AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

No hacía ni demasiado calor ni demasiado frío, los alcornoques nos escoltaban en aquella explanada que habíamos elegido para hacer campamento, esta vez, no nos quedaríamos a dormir, pero sí a pasar todo el día, habíamos pensado volver al atardecer.

Laura y Pino, habían ido a buscar algo de leña para hacer la paella, ellas son nuestros enlaces expansivos con el mar, hemos descubierto que para estudiar las profundidades hay que aprender a escuchar al mar. Ellas transmiten tantas buenas hondas que se ha logrado frenar la invasión marítima por agentes plásticos.

Al otro lado del mar tenemos a Sylvie, la cobertura isleña de la France, a través de ella somos capaces de encontrar, en colaboración con nuestros enlaces expansivos, los movimientos sísmicos más inauditos, nada pasa inadvertido a sus sensores ibicencos. Ha creado en la distancia una longitud nada proporcional a la distancia misma. ¡Increíble!

Elegimos hacer Paella porque Hernán había decidido venir, es un excelente chef, nunca se dedicó profesionalmente a la cocina, pero lo suyo es vocación, hasta tiene su propio huerto, aunque él está más dedicado a la prudencia Juris, un método anticorrupción para la limpieza y evacuación de tóxicos políticos.

Kepa aún no había llegado, es un prestigioso académico que dirige un holding de empresas decidas a la investigación e implantación de nuevas fórmulas para potenciar las matemáticas clásicas. Ha trabajado hasta para la NASA, incluso por temporada habita el espacio sin moverse de su lujosa academia en Madrid.

Los encargados de traer los víveres fueron Ruy y Leo, ambos han creado nuevas líneas de pensamiento para favorecer el disfrute musical y artístico en las mujeres, la verdad es que, aunque son muy distintos, han sabido crear juntos una solución eficaz para el disfrute de lo femenino, también han logrado impartir sus seminarios a hombres, son todo un éxito.

Gracias a Ana hoy podremos disfrutar de un clima inmejorable, ella ha logrado implantar Estridentismos Ambientales, una tecnología hipermegamoderna que reúne en una simbiosis única, cada estridencia humana del ambiente y genera tanta potencia como para alimentar al planeta por zonas, del clima que se desee.

De Antonia solo podemos decir verdaderos halagos, ha logrado mejorar el transito educacional. Sí señores como lo oyen, es la primera Teacher que escucha a los alumnos y a los padres de los alumnos. Ha conseguido un 100% de Matrículas de honor en sus más de 500.000 alumnos, mejora las relaciones padres e hijos y en algunos casos, ha solucionado problemas de familia que no tenían ninguna solución.

Por suerte contamos con Cruz, nuestra agente discreta más revolucionaria, ella ha podido transferir toda la energía del subsuelo a las masas más sólidas del planeta, creando crotones de expansión reticular, no hay tecnología informática más avanzada.

Sinceramente, ustedes estarán pensando que hace una chica como yo en un grupo como este, pues la verdad, alimentarme de mis compañeros, pero nada de esto sería posible sin Carmen, nuestra líder, un ejemplo de tenacidad y perseverancia, una mujer arraigada a sus principios y también a sus finales, sin ella y su arma más poderosa, jamás hubiera sido posible tanto crecimiento. Carmen es legislada por los órdenes poéticos, otra dimensión, única y de gran poder. Mantiene en su haber un ejército armado con versos dispuestos a ser lanzados.

Todos nosotros somos su ejército y, de vez en cuando, nos juntamos para hacer historia.

Magdalena Salamanca

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Toda la noche caminando por este desierto de mierda, negro, frio y solitario. Sin un peso, pues todo se lo llevó el pasaje y ese hotelucho que nos vendieron como la jaima de nuestras vidas.
Y además no se puede tocar la comida porque “el gordo” dice que en el 86 no sé qué carajo les pasó que no pudieron comer hasta llegar al campo y que como eso les dio suerte hay que repetirlo.
La concha de su madre, hijo de mil putas, como la cábala no salga bien, lo reviento.

Hernán Kozak.

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Viajaba siempre en su desvencijada moto. Tomaba los caminos de los más recónditos paisajes, que le llevaban a abruptos acantilados, a barrancos sin fin, a lagunas desiertas.

Amanecía cada día en un paraje distinto, en un diferente desnivel o a la sombra de un nuevo árbol.

Conducía mecánicamente.

En su cabeza solo volver a revivir aquella comida en el campo.

