EL DUEÑO DE LA LIBRERÍA

EL DUEÑO DE LA LIBRERÍA

Era, como no, un viejito serio y poco agradable, se daba poco a la conversación, colocaba los libros que llegaban cada mañana, con pulcritud extrema, evidentemente trataba a los libros mejor que a clientes, pero esto no impedía que la librería de la calle 84 estuviera siempre lleva.

Como ayudante, su sobrino Julián, un hombre ya que, contagiado por la intensa relación de su tío por los libros, estudio biblioteconomía e hizo su doctorado en gestión de documentación, quizá para ver si lograba poder aprender la escrupulosa habilidad de su tío, para gestionar aquel lugar, que más que una librería, era un templo del saber al que acudían sus feligreses cada semana como si fueran a visitar a Dios padre.

A pesar de su rostro hierático y su ausencia de palabras, el amor con que sus clientes le saludaban al entrar era algo nuevo cada vez y cada día. Julián lo observaba todo y no entendía exactamente por qué se producía aquel efecto que muchas agencias de publicidad desearían copiar, si su tío nada contestaba a aquellas muestras de afecto tan respetuosas.

Los fines de semana se formaba una larga cola de niños y mayores, en la que se mantenían pacientemente para poder adquirir su ejemplar para la semana.
Un domingo después de una intensa jornada de 10 horas trabajando a destajo, Julián, aprovecho una leve sonrisa de su tío mientras colocaba el último ejemplar que había quedado fuera de su sitio, le preguntó:

  • Tío ¿cuál es el secreto?
  • ¿El secreto de qué? Contestó
  • ¿Cómo consigues que la librería siempre esté llena?
  • ¿Llena? ¿De libros? Amo los libros, cuando descubres el calor de la escritura, puedes vivir miles de vidas, realizar miles de hazañas, descubrir hasta fuerzas que con el cuerpo propio serían imposibles de alcanzar…
  • No tío, ¿cómo consigues que la librería se llene de clientes?
  • ¿Clientes? No sé, no sabía que se llenaba de clientes, yo solo cuido las vidas que habitan los libros, porque son, cada una de ellas, una posible vida para mí.
    Julián recordó al momento una charla que escuchó en la facultad de un reconocido Doctor que también era psicoanalista y que hablaba de deseo, de que deseamos deseos y que lo que se contagia es el deseo. ¡Ahora todo tiene sentido! Se dijo.

Magdalena Salamanca

EL DUEÑO DE LA LIBRERÍA

Cuando vuelves a un lugar donde habías estado hace años, los recuerdos te inundan ganándole terreno a la velocidad de la luz.
Esa librería que tantas veces me dio la vida, tenía ahora un cartel que anunciaba descuentos del 50% y cierre por defunción.
Seguía igual, los libros intentando luchar para no caer aplastados, inventando posiciones imposibles para la gravedad.
En el centro, la misma mesa de madera siempre apunto de rendirse por el peso de las letras.

  • ¿Quería algo? Me dijo una voz que me devolvió el día y la hora.
  • No sé. Hace tiempo viví en esta ciudad, éramos cuatro hermanos y mis padres nunca encontraban trabajos para poder mantenernos, con lo que viajamos por diferentes sitios buscando ese sueño que nunca llegaba.
    Venía aquí cada quince días, me apunté al programa de intercambio de libros y gracias a eso pude leer toda la poesía y las novedades que la biblioteca municipal jamás tendría.
  • Qué extraño, mi abuelo era el dueño de este negocio y nunca me habló de ningún programa de intercambio.

