BAJO EL MANTO NEGRO DE LA TARDE

BAJO EL MANTO NEGRO DE LA TARDE

Bajo el manto negro de la tarde
aún puede verse un resquicio del día.
No es el oro reluciente de la tierra prometida,
pero un hilo de luz puede salvar aún
a quien la noche acoge en su seno;
hacer de él un extranjero que descubre
su hogar en un lugar remoto y desconocido.
Mirar atrás, como quien recuerda un sueño,
pensar en las tardes de soledad y de lluvia,
en la tierra removiéndose salvaje,
desprendiendo sus olores feraces,
no le hace añorar más el tiempo perdido.
Ya sabe que morir morimos todos,
que ése es nuestro único destino.
Sufrir por no volver a ver los sitios queridos,
no tiene sentido.
Basta cerrar los ojos para comprobar
que sigue siendo el niño que,
subido a lo más alto de su casa,
soñaba con viajar lejos y descubrir
su propio camino, desafiando a su madre.
Las estrellas que antaño divisara,
en la noche desnuda y abierta,
han cambiado de lugar en el cielo.
Pero el hombre sigue temblando,
como ya hiciera en su infancia,
ante el lejano fuego que parece llamarlo
en la oscuridad de tan vasto océano.

Ruy Henríquez

BAJO EL MANTO NEGRO DE LA TARDE

Al corazón de la tarde
le han robado sus alfombras
y ya no puede volar
pues ha olvidado
cómo se deletrea la palabra amor
cuando se mira a los ojos
y no se ven más que lagos inmensos
abrazando ese calor.
Como si el llanto de las gaviotas
pudiera con esos muros…
Como si el ruido de los cementerios
en el chocar de lapidas
pudiera detenerse en las nubes
antes del diluvio.

Hernán Kozak

BAJO EL MANTO NEGRO DE LA TARDE

Bajo el manto negro de la tarde
tus manos parecen mariposas asustadas
queriendo protegerse de no sé qué fantasma,
de no sé qué ilusión desenfrenada o maltrecha.

¿Quién vendrá esta noche?
¿Quién dejará su marca en mi piel?
¿Bajo qué máscara surgirá el poema?

Cruz González Cardeñosa

BAJO EL MANTO NEGRO DE LA TARDE

Gritaban un número en la cafetería
y no podía levantarme de tu recuerdo
no podía renunciar a tus manjares rosas,
tal vez se referían al número final.

Era fácil alimentarse de ti en aquella
cafetería para pollos amarillos, allí
todos comíamos avena industrial pero
a mi amor se le había metido el virus

hasta tal punto que el demonio la usaba
para mirar la televisión impunemente.
Era fácil comer de todo pero a cambio
teníamos que dar envidia a los pobres.

Teníamos que vestir ropa democrática
y hablar sin matar, sin atravesar corazones.
Era fácil protegerse de los peligros externos,
a cambio teníamos que enviar plagas.

Nuestra plaga se llama «pagar lo mínimo»,
ella devoró nuestros campos de flores
por eso este silencio ensordecedor, ella
hizo que las luciérnagas se apagasen.

No hay pirámides para todos, cada cual
debe construirse hoy en día sus propias
inscripciones a no ser que se conforme
con el monótono plañido de las máquinas.

No hay versos para todos, cada cual
debe traer el hueso ya roído de memoria,
debes aprender tu número para cuando
te mencionen para morir en la cafetería.

Kepa Ríos Alday

BAJO EL MANTO NEGRO DE LA TARDE

Desde este plano cenital soy un minúsculo
punto amarillo en un claro de montaña,
apenas visible para ese avión que atraviesa
un firmamento plano y celeste,
sigo su estela y en su evanescencia
me escucho decir,
¡ojalá lleguen bien!
No sé quiénes son los pasajeros ni su destino,
pienso en la observación y el plagio a la naturaleza
como herramientas humanas de entrañas despiertas.
Una rapaz ha ocupado el ángulo, me observa
no sabría decir por su distancia si es águila o buitre
para ambos podría su presa
no espero, me levanto de un salto
zarandeo enérgica los brazos a modo de saludo,
un vecino me mira atónito
quizás sea él la arista de una coma
bajo el manto negro de la tarde.

