CUANDO TOCARON EL TIMBRE

CUANDO TOCARON EL TIMBRE

La calle estaba desierta, pero se adivinaba una actividad subterránea inusitada, como una alegría íntima, fuera de circulación.
Cuando tocaron el timbre, un cielo nuevo se asomó a mi ventana, un cielo de mariposas indicándome que ya, esta vez, ningún peligro corría. Deslicé la llave debajo del portillo y el sol, el nuevo sol que ya habíamos alcanzado, inundó la nave espacial que habitábamos desde nuestra salida de la Tierra.

Sylvie Lachaume

CUANDO TOCARON EL TIMBRE

Nunca supo cómo pudo suceder aquello, quién lo organizó, desde dónde y con qué motivo, pero cuando tocaron el timbre le quedó muy claro que ya no había vuelta atrás y que su futuro sería mucho más movido y excitante de lo que había imaginado nunca.
No volvieron a verlo por el barrio y cuando preguntaban por él, nadie se atrevía a dar una respuesta sabedores del peligro que acarreaba.
Hoy todo forma parte del recuerdo y de su paradero lo único que se sabe, es que resultó fatal, aunque endiabladamente divertido.

Manuel Ortega

CUANDO TOCARON EL TIMBRE

Para que te hagas una idea de cómo era el barco te diré que ni como una nuez ni como un autobús de dos pisos. Tampoco estaba lleno de monos de esos que hay en todas las casas subiendo y bajando por los rayadores de queso. Ni tenía doce mástiles de acero o de plástico.
Sus banderas entraban en esas gotas de café que siempre nos quedan a las doce y cuarenta y siete, justo antes de pronunciar la palabra cielo.
Por estética cambiamos los cañones por bolsas de té, pero al ser primavera nadie se dio cuenta.
Estábamos entre la calle Gran Vía de Madrid y la costa de Cádiz, cuando después de guardar los trampolines verdes en el piso superior, alguien llamó al timbre.

Hernán Kozak.

CUANDO TOCARON EL TIMBRE

Era domingo por la tarde y andábamos por casa semi vestidos, el calor era abrumador y las horas extendían la tarde como un universo impenetrable.
De repente, cuando el sudor recorría nuestras sienes con lentitud, se me ocurrió abrir la ventana, por si algún vientito penetrara en la casa haciéndonos más agradable la velada.
Jaime pretendía con tenacidad, tener sexo, pero a mí ni se pasaba por la cabeza, casi no podía ni respirar.
Cuando estábamos a punto de empezar a ver el último capítulo de una serie coreana muy de moda, tocaron al timbre, no esperábamos a nadie, por lo que podía ser cualquier persona.
Me levanté del sillón en braguitas sin expectativas, pero tras ese timbre una ventisca de aterradora fuerza, recorrería toda mi piel al abrir la puerta de la calle. Todo, absolutamente todo mi cuerpo sintió un frescor indescriptible, desde mi pubis hasta cerebro, sentí el frescor que ansiaba desde años.
Esta vez Amazon se había superado, aquel repartidor era el perfecto aire fresco que estaba esperando durante toda la tarde, el deseo a domicilio más ardiente que jamás había recibido.

Magdalena Salamanca

CUANDO TOCARON EL TIMBRE

Cómo gocé de tus palabras. El recorrido de tu voz imaginaria llenó todos mis vestíbulos. Se airearon en mí cuerpo pieles de otros años y sentí una juventud salvaje. Tuve que girarme en la cama mientras te leía. Hice un guiñapo con mi sexo y descubrí una flor. Estoy presa de las noches porque en ellas está el manjar más apetitoso, tú. Me hablaste de cuentos rusos donde los personajes avanzaban por los recovecos de tus miedos e inquietudes, las pasiones que te estallan frente a mis teoremas… Es esta una inteligencia que construimos de sol a sol. Me hiciste jugar por los campos de Siberia, pero nunca tuve frío. Has devuelto el calor a mis párpados. Nada de lo que miro ya es igual.
Siempre tuyo
Aniuska

Querida, mis manos se abren cuando recibo a través de la pantalla azul tu nombre. Contigo me siento como un arqueólogo que descubre ciudades insospechadas. Frente al yacimiento de Petra, por ejemplo, explorando contigo los misterios de la carne. Qué extraño ¿no? Jamás nos hemos visto pero eres tan tú, tan yo, tan nosotros…. Te mando adjunto en pdf, en el cuerpo de este mail, un cuento de Vladimir Nabokov. Me gustaría que habláramos de uno de ellos. Se llama “una carta que nunca llegó a Rusia” ¿qué piensas del guarda? ¿También a ti te pasa que vas al café a ver bailar a la gente cuando estás alegre? He de confesarte que me gustaría más ser como esas parejas que desapareen veloces frente a sus ojos.
¿Imaginas que cuando abras este mensaje yo esté en tu puerta con tres rosas amarillas?
Por cierto, revisa el corrector, te pasa muchas veces, se te cuelan los sustantivos en masculino cuando hablas de ti…
Siempre tuyo
André