Pino Lorenzo

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Era un campo mejorado por la civilización humana, en él los insectos libaban el néctar con sus trompas magnéticas. Lucía nunca había conocido la Tierra, ni los arbustos o la tortilla de patatas. Conocía la historia de la humanidad como si fuera la suya propia, pero había algunas expresiones que no podía pronunciar sin avergonzarse: <> o <>. Cuando iba a decir algo de este tipo le temblaba la voz, le daba risa… Los sábados iba a comer al campo con sus algoritmos, recordaba las excursiones familiares como si verdaderamente las hubiese vivido, pero aquella no la recordaba. Ella no sabía que habíamos modificado su línea temporal. Aquella comida en el campo vectorial de tiempo real era su primera experiencia no programada. La observábamos, pero por primera vez no la controlábamos.

Kepa Ríos Alday

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO


El viento rugía tras los cristales y las ramas se doblaban, pero no hacía frío. Era un viento tibio, como de primavera, aunque el invierno estuviera precipitándose en el calendario. Preparó todas las cosas: la barbacoa, el carbón, las sillas, la mesa, la cesta de la comida…. Hacía años que no se iban de campo y recordó momentos alegres de su vida donde salir de excursión era una fiesta. Los años habían pasado pero las ilusiones permanecían intactas. Un par de amigos, la familia, y camino a la diversión. Habían quedado con otro grupo al que sólo conocían dos de ellos.
El rostro de la conductora se recrudeció cuando, de camino al paraje natural donde habían determinado la quedada, un atasco de kilómetros les devoró en la autovía. Tendría que haberlo previsto, era justo un puente importante y mucha gente se desplazaría ese día. Enfadada, dio con sus puños en el volante, con tal tino, que soltó una pitada prolongada. El coche que permanecía delante, inmóvil desde hacía media hora, comenzó a su vez a pitar. Una cabeza se asomó del mismo y le hizo señas enfurecido. Decidió no hacerle caso alguno. En esas circunstancias había gente que aprovechaba para soltar todo lo que tenía dentro. Ni le miró, pero al hacer un movimiento para acomodarse, su mano cayó inexplicablemente en el mismo lugar del claxon. Otra pitada y otra vez el tipo asomándose por la ventanilla y haciendo amago de bajarse. Ahora se le fue un pie. ¡Aceleró! ¡Pero qué horror! Le dio un golpe a aquel coche con aquella cabeza gritando y girándose de atrás a adelante en la parte lateral. Ahora sí, esa cosa se desprendió del coche, comenzó a reptar por la carretera y aparecieron unos nudillos que golpeaban su ventanilla. En el interior, ya comenzaban a ponerse nerviosos. Unos gritaban, otros intentaban calmar los ánimos…
• ¿Pero tú qué haces aquí? – Una voz se abrió paso tras el asiento trasero.
Cuando dieron cuenta de lo que estaba sucediendo, siguieron las presentaciones. Ellos eran la parte del otro grupo de aquella comida en el campo. Al cabo de una hora aún seguían en el atasco, pero reían, divertidos, por cómo la gente aprovechaba para soltar todo lo que tenían dentro.

Laura López

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

No me lo recuerdes, aquella comida en el campo no salió bien, pero depende de cómo lo mires, diría un gallego. Menos mal que las tortillas que llevaste nos sacaron del apuro, porque si tenemos que esperar al arroz caldoso que nos propuso el nuevo ingeniero todavía seguíamos salivando. Cómo se nota que no había pisado campo, venir a ensayar ese dron entre barbechos como el niño que lleva el barquito a navegar en el estanque, un poco infantil, digo yo. Y por mucho que me digas que lo que quería era aprovechar el día para hacer fotos de bichos, árboles, barbechos y eso que hoy se consume como naturaleza, pues que se lo digan al pastor cuando vio los saltos que daba el mastín. Eso sí, te confieso que pocas veces me he reído tanto como cuando la zarpa del perro le pegó esa sacudida a la máquina metálica mientras el ingeniero no dejaba de girar el mando y gritaba “por qué no funcionas desgraciado”. Bueno y qué me dices de la lluvia de arroz que recibió el perro, le respondió Pedro sujetando la carcajada entre toses. Es cierto, ja, ja, ja es cierto, pero ¿a quién se le ocurre meter la bolsa de arroz en la carcasa del dron?

