LA MUDANZA

LA MUDANZA

-Qué tarde, y mañana más.
-Menos mal que existe un mañana.
-Muy gracioso. Te quiero ver aquí a las ocho. -Y miró la habitación llena de cajas-. Imposible terminar mañana la mudanza.
-Pues tenemos que conseguirlo, es el único día que podía venir el personal a ayudarnos.
-Descansa bien y mañana echamos una carrera a ver quién desembala más cajas mientras montan las estanterías.
No le dije nada más, sólo pensé para mis adentros que, justo mañana, mejor que no se durmiera.

Cruz González Cardeñosa

LA MUDANZA

-¡¡¡¡Me mudo, me mudo, me mudo!!!
-¿Que estás desnudo?
-No, que hoy me mudo.
-¿Que tienes un nudo?
-Que no, en unas horas empezamos la mudanza.
-Ah, que hoy te toca danza.
-ME MU DO…
-Pues no pareces estar mudo.
-Abuela, que me voy, me mudo.
-Hijo, si lo que llevas puesto te queda bien.
-Te voy a echar tánto de menos, abuela.
-Yo a ti también, ¿pero por qué me dices eso?

Magdalena Salamanca

LA MUDANZA
Tomó el lápiz labial y dibujó una dalia en sus labios. Las cajas apiladas le daban un solemne paisaje de papel. Fue hermoso aquel momento, esperando, abierta a los filos de la tarde a que todo y nada sucediera. Pasaba página a tantos momentos que no podía menos que sonreír. También hubo días oscuros pero prefirió arrugarlos y arrojarlos a otro rincón de aquella tarde. Su mirada ¡se perdió. No estaba. El timbre comenzó a sonar y una especie de delirio sordo la llevó a creer que la policía había activado las sirenas. ¿A quién buscarían? Se asomó y no vio nada. Bueno, nada exactamente no, un grupo de hombres fornidos la miraban y parecían decirle algo. Iban de negro, con una camiseta de manga corta que dejaban ver unos brazos bien definidos. Uno de ellos comenzó a agitarlos y aún más extrañada miró hacia la cornisa de arriba intentando buscar otro interlocutor de una situación tan incoherente. Una paloma revoloteaba por las alturas y ¡plof! Se desprendió una de sus defecaciones más magistrales, cayéndole en el brazo aquella mezcla repulsiva. La miró, se le ocurrió no se qué cosa del pasado, con un hombre, en un parque, en las alturas, con Paloma, su amiga y volvió a arrugarlo y arrojarlo al rincón de la tarde. ¡Los hombres de la mudanza! ¿O qué pensaba? Se había caído de bruces en la realidad.

Laura López

LA MUDANZA

Cambiaba de casa casi a diario, no tenía un sitio fijo donde dormir y siempre estaba de mudanza. Tenía un camión de mudanzas pero no le gustaba dormir en el camión sino que solía quedarse unos días en la casa que quedaba vacante después de la mudanza hasta que llegaba el nuevo inquilino. No es que fuese okupa ni pobre, simplemente era aficionada a las mudanzas. En toda la comarca la conocían. Ella estaba bien relacionada así que se enteraba de todas las mudanzas que iba a haber cada día y se presentaba para ayudar voluntariamente. No es que cargase armarios y mesas, ni si quiera cuando cargaban el mueble entre varios agarraba de una esquina, no, nada de eso, ella era una especie de capataz, una súper especialista que de un vistazo podía calcular si un armario iría a caber en un ascensor sin necesidad de desmontarlo.
Al terminar el bachillerato ya sabía que no iba a ir a la universidad, ella ya había elegido su profesión. «La mudanza es una de las experiencias más estresantes de la vida de una persona», había escuchado a su madre conversar con las amigas. Y desde entonces una especie de obsesión de la mudanza se había apoderado de Ainhoa, que así se llamaba ella por cierto. Empezó por cambiar ella misma de habitación todo lo posible. Primero se mudó al baño pequeño alegando que era más fresco. Después, cuando sus padres se separaron, exigió vivir dos años con cada uno, de ese modo tenía que hacer mudanza como mínimo cada dos años. Se compró para ello una furgoneta y eligió al chico más fornido de la clase como novio. Su vida estaba en marcha.
Al principio sí que tenía que colaborar ocasionalmente en los portes ya que su novio no podía cargar él solo más que algunos muebles muy sencillos. Pero pronto se dio cuenta que no podría seguir trabajando de anciana en tan duro oficio así que hizo algunos cambios importantes en su vida. Cambió al novio por dos inmigrantes ilegales y, como fuera que el novio ya quería empezar a formar una familia, tras un delicado proceso, logró reasignarlo con una amiga suya, morena, que lo aceptó en su casa. Ainhoa solo dormía con ellos de vez en cuando, según coincidieran las mudanzas. Pero se las apañaba para evitar la fecundación con diversos subterfugios de tipo fisco, químico y psíquico. Ella estaba disponible en cuerpo y alma para las mudanzas, pero estaba ocupada cuando alguien pretendía su corazón. Su corazón era de la mudanza.