Hernán Kozak

EL DUEÑO DE LA LIBRERÍA

Cuando se marchó el último cliente cerró la puerta y apagó todas las luces. El local se quedó completamente a oscuras. Encendió el interruptor del escaparate y varias guirnaldas de colores se encendieron a la vez, iluminaron dos espacios diferenciados: literatura infantil y libros para adultos. También lucían las últimas novedades y los clásicos de siempre. Estaba emocionado.
Con las versiones e-book las ventas habían descendido considerablemente, pero, estaba decidido a vivir del trabajo de librero. Los libros le habían salvado la vida. Juntos habían pasado malos momentos. No concebía su vida sin ellos. Aunque el local era pequeño derrochaba imaginación para atraer clientes de todos los gustos y edades. Organizaba recitales de poesía, cuenta cuentos, exposiciones de fotografía… Su última novedad era un rincón de tertulia literaria que se retransmitía desde la cárcel de la ciudad. Colaboraba con la institución siempre que podía.
Dispuesto a marcharse a su casa pudo ver a una mujer que, atraída por las luces del escaparate se acercó a echar un vistazo. Súbitamente se escondió detrás de mostrador. El corazón le latía con una fuerza extrema. Permaneció allí agachado, durante diez minutos. No estaba seguro de si era ella. La semana pasada la confundió con otra persona, en una concurrida calle. Estaba obsesionado. No quería volver a verla jamás. Por esa mujer tuvo que pasar tres años en la cárcel. Le hizo cómplice de intento de homicidio. Quería cobrar el seguro de vida del acaudalado señor al que cuidaba e intentó ahogarlo con la almohada, delante de sus ojos, sin testigos que pudieran salvarle. ¡Con lo enamorado que estaba de ella! Había sido su único amor. Tan hermosa como harpía. La nieta de la Paca lo había embrujado con sus encantos. No se lo perdonaría jamás.
El día de Noche Buena, cerró más tarde de lo previsto, cuando cerró la librería, ni un alma transitaba por las calles. Había algo extraño en el ambiente. Las familias preparaban juntas los agasajos navideños. De camino a casa tuvo la sensación de que alguien le seguía. Miró hacia atrás pero no vio a nadie. Asustado comenzó a caminar cada vez más deprisa. Pudo oír unos pasos y ahora sí que alguien estaba detrás. Soltó las bolsas de libros que llevaba en la mano y comenzó a correr, se quitó el abrigó para ir más ágil y se dirigió a la zona del río. Al llegar al puente romano, no lo dudo. No sabía nadar. El agua lo engulló. Empezó a notar cómo todos sus huecos y cavidades se llenaban lentamente a pesar de pelear con garra. Era el fin. Esa mujer le había llevado directo a la muerte. Empezó a oír desde las profundidades de aquel rio las sirenas de la policía o quizás fuesen los bomberos. Cada vez estaban más y más cerca.

  • “Te has quedado dormido, no has oído la sirena… Hoy es tu último día en el talego amigo, ¿cómo te puedes quedar frito un día como hoy?”-le dijo su compañero de celda.
    Descubrió con alivio que no se estaba ahogando, últimamente era un sueño recurrente. Había deseado que llegara este día y hoy, a las puertas de salir, se sentía apesadumbrado. Su estancia en la cárcel le había cambiado su concepto de las personas, de la justicia y de sí mismo. Tenía más miedo a salir que a quedarse. El amor de su vida le engañó fuera y nadie le había engañado dentro de la prisión. Había aprendido muchas cosas de la condición humana y había hecho grandes amigos.
    Su compañero de celda le animó a trabajar como bibliotecario de la prisión, lo que le había permitido, pese a las circunstancias, vivir aceptablemente en todos aquellos mundos imaginarios de los libros. Descubrió que quería ser librero. Ya podía visualizar la librería y el escaparate, le pondría guirnaldas de colores en Navidad.
    Era Nochebuena, a las dos en punto salió a la calle por primera vez en mucho tiempo. La puerta de la prisión se cerró tras de sí. Una niebla espesa rodeaba los alrededores de aquel lugar en medio del páramo. Sobresaltado pudo ver la silueta de una mujer vestida de negro, esperándole en medio de la nada. La adrenalina empezó a correr por los circuitos de sus entrañas. Cuando se acercó, pudo comprobar que aquel arbusto traicionero le había jugado una mala pasada.

María González

EL DUEÑO DE LA LIBRERÍA

Pregunté dónde estaba el dueño de la librería aduciendo mi deseo de proponer una transacción comercial. El dependiente no se sorprendió, era una librería especializada en libros de segunda mano, a veces recibían ofertas de lotes de materiales sobrantes de colegios que tenían que negociarse directamente con el dueño. En seguida salió de detrás de unas estanterías un señor sonriente de estatura media, con bigotes y pelo blanco algo largo. Tras darle los buenos días le mostré la maleta cerrada donde portaba unas obras de máxima importancia. Se trataba de un palimpsesto del siglo IX cuyo valor, aseguré al librero, era incalculable.

