HISTORIAS DEL VERANO

NO TE LO VAYAS A CREER O TAL VEZ SÍ

Ahora que nadie me escucha, he de reconocer que los dos primeros sábados después de las vacaciones del taller, me sentaba frente al ordenador a los doce y media, con la esperanza de escuchar el sonido del Skype avisándome que comenzaba la fiesta.
Pero nunca, ni por error, saltó la llamada. El encuentro con los versos y las historias que me acompañaron durante todo el año ya no estaba.
Es cierto, tuve las playas de Ibiza, los museos de París, el ritmo de Bs. As., pero siempre con la sensación de que algo faltaba.

Hernán Kozak

EL PERRO

Pasaron muchos días desde la última vez que Fermín viese al perro, así que empezó a sospechar que tal vez el animal se hubiera ido y que la historia habría terminado para siempre. No obstante, anduvo unas cuantas manzanas con la esperanza de verlo caminar por las aceras, pero no halló ni rastro. Preguntó a Camila, a Lolo y a Mateo y como ninguno supo qué decirle, no le quedó otra que empezar a aceptar la situación.

Pasaron los días, las semanas, los meses, diez largos años en los que Fermín no pudo dejar de preguntarse por el paradero de su amigo, llegando algunas veces incluso a ponerse en lo peor. Molly le había estado animando. «Seguro que no le pasó nada», le decía todos los días al despertar. «Sabe cuidarse, es muy listo, quizás haya regresado con su antigua familia, en ese caso, estará bien, no hay por qué preocuparse, tú tranquilo», pero Fermín odiaba la incertidumbre y no fue capaz de superar sus miedos.

Finalmente, una tarde de jubilosa primavera, cuando sin ninguna explicación sobre cómo ni de dónde había salido, igual que un muerto que resucita, ladrando entre las escaleras por las que se ascendían al portal de Fermín, mientras este regresaba procedente del bar de Matías y a punto estaba de enfilar el último tramo que lo conducía a su casa, el can se abalanzó sobre él, siendo en ese momento cuando los dos se despertaron dando un respingo sobre la cama en la que dormían junto a Molly. Ella seguía roncando plácidamente y aunque no le gustaba que Ulises le lamiera el rostro, a Fermín no le importó al comprobar que su camarada estaba en perfecto estado de salud. Desde aquel sueño los tres siguen siendo inseparables, pero ahora siempre que pueden, acuden a todas partes, juntos.

Manuel Ortega

LA MUERTE

Parecía mentira que hubiese llegado tan lejos. Con tan solo mover un dedo y levantar el teléfono tuvo a su alcance el mayor arrecife de corales. Llevaba años buscando la razón de tanto ingenio, pero no puedo averiguarlo hasta la hora de la cena. Después, cerró sus ojos lentamente y murió.

Paqui Robles

HISTORIA
Apenas llegar al antro, los echó atrás el olor hediondo que reinaba. ¡Sólo un fantasma puede habitar este lugar, pensaron, ningún ser vivo puede sobrevivir aquí, es la puerta de entrada al infierno, Hierápolis!
Pero no tenían otra opción. Empujados por el hambre de saber más allá de lo que les correspondía, se animaron a entrar, pues sabían que el ser humano se adapta rápidamente a cualquier olor, cualquier ruido, cualquier extravagancia. El ser humano se adapta, sí, a todas las latitudes, longitudes y vergüenzas.
El jefe de la banda ordenó que todos se callaran. Un ruido se percibía desde el fondo de lo que parecía, ahora, una iglesia, una basílica, quizá, de ésas, romanas, apostólicas y mediterráneas. El suelo parecía inundarse debajo de sus pies, como en un apocalipsis desmesurado.
Por altavoces les llegó su verdad: «Aquí, no hay tomate, idos, cobardes, habéis puesto el dedo meñique demasiado alto para que podamos permitir que les demos la cara».

