EL CHISTE DEL SIGLO

EL CHISTE DEL SIGLO

Hace veinte días que Julián Benítez no sale de su casa. No tiene síntomas, ni fiebre, ni tos, ni nada que pueda hacer pensar que el COVID aún se aloja en su salón.
Pero él que es un hombre moderno, quizá más presumido que estudioso, quizá más precavido que valiente, quizá algo acomodado, cuando amanece, recuerda que tuvo un sueño donde se hacía una prueba y salía positivo y ha decidido que hasta que no despierte y haya dado negativo, no irá a ninguna parte.

Hernán Kozak.

EL CHISTE DEL SIGLO

No quería pronunciar aquellas dos palabras que lo comprometían para toda la vida. Intercaladas entre una coma, con un común acento, se le antojaban difíciles de vocalizar. Había sido hombre de pocas palabras, y aquellas dos no arrancarían su verborrea, pero conllevarían un sinfín de conversaciones a las que no estaba acostumbrado.

Ella era una muchacha fina, de buena familia, y con una buena dote, había dicho de ella su padre. No lo dudaba, y de hecho hubiera seguido sus huellas si ella se lo hubiera pedido. No era un asunto de amor el que le retenía.

Cuando el cura desplazó su cuerpo dirigiéndolo hacia Jordi deseo que el suelo se abriese en ese momento, y del fondo de la tierra brotara todo el magma y la lava que se había guardado en los últimos decenios.

Y entonces el cura levantó la cabeza del libro que tenía en sus manos, y miró a Jordi como antes nunca lo habían mirado, y sus labios empezaron a pronunciar las manidas palabras: Jordi, ¿aceptas a Angels como legítima esposa, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de tu vida?

Su estómago entonces empezó a emitir unos sonidos que se escucharon en toda la Iglesia. Los invitados se quedaron callados y dirigieron su mirada, aún más intensamente, hacia Jordi.

Sonrojado, solo fue capaz de articular: Saben aquel que diu…

Pino Lorenzo

EL CHISTE DEL SIGLO

Van un inglés, un francés y un español andando por las montañas para hacer turismo de aventura a China y cuando llegan a la gran muralla se dan cuenta que ninguno de los tres sabe chino. El inglés dice: tranquilos que podemos sacar los móviles y usar la app del traductor simultáneo, con eso nos apañamos perfectamente porque permite traducir y comunicar tu mensaje en tiempo real.
Entonces el francés dice: Estupendo, además yo puedo llamar a un amigo chino que tengo en Francia y así el nos hará de intérprete traduciendo nuestras palabras de forma más amable que un traductor robótico. Podemos usar la app de traducción para asuntos prácticos y sencillos, y ya si queremos mantener alguna conversación más sutil llamamos a mi amigo y él nos ayudará encantado.

Y dice el español: Primero de todo que aquí en China no hay que conectarse a Internet y menos con el móvil porque los chinos pueden interferir en las ondas electromagnéticas, obtener las claves del banco y robarte todo el dinero; segundo: que nadie vea nuestros teléfonos, no los mostremos en público porque para los chinos nuestros terminales occidentales son tecnología punta y una gran tentación para los carteristas, que dicen que aquí hay muchos cacos y roban de lo lindo. Y tercero que anoche mientras dormíais os cogí vuestras mochilas con todas vuestras pertenencias para gastaros una broma, después por curiosidad fui a un mercadillo a preguntar cuánto me darían por ellas, pero el tío del puesto al que fui a preguntar me las robó el muy chorizo cambiandomelas por un dinero falso del que me tuve que deshacer rápidamente. Así que ya no tenéis móvil ninguno de los dos.
Yo el mío si que tengo pero no os lo presto ni loco… A ver si ahora con tanta app y tanta llamada me vais a robar el ancho de banda que tengo contratado con los ladrones de Movistar.
Pasaron unos instantes donde los dos europeos se miraban estupefactos en silencio. Después de un rato el inglés recuperándose de la impresión le dijo: pero ¿qué más te da prestar el móvil si me dijiste que lo habías contratado usando un DNI y una tarjeta de crédito que te encontraste en una cartera tirada en el suelo?
Y el francés salta: Anda pues a mi me dijiste que no pagabas nada de teléfono porque habías hecho no sé qué chanchullo y que por eso tenías la línea a nombre de tu madre ¿no?
Y contesta el español: Vosotros seríais capaces de dejar en el suelo la cartera de vuestra propia madre con tal de no agacharos y estirar un poco la mano… ¡Vergüenza debería daros!

Kepa Ríos Alday

EL CHISTE DEL SIGLO
El local estaba repleto a pesar de las restricciones. Una serie de estornudos pegados a un hombre hacían una orquesta y un hueco como un cráter ¿quién osaría permanecer a su lado con tal magnitud de aspavientos y partículas? Parecía un planeta con sus asteroides. Todo plantado junto a su rey sol, dorada y rubia, una cerveza servida en un gran vaso. Además, que no se cortaba un pelo. Había quien se ponía la mano, o el codo ante tal húmedo soliloquio, pero él hacía aparecer y desaparecer un túnel en su boca, un silbido de trolebús.
El seguridad permanecía en la puerta, controlando el aforo, que todo el mundo entrara con la mascarilla puesta…. Una vez dentro del local desaparecía la formalidad del asunto. El humorista salió al escenario. Con un golpe de tos marcó su boca junto al micrófono. Los que se encontraban junto al escenario se apartaron. Uno fue muy brusco en su movimiento y cayó, irremediablemente, al suelo al enredársele la pierna en el taburete. Éste hizo un efecto dominó con quien tenía detrás, y con la señora del chal azul, y con el joven enamorado que tenía su mano fuertemente agarrada a su tan grata compañía. Pronto aquello se convirtió en un galimatías de piernas, taburetes, brazos… El seguridad no bajó. Siguió controlando de manera muy estricta, que la gente entrara con su mascarilla bien puesta. Repetía a cada instante: nuestro local es uno de los pocos que cumple con la normativa vigente. Puede usted entrar con toda la tranquilidad del mundo.