Ok – me dijo-, acompáñame al reservado por favor, allí lo podremos inspeccionar cómodamente. Mientras caminábamos entre estanterías y montones de libros le fui contando de qué se trataba. Un manual de tiro con arco aparentemente intrascendente si no fuese porque estaba escrito sobre un papiro en antiguo persa.

Y ¿qué dice el papiro en persa? – Preguntó el dueño. Ahí está la gracia – le dije yo-, se trata de un manual de doma de caballos. El tipo se encogió de hombros en un gesto de no entender nada. Con la peculiaridad -continué yo rápidamente para evitar que mi interlocutor suspendiera la conversación- de que el manual de doma de caballos y el de tiro con arco comparten estructura y algo así como la temática.
Verá, el manual de doma equino es muy extraño: Plantea un método de doma basado en escuchar al caballo estudiando su posición corporal y sus orejas. Y los párrafos de ambos textos, el subyacente y el sobrepuesto parecen coincidir en varios aspectos.

Por ejemplo, en el mismo párrafo que explica cómo entender y responder a las señales del caballo explica cómo entender las señales de nuestro propio cuerpo cuando estamos intentando domarlo para que consiga una precisión superior en el tiro con arco. Cuando el caballo mira para otro lado y se aleja de nosotros es equivalente a que la flecha se desvíe mucho del blanco. Tenemos un caballo receloso, enfadado por algo… Entonces es la combinación de ambos textos la que hace de este documento una maravilla, un mensaje en clave que ha sido capaz de sobrevivir a todas las censuras.

A la mía no, mi censura no ha sido capaz de vencerla – dijo el dueño de la librería.

Kepa Ríos Alday

EL DUEÑO DE LA LIBRERÍA

Ante la noticia de que iban a faltar medicamentos, Concha pidió asesoramiento para ampliar su farmacia. Estaba instalada en un edificio estrecho de la calle del Codo cuya fachada mantenía el proyecto de hacía dos siglos. Cuando vino el arquitecto y le dijo que en aquella zona hubo tiempo atrás túneles y bóvedas utilizadas durante la guerra de la Independencia, se quedó atónita, pero lo que más allá de este asombró, lo que realmente le alegró fue saber que, con tirar un tabique y poner varías escaleras la ampliación le daría una excelente bodega. Sin dar lugar a espera, empezaron las obras la semana siguiente, el alborozo no duró mucho pues tuvieron que parar al toparse con una cámara hueca, entre telarañas y un ladrillo rojo casi negro, aparecieron estanterías de madera carcomidas por las termitas, pero lo que es peor, entre la negritud también había rastros de un muerto. Tras varias semanas de idas y venidas de gente de diferentes ministerios, apareció un viejo forense, solo él podía levantar el cadáver y tocar los objetos encontrados.
“Sin duda estos bienes pertenecen a un antiguo librero, basta con ver los libros de Gaspar Melchor de Jovellanos, poesías de San Ramón de la Cruz, Quevedo y Calderón, de Luis de Góngora; obras de Guillén de Castro….”, dijo ajustándose los anteojos, todo iba asociándose a una época hasta que se acercó a un pequeño baúl, al abrirlo soltó un grito, no de los que asombran al ver un muerto, por su oficio ya le había inmunizado al respecto, pero ¿cómo podían estar ahí Truman Capote, Tomas Mann o Manhattan Transfer de John Dos Passos?

Ana Velasco

EL DUEÑO DE LA LIBRERÍA

Siempre era el mismo sonido al llegar a la altura de la librería. Un primer repique de campanillas al abrirse la puerta del establecimiento y un segundo repique de teclas provenientes de una máquina de escribir. “La Estrella” era la librería-papelería más veterana de la calle por la que a diario cientos de niños y adolescentes pasábamos de camino al colegio. Cinco días a la semana algunos repetíamos el ritual de detenernos ante el escaparate para mirar las portadas de los cuentos, tebeos, calcomanías, dibujos recortables y revistas a todo color, mientras desde el fondo nos llegaba ese teclear armonioso que saltaba a nuestros oídos con un trotecillo alegre que sabíamos iba dejando diminutas huellas de tinta en el papel, esas mismas que aún estábamos aprendiendo a descifrar y con las que nos tropezábamos diariamente.
El dueño de la librería con el dedo índice de cada mano se afanaba en trasladar la página de un libro invisible, pensaba yo, al papel que tenía aprisionado en el rodillo de aquella máquina prodigiosa. El milagro, sin duda, se producía cuando liberaba el papel y con gesto triunfante lo apartaba a un lado. Yo jamás había visto una calcomanía tan hermosa.

