LA MEDICACIÓN

LA MEDICACIÓN

Ella me vigila tan estrechamente que no puedo alterar ninguno de mis movimientos sin que ella se entere. Tendré que inventar alguna estratagema para escapar.
-¿Tomaste la medicación, querido?
-Sí, mi amor, hasta la última pastilla.
-Eres un cielo, y sin protestar. Gracias.
…Y le dio un beso cariñoso. Él levantó la vista del periódico sin decirle nada y siguió leyendo o más bien haciendo que leía. En realidad, él fantaseaba con animarse un día y tomándola entre sus brazos, besarla hasta conseguir que ella le pidiera, desesperada, hacer el amor.
Cuando eran jóvenes, reían y gozaban casi con cualquier cosa. No recordaba cuándo las cosas cambiaron hasta llegar a la situación actual, en la que ella parecía tan distante, siempre cariñosa sin llegar al amor. Qué le parecería dejar a un lado tanto compromiso con los médicos y las pastillas y volver a relacionarse entre ellos como antaño lo hacían.
Ella entre tanto le miraba de reojo, por si a él alguna vez se le ocurriera mirarla sin volver la vista al periódico. Si en lugar de contestarla siempre tan amable, la tomara entre sus brazos, y besándola, le dijera que la amaba, que era hermoso tener a su lado a una persona que se ocupaba tanto de él. Ella no se animaba a sentir que esa cercanía podría encender de nuevo su cuerpo. No se animaba porque no sabía, si se animaba, lo que podría suceder… ¿o sí sabía?

Cruz González Cardeñosa

LA MEDICACIÓN

Mejor hablar, dijeron, y esa ha sido la premisa, hablar sin pensar, sin juzgar aquello que uno dice, asociar palabras entre sí, sin saber cuáles son las uniones ni temer las consecuencias, abrir todas las puertas y hablar. Pero hay momentos donde la medicación, también puede ser, callar, retener algún verbo que condense lo vivido y que sin generar enfermedad nos permita continuar, normalizar las pausas y tomar la distancia necesaria para ver y comprender.

Doctor hoy entendí el valor de la puntuación. Separar la vida de lo vivido y lo vivido de lo contado, cada cosa en su lugar, entendí que hay que tomarse el tiempo para borrar las huellas que separan el amor del odio.

Magdalena Salamanca

LA MEDICACIÓN

Tengo cincuenta y dos años. Aun así creo que me está volviendo a pasar. No me reconozco, me encuentro nervioso, respondo de manera diferente a los estímulos exteriores, donde antes había un grito ahora pongo una palabra.
La gente me mira y se extraña, me preguntan si me sucede algo. Alguno se ríen cuando creen que he pasado y ya no puedo escucharles, otros prefieren ni acercarse.

  • Tranquilo. Parece que está creciendo. Se va a leer un poema cada ocho horas y la semana que viene nos volvemos a ver.

Hernán Kozak.

LA MEDICACIÓN

Era de alta importancia, para ella, tomar sus pastillitas verdes, a las 10 de la mañana, mientras escribía un poema.
Más se había formado, menos ira tenía contra ellos. Hasta le fueron indiferentes.
Pero ahora no podía pensar sentarse un día en un sillón como el que ellos ocupaban, una tremenda decepción la había invadido porque pensaba que si algo, ella, estaba aprendiendo ellos, algún saber debían tener.
Se dio cuenta de que no, de que había sido peor, de que había sido traición a sus ilusiones: traicionaban sus deseos, sus culitos.
Ella siguió tomando su medicación: Poesía y Psicoanálisis.
Respecto a ellos, se preparaba para las consecuencias de su cobardía, con sus pastillitas verdes y sus poemas.

