EL AMANTE

EL AMANTE

Distaba mucho de cómo uno podía imaginar su perfil cuando escuchaba relatar acontecimientos en los cuales se le adscribía un erótico papel central.
Su disfraz perpetuo lo mantenía en una discreta distancia entre lo real y las fantasías nacidas de los secretos que circulaban a puertas abiertas tan rápidamente como más se juraba mantenerlos ahogados en la indiferencia.
Imposible. Parecía ser la atracción más elegante de su siglo, el objeto más deseado por sus contemporáneos.

Sylvie Lachaume

EL AMANTE

Cuando quise darme cuenta, ya era tarde. Atrapó mis ansias, desnudó mis pudores, desordenó la calma y hasta pudo sembrar los deseos más lúbricos en mi seno.

Había sido como por casualidad, una tarde sedienta de amor, rocié mi piel con aquella fragancia de jazmín y al entrar en el supermercado noté que aquellos hombres percibían con sus miradas, el ardiente peso de hambre.

Parecía que iba a comprar, pero realmente, necesitaba saciar el ardor de mi sexo con alguno de aquellos fornidos machos. No hay lugar más amable para conquistar un verdadero varón que la zona de productos frescos. Normalmente los carniceros, charcuteros o los pescaderos son los más proclives.

Él tuvo la culpa, sin saber aún nada de mí, se dispuso a mediar algunas palabras conmigo; señorita, tengo la mejor anguila que haya podido degustar jamás, si me lo permite, la recojo a las 8 y se la preparo con un rico vino blanco.

Claro, le dije, ¿cómo negarme?

Magdalena Salamanca

EL AMANTE

Tenía por costumbre amar dos o tres veces a la semana. Era un amante ocasional, el acto de amar ocupaba no más de una cuarta parte de su agenda. Tenía que trabajar, comer, acudir al club de poesía…
Amar está muy bien -decía algunos días-, es muy saludable. No sólo debemos tener buenos hábitos corporales si no también buenos hábitos anímicos.
Podía estar semanas o meses sin amar. La escritura, el trabajo con otras personas que requerían su ayuda, el mantenimiento de algunas relaciones sociales superficiales… Todo aquello llenaba su energía vital, o mejor dicho, la vaciaba suficientemente para que un exceso de ésta no le envenenase. Podía estar semanas sin amar, pero no sin escribir. Si pasaba más de una semana sin escribir, su propia energía se cernía como el odio de Dios sobre su inocencia de víctima humana. Si estaba más de una semana sin escribir, los males planeaban sobre su cabeza; pero cuando volvía a escribir él era el mal, el espíritu despiadado que se pasea sobre los mortales observando imparcial sus parcos destinos. Desde las alturas de la palabra escrita miraba esas graciosas pavesas encendiéndose y apagándose o a veces dividiéndose en varias chispas menos intensas que a su vez pronto se apagan.
Escribiendo se daba cuenta lo desorientada que estaba el resto de su vida. No es que hubiese recibido malos consejos por parte de sus primeros educadores, profesores y maestros, es que los consejos no te eximen de tomar tus propias decisiones. Aunque escuches el consejo y sea bueno, después tienes que trabajar ese consejo: qué quería decir, en qué momento te lo dijeron, para qué te lo dijeron… Las frases ajenas siempre son mejor que nada porque ese «nada» también es una frase ajena olvidada y glorificada en secreto total.
Había escuchado muchas frases acerca de la conveniencia de amar profundamente todos los días: «amar como mínimo ocho horas diarias», era la frase que más recordaba de boca de sus abuelos y también de sus padres cuando era pequeño. Ocho horas diarias venía a ser un tercio de su agenda de 24 horas, sin embargo, actualmente, él no le dedicaba más de seis horas diarias, es decir, cuarenta y dos horas a la semana que, como dijimos al principio, él tenía por costumbre concentrar en dos o tres encuentros semanales. Llegaba de trabajar a las 18 y se dejaba amar y amar sin descanso hasta las 8:00 del día siguiente. O a veces los fines de semana, si en la semana no había tenido tiempo de amar lo suficiente, entonces dedicaba casi todo el fin de semana al acto de amar, podía hacer las cuarenta y dos horas al completo en el fin de semana con una refacción de no más de una hora.
Escribiendo se daba cuenta que era un amante bastante mediocre, poco entregado, que amaba mecánicamente y sólo para cumplir unas recomendaciones de esas que si te las tienen que dar es precisamente porque no las quieres aceptar. Pero de todo eso se daba cuenta sólo cuando escribía. Cuando hacía el amor no se daba cuenta de nada, era como soñar, con la salvedad, claro está, que para amar no necesitamos a nadie, pero para dormir y soñar es necesaria la compañía de alguna otra persona.

