LA SEÑORA

LA SEÑORA

Iba cada tarde a su tienda a comprar lo que no necesitaba. Ella al darme el cambio se inclinaba hacia adelante y me dejaba ver el principio de la película, un desfiladero, un lugar donde pasar la noche, una frontera de nubes, una frase forjada a fuego en las paredes de la piel.
Un día se lo comenté a un amigo y fuimos a comprar una bolsa de nada. Ella se quedó firme, sin intención alguna de mover su espalda, amable y ajena.
Todas las ventanas, puertas y diques que pude dibujar en un suspiro, se abrieron dejando paso a una tremenda sonrisa, cuando me di cuenta de lo que había sucedido.

Hernán Kozak

LA SEÑORITA

¡Ay la señorita! ¿quién lo iba a decir? Había nacido descolorida, jaqueada entre bambalinas como una pordiosera que, sin derecho a la vida, vengó la ausencia de padres.
Siempre fue ejemplar, estudió, trabajó, luchó, gozó y a última hora… No lo puedo creer aún.
Vale que los orígenes fueron duros, pero pronto sus padres de adopción la educaron en las mejores escuelas, estudió música, protocolo y danza desde que llegó a aquella casa inmensa en medio de aquella ciudad maravillosa.
Cuando cumplió 13 años, hizo su primer viaje sola, el viejo continente ya se le quedaba pequeño y como papá tenía negocios en toda América, y ya conocía tanto el norte como el sur decidió viajar a África, no para hacer ningún safari, se fue de voluntaria a un pueblo habitado por zulúes.
Allí todo era distinto reinaba el patriarcado y las relaciones eran polígamas. Aprendió la danza zulú y, lo más inesperado, se enamoró del jefe de la tribu.
Era un hombre mayor que casi no hablaba, todo el mundo le hacía todo, con solo levantar la mirada era suficiente para que 3 o 4 mujeres le atendieran. Ella era muy joven, casi una niña, pero su amor fue inmenso. No podía acercarse, lo tenía prohibido, pero con sus prismáticos le observaba todo el día. Su corazón hervía, nadie podía entender aquel amor emergente.
Estuvo todo el verano colaborando y cuando llegó la hora de volver, decidió quedarse. ¡Ay, la señorita! Han pasado 30 años y ahora tiene ya 7 hijos y ha creado, junto a su marido, un inglés alto y guapo, 20 escuelas. Su amor por el rey zulú, sigue siendo platónico, pero su vida ha cambiado para siempre. Mozambique la ha adoptado.

Magdalena Salamanca

LA SEÑORA

La señora abrazaba su bolso como si formara parte de su propio cuerpo, siempre lo llevaba con ella, cogido del mismo modo. Yo, la encontraba todos los días, excepto domingos, mientras esperaba en la parada del bus. Pasaron años viendo cada día a la señora. En principio, no me lo llegué a plantear, pero la verdad es que llamaba la atención que todos los días pasara exactamente a la misma hora, por el mismo lugar y con el mismo bolso agarrado de la misma manera. “Un poco extraño”, pensé. Después, subí al bus más, por la ventanilla, mientras observaba el paisaje, pude caer en la cuenta de todo el tiempo que había pasado esperando.

Paqui Robles

LA SEÑORA
No pensamos nunca entrever de dónde era, la señora que escuchábamos llamar a gritos, cada día, al dueño de la casa de al lado. Entrever su cara tampoco; quizá, debido a nuestra edad que no se preocupaba de fichar a las personas a partir de supuestas referencias éticas.
Estaba, iba y venía, de la casa al jardín, gritaba, porque el viejo estaba sordo. Esto sí, lo supimos porque tanta voz alguna explicación debía tener. Cuando escuché a la señora hablar con voz normal, con un grupo de personas, me imaginé que eran familiares suyos que venían a saludarla.
Yo, a la señora, nunca la vi en otro lugar que en un jardín, ni la escuché desde otro lugar que desde el jardín de la casa de mis padres.

