EL DÍA QUE LEÍ

EL DÍA QUE LEÍ

Somos numerosos en las asambleas del partido. Siempre hay unos versos antiguos que destilan un porvenir. Algún ahogado en quien creer. Suministros a diestra y siniestra, es un afán de quiero y rastreo. Podría seguir enumerando el regocijo de las cápsulas humanas que se amontonan cuando se trata de pillar un asiento, una ambición de altura, un sueldo de suspiro o simplemente la posibilidad de darle al revés a la suerte.
Mi padre que era un portentoso burgués, reclamaba un lugar para él porque sí, como una bestia de pie, con pechos anchos y trataba a los terrestres de sucios azotados por espinas sin amor.
Yo lo acompañaba los domingos pensando en la sorpresa que después llevaría a mi madre. Era como un espía. Terribles lazos de curioso me llevaban, no sé si a dilucidar desde su potente lengua, la que adivinaba y deshacía la telaraña, o a ver cómo ese padre de casa se comportaba para ganarse los aplausos del público.
Hoy, volví cabizbajo, saltaba sobre un pie y otro para disimular el peso del espía defraudado. La catástrofe: mi padre se había quedado sin voz cuando quisó llamar a la orden desde el púlpito. No era su afonía repentina lo que provocó la hilaridad del público, sino el espacio de sombra que lo rodeó enseguida. Yo, en medio de los asistentes, ví como se pasaban uno a otro un papelito con letras de un escolar tembloroso; siempre igual el viejo, quema el viento con su voz.

Clémence Loonis

EL DIA QUE LEÍ

Soy jugador de fútbol, pero podría ser fontanero, medico, vendedor de periódicos o trapecista.
Cuando salía al campo tenía dos opciones, pasársela siempre al mismo compañero o perderla.
Ponía toda mi energía en el juego, dejaba mi vida cada vez que me tocaba participar.
Hasta que un día comencé a leer y sin saber cómo, a mí alrededor se multiplicaron las posibilidades. Donde antes no había nadie ahora tenía, dos o tres opciones nuevas.
Comencé a darle sentido a las palabras del entrenador, ya no me gritaba constantemente, ahora lo que hacía era hablarme.
Entendí la importancia de las posiciones, de buscar la superioridad con la estrategia.
Después de quince años, los libros me ayudaron a poder decir: soy jugador de fútbol.

Hernán Kozak

EL DÍA QUE LEÍ
Leer es como montar en bicicleta. Nunca se olvida, a no ser que haya palabras que hagan que la cadena se trabe, se salga, y los dientes, como los de la boca, mascullen en el aire.
También recorres paisajes. Hoy estás en este lado de la carretera, y en menos de diez minutos, te transportas a un campo abierto con trincheras y a un cielo negro como una historia policíaca. Si pedaleas rápido, el viento impulsa tu cara hacia un mundo de frescor inigualable y si vas despacio, el paisaje te engulle con sus olores, sus ruidos y sus palabras.
El día que leí, lo hice en bicicleta, para no perder el ritmo de la metáfora. Pero haciéndolo así, me olvidé de todo.

Laura López

EL DÍA QUE LEÍ

El día que leí comenzó el alma a tomar forma, más no sé dónde se esconda su amplia geometría. Los circunloquios triangulares entretejen mil historias, parecieran bufandas de lana con un punto diferente cada día. Agujas de hilo crochét para un nuevo libro escrito con tinta de oro líquido. Los pulmones en el centro de las manos se encuentran, el corazón abierto late como agua que brota sobre arrecifes de brillantes, zafiros a su paso acompañan. Algunos rubíes perfilan los renglones de aquellos días, primeros encuentros donde no entendía, más me consuela saber que sigo sin saber, creo que es la mejor fórmula para empezar a leer.

Paqui Robles

EL DIA QUE LEÍ

Cuando llegaba la noche, no me interesaba seguir pensando en el desdén en el que gira mi vida.
Abrí el cajón de nuestro escritorio, saqué el libro que, cuidadosamente, había escondido de mi mirada, y leí. Empecé un viaje entre las letras que, hoy, me lleva aquí, intentando sembrar caminos, agradecer las palabras que otros juntaron para que yo tenga vida.

Sylvie Lachaume

EL DÍA QUE LEÍ

El día que leí tu diario me enteré de todo. No sabía que habías escrito tantos poemas para mí, podía imaginarlo, pero no estaba seguro. Cuando te fuiste con el entrenador de aerobic decidí leer tu diario a modo de venganza. Buscaba alguna excusa para herirte y me hirió tu amor, tu lealtad, tu generosidad.

Kepa Rios Alday

EL DÍA QUE LEÍ

-El día que leí este cuento a mi nieta, por primera vez, le gustó tanto que, cada vez que voy a verla, me hace contárselo una y otra vez.
-Pero no es por el cuento, lo de repetir el mismo cuento es una etapa del desarrollo.
-Una etapa. Con tal de que no tenga razón eres capaz de inventar cualquier cosa. ¡Una etapa!

Cruz González Cardeñosa

EL DÍA QUE LEÍ

El día que leí que no vendrías.
El día que leí tu esquela en el cementerio, en la misa que allí se hizo, frente
a tu cuerpo inerte, algo se rompió dentro de mí. Un poema póstumo para tu
marcha.
Planeamos. Dos semanas antes estábamos soñando con los detalles de esa
fecha, que se enmarca en el calendario, con un corazón rojo.
Cuando te lo dije, meses antes, la sonrisa se cosió a tu cara y nunca más
desapareció. Caminaría con mi vestido blanco, por un pasillo de tulipanes,
música celestial deleitando el aire de la capilla. Y yo, refugiada en tu brazo,
ése al que estoy prendida desde niña por hilos de plata, irrompibles, un
brazo firme que con orgullo avanza mis pasos y me entrega al altar, por mi
felicidad. Avanzar, pero no sin antes sincronizar nuestras sonrisas.
Ese día nevó. Mientras tú subías las escaleras del cielo, el paisaje
ennegreció cada atisbo de luz. Las casas, tejados y carreteras se vistieron de
un manto blanco, sin luz. Y yo, que debía estar en la iglesia, junto a los
hombres que más amo, me encuentro viendo nevar sobre las cruces del
cementerio, mientras mi ramo de rosas recoge el agua de mis lágrimas.
Un día que recordaré junto a ti, pero sin ti.
Qué tristeza el día que leí que no vendrías nunca.

Paty Liñán


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