DUENDES EN LA MADRUGADA

DUENDES EN LA MADRUGADA

Aúllan las bestias en la noche
irrumpen en corrientes verticales.
Llaman a la puerta tras el alumbramiento
e inundan el paisaje oscuro.
Tras la ventana un golpe,
un ritmo en el cinto del alba.
Y fuimos ríos, lava
en un día con nombre de santo.
Marcamos líneas en la azucena
y de los tréboles arrancamos su gracia.
En el filo del fuego todo es carne,
pájara de un coro de semillas.
Germinan ladrillos y tablas
de este paisaje de cemento.
Dónde la entrega,
dónde el ombligo de la cúspide de las letras.
Me quieres blanca pero también soy oscura,
mestiza de todos los duendes de palabras.

Laura López

DUENDES EN LA MADRUGADA

Orquestan los latidos de la madrugada
con un lenguaje sordo a nuestros oídos.
Entes secretos, misteriosos, esotéricos
pulsan los sueños narcotizados del día,
roen el hueso de nuestras conciencias
resueltas en fotogramas desordenados
que en nada se parecen a tu película.

Antonia López

DUENDES EN LA MADRUGADA

De colores visten la ciudad en horas intrépidas
en la madrugada.
Salen de escondrijos recónditos
alcohólicos, drogadictos, poetas, difuntos,
soñadores de mescalina, consumidores de barbitúricos,
y obsesivos jadeantes del paso perfecto.
En recorridos circulares buscan compañía
torturadores de la palabra,
boxeadores arrepentidos del último golpe,
dibujadores de perfiles inquietos.
Todos seducen en el baile de máscaras
con la luna por testigo.
Incitan conversaciones,
encuentros sedientos,
ser inmortales
por una noche.

Pino Lorenzo

DUENDES EN LA MADRUGADA

Venían con sus canciones saltando
pero como yo dormía se fueron.
Venían con sus amores hablando
pero yo no quise abrir la boca,
se fueron de madrugada los duendes
que enhebraban la aguja del cuento,
los que zurcían de noche los mágicos
augurios de compañía y no me hablan
la fuente ni el árbol envidioso,
fundieron las ideas como grasa
y se secan los estanques sin isla
con su princesa en el medio.
Quién llorará conmigo para celebrar
el orgullo de ser discreto, el orgullo
de tener final en vez de finalidad.
Yo no he sido creado por máquinas,
a mí me escribieron seres limitados
y me subieron al cielo infinito para que
brillara entre las estrellas como los otros
millones de millones de poemas olvidados.

Kepa Ríos Alday

DUENDES DE MADRUGADA
I
Me andan las tensiones del cuello
pero dispongo de madrugadas,
de sueños de pianos, del alquitrán
que suspira elevándose en mi ruta.

¿Quién tendrá el sulfato de presa, el miedo
que se apresura y no regresa al pie del tiempo?

Quisiera apelar a los versos
de una mujer que ilustró mi camino.
A la tristeza que pasea su silueta pasajera,
mitad fuego de espuma, mitad alegría de cuento.

Nadie coloca mi potencia entre los árboles
ni acuesta mis ojos para llorar,
soy la que nace, sonríe y solventa la percha de la mano.

Tendré noches lejanas sin fondo
e invitaré a esa vieja idea de murciélago
a olvidar conmigo la promesa del columpio.

II
Cerré los versos al confundirlos con un aleteo nocturno.
Pospuesta, salté a la silla del decorado
y aplasté los ruidos del denigro.

¿Quién canta a la luz sino el deslumbramiento?
¿Quién se hace llamar y pierde su sombra de cascabel?

Duendes de madrugada apalean a los sin fin,
juntos para la exterminación. Virus del sí,
virus conmocionado por el tesoro corporal,
vienen a detener al sensacional sexo de palabras.

Y lustran sus premios, se regocijan en el mar roto
y cuando los subterráneos de la tierra mugen
con los duendes flotando ¿inocentes?
se arrepiente el pie y se cierra como un verso.

III

Yo sé que la tierra no es redonda ni parca
que hay cosas que sustituyen valores, avaras,
lunas enfrentadas en medio de la salud asesinada.

Y como en el juego está la vida, absurdamente, elijo la fiera diestra.
Ya no pregunto, ni interesa la inocencia guardada.
Voy rodando entre versos como el tiempo que canta.

