AQUEL CHISTE

AQUEL CHISTE

Somos graciosos hasta que dejamos de serlo o nunca la somos y comenzamos a serlo. Nada sabía de eso el hombre que reía en el último vagón del tren de cercanías. Tenía una boca sublime. Se abría y cerraba como una escotilla y dejaba ver con esplendor toda su dentadura. Varios amigos alrededor se provocaban unos a otros con sus comentarios. Hacían bromas de aquí, de allí pero sobre todo de sus noches de picos pardos. Uno de ellos iba pasado, más contento de lo normal. Le pasaba siempre que se reunía con ellos. Su timidez en estado de sobriedad le impedía involucrarse con el ambiente, siempre con la cabeza agachada y en un segundo plano, expectante, escuchando, observando. Pero no lo conseguía. Llamaba demasiado la atención en aquel grupo. Era como una nota desafinada y se convertía en el blanco de casi todos los chistes y las bromas. Además era feo. Más bien difícil de ver. Un tipo raro, con la cara medio descolgada, con una asimetría que rozaba lo fantástico. Varias collejas le llovieron antes de bajarse en la estación. No se enteraba de nada, vaya pedo que llevaba.
Unas ganas tremendas de orinar le llevaron a ir al primer sitio solitario. Le acompañó su amigo el que reía y reía con su boca de escotilla. Se paró en una esquina y un alivio se dibujó en su rostro. Una voz de mujer le hizo girar la cara.

  • ¡Qué horror, qué bestia, que monstruosidad!
    El, con sorna le dijo:
  • Pase tranquila, hip, señora, que lo tengo agarrao por el pescuezo.
    Su amigo el de la escotilla no volvió a cerrarla. Su estatus cambió desde ese día en el grupo.

Laura López

AQUEL CHISTE

-¿Te acuerdas de aquel chiste?
-¿Cuál, el del cura despistado que en lugar de entrar a la iglesia entra en el prostíbulo?
-No, hombre, qué bruto.
-Pues entonces ¿De qué chiste hablas?
-Del que contó tu prima el otro día.
-Ah, el de la virgen que tuvo quintillizos cada uno con un tono de piel diferente.
-Pero ¿qué te pasa hoy?
-A mí no me pasa nada, eres tú el que no se explica.
-¿Qué tengo que explicarte?
-Explicarme, nada, pero podrías decirme de qué chiste hablas.
-Es que no me acuerdo cómo era, por eso te dije a ver si tú te acordabas para contarlo esta tarde en la reunión de vecinos.
-¿Os reunís para contar chistes?
-Nos reunimos para hablar de los gastos generales y las cosas que habría que hacer y que no hemos hecho porque siempre hay algún vecino que no paga, y de que de nuevo hay que subir la cuota mensual porque, si no, no va a ser posible arreglar las pequeñas averías que fueron surgiendo durante el año y no se arreglaron por falta de presupuesto, y…
-¿Y para qué quieres llevar un chiste?
-Siempre es mejor que se rían conmigo que de mí.

