EL AUTOBÚS

EL AUTOBÚS

El autobús venía a toda prisa. Rápidamente me dispuse a llamar la atención del conductor para que parara. Buenos días, dijo al abrir sus puertas. Buenos días, contesté por cortesía, sin mirarle. Entré buscando un asiento, pero era imposible por la aglomeración de gente que había, así que intenté hacerme un pequeño hueco entre apretón y apretón. Menos mal que el recorrido es corto, pensé. De pronto, sin querer mirar a nadie a los ojos, por el desinterés que me suponía conocer a alguien en ese preciso momento, bajé la mirada. Una mano estaba metiéndose en un bolsillo que no era, precisamente, el que le correspondía. Observé unos segundos intentando asegurarme de lo que estaba presenciando y, ahora sí, llamada por la curiosidad no pude evitar realizar el recorrido visual a través de la mano hasta llegar, justamente, a los ojos que la definían. Asombrada por la imagen que describía lo que allí estaba sucediendo, anclé mi mirada en aquellos ojos, que, me parece, fueron llamados de algún modo, al descubrirlos implorándome y exigiendo silencio. Movida por la conmoción y la injusticia desvié mi mirada en búsqueda de algunos otros ojos que pudiesen estar viendo lo mismo que yo. ¿Cómo era posible que aquella persona no sintiese el movimiento en su bolsillo? ¿Estaban todos permitiendo lo que allí sucedía? Intenté guardar silencio por unos instantes pensando en la complicidad de todos los allí presentes, incluido el dueño del bolsillo. De pronto, inesperadamente, se abrieron las puertas del bus… y la mano, con una cartera pegada a ella, salió. Intenté, ahora sí, pude reaccionar… ¡Oye! ¡Te han robado! ¿Cómo no dijiste nada? Te lo estoy diciendo… Y todos se volcaron contra mí por haberles avisado; mientras la billetera se alegraba por su triunfo.

Paqui Robles

EL AUTOBÚS

Viajaba Leoncio hacia su pueblo de vuelta después de haber estado todo el día en el mercadillo de la capital. Había comprado un montón de utensilios que necesitaba para su trabajo. En ese momento, mientras repasaba sus adquisiciones, se acordó del pito que le había encargado Cosme, el alcalde.
¿Vas a Logroño el domingo? – Le había dicho el viernes. – Pues tráeme un pito por favor, que quiero poner un poco de orden en el pueblo. Quiero que escuchen al alcalde por todos lados, con ese silbato impondré mis órdenes desde el balcón, deberán hacer caso de mis pitidos.

Vaya por Dios, -se dijo Leoncio- se me ha olvidado el pito de Cosme, el alcalde. Sin embargo, sí que le he comprado las medias que me pidió la Anselma, no puedo decir que no tenía dinero, tendré que intentar alguna mentira piadosa para que Don Cosme no se ponga envidioso.

Al llegar Leoncio al pueblo Don Cosme, el alcalde, esperaba en la parada del autobús. Leoncio sacó la cabeza por la ventana para decirle directamente, sin más saludos, temeroso de la decepción del alcalde Don Cosme: Ya lo siento señor alcalde, se me rompió el pito justo al ir a subir al autobús.

¡Pero bueno! – dijo el alcalde cruzando los brazos indignado y chasqueando la lengua mientras miraba para todos lados como buscando una convalidación de su queja – pues si que se te pueden encargar a ti cosas, Leoncio, vaya formalidad la tuya.

Y se marchó dando grandes pasos agresivos, pisando el suelo como un bebé que quisiera patear el vientre de su madre la tierra. Mientras se iba, sin volver la vista, alcanzó a añadir:
Pues menos mal que no te había dado el dinero. – A lo que Leoncio respondió después de unos segundos, cuando ya el alcalde estaba lejos: Pues menos mal que no lo había comprado.

Después entregó las medias a la Anselma, unas tijeras a Don Ramón el pescadero, una cometa para la hija del otro… Se le acercó entonces el Andrés y le dijo: Yo te quiero encargar un pito para llamar a mis patos y para pitarle a mi mujer pitidos de la naturaleza. – Y mientras decía esto pasaba su móvil de tecnología china, por encima del de Leoncio hasta que se escuchó: «confirmación de veinte euros transferidos de Andrés a Leoncio».

