LA CLASE DE YOGA

LA CLASE DE YOGA

La clase que sé que nunca tomaré, yo. El archivo de mis prejuicios, sobre el asunto, lo tiene marcado a sangre fría.
La bailarina que fríe en los antiguos brazos de mi madre rechaza cualquier intento de dominación oriental.
Pero, pero… vienen nuevas palabras, nuevos compromisos sostienen mi vida; este verano, revisaré mis archivos.

Sylvie Lachaume

LA CLASE DE YOGA

Jeremías no quería apuntarse, pero como se había puesto de moda en el trabajo, no le quedó otra que asistir a una o dos clases de las ocho que Bárbara y Pedro, habían organizado para el departamento de habilitación. Ambos eran fanáticos del yoga y también ejecutivos: Bárbara, directora de relaciones institucionales, y Pedro jefe de compras en la multinacional en la que Jeremías llevaba trabajando quince años como administrativo de nóminas.
Jeremías era mucho menos sofisticado que todo aquello, aunque nadie lo hubiese imaginado, vivía solo, prefería dormir solo y le aburría estar con la gente, y si bien era cierto que en el trabajo podía decirse que mantenía la compostura, era solo porque a final de mes tenía que pagar los recibos y todavía no había encontrado nada mejor que aquello. En definitiva, era el ser más alejado de una clase de yoga planificada para hacer piña entre compañeros de trabajo. Sin embargo, estaba en el mundo y sabía que, de no asistir, le tomarían por un cretino o mucho peor, por un flojo: “entre los yupis la competencia es tremenda y si te quedas atrás date por jodido”, pensó sonriente mientras cerraba el correo electrónico preparándose para regresar a casa. Fue entonces cuando se dio cuenta, e invadido por una fresca brisa que lo animaba a dar tan drástico giro de timón a la nave de su existencia, se levantó de la silla y se largó de allí para siempre. Tan abrupto fue su sentimiento que ni siquiera regresó para pedir el finiquito.
Aquello sucedió un quince de febrero de mil novecientos noventa y cuatro y a día de hoy solo se sabe que, dos años después, Jeremías compró un pasaje hacia Nueva Delhi, momento en el que se le pierde el rastro definitivamente. Desde entonces no se ha vuelto a saber nada sobre su paradero y la única versión medianamente plausible, fue la que dio un tío suyo llamado Vitrubio, quien tuvo la gracia de afirmar que probablemente su sobrino hubiera marchado entre el Decán y las selvas de Madhya Pradesh, en busca de su centro de equilibrio espiritual. Evidentemente en la compañía no fueron capaces de comprender lo que había sucedido, pero tras el shock inicial, rápidamente se olvidaron del asunto, regresando a la vorágine de los negocios.

Manuel Ortega

LA CLASE DE YOGA

Era el primer día que acudía a la clase de yoga. Una amiga, muy entusiasta, me dijo que era sencillo, relajante y te dejaba el cuerpo hecho una pinturita.
Todos parecían contentos cuando comenzamos. Yo trataba de seguir las indicaciones de la profesora, y miraba a mis compañeros y volvía a mirar a la profesora y ya en el segundo ejercicio, ellos iban por el quinto. A mitad de clase estaba totalmente perdida así que decidí hacer como que me movía, pero sin pretender llegar a ningún lugar, sólo que la clase no parase para ver si terminaba pronto y me podía ir de allí. Yo me habría ido a los cinco minutos de llegar, así es que pensé que, si aguantaba toda la clase, algo del cuerpo se habría movilizado y yo no querría volver a venir. Ese pensamiento me permitió llegar al final y sonreír al profesor mientras me despedía. Hoy me río de aquello y me alegra cuando algún alumno que comienza, se anima a continuar.

Cruz González Cardeñosa

LA CLASE DE YOGA

  • ¿Cuánto le has pagado?
  • ¿De qué estás hablando?
  • ¿De verdad no sabes lo que te estoy preguntando? ¿En serio piensas que un título como tú merece terminar la temporada? “Una clase de yoga”.
    ¿Qué pasa, la escuela está llena de espías, las colchonetas se han utilizado para el contrabando de diamantes, hay una historia de amor clandestina, por un malentendido en los pasillos comienza una guerra?
  • Eso no es asunto mío. Si no te ha elegido por algo será, cúrratelo más para el año que viene.
  • Esto no va a quedar así. No vas a volver a trabajar en ningún taller de este país.

Hernán Kozak

LA CLASE DE YOGA

Al fin se decidió a comenzar. Le habían hablado de aquella disciplina donde las más maravillosas bondades se perfilarían en sus articulaciones y los músculos serían husos de la rueca del vivir cotidiano. Se le estiraría hasta el alma, sus arrugas se plegarían en el paisaje y el resorte de sus valles se acallaría, tal vez, bajo el silencio del instructor. Dicho así ¿Quién podría resistirse?
Entró a la clase, se acomodó tras la colchoneta y cerró los ojos. Estaba tan nerviosa que cerrarlos le permitiría dejarse llevar. Se sintió como si tuviera un resorte en su estómago y su cuerpo reaccionara al compás de las instrucciones.
Una música y una voz se entremezclaban en su oído. Tumbada allí al final de la clase no le llegaba el sonido con nitidez.
Movimientos pélvicos se pronunciaban en su cuerpo. Una y otra vez, inspirar, expirar. El tiempo de la clase voló. ¡Qué articulación de sus músculos, qué introspección al alma!
Abrió los ojos, miró con más detenimiento. Se sorprendió, salió a la puerta y leyó un cartel que decía: Clases preparatorias para el parto.

