EL VIAJE EN METRO

EL VIAJE EN METRO

Carpe diem es un término que, traído así en el desayuno, parece una emboscada humorística.
Porque a la mañana, desear aprovechar el día como si de un tanque de agua se tratase o evitar malgastarlo, tiene la torpe ilusión informativa de un periodista.
¿Quién realiza lo que dice? ¿Quién dice lo que realiza? Algún astuto querrá romperse en el intento y gritará con elocuencia: vive el momento, pues pronto morirás.
Así, así, no me gusta desayunar con el futuro.
Vivimos más años, es temporalmente cierto, es decir, vivimos más años viejos. Y lo que está pensado para nuestra vejez se parece más a una condena que a una vejez. Cada edad su enfermedad, primero los accidentes del latir, quizá condiciones de espacio, demasiado por tan poco y después caen los estragos de la melancolía hasta donde reina la hoja más alta y va avisando el aire a los pulmones que el vocabulario irá disminuyendo, mejor que mejor, tachar las superficies blancas, dejar algunas lecciones para los bruscos movimientos de chaquetas.
Cuando los maduros hablan de la vejez hacen referencia al pene y al estómago, dos zonas todavía en estado de erogeneización y eso no habla directamente mal de su escritura, pero cuenta que la escritura fue un colchón labrado por espíritus mantenidos por los poderes más elocuentes. Nada para el futuro, sólo carpe diem.
Es una peripecia el camino y precisas las indicaciones: aprender a rodar, en todos los casos.
Y así volví a caer en el andén en un traspié de pájaro.

Clémence Loonis

EL VIAJE EN METRO

Cuando hay una guerra, cuando las fronteras son de fuego, cuando la palabra traición baila bajo nuestra ropa, es muy difícil ir en Metro.
Todos tenemos el cuello girado en dirección contraria al país de los sueños donde el hombre vuelve a perder su inocencia.
Por lo tanto, es complicado caminar sin chocarte, es un juego de azar entrar en un vagón sin que las puertas te golpeen, es algo imposible conseguir un asiento libre. La gente se pasa las paradas, no les da tiempo para leer los letreros y al conseguirlo la maquina ya se ha puesto en marcha.
Yo esos días me quedo en mi casa, puedo palpar las paredes, mover la televisión, dormir de un lado y comer productos que no haya que cocinar.
Es algo incómodo, pero tiene menos peligro.

Hernán Kozak

EL VIAJE EN METRO
No concebía adentrarme por el ombligo de la ciudad. Este mundo subterráneo no existía para mí. Allí, en la superficie, teníamos flores, aire primaveral, cantos, y la luz del horizonte desplegaba alas a conquistar.
Sólo muchos años más tarde, me aventuré por estos pasillos misteriosos, estos espantosos túneles de frío, de velocidad ciega, voces extrauterinas que se proponen ubicarte en este mapa de líneas entrecortadas abiertas al sol por bocas que te devuelven al ritmo de una ancestral vida.

Sylvie Lachaume

EL VIAJE EN METRO

Decidimos hacer aquel viaje en metro para evitar los embotellamientos. Nosotros queríamos sanar, evadirnos de la monotonía de nuestras vidas adultas, sin sueños. En el metro conocimos algunos restos de la antigua Grecia.
Mira ese señor del pantalón vaquero granate desgastado – me dijo mi compañera de viaje – fíjate en su mirada, es aristotélica. Sin duda debe ser profesor de universidad, ingeniero devenido funcionario o tal vez sea uno de esos físicos, matemáticos o similar que consiguieron un buen puesto en una empresa extranjera.
Esas ruinas de la antigua Grecia han resistido en pie los terribles embites del cristianismo tal y como puede apreciarse en la frente y los pómulos, en su silencio recoleto y prudente. Ese señor cuando niño asistió a un colegio de curas y no quiere llamar la atención de nadie ni levantar la voz porque sabe que eso excita a los sacerdotes más reprimidos y envidiosos.
Los vaqueros granates son de la OTAN, ya pronto vendrá un nuevo reemplazo de rubios soldados americanos.

-Qué bonita es Grecia -le dije yo-. Su mirada es ordenada como si siguiese un patrón matemático. Distribuye sus observaciones por el espacio-tiempo de forma totalmente democrática y simétrica.