Laura López

EL CHISTE DEL SIGLO

Tengo 20 minutos, es decir, un movimiento lunar imperceptible como cuando ligas los orificios de la inmensidad para escribir una historia y esta vez tiene que redondearse en un chiste. No sé si con esas exigencias platónicas y si, más allá de los ramajes de la angustia, se podría escribir, sospecho que la sangre no derrama tanta inercia.
Además, con el pecho golpeando sobre el corazón eléctrico se instala el riesgo de querer el amor así, con el nombre de tu belleza sin que pueda servir para otra algarabía. Lo quiero así de así. La idea tal cual, como en aquella época donde todo estaba prohibido.
Lo que sí es conveniente, irremediablemente, es no levantar la cabeza del papel. Los dedos deben estar en constante movimiento, como rezando en palabras amadas. No importa lo que se escriba ni la velocidad de la mente, interrumpir puede ser mortal tanto para los dedos como para la historia, no detenerse jamás hasta que la historia irrumpa como una muerte prematura y paralice tus deseos. Ya ves, la historia sigue, esto sólo es una demostración, una maqueta digamos, donde el mártir enferma y vuelve hasta la superficie para tomar aire.
Otra dificultad que te puede ayudar: mira, nadie tiene el nombre que se merece o ninguna palabra es totalmente segura… decía, no siempre se busca lo que se busca: Quiero escribir como Borges, Girondo, alcanzar la precisión prosaica de Emilia, describir lujosos festines literarios como Roberto, que no, ser un mártir es una pretensión que te lleva a la ciudad de las damas y perderás la memoria. Cualquier interrupción es mortal.
Queda poco, apremian los minutos, el espacio está cercando los dedos que siguen insistiendo en el teclado sin toparse con la letra final. Digo y me desdigo. Con tanta promiscuidad el lenguaje besó el papel con el hedor de mi muerte.

Clémence Loonis

EL CHISTE DEL SIGLO

-Ja, ja, ja…
-¿De qué te ríes?
-Me han contado el chiste del siglo. Ja, ja, ja…
-Cuéntamelo para que yo también me ría.
-Es que no se puede repetir.
-¿Cómo que no se puede repetir un chiste?
-No sabes que cuando lo repites es diferente y ya no hace tanta gracia.
-No lo escuché nunca. No será que no quieres que me ría.
-Si a mí me encanta escucharte reír.
-Ja, ja, ja… ése si que es un buen chiste.

Cruz González Cardeñosa

EL CHISTE DEL SIGLO

Abordaron la isla, cuando llegó la noche. Uno vigilaba la playa, mientras todos avanzaban, nadando en sus ilusiones. Nadie se percató del cambio de rumbo de su aventura. Una tortuga aprovechó el engaño para escapar. Cuando llegó, en el infierno ya, nadie más le reconoció.

Sylvie Lachaume

EL CHISTE DEL SIGLO

  • Será el chiste del siglo y de oro
  • ¿Es qué hay de plata?
  • Pues claro- respondí- de plata, platino, oro, y luego está el ocre ya van bajando a chistes peorcillos.
  • Jaja, ni idea de eso tío, aunque si te sirve yo creo que vas a ganar.
  • Luego están, los gore, los verdes, los caca de vaca, pero ya van siendo basura.
  • Te digo que te presentes que vas a ganar, eres un charlatán gracioso.
    Mi amigo Ignacio me dio una palmada suave en la espalda a modo de ánimo.
  • Entonces empiezo. “Mi hija se ha perdido. ¿Me ayudan?
    ¿Cómo se llama?
    Esperanza.
    Imposible señora, la esperanza es lo último que se pierde.”
  • ¿Y éste en qué categoría está? jaja- me preguntó.
  • Bueno como solo has hecho dos jaja la categoría no parece muy alta, voy a intentar mejorártelo.
  • Vas a peor tío jaja.
    «Toc toc
    ¿Quién es?
    Lola
    ¿Qué lola?
    Loladrones
    Esperen que estoy con lame
    ¿Qué lame?
    La metralleta»
  • Jajaja- rio mi amigo
  • Por tus jajas veo que este está en una categoría superior a la anterior podría llegar a plata. Te contare otro entonces.
    «Tranquilo, Jorge, es solo un pequeño corte con bisturí, no estés nervioso.
    Doctor, yo no me llamo Jorge.
    Lo sé, Jorge soy yo.»
  • Jajajaja creo que, si cuentas uno mejor, ganarías el chiste de oro.
  • Ummm espérate que piense.
  • Jajaja venga tío tú puedes.
  • Así, ya se.
    «Un matrimonio va al médico y, tras examinar bien a la mujer, el médico le dice al marido:
    La verdad es que no me gusta la apariencia de su esposa.
    Ni a mí, la verdad, pero es que su padre es rico.»
  • Jajajajajajaj estoy completamente seguro de que con ese chiste ganarás, venga tío, preséntate.

Paty Liñán


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