Kepa Ríos Alday

EL AMANTE

Siempre pensó que su trabajo era un buen trabajo para tener una aventura; disponer de casas donde follar que no eran la tuya, y con personas que no dejaban huella. Sin embargo, las visitas a las casas que enseñaba casi siempre eran en parejas: el marido y su mujer, el hijo y su madre, el hermano y su hermana. Los hombres eran poco seguros para confiar en su criterio a la hora de comprar un inmueble. Así que aquel día cuando vio a un hombre solo en la entrada del edificio Goya 32, pensó que tenía que aprovechar la oportunidad.
• ¿Espera a alguien?- le preguntó.
• No- respondió- Mi cuñada iba a acompañarme, pero en el último momento le surgió una reunión.
Era un chico de unos 35 años, pelo canoso y atractivo. Vestía vaqueros desteñidos, blazer azul, y camisa blanca. Olía a perfume caro, y el pelo lo llevaba con gomina. Debía de trabajar por el área, en la zona de los rascacielos.

Subieron las escaleras, él delante y ella detrás. Quería verle los glúteos. En el descansillo, frente a la puerta, al ir a sacar las llaves del bolso, se le escurrió la barra de pintalabios rojo. Él amablemente se la recogió.

Entraron al inmueble. Nunca había estado allí. Hacía tiempo que estaba en venta, y pese a las características del mismo, era extraño que no se hubiera vendido.

Empezaron a recorrer las distintas estancias de la casa. Ella, a la vez que él, iban descubriéndolas. Esa zona solía corresponder a un compañero.

Él se mostraba algo frío y distante. Recogía compulsivamente datos y los introducía en su móvil. Ella no creyó oportuno hacerle ninguna insinuación, cuando, al final del recorrido, y ya sin esperanzas le dijo:
• Me la quedo. Es exactamente lo que ando buscando. Con muebles y todo.
Se le cayeron las llaves al suelo. No pensaba en aquella determinación.
• En cuanto llegue a la oficina hago la reserva- le dijo él, mostrando, ahora sí, entusiasmo.
Cuando estaban en la puerta para irse, Madelaine se envalentonó. Quizás esté con ganas de celebración, pensó.
• A veces- le dijo- probar las camas de las casas da buenos augurios.
Él no lo pensó. Le plantó un beso en la misma puerta, la cogió en brazos, como recién casados, y la llevó a la habitación.

Por el pasillo, ella intentaba recordar la ropa interior que llevaba puesta.

