LA BRONCA DEL VECINO

LA BRONCA DEL VECINO

Llamaba a mi puerta con cualquier excusa para echarme la bronca porque estaba aburrido. En realidad lo que le molestaba era que yo tenía trabajo y él tenía un puesto de trabajo en una empresa donde le pagaban para que no trabajase. Su función en la empresa consistía en recibir un sueldo muy grande con el que poder dar envidia a los becarios, espolearles, ya que ellos eran los que realmente trabajaban. Para adaptarse a las cualidades de su puesto de trabajo tuvo que recortar algunos picos de inteligencia que sobresalían de su carácter. Olvidó sus lecturas de juventud, las materias que con tanta dedicación había estudiado en la universidad… Y sobretodo olvidó cómo hablar con los vecinos. En la empresa sólo tenía superiores y subordinados, la forma de tratarse estaba más o menos pautada, además siempre hablaba de temas de trabajo. Lo que no sabía es cómo saludar amablemente a un vecino. Además, la televisión le había convencido de que todos los vecinos eran delincuentes o estúpidos. Los tertulianos le habían enseñado a retorcer su rencor con el afán de quedar siempre por encima de todos los demás, le habían enseñado a odiar, a no escuchar otros discursos que el propio discurso interior.
Llamaba a mi puerta para echarme la bronca con cualquier excusa. Yo le atendía encantado, no me importaba que dijese todo tipo de tonterías. Le escuchaba con circunspecta atención y una vez se había vaciado le despedía amablemente. Al fin y al cabo yo no hacía más que corresponder con su familia ya que su mujer hacía exactamente lo mismo conmigo cuando yo subía por las mañanas, que no estaba el marido, a montarla.

Kepa Ríos Alday

LA BRONCA DEL VECINO

Don Ricardo, es un hombre de campo.
Viene manejando el negocio desde hace “una Vida”, como suele decir.
Su esposa, Marita, un buen día, bueno… lo bueno está por verse… decidió hablar con un veterinario.
Consideró de fundamental importancia el apoyo de un profesional.
¡Era mucho trabajo!
Como diría después, cuando se desató la tormenta, “¡fue con la mejor intención!”
Llegó el día pautado, viernes a las 11 hrs.
Don Ricardo vio llegar de lejos esa camioneta que no conocía. Se fue incorporando, dejó el mate y avanzó.
Uno de los muchachos se encargó de la portera, los perros ladraban, y Marita salió inquieta de la casa moviendo las manos, saludaba, se arreglaba el cabello…
Vinieron las presentaciones…
Cuando Don Ricardo cayó en la cuenta de la situación, ¡se enojó muchísimo! Algunas de las frases que dijo no son repetibles, no tanto por las palabras que usó, sino porque se le amontonaban en la boca, se trancaba y quedó rojo encendido, siempre le pasa cuando está enojado en este nivel. O sea: ¡máximo!
Entonces tomó la palabra el veterinario:
-“Sr. González, (es el apellido de Don Ricardo), una cosa es que usted no me conozca, y otra que no reconozca mi autoridad.”
Al ver cómo se transformaba el gesto de González, agregó apurado: “autoridad en el tema, claro». Y continuó diciendo: «Con todo respeto a usted, a su abuelo, y a su padre. ¡Soy egresado, y con honores, de nuestra honorable Universidad!” Ya con un tono de mayor firmeza.
¡Ah! ¡Ricardo se hartó!
Aquel extranjero, colmó y superó su capacidad total de resistencia a lo desconocido.
Él era un hombre de tradiciones, fiel a las costumbres familiares, ¡por favor!¡ Que de la ciencia se encarguen otros!
Como hombre de bien, decidió recuperar la compostura. Él está agradecido por todo lo recibido. Así que carraspeó, y acomodando su cuello, alisó el cabello y se estiró la camisa.
Marita llegaba de la cocina, apurada, con bebidas frescas, una tarta de manzana y café, justo cuando Don Ricardo comenzó a hablar:

  • Bueno Sr Doctor, vamos a ir dejando la charla por acá, entiendo que usted tiene su saber y le agradezco. También a mi esposa, y la buena intención. Pero lo dejaremos así.
    El veterinario, que se había preparado para salir corriendo, respiró aliviado y lo escuchó con respeto.
  • Sabe qué pasa?, hay cosas que son como son, ni usted ni yo podemos ni debemos cambiar.
    Ricardo afirmaba cada frase con el convencimiento de un hombre de fe, la que heredó del abuelo y de su padre, ese criterio de todos los Ricardos, hasta donde él tenía memoria e información.
    Agregó:
  • Ese es mi modo de pensar. Le agradezco y le deseo un buen regreso.
    Luego del apretón de manos, se retiró.
    Marita lo invitó a sentarse al Doctor, le agregó disculpas y justificaciones al esposo, mientras le servía el café y la tarta.
    El veterinario estaba callado, reflexivo.
    Le agradeció a Marita todas sus atenciones y se puso a las órdenes, para otro momento.
    Ella lo acompañó hasta la portera, le deseó buen viaje, buena suerte y trabajo. Y lo encomendó a más de un santo de su devoción.
    El joven, se fue meditando en cada uno de los hechos vividos, ¡qué experiencia!
    Don Ricardo González, un hombre de principios, bien o mal, eso lo dirá el futuro y su producción. ¡Más vale! Tanto saberes como gauchos caminan la patria.
    Le quedó pendiente la partida, si el Don hubiera abierto una puerta a lo nuevo… ¡el encuentro que se pudo dar! También tendrá en cuenta el modo de exponerle la autoridad, de veterinario, al siguiente Don que conozca…
    Se despabiló el joven Doctor, habría otros clientes por conocer.

