EL JINETE

EL JINETE

Entonces, de los tres jinetes, ¿cuál era el que llevaba el cofre de las monedas?
El miedo jugaba entre las gargantas de los cuatro elegidos. Minutos antes habían visto como un tajo seco, milimétrico, perfecto, seccionaba la cabeza de su compañero.
Tardo algo en caer, después se decidió por la parte de atrás y antes de que llegara a verse los talones y tocara el suelo, todo su cuerpo se fue tras ella como queriendo volver a juntarse.
El mayor de los chicos comprendió que de ese viaje algunos no podrían volver. Había que mirar al dueño del juego a los ojos y entregarse para que alguien pudiera contarlo.
Unos segundos después, aunque fue algo casi instantáneo, pudieron escuchar como la espada comenzaba por cortar el viento.

Hernán Kozak

EL JINETE

Fue una noche insólita, desmembrada de sueños. Las interrupciones acompasaban los cortes del suministro eléctrico y los corazones inquietos viajaban hacia ritmos africanos. Hacía un calor insoportable. La noche caía como manto de lana. La luna, esponja de luz, permanecía oculta tras los hilos del destino solar.
Era temprano aún para tanto crepúsculo, y ella no podía dormir. Su cuerpo se llenaba de sudor, como una lluvia intensa. Pensó en los cultivos de los campos y salió al zaguán de la casa. Prendió un cigarrillo y la noche. Un trote lejano retumbaba en las sienes. Su rostro se iluminó ¿y si fuese…? ¡Toda la vida esperando aquel encuentro! Nerviosa alisaba su pelo, se componía la blusa, la falda.
Cada vez más cerca y su corazón se desbordaba.
Pasó como el relámpago. La decepción fue mayúscula. No era él, era un jinete sin cabeza y siguió quieta, en el zaguán, esperando, de noche.

Laura López

EL JINETE

Abres las puertas de tu casa, me invitas a pasar. Dejas que me adentre entre tus olores, entre los aromas que reúnes en los mediodías, entre tus cosas ordenadas que me hablan de ti, de tus quehaceres, de los planes que están por venir.
Las habitaciones se suceden, y como siguiendo un mapa quiero recorrerte, festejar cada rincón, doblegar las esquinas que entorpecen, forcejear, si es necesario, con los obstáculos, y cubrirte de mí, llevarte a mis adentros, fundirnos hasta no poder sobrevivir más que en esta página en blanco que se escribe en silencio.

Pino Lorenzo

EL JINETE

Galopaba como cualquier jinete. Sin embargo, frente al son de los rayos solares aparecía y desaparecía. Una tarde, el jinete, quiso mirar fijamente aquella estrella. Pensó en llegar a ella. Con ayuda de su caballo, lo lograría. Nunca más se supo de él.

Paqui Robles

EL JINETE

El jinete de ojos azules y pelo entrecano, miraba al público buscando algo mientras el caballo algo alterado por la reunión con otros caballos y tener que entrar en la cabina y el disparo de salida, tomó rumbo al infinito guiado por el hombre que hoy se despedía de ese mundo alucinante de las carreras. Había disfrutado cada minuto, había sufrido, se había divertido y nunca se arrepintió de haber elegido esa profesión contra la que estaba toda su familia. Ellos no entendían de pasiones ni de sueños. Él sin embargo, se entregó sin ambages y fue feliz.

Cruz González Cardeñosa

EL JINETE

Era la noche de perseidas y el Carro estaba listo para recoger los deseos de todos los que miraban a la cúpula centelleante de San Lorenzo, eso sí estas estrellas no eran como las de cine, se hacían esperar y a veces incluso conseguían que alguna cervical se quejara si el deseo a ejecutar era valioso. Súbitamente una centena de haces cruzaron el firmamento, el espectáculo era deslumbrante, luego cual galaxia surgió una figura, parecía Aquiles con aspecto amenazante, realizando un torbellino recogió las bridas del Carro Mayor emprendiendo una tal galopada que éste volcó, los deseos fueron cayendo de la cúpula, incluso algunas estrellas se cegaron por su afán de recogerlos, pues sabían que ya no volverían a los mismos dueños. Desde entonces, los terrícolas han cambiado su temple, son más resolutivos y no necesitan lanzar antojos al cielo.

