EL OLVIDO FATAL

EL OLVIDO FATAL

Me pregunto cómo se puede olvidar algo sin que se note. Podemos servirnos desde un maremoto, o una caída desafortunada, o la muerte de un familiar. Lo primero es un hecho verificable, tenemos que descartarlo ¿quién puede fingir semejante catástrofe con lo que la prensa y la televisión se valen de ´tan sustancioso alimento para sus audiencias?
Una caída desafortunada deja huellas, marca un hito en la carne y es una huida clara al precipicio del deseo. Cómo delata una pierna rota, una muñeca torcida, un moratón que asoman en la ridiculez de no poder hacerse cargo del deseo.
¿Y un familiar? Hay quien mató a su abuela hasta diez veces, vive embalsamada en todos sus jugos y aparece como una veleta en cada evento. ¡Más vidas que un gato!
¿Cómo se puede olvidar algo sin que se note? Basta, claro que no me olvidé. Lo siento, no hice la tarea, porque gozo, porque sufro porque qué se yo lo que me pasa frente a la página en blanco.

Laura López

EL OLVIDO FATAL

Al salir del ascensor, atravesé el pasillo que distaba de la puerta de mi casa entre sonidos de televisores encendidos y el repiqueteo de huevos batidos a la hora de la cena. Ahí estaba, de nuevo, la gata de los vecinos de la Europa del Este, esperando a que le abrieran la puerta.
Llamé al timbre, pero no sonaba, como si hubiesen desconectado la corriente eléctrica. Volví a llamar golpeando con los nudillos, pero no hubo respuesta. Me pareció que el animal me miraba con ojos lastimeros. Abrí la puerta de mi casa, cogí una lata de atún y nada más abrirla noté que en una exhalación había entrado en la cocina. Pensé que una vez que se la zampara volvería a su puerta, pero parecía resistirse a marcharse. Pasaron unos días y ni atisbo de los dueños de Masha, que así empecé a llamarla porque me había acostumbrado a su compañía y pensé que era un nombre que hubiese encajado en su ambiente familiar.
Al cabo de un mes volvieron los dueños. Pensé que Masha se alegraría de volver a verlos y al decirles que tenía a su gata en mi casa, se dieron cuenta del fatal olvido y corrieron a su encuentro mientras gritaban ¡Juanita!, ¡Juanita!
La gata saltó por la ventana y aún la estamos buscando.

Antonia López

EL OLVIDO FATAL

Le rogó que trajera doscientos euros para la conversación. Hasta que no aparece algún dinero por alguna parte no se sabe quién es quién. Había aceptado trabajar con presidiarios pero no convertirse en uno de ellos. Sus ideales comunistas le habían llevado a rechazar puestos en bufetes importantes. Quería ser útil a otros, aunque no fuesen su familia, aunque no fuesen sus amores, había decidido, como Ifigenia, dar su sangre a Grecia. Su sangre sí, pero no su inteligencia. No podía sacrificar algo que no era suyo. Si aceptaba hablar con sus clientes sin que ellos le pagasen perdía su inteligencia y comenzaba a pensar como sus clientes, de forma tosca torpe e inconveniente.

El olvido fatal hizo que la reunión quedase aplazada hasta que el convicto consiguió el dinero. Doscientos euros no era mucho en aquella prisión de lujo. En seguida apareció con los billetes en la mano. Uno de los guardianes le había prestado. Entonces el olvido no fue tan fatal, lo que murió fue la ingenuidad, la ilusión de sentirse iguales. No eran iguales: realizaban funciones distintas.

Kepa Ríos Alday

EL OLVIDO FATAL

Al olvido de todo, hay una memoria, marchita, trastabillada como la luz. Al olvido del corazón vuelve el mirar del amor. Al olvido del abandono, vuelve el crimen y todas las historias rotas parecen un arcos iris, un páramo, una bota tan pesada que la verdad es un lodo pegajoso, un retazo de abanico que desconoce el movimiento.
Al olvido de todo, está el estado de guerra, aquella de alarma y prevención en toda España. La censura que dominaba la prensa de todo el país, de todos los medios, la censura de la derecha pesaba tan severamente y durante tánto tiempo… Es decir que quien no conocía al pueblo, no sabía que la revolución que había comenzado en 1934, todavía no había terminado.
En aquel entonces no rulaba la red de datos en casa de cada letrado. En aquel entonces se burlaba la censura que decía, «Aquí no ocurre nada. Todo está tranquilo. Los delincuentes están en la cárcel. El gobierno tiene el control de la situación. No haga usted caso de las historias que le cuentan». De Barcelona a Andalucia, de Castilla al País Vasco, en los puertos levantinos, en Oviedo capital, flotaba el clima revolucionario.
¿Y saben cómo circulaba la información de los periódicos de izquierdas que no podían hablar?
Pues de muchas maneras, por los payasos de los circos, por una multitud de hojas clandestinas; en los mítines, en las confesiones frente a las fábricas, en los teatrillos de títeres, muchos panfletos y poemas de exaltación a los héroes y sucesos de Asturias, por todas las peñas y centros obreros e incluso los intelectuales de Madrid, todo ello recorría la península, todo significaba agitación revolucionaria.
Al olvido de todo, está el olvido fatal.