Cruz González Cardeñosa

AQUEL CHISTE

No se si tuvo mucha gracia pero yo me reí porque lo necesitaba. Después me di cuenta que no había sido un chiste si no que realmente él creía en sus propios pensamientos como si de una doctrina se tratara. Aseguraba tener en su poder a otra persona, no porque esperase cobrar ningún rescate, la tenía en su poder en el sentido de poder disponer de ella cuando quisiera. No me llegué a enterar de si era su mujer o una empleada. Pero contó como ella era capaz de beberse un cubo de pintura sí él se lo ordenaba, igual que los eunucos de los antiguos emperadores chinos. Me reí porque lo necesitaba, porque llevaba meses sin reír, pero él me miró como preguntando: ¿Tanta gracia a tenido lo que he dicho?
En estas situaciones yo suelo recordar algún chiste o refrán, algún cuentito que explique porqué me he reído, pero no me vino ninguno a la cabeza, entonces me di cuenta que yo sólo decía lo que él quería oír. Le miré a los ojos tratando de escudriñar sus pensamientos, pero en seguida me percaté de que no lo necesitaba: hasta con los ojos cerrados podía escuchar sus pensamientos: la conexión telepática entre los dos había quedado establecida. Oí cómo me interpelaba mentalmente diciendo: ¡Vamos! ¡Explícate! Explica qué te ha hecho tanta gracia- Así que yo le respondí, también mentalmente: Me impresionó la brutalidad de tu frase, por momentos pareciste un ser prehistórico con tu pensamiento onmipotente, es decir, con poder sobre mí. -Es que…- respondió- mis vigilantes, mis amos, me prefieren prehistórico, con pensamiento omnipotente. Pero tú -continuó él- ¿porqué me has respondido telepáticamente antes de que yo pronunciase la pregunta?
Ahí fue cuando me quedé petrificado de terror. Tal vez él me estuviese ya controlando. ¿Porqué si él era el que había comenzado la conversación telepática, ahora se hacía el ingenuo?
Tratando de ganar tiempo para pensar me metí un dedo en la nariz en la creencia de que así introduciría una suerte de ruido blanco que ofuscaría las ondas mentales. Entonces empecé a pensar si, tal vez era yo en realidad quien le estaba controlando sin darme cuenta.Había comprendido que no existía ninguna conexión telepática si no que toda la conversación había tenido lugar en mi mente. Tampoco es tan fácil distinguir entre mi mente y la de otra persona que con la que hablo fonética, visual o telepáticamente. Cuando me relaciono con alguien ¿hasta qué punto los pensamientos de cada uno son de cada uno?
Como fuera que un atisbo de duda empezase a campear en el silencio de la sala de espera en la que estábamos los dos, volví a dirigirme a él telepáticamente. Le dije: Si es verdad que se ha establecido la conexión, la conversación telepática entre nosotros, por favor, di algo que lo confirme, necesitaría una prueba evidente para estar seguro de lo que está pasando. Entonces el señor abrió la boca mirándome fijamente y, antes de pronunciar su frase, una risa nerviosa, entrecortada, le interrumpió. Sin embargo pudo recuperar el aliento y decir:
Tenga cuidado, hombre, en estas salas modernas hay cámaras infrarrojas, inteligente, o no sé cómo, que detectan y graban TODO, hasta lo que estás pensando.
Me giro de golpe y veo tus ojitos insaciables captándolo todo, te sorprendo leyendo mis pensamientos. Pulso el botón de STOP.

Kepa Ríos Alday

AQUEL CHISTE

“Yo no le veo la gracia”
Una locura de las muchas de mi amigo Oscar.
Tengo un amigo que siempre comenta que este mundo está lleno de etiquetas, y si lo miras un poco también de mini etiquetas.
Él me mira y dice “¿A todo tienes que poner una?”
Lo reconozco a mí me encanta, tengo el cuarto lleno de ellas, el baño, pero la que más lleva es la cocina. Me mantiene cuerda, me mantiene estable.
Le dedico todos los días unos minutos, cinco minutos, mis minutos.
Es un ritual sagrado, a las cinco de la tarde en punto.
Él dice “¿Pronto le pondrás una al gato?”
Sí, la llevaba con su nombre, otra con su apellido, con su nacimiento…
Bueno vale, quizás me pasé con el animal.
Aquello dolía un poco, pero no dejaba mi orgullo, ni mis etiquetitas en mala posición.
De todos los colores las conseguía, una por una, revisaba las marcas de la tinta en el papel, las fracturas del pegamento, haciendo nuevas, tirando viejas. Todos los días. Cinco minutos.
Aquel chiste me molestó.
Óscar no tenía ni idea del caos que desató en mi cabeza. Un día, una noche, una copa. ¿Te acompaño a casa?
No debería haberle dicho que sí. Me tiró todas mis etiquetas mientras yo dormía plácida, llenó dos bolsas. Dijo que necesitaba ayuda, que no pasaría nada, que se quedaría a mi lado. Estaba enamorada, le perdoné. Le admití que me había pasado y que haría caso. Todo iba más o menos bien, hasta que llegaron las cinco y mi mente se quedó vacía en busca de su ritual. La casa me parecía desierta sin mis papelitos. Cuando Óscar volvió yo estaba enferma arrancando hojas de mi libreta. Se reía porque él creía que era una tontería y salieron varios chistes de su boca. Pero uno se me clavó, aquel chiste me dolió más qué ninguno, más qué la broma del gato. Óscar se percató buscando mi mano para abrazarme. Nos fundimos en cuerpo, las lágrimas brotaron solas de mis mejillas. “
• No lo volveré hacer -susurraste- ¿Amigos?
• Amigos -y esbocé una sonrisa.

