ESPERANDO LA CONVERSACIÓN

ESPERANDO LA CONVERSACIÓN

Murió cuando yo acababa de cumplir los 15 años. Perpleja edad que hace y deshace los rocambolescos suministros. Se esparcía en la casa una lava de lágrimas con sus bienaventurados sollozos. Una escena que no tenía parecido. Se veía a las mujeres seguir con sus tareas, llenando grandes armarios de roble con limpias ropas de cama y vajillas de domingo, subidas en pequeñas escaleras de madera alcanzando así las últimas estanterías. Bajaban y subían, yendo y viniendo, y gimiendo como aquél que no puede pensar en el consuelo.

No se habían dejado apoderar por conversaciones para deshacer el hechizo y así abandonar los pañuelos. No, estaban expulsando al muerto, licuando una vez más su juventud.
Yo, desde mis altas y flacuchas piernas, miraba el espectáculo desconcertada: si no era más que un hombre público, alguien que nunca habían visto ni saludado. Escuchaban sus canciones por la radio, sí, las cantaban con alegría y pasión, sí, pero tanta pena, tanto drama, las canciones no desaparecerían con él, podrían seguir cantándolas a corazón abierto.

Ellas, unos días después, se habían cansado de sus lágrimas perlas, olvidados sus muertos. A mí, el lagrimal de aquella tarde me llevó a descubrir a Brassens. Ya sabía de memoria sus canciones, bueno, algunas, las infantiles decían, pero bien que hablaba de revolución y que la primera se inicia en uno, que la amistad necesita mantenimiento y que un don sin trabajo es una sucia manía. Y canturreando, canturreando, ofrecía con su guitarra un desliz a sus palabras picantes, burlando, burlándose.
Hoy, a los 100 años de su nacimiento, enaltecen al ingenioso cancionero.

Murió de un cáncer del intestino. Como decía él mismo: si Dios existe, exagera.

Clémence Loonis

ESPERANDO LA CONVERSACIÓN

Me era difícil no llegar antes a la cita.
El ruido del bar era, para mí, una música llena de algodón, de estrellas alumbrando caminos soñados.
Dos hombres, desconocidos, ocupaban las mesas del centro. Maletas y bolsas de cuero señalaban que no eran de aquí, algún negocio los traía a nuestro pueblo.
Me senté a la barra. El gusto del café, el ruido de un avión que pasaba a lo lejos, me abrieron un deseo de viajar entre palabras, de conversar…

Sylvie Lachaume

ESPERANDO LA CONVERSACIÓN

Son las once de la mañana, se ha ido la luz, fuera llueve como si el cielo quisiera vengarse.
No hay nadie por los pasillos, los dos chicos están sentados en un banco de madera al lado de la puerta del despacho del director.
Uno de ellos piensa cómo les va a explicar a sus padres lo sucedido y cruza los dedos, deseando más que nunca que los médicos puedan salvarle el ojo a su compañero.
El otro niño duda si esa tarde tendrá entrenamiento de fútbol o los llevaran al gimnasio, pues con la que esta cayendo el campo debe haberse encharcado.

Hernán Kozak

ESPERANDO LA CONVERSACIÓN
Entraron en un bar y las palabras se llenaron de ojos. Les miraban. El camino hacia la mesa fue un río denso. Sentados el uno frente al otro se instaló un silencio incómodo con bigote y sombrero, un señor pulcro en las formas y que conservaba la guerra de todos los días inscrita en su traje. No sabían qué decir porque ya lo habían dicho todo. Detrás de “pasemos al fondo” vendría “quiero tomar lo de la semana pasada” y después “mañana iremos a casa de tus padres para tomar el vermut”. Hacía tiempo que no veían a nadie. Pero hoy se posaron pupilas como pájaros y forzaron sus paisajes. La carta del restaurante amarilleaba como sus conversaciones. Desechos de pis de lo cotidiano, filtrado y tirado al retrete, sin más.
Esperando él dijo: “hace falta que llueva, llevamos un par de años de sequía.”
Y ella, con la cara despierta, comenzó esta vez a conversar: te deseo cuando también estás con otros que no soy yo, cuando deseas más allá de mi mirada, cuando tus padres se exilian en tus embarcaciones y vamos al mar, yo leo poesía y tú juegas con las palabras, con otras mujeres, con los surcos de tus manos en el trabajo.

Laura López

ESPERANDO LA CONVERSACIÓN
Yo cantaba a cada paso, con los ojos iluminados por tanto amor. No podía haber en el mundo un ser más afortunado que yo. Estaba totalmente segura. Sin embargo, tras aquel encuentro no volví a ser la misma. Palidecieron mis mejillas, comencé un nuevo ciclo esperando la conversación que me devolviera aquella ilusión. Jamás llegó. Llegaron otras cosas.