Clémence Loonis

EL OLVIDO FATAL

El peor olvido que puede haber…
Esto requiere hablarte de una noche …
¿Estrellada?
No, más bien cubierta de una pátina furiosa, bruma del día donde los lobos aún aúllan, donde los colores no se olvidan, máscara de plumas donde tú aún me querías… Olvida quién era, cuál era mi sitio, solo junto al tuyo.
Olvidar quién se es, creyendo que la noche la pertenecía y que la poderosa luna debe arrollarse a tu paso. Creer ser dueño de las fulgurantes estrellas, dueña de las fauces de aquellos lobos que controlan toda la montaña y me precipité de cabeza hasta despeñarme. Mientras aullaba en silencio en mi burbuja y un nudo crecía fuerte en mi interior, se hacía fuerte.
El olvido fatal fue dejarme llevar, arrastrar por tu sol, a pesar del camino pedregoso, sin creer en cada paso que daba, sin pensar en mí. Descalza de sueños tras tu melodía, detrás de la brisa de tu melena hasta que me quemé con tu rayo. Y cuando irradié mirando atrás, tú ya no estabas, solo quedaban las piedras teñidas con mi sangre, demasiado veneno, demasiada gangrena cubriendo mi cuerpo.
Amputar toca, cuando no hay nada que salvar, ni si quiera el olvido de tus pasos.

Paty Liñán

EL OLVIDO FATAL

Juan y Julio, hermanos gemelos, JyJ, los solía llamar su abuelo, Jaime. La tercera J.
Los hermanos JyJ, «de buen oído desde pequeños», llamaban la atención, tanto de la familia, como de los vecinos.
Ellos eran los que avisaban, si estaban golpeando la puerta, si ya llegaba el pedido del almacén, o si el gato, nuevamente, estaba siendo atacado por el perro de la otra cuadra.
Entre la escuela y el rol de avisadores múltiples solían estar muy ocupados, de todos modos se hacían tiempo para la pelota.
¡El fútbol! la gran pasión familiar.
Imaginando que ya estaban jugando en primera, repetían la entrada triunfal a la cancha, sentían a las personas aplaudiendo paradas, alentando al equipo para llegar nuevamente a ser campeones.
Apenas nacidos, los anotaron primero en el registro civil, y enseguida, aprovechando a los testigos, en el club de los amores.
Pertenecer a ese club, y defender su camiseta, era parte de la identidad, otra patria, una extensión de la familia, en palabras del abuelo.
J y J, inseparables, fueron descubriendo que sus habilidades para «escuchar, avisar o advertir», era una forma de» llenar la lata», cada vez con más monedas. Es que la gente, generosa y agradecida, alguna que otra monedita les regalaba, por sus favores.
La función de advertir, era de aplicación especial en los fines de semana, cuando los hombres de la casa, iban al club.
Sábados en la tardecita, después del mate, y domingos al mediodía, para el aperitivo, mientras la abuela hacía la pasta.
La primera vez fue casualidad, vieron que la abuela se inquietaba mirando el reloj, escucharon «esas palabras», las que corresponden a: Se está por armar.
En general, la abuela subía de tono emocional como el agua, que ya estaba en la olla, ¡pronta para recibir la pasta!
Con las manos en la cintura, y mirando desde la puerta para un lado y para el otro, era una promesa de peligro inminente.
Así que se fueron, corriendo como un rayo, las dos cuadras que separaban a la casa del club, a avisarle al abuelo y demás hombres que volvieran ya! La abuela estaba armada, o sea se estaba por armar, el lío!
Con aquel primer domingo, se ganaron más la confianza de todos, el negocio crecía, el de las monedas!
Lo del fácil olvido, se supo aquel sábado fatal…
La abuela se fue a la peluquería, así que el abuelo decidió ir al club, mucho más temprano que lo habitual, allí se encontró con dos o tres amigos, y se inició flor de campeonato de truco, otro de sus amores!
JyJ estaban por armar un partidito.
El abuelo los miró directo a los ojos y les dijo:
-No se olviden de avisarme cuando la abuela esté llegando.
Ellos sacudieron la cabeza, diciendo:

  • ¡Si!
    muy seguros, pero entre partidos, alguna que otra discusión, y los sueños de cada día… no vieron llegar a la abuela, tampoco le avisaron al abuelo Jaime.
    Fue tremendo aquel olvido, quedará grabado en la retina y en el registro sonoro de cada uno. El tenor que, en la abuela y en su bendita voz, se perdió la opera…
    Un caso muy especial es el de los gemelos, dijeron el Doctor y doña Clementina, (la señora que santigua).
    Con el tiempo se supo que tenían un déficit en atender. Parece que eso afecta al oído o al olvido.
    O a ambos.
    Entre el Doctor y Clementina siguieron buscando remedio y consuelo a las tres J, y a la abuela.
    Gemelos, varones, de buen oído y fácil olvido.

Carla Bianco

EL OLVIDO FATAL

Era viernes por la noche, estaba cansada y decidí acostarme temprano. Me puse el pijama, me lavé los dientes y me acosté. Un ruido extraño me despertó. Miré el teléfono por si hubiese alguna llamada perdida, o una alarma que se me hubiera olvidado quitar. Nada. El silencio era abrumador. Estaba muy intranquila, sentía como si hubiese alguien en la casa, pero no había nadie más que yo.
Me levanté a tomar un poco de agua pues notaba la boca seca y hacía mucho calor. Después de beber, me refresqué un poco y más tranquila fui al salón.
-Si no fuese tan tarde llamaría a mi amiga del alma para charlar un rato con ella, pero a estas horas estará dormida…
Entonces vi la fecha en el calendario.
-¡Menos mal que no había sido mi entierro, vaya olvido fatal!

Cruz González Cardeñosa


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