EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Hace muchos años, un viejo sabio me dijo:
La ilusión en los niños es una de las mejores virtudes que puede tener un ser humano, pero en los mayores, la cosa cambia, la inocencia desaparece y le queremos poner formas a todo, comprender el porqué de las cosas y somos tan racionales que, si no lo veo, no lo creo.
Y es ahí donde le pregunto al Sr. Sabio:
¿Pero usted cómo sabe estas cosas?
¿Cómo puede ser que aquello que nace como virtud, se transforme en otra cosa?
El hombre, con su media sonrisa dibujada en sus labios, no para de mirarme y en esa mirada noto una especie de frío que recorre mis manos, era un momento complicado porque sentía que no había mucho más que decir, que yo, que ya no era más un nene, algo había perdido para siempre y que no había forma de poder recuperarlo.
El hombre, al verme mal, con la mirada hacia abajo como quien se sabe derrotado por algo me dice:
Levanta tu cabeza, acepta la realidad y aprender a encontrar nuevos matices en tu vida, los mayores también podemos amar, obtener múltiples conocimientos de la vida si uno los busca, tenemos el poder en nuestras manos de poder ser felices aprendiendo a elegir.
Y le preguntó que cómo se hacía eso, por dónde poder buscarlo.
Y el me responde: está en ti, dentro de ti, no busques fuera, porque ahí afuera no hay nada y todo lo que hay y te gustaría que se acerque a ti, te lo tienes que ganar, tienes que mostrar el deseo de que lo quieres y si lo quieres, tienes que estar a la altura de tus deseos.
Mira, joven, me dice: a medida que vamos creciendo los problemas se multiplican, la salud es cada vez más frágil y los pasos cada vez más cortos. Aprender a vivir es poder seguir tu deseo, aprender a escucharlo e ir siempre en esa dirección, tu a tu mismo no puedes mentirte, tu solo, no puedes llegar a ningún lado, la vida es algo único para vivirla con otras personas que te permitan agregarle a tu vida, los matices nuevos que tiene el vivir, con los otros es donde está el verdadero motivo de esta vida.
Dale, sal ahí fuera a ser feliz, joven, yo solo puedo mostrarte el camino, pero eres tú quien lo tiene que transitar….

Leandro Briscioli

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Tenía cinco años, como todos los veinticuatro de diciembre de mi vida.
Mis padres me pidieron que fuera a la cocina a buscar los dulces de Navidad, algo que sabían era imposible, pues estaban en el segundo estante, al cual yo no llegaba. Después de un rato, regrese vencido, avergonzado. Emociones que desaparecieron al ver cómo debajo del árbol alguien había dejado unos cuantos regalos.
Ayer volví a tener cinco años, Papa Noel otra vez se cruzó en mi camino, cuando mi hija volvió de la calle diciendo que fuera no había nadie, que los ruidos que habíamos escuchado serían de los vecinos y se quedó muda al llegar al salón y sus ojos encontrar la magia.

Hernán Kozak

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Aquella mañana habíamos quedado para hacer senderismo, una ruta desconocida despertaba mi curiosidad. Todo transcurrió con normalidad hasta llegar a la mitad exacta del recorrido previsto. Fue en el kilómetro 24, donde por casualidad un conejito atravesó nuestro camino. Si no hubiese sido por su color, ninguno de nosotros hubiera reparado en él, pero aquel no era un conejo cualquiera, era de color rojo con algunas motitas blancas. ¡Eh! Chicos, ¿habéis visto esa cosa roja? ¿era igual que un conejo, no? Si, parecía un conejo… exclamaron algunos de mis compañeros asombrados. Sigámoslo, dijimos… Vimos cómo entraba por el agujero de uno de los árboles del bosque en el que estábamos. De pronto, una desconocida voz llamó nuestra atención. ¡Eh, dejad al pobrecito animal tranquilo! Exclamó. ¿Cómo, quién nos habla? Soy yo, papá Noel… ¿Papá Noel? Preguntamos boquiabiertos… Pero si tú no existes… ¿Con que no, eh? ¿Y cómo es que me estás escuchando? Preguntó él… Bueno, no sé… y el conejito… ¿Cómo lo explicas?… Ehh, venga, dime, lo ves o no lo ves… Yo soy Papá Noel… Papá No… Papá no es… nooo… papá no es… Despierta cariño, despierta… papá no es, ha sido la tía Enriqueta que lleva tocando el timbre media hora… ¿Vas tú a abrirle?