Clémence Loonis

DUENDES EN LA MADRUGADA

El néctar produce las sombras en las acequias,
las partículas son el polvo en el camino,
luminarias que la luz plaña en la aurora, lágrimas
de un rocío en el pedestal que aúlla,
y el viento ávido de sueños, recompone en pirámides
de otra edad en el jardín del Edén.
Huesos como filigranas soldadas a la hendidura,
relatos de la inocencia que pisotean la geología,
ráfagas del aleteo, óxido en las manos.
Testigos del presagio, de la muerte de la claridad
de esta luna sin argén, sin su erigido ciclón,
señora de la flora, en las nervaduras del invernáculo.
Son seres que pestañean sobre el mórbido
ataúd, entre los retratos de fantasmas, destellos
que zumban y abrazan el vacío.
La fuga de personajes cotidianos, rebelión
entre las estatuas de sal, agua clara
entre los meandros…
Una árida lágrima solitaria
el aura alcanza y yace junto al reflejo
de ebrias olas en las grietas.
El loco carcelero de la angustia, una pátina
cubre la dentellada de espumas del pretérito
en las constelaciones,
veneno que acuña en las órbitas de la llama,
enramadas legiones, rehén del tambor, del pólipo
que respira los tubérculos del sepulcro.
¿Y qué reina querría la mordedura de las calaveras?
¿Qué tienta a las fauces a abrir
sus puertas de par en par,
desgastar su enigma de lámparas efímeras
con la traición como bandera?
Conspiran los coleópteros sedientos del crimen,
trafican hambrientos con gomosas
sortijas prometidas.
Abandonan los caminos los duendes
en la madrugada, las profecías del muestrario
de tinajas que guardaban la bruma, los ojos
de ángeles exhumados, las alegorías
pavorosas, el quebrar del vidrio en la espalda
de los soles…
un recuerdo nace de la savia cana,
llega hasta las manos hosca, sabor agrio
carcome los columpios de caramelo.
¿Qué pesa más en el equilibrio de esas poblaciones
engalanadas con suspiros de cartón,
si tiznan el curso subterráneo del oro,
si envuelven con vendajes el fuego de los tiempos?
¡Ay, cuánto invierno en el infierno han de pasar!
Cuando la recámara es enorme lleva túnicas
osadas, sudorosas del fulgor, de esta dueña
sin su perro, que ladró en cada uno de los costados,
que esfumó deseos embalsamados en las pavesas,
juramentos de falso rubí,
migraciones de las cenizas de latón áureo,
¿Qué sucede con la lluvia, con el humo de la víspera,
árboles ocre huérfanos de la tierra inerme?
Te hiciste víctima de tu propia muerte,
de tu nido de cuervos endebles, de la sinrazón
de los seres adormecidos, tu propia fuente
de enjutas estrellas, cortesana del rumor
en la techumbre de la luz.
Caminas entre espíritus, abejorros de arcilla,
sobre yertas galerías, anagramas de las lenguas lívidas,
que transmutan el silente de las membranas,
en campanas del génesis, en el ápice
sonrisas en letárgico sitial.
Letanías de un león hambriento que en el foso
aguarda, se rige por los embates de la espesura
del temblor, pertenece a una trampa que vuelve,
rebota y anuncia realidades ojerosas, la tensa cárcel
en el subsuelo de los miedos, apartada
entre cabelleras y alianzas de los huesos rencorosos.
¿Y no es cierto, que remar en otros días
al nacer, no es más que un sueño que anhelas,
lleno de ratas mortíferas, trampas y truenos
que pertenecen a los fantasmas del averno?
Son aquellos que moran entre el sabor del sombrío
sepulcro, la memoria del tizón en la noche,
alimañas crecientes en la espesura y la vigilia del alba.
¿Y no será que te vas donde hiere y hierve el portal
de la casa, te da de comer agujas y puñales
en el revés de la escarcha lunar?
¿Es cierto, ángel de invierno que el paréntesis
de la metralla dulce, alimenta el interior de
la nieve pura, prístina y rosácea?
Y puede que en visiones recorras el azul del tapiz,
que botines y distancia no sean más que un metaverso,
un dolor aquí en la orilla, que cubre el cortinaje
que reclaman las espinas, un volcán de heridos amuletos,
un jadeo de la tejedora fanática, la versania
que se cuela en el túnel despeñando a los héroes,
gemidos en la llave del frío, cerraduras vetustas
y se cuelan por su cáscara el brebaje y la hechicera.
Y tú dejas que el emisario te alcance, el curso de las sílabas,
el pulso de los vocablos, esta farándula bravía,
la carátula del éxtasis, una lágrima recóndita,
el ábaco calculando la feroz fauna en el reluz
donde la gangrena te eriza y proyecta en ti la cerrazón.

Paty Liñán

DUENDES EN LA MADRUGADA

Silencio hondo de lugares vacíos.
Espacios abiertos de tiempo perdido.

Frágil humanidad…

Anuncio del fin del mundo.
Arrebato que late apenas, polvo y ceniza.
Simuladores hambrientos de la madrugada.

Eterno retorno…

Amanece, y el conjuro de tus sueños será olvidado.
Rayos de luz, salvadores repetidos cada amanecer.

Anuncios de otro inicio, recién comienza.

A la frágil humanidad,
con la misma soga que la ataban, ahora…
la rescatan.
En nuevas escrituras, en otras historias…

Carla Bianco

DUENDES EN LA MADRUGADA

Duendes en la madrugada
de algún insólito verano
atravesado por el tiempo
de nuestro trabajo
y de nuestras vacaciones.

Distraída de mí
observo entre los colores
tu cuerpo desnudo
entre las letras,
produzco con ellas
un futuro.

Cruz González Cardeñosa


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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