Ana Velasco

BAJO EL MANTO NEGRO DE LA TARDE

Cómo afincar en algún lugar de malvas
los sueños, el paseo de ídolos,
indomables venus cáusticas,
en los vetustos cristales del fértil
despertar, de esta luna enlutada,
en el frágil resplandor del cielo astrífero.
¿Dónde dispersan las tentaciones,
este paraíso que enjaula,
lleva en sus médanos tu nombre
junto a tu enjuto apellido ahogado?
Las porcelanas zumban en el páramo,
anuncian tu perfume secreto,
de dulces sombras tiernas,
sobre la geología de este cuerpo,
en el ardor inexorable
de las hojas, del malévolo
túnel lleno de vendajes,
retratos que pisan el azul de las visiones,
de la lección en las cortinas de la ventisca,
del irrisorio olvido, pilares que erigieron
las ratas con su pátina, el coraje de sus muertos
heredades de los seres, azules hervideros.
¿Qué esperas bajo el manto negro de la tarde,
los años del tapiz, de la aventura y a deshora?
¿Qué cruje en ti?
Si no el deseo de cubrir el hormiguero,
de cuidar el panal de abejas oxidadas,
del rolar de los vientos en el centro
del jardín, entre las furias
del plumaje de la penitencia, del ánimo.
De las paredes blancas de este filamento,
esta telaraña que nos cubre, alimenta
la sangre de los faroles, de la copa rota
que se balancea, entre el espesor del andén,
la oscuridad del beso, que nace entre las vías.
Quiebra, tu pecho, ya roto.
Una excursión ignorante, donde claman las olas,
los corales de la esperanza, las pruebas
del tesoro en la isla de las risas,
levantan las manos tras el sollozo
y el quejido de la rama, entre las sílabas
del amado y lo perdido, encontraron panes
en la techumbre de las manos, un temblor
en la nieve, en las piernas del alba,
canciones en la diana.
¿Para qué proyectan las humaredas,
los posos que infectan este adiós en la piel?
Me cuentas, entre susurros,
en la zozobra de este barco,
entre los rígidos de la madera,
los nudos del olvido fraguan destinos,
espejismos en la gruta,
rebelión de la que emigran,
las ráfagas del hechizo,
grietas que atrapan el tiempo,
desvanes de leyes invisibles
y del polvo férreo agarrando la muerte.
¡Sí, ese polvo que creció entre las ruinas!
¡Ese final, esas migajas en el ápice
de la mentira elaborada!
Dejaste que te arrastrara, te llevó por el cuento,
grano a grano, desmenuza tu sonrisa.
Fue ese humo blanco, el que traspasó,
deshiló tus telarañas, los muros
indomables que poseías.
Y una vez más, me pasó de largo
entre los suspiros, las bocanadas,
esta llama ardiente, cerillas de humedad,
nervaduras de los ángeles,
fauces en la levedad de este juramento,
estas sirenas que avanzan, desenhebran
los jirones, las hebras leprosas que roen
las luminiscencias de la oscuridad.
Los humanoides cercanos tiemblan,
entre cadenas de arrecife, dunas de cera
en un estío caduco, lejanías en las sombras,
en las siluetas de las lenguas,
murallas que carcomen los siglos de maletas,
de un infierno temprano.
El perdón es un brebaje, emisario entre las balas,
una espesura gomosa, exhumada,
un férreo veneno adherido entre voces,
que condenan la maleza de estas letras,
este laberinto errante, burbujas de nubes
yertas, una instantánea de los pilares
del temor, monedas que trenzan
sobre la mordedura de la luz.

Paty Liñán

EL MANTO NEGRO DE LA TARDE

Cada paso será novedad,
ella me lo dijo
no podrás volver,
no te opongas ni lo intentes.

Seductora tentación irreverente,
humanidad empecinada,
humanidad al fin…

Mientras lates, mientras sonríes,
sin promesas, sigue…
Viaja…
Sin recompensa, sin mañana.

Seductora tentación irreverente,
humanidad empecinada,
humanidad al fin…

¿Solo fiesta o puro festín?
Marca del final que da inicio,
del abismo a la luz,
del silencio a la voz.

Cada paso será novedad,
ella me lo dijo,
no podrás volver,
no te opongas ni lo intentes.

Carla Bianco

BAJO EL MANTO NEGRO DE LA TARDE

¿Quién impulsa el manto negro de la tarde?
¿Con qué sombra de cartílago humedecemos
el jardín de ese paraíso delirante?

Ya hubo humo, fiebre del agua y se quedó mudo.
Ya hubo boca ardiente con la sangre pelada por sus propias amarras.
Secretos, arenas que izaban mantos con manantiales convertidos.
Manos, siluetas de estanques, mordiscos de cielo.

Bajo el manto, yace un verdugo con mis labios de viento.

Clémence Loonis


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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