UN PAÍS LEJANO

UN PAÍS LEJANO

«Era un país lejano, tan lejano que casi no existía. Allí vivían los dinosaurios azules, los osos pardos y los grandes osos blancos.» Mi madre cada noche comenzaba así su cuento para dormir a los niños y yo la escuchaba atento, ya que era la más fantástica aventura a que tenía acceso y la revivía noche a noche en sus palabras.
Haciendo limpieza en el desván, encontré el cuento y me asombró darme cuenta que apenas tenía unas pocas páginas con unos dibujos dónde no pasaba apenas nada. Sin embargo, mi hija pequeña lo vio y se le iluminó el rostro mientras me pedía que se lo contara.
Se sentó a mi lado y me escuchaba muy atenta. A mí me llenó de ternura ver en sus ojos aquella mirada atenta que yo recordaba.

Cruz González Cardeñosa

UN PAIS LEJANO

Llegue a un país lejano, aún no era ni de aquí ni de allí, aún no tenía familia ni cuerpo.
Era muy pequeño para extrañar, para reconocer quien estaba a mi lado.
Después tuve padre, madre y hermana, cuatro abuelos y una gran cantidad de tíos y tías, de sangre y de vida.
Primos y primas, más de lo que marcaban mis apellidos, siempre juntos y separados.
Mi país lejano, se llama Madrid.

Hernán Kozak.


UN PAÍS LEJANO
Siendo niño, a menudo oía a algún compañero de recreo decir que sus padres estaban lejos, uno señalaba en el mapa Francia, otro Alemania. Siendo adulto tuve que desplazarme a Paris y a Berlín por trabajo, volvía a casa en el día y mis hijos no tenían que esperar meses los regalos del extranjero. Sin embargo, recientemente he tenido que acudir, también por trabajo, a un hermoso pueblo de Huelva y no pude volver a casa en varios días, al entrar al salón mis hijos me recibieron gritando: ¡Esta vez qué lejos te has ido! Antes de dormir, anoté en mi diario “la distancia no es cuestión de kilómetros”, abordarlo uno de estos días.

Ana Velasco


UN PAÍS LEJANO

Aquella noche Marta estaba inquieta. Llevaba todo el día pensando cómo podía formular la pregunta. Él, estaba segura, no la esperaba, y quizás la esquivara como tantas otras veces hacía cuando no quería hablar de un tema.

Le pareció que lo más adecuado sería ir al grano, preguntarle sin miedo lo que ella quería saber.

Cuando sonaron las ocho en el reloj, Marta esperaba a Jaime con una copa de vino.

Jaime llegó y se sorprendió de ver a Marta en el salón. Cuando vio la copa de vino, supo que algo había pasado.
• Tengo que preguntarte algo- le dijo Marta sin casi mediar un saludo.
Jaime se quitó la chaqueta y la colgó en la entrada. Fue a la cocina, y se sirvió una copa del vino que le esperaba sobre la mesa.

Cuando llegó al salón, Marta le preguntó:
• Aquella noche que no volviste a casa, ¿dónde la pasaste?
• ¿A qué noche te refieres? ¿Cuándo nos enfadamos?
• Sí.
• No recuerdo bien.
• Haz memoria por favor, no hace tanto.
• Quizá aquella noche no quise escuchar tu voz, ni verte. ¿A qué viene ahora esa pregunta?
• Dime la verdad. ¿Dónde pasaste la noche?
Jaime se quedó un rato pensativo, y después de unos minutos contestó:
• Quizás, puede ser, llamé aquella noche a Fayna por teléfono. Es probable que le mintiera para pasar por su casa. Le diría que necesitaba recoger alguna cosa, y me planté en su puerta.
Quizá ella, como otras tantas noches, estaba apesadumbrada, y con un filo de voz alcanzó a decirme que era bienvenido.

Quizá, no sé, yo la mire, y vi a aquella chica de ojos azules con la que un día crucé una mirada.

Tal vez entré en su casa, jugué con su perro, quizás hasta pudimos tomar unas copas.

Igual me llevó a su habitación, para enseñarme, como solía hacer, un nuevo traje que se había comprado. Quizás, en su habitación, me pidiera que la mirara.

Tal vez la tomara por la espalda, oliera su cabello, y la besara.

Quizá, aquel chico que buscaba hacerla feliz era yo, sacarla de su pesadumbre y reblandecerle el día.

Marta escuchaba atenta.

Jaime la miró y le preguntó:
• Pero ¿por qué ahora me preguntas esto? ¿Tal vez estás enfadada?
• No, enfadada no- respondió Marta- Pero aquella noche, quizás, tampoco yo dormí en casa.