Sylvie Lachaume

LA MEDICACIÓN

Con el sueño en el cuerpo todavía, no le queda más remedio que desperezarse y levantarse. Aunque el sol se había despertado ya, Olga no conseguía hacerlo.
Le dolían las manos y los pies. Cogió uno de los tobillos y sentada en el borde de la cama comenzó a masajearlos. Y entonces, se dió cuenta, ése no era su edredón, ni su cama. El suyo era malva y lo llenaba unas florecitas llamadas Vincas, fue un regalo. Pero ella estaba sobre unas sábanas blancas y un edredón marfil. Aquello sin duda no era su cama.
El ventanal por donde entraban los rayos de luz, mostraba las vistas con el edificio grisáceo de enfrente y las antenas de este a la misma altura.
“¿En qué piso estaba?” Su apartamento se encontraba en una segunda planta, pero aquello era más alto. Se acercó despacio, calculó un séptimo u octavo piso. Resoplaba, le faltaba el aire, se dejó caer despacio sobre el colchón. “¿Dónde estaba? No recordaba la noche anterior”.
Hacía memoria y frotaba su sien, no lograba comprender nada.
Rebobinemos, se dijo. Los anteriores días no habían sido los mejores para recordar. Antonio se había marchado hace uno meses, ella embarazada y sola, quería seguir adelante. De pronto se tocó la tripa. ¡No había nada!
“! mi bebé! Suspiró fuerte y se le escapó una lágrima.
La habitación sin apenas decoración, de techos y paredes blancas y un gotero en una esquina. ¡Estaba en un hospital! Se oían voces afuera. Una quemazón salía de su brazo, se arremango la bata y una quemadura hinchada y morada cubría su blanca piel. Hiperventilaba. Las voces se acercaban y la puerta se abrió.
• ¡Oh, has despertado! – Una médica de pelo gris se acercó al borde de la cama, se metió la mano en el bolsillo de su bata y sacó un termómetro.
Olga enmudeció. Su cuerpo no respondía, se paralizó.
La médica se puso blanca, torció el gesto y le tomó el pulso. Olga se encontraba mal, empezó a marearse, y a vomitar. La doctora fue a buscar una enorme máquina que le puso sobre el pecho.
Olga se desvaneció. El desfibrilador la golpeaba con fuerza, hasta levantar su cuerpo en una pequeña curva y luego regresaba al colchón.
Despertó de nuevo, Olga, volviendo a la vida. La señora le retiró la máquina del pecho y respiró aliviada.
• ¿Pero qué…? – alcanzó Olga a susurrar agotada. La voz no respondía.
• Lo lamento, has perdido tu bebé. El feto no estaba fuerte y por tus análisis no lo tuvieron en cuenta mandándote esa medicación.
Olga se puso a vomitar, una arcada tras otra mientras sollozaba.
La doctora la ayudó, secándola el sudor en la frente. Después salió de la habitación para volver con agua y una cápsula.
• Con esto dejarás de vomitar. Gracias a dios no os hemos perdido a los dos. Y esbozó una sonrisa.

Paty Liñán

LA MEDICACIÓN

Horacio, un hombre que lleva bien puestos sus años.
De apariencia juvenil y cuidada, suele despistar en cuanto a su edad.
En general, nadie acierta.
Caballero, atento con las mujeres en toda ocasión.
Galante y ganador, como le suelen llamar los amigos.
En su larga experiencia, suma amores, aventuras, más de una alegría.
Algún que otro golpe ha tenido, sin dudas, ¡las pasó!
En un club que frecuenta el fin de semana para bailar milonga, su preferida, conoció a María.
Fue rápida la llegada de uno en el otro.
Baile, copas… ¡risas y pasión! ¡Por favor! Placer del principio al fin.
El tema es que María es menor unos años que Horacio. Lo cual le planteó un serio debate:
Estar a la altura de María.
¡Ojo! Son muy parejos en estatura, pero… bueno, se trata de otra cuestión.
Su deseo es vivir la relación, sin puntos ni pausas, pero…
Ese pero lo llevó, por primera vez, a un tema, ése que alguna vez se le había cruzado en una que otra fantasía.
Aquella medicación, la que le contaron los camaradas hace un tiempo.
Si bien Horacio era un hombre bien hablado, con facilidad en el uso de la palabra, para algunos temas se complicaba.
Tomó coraje y pidió turno con el médico.
Contó los días que faltaban, al fin llegó aquella tarde, sudaba frío el hombre. Tenía ensayadas las frases, las posibles respuestas del doctor, con el contrapunto que él le haría.
El doctor demoraba, lo que para nuestro ansioso amigo se le hacía eternidad.
Cuando al fin le tocó pasar, al sudor se le agregó el tartamudeo.
Como pudo le contó su historia con María, una mujer plantada. Que cuánto gozan y ríen juntos, que se van conociendo en cada ocasión…

