LA OFICINA

LA OFICINA

Estamos en una sala del tamaño de un campo de fútbol. Tiene las paredes blancas y una puerta en cada esquina. Hay unas tres mil sillas, ocupadas por gente con una especie de escafandra en la cabeza.
Se apagan las luces y comienza a sonar una dulce voz de mujer.
“Bienvenidos al museo de la vida cotidiana, por favor enciendan sus terminales y guarden silencio. Si tienen alguna duda envíen un mail instantáneo. Comenzaremos por lo que era un centro de trabajo, lo llamaban “la oficina” “.

Hernán Kozak

LA OFICINA

Todos los días salía tarde de la oficina. Se pasaba el día trabajando, escribiendo artículos de difusión, hojeando las portadas de los periódicos, distribuyendo las diferentes caras de la noticia, modelando bocetos. Cuando se acercaba la noche temblaba. Tocaba el momento de volver a casa, meter la llave en la cerradura, contener el aliento.

Pino Lorenzo

LA OFICINA

Escondida a la vista del público, la oficina es el centro de mi mirada, la excusa de mi trabajo, un fin a mi deseo laboral, una meta. Hoy, lo sé.

La magnificencia con la cual se comporta conmigo es única, no tiene parangón. Es un deseo que me transmitió mi padre, una herencia que voy labrando cada día porque ése fue un camino que sembramos y que florece más que nunca, desde su muerte.

Sylvie Lachaume

LA OFICINA

Desde su infancia esa palabra había construido un muro que separaba su vida de caricias y un laberinto exterior. Era la palabra que le arrebataba una parte de su aliento, la que hacía enfadar a su madre, la que deshacía sus planes de verano, el cefalópodo que absorbía el fluido de sus anhelos, que dejaba unos brazos extendidos y en espera con su “adiós papá”. Cuando supo que el trabajo telemático se había impuesto por ley pensó en cómo habría sido su vida en esta nueva era.

Ana Velasco

LA OFICINA

El coche en el que iba, arrancó el motor y comenzó a avanzar lentamente deslizándose sobre la calzada mojada. Ahora no llovía y unos tímidos rayos de sol asomaron entre las nubes, espejando con vívida iridiscencia en uno de los charcos formados tras el último chaparrón. Abrió el periódico al azar y se puso a leer las noticias sin apenas ganas. Wall Street seguía a la baja, pero no le preocupó lo más mínimo, tampoco la crisis del barril de petróleo, ni que en el mueble bar de la limusina se hubiera terminado el bourbon. Había dejado el alcohol definitivamente, también el tabaco y ahora tenía la mente clara para poder pensar.
El coche empezó a ganar velocidad de forma constante, hasta llegar a Colón. Allí hizo la rotonda con los semáforos abiertos y bajó hacia Cibeles, enganchando en verde los demás discos. No era invierno, pero hacía frío, un frío polar que obligaba a los transeúntes a avivar el paso y echarse al cuello las primeras bufandas (él seguía aún con el periódico abierto entre las manos).
Había llegado el gran día y todos iban a saberlo, lo tenía decidido y ni se molestó en regañar al chofer, cuando a punto estuvo de llevarse por delante a una viejecita que apareció detrás de una furgoneta de Correos. Era su último viaje y no lo iba a impedir pasara lo que pasara. Así sortearon varias calles hasta que llegaron al parking privado de la oficina, donde el coche se introdujo produciendo un leve chirrido en las ruedas traseras, que no cesó hasta que se detuvo completamente.
Todos le esperaban en el salón de actos. La expectación fue tan grande, que hasta las limpiadoras y los bedeles habían acudido para no perdérselo, también los camareros del pequeño ambigú del segundo piso y un gato que se coló por una ventana que daba a un callejón adyacente y que alguien se olvidó de cerrar. Nadie hubiera imaginado lo que iba a decirles, pero vaya si lo dijo y de qué manera. Subió al estrado y miró hacia la placa que llevaba su nombre, luego se giró hacia la audiencia y susurró al micrófono cuatro palabras que no se olvidarán nunca en la compañía: «será por la noche».
No hubo más discurso ni comentarios, tampoco preguntas, dijo lo que dijo y de la misma manera que se había subido al estrado, bajó las tres escalerillas antes de dirigirse hacia la puerta por la que salió en completo silencio.
Desde entonces, jamás volvieron a verlo, y aunque el mayordomo declaró que lo había escuchado decir que iba a ser abducido por los extraterrestres, la policía no lo tomó en serio y el caso terminó siendo archivado junto al resto de desapariciones. Tampoco encontraron su cadáver ni mucho menos su dinero, pero sí la gabardina gris que llevaba puesta el día que subió al estrado y que fue hallada junto a las ascuas de una hoguera encendida en un campo de Colmenar de Oreja, donde algunos juraron haber visto brillar extrañas luces en el cielo la noche de antes.