Ana Velasco

EL JINETE

Se dice que Alejandro Magno domó a Bucéfalo haciéndolo marchar de cara al sol para evitar que se asustase de su propia sombra. Alejandro era un gran conocedor. Conocía la naturaleza del caballo y la del humano, los estudiaba simultáneamente a ambos como animales. Uno era un animal de manada ávido de cobijo frente a cualquier peligro, el otro un animal de horda capaz de retorcer sus necesidades vitales hasta el desagarro siguiendo ciegamente los designios de dicha horda.
Conocía los resortes que mueven a los distintos hombres en las diversas situaciones. Él supo ver el animal que hay detrás de cada hombre. Manejaba a los generales de los ejércitos enemigos, mucho más fuertes y numerosos que el suyo, igual que un domador circense a sus fieras con ayuda de un simple látigo.
Con las mujeres no tuvo tanta suerte. Ninguna podía desear a un rey tan arrogante, un rey que sólo se amaba a si mismo y no sabía comportarse con ellas.
Las insultaba y ofendía sin querer, por pura torpeza de niño que nunca. A su esposa Barsine, la hija del emperador persa Dario III, le regaló todo un cargamento de telas y paños preciosos pensando que a ella le gustaría tejer todo tipo de bellos vestidos y magníficas prendas con ello, pero para la princesa persa esto fue un gran insulto, ya que sólo se regala telas a las esclavas, nunca a una princesa. Así pues, Alejandro fue especialista en organizar bodas que duraban poco, ni un año. Organizó múltiples bodas entre sus generales y las mujeres e hijas de los generales abatidos en combate. Pensaba las bodas desde el punto de vista científico, Aristóteles le enseñó mucha ciencia. Alejandro quería un imperio de la civilización, de la ciencia y el pensamiento aristotélicos, un imperio, en definitiva: griego. Era como los norteamericanos actuales. Él no quería invadir con su amor, robar a las mujeres persas, como hacían los antiguos griegos, no, Alejandro amañaba siempre matrimonios mixtos para enviar a los conquistados el mensaje de que su pueblo no iba a ser aniquilado. Era magnánimo. La intención era aparentemente elogiable. Sin duda la presa actual lo hubiera encomiado por tratarse de un acto favorable a la diversidad cultural, la fusión étnica y el amor global; pero los historiadores pusieron buen cuidado en informarnos de que dichos matrimonios no duraron más de un año. En cuanto a las propias bodas del joven monarca tampoco duraron mucho ya que él murió muy joven y, al poco tiempo de morir él, una de sus mujeres asesinó al resto.

Alejandro poseía varias concubinas, alguna de ellas famosa por su belleza, pero no sabemos si alguna vez amó a alguna mujer. La leyenda del nudo gordiano puede ilustrar a un lector freudiano acerca de cómo reaccionaba Alejandro ante los misterios y enredos femeninos, igual que con el famoso nudo del simpático labrador frigio. Alejandro no tenía paciencia para enamorar a una mujer. La famosa cortesana Tais, instigadora de la destrucción de Persépolis es una buena muestra de los efectos que el trato con el grandioso emperador producía en el carácter de sus mujeres.

Fue en buena parte merced a los desmanes de Alejandro que en Grecia, en Occidente, la ciencia y la técnica predominasen sobre la poesía y la narrativa. Puesto que los ganadores de una guerra no tienen necesidad de mucho más. Mientras que en todo oriente (medio y lejano oriente) la poesía y la narrativa nunca perdieron su valor en todas las áreas de lo humano, la sabiduría, la política, la economía…

