EL ENFADO FATAL

EL ENFADO FATAL

Sin mediar palabra, se fue para siempre.

Magdalena Salamanca

EL ENFADO FATAL

Acostumbraba a no asumir las culpas por las cosas que hacía. Entraba como un elefante por las puertas, y destrozaba todo lo que veía. Proyectos, entrevistas, reuniones de equipo. Solo tenía un lema: quedar por encima de los otros.

Ya había costado un enfado fatal a sus padres cuando les comunicó que quería meterse en política. El Sr. Ayuso nunca vio a su hija con ojos normales; siempre le pareció algo rarita y salida del tiesto. Su madre la adoraba y besaba por donde ella pasaba. Sin embargo, ambos estaban de acuerdo en que la política no era el mejor camino para su hija. Cuando la veían en la tele frente a decenas de periodistas, su padre pensaba que nunca debió dejarle leer “Mi lucha”. Su madre se vanagloriaba de que hubiera sacado su pelo; le quedaba tan mono.

Pino Lorenzo

EL ENFADO FATAL

Ella estaba hermosa esa tarde. Habíamos quedado en vernos antes de la cena para ir a un museo cercano al restaurante. Estaba cerrado y, entonces, decidimos dar un paseo por los alrededores del río. El río no es gran cosa, pero el paseo que sigue su curso es fantástico y las vistas desde allí son una maravilla. Ella sonreía y yo traté de alargar el encuentro.
-Me pasaron una película que aún no he visto, quizás podríamos pedir que nos traigan algo de comida a mi casa y la vemos sentados cómodamente en el sillón.
-Me parece una excelente idea.
Llegamos a casa casi al tiempo que llegaba la comida. La cena estaba exquisita y ella seguía sonriendo mientras conversábamos.
-¿Y la película? Preguntó.
-Ah, sí, debe estar por aquí. Y me puse a rebuscar en una estantería toda llena de cintas.
-Aquí la tengo.
-¿Cómo se titula?
-El enfado fatal.
-Déjalo entonces para otro día, hoy fue un día muy especial para mí, no quiero estropearlo.
Dejé la cinta sobre la mesa y la besé.

Cruz González Cardeñosa

EL ENFADO FATAL

Habíamos estado enfadados durante años. Pasamos la cuarentena en la misma casa, pero sin hablarnos después de hacer el amor. Sólo hablábamos cuando nuestro trabajo lo requería estrictamente, y aún así hablábamos lo estrictamente necesario.
-Es triste lo estricto- le dije un día al cruzarme con ella por el pasillo.
-Sí – dijo ella- sobre todo cuando no es tracto, cuando no conduce a nada.
-Pero yo siento una gran atracción por ti, aunque seas un loro- contesté yo de forma maquinal, sin saber por qué decía aquello.
-¡Jajaja!- ella se rio sonoramente.
-Me encanta cuando me dices eso. Si te portas bien hoy te dejaré dormir conmigo.
Quise decirle que la amaba, que su alpiste era mil veces mejor que el de mi madre, que era muy bella y cómo me gustaba picotear todo su cuerpo en las noches de pasión amorosa. Pero no sabía decir todo eso en el lenguaje de los humanos así que, después de comer un poco de alpiste, estirar un poco las alas y torcer la cabecita, volví a gritar su frase favorita, con la que más se reía de todas mis gracias: «Pero yo siento una gran atracción por ti, aunque seas un loro, grrrr». Sabía que mi pico tan duro y virtuoso era lo que ella amaba más en el mundo.

Kepa Ríos Alday

EL ENFADO TOTAL


Llegó el día de la mudanza. Cuando se fue a vivir a su nuevo piso estaba feliz. Fue una gran inversión, había gastado todos sus ahorros, pero era un edificio muy innovador, con las últimas tecnologías, tanto en seguridad como en confort. Había algunas funciones comunitarias que no podía ni pronunciarlas. Eran palabras nuevas, como todo lo último que tenía su nuevo y flamante hogar. Sonrió pensando en cómo se las aprendería para poder soltarlas en el momento adecuado, en la reunión con los amigos pedantes de su novia. Se dirigió por la autovía y tomó la primera salida. Una luz parpadeante le indicó el desvío. Iba cantando su canción favorita “All you need is love”. Aparcó en su plaza de aparcamiento y cogió las maletas. El ascensor, el ascensor… ¿Dónde está? No lograba encontrarlo. Se apagó la luz. Tampoco lograba encontrar el interruptor. ¿Pero qué estaba pasando? Una puerta se abrió de pronto, como de la nada, como si alguien abriera una boca grande y luminosa en un pozo oscuro. Alguna palabra debió activarlo. Se subió. Apretó el número dieciséis y en menos de treinta segundos, la boca volvió a abrirse. Una luz amarilla se abrió frente a la puerta del ascensor. Unos pasos y ya estaba. Quiso abrir la puerta con la llave. La metió en la cerradura, giró, y nada. Volvió a girar de nuevo y… ¡se rompió! Dio un grito fuerte y apareció el vecino.
• ¡Silencio, por favor! ¿No sabe que estamos en un espacio diáfano, con sonido surround y con partículas led que se activan ante el modo contemplativo? Espero que no sea usted esa clase de vecinos ruidosos, entonces no será bienvenido así.
Tan blanco, tan diáfano, volvió a cerrar la puerta de su casa y, con un silencio casi espectral, se quedó allí parado, con su llave, sus maletas y una cara comunitaria.