Ana Velasco

AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Fue en 1895, fin de siglo. Eiffel hablaba de su proyecto de torre con la administración parisina. Freud publicaba sus primeros textos sobre neurosis. Ellos se casaron en el ayuntamiento de una pequeña ciudad al sur de París, un 26 de julio. Ella llevaba un vestido de blanco satén, un poco usado, sin florituras y a él le dolían los pies porque un amigo le había prestado unos zapatos de charol demasiado pequeños. Habían estado trabajando por la mañana en el frío laboratorio donde, desde hacía meses, realizaban experimentos sobre el magnetismo. Unidos en la labor científica, habían decidido casarse después de unos años de amistad para que ella pudiese regularizar su estancia en el país extranjero donde ambicionaba quedarse.
Dos formales testigos, ayudantes del laboratorio, habían acompañado a los novios al edificio municipal que los transformaría en marido y mujer. Era un trámite administrativo, pero por lo que representaba, les alejaría un día del laboratorio.
Salieron felices y se besaron como verdaderos enamorados. Sorprendidos por la efusión del beso, corrieron hacia la estación de tren que los llevaría a las afueras de la ciudad. Unas horas antes, ella había preparado una sencilla cesta de provisiones, dos bocadillos de jamón y tomate y una botella de tinto, recubierta por un mantel rojo y blanco.
En el tren, nadie sospechó del reciente acontecimiento. No emitieron palabras ni se miraron. Él quedó magnetizado por el beso, ella por su parte, se preguntaba silenciosamente sobre el hilo conductor del magnetismo y cómo se carga de electricidad o si eso eran vehículos intrínsecos a la unión.
Se dieron la mano al bajar del tren. No cabían dudas, estaban dentro del campo magnético, la electricidad los envolvía. Faltaban todavía unos años, el paso del siglo, para descubrir que los campos eléctricos y magnéticos son dos caras de la misma moneda. Einstein hablaría del tensor de campo electromagnético y Freud, en el mismo año, de la Teoría sexual infantil. El mundo se extendería y ellos, ahora, tumbados en la hierba, rodeando el mantel blanco y rojo, tomaban la copa de la felicidad, un tinto suave que apenas los embriagaba. Jugaban a acariciarse y besarse, descubrirse, el olor del verano resplandecía en sus cuerpos.
Al final de la tarde, cuando el viento cambia de fuerza y dirección, ella lo miró a los ojos sonriente y le dijo: la corriente que ejerce una perturbación magnética sobre nosotros, puede venir de más lejos, puede anticiparnos. ¿Vamos al laboratorio? Es donde mejor estamos.

Clémence Loonis


AQUELLA COMIDA EN EL CAMPO

Aquella comida en el campo, aquel día impensable.

• Una escapada del mundo, de la atestada ciudad y su condena- dijiste

Cómo saber que aquello en lo que te empeñaste en ofrecer, como un día alegre de campo, nos iba a condicionar de por vida.
Acepté por hacerte feliz. Yo soy más de ciudad, de edificios altos que tocan el cielo, de montañas de coches y barullo de gente con la que chocas casi a todas horas.
Me atesté de mata bichos, mosquitos, avispas y me faltaba seres humanos raros. Preparamos una enorme mochila de cosas, pero solo pensábamos pasar el finde en el campo. Yo me empeñé en llevar una batería y mi teléfono. Tú querías que desconectara de la ciudad. Me lo escondí en la bolsa, mientras sonreía para mí y tu continuabas tu discurso de desconexión.
Fuimos en coche, subimos el puerto y en la primera colina localizamos un aparcamiento. Comenzamos a andar y tras un par de horas, encontramos una pradera bastante lisa donde parar y pasar la noche. El terreno estaba sembrado de pequeñas hierbas silvestres, pero sin mucha piedra. Así que arrancamos varias y alisamos el suelo para poder poner la tienda.
El hambre apretaba, recogimos leña y al cabo de un rato ya teníamos la humeante hoguera para la comida de campo.
El día acompañaba, lucía el sol y las temperaturas, a pesar de estar en octubre, eran suaves. Estábamos exhaustos y nos tumbamos a disfrutar de una merecida siesta.
Empezó a oscurecer y había que buscar leña para pasar la noche.
Dimos un paseo y rodeamos la pequeña ladera, donde hallamos un precioso rincón con un lago y una maraña verdosa de árboles haciéndole círculo. Era mágico. El sol se escondía entre el perfecto círculo y la luz del atardecer rebotaba en el agua. Parecía sacado de una postal.
No eran horas de bañarse, pero decidimos quedarnos a disfrutarlo un rato.
Entonces lo vimos. Había un pañuelo de lunares rosas, encallado en una parte de la orilla. Apenas había luz y nos pareció lo más sensato guarecernos y volvimos a la tienda de campaña.
Al día siguiente me apetecía volver al lago y te animé a que regresáramos.
Esta vez me acerqué más a la zona donde había visto aquel pañuelo de lunares, que ondeaba con la corriente, al acercarme vislumbré lo que pasaba. Un grito sordo salió de mí, hasta que pude mediar palabra. El cuerpo sin vida de una chica bailaba con la corriente y su pañuelo sobresalía, pero seguía sujeto a su cuello inerte.
Ambos nos miramos aterrados. Volvimos al campamento en busca de mi teléfono.
Me miraste extrañado, mientras rebuscaba en el fondo de un bolsillo el teléfono. Al sacarlo, te explique como me había sentido más tranquila al traerlo conmigo.
Nos costó un rato encontrar cobertura, hasta que conseguimos hablar con la policía y explicar dónde estábamos.
Todavía no éramos conscientes, de lo que encontramos, hasta que días más tarde nos informaron de que llevaban tiempo buscando a esa chica, y que habíamos resuelto su desaparición.
Yo, no creo que vuelva a comer en el campo, ese lugar de postal, manchado con la imagen de la chica, nunca se nos olvidará.