Kepa Ríos Alday

EL JINETE

  • ¿Quieres que te de una buena noticia?
  • Soy toda oídos
  • Cabalgaré de nuevo.
  • No…
  • Mañana nos veremos allí a las ocho.
  • Hasta mañana cariño.
    Antes de apagar la luz, Cindy salió de WhattsApp y puso el modo avión en el teléfono. Aquel contacto jamás aparecería en el registro de llamadas, ni tampoco en el de facturas, mucho menos en el de su propia agenda, donde la foto de perfil de su interlocutor había sido suplantada por la de un caballo salvaje. Carlos dormía plácidamente y no se enteraba de nada, así que cuando terminó, Cindy apagó la lamparilla y se arropó hasta la barbilla en completa oscuridad y silencio.
    +++
  • Estoy hasta los cojones de estas tortugas! Avisen al Jinete.
  • No está legalizado aún, nos denunciarán por fraude a la seguridad social.
  • Tampoco sería la primera vez que falsificamos los partes. Mañana le quiero aquí y punto.
    A las siete de la tarde, Molly le había dicho a Jimy que todo aquello le olía a huevo podrido y que, desde su separación, Bob estaba insoportable, también más gordo e hipertenso y que de seguir así terminaría dándole un infarto. Hablaron junto a la máquina de agua, mientras revisaban las bicicletas y esperaban los siguientes pedidos.
    +++
    Quizás ahora sea jueves por la mañana aunque eso de lo mismo, podría ser cualquier otro día porque los pedidos vuelan mientras los repartidores no paran de entrar y salir a toda prisa para no llegar tarde al reparto del correo. El jefe Bob ya se ha fumado ocho cigarrillos y justo cuando está sacando el cuarto café de la máquina expendedora, su secretaria se acerca hasta él para decirle que debe atender una llamada muy importante: es el presidente de la compañía.
  • ¿Ha leído la prensa?
  • No señor, pero estoy al tanto.
  • Las autoridades buscan a un ciclista que ha sumido la ciudad en el caos circulatorio y que se ha escapado de la policía saltándose los controles. Dicen que lleva alforjas y mochila verde y que parece ser un mensajero, aunque las imágenes de las cámaras de seguridad no reflejan ningún logotipo que lo relacione con ninguna empresa del sector. ¿Va comprendiendo?
  • Perfectamente.
  • Lo que si han captado ha sido la palabra jinete grabada en la parte superior del casco junto a la fotografía de un caballo salvaje de color negro zaino. Recompensan con mil dólares a quién ofrezca datos sobre su paradero.
  • Menuda alegría, hasta en los medios hemos salido.
  • Buen trabajo Bob, los accidentes merecieron la pena.
  • Gracias señor, no podíamos permitirnos ningún fallo.
  • Felicite a Jinete de mi parte y a todos los chicos allá.
  • Lo haré sin duda.

Manuel Ortega.

EL JINETE

Siempre iba despacio al llegar a la orilla de sus sueños. El murmullo silencioso, que rodeaba su llegada, era como un dulce canto de perlas, encontrándose alrededor del cuello de una novia.
Los que lo vigilaban se sorprendieron no divisar su sombra, a pesar del sol de plomo que caía sobre este universo nuevo, al cual, de ahora en adelante, pertenecían. Nada se les había comentado sobre esta posibilidad, que, más que sorprenderlos, les atemorizó.
El jinete siguió su camino, sin despertar más confusión, en los prejuicios de los fantasmas que abandonó.

Sylvie Lachaume

EL JINETE

Siempre busqué ver grandes aperturas en el mundo y no vi nada. Bestias atrapadas salpicaban sus tugurios. Entonces, miré y todo se había hecho espectáculo universal alimentando y a la vez haciendo a los niños de la tierra, a la esposa del rincón de la igualdad, igualando la felicidad al terror y el espectador al actor.
Los cuerpos son gruesos y confusos, así que sin esperar más que al aire, Juan abrió una puerta y entró una corriente de palabras, fluidos sin dirección, moléculas separándose y extremadamente más veloces que el liquido vital.

Adentro, un diminuto ventrílocuo decía y decía y cuando se aquietaba, el afiche titilando desmantelaba el programa.
Juan no se lo podía creer y, sin embargo, podía explicarlo: Eran grandes bocas satélites responsables de ese fuego propagandista, una sola cámara para todos sin revés ni derecho. El tiempo, un círculo infinito que dejaba cadáveres al pasar y cuando tocaba la orilla era música, nos envolvía sobre sí misma y se hacía llamar “esperanza empecinada a bajo precio o viaje largo sobre la ilusión”.
Pero ¿qué decir? Si uno prefiere que todo se juegue en la piel del prójimo, el juego, el lazo tendido, el grito, la tristeza y también el asesinato. Ni qué decir del sistema capitalista. Dicen que desciende en los bajo fondos de una modalidad alternativa y
que su único propósito es el vértigo del beneficio.
¡Un sistema al que le guste el vértigo! a Juan le daba cada calambre esa desconexión.
Juan, como espectador de todas las vidas, pues no necesitaba matar lo que no entendía, me decía:
— Yo también tengo la vida de mi sangre, la de mis poetas, la del amor. Yo también aprendí que el sol se prendía por el este y partía hacia la noche al oeste, que la dirección del agua floral en un río es la dirección hacia la gran madre, el mar, y si se detiene en tu mirada un ave en medio del mar es que hay tierra donde vuela. No hay pérdida. Todos los caminos tendrán sus palabras sin que sea necesario tatuarse amores eternos.
Lo miraba exaltada. Juan lo había conseguido, él podía ser cualquier jinete.

Clémence Loonis


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Carmen Salamanca Gallego
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