píldoras azules en forma de romboide, en mi dorsal pegaron un montón de contraindicaciones; colocado en una pequeña caja de cartón salí del almacén en plena noche, creo que me llevaron a un barco, por el balanceo continuo de las olas; no se cuánto tiempo pasé allí, escuché voces y sentí que entraba en una cadena, me ingresaron en un camión con un fuerte olor a opio, parece que íbamos a un lugar llamado Taiwan. Una mañana abrieron la caja donde residía, no llegaron a mirarme, solo se fijaron en los romboides y me dejaron en el mismo sitio. Estuve olvidado sine die junto a otras cajas detrás de una puerta. Una mañana aparecieron unos trabajadores con chaleco brillante, por una cinta metálica llegué a la bodega de un avión, me llevaban a Europa, en este continente ya no había lugar para el amor, pasamos de un hangar a otro, los aeropuertos no acogían pastillas solo se abría paso a los palets de mascarillas. Tras dos meses estancado en almacenes, mi dorsal ya no estaba reconocible, pero un día soleado acabé en una pequeña plaza, en un puesto clandestino, un señor pintando canas se decidió por mi envoltorio, apresurado en sacar el contenido caí sobre una alfombra, donde fui taladrado por el zapato que calzaba la pierna de una diosa.

Ana Velasco

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AQUEL MEDICAMENTO

Su hija fue a abrazarle como cada viernes por la tarde cuando llegaba a casa después de toda la semana fuera. Últimamente estaba llegando más tarde de lo habitual, ya que tenía cita en el fisioterapeuta antes de ir a casa. Lo necesitaba. Este trabajo le estaba generando mucho estrés y las pastillas que le había recetado el Dr. Abascal para la ansiedad no eran suficiente remedio para aliviarle, tendría quizás que pedirle algo más fuerte. Esta noche tendría la ocasión de hablar con él. Su esposa Berta, había preparado con sus amigas una cena en casa de los Azpeitia. Este hombre sí que le producía gran admiración. ¡Cuánto tenía que aprender de él! Manejaba a sus trabajadores con mano de hierro. – “No se me mueve ni uno, Zapata, por la cuenta que les tiene, se cagan los pantalones cuando les miro”, le había comentado en alguna ocasión. Haría todo lo posible por conversar con él. Algunos consejos suyos no le vendrían nada mal.

Habían pasado seis meses desde que aquella head hunter le llamó para decirle que era el candidato elegido para ser responsable de producción de una empresa química en Badajoz de trescientos trabajadores. No daba crédito. Hasta ahora no había logrado ser el directivo que tanto ansiaba, pero al fin su estancia en Londres, su MBA y quién sabe si los contactos de su padre habían surtido por fin efecto. Tendría que pasar la semana sin su familia, pero su cuenta corriente se vería notablemente incrementada a fin de mes. Y su círculo de amistades lo respetaría mucho más ahora.

Vestido siempre de traje, zapatos castellanos y con el peinado propio de un hombre de su clase social, en poco tiempo ya había conseguido que la gente se dispersase cuando llegaba a la máquina de café y le trataran con cierta distancia, algo que él atribuía a temor y respeto. -“Todo va sobre ruedas”, pensaba ingenuamente.

En ocasiones, entre claro oscuros pensamientos, en la soledad de su despacho podía vislumbrar su falta de pericia para manejar determinadas situaciones y lo ajeno que estaba a todas aquellas personas que trabajaban con él y que parecían apreciarse sinceramente. Resolvía este conflicto con un despotismo y una chulería más que notable. Así iba tirando, aunque la ansiedad le estaba torturando.

Mientras se cambiaba de ropa para ir a cenar se dio cuenta de que esta vez estaba más dolorido de lo habitual. -“De este viaje te han dado una buena paliza, cariño. Ese fisioterapeuta es una animal. Tómate un ibuprofeno para aguantar la noche. Vendremos tarde”- le indicó su esposa.