Paty Liñán

UNA COMIDA EN EL CAMPO

“…La vida misma es un milagro de amor” (1)

Aquella mañana, como es habitual, Cleme salió a dar una vuelta en bici.

La abuela Clementina vive en un pueblito, pequeño y rodeado de cerros.

Con pocas calles asfaltadas y muchos árboles, pajaritos dando conciertos y flores. Muchas y muy variadas.

La abuela le enseñó, desde pequeña a respetar, querer y cuidar a las flores.
Ella “las disfruta”, como suele decirle cuando almuerzan en ese entorno tan colorido como aromático.

A ella le dicen Cleme, para “no confundir”, dice su familia, entre ella y la abuela.
Esa frase la viene escuchando desde pequeña, pero no sería hasta aquel día, que tomaría otro sentido para ella.

Paso por la piscina, que es pública, y bajo a ver qué amigos estaban.
Allí estaba él, luego sabría su nombre: Ernesto.

-Qué conversador! fue lo primero que pensó, y luego de una mirada general, -qué lin..!

Él la miró, en ese instante preciso!
“tranquila, sigue respirando, él no sabe lo que estás pensando.”

Los chicos se lo presentaron, era nuevo y pasaría el verano en el pueblo.

Cuando Ernesto se acercó con una sonrisa simpática, le preguntó:

  • ¿Cómo te llamas?
    Cleme, espontáneamente respondió:- -Clementina.

Siguieron paseando en grupo, entre pruebas con la bici y risas. Pura adolescencia despreocupada de 14 años.

Al mediodía cuando regresó decidió hablar claro con la abuela.

Ella la esperaba entre las plantas, apenas la vio llegar, le comentó:

  • Cleme, viste las lavandas?
  • Si si, las vi.
    Y continuó inquieta…
    -Abuela tenemos que hablar.
    -De acuerdo querida, te escucho.

La abuela sintió que el tema era importante, por el tono y el gesto de su nieta, claro.

Cleme caminaba alrededor de la mesa, la abuela atenta, la miraba tanto a ella como a los vasos y platos. Tratando de disimular su temor a que volaran, ¡cuánta energía traía la niña!

-Abuela, mi nombre me gusta mucho, y completo. Y ya estoy grande, ¿Lo puedo usar?

Asombrada, la abuela se acercó y la abrazó.
-Ven, siéntate querida.
Una junto a la otra, de la mano, continuaron hablando.

-Ser tu abuela es motivo de felicidad y de vida, desde el primer minuto. Compartir el nombre ha sido y será el mayor honor.
-Yo se Abu, gracias. Pero…
-Pero nada, el nombre es uno, pero nosotras somos dos.

Luego de ese punto, todo cambió para Clementina.
Aliviada y feliz, le relató a la abuela el encuentro con Ernesto ¡y lo lindo que era!
Da vueltas bailando, su voz cálida contagia alegría…

La abuela la ve diferente, es uno de esos momentos inolvidables de la vida, ¡cómo creció su bella nieta!
¡Cuánta emoción guardada en un solo día!

“Si tuviera el poder de detener el tiempo
no sabría elegir el mejor momento” (2)

-(1) Si me voy antes que vos. Jaime Ross
-(2) Ani. Laura Canoura

Carla Bianco


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Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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