HAY GENTE EN LA TERRAZA

HAY GENTE EN LA TERRAZA

Érase una vez… y esto pasó hace mucho tiempo, antes de poder lanzarse a la libertad del amor, de abandonar las perlas redondas que la acompañaban, de golpear contra la pared, golpear contra las injusticias y buscar a modo de defensa la agilidad, ser diestra con la pelota. Su cuerpo se alineaba con los lanzamientos, giraba sobre sí misma, levantaba la pierna, saltaba, así los rebotes siempre ofrecían al aire una recompensa. Jugaba casi sola en la callejuela que apenas dejaba lugar para dos personas. Estrechada entre las paredes hacía su tiempo y se había vuelto una campeona.
En el pueblo, venían a espiarla y ella lo sabía, porque al lanzar la pelota solía canturrear una canción que con la avidez del viento, todos los niños del pueblo se sabían.
El verdadero misterio era, efectivamente, qué letras llevaba la canción, qué palabra acompañaba qué gesto, era una coreografía manifiesta, parecía que podía hacer lo que le daba la gana pero siempre apuntalado por la música, apuntalado por la letra que guardaba secreta. Era evidente que todo el misterio reposaba sobre esa partitura, una estirpe de notas de canción.

A la noche, cuando se había alejado de sus ambiciones de barrio, daba una flota de gérmenes que aprovechaban el sonambulismo de la señorita pasajera para deleitarse en sonidos precisos, y hablaba.
Permanecía así, cerca de la gran terraza del vecino, contando historias algo inconexas, llenas de desvaríos: “un sexo rojo de música impone el movimiento tal una leyenda que cuenta cómo padece de ausencias y tiene que nutrirse de numerosos rebotes para seguir relatándose”.
Había gente en la terraza y ella lo sabía. Les dejaba mensajes como buena sonámbula que era. El movimiento de su cuerpo dependía del encuentro con esa gente igual que el deseo deambula cuando habla.

Clémence Loonis


HAY GENTE EN LA TERRAZA

Se extiende hacia un horizonte fuera de mi alcance, iluminado por los últimos rayos de vigilia, sobre mi jornada.
El cambio de rumbo deja, cada tarde, nuevas huellas en la miradas. Sabemos que los encuentros poco pueden con el deseo de salir de los límites, inventar nuevas playas donde bañar el eco de nuestro deseo de alcanzar una humanidad, interestelar.

Sylvie Lachaume

HAY GENTE EN LA TERRAZA

Eso es como decir:

  • El autobús se detuvo en sus paradas.
  • La lluvia hoy viene mojada.
  • Esa bicicleta tiene ruedas circulares.

Es decir, ni el COVID19 pudo con la sana costumbre de juntarnos en los bares.

Hernán Kozak.

HAY GENTE EN LA TERRAZA

-Hay gente en la terraza que nos observa. Parecen burgueses aburridos buscando tema de conversación, pero son actores haciendo un casting. Si te fijas no hablan entre ellos si no que cada uno interpreta su personaje. Fíjate en las copas de vino, no se vacían nunca ¿no te habías dado cuenta? Son grandes actores, hacen como que beben, incluso puede verse la nuez de los hombres subir y bajar en su cuello, pero no prueban ni una gota. Es pura técnica, son artistas.

Es un sistema que tienen en las productoras de series, realyties y documentales de telerealidad, y las agencias de actoraje ya piden siempre que los actores pasen estos filtros. Le llaman «la prueba de la realidad».

Mi amiga provinciana me miraba con cara de sorpresa y algo de incredulidad.
¿Crees que te lo digo en broma? -le dije- ¿No te crees lo del casting? -se hizo un breve silencio durante el cual ella no quitaba la vista de la terraza.

¡No les mires tan fijamente! – dije sacándole de su estado contemplativo – Podrías estropear todo el casting. Si alguien se diera cuenta de que uno es un actor is el fin del actor, estaría perdido. Su candidatura sería rechazada de inmediato.

Finalmente ella abrió la boca dándome a entender que había creído mi broma: pñPero – dijo ella lentamente – llevan en la terraza casi una hora ¿Cuánto tiempo dura la «prueba de la realidad»?

¡Uy! -contesté- eso depende muchísimo. Pueden estar días, meses, años… Alguno de esos candidatos a actores de la terraza probablemente será hijo de otros dos candidatos a la fama que nunca lograron dar el gran salto en toda su existencia. Son niños concebidos y alumbrados durante el transcurso de uno de estos interminables procesos de selección de actores. Les llaman «casting babies». Sus padres nunca fueron seleccionados para ningún papel pero ya llevan tantos años en el casting que no quieren abandonar aunque sus propias posibilidades sean cada vez menores. En esos casos la agencia permite que los actores generen descendencia sin abandonar el casting. Los niños quedan directamente inscritos en el proceso de selección. Date cuenta que la industria del entretenimiento necesita mujeres embarazadas, bebés, lactantes, prepúberes…

Es una broma ¿verdad? -Pregunto ella algo asustada.

Lo he bordado -pensé para mí- esta vez ya si que seguro que me seleccionan.