Estrecharon la mano al tiempo que Leoncio miraba fijamente al Andrés y le decía: Tu pitarás.

Kepa Ríos Alday

EL AUTOBÚS

Viajaba siempre en autobús, aunque tenía coche. Le gustaba el olor a plástico de los asientos, los colores chillones y el encuentro fortuito con otros humanos al apearse en la misma parada. Jugaba a seguir a sus víctimas y construir sus vidas. Era escritor y eso alimentaba su inspiración.

Algunas de esas víctimas tenían trayectos insulsos, poco aventureros. Eran empleados de una conocida cadena de hamburgueserías, que se dirigían a su puesto de trabajo, o profesores que entraban en el instituto. Otros simplemente se conducían a realizar las compras en los supermercados, ir a un banco a extraer dinero, o a las oficinas municipales a pagar alguna multa. Pero a veces tenía la suerte de dar con alguna víctima que luego aparecía en sus relatos.

Uno de esos días que se vaticinaban como poco productivos, se fijó en una chica sentada en los primeros asientos del bus, que apoyaba sobre su falda un maletín que no le hacía juego. La chica vestía elegante, conjuntada y con ropa de marca. Su pelo, recogido en un moño, le daba un aspecto de actriz de época, y sus zapatos de tacón advertían que se dirigía a su puesto de trabajo.

Pensó que estaba cansado y que ya era hora de volver a casa, pero si, por casualidad, ella se bajaba en esa parada, él la seguiría.

Cuando fue llegando la siguiente estación advirtió que la chica hizo un movimiento significativo en el asiento, pero no se levantó. Pensó que aquello era una señal y decidió esperar una parada más. Había observado que las personas, con mayor o menor tiempo, se suelen preparar antes de bajar.

Acercándose al semáforo anterior de la siguiente parada, la chica se levantó y se dirigió a la salida más próxima.

Voilâ, se dijo, aquí tenemos historia. Se bajó tras la chica sin que ella lo advirtiese. Ya en la acera, ella dio un giro de 180 grados y chocó con él levemente. Ni tan siquiera le miró. Se enfundó en unas gafas Ray-Ban y cruzó la carretera tras el paso del autobús.

El cruzó tras ella y comenzó a seguirle. Su corazón se acompasó con el taconeo de su paso. Guardó una distancia prudente, ya que podía haberlo advertido.

Durante cien metros caminó por la calle principal. No miraba a un lado, ni a otro, dirigía la mirada hacia el frente. Era una mujer de unos 35 años, aproximadamente.

Se preguntaba a dónde se dirigiría. Su caminar y su vestuario le hacían pensar que iba al trabajo.

Se paró en un semáforo, luego en otro. Cruzó una calle, luego otra, cambió de dirección, entró en una nueva calle a la izquierda, y luego a la derecha. Y entonces, como si hubiera olvidado algo o se hubiera equivocado de destino, dio un giro completo sobre su figura y miró por el camino que había venido.

Él pegó un respingo. Pensó que quizás se había dado cuenta de su presencia. A veces le ocurría con algunos pasajeros. Con sus gafas Ray-Ban no pudo advertir hacia donde miraba, y tuvo que continuar su camino, sin hacer ningún cambió brusco. Siguió caminando hacia el frente, pasó al lado de ella y el aroma de un perfume le embriagó.

Siguió caminando. Tenía la fuerte tentación de mirar hacia atrás, saber que había pasado con la chica misteriosa, pero no se atrevió. Empezó entonces a sentir la sensación de tener unos ojos pegados. Se sintió observado. Se volvió, ahora sí, hacia el lugar donde había dejado a la chica y allí no estaba. Miró en las diferentes direcciones, pero no encontró sus gafas. Dando por concluida aquella aventura decidió volver a casa.

La sensación de sentirse observado le acompañó todo el trayecto. Le era incómoda. Cuando llegó a su casa no desapareció. Bajó las persianas de las ventanas, tapó la mirilla con un esparadrapo, y esperó.

Los siguientes días los pasó a oscuras. Apenas subía las persianas, le sobrevenía la misma sensación. Nunca pensó que fuera tan desagradable. Quizás muchas de las personas a las que había seguido se habían sentido así, pero ahora no entendía por qué este sentimiento se le hacía tan presente.

Pensó si estaría volviéndose loco. En su familia había antecedentes psiquiátricos.