Paqui Robles

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

El día que conocí a Papá Noel me sorprendió escribiendo una carta a los Reyes Magos. Entonces no comprendí esa imprevista aparición. Pero, ¿por qué en el décimo año de mi vida? pensé. El caso es que nadie supo resolver el misterio. Al año siguiente mi carta ya no fue para los Reyes Magos. Aún estoy esperando que Iker Jiménez, desde “El Cuarto Milenio”, me dé una respuesta.

Antonia López

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Después de tantos años escribiendo a los Reyes Magos, nunca pensé que fuera a Papá Noel al que conociera en persona.
Todo ocurrió una mañana de principios de diciembre cuando fui a visitar a mi abuela a la residencia El Carmen.
Las viejillas estaban revolucionadas porque había entrado un nuevo huésped, y se agolpaban en su puerta para pasar un rato con él.
Mi abuela había sido una mujer guapa, fuerte, de las de antes, que permanecen fieles a su historia. La encontré en su habitación como hacía años no la veía. Se había soltado el pelo, y lo peinaba como cuando de pequeña la veía hacerlo frente al espejo. Se había puesto un traje que tenía guardado y que utilizó en mi fiesta de graduación, y se miraba con deseo. Estuve observándola desde la puerta al menos 5 minutos. Su incipiente sordera la entregaba a la tarea, y yo tenía el placer de mirarla. Se retiraba el pelo hacia atrás, se lo entregaba a un lado, se lo recogía. Se había puesto unos pendientes que su esposo le regalara cuando contrajeron matrimonio, allá por los años 20. De un pequeño cartucho de papel derramó sobre la mesilla numerosos pinceles y tarros de pintura, con los que inició la tarea de transformar su arrugada cara en la faz de una actriz.
Era guapa, muy guapa, y verla así fue un regalo que no esperaba. Las lágrimas rodaron por mi cara.
Por la espalda oía el bullicio de las ancianas que corrían de un lado a otro del pasillo, buscando trajes que prestarse, abalorios con los que acicalarse, y zapatos del mismo número. Como alocadas por las buenas posibilidades, se iban transformando en mariposas.
Esa noche el nuevo huésped daba un recital para todos los residentes. En el salón principal se agolpaban hombres y mujeres.
Una mujer de unos cincuenta años hacía la presentación:
Buenas noches a todos, visitantes y huéspedes. A continuación, tenemos el placer de presentarles al poeta, cantor, mago, artista, escultor, pintor, domador, cumplidor de deseos, facilitador, Nikolaus Heikkinen, procedente de Finlandia, que nos va a deleitar con sus poemas.

Pino Lorenzo

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Lo conocí mientras realizaba mi tesis sobre cultura anglosajona. Antes de existir el fútbol y la selección española, los mundiales, etc. la celebración más importante que tenían los pueblos bárbaros de las zonas septentrionales era la Navidad. Papá Noel en aquella época era para los hiperbóreos lo que para nosotros es ahora Manolo el del Bombo: un tipo entrañable cuyo sino era animar a toda costa las reuniones más tradicionales. Enseñaba villancicos a los niños, entraba por la chimenea de las casas más tranquilas y les incitaba a buscar la felicidad. La felicidad siempre era algo que otros tenían. Aquellos pueblos de inviernos hambrientos y ateridos, sólo podían entender la felicidad como la superabundancia de frutos secos, carnes y pieles de reno.
Fijaos si tengo carne de reno -decía Santa Claus a los campesinos hambrientos- que ya no sé qué hacer con tantos renos y los he puesto a tirar de mi trineo, ¡ho! ¡ho! ¡ho!.
Al igual que Manolo el del Bombo, Papá Noel también regentaba un bar el resto del año que no había celebraciones que animar. Manolo el del Bombo, dicen los periódicos, desde que empezaron las crisis del capitalismo está atravesando algunos problemas económicos. El símbolo más popular de la identidad nacional española ha tenido que rebajarse a hacer publicidad para Burger King, una empresa afincada en Miami, USA. Pero con ello ha conseguido solventar momentáneamente sus problemas económicos.
Mi tesis trata de dilucidar cuál fue la crisis que empujó a Papá Noel a fichar para coca-cola. Su traje era verde, pero en el contrato con coca-cola le hicieron adoptar el modelo bermejo con el que se hizo conocido en todo el mundo. ¿Fue una crisis económica, amorosa, de credibilidad…? Podríamos preguntarle a su homólogo español.

