EL TROTAMUNDOS

EL TROTAMUNDOS

Todo estaba preparado para que no naciera, pero el mundo tiene una fuerza poética inimaginable.
Desde Alemania, sobreponiéndose a una guerra eterna, con la persistencia titánica de los que quieren una vida mejor, mis abuelos paternos consiguieron llevar a su familia a Argentina. Mi padre creció y un día decidió viajar a Europa de vacaciones.
Desde Italia y España, la pobreza empujó a mi familia materna al cono Sur, la rebeldía frente a la nada como destino se encaramó a sus cuerpos, la vida otra vez tiraba las endebles puertas que las fronteras proponen. Mi madre creció y un día decidió viajar a Europa de vacaciones.

Hernán Kozak

EL TROTAMUNDOS

Cuando la coordinadora del taller de escritura nos envió el titulo del siguiente relato, recordé que era hora de sacar todas aquellas guías de las estanterías, me dirigí hacia ellas y saqué una al azar, se abrió por la página donde estaba pegado un post-it que había perdido todo su color. Se trataba de una guía danesa y la página indicaba la ciudad de Odense, en bolígrafo aparecía una anotación “estaba cerrada”, sobre la línea de visita a la casa de Christian Andersen. Me vi dibujando una sonrisa al recordar aquel momento, la guía había errado en las horas de visita y nos quedamos sin ver la pequeña estancia que sirvió de inspiración al autor de La Sirenita y El patito feo, pero aquel error nos permitió encontrar una explanada bellísima que había escapado al ojo del trotamundos, gracias a lo cual probablemente este espacio parecía irreal, unos ciervos brincaban entre margaritas y dos ancianos bailaban un tango ante un acantilado de postal.

Ana Velasco

EL TROTAMUNDOS

No sabía de fronteras, gustaba dejarse llevar por su curiosidad hacia los otros. Más caras nuevas veía, más humano se sentía.
La música formada por los idiomas que escuchaba, cada vez diferentes, lo llenaban de alegría. Y mil oficios ejerció porque porque vivir era su pasión; trabajar, el medio. Aprendió del dinero lo que ninguna universidad le había podido enseñar. Tuvo maestros bajo cada cielo que su deseo elegía. Y todo esto lo supe porque, también, le gustaba el mundo de la escritura y sembró miles de versos donde cada uno puede crecer, aprender a amar.