Laura López


EL ENFADO FATAL

La palabra “labrado” en su origen significaba: dicho de una tela o de un género que tiene alguna labor. Ella creía que estaba por encima de las demás. Era petulante, altiva y orgullosa. No quería mezclarse con los que pensaba eran sustantivos de menor alcurnia.
Una tarde, el jefe, Dictionarius, que la consideraba como una hija, le pidió que eligiera a cuatro compañeras relacionadas con el oficio de orfebrería y que fueran a verlo a su despacho.
“Labrado” se enfureció, juro que no lo haría y se marchó dando un portazo.
Esa misma noche le añadieron una acepción.
“Tierra arada, barbechada y dispuesta para sembrar el año siguiente”.
No sabemos que entendió sin entender, pero al día siguiente, la niebla y las lágrimas habían desaparecido de sus extremidades inferiores, la rabia y el rencor se esfumaron de sus ojos verde trasparente.
En su rostro por primera vez se pudo ver algo parecido a una sonrisa.

Hernán Kozak.

EL ENFADO FATAL


Es difícil acceder a ese rincón de verde naturaleza que tanto me gusta disfrutar, a cualquier hora del día. Es arduo llegar allí, pero nunca había renunciado a esta empresa necesaria para sentirme como en un rincón de paraíso.
Una mañana de junio, a pesar de salir cansada del trabajo, decidí ir hasta allí para tomar un merecido reposo después de una guardia de tres días en el hospital. Luego de pasar rápidamente por mi casa, al acercarme a la primera gasolinera que encontré en el camino a mi dulce lugar, vislumbré a lo lejos, como en sueño, formas gigantescas elevándose en el aire, flotando como espuma traslúcida, a merced de un viento que entonces noté por el estridente ruido que nos traía desde el horizonte. Sirenas, centenas de sirenas ululando, como bramidos desesperados frente a un fatal enfado de la naturaleza.
Hace ya 30 años, desde entonces, mis encantadores bosques volvieron a crecer.

Sylvie Lachaume

UN ENFADO FATAL

Le dije a Luis que, si venía Alberto, me quedaba en casa. Otra vez exponiendo el imposible diálogo, a ojos abiertos: que todos sepan que plantamos odios y los repartimos.
Habíamos salido como habitualmente, desde la puerta del mayor túnel, «la grande» se llamaba. No era posible ver todos los enjambres que desencadenaba «la grande», uno o dos a lo sumo y más por los recodos humanos que seguíamos con los ojos. En la oscuridad, las sombras móviles eran guías. A veces, nos dábamos la mano, pero no se sabe por qué misterio, sabíamos que esa mano llevaba unida otra mano, y otra… Casi podíamos percibir la fuerza que la energía de una fila humana desplegaba sólo desde una mano.
Lo humano, como lo llamábamos a cielo abierto, y de eso hacía más de 50 años, había tomado nuevas dimensiones, nuevas voces, nuevos versos. Ahora decíamos «los neotopos» y ya no sé si me gustaba más o menos que antes, el olvido había decidido llevarse con él todos los recuerdos visuales y los gustos. Quedaban palabras sueltas que eran nombradas con cierto énfasis, el sol y sus sinónimos, la luz y sus alegorías, que sólo circulaban como saltos, nombres propios.
A veces, me decía que Alberto tenía razón, que aunque quisieron amontonarnos en la gran fábrica de abajo, nosotros conseguimos organizarnos en la madriguera que se había convertido nuestra ciudad, con el eje de un pensamiento que, largo tiempo, había sido, ese sí, silenciado, reprimido, apaleado.
Vivir como ciegos sin serlo y planear viajes fuera de nosotros mismos donde el enfado fatal podría ser un juego que arrancaría a la fatalidad, un enfado a secas, la perpleja distorsión de un desencuentro.