Kepa Ríos Alday

EL DIA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Cuando mi hija me dijo que había oído a la vecina del portal que yo conocía bien a Papá Noel, se me escapó la taza de café que llevaba en la mano. Enfadada, me pedía explicaciones, si lo conocía cómo era que nunca acertaba con los regalos. Me acerqué tiernamente y la invité a sentarse en la alfombra donde empecé a contarle que cuando acabé el instituto nos llevaron a Groenlandia y en aquel viaje me perdí, estuve un rato asustada pero súbitamente apareció un reno y detrás un señor con barba, al llegar ahí no pude aguantarme la risa y la niña exclamó ¿qué pasa mamá? Como decirle que el reno era un podenco y la barba era de su padre que llegó justo a tiempo cuando el cuatro por cuatro me dejó colgada en una ruta inhóspita del alto Aragón.

Ana Velasco

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Es por transferencia que supe algo de él. Mi imaginario no había dado para tanto.
¡Qué sorpresa me llevé! Era él entonces que vislumbré entre rejas, era, real mente, su no menos famoso carro, lleno de sorpresas, en vez de armas.
¡Qué sorpresa toparme con esta realidad incierta hasta entonces! ¡Qué gloria saber que estuve a dos pasos de ir a su encuentro, besarle las mejillas llenas de ilusiones!
Qué bien saber que pueda reaparecer cuando lo desee, entre palabras.

Sylvie Lachaume

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL
Nada es permanente a excepción del cambio.
Heráclito.
Hubo una vez una mujer en penumbra que intentó crear a otra a través de un sueño. Apereció centaúride de un bosque denso. Se miraba las patas pero desde la simetría de un árbol. Con las pezuñas conformadas comenzó a brotar un tacón rojo y se llenó de uñas, cinco en cada zapato. Estas prosiguieron envolviendo en una cáscara fina sus muslos animales. Petrificada en una vasija de quinina, creció una flor. La olió y se sumergió en un perfume lejano.
Apareció en las indias y su nariz se colmó de especias. En un estornudo viajó con todos los mercachifles en un barco. Brindaban por la centaúride- jarrón y por sus narices. Ella no brindó, esperó en un rincón y bebió del vino hasta que, embriagada, se arrojó por la borda. No es que quisiera morir, es que vio una balsa una madera que no conocía, con mujeres y hombres abordo. No tenían cáscara. Llevaban un gorro rojo. Les enseñó su tacón. Rieron y la acomodaron. Iban a Laponia pero en el sueño no hacía frío. Así fue cómo conoció a Papa Noel. Despertó, y retumbó, en pandereta, una frase: Papa no es y mamá tampoco.

Laura López

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPA NOEL

Alegría, amor y buena voluntad acogen tu seno de color,
guirnaldas y espumillones decoran tus días disfrazando
las calles de luces, que visten la ciudad.

Manjares en familia que brindan por el porvenir,
carnes abiertas al futuro invaden las mesas
de años sagrados que rinden culto al que nace.

La biblia nos trae la historia del comienzo según Dios
pero la fiesta más pagana, la del nacer, no tiene fecha
ni hora en los textos dictados, escritos por el creador.

El valor y la belleza del oro esmaltan los reflejos
el aroma del incienso reúne los humores
y, por si fuera poco, la mirra inunda el año
de ritos ancestrales, esquivos a este siglo.

Ni Melchor, ni Gaspar, ni Baltasar
niegan la bondad del que, sin rumbo,
nace en el pesebre a costa de papá y mamá.

Los tres hombres sabios llevan los regalos
o ¿era el gordito bonachón de barba blanca?
Algunos aquí, otros allí esparcen por doquier la blanca Navidad.