  • Usted sabe, se imagina de lo que hablo, doctor…
    El médico, sonriente y amable, le tocó el brazo como gesto comprensivo, y le dijo:
    -Horacio, viva, ése es el mejor medicamento. Sin prisa, pero sin pausa. Vuelva en un mes, y entonces veremos.
    Salió despacio del consultorio, fue aumentando la velocidad a medida que avanzaba.
    ¡Era tanto lo que tenía para compartir!

Carla Bianco

LA MEDICACIÓN
La vida para ella era un pasacalles. Desde el grueso cristal de su habitación hacía conjeturas e imaginaba que hoy la florista se encontraría con aquel hombre tan agradable vestido de gabardina que un día le compró flores, que mañana la quisquillosa vecina de enfrente por fin sería amable con su vecina del piso de abajo, a la que arrojaba agua intencionadamente a sus ropas extendidas en el corcel en venganza a alguna mirada, a algún comentario cargado de malicia. Hacía pequeñas putrefacciones de los tejidos, una mala sangre que le afloraba en el balcón. Otro día se sumaban otros personajes a su novela particular y vivía su propio escaparate, salvaguardando las distancias y conservando su carne intacta. Era una humana de acuario.
Un auxiliar contratado por el ayuntamiento venía todos los días a ayudarla en algunas tareas y a clasificarle la medicación en el pastillero. La mujer, curiosa, avanzaba con sus preguntas, interrogándole, como una cucharilla rebañando la piel de un fruto. El la miraba con simpatía, esa señora la hacía reír con sus conjeturas. A él le gustaba hablarle de sus clases y de sus novias, por qué no. A ella se le iluminaban los ojos, navegaba por sus palabras como en un mar, se sumergía y recobraba su piel el frescor de antaño.
Un día el auxiliar vino cargado de libros. Venía de una clase y , con las prisas o más bien disfrazado en ellas, se dejó olvidado un libro de Anaís Ninn de relatos.
La mujer, curiosa, ese día no se quedó de pie tras la ventana. Se sentó en su butacón y comenzó a pasar las páginas. Sus ojos húmedos, vivos, reclamaban su carne. ¡Qué día, qué noche! Todo el vecindario la echó menos. Incluso llegaron a pensar que había fallecido. Ya no había una estatua en la ventana.
El auxiliar vino al día siguiente y se encontró con una mujer joven, floreciente tras los sucos de su carne. Una mirada fugaz y la portada del libro olvidado sobresalía de la habitación. Sonrío y comenzó a abrir los cajoncitos del pastillero.

  • ¿Esa pastilla nueva no tendrá alguna cosa rara?
    • ¿Alguna cosa rara? Se extrañó el auxiliar
    • Sí, es que hay veces que la medicación tiene muchos efectos secundarios…
    El auxiliar no dijo nada, pero luego echó un vistazo al libro. Se rio. Había un maracapáginas en un relato llamado Lilith, donde una mujer sugestionada por la idea de que su marido le había echado yohimbina a su café, veía cómo comenzaba a explosionar su sexualidad.

Laura López

LA MEDICACIÓN

Esa mañana Mari Carmen tomó la decisión de dejar la medicación. En el desayuno, la enfermera se acercaba a las mesas, y les dejaba el bote de pastillas que correspondía a cada residente. Mari Carmen cogió el bote, lo vació en la palma de la mano, como siempre hacía antes de tomárselas, y cuando la enfermera se dio la vuelta, fue incrustando las pastillas, una a una, en la tierra de la planta que estaba en el centro de la mesa.

