LA PLAZA DE AQUEL PUEBLO

LA PLAZA DE AQUEL PUEBLO

-¿Te acuerdas de la plaza de aquel pueblo donde nos perdimos y no había manera de encontrarnos?
-Sí, fue preludio de lo que después fue nuestra vida.
-Ya, un desencuentro permanente, ¿no?
-Sí, 50 años juntos sin conocernos, sin mirarnos ni una sola vez a los ojos, sin una palabra de amor.
-¿Y por qué no nos separamos?
-No sé, la costumbre.
-No creo que se haya tratado de eso.
-¿Entonces?
-Fue una manera de sobrevivir a los tiempos que nos tocó vivir.
-¿Te parece?
-Yo siempre quise tener un hombre a mi lado. Y lo conseguí. Al menos hasta ahora.
-A mí me parecía bien volver cada día a un lugar donde no echar de menos a mi madre.
-Creo que el amor está sobrevalorado.
-Es posible, nosotros nunca hablábamos del amor, en realidad nunca hablábamos de nada, nos hacíamos compañía y eso nos parecía lo mejor.
-En la plaza de aquel pueblo te pedí que te casaras conmigo. No te quería volver a perder.
-Y lo que pasó fue que nunca me encontraste.

Cruz González Cardeñosa

LA PLAZA DE AQUEL PUEBLO

No había mercadillo si no los domingos, el resto de días estaba prohibida la venta ambulante en la plaza de aquel pueblo. Los domingos llegaba la comitiva de drones e instalaba los puestos virtuales. Los robots gitano no eran tan graciosos como los antiguos vendedores: «¡llévate estas bragas, guapa, que estas bragas te meten todo para dentro y te van a dejar nuevita!», la primera vez que lo decían tenía gracia, pero ya hacía años que no se reprogramaban los robots y las señoras hacían su compra sin prestar atención a las frases de la aplicación que ya conocían de sobra.
El mercadillo robótico era mucho mejor que el virtual, solo vendía productos totalmente legales ya que cada puestecillo virtual estaba conectado directamente a la base de datos de Amazon. Cada vez que comprabas algún producto la aplicación lo subía a tus redes sociales automáticamente y podías escuchar por la megafonia de la plaza los comentarios de otros compradores.
El domingo soleado con su cielo azul, los robots gitanos con su alegre música countrie siempre sonando de fondo, la compañía del vecindario virtual que celebraba o abucheaba tus compras… Todo en aquel mercadillo invitaba a la felicidad, la plenitud y la libertad. María nuca había salido de su casa realmente, nunca había visto con sus ojos ni tocado con su piel en toda su vida a un ser humano.
Dado que ella interactuaba socialmente de manera virtual y podía ver las películas que la aplicación generaba para mostrarle A María el resumen de sus propias interacciones; como fuera que estas películas eran exactamente iguales que las películas del siglo XX, María pensaba que los humanos siempre habían vivido como ella: encapsulados en su casa y haciendo su vida en el metaverso virtual. Lo único que le parecía raro es que veía en las películas que antiguamente los días cambiaban. Un día era lunes, otro martes, etc. Pero desde que ella nació sólo había conocido el día domingo.

Kepa Ríos Alday

LA PLAZA DE AQUEL PUEBLO

Cotidianas, las palomas pasean ingenuas por los rincones de la plaza. Husmean las esquinas, los escupitajos de los viejos, y los pocos deshechos de los supervivientes de aquel pueblo.

Desde las casas, los vecinos, vigilan la plaza, y se turnan para estirar las piernas, sacar a pasear a los perros, o ir a comprar alguna cosa.

Es un pueblo fantasma, donde solo se escucha el ulular de las palomas.

El viejo campanario de la torre ha dejado de sonar, después del último bombardeo.

Ya los niños no juegan en las calles, y desde las ventanas de sus casas inventan juegos.

Nada es lo que era en aquel pueblo, sumergido en la cordillera de los Alpes.