A Berta no le faltaba razón. Lo de hoy había sido especialmente intenso. Como alguien que espera ansioso una droga, llegó antes de la hora a su cita. No quiso esperar al ascensor. Subió por la escalera de aquel viejo edificio. Era un tercer piso. Llegó exhausto, sudado y con la corbata desanudada. Llamó insistentemente al timbre, alguien miró para aquella antigualla de mirilla, lo abrió y se dirigió apresuradamente al cuarto del fondo. Era una estancia lúgubre amueblada a la antigua, la única luz que llegaba era la de un ventanuco situado en la parte alta de una pared. Se cambió a toda prisa y con agitación en aquel vestidor minúsculo propio de un fetichista. Estaba lleno de cachivaches: zapatos de tacón, máscaras, antifaces, esposas, cuerdas y demás cuestiones propias de la profesión. Se puso el tanga y un chaleco de cuero. Salió y mostró sumiso a su ama el trasero. Una mujer entrada en carnes enmascarada y con un body negro que no le daba para cubrir sus redondeces le ató de unas argollas que pendían de una cadenas colgadas en el techo, y le azotó con la maestría propia de una domadora de circo mientras le gritaba con acento ruso:- “has sido malo, muy malo y te mereces unos buenos azotes”, cuanto más le azotaba más se excitaba. Era una sensación completamente orgásmica esa mezcla de dolor y placer. Aquel era su medicamento, su liberación del estrés. Sus gritos pidiendo más y más se fundían con el sonido de la bulliciosa calle de aquella céntrica ciudad ajena a lo que estaba pasando al otro lado de aquel ventanuco de la tercera planta.

Cuando salió de allí había perdido la noción del tiempo. Decidió ir caminando a su casa, relajado, dolorido y tranquilo pensando en la cara que se le quedaría a Berta si supiera que no estaba en el fisioterapeuta, pero lo que le inquietaba realmente es qué carajo tendría que hacer para que aquellos paletos con lo que trabajaba se cagaran los pantalones con su mirada. Esta noche le preguntaría a Azpeitia.

María González

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AQUEL MEDICAMENTO
CORONA VIRUS II

Lo más reseñable de esta semana que termina, segundo fin de semana de recluimiento
involuntario en nuestros respectivos domicilios es mi actitud hacia el trabajo.
Pensaba que estaba como siempre, pero me doy cuenta que realmente no estaba al
100 %, probablemente procesando esto nuevo e inédito que pasaba con el mundo y
conmigo misma.
Ahora me siento 100% en el ojo del huracán del trabajo.
Como todo sentimiento, es eso, un sentimiento. Pero mi actitud es diferente. Estoy,
siento que estoy donde debo estar.
Y respecto al trabajo, algo tan simbólico y tan concreto a la vez, es algo fundamental.
En la crisis del 2008, yo prácticamente no me enteré. Todo mi alrededor hablaba de
crisis y de lo mal que iba todo. Todo se derrumbaba y la gente se quejaba.
Yo no tenía oídos para ello. Tenía que sacar adelante a un chaval de 14 años, además
de a mí misma y construí un trabajo donde antes no había. Construí un puesto de
trabajo donde la gente decía que solo había un páramo.
No escuché, por así decirlo, a la “realidad”, sino a la realidad de mi deseo, que en ese
momento era fervientemente trabajar.
Trabajar. Trabajar y solo trabajar. Fue la época que más pacientes por semana vi. 80
sesiones marcadas semanalmente, tarde y mañana. Y no me cansaba para nada. O no
me acuerdo, o era lo menos importante de todo.
Después de la contundencia de ese deseo me di cuenta que primero estaba siempre el
deseo. Cuando me quiero colocar en el trabajo, me coloco siempre respecto a mi
deseo, a esa ley. A la ley del trabajo y a la ley del deseo.
A lo mejor, es ese mi medicamento.

Paola Duchên
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CRÓNICA DE ESTOS TIEMPOS / Historia

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PARECIDO A UN DIARIO

Primer día de encierro, he oído que todos tenemos papel higiénico en nuestras casas para aguantar dos décadas, creo que eso nos ha tranquilizado al menos cinco minutos.

Ya he visto a mi familia y amigos por el teléfono con su mejores chandals y camisetas y un estudiado despeinado elegante pero informal.

Mi teléfono no para de sonar, casi más que cuando estoy trabajando. En la fábrica de memes los elfos azules deben estar a destajo y eso es algo que agradezco, únicamente pido un imposible, que me llegue cada uno menos de diez veces.

