EN ESTA CIUDAD

EN ESTA CIUDAD

Tomándote en brazos porque la luna te asusta
haré algunas irreverencias desde la sierra.

Deslizas sangre en cualquier banco,
pones fuego donde sufren las interferencias,
los barcos te desoyen, hay un corazón envuelto.

Está el clamor de tus carteles, lamparillas de susurros
para ennoblecer al corrupto y afanar nuestro oro.
Cuánto desdén para él que no morfa.
En la plaza, la bella luna nos dice, ¡mírate!

Ofendido está el hermano, ¿Dónde las gradas del trabajo?
¡Mírate! Orgullo de pacotilla, elegante del pozo,
a ver ¿Qué grita la mujer atrapada en sus prendas íntimas?
a ver si sabes de algún despecho que sepa más que el sur.

Siempre es día de visita con los muertos en escaparate,
y uno prefiere no ser ese corazón en vano,
no ver las burbujas roncas que supuran fiebre.

Es verdad que donde yo vivo, hay palabras con palas,
el oído se hace sin querer y el letrero indica, háblame.

Clémence Loonis

EN ESTA CIUDAD

En esta ciudad de vírgenes sin empleo
donde los viejos son cobayas del amor
y los ciegos vigilan las alcantarillas…

En el prostíbulo de la nostalgia
cuando la luna se acuesta clandestinamente
con la cadena perpetua de los ahorcados…

En la miserable muesca de la soledad
zurcida en tus braguitas como dogma,
máter infinita que se desvanece…

Te espero en esta ciudad
sentada en los escalones de un refugio
enaltecida por los ciclos elipsoides de tu ausencia,
rociada de chapapote y podredumbre compuesta de ti,
milenaria condena de lujurias y carencias
alternándose por siglos en mis venas.

Enferma, en esta ciudad de fósiles,
donde la miseria lubrica nuestros ojos,
y el deshielo inunda los sótanos más prestigiosos,
encuentro en el contenedor de la vida
restos de las aguas que inundaron mi sexo.
Nazco de nuevo y separo, del amor, la hipocresía.

Magdalena Salamanca

EN ESTA CIUDAD

Vivo, los días pares,
en la decimoquinta lágrima
que esta ciudad
dejó caer sobre el asfalto
cuando sus habitantes,
hijos del egoísmo adulterado
y de la rabia moribunda,
decidieron
vivir enfrentados,
comiéndose unos a otros,
construyendo una frontera,
sin historia
sin amor
y sin futuro,
sometidos al terror
de esa ignorancia
capaz de apretar el gatillo
contra ellos mismos.

Hernán Kozak

EN ESTA CIUDAD

En esta ciudad perdida
hecha de lodo y costumbres
se acunan dormidas luciérnagas
que transmutan a cántaros de lluvia.
Abanicos de colores traslúcidos
paseando las calles donde cabalgan
sigilosos saltamontes de pradera verde.
Bajaron del campanario
para nombrarte rey de la luna
pero tú no estabas,
la silueta de tu sombra
quedó grabada en la memoria
de aquella plaza.
Decidiste caminar
y tus pasos comenzaron a brotar
como agua de arrecife
que extraña la dulzura del sol
y por eso,
reluce.

Paqui Robles

EN ESTA CIUDAD

En esta ciudad donde fluye subterráneo
un río silencioso e invisible
los adoquines perfectamente ordenados
ocultan toda muestra de pasión.
En esta ciudad no hay terremotos
y preferimos morir así, a veces algunos
escribimos con todas las lágrimas
un edificio, una empresa, un puente
o una enfermedad, un torpe crimen
como un poema en esta ciudad
un poco menos acomodada
que otras ciudades de occidente.
Hay una batalla en esta ciudad
en la que dos bandos tratan de separarse.

Kepa Ríos Alday

EN ESTA CIUDAD

Carámbanos poliformes entumecen el hálito,
cúmulos templados albergan alcobas de papel gris,
efemérides de reyes y reinas con aroma a caléndula,
yacen en esta ciudad.
Arriates y semilleros de moderna burocracia
engalanan ríos de cantillo que vertebran pajizas llanuras ocres,
alcanzan exhaustos la villa donde los caminantes son piedra
y la lluvia se convierte en arte.

Pálpito sublime en corrientes turbulentas y amargas
paraje aliviado de mocedades perdidas, flores marchitas,
besos al aire y apesadumbrados versos.
Penurias y opulencias de los cinco continentes
consuelan sombras de infancias olvidadas, rezuman un crisol de dioses,
en este ajado terruño.
El alma se deleita con caldos de la tierra, castañas calientes,
pucheros en la lumbre y carnes de leche,
goza en El Campo Grande, donde la pluma del escritor se hace palabra.