Sylvie Lachaume

LA MALETA

Aquella maleta que encontró Leonor al final del rellano llevaba sus iniciales, era de cartón recubierto de una cuadricula fina, no estaba cerrada con llave. Aunque supo que era para ella, la dejó fuera hasta el final de la tarde, a penas la tuvo delante se adentró en ella como quien traspasa el marco de una puerta sigilosamente. Cenefas del pasado salpicaron su mirada: un pequeño rosario de laca que había desaparecido el día de su primera comunión – con el disgusto que se llevó su madre -, una muñeca con unos zapatos rojos con la que se escondía en el desván para contarle que de mayor quería volar como los pájaros, una raqueta de tenis que no pudo estrenar y el hasta mini short que le trajeron de Londres y tanto escandalizó a la abuela, lágrimas prendidas a la foto del chico de la biblioteca, con quien estrenó su ingenuidad. También estaba el bolsito que compró para asistir a su primera boda, que luego lució su hermana. El polvo erupcionaba su entorno. Uno a uno fue destapando aquellos despropósitos viejos hasta que un gran estornudo la estimuló. Buscó la papelera de ficticios deseos y fue dejando caer los diversos objetos. ¿Quién habrá traído esta maleta se preguntó? ¿En qué trastero habrá estado tanto tiempo? Solo podía ser alguien que la quería, mostrándole lo quimérico de cualquier añoranza y que el verdadero deseo le había llevado por otros derroteros.

Ana Velasco

UN SEÑOR

Un señor atiende en una terraza. Las mesas bailan alrededor del pavimento. Grupos de siete, seis, tres, dos personas y hasta una, son piernas de tango. Alguien se inclina y desaparece. Bajo la mesa hay una paloma y el señor que atiende la terraza se percata de la ausencia. Busca entre los ojos de las sombrillas que discretas auguran una inundación solar. Aparece. Pero ya no es la misma. Ahora es un montón de personas como hojas de un diario. Los sucesos, la subida de la luz, el tiempo… Sube el tono y arriesga: un café con leche de hierba. Sabemos que, en los diarios, nunca hablan de lo verdaderamente importante.

Laura López

EL TIEMPO DEL POETA

El poeta lo había anunciado sin saber realmente de qué tiempo venía la anunciación. El tiempo que habían inventado los humanos era seco, poco ilustrativo y su función principal era recordar. El tiempo del poeta, en cambio, silbaba con una cadencia propicia al baile, y boom en un pie y zas con el otro, se deslizaba hasta toparse con una palabra nueva. Era cruel ese instante pero como podía correr por las praderas disminuía su nivel; el tiempo aquél se notaba por el aire que hacía crecer a los niños. En el pueblo más cercano se decía que los hijos de la Mari se habían refugiado en el bosque para evitar ser capturados. Ya tenían la edad de la guerra y de la libertad, sabían subyugar a los animales e incluso a las plantas para que se abriesen al paso del joven virgen que todo lo desea.
La frase que más se repetía entre los conciudadanos era: van a venir por nosotros.
Cada uno tenía la razón de sus temores, los niños grandes, como los llamaban, se iban multiplicando.
En la casa del Paco, eran los primeros en haber tomado medidas, había rodeado la casa de metralletas. Sí, se corría la voz de las metralletas y con los ojos palpitando explicaban que su castidad, la de Paco y su mujer, les habían privado de descendencia.
Hablaron con la policía. Siempre un agente del orden puede tener una idea para pensar el fenómeno. En fin, el alcalde se ocupaba de describir el fenómeno, en la farmacia buscaban los orígenes y habían cerrado prontamente todas las iglesias. Las riquezas aglutinadas en esos santuarios debían ser protegidas, tenían superiores que no tolerarían la afrenta.
Cada uno se concentraba en su temor a ver si le podía encontrar una solución. Al multiplicarse los niños grandes, se multiplicaban los temores, claro, pero no se comprendía del todo por qué Paco seguía siendo el único con su arsenal de defensa.
Creían que su amor había sido bueno, que algún que otro cuidado habían dado, y los sacrificios ¿de quién y para quién?
Pero dudaban de su amor y temían. Temían como los guardaespaldas cuando dudan.
Los niños grandes se organizaban no para desplegar un ataque a la antigua sino para pensar qué harían si el crecimiento no se detenía. Ellos veían largo y tendido los instrumentos para el desarrollo. Como habían amaestrado las fuerzas naturales, a la lluvia por ejemplo, le pedían que fuera voluntad de riego, se habían hecho potencialmente históricos.

Nunca más se volvieron a ver. Los niños grandes habían emprendido tantos proyectos como ilusiones, así pudieron vivir 200 años. Los que los habían engendrado murieron de temor, enfermedad producida por la confusión de los periódicos.

Clémence Loonis


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