Quinto día de encierro, no sé si el tanto por ciento de la rebaja española en PIB relacionado con la subida moderada del Euribor, con las cifras de la última relación euro – dólar, aplicada a las propuestas coercitivas de la demanda interanual que nos ha dado el gobierno, son o no buenas noticias.

Si alguien del exterior planetario quiere venir a visitarnos, le diré que este es un buen lugar pero no es un buen momento.

Hernán Kozak

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CRÓNICA DE UN LUNES

Me levanté como cada lunes a la misma hora. Me pareció la mejor opción para hacer normal una situación tan anormal. Un programado ritual que empecé con cierto optimismo. A las 8 de la mañana estaba frente al ordenador conectada a todos los posibles cables que me iba a abrir un mundo virtual lleno de posibilidades. Por un momento pensé que quizás, con adecentarme de cintura para arriba sería suficiente, pero pesándolo mejor, sí afrontaba con ese toque de desidia el primer día de confinamiento la cosa no podría acabar bien. Así que eché el resto. Sólo me quedé con las zapatillas.

Mi objetivo para el lunes estaba claramente definido: encontrar un técnico de laboratorio bueno, bonito y barato. No importa que cambien las circunstancias esa es siempre la constante. Cité a todos los candidatos vía Skype el sábado por la noche cuando la crisis del COVID 19 empezó a ser más que unos cuantos casos aislados.

La primera entrevista fue razonablemente bien, una joven con gran pericia técnica y con un magnífico discurso confinada en su casa en Cuéllar me tenía absorta con su manejo del lenguaje. Mientras tanto, mi canguro Peppa Pig a la que odio profundamente, pero a la que tengo mucho que agradecer hizo un excelente trabajo. El capítulo de la señorita patas largas nunca decepciona.

Pero la gorrina fue incapaz de sujetarlos en el segundo asalto. Los noté revolverse a mis espaldas y mi adrenalina empezaba a circular a una velocidad considerable. Tuve la misma sensación que cuando corría las vaquillas en la fiesta de quintos de mi pueblo. Mi atención ya estaba completamente dividida.

Mientras aquel joven sin experiencia peleaba con extremo entusiasmo y una sonrisa de oreja a oreja como únicas herramientas su validez como candidato, el silencio se hizo a mis espaldas. Eso siempre es una mala señal. Se mascaba la tragedia. Empecé a imaginarles en los peores escenarios posibles que puede ofrecer el espacio doméstico, a la vez que me daba órdenes a mí misma de mostrar interés y respeto por aquel mozo recio que se había tomado la molestia de ponerse una alegre y juvenil corbata. Estaba fatigada y sólo eran las 10.30.

De repente salí de dudas. La voz infantil, sonora y desgarradora de mi hija me indicó a que se debía la ausencia: – “¡Mamá ven a limpiarme el culo, que ya he hecho caca !”- hice caso omiso, ya que la entrevista estaba tocando a su fin y con un poco de suerte cerraba el tema apañadamente. Pero los gritos eran cada vez más y más altos, no se sostenían en la lejanía por más tiempo. Se trata de una habilidad infantil que me genera fascinación, por que pierde efectividad con los años, incluso generando el efecto contrario. Tenía que hacer algo. En un sencillo y emotivo gesto le indiqué a mi candidato que me diese unos minutos. Quería evitar que el trasero se presentase ante la cámara. Me sonrió, como no podía ser de otra manera.

En un rápido y alterado barrido visual pude ver que el baño era un campo de batalla. En un pequeño espacio encontré confinados a un niño, no a una niña, como es lo esperable, vestido de princesa Disney, un culo a la intemperie, marañas de papel higiénico por los rincones, y pinturas rupestres en los azulejos. A toda velocidad definí la prioridad: me limité a limpiar el culo. Volví a la oficina virtual para rematar el asunto con el chico de la perenne sonrisa.

– “Hay que ver que bien se disimulan las cosas con una webcam, ¿estará con el pantalón de pijama y con corbata?”-pensé para mí furtivamente.