Pino Lorenzo

UN PAÍS LEJANO

Erase una vez en un país lejano un sombrerero que atendía desde su establecimiento a las cabezas más exquisitas del reino. Las había de todos los colores y tamaños y él las vestía y las recreaba de plumas como los pájaros o de jorobas como los camellos. Gozaba de una gran fama. Sobre todo en el arte de adornar con palabras. Siempre tenía una frase que tranquilizaba y animaba las almas más inquietas. Su sentido del humor era inteligente, jocoso. Hacia que la gente se fuera con una sonrisa de allí además de con un sombrero. Un día apareció en la tienda un hombre de edad madura. Era muy bajito, casi como un niño que aún no había dado el estirón pero conservaba un aire de prudencia, de saber estar. Qué bien le quedaba el traje. Ni una arruga, como un guante.
Casi no le entendió cuando se le acercó al oido y le dijo.
• Quiero que me haga una y bastante grande.
No entendió bien su pregunta. Y le respondió:
• ¿” Una”? Querrá decir “un” ¿no? ¿Un sombrero señor?
El hombrecillo, con cara de extrañeza salió del establecimiento, miró hacia arriba y leyó el cartel que decía: Sombrerería. Volvió a entrar.
• Disculpe, pero ¿se está usted riendo de mí?- le replicó con cara perpleja
• ¿Cómo? No comprendo. ¿Por qué me iba a reír de usted? – le indicó el sombrerero.
• Sí, el letrero dice que es usted sombrerero y yo vengo a que me hagan una sombra grande y alargada ¿no era usted el mejor sombrerero del país?

Laura López


UN PAÍS LEJANO
En un país muy lejano había una princesa, era guapa, con una larga melena que le bajaba hasta la cintura. Cada día hacía recoger productos naturales y hierbas con las que elaborar cremas y toda clase de recetas para que su hermoso pelo brillase sedoso y suave.
• ¡Aaaah! – El grito de la princesa se oyó en todo el Reino.
Su hermoso cabello había desaparecido y en su lugar no había nada, la cabeza vacía. La hermosa melena rizada de Margarita era una peluca inerte en el borde de la cama, la princesa había quedado calva de la noche a la mañana. Enseguida sus doncellas fueron para intentar calmarla, nadie comprendía lo que pasaba. Margarita estaba calva. La princesa lloraba y lloraba, mientras acariciaba el pelo que había quedado en la almohada. Sus doncellas recogieron todo, hasta los restos de lo que quedaba de la hermosa cabellera de Margarita.
Margarita se enojó con todo el mundo. Mandó a sus criados desaparecer, se encerró de por días en su habitación, desesperada, ordenó deshacerse de todos los espejos, romperlos en mil pedazos, era incapaz de mirarse. Su desgracia corrió como la pólvora por todos los reinos colindantes y sus vecinos, intentando ayudar a Margarita, comenzaron a enviar potingues y cremas con las que los curanderos creían que a Margarita le volverían a crecer sus mechones de pelo. Apenas quería comer, no quería dormir, se fue quedando cada vez más mustia, como una flor a la que no se riega nunca. Se echaba los potingues que le mandaban sus vecinos día tras día, pero la cabellera de Margarita no volvió nacer. Hasta que un buen día, una de sus criadas tuvo una idea, se fue a donde guardaban los restos de aquellos cabellos, que en su día Margarita perdió, cogió hilo y aguja y los cosió, uno por uno, pasó toda la noche cosiendo hasta que pudo recomponer toda la melena. Después se fue a buscar ungüentos con los que adherir a la cabeza calva de Margarita el pelo recién recompuesto. Cogieron a la princesa, la dieron varios baños, le echaron: crema, alcohol, hierbas, aceites y después de todo eso le añadieron una especie de betún pegaminoso con el que pegaron la cabellera que había cosido la sirvienta y funcionó. Intentaron localizar algún cristal en el que Margarita se pudiera ver, pero ella ya estaba feliz, se tocaba alegre las ondulaciones del cabello, solo tenía que tener cuidado de que no se le despegara y viajar siempre en su bolso con el betún de pegamento.

Paty Liñán

UN PAÍS LEJANO

En la historia de su familia siempre estaba presente un lugar lejano. Historias y anécdotas que sus abuelos recordaban con la fuerza de quien, al comentar y narrar, parecía viajar liviano hasta allí. Tanto era así, que todos conocía detalles de cada momento, aromas, sonidos y emociones. Fueron testigos de aquellas aventuras y de cuantas conquistas se sintieron herederos.
Uno de aquellos niños supo en el tiempo del después, de su futuro, cuánto había marcado ese inicio.
Trabajó en la idea, administró recursos, así que, con flamantes 18 años recién cumplidos, estrenó su pasaporte. Familia, una beca y toda la energía para encontrar, en su experiencia, la huella de las vivencias felices de sus abuelos.
Enfrentó dolores, ausencias y más de un aprieto. Siguió, aprendió, recorrió… ¿Y ahora? Están todos en el aeropuerto, el grupo eterno lo espera. No falta ninguno.
Los abuelos llevan el cartel que dice ¡»Bienvenido»!
Será él quien tendrá otras historias para compartir.

Carla Bianco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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