LA PROFESORA

LA PROFESORA

Destinaba parte de su sueldo a construir los muros de una ciudad. A la salida del trabajo se encerraba a hacer la mezcla, reclutar albañiles, preparar el cemento.
Cada tarde era un muro, una pared, un techo.
Poco a poco fue construyendo aquella ciudad, Pretérita.
Tumbada en el diván, cada tarde.

Pino Lorenzo

LA PROFESORA

La profesora estaba cansada después de veinte años de oficio. Los alumnos son como hijos desagradecidos. Había tenido tantos hijos e hijas que había perdido la cuenta. No había sin embargo tenido hijos ni hijas biológicos; se esforzaba por ocultar la envidia que a veces sentía. Eso no se hace por envidia – pensaba para sí. Había conocido los problemas de muchos niños, los había conocido muy bien, mucho mejor que los padres de ellos.

En su trabajo diario podía ver la terrible soledad de tantos niños. Soledad en el sentido de que nadie les escuchaba, a nadie le interesaban realmente sus cosas. Los padres no querían saber nada de esos jóvenes, de sus deseos, sueños y angustias. Después de haber conseguido enterrar los suyos propios, sus deseos juveniles, no podían entender los de sus hijos, no querían. La mayoría solía encerrar a su hijo en frases del tipo: «Estos jóvenes con sus tecnologías, yo no entiendo nada de eso…» para no tener que entender nada de nada de ellos, y los jóvenes se avenían a interpretar ese papel de joven todo el día con el móvil que tanto tranquilizaba a sus padres.

La profesora sabía el problema que había detrás de eso. Los progenitores se habían casado por envidia, por motivos ambiciosos. Cada uno de ellos se había enamorado de una persona que apenas conocía. Si, la especie trabaja, es fácil quedarse embarazada de un hombre, dejar embarazada a una mujer, aunque no te interese en absoluto su forma de ser, su forma de pensar o de vivir. Tanto ella como él querían una apariencia adecuada para lucir en las fiestas familiares. Pero nunca se pusieron a amar a alguien, simplemente rechazaron el trabajo. Así cómo iban a querer saber algo de los productos de aquel apaño: los hijos. No querían saber nada de los hijos. Los llevaban al colegio y allí el estado les asignaba una familia a sueldo. No estaba nada mal pensado.

Un día fue a clase sin sujetador y camiseta ancha. Al agacharse para ayudar a algún niño con su tarea los pechos quedaban a la vista del resto de la clase. Después de 20 años de oficio docente estaba cansada de enseñar a sumar y estar, de enseñar ortografía e historia, de enseñar las unidades de medida… Ese día había decidido también enseñar las tetas, tal vez para ir despertando en los niños el interés por la geometría euclidiana.

Kepa Ríos Alday

LA PROFESORA
Nuevo curso. Una angustia seca se instalaba en su garganta anundando todos los libros que llevaba. Baudelaire la empujaba y la subía al coche. Se arrellanó en su asiento, metió la marcha primera, desembragó y se acordó de trigonometría.¡Qué linda palabra! Llegó sin darse cuenta, de forma automática. Iba repasando algunas escenas en su cabeza y por eso tal vez es que no le vio. Estaba en otra realidad. Frenazo. Un montón de papeles esparcidos por el paso de cebra. Ella se bajó apurada, recogiendo aquel vértigo blanco lleno de tinta. Un súbito golpe de calor se apoderó de ella. Las franjas del paso de peatones bailan y se unían en zigzag. Se abrían y cerraban como las tijeras que ella usaba en sus collages. ¡Profesora, profesora! Los niños, exhaustos por el movimiento le reclamaban un cambio de posición o de ejercicio. Las piernas se le cayeron, pesadas como el plomo, sin saber cuánto tiempo había estado en esa posición. A su lado, un cuaderno con páginas en blanco y multitud de anotaciones en tinta negra….

Laura López

LA PROFESORA

La profesora de primer año llegó cuando yo estaba algo asustado por mi primer día de colegio. La guardería donde iba anteriormente era una casa grande, no enorme como el colegio. Y allí conocía a todos mis compañeros que, aunque algunos se iban y otros venían nuevos, fueron mis compañeros durante cinco años y me sentía casi como en casa con mis amadas profesoras que no volvería a ver.
La de aquel año era sorprendentemente joven y bonita. No pude dejar de mirarla todo el tiempo de la clase y así durante las primeras semanas, hasta que un día se sentó a mi lado mientras nos explicaba un ejercicio y me hizo así en el pelo cuando se fue a la otra mesa a explicar a los otros niños.
Después de eso fue mi profesora durante tres años y luego, a veces, era tutora de mi clase, otras, nos daba algunas asignaturas…
Aprendí mucho con ella ya que sus clases eran muy amenas. Nos hacía participar e investigar y nunca nos dijo que nos aprendiéramos algo de memoria. Era como un juego, con la diferencia que terminaba el curso y nosotros éramos un poco más grandes y sabios.
Este año no volvió de las vacaciones. Lo sé porque vengo a traer a mi hermano pequeño y una madre me dijo: se fue y no sé si volverá, es una lástima. Yo, estuve de acuerdo con ella. Me alegró que se hubiese ido después de que yo terminara el colegio, hubiese sido terrible para mí despedirme de ella.