Para cuando terminé, mis hijos seguían atrincherados en el baño ajenos a la realidad que se nos estaba echando encima. En ese momento, comprendí la que iba a ser mi situación laboral en las próximas semanas. Mejor tomárselo con calma.

A última hora de la mañana llamé la directora de calidad para comentarle que tenía un potencial candidato. No tenía mucha experiencia, pero iba más que sobrado de ganas y entusiasmo.

Maria González
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CRÓNICA DE ESTOS TIEMPOS

Me desperté una mañana y todo era diferente. Ya venían avisándonos, que si los chinos han inventado una nueva enfermedad, que ayer eran dos y hoy son diez y mañana serán cinco mil y ya cruzó la frontera y por el momento parece imparable.
Ahora que llegó a España, y de momento parece que para quedarse un tiempo, me doy cuenta de que China está muy cerca de Madrid, como lo está Buenos Aires o Washington.
El huésped se instala en tu cuerpo y viaja contigo en tren, en barco o en avión, no le importa el medio de transporte. Lo malo es que te hace la vida imposible, incluso a veces hace que las cosas se compliquen tanto, que no tienes más remedio que morir. A veces, no por tu huésped, que sólo hizo su trabajo, sino por eso que se desconectó cuando él decidió instalarse en tu cuerpo.
Tiene asustado a todo el mundo. Aunque hay valientes que no le temen y aún salen a la calle sin protección. Son los menos. Ahora que cerraron bares, restaurantes, cafeterías… hasta museos, bibliotecas, discotecas… cines, teatros… Nos dejaron sin vida social estos visitantes tan diminutos.
He propuesto que cada día salga uno de nosotros a hacer la compra, los lunes voy yo a la farmacia y compro todos los medicamentos que hagan falta. Los martes y miércoles mi padre va a comprar el pan. El resto de los días va mi madre, salvo el domingo, que le toca salir a mi hermana pequeña, ya que un día sin pan no hace daño, pero un domingo sin postre es imposible.
Ozono en la nariz y la boca, gel con alcohol en las manos y una oración para que nadie te estornude encima.
La realidad se mezcla con la ficción, la realidad parece una historia de película, como si la realidad estuviese en algún lugar, lejos de éste donde nos movemos y estuviésemos todos esperando la señal para poder retomar nuestras vidas.
Hoy me quedé escribiendo, porque si no, las cosas que están pasando, pasarán y parecerá que nunca pasaron. Por eso escribo, por eso no dejo de escribir.

Cruz González Cardeñosa
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DIARIO DEL CORONAVIRUS

Cada día es un regalo, cada momento es único. Cuando pienso en la cantidad de muertes que están aconteciendo en tan corto periodo de tiempo, muertes inesperadas ¡personas que aún no tenían que morir! me siento impresionada por esta situación. Y esto siempre pasa, pasa cada día, pero ahora se manifiesta de un modo diferente, la aparente tranquilidad de las calles sustituye el terror a la muerte, es una guerra silenciosa y anunciada, una guerra creada, cómo no, por el hombre. El mismo que ayuda a nacer y que produce la vida, produce la muerte. Que terrible dolor, el sentirse intocable y simultáneamente vulnerable de partículas que ni siquiera se ven. Todos temeríamos al león si estando en la selva lo vemos venir, pero enfrentarse a lo imposible, al silencio infinito, es algo para lo que muy pocas personas estamos preparadas.