Laura López

LA CLASE DE YOGA

Entro en el futuro a través de estrechas calles adoquinadas, regalo de la antigua civilización que quiso materializar el afanoso deseo de la inmortalidad. Continúo deleitándome y entro a formar parte de aquel cuadro. De pronto, me siento realmente agradecida por tan hermosa experiencia. Siendo consciente de que aquel lugar no fue construido para mí, por un instante, así me lo parece. En pocos minutos observo la entrada a la clase de yoga, está precedida por una puerta de madera que parece cobrar vida. Un leve empujoncito te adentra en un espacio-tiempo diferente, una nueva dimensión donde todo puede ser posible. Busco con la mirada un lugar donde extender mi alfombrilla y comienzo a respirar. Saludo al sol, mirada relajada. Me asalta una duda ¿Realmente se puede relajar la mirada concienzudamente? Puede ser, me respondo. La mirada se extiende en todas direcciones.
Al finalizar la clase, los allí presentes se animan a hablar. Parece que el psiquismo humano forma parte de todos. Me realizan un par de preguntas. Respondo que el inconsciente es muy amplio y que el psicoanálisis trata la sexualidad infantil a condición de ser reprimida en el adulto. Parece que algo sorprende, por un segundo todos callan. No sé si fui demasiado directa. Después, cada uno da su opinión y seguimos hablando sobre las ciencias.

Paqui Robles

LA CLASE DE YOGA

Calculamos bien la postura teniendo en cuenta que el aire debe ir acompañando los movimientos. Antes de adoptar una posición determinada debemos haber previsto tanto el equilibrio como el ritmo respiratorio. El año pasado en las primeras semanas estuvimos repasando los conceptos claves del Yoga como son la lubricación y la firmeza.
Si queremos que nuestra práctica sea gozosa debemos tener en cuenta los cambios de aceite y puesta a punto del motor. Las piezas deben estar bien engrasadas para poder deslizarse unas sobre otras con rozamiento despreciable, ya que de haber rozamientos indeseables el exceso de calor podría fundir los cigüeñales. Primero aplicaremos unas gotas de gel en la punta del émbolo para que, al deslizarse este por la guía en su camino hacia la válvula, el pistón pueda realizar su movimiento longitudinal completo.
El cuerpo funciona como un motor, una máquina fabricada por Dios, una máquina perfecta como sólo Dios es perfecto. Por eso os he traído fuera del ashram y os he pedido que traigáis vuestros coches y motos: Hoy no vamos a hacer práctica ayurvédica tradicional, sino que nuestro cuerpo va a ser el motor y vamos a gozar frotando cada una de las piezas.

Kepa Ríos Alday

EL PROFESOR DE YOGA

Cuca llamó completamente emocionada a su amiga Lola explicándole que tenía que acompañarla a comprar unos leggins y un top. “Ya sabes que yo no entiendo, pero lo quiero preparar para pasado mañana”, decía la primera. Al otro lado del teléfono preguntaban por la razón de tanta prisa. “Es que mañana se incorpora Ulises” ¿Pero de qué me estás hablando?, le contestó la amiga. Pues el profesor de yoga, ese que tiene un cuerpo de codicia, que muestra sus músculos y al que se le nota, todo, cuando nos indica la posición de garza. A mí me hace revivir, voy a estar toda la semana con el dedo puesto en la aplicación para ser la primera en reservar. Una risita se oía al otro lado del teléfono. “Je, Je ahora comprendo, pero recuerda el estado de tus cervicales cuando te propusiste hacer el volcán sin perder tu mirada a ya sabes qué parte del cuerpo”. Bueno, bueno ¿a qué hora paso a recogerte?

Ana Velasco

LA CLASE DE YOGA

Cuando cerraba los ojos, entraba en un tumultuoso mundo fantástico. No tenía que hacer nada especial, sino mirar y empezaba la película. Eran mudas, eso sí, pero era como vivir en una tercera dimensión virtual. A ella no le pasaba nada, pero tenía todas las sensaciones de los movimientos. Cerraba los ojos e iba a cualquier lugar.

También le gustaba utilizar sus piernas, avanzar a tientas, despacio y vencer los posibles obstáculos. Siempre en casa, claro está, no se trataba de ninguna rebeldía ni de tentativas de suicidio eruditas, no jugaba con su vida, jugaba con sus ojos. Apagaba las luces, era inútil resistirse. Borrar los efectos de la luz, del espacio y entrar en una dimensión solidaria con las cosas que viven solas y en la oscuridad.
Cuando pequeña, en la casa paterna, de noche, al salir de su habitación, sigilosa, recorría el pasillo, llegaba a la peligrosa escalera y ralentizaba, bajaba hacía la entrada. La primera dirección, la nevera, que con su pequeña luz alumbraba toda la cocina, era la primera escala. Después seguía el recorrido con los pies desnudos, primero las baldosas frías de la cocina, la moqueta del salón para llegar al cemento del garaje. Le hubiera gustado ver como los gatos, y pensaba que de tanto repetir lo conseguiría. Un día le pasó algo inusual, apenas cerró la puerta de la nevera que de los poros de su piel se escaparon chispas, titilaban. Se desnudó y todo su cuerpo encendió con intermitencia la casa, se dilataron sus pupilas, pero era inútil resistirse.
A partir de ahora, se vendaría los ojos, por ahora, ya que lo más sencillo sería… sí, volverse ciega para siempre. ¿Para qué le servía la luz? Ya había pensado en varios métodos, prácticas sencillas por todos conocidas, enceguecerse con el sol, apretar el globo de los ojos mucho tiempo, aplicarse unas gotas de un poderoso destapacaños o matar los músculos oculares.
Al contar sus fantasías a Juan él le dijo:

  • He comprado un cuadro de Menassa, una postal futurista, ¿te lo quieres perder? Convendría inmunizarte contra estas estupideces, podrías empezar con clases de yoga.

Clémence Loonis


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