CUANDO SONÓ LA ALARMA

CUANDO SONÓ LA ALARMA

Debían de encontrarse con el doctor a las dos. Él les llevaría con el grupo de personas que viajarían hacia Polonia. Llevar lo necesario, nada de recuerdos ni de objetos nostálgicos, había sido la consigna. Ordenadores, documentos importantes, y algo de ropa para dos o tres cambios. Todo lo demás, les aseguraban, se los facilitarían en el lugar de destino.

Emilse tuvo dificultades en decidir qué era lo que debía de llevar. Padecía trastorno de atención, y cuando estudiaba le costaba reconocer los contenidos centrales.

¿A qué se referían con papeles importantes? Ella escribía un diario desde que tenía 8 años, y guardaba cinco o seis cuadernos llenos de pensamientos.

También tenía sus muñecas de porcelana, a las que vestía con trajes de época, y que decoraban una parte de su habitación.

Su madre le dijo que ni hablar de llevarse las muñecas, y le reprocho su actitud infantil.

La alarma sonó. Su padre entró enérgico en la habitación, y Emilse seguía sin preparar su bolso.

Pero ¿y tu bolsa? Le preguntó enfadado el padre. Has tenido desde ayer para prepararla.

Emilse no pronunció palabra.

Anda, que en diez minutos vienen a buscarnos.

Frente a la ventana, solo pudo emitir un suspiro.

Su madre entró decidida en su habitación. Metió en el bolso varias camisas y pantalones, ropa interior, un abrigo, y dos pares de zapatos, y su ordenador.

Cuando salió por la puerta de la casa, el mundo le cayó encima.

Pino Lorenzo

CUANDO SONÓ LA ALARMA

Nadie se lo esperaba; desde hacía cientos de años el tumulto no despertaba al pueblo, se había apagado como un fuego azotado por el diluvio.
Mas ese día, todos se lanzaron en una única dirección. Adivinaban lo trágico que se les venía encima. Sabían que el espantoso delirio del enemigo agitaba las entrañas de sus hogares. Sabían que ninguno de ellos se iba a salvar si sólo creía en su propio poder de sugestión.
Cuando sonó la alarma, el recuerdo de los libros abandonados les animó a todos y la biblioteca volvió a llenarse de lectores.

Sylvie Lachaume

CUANDO SONÓ LA ALARMA…

Estábamos tratando de besarnos en la habitación oscura ¿Cómo iba a saber yo que tenían cámaras capaces de detectar mucosas al descubierto? Pues resulta que en los hoteles de las convenciones de negocios ya no se puede hacer el amor. Ahora han puesto esas cámaras, detectan cierta concentración de humedad y temperatura, y si supera un cierto umbral salta la alarma. Por estar desnudo no pasa nada, pero no puedes masturbarte. Si es una habitación de dos puedes pedir que aumenten ese umbral de mucosas expuestas para poder hacer el amor pero claro, nosotros no sabíamos nada. La alarma sonó cuando íbamos a besarnos porque ella se equivocó y besó el sensor que había en la cabecera de la cama. Al principio creíamos que se trataba de un incendio pero al asomarnos al pasillo vimos que la alarma sonaba sólo en nuestra habitación. Era tarde para ir a la recepción a molestar así que nos quedamos en el coche como en los viejos tiempos. Cuando sonó la alarma del parking no pude resistirlo más y me puse a llorar: era mi alarma la que saltaba cada vez que el mundo me invitaba a gozar. Yo había instalado los controles antiincendio y las cámaras en aquel parking y estaba seguro de que no tenían detector de mucosas expuestas.

Kepa Ríos Alday

CUANDO SONÓ LA ALARMA

Seguía arreglando papeles cuando sonó la alarma, era hora de vestirse para testificar en el juzgado, estaba nerviosa, no sabía si quería conocer al que me había estado espiando durante dos años, alguien que había vigilado mi monotonía, reacciones, mi sueño ¿sabía si roncaba? ¿si hablo mientras duermo? No, no, el teléfono no lo llevo a la habitación fuera de vigilia.
Se encontró con su abogado en la puerta de los juzgados y éste le señaló con un gesto de barbilla a su contrincante, era una chica jovencísima, con un pearcing en la nariz y el cabello despeinado. ¿Tan joven dije? Son los mejores hackers respondió mi consejero. Y ¿por qué? pensé para mis adentros. Ante el juez supe que me espiaba para una amiga que compartía habitación con ella en el orfanato de menores, se habían enterado que yo era la siguiente en la lista que tenía la asociación como posible candidata a tutelarla. Al escuchar las razones me quedé sin habla.
Luego el licenciado le preguntó cual había sido el resultado de su investigación, se volvió hacia mí y respondió: “parece una tipa guais, mi amiga podrá manejarla”.

