LA COTORRA

LA COTORRA

Y mira quien fue a hablar. Ella vive entre la palabra, habita los monólogos que vacían las almas, niega los silencios, y sin casi respirar, extiende opiniones por doquier, como el que siembra salvajes encuentros en una tierra sin las condiciones adecuadas para la germinación de nada.

Sabe de todo y de todos y sin que nadie la pregunte te cuenta lo que pasó, pasa o va a pasar. Se hace escuchar por los que les sobra el tiempo o por los que necesitan saber, genera grupos que se atrincheran en círculos de miradas esquivas, que alternan oblicuamente sus ojos para nadie los escuche hablar mal.

Zumban en las esquinas de los mercados, farmacias y algunos bares de poca calidad, aunque también, se las encuentran en hoteles de lujo, clubs de golf, y algún puerto marítimo de alto standing. Nunca van solas, se dejan acompañar por otras como ellas, pero de talante pasivo o activo-pasivo alternativamente, también ellas necesitan respirar.

A veces, se las ve con marido que llevan colgados del brazo a modo de bolso, aparentemente víctimas de tanta sagacidad, pero si les estudias son cómplices totales, partícipes fieles de las historias interminables que despliegan en tiempo record con argumentación perfecta, frente a cualquier otro que se pare ante ellas.

¿Qué haríamos sin su verborragia filosófica de barrio aturdiendo el silencio indecoroso de la vida? ¿qué haría Telecinco sin esta especie que tanto dinero les procura? ¿qué haríamos?

Magdalena Salamanca

LA COTORRA

Con su libro prisionero, dos hombres fueron designados para custodiarlo. Por la sierra se veía el horizonte delineado tan apacible, tan frío.
Estaba triste pero se complacía en su pecho ronco. Escupía. Eran todas las palabras que no podía decir. Queriendo llorar, no lloraba. En su lugar tenía todas las acequias en el estómago y rugían y se sepultaban en su oleaje.
Comenzó a dilatarse por el frío, y las hojas hinchadas de humedad bordearon la marcha fúnebre. Rozaron sus espacios hasta la altura de las ingles y se partieron en dos. Se vistieron de músicos y una cotorra se unió al singular evento. Ella era la que repetía y repetía las frases ¡era una cotorra! Nunca pudieron sepultar un libro prohibido.

Laura López

LA COTORRA

Me desperté aquel día, después de un viaje largo por las galaxias de las arenas. Encendí la mecha de mi alma y me lo dije secamente: Lo que allí pasa, no es una novela.
Callarte, dejar al papel su resplandor, desparramar grititos de cotorra despierta hace subir el reflujo ácido de las palabras desoladas.
Los gusanos no se achican frente al silencio, pervierten la voz con miradas infinitas y el aire se enclaustra, abandona su forma de tiempo.
La cotorra está aprendiendo a hablar para blanquear a los hombres que no cumplen con su deber de hombre.
Lo que allí pasa, no es una novela.
Pero quien tiene el titular de lo que pasa desaparece en la novela.

Clémence Loonis

LA COTORRA

Desde su ventana, ese invierno tan terrible, observaba el jardín des Tuileries. La nieve había invadido los espléndidos terraplenes del oeste. Se habían salvado de la tormenta los arbustos orientales, los que solían abrigar aves de paso.
Ese día, vio una cotorra. Parecía sorprendida por haberse descuidado en encontrar un lugar apto para mantenerse cómoda en esa época de heladas.
Apiadándose del animal decidió ir para salvarla de un riesgo anunciado. La encontró acurrucada en su nido, donde tres pequeñitos pollos lanzaban gritos conmovedores. Delicadamente los instaló en su regazo y se los llevó a casa, desde donde llamó a unos amigos expertos en fauna, para que le dieran consejos para cuidar esta exótica familia.
Años más tarde, el éxito de sus cuidados les permitieron regalar a una alcaldesa de Madrid, tres parejas descendientes de la cotorra viajera. Y se dice que, por descuido, dos se le escaparon y que hoy, se las ve refelices con sus familias en los parques, en los bosques, en cualquier árbol de la ciudad porque, «de Madrid al cielo».

Sylvie Lachaume

LA COTORRA

“¡El dichoso pájaro no va a parar! Y de estar en mi ventana al final te voy
a querer, no entiendo por qué vuelves. Tengo que concentrarme en el plan”
La cotorra no paraba de aporrear con su pico la ventana y cuando iba a
devolverle, el que parecía ya nuestro saludo, el timbre sonó.