Paqui Robles

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CRONICA DE ESTOS TIEMPOS
Seguimos en estado de confinamiento. Me levanto a mi horario acostumbrado, rutina, trabajo…aparto de mí el bombardeo constante, un sensacionalismo que te viste con una piel que se riza y se contrae. También es como el humo, nubla los ojos, te mete los sesos en un frasco hasta dar pasos atrás en la humanidad. Ahora no podemos besarnos, ni aún tocarnos, un metro de distancia, mascarillas hasta los ojos, guantes…todo aséptico, hasta la palabra. No hablan, embuídos en el virus del silencio marcan el paso a sus hogares, para compartir en las redes una foto, sus impresiones del día y luego a aplaudir en el balcón. Bravo por el automatismo. A cara descubierta, con los labios pintados y sonriendo, debo ser un bicho raro. Las palabras más utilizadas: alcohol, guantes, mascarilla, coronovirus, miedo, casa. Como esto siga así poco mundo vamos a poder nombrar, el cinturón aprieta. ¿Dónde quedan las palabras magnolias, pasión, pasodoble, mandril, acuñar… y tantas otras? ¿Cómo podremos conformarnos con ese círculo infecto cuando hemos sobrevolado por las ciudades? No pienso decaer en las palabras: ornitorrinco, palmípedo, avitaminosis, vientre de pantera, bramar…. así hasta proclamar un eructo que explosione en el centro de los átomos. Imposible no tener calma ante semejante descubrimiento. La vida estalla a cada paso, me niego a cerrar la boca, poner una mascarilla diseño quirófano y pretender que el contagio es por un virus. El verdadero contagio es el secuestro único de nuestro pensamiento y en eso, no podrán. En cuanto el mancebo de la farmacia me pregunte si quiero alcohol, mascarilla, guantes, pienso decirle que lo que quiero es hacer de la cinta que doblega el aire con franjas negras y amarillas millones de abejas que sobrevuelen por la farmacia y fabriquen el néctar más dulce, colocar en sus labios un suspiro para que las recetas con nombres terminados en -ol se conviertan en ramo, que las flores llenen la estancia, se reproduzcan y las gentes las tomen del tallo, y también se tomen entre sí, bellas señoritas y apuestos señores diciendo versos en paraguas, llenando el mundo de pequeñas bombas escritas: el jamás venciendo la mirada, el hasta luego vendiendo un billete para el ómnibus, la pirueta del acróbata poniéndose guantes y mesándole los cabellos, el beso de dos auténticos desconocidos ahuyentando la oscuridad y doblando la línea del horizonte siguiendo el despuntar del alba.

¡Señora, señora, que no se pueden entrar más de dos en la farmacia!¿es usted una suicida,o lo que es peor, una asesina?

Laura López

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CORONA VIRUS

Feliz por tener a Mia, una pequeña Beagle que me acompaña en este encierro.
Salgo dos a tres veces al día. Veo la ciudad vacía… esta mañana, por ejemplo, una
ciudad lluviosa, con calles y calles vacías. He estado en dos pequeños parques cerrados
y no había una sola alma.
Es como tener la ciudad para uno solo. Vaya triste pretensión.
Me gusta ese disfrute por un momento. La verdad, no todo el tiempo.
Ella me saca a pasear ahora. Y la he ido conociendo poco a poco, casi como una madre
a su vástago. Tenemos esa complicidad, curiosa me parece.
Después de la última vez que la bañé, parece que le gustó mucho y ahora se pone
todas las noches debajo de la ducha.
Yo le prometo que cuando deje de llover tendrá su baño.
Permanece ajena a todo lo que está pasando. Madrid está cercada por un virus y ella
respira tranquila a mis pies.

Paola Duchên
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AQUEL ABRAZO / Historia

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AQUEL ABRAZO

¿Y a ti cuanto te ha caído?
A mí dos meses y un día. Es que fueron abrazos que duraron más de cinco segundos.
Pero… esos son de seis meses en adelante.
Ya, pero como fue con mi padre, y aún no había cambiado la ley, nos aplicaron la eximente de consanguineidad. Ahora me hubieran condenado a un año.
Menos mal.
Oye si te enteras de alguna reunión dímela por favor, me la juego, pero necesito un abrazo.

Hernán Kozak

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UN ABRAZO

No debí aceptar aquella invitación, primero porque la entrada no me estaba destinada, luego por la dificultad de llegar a aquel concierto y la tercera razón fue por su encuentro. No estaba preparada para ello, durante años esquivé sus llamadas, puse puentes entre sus conocidos y los míos, calciné cartas y quimeras, necesité libros y amigos para soltar aquel abrazo que rompió mi esqueleto de utopía.

Ana Velasco
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AQUEL VIEJO DISCÍPULO / Historia

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AQUEL VIEJO DISCÍPULO

-Abuelo, háblame de aquel viejo discípulo que fuiste.
-¿Por qué de él y no de mí?
-Tú eres él pero más viejo e instruido.
-En realidad yo soy otro. Pero dime ¿sobre qué exactamente quieres que te hable?
-Sobre cómo el joven ignorante que eras llega a ser el sabio que eres.
-¿Y tú cómo crees que se produce ese milagro?