Sylvie Lachaume

EL TROTAMUNDOS

Abrió el desván y allí estaba, sintió cómo temblaba todo su cuerpo. Por fin, había llegado al epicentro de todo aquel caos. Aquel año después de las nieves y las mieles de un verano caprichoso de tormentas, por fin estaba allí.
Había desmenuzado el pasado y hecho cachitos hojas y también fantasmas que le perseguían.
La vieja casona crujió, al sentir de nuevo los pasos de alguien por sus maderas, las ventanas no dejaban apenas entrar los rayos de luz por el polvo que las cubría. Pero todo eso no impedía lo que Marcos sentía.
Giró con mucho cuidado, la pesada llave de hierro se resistía y a la cerradura le costó aceptarla. Al fin la puerta de madera gruesa respondió. Una espesa capa de humareda y polvo le recibió, el aire era rancio y pesado.
El recibidor o lo que quedaba de él, se desquebrajaba por todas sus esquinas. En el salón sobrevivía la chimenea y una vetusta mesa de robre macizo; en comparación con el resto ésta se conservaba bastante bien.
Un corredor a la derecha daba a la cocina y en el pasillo de la izquierda asomaba el principio de una escalera de caracol. Sus grandes peldaños resistían el paso del tiempo, pero la barandilla se tambaleaba cuando la rozó con sus manos.
– Pues tengo que subir, dijo que estaba en la cima de la casa, donde la luz parpadea.
Marcos repasó de nuevo la nota a lápiz de su querida abuela. Nunca se atrevió a volver desde que ella murió, si no hubiera sido por aquel viaje y aquella mujer, nunca lo habría hecho. La casa le traía demasiados recuerdos. Comenzó a subir, en la primera planta no pudo evitar asomarse. La habitación de su abuela, una vieja máquina de coser y la punta de la aguja era lo único que todavía brillaba, su esplendor se murió con Adela. Los viejos marcos de fotografías apoyadas en la mesilla. Una de ellas aparecía su abuela sujetando en su regazo al pequeños Marcos. Un bebé rechoncho, de ojos azules, y escaso pelo rubio aún en su cabeza.
La casa parecía una cripta que Marcos iba desempolvando mientras recorría de nuevo sus rincones.
Había vuelto de su viaje con Elena por París, recorriendo la ciudad y en una de sus plazas encontraron un mercadillo ambulante. Jarrones, vasijas y toda clase de enseres. Otro puesto tenía vestidos, jerséis y paraguas.
Al final de la calle encontraron una mujer que dibujaba sobre un lienzo apoyada en un pequeño atril de madera. Movía los pinceles sobre él, arriba y abajo y a ratos daba grandes pinceladas. Les gustó tanto que rodearon su puesto curiosos, toda clase de dibujos encima de una tela negra, se veían allí. Los ojos de una de las pinturas llamaron su atención, oscuros, profundos, como los de su abuela. La pintura tenía una máquina de coser antigua, las mismas maderas gruesas en la pared. La mujer sonreía con una tela en la mano.
Marcos sintió un impulso, se asemejaba todo, tanto a su abuela. . .
¿Dónde conseguiste esta pintura? ¿La ha hecho usted? – Una rueda de preguntas ebullía de la boca del joven.
La verdad es que la conseguí en la subasta y la copié en grande. Mira. – la mujer señaló un cuadro más grande.
Me lo llevo.
Al volver a casa, examinó más detenidamente la pintura, la separó del pesado marco de hierro forjado que la pintora le había regalado, y encontró una inscripción. Supuso que sería la firma del autor.
Al separar más apareció una nota escrita a mano “En la cima de la casa, donde la luz parpadea, lo encontrarás.
Adela Fernández.”
Con esa nota empezó un periplo de Marcos, por averiguar si aquello era de su abuela y qué quería decir. Marcos descubrió que su abuelita había sido una viajera, una trotamundos que se dejó llevar por toda clase de artes.
Tan pronto la recordaban en un teatro, como en un museo. Se dejó fotografiar, y también retratar por el que luego sería un pintor famoso.
Lo poco que Marcos sabía de ella era lo que había vivido a su lado. . .
Sin duda la nota llevaría hacia algo pero Marcos no estaba preparado para ella.
Subió a la vieja buhardilla, entraba escasa luz a pesar de ser de día y cogió una linterna. En una de las esquinas las telas y enseres cubiertos de polvo, una extraña sensación recorrió la piel del joven. Un viejo cuadro presidía la estancia, un espejo y algunas telas.
Parte del techo eran madera astillada. Un haz de luz chocaba con el viejo espejo y rebotaba en la otra esquina. ¡Es decir, palpitaba!
Le llevó a un baúl, le temblaba el cuerpo al abrirlo como si él fuera un pirata y diera al fin con su tesoro. Los fantasmas salieron por la ventana.
Papeles y más papeles, Marcos acercó la linterna para verlos más de cerca.
Eran recortes de periódico
“Fecha 9 de abril 1930
Sospechosa de asesinato de cuarenta años queda inmune, por falta de pruebas. El bebé de la pareja está desaparecido.
Fecha 15 noviembre
Sobreseído por falta de pruebas el crimen de la pareja Almudena y Pedro.
Su bebé Marcos sigue en paradero desconocido hasta la fecha. “
Éste último recorte venía acompañado de una fotografía en blanco y negro de un bebé rechoncho, escaso pelo rubio y ojos azules.
Marcos sintió que le faltaba el aire, ese bebé era idéntico a él. Buceó de nuevo los recortes.
“Fecha 24 agosto.
Adela Fernández queda libre al no hallarse pruebas de su imputación en el asesinato de la pareja de Benavente.”
“Fecha 15 de enero
Desaparece en extrañas circunstancias el cuadro de La venus de Milo en el gran museo del Louvre.”
“Fecha 26 marzo
El gran cuadro de La venus de Milo fue robado de la grandiosa colección del museo del Louvre. Aún no se han encontrado pistas.”
Este recorte también llevaba una foto, Marcos no podía creerlo. Se acercó con el papel en la mano al cuadro que colgaba de las viejas maderas. Examinó ambas cosas, sin duda era el mismo cuadro o una buena copia.
Soltó una enorme bocanada de aire y se dejo caer en el suelo. Lloraba con la nota de su abuela en la mano. El destino quiso que lo encontrara el pero parecía un mensaje cifrado para otra persona.
El silencio roto por su llanto llenaba la casa. Debía de llamar a la policía, él era el bebé robado y en la misma estancia estaba aquel cuadro.
Su abuela era asesina y ladrona. No, se dijo, no puede ser.