  • ¿Qué tal, alcalino? – saludó.
  • ¡No me llames por mi mote, estúpido, eso será para el golpe!
    Mi viejo colega abrió la nevera y se sirvió una cerveza.
  • La confianza da asco, Rubén- espeté, aunque mis palabras fueron
    para el aire. – ¿Bien, dime, tienes lo que te pedí?
  • Lo tengo: cables, cal, una radial, goma elástica.
  • Bien, bien, yo tengo la pipa. ¿Quieres verla? – saqué del cajón de la
    cocina el arma que llevaría para intimidar al cajero del banco, si por
    las buenas no aceptaba darnos el dinero.
  • Mañana sobre la una, entramos alunizando el banco, tú intimidas al
    cajero, y yo me ocupo de la caja fuerte. Luego de salir, te dejo en la
    esquina acordada, con tu parte del botín. Luego, no nos veremos en
    un tiempo.
    Mientras mi colega hablaba, el pájaro apareció en la cocina, y como un
    macabro servidor empezó a cotorrear:
    ¡Tengo una pipa!! ¡Verla! ¡Pipa!
  • Pero ¿Qué dice ese bicho? – preguntó mi amigo.
    “Banco” “Botín”.
    El animal volaba sobre nuestras cabezas mientras intentábamos sin éxito
    atraparlo.
  • ¡No podemos dejarlo ir!
  • Nadie creará a un pájaro, tranquilo. – intenté decirle.
    La cotorra saltaba por encima de todos los muebles, subía y planeaba
    sobre nosotros gritando parte de nuestra conversación.
  • Sería peligroso, Antonio. No sabemos dónde acabará este bicho.
  • Yo sí. Se acabó. – me fui hasta el cajón de la cocina, quité el seguro a
    la pistola y comencé a dar disparos. Uno dio en la madera, otro salió
    proyectado hacia el ventanal. Y el pájaro seguía por allí.
  • ¿Te has vuelto loco, Antón? No gastes las balas.
    Rubén se acercó y forcejeamos, yo aún con el arma en la mano,
    mientras el animal descansaba sobre la madera de mi mesa. Vi un tiro
    claro y apunté hacia su plumaje verdoso, esperando acabar con él y
    continuar el plan en calma. Pero la bala rebotó y fue a dar al pecho de
    mi amigo Rubén, que cayó a los pocos segundos sobre mí y luego en el
    suelo. Su sangre llegó hasta mis zapatos, mientras levantaba su cuerpo y
    suplicaba en balde que no se muriera. Mientras tanto la cotorra me miró
    por última vez y salió volando por la ventana rota. No volvió nunca
    más.

Paty Liñán

LA COTORRA

Igual que nosotros podemos imitar a un pajaro, sus llamadas de celo, territoriales, sus sonidos vitales… La cotorra imita nuestras llamadas al amor, nuestros lamentos y celebraciones sin saber qué quieren decir. Cuentan que una cotorra vivió por tres años con un joven poeta enamorado. Era un mal poeta, repetía sus versos en la quieta noche de una pequeña ciudad en Cataluña. Eran versos de amor destinados a su enamorada. Los repetía y repetía con la intención de aprenderlos de memoria para poder deciros a ella. En cuidados endecasílabos nuestro poeta vertía las penas de su corazón:
Como un león en la sabana inmensa
se extravía en el verdor soleado,
en el verde de tu boca, tu intensa
mirada me había desorientado…
Y así seguía hasta hilar varios sonetos con el mismo hilo conductor. La cotorra no tenía otra cosa que hacer más que escuchar a aquel desdichado. Sola en aquella jaula, aquel humano que la alimentaba era su única compañía y uno de los pocos seres vivos que la cotorra había conocido en su vida. Era pues comprensible que prestase gran atención a los sonidos que continuamente emitía el joven poeta. Aprendió la cotorra los versos de memoria. A veces el poeta cambiaba alguna palabra por otra, la cortorra conocía ambas versiones y las recitaba como si comprendiese cada cosa que decía. Por ejemplo, al pronunciar: «el verde de tu boca» remarcaba mucho laa consonantes para sonar como una lasciva serpiente.
Un día al ir a limpiar la jaula el poeta vio que la cotorra no pretendía escapar. La sujetaba con una anilla de la pata. Ella no pretendía volar para escaparse pero se aburría de estar todo el rato en el mismo sitio y quería moverse. El poeta soltó la anilla cuidando que las cortinas de la ventana estuviesen bien echadas. Pero era un delicioso día de verano, cálido pero con un ligero viento embriagador que abría las lúbricas cortinas incitantemente. Cuanto el poeta terminó de limpiar la jaula fue a buscar a la cotorra pero ya no estaba por ningún lado de la casa.