Kepa Ríos Alday

LA MUDANZA

El espíritu demuestra
lo inefable
de la desdicha humana,
cuando el horizonte
se hunde,
vertiginosamente,
en el antro del futuro.

El relevo de la Poesía
alumbra este vacío,
y la mudanza
baila un nuevo vals.

El hombre, más que animal,
es lenguaje
y la torpeza de su condición
genitora del trabajo,
de la escritura.

Me sostienen millones de versos,
tantos como estrellas en el mar.

Sylvie Lachaume

LA MUDANZA
• Existen tres tarifas para realizar los servicios ¿Quiere que le informe yo o mi compañero?
La voz de la chica sonaba a máquina, y Oswaldo respondió algo frio:
• Usted misma.
• Muy bien. ¿Quiere cremación, cremación directa o cremación social? En las dos primeras plantamos un árbol en su honor. Los precios oscilan entre los 1645€ de Cremación, 1305€ de Cremación directa y 1055€ de Cremación social.
• Bueno, no sé- respondió Oswaldo- es la primera vez que contrato uno de estos servicios.
• Nosotros aconsejamos el servicio de Cremación, porque tendrá a su disposición una sala de vela.
• Sinceramente, no sé lo que él hubiera preferido.
• Si quiere cuénteme cómo era él. Quizás conociéndole un poco pueda orientarle.
• Bueno, la verdad es que era un poco cabrón; nunca hacía favores a nadie.
• En ese caso podemos dejarlo sin sala de vela, que sería la Cremación directa.
• Ya, pero no sé, no estoy seguro. Él tampoco se hubiera gastado mucho dinero en su incineración. Nos hubiera dicho que empleásemos ese dinero en los pobres.
• En ese caso puede contratarle el servicio de Cremación Social, sin árbol que plantar.
• Claro pero lo del árbol es bonito, tener un lugar donde ir a hablar con él.
La chica de la funeraria se empezaba a desesperar. Era el tercer cliente indeciso de la mañana.
• Sí, lo del árbol lo suelen contratar- respondió.
• Aunque luego, claro, habrá que irlo a regar, ¿no? -preguntó Oswaldo.
• Sí, claro, pero eso no entra en el contrato.
• No sé, la verdad. Me han dejado el muerto, nunca mejor dicho, y me cuesta tomar esta decisión.
La chica le pidió que se tomara el tiempo que necesitara para pensarlo, mientras ella respondía a una llamada insistente en el teléfono:
• Funeraria La Mudanza, buenos días.

Pino Lorenzo

LA MUDANZA

La mudanza. Sí, esta palabra puede significar muchas cosas: un deseo, un anhelo, un “me largo a empezar de cero”. La mudanza puede ser tus ojos frente a los míos mudando a un brillo especial al mirarnos.
Mudarse de ropa, de casa, de trabajo o de vida. Esto produce lágrimas de tristeza o de alegría, según el lado por donde se mire o quién lo mire.
Mudanza, sinónimo de traslado, pero también de cambio.
La primera que recuerdo fue un gran cambio, de una casa pequeña con algo de terraza, a un chalet con tres plantas y un gran jardín. La casa nueva olía a madera y a pintura reciente. Casa amplia, urbanización elegante, piscina comunitaria.
Al cambiar de casa, también lo haces de barrio, en mi caso, tierra por asfalto.
Para algunos significa hasta de cuidad. Afortunadamente eso no pasó.
Lo que implica sin darte cuenta una muda en tus rutinas…
No es lo mismo bajarte en la primera parada del bus que en la última, no puede ser igual apearse en la misma parada del chico que te gusta, que en el fin del mundo sin verle. Cuando empiezo a amar el barrio, el pensamiento muta y lo odias.
Las distancias, antes cortas, sufren una metamorfosis y tus amigas viven más lejos que nunca. Y a pesar de tener una casa más grande, más baños, más armarios, lo que anhelas es pisar el barro de los días de lluvia, la vieja sombra del árbol en la ventana de la habitación y llamar a gritos a la amiga de turno para que baje a charlar. Y ver pasar su mochila azul, sus morenos rizos, del chico que te gusta y que antes iba contigo charlando hasta casa. El barrio nunca volvió a ser el mismo.

