EL TRASTERO

EL TRASTERO

Cuando me dijeron que el abuelo había muerto, lo primero que recordé fue su cara de felicidad al vernos correr de un lado al otro por el patio y como le pedía a la abuela que no nos regañara, pues era una ley no escrita que los niños debíamos jugar. “Ese es su mejor alimento”, le decía.
Al día siguiente me encontré pensando en él y en todos los libros que tenía en su despacho, en dos librerías que parecía iban a estallar, en la mesa donde ya no se distinguía su color y hasta en el suelo, con varias torres apoyadas contra la pared.
Cuando el notario nos dijo que en el testamento había tres paquetes, uno con las acciones de la empresa, otro con las escrituras de la casa familiar y otro con lo que había en el trastero, sin especificar su contenido, no lo dudé ni por un momento.

Hernán Kozak.

EL TRASTERO

Vivía echada en la pared, en la gravilla del asfalto, en la copa de los árboles, enredada en una receta de cocina, en el mástil de la parada del autobús… No podía colocar su cuerpo a ras del suelo, iba unos centímetros por debajo, subterránea o incorpórea, elevada, pero nunca estaba. Su sombra, incluso, era un pergamino que se rizaba en cada golpe de oscuridad. Se confundía con la noche, era un manto de terciopelo, tullido y sinuoso.
Pero un día fueron a visitarla. Llegaron por el pescante de la casa. Eran diminutos y ligeros y crecían y menguaban según la luz y sus sombras. En realidad era difícil verles, ella tampoco los vio, pero en el trastero a veces las cosas se cambiaban de sitio, venían otras nuevas. Apareció una mañana un arbusto lleno de flores. Otro día una pila de libros que simulaban un árbol, un violonchelo y una partida de cartas. Y de pronto un manto de terciopelo, tullido y sinuoso. Ahí pensó en los seres diminutos, ligeros que crecían y menguaban según la luz y sus sombras. ¿Quién la habría encerrado allí? Habían sido ellos, los enanos y sus juegos diabólicos.

Laura López

EL TRASTERO

A veces, mis sentimientos se contemplan en el conjunto de una casa, que vendrían a ser la apariencia, la fotografía. Llevan un color en infracción iluminando los reflejos de los apartados del texto. Un amarillo, un todo amarillo, frágil, puro, inestable como el pasado. ¿Qué parte sostiene el eje? ¿Tiene un eje el amarillo? Tan tentado hacia el rojo, y otra vez amante del hilo de los versos, naranja de humanidad, uva del latido, ternura de mi lengua que sin tambalearse mira a lo lejos si se podrá alcanzar el trastero, último escalón del correr del color, enloquecedor. Subo por las escaleras, bandera de clamores, y me pregunto si seguir el ritmo de Ravel o encallar la sangre que no da confianza, que no hace parte de la hazaña, y así trastabillando un descanso, te vislumbro, como meta nupcial, generoso baluarte, pasión del naufragio, virutas del alma. De madrugada, mi trastero es una brecha encendida ávida de emprender la conquista.

Clémence Loonis

EL TRASTERO

El trastero de la abuela estaba tan apretado de trastos que, ni tan siquiera la vista, conseguía alcanzar a ver qué había más allá de medio metro. Un cúmulo de recipientes y muñecas de trapo impedía el paso desde la entrada, y de no ser por aquel espejo que se intuía gracias al brillo de su reflejo, atrapado por el sol que entraba por la pequeña ventana situada en la parte superior de la pared, jamás hubiese hecho el mínimo intento de entrar. Sin embargo, no sé si atrapada por la curiosidad, una mañana de sábado, decidí llegar hasta aquel espejo. Con cuidado y mucho sigilo para que mi abuela no escuchara, pues ella siempre insistía en no tocar nada de lo que allí guardaba, intenté hacer un poco de hueco apartando aquellas muñecas de trapo. De pronto, al segundo paso que di, escuché un crujir del suelo. ¡Oh, no! se estaba agrietando… En unos segundos, me encontré sentada en uno de los sillones del comedor, al lado de la abuela y frente a la chimenea. Y ambas, rodeadas de todos los trastos del trastero, que ahora, se unían a la decoración de la sala. Lo siento, abuela, alcancé a decir titubeante… Estaba tardando en suceder, contestó mi abuela.