Clémence Loonis


EL ENFADO FATAL

El lugar no tenía fin. Un sendero de árboles y flores amarillentas. Un
vetusto escenario, rodeado de cadáveres en mi cabeza y ahora delante de mis ojos.
Soy muy alegre pero la chispa de mi vida se enciende rápido y arde la mecha, más deprisa todavía. La calma no es uno de mis fuertes, por eso estoy escribiendo esta confesión, porque nadie podría saber que fui yo, o bueno mi cabeza, mi pensamiento.
Todo comenzó contigo, así terminan también las cosas. Siempre contigo.
El cartero y su costumbre de en un día de lluvia, dejar la carta fuera del buzón; el perro del vecino pisando mi césped; la música de arriba; la aspiradora a las cinco de la mañana. ¿En serio, no tienes otra hora vecina?
El gato de la otra; el charco que nunca muere; porque nadie arregla la alcantarilla… Una serie de males diarios me atacan, todos los días antes si quiera de salir de mi casa.
Y luego estas tú: “ahora te llamo, ahora estoy ocupada, ahora ven que se ha muerto mi perro, resultado sexo, ahora murió mi gato, resultado sexo, ahora mi pájaro, con idéntico resultado”. Dos semanas sin saber de ti. Cuido a tu hijo, pero es el colmo, para que salgas con tu nuevo amigo.
El rencor y la rabia juegan malas pasadas. Pero yo, no hice ni uno, ni otro.
Estando con Mario en los columpios, una tormenta se acercó y antes de que pudiera darme cuenta, estaba en el hospital, me había caído un rayo, pero me salvé. El caso es que, desde entonces, tú no viniste a verme y yo, esa noche, deseé que murieras. Me sentí tan dolido que lo quise. Al venir a recoger a tu hijo falleciste en la carretera. Podría ser casualidad y ya está.
Pero no se quedó ahí. Cuando me enfado y me cabreo mucho, algo extraño sale de mí y el resultado siempre es la muerte. El cartero, el perro del vecino, la de la aspiradora…
Todos muriendo en las horas posteriores al enfado y deseo.
Mi enfado fatal me ha llevado a este camino de cadáveres y no puedo controlarlo. Lo único que queda es esta confesión, en este bosque mugriento donde acumulo los cuerpos. Buscan al asesino y aquí está, es mi cabeza.

Paty Liñán

EL ENFADO FATAL

Tomasino es un señor grande, de edad y prestigio. Y pequeño… de estatura.
Con unos ojos grandes, que recuerdan al cielo o al mar.
Cuando tuvo pelo, fue de cabellera abundante, ahora abunda en otras riquezas, como la experiencia… en uvas, vinos y negocios.
Siguió la tradición familiar, tomó el camino de su padre y de su abuelo, que le enseñaron “las bases”, como él lo suele decir.
En eso fueron dos maestros, en enseñarle a conocer la tierra y sus beneficios, los viñedos con sus detalles delicados y a saborear, conocer y diferenciar cada cepa. Ambos se habían entregado en ese sentido, no tanto a la administración y al trabajo cotidiano, como a la cata alargada en las horas de todos y cada uno de los vinos que crecían en aquellas barricas históricas de la casa familiar.
“El vino es una sustancia viva” solían argumentar los dos, de modo que lo cuidaban, escuchaban crecer y probaban cada hora…
En ese tiempo sin reloj creció, aprendió y rescató la empresa.
Gente amable y de buen humor, solían tolerar con paciencia las diferentes circunstancias que la vida les presentaba.
Solo un punto enfurecía a toda la familia, y lo consideraban un deshonor. Se trataba de la negativa de cualquier visitante a probar una copa de ese elixir de los dioses, llamado vino.
¡Esa era la peor ofensa!
Y justo fue lo que sucedió, aquel día en que lo visitó un encargado del marketing. Es que le recomendaron estar a la altura de los tiempos, modernos dicen, y mejorar la promoción de sus productos para ampliar el mercado… De amplio aquel chico solo tenía los lentes, exageradamente grandes… En fin… Tomasino hizo la ceremonia de ofrecerle una cata de sus mejores botellas acompañada de una tabla de quesos y fiambres, una hermosura aquella escena, para él, claro.
El de lentes amplios sonrió y con toda naturalidad le dijo:

  • Gracias, no soy de vino.
    Aquel señor pequeño se agrandó del enojo, sacudiendo las manos decía:
    “Que curiosos somos los seres humanos, verdad?”, muy ofendido ,”¡Prueban cualquier sustancia que les promete vida o felicidad, y rechazan estas medicinas naturales que está más que comprobado que dan vida y paz al corazón! ¡Es desde el amor que nace y al amor te lleva!
    -Ah!, ¿ve? Ésa si es una buena frase, dijo el chico.
    Mientras buscaba en su mochila algo… ¡ah, cuando sacó la gaseosa! ¡¡¡Ni les cuento cómo comenzó todo de nuevo…!!!

Carla Bianco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

Inscripciones: carmensalamancagallego@gmail.com – 609 515 338
https://www.facebook.com/talleresdeescrituracarmensalamancagallego

Visita nuestra web:
http://www.escribeycrea.com

Visita nuestro canal en Youtube
https://www.youtube.com/channel/UCQtPVp9VFU2hYjtG8xtIJfQ?view_as=subscriber

Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s