Paty Liñán

LA MUDANZA

Una frase, dos palabras, y toda una historia guardada.
Como en el suspiro de la tía Clara, que parecía decir, tantas cosas…
Bueno, durante mucho tiempo de mi infancia imaginaba qué guardaban sus suspiros.
La querida tía, de piel tan clara, como su nombre. De figura delgada, sutil, parecía, y era, de una delicadeza de porcelana.
Mucha porcelana adornaba la casa de mi abuela, la madre de mi tía, y de mi madre, claro.
Para nada claro fue el tema del noviazgo de la tía y el bueno de Mario, (así lo llamaba mi padre, que lo conocía desde niño, por el fútbol).
La tía Clara, cuando se enamoró, fue ¡tanto, tanto!
La abuela Celeste no lo podía creer, lo llamaba “ese muchacho”, por mucho tiempo no lo nombró. Y repetía casi a diario:

  • Todo estaba tranquilo, ahora mis nervios se alteraron, ¡no sé qué será de mí!
    Continuaba:
  • Ahora tú y esas ideas raras, Clara. ¿Qué es eso del amor y la libertad? ¡Cuánta cosa nueva desde que apareció “ese muchacho”!
    Cuando conocí a Mario me atrajo mucho su pelo, era muy rubio, mucho. Tanto así, que lo apodaban “el rubio”.
    Todo aquel alboroto se debía a que la suave y delicada tía Clara, plantó bandera y le dijo a su madre, de frente y mano, sin pelos en la lengua ni duda alguna, la decisión que había tomado,(cuatro meses después de conocer a su amor).
  • Me mudo con Mario mamá, él tiene ese nombre, es hora de que lo aprendas.
    ¿Se imaginan el momento colosal?
    A la abuela se le borró el Celeste de su nombre, hizo un cambio radical de posición. Pasó de madre dolida, ajustada a la política del sabotaje emocional, a madre furiosa que desplegó batalla.
    ¡Con todo y más!
    Ella, viuda desde joven, del querido y respetado Alberto:
  • ¿Qué diría tu pobre padre si te viera?, abandonando la casa que te vio nacer. En esta familia digna y de buenas costumbres. ¡Por favor! Caería al suelo, mí pobre Alberto.
    Respiraba agitada, según cuentan, se recostaba en la pared, rechazaba ayuda, agua o lo que fuera.
    -Te desconozco Clara, ese hombre te cambió, eres otra, y siguió…
    Parece que por horas y largos días, nadie daba con la forma ni el remedio para que se detuviera.
    Ella y su discurso de quejas, reproches y larga lista de malos augurios para su hija menor.
    Cuentan que se “le cerró el estómago”, y temían todos “ que pasara lo peor”.
    Clara, a pesar del revuelo, siguió con las ideas claras. No se le movió un pelo de su larga cabellera castaña.
    Ella y el rubio, alquilaron un pequeño apartamento, fijaron fecha de dos grandes acontecimientos:
    La mudanza.
    ¡Y el casamiento!
    -Tanto lío y tragos amargos, -decía mi madre, agitando las manos como la abuela- tantas lágrimas de la pobre mamá… y seguía y seguía… Todo para que? ¿Para que la señorita ahora se case?
    Ésa siempre fue una de las partes que más me confundía de aquel relato.
    Si todos estaban tan escandalizados, y al fin y al cabo la palabra o el hecho de casarse era tan sanador, mágico o correcto para Dios y el Estado y en la memoria del abuelo Alberto. Además.
    ¿Porque seguían todos tan inquietos, con la catarata de reproches?
    Aunque pusieron “todo en orden”, no alcanzó. La deuda ya se había instalado.
    Así que Celeste decretó:
  • Mucha agua tendrá que pasar bajo el puente, fue mucho el dolor y la amargura que me hicieron pasar.
    En fin, a muchas de mis preguntas encontré alguna que otra respuesta, y a otras tantas le ando aún, muchos años después, buscando lógica o consuelo, respuesta o algo parecido.
    Creo haber llegado a una conclusión: para mi tía lo más importante era iniciar el proyecto de vivir juntos, de construir su pareja con Mario. El casamiento era secundario, un trámite que eligieron hacer, pero pudieron no haber hecho.
    ¿Qué hubiera cambiado?
    Clara y Mario fueron felices, en alguna ocasión comieron perdices.
    La descendencia fue abundante, así que antes de partir, la abuela les levantó los castigos, deudas morales, malos presagios y demás yerbas…
    A mi madre le costó más, pero está mucho más encaminada…

Carla Bianco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

Inscripciones: carmensalamancagallego@gmail.com – 609 515 338
https://www.facebook.com/talleresdeescrituracarmensalamancagallego

Visita nuestra web:
http://www.escribeycrea.com

Visita nuestro canal en Youtube
https://www.youtube.com/channel/UCQtPVp9VFU2hYjtG8xtIJfQ?view_as=subscriber

Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s