Aniuska se atusó la barba. No era Aniuska, sino Alejandro. Había permanecido oculto tras un nombre de mujer. Un día, en duermevela, pensó que sería llamativo poder cartearse con un hombre, jugar en otros términos que no fuesen los intelectuales estrictamente hablando, incluirse en un juego donde sucumbir a otros personajes… se sintió sobresaltado, enigmático, con un rubor encendido.
Y llamaron al timbre

Laura López

CUANDO TOCARON EL TIMBRE

Cuando tocaron el timbre supe que era ella por su manera de timbrar, y supe además que hoy habría lágrimas.
-Querida, ¿qué haces por aquí a estas horas de la noche?
-¿Te va mal que haya venido?
-No, para nada. Pasa.
Ella entró y comenzó a quitarse el abrigo. Antes de terminar de hacerlo sus ojos se llenaron de lágrimas y comenzó a llorar. Al principio fue un llanto silencioso, como si le diese vergüenza llorar o no quisiera que se enteraran los vecinos.
-Vamos, vamos. Ven, no me vas a regalar alguna palabra que acompañe las lágrimas.
-Ella me miró como si realmente quisiera comenzar a hablar.
Por algún motivo, lo que se me ocurrió para que ella hablase, justo era algo que no la permitía hablar.
Acerqué mi boca a su boca como para decirle algo pero en lugar de hablarle la besé. Fue un beso suave, apenas perceptible, sin embargo para ella parece que fue suficiente para dejar de llorar y, mirándome a los ojos con cara de asombro, comenzó a reírse a carcajadas. Cuando paró de reír me miró entre sorprendida y me dijo:
-¿Cómo sabías que era eso lo que necesitaba?
-No lo sabía, querida, tú me lo dijiste.
Me abrazó largamente y tomando su abrigo se dirigió a la puerta. Antes de salir mirándome un instante a los ojos dijo:
-Gracias. Te quiero.
Y se marchó.
Cuando cerró la puerta, yo pensé si no habría sido un sueño. Pero no, su teléfono estaba soñando y quien la llamaba no era yo.

Cruz González Cardeñosa

CUANDO TOCARON EL TIMBRE

Cuando tocaron el timbre estaba preparado para recibir cualquier noticia. Llevaba esperando la sentencia desde hacía casi diez meses. Tiempo más que suficiente para darme cuenta de que es una tontería ir a juicio. Desde que recibí la notificación del juzgado no había dejado de recordar al juez borracho que estaba casi todos los días en el bar Jesús o paseando a su perro por el barrio. Un día me contó que se tiraba meses para escribir una sentencia. Parecía aburrirse terriblemente. Su perro era un bulldog con la cara muy triste. Todo estaba caído en su cara: Las grandes ojeras, la frente… los lados del hocico colgaban desencantados de la vida como diciendo: «todo está decidido ya y nada va a cambiar nunca».
Los jueces no tienen que hacer gran cosa a parte de sentirse jueces. Su trabajo más que un trabajo es un sentimiento. Es este sentimiento de hartazgo el que dicta las sentencias, el mismo que dictó las leyes en que se inspiran. Se trata de la indiferencia de un emperador romano hacia sus súbditos. Algo así como las vallas metálicas que hace unos años había puestas en el borde de las carreteras para que seccionasen los miembros de los motoristas que se salen de la carretera.
Cuando tocaron el timbre estaba preparado para recibir cualquier noticia, excepto la que recibí. Me quedé petrificado sin saber qué responder. ¿Cómo diablos habrá podido ella saber dónde vivo, si yo jamás se lo dije?

Kepa Ríos Alday

CUANDO TOCARON EL TIMBRE

Cuando tocaron el timbre el tiempo había transcurrido desmesuradamente, sin embargo parecía que todo había pasado en un instante entre la vida y la muerte, como una canción de carne. Los días eran para él un estandarte y su palabra una disputa hacia la felicidad. Alguna vez, en un desliz de locura mientras dormía, alcanzó alguna que otra estrella, desde donde pudo divisar la torpeza de su mirada. De pronto, volvió a escuchar el timbre… alguien insistía en abriera la puerta.

Paqui Robles

CUANDO TOCARON EL TIMBRE

Las campanas suenan en la iglesia, y te apresuras para no llegar el último. Sabes que allí, como siempre, te esperan, hay un sitio para ti, y te relames satisfecho. Has encontrado un lugar donde crecer, donde mirar a los ojos a los otros, y no tenerles miedo. Tu fobia te había dejado pocos lugares libres a los que ir. Todo empezó por un ascensor. De repente, te pareció que aquel espacio era muy pequeño para que dos personas, tres, cuatro, que no se conocían soportaran esa intimidad. Luego siguió el transporte público, no soportabas sentarte donde otro se acababa de sentar, o agarrarte a lugares donde otros habían puesto sus manos. Una caída en un frenazo en el autobús, te hizo tomar la decisión de nunca subir más a uno de ellos. El coche hacía tiempo que lo habías abandonado, después de sufrir un episodio de ansiedad cuando ibas conduciendo.
La vida se le va a ir reduciendo, te habían dicho los especialistas. Es hora de que ponga remedio.
Por eso, la paz que encontrabas en la iglesia, te hizo creer que ya estabas curado.

Pino Lorenzo


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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