Los días pasaban y la sensación iba a más. Pidió la baja en el trabajo, presa del tormento de salir a la calle. Hacía la compra por internet, y se relacionaba con sus amigos a través de las redes sociales. Les contaba que un covid persistente lo tenía alejado de todo.

Un día, decidió consultar a un psiquiatra. Quizás él pudiera explicar las cuestiones que podían estar tras esta sensación.

El psiquiatra apenas le escuchó, sacó su recetario de medicamentos y le prescribió varios antipsicóticos.

Con el tratamiento la sensación de sentirse observado desapareció, pero una abulia sustituyó el síntoma anterior. El deseo por escribir se hizo casi inexistente.

Pasados unos meses, viendo una noche la televisión, reconoció en la pantalla a la chica de las gafas Ray-Ban, por el maletín que reposaba sobre la mesa.

Presentaba su tercera novela, una trilogía sobre la vida de un escritor.

Pino Lorenzo

EL AUTOBÚS
Era de color verde. Los peldaños la invitaban a elevar sus vértigos del día y, entre contenta e ilusionada, se dejó llevar por la inercia del movimiento. El conductor le sonrió y dejó al descubierto un hueco molar. Cómo le impactó esa imagen. Aquel hueco hondo, esa cavidad la transportó a unos cuantos recuerdos. Se agarró a la barandilla y también sonrió, pero su dentadura permanecía intacta. Comenzó a mirar sin ver, barría la atmósfera con sus ojos. Una boca la atrapó. Se expandía y contraía como en un beso. ¡Pero qué descaro! ¡Qué ritmo! Le treparon amapolas y encendida como un fósforo, abrió una pequeña ventana que sobrevivía por entre las cabezas. No quería volver a mirar, no. Otra vez aquella boca. Todo el camino sintió esos besos en su cuello, en la nuca, en la sombra de sus noches. Unas risas le despertaron de aquel efecto hipnótico. «Jajaja ahí está de nuevo el del tic en la boca, ¡es a ti! ¡No, es a mí!» La chica se bajó del autobús aturdida y metió el pie justo en una alcantarilla. Era de color verde.

Laura López

EL AUTOBUS

Tras una jornada agotadora de responder a pedidos de hamburguesas y patatas, con un dolor de pies que no se aguantaba. Adela vio el autobús en la parada, echó a correr y lo atrapó por los pelos. Menos mal se dijo, el siguiente pasaría veinte minutos más tarde y tenía un largo recorrido. Se dirigió hacia el fondo donde había sitios libres, apenas se había sentado cuando el joven de al lado sacó una lata, se lo quedó mirando, pero aquel no se inmutó, luego sacó una cajita y papel de fumar como si fuera a prepararse un peta. ¿Pero qué haces le increpó? ¿Y a ti que te importa le dijo el joven? Pues sí me importa le dijo Adela, porque me molesta el olor y además, no se puede beber en el autobús. Pues vete a quejar al conductor, le replicó el joven. Se acercó como pudo al conductor, pero éste no hizo amago de escucharla. Se volvió a su sitio y sacó del bolso un dispensador de perfume y comenzó a rociar a su alrededor. Esta vez fue el joven quien la increpó ¿pero ¿qué haces loca? Trato de neutralizar el olor o ¿es que no puedo?, si te molesta ve a decírselo al conductor. Mientras tanto los viajeros seguían inmersos en sus teléfonos portátiles o se iban apeando. Dos paradas antes de acabar el recorrido, entró un interventor, saludó al conductor y comenzó a solicitar los billetes. Al llegar a su altura le preguntó al joven ¿Ud. donde se baja? Y este le entregó un par de papelinas, Adela no creía lo que veía, pero no tuvo tiempo de reaccionar, el revisor ya salía por la puerta y ella había perdió su parada.