Paqui Robles

EL TRASTERO

A veces, está tan llenos que no pueden cumplir con su función: guardar trastos.
Ni siquiera se pueden abrir las puertas, cajas y cajas se amontonan queriendo eliminar el poco oxígeno de aquel espacio.

  • ¿Y la bici, mamá?
  • La bajé al trastero.
  • Luisa ¿y la máquina de cortar los pelos de la nariz?
  • En el trastero.
  • Alberto, tienes que subir las maletas del trastero.
  • Mami, mami, ¿dónde está Barbie nadadora?
  • Cariño debe estar en una caja en el trastero.
  • Joooo, mami, la quierooooo…

Todo va bien, hasta que Lusy me pone esa carita de que necesito de forma vital jugar con mi Barbie, olvidada durante meses pero que hoy es imprescindible en mi vida.
¡Ay, el trastero! Cojo la llave, me pongo ropa de estar cómoda y además de coger el palo de la escoba para bloquear la puerta y que no se cierre, ya que no abre bien desde dentro, cojo el móvil a pesar de la poca cobertura y una linterna por si la luz del techo, de 4 metros de alto, se ha fundido desde la última vez.
Bajo al sótano, nunca me gustó atravesar los largos pasillos que contienen puertas y puertas a un lado y a otro, metálicas, con 5 pequeñas rajitas a la altura de los ojos que nunca entendí su función.
El 458 es el nuestro, otro dato que nunca entendí, somos 120 vecinos ¿por qué ese número? Abro la puerta y la bloqueo con el palo de la escoba, enciendo la luz que, esta vez, funciona, coloco las llaves y el móvil en un hueco de la balda de la estantería de la izquierda y cuando me dispongo a abrir la primera caja para emprender la búsqueda submarina de nuestra pequeña Barbie…
De pronto empecé a oír como un sonido de algo en movimiento, creo que nunca he sentido una sensación igual, mi primera representación fue un ratón, pero nada se movía, nada indicaba un atisbo de vida en aquel espacio, estaba desconcertada, pero el sonido no dejaba de aparecer, quedé paralizada, inmóvil, algo asustada, un mundo de representaciones fue sucediéndose en mi mente, no sé por qué, pero tenía miedo, era una sensación desconocida, nueva, perturbadora.
Cuando pude retomar la búsqueda y abrir la segunda caja empecé a percibir el ruido cada vez más intensamente. Por suerte, encontré la Barbie. Cerré las cajas, cogí las llaves y el móvil, apagué la luz, quité el palo de la escoba y salí corriendo de aquel lugar misterioso. Nunca supe qué era aquel ruido hasta que vi una nota en la puerta del ascensor.

“El próximo martes, durante la mañana, vendrá una empresa a eliminar una plaga de ratas que hay en los trasteros.” Desde que leí aquella nota, estuve vomitando durante 3 días.

Magdalena Salamanca

EL TRASTERO

Te encontraste un juguete roto en el trastero, era una locomotora desvencijada. Le lijaste la carrocería, engrasaste las ruedas, puliste cada pieza y lo volviste a ensamblar todo. La locomotora quedó mejor que nunca había sido. Le diste una capa de la mejor pintura resistente al óxido del agua… Y ahora la locomotora no quiere jugar, o tu ya no quieres jugar con ella. Se te está ocurriendo volver al trastero porque sabes que ahí hay muchos juguetes rotos. Ahora te das cuenta que el juego era arreglar la locomotora.

Kepa Ríos Alday

EL TRASTERO

Cumpliendo con los límites del tiempo he tenido que madrugar para regar todas las flores. No me queda casi aire para ti, así que escucha mis palabras que hablan de misterios, reproduce tus sonidos como lenguas desiertas, y deja que los demás escuchen la música.