Sylvie Lachaume

LA SEÑORA

¿Diga?
¿Está la señora?
Pues depende ¿por quién pregunta?
¿por Dña Fali?
¿Dña. Fali? Creo que se ha equivocado
No es posible, ella misma me ha dado su teléfono.
¿Y Ud. quién es?
Don Amador
¿Y que hace en la vida?
Agente de seguros
¡Amador! pues claro, ayer cuando viniste a casa no divagaste en títulos ¿eh?
¿Cuándo pasarás para firmar la póliza?
Pues ahora no sé decirle.
¿Vaya? ¿Sigues con las distancias?
Recuerde que me dijo que no la tutease cuando su marido estuviera en casa.
Pero si no está.
Ya lo creo que sí, no tiene más que darse la vuelta.

Ana Velasco

LA SEÑORA

Como cada tarde voy hacia la plaza, como cada tarde entro en el café y disfruto de su aroma. Me saluda la camarera efusiva y de amplia sonrisa. No pido nada, ya sabe lo que quiero.
Allí sentada observo como disfruta la gente de sus sorbos de café, del reloj que mueve el tiempo en que estamos. Y, como cada tarde, asomada en mi café.
Algo es diferente hoy. Esta tarde ha entrado una señora, parece cansada. Se sienta en un rincón y rehúye mi mirada. La veo hacer gestos y buscar en su bolsito. Parece de marca. La señora va bien vestida. Sus ojos la delatan detrás del maquillaje, rímel corrido y labios a medias tintas. Al final saca un neceser de florecillas y sacude un pañuelo blanco. Tiene la cara empapada en lágrimas. Se limpia con cuidado y evita las miradas del bar. Yo miro de reojo, disimulando. Parece muy afligida. Vuelvo a mi lectura, intentando no distraerme, pero mis ojos vuelven a ella. Miro sus manos tersas, muy bien pintadas. Coge la taza de café, tiemblan sus manos y resbala una gota en la mesa.
Dudo si acercarme o no. En cosa de pocos minutos se acumulan los pañuelos en su mesa, parecen cansadas sus pestañas. Ahora su semblante es serio, sus ojos han conseguido hacer del desierto un océano, en el que se refleja su mirada rota y perdida.
Se mancha su cerúleo vestido; su mesa, espejo de sus nervios.

PATY LIÑÁN

La Señora

-La señora de ahí al fondo trabajaba en el Hospital de enfermera, cuando se jubiló empezó a venir al bar. Los familiares de los enfermos ya la conocían así que empezaron a pasar a saludarla y se tomaban algo para poder hablar con ella. Pero ahora vienen familias enteras, vienen gentes de lo más diverso porque quieren hablar con ella, contarle sus fracasos o sus éxitos, a veces en busca de consejo imposible para un problema irresoluble, ella no da consejos, pero escucha y comprende, eso es todo lo que hace y con eso tenemos el local funcionando a diario. Ahora el bar le paga un dinero mensual a cambio de que esté ahí sentada porque atrae a muchos clientes. Ella siempre pide un zumo de tomate especialmente aliñado que cuesta como cuatro euros, pero para ella usan tomate natural batido y pasado por el colador especialmente para ella, al final lo han tenido que poner a cincuenta euros. Le dice al cliente que se tome uno también y así va contribuyendo con el bar. Genera como el 80% de la facturación del negocio, gracias a ella ahora somos dos trabajadores, uno en la cocina y yo en la barra y ahora estamos buscando alguien que me ayude a servir las mesas, por eso esta entrevista.
Hemos seleccionado tu cv porque, aunque tengas poca experiencia como camarera, vemos que eres licenciada en Filología Clásica y también en Historia. No es que necesitemos un filólogo para servir las mesas, pero sí alguien educado y con una cierta cultura. El sueldo que ofrecemos también es aproximadamente el doble que suele cobrar un camarero en una cafetería normal.
Lo más importante en este trabajo es lo que dice la señora, ya que sabemos que es el corazón del negocio, y ella dijo que a ver si contratábamos alguien para atender las mesas. «Alguien que sepa hablar castellano correctamente» nos dijo, y en esa búsqueda estamos.
¿Tienes alguna pregunta? – dijo, e hizo un breve silencio que en seguida interrumpo con mi pregunta:
-Pero entonces lo que venden aquí no es exactamente comida y bebida ¿no? Lo que atrae a los clientes es la conversación con la señora ¿no? Entonces más que cafetería debería poner en el letrero: «conversacionería» ¿cómo es esto?
-Jajaja, exactamente, sí -contestó el encargado-. La gente está loca con hablar con ella. Es inteligente y escucha muy bien. Hablando con ella se tranquilizan, toman resoluciones, aclaran sus ideas o, si estaban demasiado claras, las relativizan y desinflaman. Esa señora les da lo que no les da su psicólogo ni la medicina de su psiquiatra. Realmente ella es todo el atractivo del bar, si se fuese no entraría nadie. Es que no quieren pagar por hablar, no quieren pagar porque alguien les ayude. Tienen razón los que dicen que la democracia moderna consiste en la división del estado en muchas monarquías unifamiliares o unipersonales, pero entonces esos reyes necesitaran sus consejeros ¿no?