Ana Velasco


EL AUTOBÚS

Mamá y yo íbamos a casa de la abuela todas las tardes. La abu siempre nos recibía con trozo de tarta, y sonreía bajo aquellas gafas de pasta gorda.
Un día se rompió el coche de papá y mamá dijo que iríamos en autobús. Había oído hablar de ese vehículo, pero nunca monté en él. Siempre viajaba en el asiento de atrás del coche de papá, donde llevaba mi mochila con un libro para leer y otro para colorear.
Ese día, dejamos a papá hablando por teléfono, mientras nos preparábamos para salir. Cogí mi pequeña mochila para meter un libro, folios y varios colores.
Me resultaba emocionante y cuando mamá me cogió la mano, la apreté con fuerza y no dejé de sonreír mientras empezamos a caminar.
Cruzamos un par de veces la carretera. ¡Atravesamos un parque! Llegamos cerca de un banco de metal rodeado por varios postes y un cristal y allí paramos. ¡Estaba muy frío! Había mucha gente, que yo no conocía y todos llamaban mi atención con comentarios: una chica bebía café, otro señor se rascaba una larga barba, un chica morena con unas enormes gafas negras, un chico con una mochila en su espalda, y después nosotras. La fila avanzaba cuando el enorme autobús paró cerca del poste.
Era grande, con sus ruedas enormes que giraban una y otra vez. Una gigante puerta se abrió y la gente se movía en la cola, un señor con camisa azul y gafas sonreía desde los mandos. Subimos los escalones hasta llegar a su altura, y pude ver el colosal volante del bus. Caminamos despacio por el estrecho pasillo, que en hilera de a dos tenía en ambos lados. Los asientos tenían un tono vainilla, como el de los helados, y una almohadilla tan azul, como el cielo. Mamá me dejó en el lado de la ventana y ella se sentó al lado.

  • ¿Te gusta el autobús, Clara?
  • ¡Sí mamá!
  • Serán siete paradas, cielo, puedes ir contándolas si quieres.
    Ambas sonreímos y ella se recostó, parecía que apretaba los ojos para no cerrarlos del todo. Los míos se fueron a la ventana y el bus inició su marcha. En la primera parada subió una señora que hacía mucho ruido con sus tacones, proseguimos el recorrido, mientras yo, iba absorta mirando por la ventana la calle, callejones y comercios, algunos me sonaban y otros no. Cuando quedaba poco, el autobús hizo parada cerca de un parque, que tenía una inmensa fuente en el centro. Tan alto como íbamos la perspectiva del mundo parecía mágica. Al arrancar el vehículo trotaba pasando por un montón de baches y generó que saltáramos más de la cuenta en el asiento. Un chico que estaba de pie se giró y agarrándose a una de las barras de metal, la bolsa que llevaba se sacudía como un fantasma plástico, mi mochila también dio un pequeño tumbo. Yo me dejé llevar por el traqueteo y viajaba feliz. Cuando el autobús encaminó a la última parada, la avenida me era familiar. ¡Ya quedaba poco!
    El bus aminoró y mamá me ayudo a salir, caminamos de nuevo por el pasillo y el señor conductor se despidió con un gesto de la mano. Troté por las escaleras y así llegué feliz a casa de la abuelita.

Paty Liñán

HISTORIA: EL AUTOBÚS

Me habían dicho que era fácil llegar, sólo tendría que tomar un autobús y bajarme en la tercera parada. El número era impar y el conductor calvo y con barba. Subí al autobús y como estaba vacío, elegí un asiento de ventanilla para ver bien por dónde íbamos y no despistarme. Luego subió una mujer con su hijo en brazos y un joven que la ayudó a subir un carro de bebé lleno de bolsas; subió un viejo muy viejo con un bastón y gafas; una pareja joven que sonreía todo el tiempo y una mujer muy arreglada.
En la primera parada se bajó la señora con el niño y su carro de bebé lleno de bolsas. El amable joven la ayudó a bajar el carro y volvió a subir al autobús. Salimos de la ciudad y comencé a ver algo parecido al campo. En la siguiente parada se bajó la pareja de jóvenes sonrientes y la señora muy arreglada.
Sólo quedábamos el viejo y yo. Claro, y el conductor. Cuando iba a cerrar las puertas, entró un hombre de traje oscuro con una maleta. ¿Qué irá a hacer un señor tan trajeado en el campo? Me pregunté.
Una vez sentado, arrancó el autobús y comenzamos a escuchar un extraño ruido como de pasos. Más que pasos era como si alguien estuviese saltando sobre el suelo del autobús. El hombre de traje oscuro comenzó a hablar mientras abría su maleta. Sacó de su bolsillo izquierdo una zanahoria y… ta chan, apareció un conejo. ¡Qué suerte!, me dije, hoy seguro que consigo el trabajo.

Cruz González Cardeñosa


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Carmen Salamanca Gallego
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