Antonia López

EL DUEÑO DE LA LIBRERÍA

Cada mañana abría las ventanas a la realidad impregnada por el olor del papel impreso. Esperaba con entusiasmo al primer cliente del día. A pesar de llevar con su negocio muchos años, aún le provocaba curiosidad saber quién sería la primera persona que entraría, y qué libro buscaría. Jugaba a adivinar la personalidad de los clientes según el libro que compraran. Cada uno elegía diferente, pero todos tenían algo en común, ilusión. La librería era un lugar revestido de madera, con altas estanterías repletas de libros, que invitaban a la aventura, al misterio, a la fantasía, a viajar a través de hojas escritas. Indudablemente al pasar sus puertas, el mundo comenzaba a cambiar.

Paqui Robles.

EL DUEÑO DE LA LIBRERÍA

Iba caminando por una calle céntrica de la gran ciudad. Muchas luces por todos lados y música en algunas calles con tiendas. Caminaba por caminar, por esa sensación del viento en el rostro y la alegría de sentir la vida en ebullición.
Entré en una librería para comprar un cuento a mi sobrina, que va a cumplir cuatro años y a la que, aunque no sabe leer, le encantan los cuentos. Me llamó la atención un hombre con barba blanca y anteojos redondos, que llevaba una pipa en la mano como si estuviese a punto de ponerse a fumar y hablaba todo el tiempo a nadie.
Me atendió un joven de lo más amable. Cuando iba a pagar comenté en voz alta:
-Qué hombre más curioso el que está sentado cerca de la entrada, todavía sigue ahí sentado con su pipa, sin fumar.
-Es el dueño de la librería-me dijo el joven- abre y cierra cada día. El resto del tiempo se sienta en su silla y observa. Parece que no hace nada, sin embargo, es el que se encarga de que la librería funcione, está al tanto de todo.
-¿De todo?
-Sí, señora. De qué libros compran sus clientes, de como trabajan sus empleados, de si hay retrasos en la entrega de libros… Desde su silla hace los pedidos, controla las entradas y salidas, etc.
-Y cómo puede hacer todo eso sin moverse de su silla.
-¿Ve la pipa que nunca fuma?
-Sí.
-Es un teléfono-ordenador que funciona con la voz.

Cruz González Cardeñosa

EL DUEÑO DE LA LIBRERÍA

No conocéis la soledad, No es eso que detiene el pulso y aparece un tránsito oscuro. Tampoco la cavidad del reloj de arena, ni el frío que te cala en los huesos. Preguntadle al dueño de la librería.
Entre las páginas hay sótanos de espanto, hombres sin llanto y las primeras noches de los muertos caídos.
“Terror”: sus letras sostenían la baldosa de todos los libros de su sección. Era un espacio curioso.
Había personas que le dedicaban toda una tarde. Abrían y cerraban con estupor las portadas de los ejemplares y mantenían un secreto infame de cadáveres cercanos. Un poco de veneno para calmar tanta apariencia no venía nada mal. Había una colección que permanecía intacta. No se habían llevado ni uno solo de los ejemplares. Pero esa tarde una mano desenterradora de plantas acuáticas extrajo el luto del papel y patrulló por los pasillos de la librería. Se asomaba el invierno por cada uno de los estantes. Sobre las tumbas de Federico, de Germán Pardo, Baudelaire, sobresalía un monto de verdín hosco, temeroso, con codicioso germen de vida.
Hoy por la tarde tú no existes. Le dijo al librero, ostentando toda la colección intacta desde hace años.
¿Cómo? – le miró a los ojos y una antigua amistad le invadió con nostalgia. Se puso de nuevo la levita con solapas de terciopelo, el sombrero de copa antiguo, elevado como un día tranquilo y no se movió de esos años. Las baldosas le tragaron junto con la caja registradora y el desenterrador de plantas acuáticas lo devolvió a su pecera, mientras repartía letra viva, envuelta en sonrisas, caramelos, golpecitos en la espalda y alguna que otra mirada de fábula de gusano.

Laura López


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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