Paqui Robles

ESPERANDO LA CONVERSACIÓN

Lina le dijo a Marcelino que por ahí no, que eso mismo le había dado por hacer a Gaspar y que entre los dos habían puesto el barrio patas arriba.
Nuevo aviso de rutina y como casi siempre, la habitación en penumbra, con las cortinas a medio correr, tazadas y descoloridas como los rayos de sol que se filtraban procedentes de la calle.
A esas alturas, Marcelino no iba a detenerse y empezó a rascarse la cabeza esperando la conversación que lo encumbrara. Pero no hubo resultado y tras la decepción pertinente, agarró una cogorza de aúpa en el bar de la estación.

Manuel Ortega.


ESPERANDO LA CONVERSACIÓN

Voy caminando para encontrarme con ella. Cuando me llamó, fue alentador escucharla cómo combinaba las palabras hasta el paroxismo. En un momento dijo:
-¿Te parece si quedamos para conversar?
Pensé: Qué curioso, ha dicho «para conversar», parece algo serio. ¿Qué será de lo que quiere conversar?
-¿Cuándo te va bien que nos veamos?
-Si te parece, esta tarde a las 18h.
-Fantástico.
-Nos vemos donde siempre.
-Estupendo. Hasta luego.
Y aquí estoy esperando.
Ella viene hacia mí, seria, camina lentamente, como retrasando el llegar. Cuando llegó soltó la bomba que traía y, luego, comenzamos a conversar.

Cruz González Cardeñosa

ESPERANDO LA CONVERSACIÓN

8.00 AM
Henry no ha llegado. Anoche cuando salió dejó todo tirado. Me asombra su facilidad para desordenar las cosas, y luego no tener nunca tiempo de colocarlas en su sitio. Otras veces suele enviarme un mensaje diciéndome que se queda fuera.
8.30 AM
Ni una llamada. ¿Le habrá pasado algo? ¿Habrá topado con alguna mente desafortunada? Él es un hombre fuerte, no es fácil atentar contra él. A mi me cuesta mucho hacerlo. Siempre tiene una palabra que decir, una frase que pronunciar. Pero le han podido venir dos o tres, quien sabe…
9.00 AM
Mejor esperar… pero él nunca espera por mí, por qué esperar por él. Cuando salimos de cena, él se va a la hora, y siempre tengo que llegar sola, más tarde. Es un insensato.
9.30 AM
¿Llamaré a su madre? Mejor no preocuparla, sino luego tendré que darle noticias de su paradero. Ningún mensaje, ninguna llamada.
10.00 AM
Suena una notificación en el móvil: ¡Hola! Ahora te estarás preguntando por qué Henry no pasó la noche en casa. Recuerda, murió hace 10 años, 324 días y 825 horas. ¡¡¡Buen día!!!

Pino Lorenzo

ESPERANDO LA CONVERSACIÓN

Sabíamos que no sería fácil mantener la relación a distancia, tu en el continente austral yo en el europeo. Pero los tiempos no estaban para rechazar ofertas de trabajo con un salario decente, aunque fuera en el último rincón del globo. Disponíamos de avances tecnológicos – skype, zoom, telegram, whatsapp…- para tenernos próximos e informados, aunque pronto nos dimos cuenta que los husos horarios no eran nuestros aliados. Salvamos el primer año con notable, las novedades de tu entorno, los chascarrillos del mío, del nuestro hasta hacía poco. Luego llegó la noticia de tu extensión de contrato, ya no serían dos sino cuatro años, empezamos a planear nuestro encuentro, las caricias no soportaban más las mamparas de nuestras pantallas. Lo teníamos a alcance de la mano cuando me anunciaste la cuarentena en Wellington, el chasco fue grandioso. Aunque tratamos de mantener los ánimos, en los siguientes encuentros telemáticos aparecieron los “no entiendo”, “desde aquí no lo veo”, “debemos hablar de todo ello sin estas pantallas de por medio” … Un día me dijiste que tendríamos que estar sin comunicarnos cierto tiempo, tu trabajo te llevaba hacia una zona sin cobertura, aislada pero que no me preocupara, el equipo con el que te desplazabas era seguro. Estuve esperando una señal más de tres semanas, me comuniqué con algunos amigos, no sabía si podía preocupar a tus padres… mi angustia iba día a día creciendo. Pasados varios meses tuve a tu hermano al teléfono, me anunciaba que habías vuelto, que no querías hablar con nadie, que me llamarías en algún momento. Creo haber pasado una eternidad y un infierno esperando una explicación, no entendía nada ¿qué había ocurrido? Totalmente desesperada no dejaba de preguntarme el porqué de su escondite ¿Cómo es posible que en la era de la información alguien pretenda vivir en una guarida? Abrí una cuenta en cada una de las redes sociales conocidas y puse una alerta de tu paso por ellas.

Ana Velasco

ESPERANDO LA C0NVERSACIÓN

  • Llevaba más de diez años esperando la conversación contigo y ahora se me ha olvidado qué quería decirte -le dije en tono un tanto preocupado.
  • Esperar una conversación no quiere decir esperar a decir algo. Tu esperabas la conversación -respondió ella.
    Después no me acuerdo de qué más hablamos. No tomé notas, qué gran error. Creo sin embargo que la espera mereció la pena aunque tampoco podría aumentar esta creencia.

Kepa Ríos Alday


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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