Pino Lorenzo

EL AMANTE

Se enamoraba de sus letras.
Héctor hacía gala de sus mejores armas para encandilar. Acudía asiduamente a recitales y ella le gustaba. No sabía si por su pelo, su voz o porque lo que recitaba le llegaba tan dentro que brotaba en lágrimas todo su cuerpo.
Se acercó a ella decidido, tanto que le acarició el pelo, le rozó la mejilla con sus dedos y despacio acercó sus labios. No recordaba el beso, pero sí una palmada en la mejilla y dolor. Clara no era fácil.
• ¿Pero qué crees que haces? Yo no soy así, me gusta más la mente que el cuerpo. ¿¡Entiendes!?
Y Héctor se marchó de allí dolido pero convencido de que habría una manera de conquistar a la hermosa Clara.
No volvía por el lugar, pero acudía a otros recitales y escuchó unos versos que le gustaron: “voz quebrada de las impasibles lunas.”
La joven bajó del escenario y Héctor aprovechó.
• Preciosos versos, me gustaría conocerte más, bueno tu obra.
La joven se echó a reír efusiva y roja como un tomate contestó:
• Me llamo Paloma, ¿Y tú?
• Soy de una agencia. ¿Quieres escribir en nuestra revista? Es que tus versos me emocionaron.
• ¡Claro! ¿En serio?
• Sí, sí vienes a firmar el contrato para que empecemos cuanto antes.
Ambos salieron del bar al poco rato.
Héctor llevó a la chica hasta su casa, mientras fingía ser el agente, le llenó la copa de un somnífero y la encerró en el trastero. Le dejó un cuaderno y un boli.
Al día siguiente la joven pedía auxilio.
• ¡No saldrás hasta que escribas versos para Clara!
Esperó mientras escribía Paloma, fue derecho al buzón y se lo mandó a Clara.
Ésta respondió:
“Con estos no conquistas a nadie, olvídalo.”
Firmado Clara.
Cabreado, Héctor volvió junto a Paloma, “No es suficiente, vuelve a escribir”
y le escupió en la cara, arrojando el papel.
Todos los días Paloma acababa unos versos y terminaban en el buzón. Y todas las semanas recibía la misma negativa de Clara.
Héctor se escondía entre el público para que no le viera. Le encantaban sus versos, su largo pelo, y su voz le hacía temblar.
Pero no conseguía dar con lo que le gustaba.
Paloma seguía encerrada en ese cubo, apenas comía. Héctor obsesionado la gritaba exasperado, ella lloraba y él gritaba cada vez más fuerte.
• ¡Si no escribes mejor empezaré a enfadarme y si me enfado te cortaré la mano! ¡Escribirás día y noche, hasta que quede satisfecho! ¡Cuando no sea así te cortaré un dedo!
Paloma lloraba, le temblaba la mano, estaba agotada.
En los siguientes días Héctor se quedó con ella, obligándola a escribir hasta que el pulso de ella empezó a fallar, los músculos de sus dedos no le respondían después de horas sin parar.
• Déjame ir – imploró Paloma. – Ella no te quiere. – se atrevió a decir.
• ¡Como te atreves! – Héctor forcejeó con ella y con su navaja clavó el filo en uno de sus dedos. La sangre brotaba y manchó su camisa. – Éste es el precio, ahora escribe.
El cuaderno se perlaba de gotas rojas mientras Paloma intentaba formar letras.
Héctor se quedó con el dedo.
• Estás loco- sollozaba sin control, mientras manchaba el bic, la hoja y el suelo.
• Tu dedo será la muestra de lo que hago por Clara. ¡Tú sigue!
Cerró de un portazo el trastero. Se limpió la camisa como pudo y envolvió el dedo de la joven con hielo en un pañuelo. Y así lo envió a la dirección de Clara.
Al rato llamaron a la puerta. No hubo contestación de Clara. Era la policía, Clara le había puesto una denuncia por acoso y se lo llevaron esposado. En el registro encontraron en el suelo del trastero a Paloma que se taponaba el corte de la mano.
En prisión, el amante de las letras.
Mientras investigaba la policía encontró indicios de que el caso de Paloma no era aislado. Se encontraron por la casa de Héctor y en las cercanías de un local de recitales, los cuerpos inertes de tres jóvenes, con las manos amputadas. Por estos hechos, Héctor acabó en el corredor de la muerte, donde dejó unos versos escritos con sangre: “Clara, eres mi vida y ahora, ahora serás mi muerte”.

Paty Liñán

EL AMANTE
Dedujimos la importancia de la escalera ante una trivial conversación:
-Necesitamos una reforma en casa – dijo ella. – En el dormitorio hace frío y no me gusta el color. El sepia de las paredes termina por entristecerme cada vez que me levanto.
• ¡Pero si antes te encantaba ese color! No hay quien te entienda. – dijo él. – cada día me vienes con algo distinto. Me vas a volver loco. ¿Acaso es tan importante el color de una pared? ¿Qué más da? Lo importante es tener una casa donde vivir. Además, tenemos ya muchos gastos como para meternos en reformas.
• Antes era antes, y ahora es ahora. ¿O es que acaso tú no eres distinto a antes? Bueno, ya veo que no, que quieres ser la misma pared sepia.
• Pues antes te encantaba tu pared sepia y te levantabas contenta, dándome un beso de buenos días.
• Sí, antes… pero los gustos cambian y ver la misma pared todos los días con ese gotelé tan terrible, tan pasado de moda…. Además, ya ni me miras, estoy harta de estar mirando siempre a la pared. Tanto la miré que la he aborrecido.
• Yo no estoy para ocuparme de esas cosas ahora. La escalera me parece mucho más importante. Cualquier día nos matamos. El otro día perdí el equilibrio, esos escalones ya no hay quien pise en ellos.
• Eres un poco exagerado ¿no te parece? Solo hace falta pulirla un poco y poner alguna cubierta antideslizante. Cosa de la que tú nunca te haces cargo. Yo lo intenté una vez ¿recuerdas?
• Yo no me acuerdo de nada. Mejor te voy a dar el número de un reformista que a mí alguna vez me arregló una planta entera de la oficina y quedé muy satisfecho y mis clientes también. Bueno, amor, me voy al aeropuerto. Recuerda que te había dicho que tengo que ir fuera unos días por trabajo.
El papel con el teléfono se le cayó justo al salir de la habitación, al pie del primer peldaño de la escalera.

Laura López


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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