Cruz González Cardeñosa

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AQUEL VIEJO DISCIPULO

Tenía casi cien años cuando decidió aprender a manejarse con Internet y la tablet que le habían regalado sus bisnietos. A diferencia de otros ancianos, Carlos no pudo el grito en el cielo cuando le dije lo que costaban las clases, así que pagó un lote de cinco horas y comenzamos las clases.
Lo que Carlos no podía entender de ninguna manera es que todo estuviese permitido. Una máquina diseñada para soportar cualquier negligencia, un lugar donde cualquier imbecilidad que uno diga es perfectamente recibida… Si hay un sitio así -dijo- es que te van a robar o a darte por culo, o las dos cosas.
Y como vio que me quedaba sorprendido añadió: nadie vende duros a cuatro pesetas.
En la clase siguiente le enseñé a escribir documentos de texto e imprimirlos, cambiar los cartuchos de tinta de la impresora… Eso le interesó mucho.

Kepa Ríos Alday

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AQUEL VIEJO DISCIPULO

Han suspendido los viajes a Marte y además si quieres viajar en el Ciclón V, el que va en dos minutos de Nueva York a Madrid, tienes que dar menos de 36º en la temperatura de los codos.
Su abuelo lo miraba con media sonrisa. Le dijo, escucha a este viejo que fue discípulo del señor J. Él me contó que la fortuna de su familia fue gracias a un golpe de suerte.
Hace mucho, mucho tiempo un amigo les dijo, “comprar todas las mascarillas y gel desinfectante que podáis y guardarlo un año”
Ya sabes lo que sucedió después, llego lo que ahora llamamos el año primero, el coronavirus se extendió por todos los medios de comunicación y los productos que ellos habían comprado subieron mil veces su precio.
¿Entiendes? Nada es lo que parece.

Hernán Kozak
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SAL DE AHÍ / Historia

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Historia: Sal de Ahí

Sucedió en la antigua Roma. Ella era una famosa actriz, o más bien debería decir modelo, aunque la verdad es que ya no existe tal oficio en la actualidad. Se dedicaba a posar para los poetas, es decir, cuidaba muchísimo su apariencia verbal. Cada mañana al arreglarse frente al espejo iba diciendo en voz alta todas las palabras que acudían a su imaginación: blanco delirio de la primavera, ladrona de babas de dragón…
Pues bien, una noche que estaba posando para varios poetas de la academia pudo leer en los labios de uno de los novios los versos que este estaba recitando para si:
Oh reina de los mares Venus divina
en tu piel se arremolina la profundidad
y la esencia del océano no es otra
que lo que permanece en el gusto
después de evaporarse la frescura.
Sabor de sabores, néctar femenino,
perfecta sal de ahí donde tú ser
se eleva por encima de la verdad.

Entonces ella se levantó y dejó de posar. Cuando los demás poetas se quejaron ella contestó que no podía posar esa mañana porque estaba ya demasiado salada como para poder admitir más condimentos.
Kepa Ríos Alday
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SAL DE AHI

Llaman a la puerta pero nadie abre. En el interior todos duermen. La hora de la siesta es sagrada en esa casa porque el calor no les permite moverse con facilidad. Un sopor terrible envuelve las aceras y el asfalto llega a derretirse incluso algunos días. Pero el timbre sonaba. La mujer se levanta y mira por la mirilla. Un chico con una cesta enorme a las espaldas se impacientaba. -¿Hay alguien? Vengo a entregar un paquete.

Vaya horas para trabajar con este calor, pensó la mujer. Le entrega un paquete grande, en una de esas cajas de cartón que sale en la televisión. Mira al chico y le dice si quiere un vaso de agua o un refresco. Estaba muy contenta, por fin le habían traído el pedido que había solicitado hacía ya casi dos meses. El chico pide también entrar al baño y deja su cesta-mochila en el salón.

Ella entusiasmada abre el paquete y se olvida del chico, del la cesta-mochila, incluso de su marido que dormía en la habitación.

