AQUEL ESTRUENDO

AQUEL ESTRUENDO

Vislumbrábamos el irremediable destino del barco. Estaban tres conmigo, más el perro de la vecina que, desde el alba, se empeñaba en seguirme.
En mi afán de adivinar el horizonte, me dejé sorprender por su respuesta: «Nunca más».
Aquel estruendo, impenitente, marcó, para mí, el rumbo que, sin desvío, me llevó a la poesía.

Sylvie Lachaume

ESE ESTRUENDO

Nada se detiene y entonces qué. Hubo un estruendo y el canto solitario de un pájaro solitario en la mañana sonó a trompeta desafinada. Todo cambió. Los niños lloraron, las casas abrieron sus puertas, las aceras se hicieron de ladrillo y el mundo, se hizo mundo.

Laura López

AQUEL ESTRUEDO

Parecía un sábado cualquiera pero un estruendo perturbador invadió el silencio de la soledad que me embargaba. Estaba sentada frente a la chimenea degustando un chocolate calentito cuando de repente algo atronador y acompañado por una inmensa nube de polvo, apareció en mi salón acompañado de una tos rítmica y constante.
Fueron unos segundos de tremenda incertidumbre hasta que un ser se levantó como pudo del suelo y me miró con ternura.
Yo boquiabierta no podía creer quien era, pero si no era Navidad, ni tampoco era de noche, ¿qué estaba pasando?

  • Perdoná, linda… -dijo con acento argentino- me manda Papá Noel para hacerte feliz el resto de tu vida. ¿Querés?

Magdalena Salamanca

AQUEL ESTRUENDO

Aquel estruendo me dejó sin aliento por varios minutos, sin saber de dónde venía busqué un refugio donde salvaguardarme. Me escondí debajo de la escalera, decían que era unos de los lugares más seguros en caso de terremoto, a pesar de que no sabía qué sucedía. De pronto tocaron a la puerta con tanta insistencia que, haciendo uso del valor, me obligó a abrirla. ¿Quién es? Pregunté apresurado antes de decidirme. Abre, respondió una voz desconocida, por favor, ábreme. Allí estaba, frente a mí, el abrazo más sincero que jamás viví junto a un desconocido que, después, tampoco conocí.

Paqui Robles

AQUEL ESTRUENDO

Aquel estruendo despertó de golpe a medio vecindario. El barrio tranquilo,
que aún dormía a esas horas, esa mañana se agitaba con las luces de los coches de la policía. Y un cuerpo yacía entre cristales rotos de la luna de un coche. Parecía haber caído del piso tercero del edifico, donde las ventanas habían estallado y la pared que las recubría había ennegrecido. El gentío se agolpaba frente al cordón policial.
15 días antes del estruendo . . .
Camila salía por la puerta del 3b con las maletas haciendo fila en el pasillo y con cara de pocos amigos, escupía al suelo, mientras gritaba “adiós, Ramiro. Eres un asco.” Y escupía de nuevo esta vez en la cara de Ramiro, después, dejó su traqueteo de tacones bajando las escaleras, hasta que se perdió entre la multitud y ya no se oían sus tacones.
3 días antes del estruendo …
Ramiro peleaba con los botones de la lavadora, su mujer se había marchado sin poner la colada y sin explicarle cómo hacerlo. Hacía dos semanas y solo le quedaba una muda limpia, después de mirar la pila de ropa un día tras otro, solo llevaba una camisa arrugada y sucia.
Ahora semidesnudo se dedicó a meter toda la montaña en el tambor. Giraba una rueda, y apretaba botones, las instrucciones de aquel aparato del demonio no aparecían. Y por más que pulsaba, aquello no realizaba ningún movimiento. En todos sus años casado, vio cómo su esposa organizaba la ropa, pero él ni una sola vez se interesó en ello. Agotado se fue a buscar una cerveza, mientras examinaba la botella de fairy.
La cerveza caía por su garganta igual que escurría el líquido jabonoso por todas las cubetas de la lavadora. “Faltaba el jabón. Qué tonto”
Las prendas se fueron cubriendo de un verde hosco y así comenzó de nuevo a teclear los botones Ramiro.
60 grados le parecieron suficientes y una luz empezó a parpadear, después puso la rueda en lavado fuerte, y la maquina no se movía. Algo más falta pensó. Y rebuscando en los armarios encontró una pastilla azul, “limpieza brillante” rezaba la caja y la introdujo en la cubeta. Después siguió apretando botones hasta que empezó a rodar, pulso lavado largo. “Como esto va para largo, pues me voy al bar”.
Por la noche cuando Ramiro cruzó la puerta de casa, un charco bordeaba todos los muebles del salón, y una masa de espuma salía de la cocina.
Encontró la lavadora escupiendo jabón, agua y humo. El estruendo del aparato era como una tiza chirriando en la pizarra. La puerta estaba desencajada, babeaba agua jabonosa. La forzó un poco y al abrirse terminó de escupir el agua y dejó que la ropa saliera disparada como un cañón, que pronto se quedó sin fuerzas y se hundió en la espuma. Recoger todo el charco le costó a Ramiro varias horas y muchas cervezas. Hasta que éstas se acabaron, pero no el agua en el suelo.
Esa noche …
Decidió hacer la cena, llevaba días a base de comida rápida. Compró leche, café, filetes, patatas y más cervezas. Una sartén con aceite y filetes, que dejó mientras veía el partido. Cuando se acordó eran piedras churruscadas, el aceite había desbordado entre los fuegos. Intentó sin éxito morder aquello, y lo bañó con la cerveza engulléndolo como pudo. Al cabo de tres cervezas, mareado, resbaló con el aceite que había mezclado en el suelo, con los restos que quedaban de jabón y agua. Agotado, en el sofá, frente al televisor, se quedó dormido.
Aquella mañana salía Ramiro disparado atravesando el cristal de su ventanal, y caía desde el tercero a la calle, quedando seminconsciente encima de la luna de un coche aparcado. En el tercer piso, algo había estallado generando un gran estruendo.
Cuando llegó la policía al piso, encontró la sartén en el suelo, el olor a gas era muy fuerte, media cocina estaba carbonizada, y la otra parte tenía mezcla de espuma, y una pasta verde que no supieron calificar y que se esparcía por toda la casa.

Paty Liñán

LA OFICINA

Cuando voy por ciertas calles donde miles de personas circulan de un lado para otro en un bullicio de júbilo o de nervios porque no llegan, o algún niño que se cansa del juego de los mayores y empieza a protestar, me digo que está bien tener días festivos y vacaciones para disponer de tiempo para esos menesteres de cambiar de aires y disfrutar de las luces de Navidad o de las atracciones que una gran ciudad siempre te ofrece, aunque a veces resulta un poco cansado tanto trajín.
Sin embargo, cuando me adentro por esas otras calles, no siempre estrechas y sombrías, donde hay personas (no miles como en el caso anterior) durmiendo en la calle, sin nada que hacer en todo el día, comiendo frío… me digo que es una gran ventaja tener una oficina a la que ir a trabajar, aunque tenga que madrugar y algunas tardes quedarme algo más de la hora y no me dejen tomarme las vacaciones cuando a mí me gustaría porque somos muchos y hay que repartir los meses de verano para que todos puedan disfrutarlos.
Claro que la oficina, aunque sea propia, no te asegura nada, en ciertas circunstancias puedes pasar, casi de un día para otro, de estar circulando por una de las calles o por durmiendo en la otra.

Cruz González Cardeñosa


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