Si -dijo mi compañera- pero era demasiado perfecta para los humanos, demasiado inhumana. Pudieron vencer a los persas, a los bárbaros del norte; pudieron incluso contener a los fanáticos judíos, pero no pudieron vencer al hijo del dios monoteísta clavado en una cruz. Tampoco pudieron resistirse a la lujuria de las bombas atómicas capaces de violar a cientos de miles de personas a la vez. Ahora esas ruinas son propiedad de una empresa norteamericana.

La belleza está en tu mirada, – le dije- viajando contigo hasta el capitalismo me parece bello.

Kepa Ríos Alday

EL VIAJE EN METRO

Había llegado de un lejano país. Algo desorientada, me metí por el túnel que decía METRO y me adentré en su cuerpo sin corazón. Hacía calor en los pasillos. Me sorprendió el cambio brusco de temperatura cuando entré en el vagón.
Una anciana, casi ciega, acompañada de una joven con cascos redondos que tapaban sus orejas, trataba, sin conseguirlo, de leer los carteles de cada estación.
Un niño acompañado de su madre se sentó al lado de la anciana y comenzó a leer en voz alta su cuento.
-¿Quieres que lo lea o que te lo cuente?
La mujer le miró sorprendida de la pregunta. Al instante sonrió y le dijo:
-Prefiero que me lo cuentes con tus palabras.
La madre la miró agradecida y siguió con su tarea en el ordenador portátil.
-Érase una vez…
Saqué mi cuaderno de dibujo y comencé a deslizar sobre la hoja algunos trazos con carboncillo. “Es importante no perder los detalles”, me dije.
Llegó mi parada y tuve que bajar. Me alegró encontrarme de nuevo en casa después de tanto tiempo. Subí las persianas, abrí las ventanas y sentada frente a un lienzo me dispuse a pintar.

Cruz González Cardeñosa

EL VIAJE EN METRO

¡Qué podría contarte del metro! ¡Tiene muchos años recorridos en su espalda, como yo!
El día que te vi por primera vez, afuera llovía, tu pelo se ensortijaba con la humedad. El reflejo del agua me dejó ver por fin unos ojos grises, pero tu mirada se perdía entre las gotas, un pequeño rocío perló mi cuerpo de chispas.
El vagón inició su traqueteo, pero mis ojos seguían puestos en ti. Me temblaba el pulso. El desliz del asa de tu mochila bajaba por tu brazo, como si de un sostén se tratara, me quedé embriagado. Y solo era eso, un asa. En la oscuridad del metro, la luz de tus gráciles movimientos dejó entrever una raja en tu falda. El mundo me parecía en pausa, mientras que lo único que se movía era tu figura como un blues. Y mi corazón respondía en arpegios ascendentes.
Después todo fue oscuridad, el tren se paró.
Me acerqué despacio, apenas te rocé, tragué saliva y me quité el abrigo, tu piel estaba helada.
Di unos pasos atrás y agaché la cabeza, me costó volver a tus ojos. Lo aceptaste y tu piel se pegó a mi cazadora, como a mi nariz, tu perfume.
Tus manos articulan rápidas: una palma miraba hacia arriba y la otra marcaba con dos dedos señalando esa palma.
Solo acerté a sonreír con timidez. El ruido de unos pasajeros me sacó de mi ensoñación. Unos golpes se sucedieron y tu reacción fue abrazarte a mí, acto seguido cerraste tus ojos grises. Las luces de emergencia se encendieron y supimos que algo pasaba.
Seguíamos parados, sonó otro estruendo y todo quedó a oscuras, notaba tu respiración agitada, tus labios húmedos brillaban en la oscuridad. La gente se movía, de un lugar a otro recorría los pasillos del tren, nuestro alrededor explotaba y tu boca rozó la mía, cerré los ojos y te besé.
Fue un beso suave, quería transmitirte serenidad en medio de aquel caos. Separamos nuestras bocas.
Movías tus manos, señalabas tu garganta. En medio del bullicio, la gente gritaba, pero entendí que tú no podías. Estábamos atrapados, el tren se había quedado atascado en la vía.
Por suerte encontré un papel, nos sentamos en el suelo del vagón, trataba de serenarte y empezamos a conocernos. Me mostraste tus manos una y otra vez para poco a poco saber tu nombre, conocernos. Eras muda.
Alguien con un megáfono anunció la llegada de los bomberos y que tuviéramos paciencia hasta que sacaran poco a poco a todos los pasajeros.
¡Qué viejos somos ahora!
Viendo llover juntos, tu pelo alborotado otra vez, nuestros besos aquel día en la salida de la boca del metro, aquel café para recomponer nuestros nervios. Han pasado muchos años del viaje en metro.

Paty Liñán


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