Y si todo eso no es suficiente, sube al trastero. Encontrarás la foto que mamá nos dejó.

Pino Lorenzo


EL TRASTERO

Cuando le dijeron cómo encontrarlo, se quedó pensativo. Hacía mucho tiempo que se lo venía pensando, sin saber cómo resolver el asunto. Al día siguiente, fue la decisión la que lo había tomado a él porque, ya, sin decidirlo conscientemente, antes de irse a trabajar, se había acercado al barrio en cuestión.
No es que le asustaba la idea de la mudanza, no, lo dejaba perplejo. ¿Cómo transportar su tesoro, cómo atreverse a sacarlo de su hogar? Mientras tanto, los meses pasaban, las dudas lo asaltaban cada vez más. Por eso, dejarse atrapar por una decisión le pareció lo mejor que le podía pasar. Es así que hoy, para su gran sorpresa, sabe que su tesoro está, mejor que nunca, guardado, en el trastero

Sylvie Lachaume

EL TRASTERO

Había decidido realizar una pequeña reforma en casa y me dejé aconsejar para buscar un lugar donde depositar los enseres mientras se realizaba. Me hablaron de grandes empresas que alquilaban espacios por m2, pero siempre muy retirados de mi domicilio, por lo que acudí al método más clásico de buscar algún trastero en el barrio utilizando los anuncios de siempre. Comencé con un para visitas por semana, descubriendo un mercado extremamente diverso: el primero que visité se encontraba en una especie de bodega que debía de dar a un viejo alcantarillado pues el moho recorría todas las paredes, el segundo había arañado algunos metros al garaje, el siguiente era un espacio pequeño, de apenas un metro de alto, cruzado por una viga, por lo que había que entrar a gatas, seguidamente me encontré con un zulo donde solo faltaba la calavera. Con cada visita volvía más extrañada pensando en todo lo que entraba en el mercado y también por lo que ocurría a nuestros pies sin enterarnos. Figúrense que existe una banda de okupas de trasteros, que va haciendo su negocio vendiendo por internet los trastos que encuentran, son capaces de detectar cuánto tiempo llevan los efectos sin moverse, se llaman “los chamarileros” y la policía está al corriente de ello, incluso el ayuntamiento. Cuando sus dueños van a quejarse de la situación se ven multados por dejadez, y como no se pagan impuestos por estos espacios, queda justificada la intromisión. De verdad les digo que no he logrado salir de la conmoción y por la noche sueño con mis cacharros repartidos por alguna página tipo Wallapop.

Ana Velasco

EL TRASTERO

El trastero de tu vida. Y allí mismo encontré mis libretas, los escritos de una niña y un cuaderno en el que vuelves aparecer. Tus juguetes huérfanos, mis letras en un diario maldito donde te nombro.
Los sueños que se quebraron por el camino. Más que un hermano, eras un compañero de mi vida, el primer amor de una pequeña que nació para cuidarte, para adorarte.
Leo unas líneas, repaso nuestros juegos, claves secretas que solo sabíamos tú y yo. El cuaderno que me ayudaba en las salas de espera del hospital, los lápices de colores con los que rodeaba tu camilla, pintábamos de arcoíris aquella pared gris, aquel tosco edificio. Los hospitales podrían ser mas bonitos, pues se ven los espectros de la gente que abandona este mundo entre sollozos.
Hacía tiempo que no subía al trastero, la puerta siempre se me hacía enorme desde que te fuiste. Allí se fueron acumulando nuestros recuerdos: la pelota de fútbol, el patinete, los lego con los que tantas veces peleamos por construir la torre más alta.
Todo está cubierto de un polvo melancólico, que nunca limpié porque dejé que se acumulara entre las cajas, y en el interior de mi alma. Y ahora, he dado el paso de limpiarlo todo, de imaginar cómo sería nuestra existencia contigo al lado, qué opinarías de mi nuevo trabajo o cómo cuidarías con tu sonrisa, a tu sobrino, mi futuro bebé. Y sí, solo vine a contarte que se llamará Manuel, como tú.

Paty Liñán


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