LA BANDA DE ROCK

LA BANDA DE ROCK

Siempre fueron seres endemoniados, satánicos humanos vestidos de negro que reptan la noche con sus instrumentos estruendosos y sus gritos, como aullidos que deforman el rostro que manipulan las vidas de los que aún, no saben de sí.

Jesucristo, a pesar de sus melenas, jamás hubiese formado una banda de rock, sólo aquellos judas, esos de cueros adheridos a la piel, como gladiadores malditos son capaces de enaltecer el mal como los escorpiones que, sin que te des cuenta, te inyectan el veneno.

Una vez allí, después de haberme resistido durante años, bañada en sudores ajenos, comenzó el bullicio, brazos en alto, movimientos rítmicos de alabanza a los que, como dioses, se presentificaban rodeados de focos que, como los tótems en rituales de magias ancestrales, iluminaban, al ritmo de la música, aquella tribu salvaje.

Eléctricos sonidos, vibrantes gemidos, ansiosos alaridos que, sin cesar, inundaban sin querer, todo mi cuerpo, mi respiración se aceleraba y la mirada de mis ojos, inquieta, se empezaba a contagiar del deseo de aquellas bestias. Poco a poco mi cintura se doblaba, mis manos agarraron una guitarra imaginaria y mi cabeza, descendía y emergía de aquellos infiernos.

  • Nunca había gozado tanto, lo confieso padre, espero perdone mis pecados. Amo la banda de Rock.
  • Hija, cuando quieras, puedes volver a disfrutar con nosotros.

Magdalena Salamanca

LA BANDA DE ROCK

Era una de esas bandas que la cultura popular tacha de legendaria. Habían recorrido medio mundo llenando estadios, plazas y demás lugares de masiva concurrencia. Fueran donde fueran siempre arrasaban. Les caía bien aquel nombre de “Los volcanes”, pues parecían incombustibles.

Pasados los años de incontables éxitos, Karra decidió retirarse del circuito de los conciertos. Aquel día “Los volcanes” se apagaron, y es que nada era igual sin la mejor batería, en todos los sentidos, de una banda de rock.

Antonia López

LA BANDA DE ROCK

En el camino al colegio fantaseaba con pertenecer a una banda de rock. Él era el cantante, el compositor y el alma del grupo. Se llamaban Los Alfileres, y hacían música pop. Habían conseguido estar entre los números uno de las principales cadenas de radio, y ahora esperaban iniciar su primera gira.
Mientras Daniel iba pensando en las ciudades que visitarían, de un árbol cayó un fruto. Sintió un pequeño dolor en la frente y se echó rápidamente la mano a la cabeza, para darse cuenta de que un hilito de sangre corría por su cara.
Se reprochó estar siempre pensando en las musarañas, como todos le decían, y no haber sido capaz de esquivar el fruto. Cuando llegó al colegio se sorprendió de que no hubiera niños en sus puertas. Miró su móvil para comprobar si no se había adelantado en la mañana, y se llevó una sorpresa al darse cuenta de que aparecía el día de sábado.
De repente, a lo lejos, escuchó el motor de una vieja california que venía por el camino de la fuente. Una pegatina en el capó dejaba leer: LOS ALFILERES.

Pino Lorenzo

LA BANDA DE ROCK

No sabían trabajar en una obra ni en una oficina, ellos eran músicos de rock innatos. Nacidos en buenas familias, habían tenido derecho a fantasear ser amados por masas de adolescentes y eso incluía a aquella tan especial compañera, tan especial como mamá, que no hay más que una. Joaquín cantaba desde la cuna para llamar al pecho materno, pataleaba como un endemoniado. Sus canciones se caracterizaban por la queja; en todas ellas pedía de un modo u otro: la teta, sí, la teta de mamá. A veces lo hacía reprochando a su enamorada haberse separado de él, a veces se revelaba contra la cruel sociedad de consumo en la cual es obligatorio trabajar sin descanso… se quejaba sin saber de qué.
Cuando llegó la crisis definitiva del sistema capitalista, Joaquín estaba ultimando los retoques de su último disco. La representante de la empresa discográfica no se presentó esa mañana en el estudio tal y como habían acordado. Joaquín ya había preparado dos cafés, al ver que ella no llegaba veinte minutos después de la hora, cogió el teléfono y se dispuso a llamarla. No había línea. Trató de llamar por whatsapp, tampoco daba señal.
Qué raro -pensó-, sí que tengo wifi, el wifi funciona bien.
Joaquín no sabía que lo que habían colapsado eran todas las empresas. China había lanzado por fin su ataque fulminante. Ya no nos necesitaban más como consumidores ejemplares. Al conseguir la supremacía militar mundial la alianza China-Rusia-India decidieron dejar de prestar dinero a Occidente y, lo que fue más grave, exigir de vuelta el dinero prestado. El castillo de naipes se derrumbó de un soplido.
Joaquín no podía imaginar que aquel sería su último disco. Después de la crisis del sistema capitalista los instrumentos musicales y amplificadores, sistemas de grabación y reproducción de audio multiplicaron por 20 su precio relativo. De pronto era carísimo poder ver una serie por Internet, un lujo al alcance de muy pocos bolsillos; o poder escuchar un disco de un artista profesional. Lo único que podían escuchar durante la crisis definitiva era aquella música barata, electrónica, de los anuncios con robóticas voces anunciando productos de marcas americanas fabricados en China. Sólo anuncios de productos cotidianos, necesarios para el día a día; los instrumentos de música ya ni los anunciaban. La última Fender Stratocaster se vendió en España en el año 2069. Joaquín murió en el 2121, los últimos cien años se dedicó a escribir poesía. Por los más de 40 libros que publicó, fue uno de los poetas más significativos de esa época después de la crisis definitiva del sistema capitalista.