Kepa Ríos Alday

HAY GENTE EN LA TERRAZA

Hacía tiempo que no nos veíamos. Solíamos pasear por el bulevar, compartiendo risas y chuches, mientras los turistas se agolpaban por las calles. Nos reíamos de los “guiris” y les sacábamos motes, dibujábamos sus caras sonrojadas. Perfilábamos un mundo mejor. Veíamos los diarios en conjunto, y discutíamos sobre los vaivenes políticos. Asomábamos las narices por las tiendas, en busca de abalorios que sortearan nuestros pensamientos.
Las tardes se convertían en murallas de tiempo que van desplomándose con el sol, y ceden su rigidez a la locura de la noche. Solías decirme cosas al oído, hablar en voz baja, caminar cogido de mi cintura. Tu voz me guiaba en la oscuridad de las calles, y en las esquinas que huelen a muerto. Salíamos airosos de todas las tramas, y auscultábamos el aire en busca de otros que nos sirviesen de comida, y cuando llegábamos a casa, hacíamos el amor.
Hoy he pasado por el lugar en que nos conocimos, y me ha parecido verte de espaldas. He tenido la tentación de acercarme y darte la vuelta, como si estuvieras allí, como si el tiempo se hubiera detenido en aquel bulevar, como si las noches solo fuesen cuerpos sin cabeza. Pero me retuve, y sentada tras tu espalda, escuché nuestras risas, mecidas en el tiempo.

Pino Lorenzo

HAY GENTE EN LA TERRAZA

-Hay gente en la terraza.
-Todos los días hay gente en la terraza. ¿Cuál es la novedad esta tarde?
-Que no hay novedad.
-Entonces para qué lo dijiste.
-¿Acaso no puedo hablar?
-Sí, por supuesto. Pero decir obviedades como si se tratase de una conversación.
-Y ¿de qué quieres hablar esta esplendida tarde de verano en la que no es importante que haya gente en la terraza? ¿Acaso es usual en tu barrio que la gente se asome a una terraza desnuda?
-No. Pero ¿de qué terraza estás hablando?
-De la de el vecino del quinto. Después de follar siempre sale desnudo con un vaso de leche.
-¿Y cómo sabes que se asoma después de follar?
-No lo sé, es lo que yo haría si tuviese una terraza y alguien con quien follar.

Cruz González Cardeñosa

HAY GENTE EN LA TERRAZA

Era una mujer de tradiciones, siempre lo había sido y aquel final de mes le señalaba el día de los difuntos. Acostumbraba a ir en la última semana de octubre al cementerio a ponerle flores a sus muertos. Eran suyos, le pertenecían, hablaba con ellos y sentía una especie de ilusión por comprarles flores mejores, más vistosas que las de los nichos más próximos. No llevaba ninguna comitiva. No hacía como sus vecinas que iban juntas y se reunían para el día del acontecimiento. Ella tomaba el autobús y se recreaba en los instantes del trayecto. Su ritual comenzaba cuando se subía y buscaba un asiento, con su bolsa llena de flores, trapos, y productos de limpieza. “Buenas tardes” y se sentaba e iba recorriendo en el paisaje todos sus recuerdos. Ellos la acompañaban y hablaban con ella. A veces incluso discutían entre sí. Siempre lo habían hecho ¿ahora por qué iba a ser diferente?
Pero ese día, los muertos se callaron. El autobús tuvo un accidente. Un coche fúnebre se saltó un stop y chocó con el autobús. Ningún muerto excepto el que llevaban, claro. Después del golpe y la confusión tuvieron que bajar a toda prisa. Del motor del vehículo salí humo. Era más prudente alejarse. Una mano la tomó del brazo: “véngase usted, no tiene buena cara desde que se subió en el autobús.” Un hombre alto, con bigote, le señalaba a la terraza de una cafetería. Le sonrío. No había muertos, había gente en la terraza.

Laura López

HAY GENTE EN LA TERRAZA

Como caracoles que salen de su guarida con los rayos de sol, hoy una multitud ha tomado las calles, estoy con una cámara de fotos, cuyo objetivo acaba de atrapar una terraza del bulevar donde los clientes están dispuestos como si fueran a ver alguna película, desde atrás parecerían estudiantes en sus pupitres. Miran al frente como esperando un espectáculo, alguno desvía la mirada para observar los escarpines de los viandantes y trata de adivinar la nacional del que los calza. Pero no se detiene en esta quisicosa demasiado tiempo y vuelve a clavar la mirada hacia el mismo lugar que el resto de los clientes. Sale un camarero y pregunta si desean algo más, otro café y un vaso de agua dicen los de atrás, se repite la frase según avanza de fila el dependiente, un señor mayor se enfada porque dice le quita la visión, el camarero vuelve al mostrador como si no fuera con él. El objetivo sigue trabajando, va recogiendo, tirones de oreja, estornudos, atusamientos de barbilla y toqueteos en distintas partes del cuerpo, pero sin despistar su cometido: todos siguen con la mirada puesta al otro lado de la plaza. Un tanto desconcertado cambio de ángulo y dirijo mi objetivo a su visual, resulta que es otra terraza, no hay clientes, lo único que llama la atención es un rótulo sobre el toldo que reza “Los locos de en frente”.

Ana Velasco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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