María González

EN ESTA CIUDAD

Ya no se viste de domingo
en esta ciudad.
Atrás quedaron los paseos
por las avenidas de palmeras,
y las chuches y besos de mediodía.
Me escondía y tú me buscabas.
Jugabas a no verme.
Yo salía tras de ti y te asustaba,
para comprobar
que no eras papá.
Entonces lloraba como cuando en reyes
se rompía algún juguete.
Limpiabas mis lágrimas
y no hallaba consuelo,
hasta que volvía a esconderme.

Un día ya no fuimos de paseo.
Eres mayor,
me dijeron.
Desde entonces me escondo,
esperando que seas tú
el que me encuentre.

Pino Lorenzo

EN ESTA CIUDAD

En esta ciudad aún soplan vientos imposibles
de transeúntes atormentados, soliloquios de trombón,
bramidos de selva donde el tigre de papel siempre amenaza.
No falta un cráneo que no haya sido levantado a modo de sombrero.
Buenos días, buenas tardes
y se agolpaban todas las esquelas, huesecillos, tonos rugosos
y laberintos de carne.
Hombres y mujeres irrumpen en la cóclea del mundo.
Hablan, murmullan.
No se sabe cuántos son, ni siquiera qué fueron
pues en esta ciudad no hay lugar para contemplaciones.
La chica del aféizar, titán de la comarca de generaciones pasadas,
enumera las costillas y fémures de toda la familia,
generaciones de malvaluisa, dientes de ajo, mano de santo.
Aún se reserva las ganas de bailar, hacer el amor, leer un libro, trabajar…
Si es que en esta ciudad aún soplan vientos imposibles.

Laura López

EN ESTA CIUDAD

En la mañana los hombres salen a la calle
y se adentran en un espejo infinito.
Un quiosco impúdico se abre la camisa
mostrando al paso de la gente un mundo
abierto en canal.
los relojes disparan sus agujas al atardecer
y pintan un cielo ensangrentado.
En la plaza un rey cabalga sobre su propio pedestal.
Dentro de la Catedral unos niños se divierten
jugando a la rayuela.

Antonia López

EN ESTA CIUDAD

En esta ciudad se produce el deshielo
siete veces por minuto.
Las bombas que tiran a siete mil kilómetros
pasan rozando nuestras ventanas cuando dormimos.

Hicieron un agujero enorme donde antes había una ciudad,
dijeron que la paz sería con nosotros,
se les olvidó decirnos lo de las deformaciones.

Al otro día llegaron miles de personas
a una tierra que no era suya y se instalaron.
Los habitantes que ahora piden una salida
para no morir ahogados, los recibieron como a hermanos.

Quién quiere morir hoy,
a quién le gustaría enfermar esta noche.
No os preocupéis, en esta ciudad todo está tranquilo,
la carne circula y los laberintos se pierden
entre los pies de las multitudes que ya no saben dónde van.

Me bajo de este barco sin velas, aparco mi coche
en el salón de su casa y haciendo una reverencia,
beso sus bocas y desaparezco adentro de sus ojos.

Cruz González Cardeñosa

EN ESTA CIUDAD

La ciudad discurre por dentro.
Uno mira por la ventana
y se ve a sí mismo,
como si se asomara a un espejo.
Una fría estampa de soledad
o un órgano que te reclama
con su tráfago de luces,
con sus sonidos extrañamente familiares.
Su movimiento imita la tortuosa
circulación de la sangre.
En esta ciudad donde la selva crece,
tu alma expone sus detalles.
Nada te es extraño.
Ni las rígidas articulaciones
que componen el puente de la espalda.
Ni las suaves ondulaciones que las vías,
vértebra a vértebra,
recorren sobre sus rieles óseos.
Ni las fluctuantes ondulaciones eléctricas
que iluminan con su red de puntos candentes
los rincones más fríos y distantes,
repitiendo las pulsaciones que se resisten
al sueño o a la noche,
en un monótono reflujo que solo interrumpen
las aspiraciones que inflaman con su luz
las ciegas ventanas.
Ventanas en las que gente como tú
se asoma creyendo que ve otra cosa distinta
a su propia alma.
Una imagen atraviesa como una esperanza
el borde de luz que la tarde deja.
La ciudad es esa calle que me atraviesa
de lado a lado, dejándome ciego.

Ruy Henríquez

EN ESTA CIUDAD

Escondido en un acorde menor,
cabalgo semi tonos violentos
para poder encontrarte en el abismo
que existe entre palabras.

Cuando cierro los ojos,
lo que aparece entre tu piel y la mía,
hace florecer al tiempo los orígenes del beso y la locura,
ese olor a deseo que atraviesa mis manos,
la sutil mirada del tigre,
un latir constante hacia la vida.

No hay tiempo que perder,
los arboles me miran de pie,
tratando de convencerme de algo,
queriendo del futuro sus encantos
y del pasado, los recuerdos más puros.

Cuando vuelva a salir el sol,
lo mirare de frente y le diré que aquí estoy,
quiero tus rayos, tus sonrisas,
y en esta ciudad,
volveremos a empezar.

Leandro Briscioli


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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