Velas y manzanas incendian los abetos,
más de 2000 millones se veneran bajo el muérdago
que en grandes dosis mata a la humanidad.

Verde vida, rojo sangre, dorado realeza, riqueza y luz,
pero en esta casa de latón las almas te festejan
entre los que ahora nos dejan, al servil al señor.

El día que conocí a Papa Noel supe toda la verdad,
los renos, los elfos y las canciones Navideñas
trabajan todo el año para que podamos disfrutar y gozar.

Magdalena Salamanca Gallego

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Yo no creía en la navidad, en Santa, en su trineo, y mucho menos en enanitos
verdes.
Papa Noel no es del planeta tierra, me lo contó él, cuando le conocí aquella fría
mañana, poco antes de navidad.
Silbar y recoger la ropa era mi tarea esa mañana, cuando escuché un estruendo en el
porche y después el timbre sonó de improviso.
Un señor con barba blanca, gordo y con un abrigo rojo, estaba en el umbral de mi
puerta.

  • Los enanitos verdes dañaron mi trineo. Perdona que me presente así, soy San
    Nicolás o más conocido en la tierra como Santa Claus.
  • Jajá, ay perdone es que está usted, … por un momento me lo creí.
    El hombre giró sobre sí mismo y con una reverencia se apartó de la puerta y señaló.
  • Éste es mi trineo señorita, y tengo que hacer la entrega. Yo soy Nicolás.
  • ¡Dios mío! – es lo único que acerté a decir.
    En el patio se encontraban dos renos enormes, un trineo cargado de paquetitos de
    colores y un enanito verde que parecía estar llorando.
  • ¿Comprende el alcance de mi situación?
  • Entiendo, entiendo. ¿Pero qué puedo hacer yo?
  • Solo tiene que creer.
  • ¿Creer?
  • Sí, por eso llamé a tu puerta. Para enseñarte a creer.
  • Está bien Santa, pasa.
    En nuestra larga charla me contó que los renos viven solo en diciembre con él, luego
    se van, me dijo también que la tierra es un buen hogar, pero que el camino es largo
    desde su planeta. Tiene que parar para descansar él y los renos. Los enanitos ya son
    otra cosa, se escaparon de un pequeño planeta, colándose en el trineo. “Fastidian
    siempre que pueden, es su naturaleza traviesa.
    “La magia está en cada ser que habita, hemos de creer, ser amables y protegernos,
    por eso yo viajo todos los años, por amor de entregar sin esperar nada. Los niños
    aún creen en ese amor, por eso es a ellos a los que acudo y en los que está la
    esperanza”.
    Después ese señor me dejó allí con mi té y con otra idea de las navidades.
    Se marchó, le vi subir en el trineo, con los renos y ascender por cielo y nubes
    desapareciendo de mi vista. Al mirar tenía un paquetito en el porche.

Paty Liñán

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Puedo mirar Venus, el planeta digo y dejarlo en su mismo lugar sin envoltura ni diapasón: mapas estrangulando excepcionales distancias por ese pequeño mamífero que gusta en distorsionarlos para abusar mejor. Mirar Venus digo, e imaginar otra vida, donde la impotencia no reine sobre nada. Semillas abiertas a los colores del órgano protector, la vida con su ilustre final.
Porque si hubo formas de vida, que al imaginarlas sólo podré recurrir a mi yo y a mis otros yos, deambulando en un río de plagios o secretos fermentos, nunca fueron una dicha.
Así que si hubo, tuvo que tener una existencia traviesa que jugó con el variable tiempo de los días terrestres. Porque ¿cómo imaginar un ojo celestial que ignore los suspiros de los murciélagos y los jugos de una atmósfera buscándose? Hasta el quark más individual flota en alguna página, nada escapa a la caligrafía del oxígeno.
Son como los vuelos de la infancia que al encontrarse en derredor de una burbuja de gas, saltan al vacío por miedo al envenenamiento. Después se inmiscuyen en cada extremidad para ensanchar el despliegue de una voz humana cayéndose donde duerme la roca de los acantilados…
Es lo que me contó Papá Noel el día que lo conocí.

Clémence Loonis


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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