Lo tenía en sus manos, entró en la cocina y, entusiasmada, se ponía en la tarea.¡Qué excitación! ¡Qué entusiasmo! Pasó media hora sin darse cuenta.

-¡Sal de ahí! Una voz la hizo despertar. ¡El chico! ¡su marido!

El repartidor se había quedado encerrado en el cuarto de baño, mientras su marido gritaba desde fuera. Si es que esto de pintar le hacía vivir otra realidad.
Laura López

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Carmen Salamanca Gallego
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EL CUMPLEAÑOS / Historia

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EL CUMPLEAÑOS

No, este año no lo voy a celebrar, dijo Laura seria y decidida, con ese acento andaluz que no sabes si está contando algo gracioso o está por contarlo.
Carmen, entrenada en su taller, que de acentos algo sabe, le dijo: pero tenemos todo comprado, la gente avisada, ¿qué te pasa, se te ha atragantado algún verso, se te ha ido por el otro lado?
Laura le contesto, ¿es qué no ha visto como está Europa con la marcha de los ingleses, no ves cómo está el campo con los agricultores protestando en la ciudad, es que no ha oído que están borrando los poemas de Miguel Hernández?
Antes de que Carmen la acariciara con un grito, Olga sentada unas sillas más atrás, le susurro: Si esperamos a que sea un buen momento, quizá nunca lo celebremos.

Hernán Kozak

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EL CUMPLEAÑOS

Había madrugado más de lo habitual para poder hacer los enterramientos antes del amanecer. A las ocho de la mañana ya estaba de vuelta. Hacía frío y los matorrales junto al camino estaban completamente escarchados. El sol estaba empezando a iluminar el valle y las primeras luces se filtraban entre los pinos que cubrían las laderas. Encorvada, menuda y ataviada de negro avanzaba lentamente hacia la aldea por aquel sendero pedregoso y serpenteante. Un conejo se cruzó en el camino y le sacó de su letargo. Se paró y miró alrededor. No podía ya ver con nitidez, pero la visión de su memoria ubicaba cada cosa en su sitio. Pudo ver el molino, ya en ruinas, el pajar del tío Raimundo, y los corrales de la Juana. Hace años el valle era un hervidero de gente que faenaba en el campo. Respiró profundamente, olía a tamuja mojada. Se sintió feliz a pesar de que andaba con dificultades y le costaba respirar. Padecía de artrosis y de una insuficiencia cardiaca. Había perdido mucha visión, pero afortunadamente la cabeza estaba en su sitio y esa era razón suficiente para agotar la vida. No quería abandonar su pueblo ni su casa. En invierno era la única habitante de aquella aldea, reflejo de la España vaciada de la que tanto hablaban los políticos, pero eso a ella no le importaba.
Entró en la casa por el corral. Arrojó en un rincón el azadón que le había servido de herramienta. Las gallinas estaban impacientes por salir, las abrió y fue a recoger los huevos del día. No se le dio mal del todo. Media docena. Los guardó en la cuadra para que el imbécil no se los llevara, le volvían loco.
Se dispuso a enrojar la gloria. Cuando estuvo bien caliente puso un puchero para guisar unas patatas con chorizo. El médico se lo había prohibido, pero había decidido no hacerle mucho caso. Era un día especial. Echó un traguito al porrón que estaba en la mesa de la cocina y se tomó la botica. A su entender, las medicinas hacían más efecto con un poco de vino. La familia de gatos con los que vivía le ronronearon frotándose en sus piernas. La libraban de los ratones y su yerno los temía. Disfrutaba viendo su cara de terror. Éste, al que consideraba un auténtico imbécil, estaba empeñado en llevarla a una residencia. Lo peor era que su hija, aplaudía la iniciativa.
– “Tenemos miedo de que te pase algo. Está casa ya no reúne las condiciones, estarás mejor atendida en un lugar con profesionales que cuiden de ti. Esto está muy sucio, lleno de gatos y de mierda, aquí no hay quien viva, un día tenemos un disgusto”- le decían frecuentemente. Ella sabía que les importaba un bledo. Estaban deseando hacerse con la casa y venderla. Estaba en una zona ideal para el turismo rural. También se gastarían el dinero que había ahorrado durante tantos años con su marido. El fruto de su trabajo y de su esfuerzo. Le echaba mucho de menos.
Era el día de su 81 cumpleaños. Si se seguía la seriación familiar, a lo mejor no podría celebrar el próximo. Su bisabuela murió con 78, su abuela con 79 y su madre con 80. Quizás fuera casualidad, pero se sentía enferma y cansada. En efecto, ese año fue su año.
La casa quedó intacta, aunque era necesaria una buena reforma y gran inversión para montar el alojamiento rural. El dinero del banco les sería de ayuda. Los abuelos habían amasado una fortuna con las tierras y el ganado.
Pero en el banco, no había un duro. “No puede ser, ¿qué carajo habrá hecho la vieja con la pasta? “-gritó el yerno enfadado en la oficina bancaria. No supieron darle ninguna explicación.
Había pasado un par de años desde ese día y Pedro el pastor, vio cómo su perro escarbaba ufano entre los surcos de centeno. Un tarro de Nescafé, de los que prometían un sueldo para toda la vida, apareció entre la tierra. Tenía un buen puñado de billetes de 100 euros. Algo ya se había oído comentar en el bar del pueblo del al lado sobre un agricultor que había tenido un hallazgo parecido semanas atrás en una tierra colindante, mientras araba. Buscar tarros de Nescafé se había convertido en una obsesión en la zona. Diseminados en el valle estaban los famosos salarios vitalicios que prometía la marca.
La abuela siempre había pensado que lo que sale de la tierra en la tierra debe de quedarse.