Carla Bianco

LA BRONCA DEL VECINO
En mis días en la oficina no pensé que llegaría nunca este momento, este día bendito y maldito a la vez.
Aunque podía intuirlo por los que quedamos en la caja, viendo cómo mis compañeros iban siendo cada vez más pequeños.
La vida “útil” de un lapicero en estos tiempos es dura, no es otra cosa que ver la felicidad de ser el elegido, después pueden pasar dos cosas: ir al cajón de los olvidados, o que del uso acabes en las garras del descuartizador. Este ser nos roba la vida y nos la devuelve una y otra vez, pero tiene un precio, cada vez que aparece te roba corteza y con cada una de sus mordeduras te vas haciendo más pequeñito. Y tarde, o, temprano acabas siendo virutas. No sabemos el origen de los sanguinarios sacapuntas.
Yo soy un lápiz viejo, puede que olvidado ya, a mi querida punta no le quedan muchas fuerzas, pero conservo un tamaño que muchos querrían.
Mi dueña garabateó hojas y marcamos muchos lugares, hasta que mi punta se rompió, ella me llegó a dejar en manos del monstruo y yo cobré vida de nuevo. Pero me dejó en el estante y nunca volvió por mí.
¡La culpa fue de mi vecino! Y aunque supongo que ya le perdoné, aún sufro las consecuencias de su adiós. En aquel momento la bronca con el vecino de mesa fue monumental.
Cuando llegué, no estuve mucho tiempo en el cajón, y ya gozaba de un sitio privilegiado en el cubilete del escritorio. Las gomas hacían su función, neutras han sido siempre, solo quieren borrar para que todo quede bien. Un día tras otro, marqué todo papel que llegó a mí. Una jornada intensa de trabajo, mi punta falló y terminó desquebrajada. Esa noche recé para que no doblara, pero con el primer roce se rompió. Las gomas se asustaron y el descuartizador, aunque no sin dolor y viruta, hizo que mi punta volviera a crecer. Después apareció él, un lápiz colorido y con la punta redondeada por una pequeña goma. Sus partes se desmontaban para ponerle puntas de repuesto, sin que sufriera su parte de tallo, ni los efectos del sacapuntas. Las gomas también fueron apartadas, pues tenía en su poder las dos funciones, escribir y también borrar. Decía llamarse portaminas o algo así.
Primero intenté hablar con él, para que me dejara el hueco alguna vez, no atendió a mis razones. Terminamos con una gran bronca con mi vecino, donde las gomas acabaron uniéndose. Hasta los sacapuntas tenían algo que decir. No lo soportamos. Así que llegué a un acuerdo con las gomas para hacerle desaparecer. El porta terminó en una parte donde esperamos no lo encuentren, las gomas vuelven a trabajar, y los sacapuntas ahora nos permiten vivir más y algo más tranquilos.

Paty Liñán

LA BRONCA DEL VECINO
Estaba entre rejas, como en una húmeda celda, fue criado en el cautiverio. Junto a la ventana batía su voz y miraba como intentando pensar lo mismo que aquel tipejo sencillo y anticipar sus movimientos. Sus ojos llamaban y su griterío de silencio profería a alcanzar otro cuerpo más acorde con la estatura de sus hazañas.
Un día, el tipejo, se dejó la puerta abierta mientras se lavaba las manos. Alguna especie de ritual debió embargarle y hacerle ingresar en una compulsión severa de jabón y culpa. No lo vio, se precipitó en la ventana, se apoyó en el alféizar y ¡voló! Alcanzó otro cuerpo. El vecino lo vio todo. Ese hombre estuvo en su habitación durante décadas y hoy alcanzó a volar. Una mujer había entrado en su cuarto, pero no cualquiera. Hace unas horas esa misma mujer era la que le acompañaba.

Laura López

LA BRONCA DEL VECINO

Todo empezó porque encontró una caca de perro en el ascensor, esto no se podía consentir. Llamó a la casa del vecino dispuesto a poner las cosas en su sitio, ya sabemos que cuando ocurre esto el guarro no es el perro sino el amo, se iba repitiendo mientras llamaba al timbre. Abrió la puerta una joven belleza de ojos verdes ofreciendo las buenas tardes y preguntando ¿qué deseaba? En un instante olvidó su enfado y dijo que era el vecino y que venía a informar que al día siguiente cortarían el agua a las diez. No se quede ahí le dijo la joven, pase, pase, mi novio acaba de bajar a pasear al perro. Y así lo hizo, obnubilado ante la joven. Se pusieron a hablar de la procedencia, de si era la primera vez que venía a la ciudad, de la lluvia en los últimos días, de … cuando apareció un Golden Retriever ladrando, detrás venía su amo, claro. Ambos tomaron la misma actitud, mirar fijamente al intruso, pero fue el segundo quien se lanzó sobre su vecino gritando y con un feroz ataque de celos. La bronca alcanzó a todos los vecinos que se sorprendieron de que el pobre seminarista fuera atrapado de esa manera, nada más y nada menos que poniendo los cuernos al endiosado de la escalera.

Ana Velasco


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