Cruz González Cardeñosa

LA PROFESORA

Había una vez una alumna que quería aprobar…
De clase, directa a casa, esta vez sin parar, sin hablar, dispuesta a plantarse delante de la hoja del trabajo, sin distracción. Pero el hambre suena en mis tripas. Lo ignoro.
¿Por dónde iba? Ah sí… Había una vez una alumna que tenía un rugido en el estómago… Voy a hacer la comida, le digo al papel.
En la alacena poca cosa, algo de pasta, cereales…
Macarrones con queso, algo rápido para volver a la tarea. ¡Mierda, no hay tomate! La pasta recién hervida, humea, pero me mira triste sin su mancha de tomate. Saldré a comprar, serán cinco minutos y de vuelta al papel. Al salir, el folio en blanco se mueve con el aire, una ráfaga pequeña lo mueve y lo devuelve junto a la mesa de madera donde lo dejé. Vuelvo enseguida y le dirijo una última mirada antes de cerrar la puerta.
El supermercado, hasta los topes, llevo en la cola más de quince minutos y le prometí a la hoja que serían solo cinco. Al final me he entretenido por los pasillos y he tenido que coger un carro, va bastante cargado. Me hacían falta demasiadas cosas para llenar esa alacena. Total, que al final voy con el carro hasta los topes y no he cogido el coche y, como las bolsas pesan bastante, de camino decido hacer una parada corta en la pastelería. Un café rápido. Al volver, en el portal, descubro para mi horror que el botoncito del ascensor no responde cuando lo pulso. La luz no enciende y el ascensor no hace amago de aparecer. Después de unos diez minutos esperando, comienzo a cargar bolsas y a subir las escaleras hasta el tercer piso de mi apartamento. Acalorada, suelto las bolsas en el salón y cojo un vaso de agua.
Había una vez una alumna que perdió el tiempo, y mucho, pero quería aprobar…
La hoja vuelve a mirarme mal, “este trabajo no se escribe solo”, me diría.
Vuelvo mi vista a las bolsas que están esparcidas por el suelo del salón. habrá que colocarlo, una de ellas está humedeciendo el suelo de madera. Así que me pongo a ordenar la compra. Un rugido en el estómago me vuelve a recordar que no he comido, añado tomate a los macarrones fríos y los devoro. Después de esto me siento decidida frente al papel, repaso, más repaso, ojeo el libro y empiezo a escribir. La profesora dijo veinte páginas y yo llevo dos cuando comienzo a bostezar.
Había una vez una alumna que intentaba aprobar.
Cuando llevo varios bostezos seguidos decido parar, será hora de un café para que me espabile. Las ocho de la tarde. Doce páginas. Me he quedado atascada y por más que repase los esquemas no sé por dónde continuar. Mi profesora me va a suspender. Las doce de la noche. Me quedo dormida en la silla, frente a mis doce páginas, hambrientas de más.
Había una vez una alumna que quería aprobar, pero se quedó dormida y suspendió.

Paty Liñán

LA PROFESORA

Fabián, con sus recién cumplidos 8 años, llegó al Colegio.
Tercer grado de primaria.
Mañana de reencuentros, abrazos, sonrisas y puesta a punto de las anécdotas del verano.
Luego de pasar al salón, la directora les presentó a la profesora de inglés.
A lo lejos continuó escuchando las indicaciones, las novedades y que la maestra de español vendría más tarde.
Se distrajo con la profesora, ¡tan linda y tan alta!
Palpitando de emoción, perdido entre sus ojos grandes, azules y sonrientes, sus gestos seguros, mientras se presentaba, escribía su nombre en el pizarrón y les sonreía caminando de un extremo al otro del salón.
Recorrió su larga silueta admirándola, perdido en sus pensamientos se distrajo.
Fue ella, al pasar la lista, la que lo trajo a la realidad, dijo su nombre y lo miró. ¡Qué emoción! Respiro, se acomodó la corbata, y la continuó escuchando.
Fabián, enamorado desde el primer instante, tomó muy en serio la materia, se volvió la más importante de cada día.
Leía, anotaba, se preparaba, su máximo interés era responder cuando la profesora hacía una pregunta. Ser el primero y que ella lo diferenciara del resto de los compañeros.
Lo fue logrando, clase a clase. Además los libros en inglés dejaron de ser adornos de la biblioteca, y pasaron a ser objetos de interés para él.
Tanto se notó el cambio, que una tarde su abuela se lo comentó, contenta de verlo tan dispuesto para la lectura y en inglés.
De un comentario pasaron a una charla, Fabián con emoción y las mejillas rojas le comentó que su interés en el idioma tenía que ver con lo linda y amable que era su profesora.
Emocionada por la confianza y ternura de su nieto, la abuela le dijo:

  • La profesora te tocó.
    Fabian quedó pensativo.
    -Cómo?
    -Con sus palabras querido, es el modo en que habla y da la clase. ¿Me entiendes? Te transmite ganas de aprender.
    Rodeándolo con sus brazos y con voz cómplice, continuó.
    -¡Y te gusta mucho!
    Fabián abrazó fuerte a su abuela, rieron a coro y salieron abrazados al patio a jugar.

Carla Bianco.


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