Maria González
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EL CUMPLEAÑOS

Contaba con el aniversario de la directora del grupo, pero de repente nos avisaron que había que ahorrar esfuerzos, que el cumpleaños sería múltiple y eran tres las festejadas. Una idea genial, eso es lo que deberían practicar en los colegios, me oí susurrar mientras recogía la ropa de la lavadora. Seguía con las tareas domésticas y de pronto me surgió un primer dilema, los invitados serían diferentes, habría que poner un poco más de esmero en el atuendo, recorrer el guardarropa, ya que en algunos aspectos, hemos vuelto a los tiempos ciegos y “últimamente al monje se le mira por su hábito”, me señaló tras salir del Comité de UGT, su presidenta. Hacía un día espléndido con lo que esa porfía llegó a su término. La segunda tenía más enjundia ¿cómo acertar con los regalos? uno de ellos estaba preparado, pero ¿se llevaba uno o se llevaban tres? ¿Había que tener en cuenta como en las bodas a quién pertenecían los invitados? La voz de mi ausente abuela sonaba a lo lejos: ¡a todos o a ninguno! Pero en ese caso habría que elegir algo parecido, por eso de los afectos, que nunca se sabe. Descarté rápidamente la ropa, es lo más complicado, tras los perfumes y aguas de colonia, siempre hay un “que si”: que si de joven, que si de pija, que si tal marca,…; tras dar varias vueltas, pensé en algo de cultura: teatro, un concierto,… pero claro, tendría que invitarlas a las tres juntas y, ¿qué sabía yo de sus braceos? Mi santo preparaba la comida y me dio cuarto de hora para decidirme y sentarme a la mesa con el dilema resuelto. Retiraba las cosas del sofá, cuando la idea se formalizó en mi cabeza. Pero entonces apareció la tercera ¿y qué hago con el Satisfyer que ya tengo empaquetado?

Ana Velasco

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EL CUMPLEAÑOS

Llegó el día señalado, era el aniversario del nacimiento de su madre. En la tarta había una capa de fino veneno. Para una persona que no quiere engordar, aquella fina capa de chocolate líquido que se había solidificado al entrar en contacto con la capa de helado… Su madre no se dio cuenta al comerse su porción. Tampoco se dio cuenta de que ella no probaba bocado, ni tampoco su yerno. Aunque ese reseco palo nunca comía nada dulce ni rico, por eso estaba como un palillo, hueso y pellejos.
Mientras se relamía y le daba un trago al cava, su último trago, fue cuando se percató de que ella era la única que había comido. Su maldita hija, esa trepa incurable, había ido demasiado lejos en la competición.

Kepa Rios Alday
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Carmen Salamanca Gallego
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