Ana Velasco

CUANDO SONÓ LA ALARMA

Han cedido las colmenas y sus habitantes se han refugiado en cementerios de cartones y soledad. El viento gira en sentido contrario y la luz se cierne oscura sobre la tierra. Hay víboras que avanzan sin compasión, como agónicas culebras descendiendo a los infiernos para acompañar a los más descerebrados.
La rotación y la traslación han alterado sus horas, ahora, lo que era el día se torna confusión y las lápidas de las estaciones está inscritas en un tapiz a modo de cielo.
Se escuchan pasos al fondo del universo, se han creado altavoces de silencio para aniquilar la avaricia, pero la envidia y la lujuria siguen a un volumen normal.
Alguien dijo que saltáramos entre de los planetas, quizá para amenizar las costumbres con alquitrán y tomar, de vez en cuando, sentados en el balcón de algún abismo, un té con sabor a naranja. Nunca pude ninguna de las dos cosas.
El vértigo y la artrosis han colapsado el sistema solar, nadie se atreve a seguir girando, la luna llora desconsolada en su cara oculta. Saturno ya no es el sesto, desnudo de anillos y debilitado en masa, se refugia junto a venus, por si encontrara el amor.
La tierra intenta poner orden, pero el caos está en su interior.
Cuando saltó la alarma supimos que Plutón debía desaparecer, nunca fue un aliado, se infiltró creyendo que nuestra ceguera lo había obviado durante milenios, pero la verdad, es que nunca estuvo. ¿Alucinación o visión? Millones de dólares invertidos en que el hambre se mantenga subvencionaron su existencia.
Canta conmigo canta palabrita de Dios y si sigues respirando después, ve a conquistar tu metro cuadrado para que, al menos tu cadáver, pueda descansar.

Magdalena Salamanca

CUANDO SONÓ LA ALARMA…
La quería, la adoraba. Juntos eran felices.
• Mi último deseo es ver el mar- susurró ella.
Cogimos las maletas, metimos un gran equipaje y partimos a cumplir el viaje de nuestros sueños. Recorrimos comarcas, ciudades y las playas más bonitas del mundo.
Disfrutamos del olor a mar, el aire que rebelaba las olas, y revolvía tu pelo moreno. Yo te sujetaba con fuerza. “no te preocupes, estoy aquí”.
Hasta que la alarma sonó. . .
Cuando la vida te tiene cogido por una soga, no sabes cuándo decidirá tirar de ella y acabar con el aire de tu cuerpo. Se va apagando como una cerilla, como una varilla de incienso. Vas absorbiendo su fragancia, sus mieles. Sin desviarte del objetivo principal, deshacer la varilla en cenizas.
Quisiste ponerle el nombre de una fragancia, a cada mancha que iba cubriendo tu piel: coco, jazmín, lavanda, rosas. Las cicatrices con nombre tatuaban tu cuerpo, como la ceniza lo hacía con el portaincienso.
Y la alarma nos sacudió fuerte la vida. No podías más, allí, en la fría habitación partiste con los rescoldos. Tus cenizas ahora están en tu porta incienso favorito, junto al profundo olor del mar.

Paty Liñán

LA ALARMA

Cuando se enteró de la novedad, temprano en la mañana y a medio despertar, dio un salto en la cama.
-¡Positivo! ¡Estoy embarazada! -decía su esposa con lágrimas, emoción y alegría.
-¿Él? ¡Qué susto! ¡Qué increíble! ¿Él, padre…?
Esa fue su primera alarma interior.
Luego de abrazos, lágrimas y palabras entrecortadas, ¿quien lo diría? ¡Se dio!
¡Él! Hijo y nieto único. Ahora estrenaría título nuevo, en pocos meses.
Transpiraba, es que, además… comenzaba el verano, claro…
Su voz interior sacaba números, hacía planes, chequeaba costos y beneficios. Renuncias y proyecciones.
Más de lo mismo, es decir, de esa forma habitual a través de la que suele ver y sentir lo cotidiano.
Calcular…
Pasaron los meses, todo se fue acomodando, la casa, los regalos, los consejos anticipados, la almohada para embarazadas, entre otros artículos propios de los bebés. Y libros, que a su hermana, a la tía y a la futura madrina le habían servido muchísimo.
Es complejo ser hombre del siglo 21, sumando futuro padre… ¡que va!
Segunda alarma: ¡se estaba moviendo todo del sitio que estuvo por años! Incluso sus muebles tan preciados, adelantándose a los ángulos posiblemente peligrosos para el niño, cuando empiece a caminar.
¡Sí! ¡Será varón! Por una especie de decreto desconocido por él hasta aquel día… el D, de David.
Sí, es que es la segunda generación del tío abuelo de no sé quién.
Al final, el futuro padre estaba en un estado confusional que, sus colegas, podrían haber diagnosticado con reserva.
Siguiendo con el tema, la tercera alarma la comenzó a colocar porque ella necesitaba su mano, atenta, cuando ya en la semana 36, se despertaba, o directamente no conciliaba el sueño: “¡Es que ya está por llegar!»
Al fin la sabia naturaleza envíó la señal de alarma: comienza el proceso, con la rotura de la bolsa, semana 38.
La experiencia, dentro del apuro, la ansiedad, los sonidos y la agitación del entorno, la recordará como maravillosa, ¡qué tremenda la fuerza de la naturaleza! A ella la descubrió en un modo único, en una pasión por acompañar a David, que sale a la vida.
¡Increíble! Aquella emoción profunda, con la torpeza de quien, como testigo, abrazado a la espalda de ella, le da de su cuerpo, la presencia y la energía que tenía allí, en ese único y eterno instante hasta escucharlo llorar.
Cuando ya estuvieron instalados en la casa, fueron otras las alarmas que siguió aprendiendo a reconocer: las del horno porque se volvió chef más días de los habituales, la del dormitorio de David cuando despierta, y la de su interior, que dos por tres, entre ropa, pañales, y el cargador que se mezcló con la compra y alguna bolsa de la basura… le dice, con profunda alegría: éste es él, tu hijo.
Cada paso lo acerca más al sonido de sus palabras, deja de ser ruido, de ser aviso, se vuelve elección y juego.

Carla Bianco


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