Kepa Ríos Alday

LA SEÑORA
Llevaba un sombrero de ala ancha: Se ocultaba bajo su sombra como una paloma bajo la cornisa de un edificio. Había llegado nueva a la ciudad pero para ella no era tan distinta. En su rostro permanecían las huellas del cansancio y la prisa por ubicarse. Movía la cabeza de un lado a otro cortando el aire con las alas de su mirada. Debe ser por allí pensó. Calle de la Vendimia número ocho. Consultó su gps que le indicaba un minuto andando. Caminó lo más aprisa que pudo. Se paró en el mismo punto que le indicaba su teléfono de última generación y permaneció frente al edificio. Era mucho mejor de lo que las fotos le mostraban y se decidió a entrar llena de optimismo. Planta tercera y llamó al timbre. Le abrió una señora con sonrisa amplia, de complexión delgada y con una alegría inusitada. “Pasa, pasa, te estábamos esperando.” Tras las presentaciones de rigor se instaló en su habitación. Otro chico le daba la bienvenida y se fue a su cuarto. Le dio un sobre con dinero, guiñándole un ojo y diciéndole: esto para tus gastos. Le sorprendió que le diera el dinero por adelantado y también se preguntaba dónde estarían las demás chicas. Tal vez llegarían más tarde. Con este pensamiento, se dispuso a acomodarse. La habitación era enorme y con baño propio. Se apresuró a utilizarlo. ¡Agua caliente!
Al rato unos nudillos golpearon la puerta. “La cena está lista”. Bajó a la cocina, ya que se trataba de un precioso dúplex con varias habitaciones y se encontró con el mismo chico que antes se había cruzado.
La cena fue extraña frases como “este este tu primo Víctor”, “cómo están las cosas allá por tu país”,
“voy a ayudarte en tus estudios”, “quiero que te encuentres lo más cómoda posible…”
Sólo abría la boca para comer. La señora, con lágrimas en los ojos, la estrechó en sus brazos, diciéndole que entendía que debía estar pasándolo mal y que descansara, que lo entendía.
Aturdida, se dirigió a su recién estrenado cuarto y volvió a mirar su gps. Calle Vendimia, calle Vendimia, miró bien y se dio cuenta que ¡se había equivocado de ciudad! ¡Tendría que estar en una casa de citas, trabajando como masajista liberal!
Se durmió sonriendo y pensando que quería seguir soñando.

Laura López

LA SEÑORA
• Descúbrase el rostro por favor, es necesario ver su cara.
Se consideraba a sí misma como una señora, y no encontraba justo tener que pasar por aquello.

Al bajarse la mascarilla, descubrieron la chiva alrededor de su boca.
• Esto no quiere decir nada- dijo.
• No importa, solo es necesario verlo.
Cada partícula masculina utilizada en su contra era como una lanza que le clavaban.

Para viajar debía mostrar que su cara correspondía con la fotografía del DNI. Ya en el avión sentía que todos la miraban, que se reían de ella, y que, sobre todo, la instaban a afeitarse aquel rasgo tan masculino.

Lo había intentado, varias veces, pero no tenía agallas para renunciar a su perilla.

Pino Lorenzo


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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