Paty Liñán

AQUEL CHISTE

Para mí madre y sus hermanas, son cuatro, el día sábado es sagrado. Desde que tengo memoria viene siendo así.
Se reúnen para tomar el té, tarde «de chicas».
De chica, mis primas y yo, somos siete, contábamos los días que faltaban para que llegara nuestra tarde. El tiempo parecía pasar despacio, jugábamos a las escondidas, saltábamos a la cuerda, charlábamos sentadas en el muro rodeadas de rosas, jazmines y malvones.
Son tantos los recuerdos…
Muchas veces, cuando nos reunimos, y surgen historias, anécdotas y aventuras, todas recordamos algo diverso, así que vamos componiendo el cuadro.
Igual a los rompecabezas, así le llamábamos a los puzzles.
Nos encantaban, los armábamos entre todas. Luego de jugar en la vereda y merendar.
A las tías y a mamá, a todas en conjunto, les rompía la cabeza, lo que ellas llamaban «está a la vista», o «rompe a los ojos», o «es obvio».
Siempre admiré sus dotes entre adivinas, brujas y… observadoras recurrentes en vida y obra tanto de familiares, como de todo aquél que estaba cerca o vinculado de alguna forma, permanente o casual con la familia.
Eruditas en el análisis de las más diversas situaciones del diario vivir, desde la organización de los gastos, pasando por la gastronomía y finalizando en “el novio que convenía, o» la mejor opción», de lo que fuera, desde la carrera futura de cada uno de nosotros, al médico que debía ir la abuela, o el color y corte de pelo que le sentaba mejor a no sé quién.
Siempre pensé en ellas como poderosas, entre espías e inspectoras de todo lo que transitaba en el mundo familiar, como en el mundo en general.
Otra expresión común, y muy atractiva para mí, era cuando decían: «Es un chiste».
Me llevó tiempo el análisis de esas tres palabras, ya que variaba mucho su aplicación e interpretación. Dependía del contexto y sus circunstancias.
Tanto podía venir con tono amable y comprensivo, de:

  • Qué gracioso, es un chistoso, cómo me hace reír, qué ocurrente!
    Como podía tener otro significado muy diferente, algo así como:
  • ¡Sos un chiste, mira con lo que salís! Ya era otro sentido, ¡grandes para las lecciones existenciales!
    Yo aprendía mucho cuando, en los días de lluvia, jugamos más dentro de la casa, y escuchar las charlas, los temas y sus disertaciones sobre diferentes temáticas vitales, era una experiencia atemporal.
    De aprendizajes muy variados.
    Cuando analizaban un tema, como expertas, hacían una serie de gestos que acompañaban con el té, las masitas, la tarta casera. Además del tejido, bordado o pintarse las uñas.
    Siempre admiré la capacidad de estar en tantas actividades a la vez…
    Los gestos eran diversas expresiones faciales, con algún suspiro en ocasiones, apertura excesiva de los ojos o palmaditas en la mesa o en el brazo de la que estaba sentada más cerca.
    Les molestaba, en especial, y tenían reacciones severas, o sea, nos podían poner en penitencia, si gritábamos o nos peleábamos «mal», lo que significa incluir tirones de pelo, zancadilla o «malas palabras», (nunca me quedó claro si las palabras eran malas, o nosotras al combinarlas las convertíamos en malas… es un tema aparte).
    En especial, se producía un alboroto si la única respuesta como defensa, frente al tribunal de la mesa redonda de las cuatro, era:
  • Nos reímos porque nos acordamos de un chiste que nos contaron.
    Esos eran momentos de tensión extrema, la seriedad de ellas era total, y a nosotras se nos daba una contradicción, ya que sabíamos que se venía la penitencia con todo el peso de la moral, y a la vez, nos daba más risa ese gesto de frente arrugada que cada una de ellas ponía.
    De modo que más nos tentábamos de risa, el chiste eran ellas, y un enojo, para nosotras, fuera de la medida…
    Pasó el tiempo, algunas de mis primas estudiaron cerca, otras más lejos.
    Unas se casaron, otras no. Algunas tuvimos hijos, otras no.
    La vida en mil colores y experiencias variadas.
    Las tías y mamá siguen al pie de la letra la tradición.
    Y nosotras las acompañamos en ocasiones especiales.
    Ahora somos parte, la mesa se agrandó, se nos otorgó ese lugar de privilegio en la familia.
    Han variado los temas, la política es más flexible, y los chistes también.

Carla Bianco


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