Manuel Ortega.

LA OFICINA

Y llegó el día en que la oficina se instaló en tus ojos, y los problemas
llegaron. Y tu butaca rosa se llenó de amaneceres, con el deseo de llegar
más alto.
Mi chica, mi hombro, mi almohada, mi todo.
El principio de un gran amor, una vida juntos, con sus pequeños placeres
cotidianos: la compra en el súper, cocinar juntos, peli y manta una tarde
cualquiera de domingo. Vírgenes auroras en la cama, llenar de fotos la
casa, y arrugar las sábanas con el rubor del alba.
Estudiabas todos los días, y eso acabó con nuestras charlas. Conversación
solo alrededor de una taza de café, con el libro de repaso, el que portaba tu
felicidad.
Olvidamos terminar de decorar aquello que iniciamos juntos y ahora los
folios desbordaban la mesa del salón, no importaba, siempre que tú fueras
feliz.
Pero los días se hicieron frágiles, cada vez más distanciada en tu butaca y
yo, cada vez más solo en esa cama, el silencio roto solo por las teclas del
ordenador.
Y un día, empezó a llover en nuestras fotografías.
Y llegó el examen, tus nervios a flor de piel y mi aguante suplicando que
aquello nos llevara a recorrer otra vez amaneceres en la almohada.
El rubor en tu cara delataba tu esfuerzo y una sonrisa muy amplia lo decía
todo. Y te abracé, mientras desaparecían mis miedos.
Pero las ganas duraron poco y el trabajo vino rodado. Y tu felicidad plena y
mi angustia más grande.
Un trabajo en la oficina más prestigiosa de la ciudad tenía atrapado tu
cuerpo hasta altas horas.
Y yo viendo pelis solo, cocinando con desgana y otra vez aparezco en el
cuadrilátero, donde los puños no valen y camino en la cuerda floja, llego al
fin de este combate de relación.
Y ahora llevo la oficina, instalada en mis ojos.

Paty Liñán

LA OFICINA

La oficina es donde trabajamos nosotros. Nuestro trabajo consiste precisamente en lograr que esto parezca un centro de trabajo. Nuestro jefe no quiere saber la verdad. Está empeñado en pensar que vive de su trabajo. Él se separa de nosotros y nosotros tratamos de acercarnos para asesinarle. En ese va y ven algo, alguna mercancía, estaremos produciendo y vendiendo. Tal vez algún arma aniquiladora que sirva para someter a… a nosotros mismos. Claro, eso debe ser, si no, no sería tan complicado, podríamos saber de qué vivimos realmente, cuál es nuestro trabajo. Pero si nos engañan es porque, sin darnos cuenta, trabajamos en perfeccionar nuestro propio sometimiento. Algo así como cuando hacíamos las presas en el riachuelo: las piedras para las paredes es mejor obtenerlas del propio fondo de la presa porque así adelantas el doble, ahondas el fondo y levantas más la pared.

Cuanto más trabajamos más nos hundimos, nuestro trabajo consiste en añadir nuevas hileras de ladrillos en nuestra propia fosa. Nosotros ya no podemos liberarnos, pero si trabajamos un poquito más con eso nos aseguramos que nuestros hijos tampoco lo puedan conseguir. Le llaman trabajar, pero ¿dónde están los productos del trabajo? Nosotros no estamos trabajando, no hacemos nada, dedicamos nuestra vida a cortarnos los muñones, a fabricar mejores vendajes, más opacos, para cubrir nuestros ojos. No queremos ver a los muertos, no queremos vernos a nosotros mismos aquí en la oficina como si ella no fuese a encontrarnos en una oficina tan moderna.

Kepa Ríos Alday


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