Kepa Ríos Alday

LA BANDA DE ROCK

Por pura casualidad se encontraron en este café que le gustaba a Johnny. Era donde su amigo Peter lo había convocado por primera vez, para bañarse entre palabras y música. Desde entonces, no se separaba de su guitarra. Decía que después de 8 horas sin jugar con las cuerdas le costaba volver a encontrar la soltura que adquiría con horas de trabajo.
Ese día quería festejar el nuevo modelo que venía de adquir gracias al caché de una actuación en la boda del alcalde de su ciudad natal.
Apenas entrado en el establecimiento supo que ya había llegado el momento, que con Peter y sus nuevos cómplices presentes, iban a realizar su sueño: una banda de rock.

Sylvie Lachaume

LA BANDA DE ROCK

Han pasado veinticinco años y aún recuerdo el olor a resina del árbol donde
escribías en el tronco tu nombre, aquél que algún día sería famoso, el que
nos vio crecer. Aquellas tardes en la plaza componiendo ritmos y sonetos.
Tu piel no había sido formada, tu risa no era artificial, tu pelo y tus ojos no
se habían apagado, y tu alma aún no había sido dañada, nada en tu futuro
ennegrecía.
Querías vivir con tus sueños, las tardes leyendo, alimentando los oídos con
música, y aprovechar al máximo el poder de los días de lluvia, inspiradores,
de las letras, de tu mejor canción.
La banda Elena, fue lo mejor que nos pasó. Mi guitarra y tu voz al unísono
para tocar rock en bares de mala muerte. Aquello fue el comienzo de algo
mágico, alimentó nuestros viajes, y cumplió nuestros anhelos imposibles.
En esas noches de concierto, tu sonrisa brillaba, tu larga melena se agitaba
al compás de mi guitarra, nada importaba, solo el camino para llenar
estadios y plazas. Juntas e inseparables.
Y la vida nos impulsó, el dinero llegó, la fama, todos peleaban por un rato
entre nosotras.
Hasta que una noche apareció él. El que rompió todo.
Y el alcohol llenaba nuestros cuerpos, sin importar lo que viniera después.
Él, alto, guapo, pelo rapado, chupa de cuero. Noches de sexo que te hacían
volar, confesiones de amiga que me contabas.
Aquel día no apareciste en el escenario, y algo cambió entre nosotras. Te
encontré tirada en la cama, en el baño restos de un polvo blanco. Él
susurraba a tu lado, el penetrante hedor de la habitación, tu mueca de labios
torcida quedó para siempre. Nunca olvidaré qué tu brazo tenía las marcas
de las jeringuillas que había en la mesa, lunares en tu cuerpo cada vez más
grandes, el brillo en tus ojos, cada vez teñidos de lunas de sangre.
Yo intenté apartarlo de ti y de nuestras vidas. Desaparecía, pero volvía una
y otra vez a atrapar tu cuerpo en la cama, hasta que atrapó tu alma y no
hubo marcha atrás. El dúo roquero se convirtió en fantasma y yo tocaba
solos para mantenernos.
En un día de lluvia, que tanto te gustaban, no despertaste. Camino del
hospital susurrabas que ya no te queda más que el sueño y el árbol que nos
vio crecer. Tu melena ya no estaba, en su lugar los mechones se esparcían
en la camilla. En la habitación los médicos no me devolvieron a Elena solo
lo que quedaba de ella. Una mujer con bata blanca, con las agujas
encalladas a su cuerpo, mirada perdida, ondas entre los cables que recorrían
tu piel. ¿Te acuerdas, Elena? Como las ondas de la guitarra, los altavoces
en los conciertos resonando. Las ondas de las gotas, del día de otoño que te
mandó partir, para escribir las notas en el cielo.
Una última canción para cantar juntas, que hoy he vuelto a escuchar frente
a tu lápida.

Paty Liñán


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Carmen Salamanca Gallego
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