Paty Liñán

LA TROTAMUNDOS

Berta, cuatro letras, tres vocales y dos consonantes.
Fuerte, firme, tanto el nombre como su carácter.
Solo en el futuro sabría cuanto.
Por tradición familiar, y en honor a su abuela materna, la llamaron Berta.
¡Ah! Su mamá también, se llama Berta.
Sí, ¡dos por tres se armaba un lío de tres generaciones!
¡Cómo nombrarlas!Así que acordaron de la siguiente forma:
Abuela Berta, Berta y Tita.
-Se parece tanto a la abuela!, solía comentar su mamá a los amigos y familiares.
Ella no acertaba a saber si era halago o anuncio de un problema.
Pero bueno, acomodaba una sonrisa de cumplido, y seguía la charla.
¿El papá? ¡Si! Claro, Un Sr…
Todo en regla, bueno… Casi todo.
Se llama Mario, muy amable.
Y gustoso de los dulces que prepara su suegra, Berta.
En el paso del tiempo ha ido desarrollando una prominente… figura. Importante, ¡sin dudas!
Tita cumple, con lo debido… Lo que corresponde, lo mejor para ella.
Callada, obediente, cumplidora, ¡excelente! En rendimiento y conducta.
¿Aburrida? también! ¡Muchísimo!
Ahora, cuando cierra la puerta de su dormitorio, se produce una increíble transformación.
Cada día, construye su mundo, se viste de una forma diferente, combina, juega.
Armaba escenas. Ensaya gestos frente al espejo, ¡se divertía mucho!
De cabello suelto, para moverse y modelar, moverse, bailar.
Imaginaba viajes, nuevos paisajes y aventuras de todo tipo. Pasaba horas, las de estudiar, ¡claro!
En uno de esos días decidió que sería “Trotamundos”.
Decidió hablar con la familia. Eligió la sobremesa del domingo, le pareció el mejor momento.
La abuela y su mamá tomaban un té, y Don Mario su postre. Cuando Tita tomó la palabra, sonriente y orgullosa, dijo:
-Querida familia, les comunico que decidí mi futuro, seré “Trotamundos”
Berta abrió los ojos y la boca en su solo acto, la taza de té, de porcelana se fue al piso, una menos.
Don Mario, rojo como manzana madura, intenta tragar el dulce y servirse agua.
Le faltaba el aire.
Tita no sabía a cuál de los dos atender primero… cuando escucha la voz alegre, cómplice de la abuela decir:
-Cuéntame Tita!
-¿Qué? ¡Ahora?
-Todo! ¡Quiero saber, me encanta! Me pasó lo mismo, cuando tenía tu edad. Somos así.
-Así? ¿Cómo?
Berta y Mario se asistieron uno al otro, cómo pudieron fueron recobrando la compostura.
La abuela Berta hablaba entusiasmada, halagada por descubrir en Tita su espíritu.
-Somos ¡Reales! Sigue practicando, sigue. En tu primer salida, ¿me podrías llevar? hay mucho por recorrer…
Tita comenzó a reír, ¡esta escena es la mejor!
Ahora su mundo comenzará a estar fuera de las puertas de su dormitorio.

Carla Bianco

EL TROTAMUNDOS

Salió un día a pasear, nunca había paseado: Siempre que caminaba se dirigía a alguna parte, le horrorizaba la idea de la ociosidad, pensar que su tiempo, su existencia, podía no servir para nada. Como en realidad no sabía para qué servía su vida, normalmente solía utilizarla para sostenerse a si misma. Vivía para asegurarse que iba a seguir viviendo, el principal objetivo de su vida era el de «vivir bien» y llamaba «vivir bien» a las acciones que aseguraban su existencia por el mayor tiempo posible. Así que su caminar siempre tenía algún motivo, era como una cuenta de presupuestos o de gastos de una empresa ¿Se imaginan una empresa con unos libros de contabilidad donde aparezca un dinero destinado a algún goce, a esa nada que lo sostiene todo? La contabilidad de sus pasos ese día presentó un descuadre, empezó a trotar, descubrió el mundo. Un auténtico trotamundos no puede llevar la cuenta de sus pasos.

Kepa Ríos Alday

EL TROTAMUNDOS

Mi padre murió cuando yo era muy pequeño, no tengo recuerdos de él.
De pequeño me llamaban El trotamundos y nunca pude averiguar por qué. Alguna vez le pregunté a mi madre, pero ella sabía bailar adentro de las frases y yo la seguía hasta perder el paso y olvidar que había una pregunta, nunca respondida, que volvía una y otra vez.
Cuando le preguntaba a mi abuela, en vez de contestarme, tiraba la palabra a la basura después de retorcerla hasta hacerla insignificante como un atardecer, y yo, asombrado, la dejaba hacer.
De grande me fui olvidando o fui perdiendo el interés. El juego, los amigos, el colegio y, luego, los estudios, las chicas, el trabajo… hasta que llegó el amor.
Ella era hermosa como una flor deslizándose por una nube que está por tocar el mar.
Un día quedamos en su casa para estudiar. Cuando hicimos el primer descanso, ella volvió con unos bocadillos y una fotografía.
-¿Conoces a este hombre?
-No. ¿Quién es?
-Es un amigo de mi padre de hace muchos años. Se parece mucho a ti.
Yo me quedé mirando la fotografía con curiosidad. No se parecía a mí en nada salvo que tenía los ojos verdes como yo y una mancha en el mentón muy parecida a la que yo tengo en el pecho.
-Le llaman El trotamundos, porque lleva recorriendo el mundo desde que cumplió la mayoría de edad y no ha parado.
-¿Seguro que no te equivocas?
-No. Precisamente viene a cenar esta noche para despedirse. Mañana por la tarde se vuelve a ir. Si quieres conocerle ven a cenar con nosotros y te lo presento.
Yo la miraba, pero había dejado de escucharla. Sentí, sin entender lo que sentía, que se había abrochado algún sentido en mí.

Cruz González Cardeñosa


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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