Los compañeros de desayuno la miraron sorprendidos; ella se llevó el dedo índice a los labios, en señal de aviso. Leonor, la más espabilada de todos, miró a un lado y a otro del comedor, y le sonrío.

Así fueron pasando los días, y Mari Carmen repetía el mismo acto cada mañana, con la connivencia de sus compañeros.

Los primeros días sintió que recuperaba el olfato, luego el gusto por hacer las cosas; más adelante, las ganas de conversar. Incluso el deseo sexual apareció en forma de sueño erótico.

En uno de esos sueños se coló Juan Antonio, uno de los residentes más guapos, que le hablaba en francés mientras le hacía el amor. Cuando despertó, pensó que ese día podía preguntar por él. Estaba en la otra ala de la residencia, y hacía meses que no se veían. Quizás, pensó, ahora esté con alguna chica.

Preguntó en recepción el número de su habitación. Subió por las escaleras para darse tiempo a pensar qué le diría.

La puerta de la habitación estaba entornada, de dentro salía una música. Su corazón empezó a latir fuertemente, y se asustó. Pensó que no tendría agallas para entrar, pero luego se dijo que, si había sido capaz de engañar a todos con la medicación, tenía que poder con aquello.

Quiso tocar en la puerta y esperar a que le dieran permiso. Pero no hizo así. La empujó suavemente y la puerta cedió. Estaba colocada a un lado, así que Juan Antonio tardó en ver la figura de Mari Carmen. Ella le preguntó si podía pasar, y él contestó que ya ella había decidido entrar.

No dijo nada. Entró. Se sentó donde él le indicó, y durante diez largos minutos estuvieron, en silencio, escuchando la música que salía del equipo.

Juan Antonio apagó la música y le preguntó:

• ¿Por qué has tardado tanto, amor?
Ella se sorprendió. No esperaba aquella pregunta, como tampoco la contestación que le dio:

• La medicación tenía obnubilada mi ilusión.

Pino Lorenzo

LA MEDICACIÓN

Es mejor hacer lo que te dicen. Recuerda la película aquella donde el único enfermo un poco sano era el que escondía las patillas debajo de la lengua para vomitarlas después. Así tienes que hacer con esa «píldora que os dan»: tómala sin azúcar, tómala sin estar satisfecho. Es para que no te maten. Sabrás que estás vivo mientras puedas leer tu palabra escrita, mientras puedas leerte y veas ahí una humanidad, un ser que goza y sufre y ama y odia.
Es mejor hacer lo que te dicen. Toma la pastilla. Esconde lo que escribes. Tu no necesitas lectores ¿acaso no eres tu mismo un lector?
Si detectan que estás vivo te echarán los perros. Los perros morderán tus piernas y tirarán de tu ropa hacia el suelo. No te dejarán seguir escribiendo. Pondrán en tu camino manzanas de oro como si fueses una mujer, pero quien quiere atraparte es otro hombre: es el gran anfitrión, el señor del soma; es el inglés sonriente que te ofrece su opio, es el verdugo de la soledad estancada en un charco aislado.
Es una suerte poder vivir, ya sea en un campo de concentración, en medio de una guerra o en tu ergástula de lujo. O ¿qué otra cosa podría suceder a un esclavo que se niega a fabricar armas? Es una suerte poder estar vivo aquí ahora mismo que estoy leyendo mis palabras.
No te niegues a fabricar armas, tómate la medicación. El opio no te dañará si sabes para qué te lo dan. Te lo dan por el mismo motivo que cazaban las ardillas de la casa de Faulkner. Ellos, los que no escriben, harían cualquier cosa con tal de taparse los ojos. Sólo quieren taparse los ojos con cualquier droga. A veces tienen que fumarse animales enteros como tú.

Kepa Ríos Alday


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Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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