Seguro que vuelve cuando tenga hambre. Agitó varias veces la caja con el pienso. Y la llamaba por sus varios nombres. Estuvo así todo el verano con la ventana abierta y la jaula abierta repleta de pienso. Entretanto la cortorra ya estaba instalada en un magnífico balcón floreado donde unas chicas le daban todas las mañanas cereales y frutos rojos y bayas con leche no demasiado caliente y unas gotitas de sacarina líquida para que la cotorra pudiese disfrutar de la mayor dulzura sin tener que perder la línea por ello. Estaban encantadas con los versos que recitaba.

Las chicas eran estudiantes de diversos países extrangeros pero buenas conocedoras del idioma castellano. Los versos les parecieron demasiado cursis pero les hacían mucha risa. Una de ellas no tardó en acoger a la cotorra en su habitación. Estaba de alquiler, no había traído ninguna radio y la cotorra por lo menos sabía muchos poemas graciosos. Pronto se enamoró del bello pajarito.

Cuando terminaron el curso doctoral superior en literatura erótica hispánica que habían venido a estudiar a Madrid, las chicas tuvieron que irse de nuevo cada una a su país de origen. Una a Checoslovakia, otra a Mongolia, otra a Uzbekistán… La pobre cortorra perdió a su mejor amiga y quedó en el frío balcón de una casa abandonada donde nadie quería escuchar sus versos.

Quiso buscar de nuevo la casa del joven poeta con la esperanza de que hubiese escrito algunos versos mejores.

-Si hubiese sabido mejores versos- se decía la cotorra a si misma. Alguna de estas estudiantes me habría llevado a su país con ella aún pagando un pasaje de avión al mismo precio de un humano. Me habría llevado en la jaula en un asiento y las azafatas me habrían acariciado las plumas debajo del cuellito y me habrían dado una bandeja de comida humana troceada para mi y de postre un rico pastelito pequeñito como son los del avión.

Pero en vez del joven poeta en la casa vivía un mago. Se había instalado hacía dos meses. Era especialista en trucos de hacer aparecer y desaparecer palomas y conejos. Estaba pensando cómo emplear a aquella cotorra cuando de pronto ella comenzó a recitar los versos de su primer dueño. Con aquella nariz de payaso y los versos tan graciosos que recitaba, aquel mago se dio cuenta que había encontrado una verdadera mina de oro. La llamó Doña Leticia y como tal la trataba, contrató tres pajes y cinco poetas que noche y día le cantaban.

Kepa Ríos Alday

LA COTORRA

En un bloque de Arguelles. Piso tercero con terraza. Una vecina sale al pasillo y gritaba ¡Avisen a la policía! El vecino de enfrente tiene un arma. Así fue como empezó a escribir el funcionario de la Comisaría el informe, tratando de relatar de la manera más concisa posible los hechos ocurridos por la mañana. Al parecer en el bloque del enfrente alguien apuntaba con una escopeta a la terraza de María, tal como narró la vecina de arriba que era también la que marcó el número de teléfono. Cuando entraron al apartamento el presidente del portal hizo un intento de persuasión y decidió enseñar un pañuelo blanco realizando algunos gestos para que bajara el arma, aunque sin éxito, por lo que decidió ir al domicilio del acechador. Cuando iba a tocar el timbré de la puerta oyó varios disparos y decidió volver al encuentro de sus vecinos, ahí fue cuando se topó con la policía. Subieron juntos hasta el piso de María y la encontraron en el suelo, aunque todavía tenía pulso. Los agentes salieron al balcón y el acechador seguía en su sitio, le gritaron e hicieron señales y no respondía. Se dispusieron a ir a su encuentro cuando se oyó otro fogueo y al tiempo un bullicioso ruido, una bandada de pájaros verdes se había instalado en la terraza, el ojeador echó la escopeta a un lado y susurraba “cotorra bonita” “mi cotorrita»…. La declaración del funcionario continuaba con una escopeta de fogueo, una señora que sufrió un desmayo y un solitario anciano que buscaba a su pájaro huido de la jaula.

Ana Velasco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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