Pino Lorenzo

LA PLAZA DE AQUEL PUEBLO

Aquel día, en ese lugar en el que ponemos el alma, en ese rincón donde la pena no crece, sobrevinieron los recuerdos de una noche de otoño.
El ambiente era bueno, pero ya refrescaban las noches un lagunoso recuerdo en mi memoria.
Yo caminaba enfundada en mis vaqueros hacia el bar donde habíamos quedado con mi amiga Marta, que me había animado después de que descubriera que Raúl, estaba con otra. Entré por la puerta del local, nos saludamos con la mirada, mientras pedía una copa con la que me fui a su mesa.
• He quedado con un amigo, no te importa ¿verdad?
• ¿Solo es amigo, o tengo que irme según he llegado? – respondí con tono burlón
• Es un amigo solo.
Charlamos animadas en el pequeño pub, que contaba con una barra, dos baños y un pequeño escenario al fondo. Estábamos sentadas en uno de los pequeños sofás beis.
Mi amiga se giró dejándome con la palabra en la boca y levantó la mano agitándola hacia la puerta.
Entraste, la música se paró en mi cabeza, mis ojos no podían dejar de mirarte: moreno, alto y unos profundos ojos oscuros. Sonreías mientras mi amiga hacía las presentaciones, pero yo me quedé embobada y no pude mediar palabra. Gesticulé con la mano.
• Este es Mario.
Pero tú decidiste acercarte, mi corazón galopaba y mis carrillos subieron a un rosado. Me diste dos besos y pude sentir en mi nariz tu dulce perfume.
Mientras os poníais al día, yo observaba en silencio, mi amiga me pellizcó.
• ¡Auh! ¿Qué haces? – espeté
• Vamos con lo que hablas, llevas una hora callada.
Tú también me miraste, y yo me puse roja.
• Es que verás, perdónala. – mi amiga se giró hacia él. – Llevaba unos meses mal, su novio la ha dejado.
• No hay nada que perdonar. – dijo Mario con voz suave.
• Marta, tía, no cuentes mis cosas. – Me escabullí al baño mientras mi amiga, Marta, seguía contándole mis cosas.
Cuando volví Marta se marchaba.
• Quedaros, no os preocupéis.
• ¿Qué te parece la última? – Mario levantó el vaso vacío y fue a pedir.
• Está bien. – añadí.
Comencé a hablar contigo y descubrimos muchas cosas. Afuera empezó a llover y notamos que el tiempo había pasado, solo había que mirar la mesa con cuatro vasos vacíos.
• Será mejor que me vaya. – crucé una mirada con sus profundos ojos.
• ¿Quieres que te lleve?
La plaza de aquel pueblo me parecía ahora pequeña, el mundo entre los ojos de Mario, inmenso. La cúpula estaba cerrada, aprovechamos para escondernos de las gotas en el tejadillo. Nunca una mirada fue tan profunda, nuestras almas conectaron mientras la lluvia chocaba con el suelo de baldosa. Nos calamos los cuerpos, se llenaron nuestras almas. La plaza fue testigo de ese primer amor, nuestra primera caricia, nuestro primer beso, bajo la lluvia de otoño.

Paty Liñán

LA PLAZA DE AQUEL PUEBLO

En ese pequeño y perdido pueblo del planeta, la hermosa plaza espera, cada mañana, por ellos, sus visitantes…
La vida se reinicia, en el canto de los pájaros, en la sonrisa de los niños, y en las charlas de los vecinos.
Edades diversas, historias cruzadas, parentescos variados.
¡Cuántos inicios se dieron allí!
Amores, amistades, aventuras ¡y tanto más!
En un ritmo al borde de apuros, de urgencias y de presiones.
Hasta que llegó un día de abril, soleado y sereno.
A la escuela, que está ubicada frente a la plaza, llegó la nueva maestra.
La esperaban hacía un tiempo, ya que María, se había jubilado.
La curiosidad y la expectativa era tema en la plaza:

  • Seguramente que estará en el primer año, decían las madres.
    -Es posible, respondió en la charla Manuel, jubilado y muy lector. Por lo cual se hacía silencio cuando tomaba la palabra.
    Los niños también estaban atentos, al fin y al cabo son ellos los que asisten a clase.
    La noticia trascendió las fronteras de la plaza. Así fue que José, hombre de campo y de negocios en el pueblo, prestó atención al tema. Es que ya está en “edad de merecer”, como se suele decir, en fin, de buscar y de encontrar esposa, compañera.
    De asentarse y formar familia.
    Así que el pueblo entero tenía algo que decir, que suponer y que esperar con la llegada de la nueva maestra.
    Ella no se imaginaba la de expectativas y planes de aquellas personas, de aquel pueblo con su plaza llena de vida y de sueños. Algunas ilusiones elevadas y más de una posibilidad por ser creada.

Carla Bianco

LA PLAZA DE AQUEL PUEBLO

La plaza de aquel pueblo era como cualquier otra plaza de cualquier otro pueblo. Tenía algo de especial; Era el punto exacto donde los encuentros producían el desencanto de la realidad cuando ésta es reflejo del sinsabor producido por el simple placer del boayer, que todo lo otorga a su mirada sin apenas darse cuenta de lo que ve, la plaza de aquel pueblo, sigue siendo como siempre fue.

Paqui Robles


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