EL FORASTERO

EL FORASTERO

Todos huimos, todos arrojamos el arma y el hombre. Alguien nos vio, se paró con los ojos cerrados y se hundió en el cuerpo vacío. Junto a aquel guiñapo inclinó su cabeza y dejó de existir. Callando llegamos a la bodega cerrada, nadie la abrió. Nos reprochamos: tú no cambias, eres oscuro. Pero el que murió, al que matamos, era el forastero.

Laura López

FORASTEROS

Han llegado con las naves quemadas, Majestad. – Fue la respuesta del centinela cuando el rey preguntó por el estado de los que se agolpaban en las puertas de su fortaleza- Pero nadie los persigue, señor, no huyen de ningún ejército.

  • Ahh, entiendo -dijo el rey- entonces ¿vienen a invadirnos o a ofrecerse como esclavos?
    Desde lo alto de la almena el centinela profirió unas palabras en sumerio y entabló una breve conversación con los forasteros que estaban fuera del recinto. Tras un breve diálogo el centinela informó al rey:
  • Ninguna de las dos, alteza, dicen que quieren unirse a nuestro pueblo. Quieren cambiar de bando, formar parte de nuestro pueblo, señor: Son desertores.
  • Pero nosotros no estamos en guerra. – Dijo el rey, girándose hacia el lado donde estaba el copero de la corte. El copero era el más culto y mejor formado de los consejeros del rey. Mientras servía el vino al monarca sonreía haciendo aumentar la expectación por su respuesta.
  • No estamos en guerra porque nosotros tenemos la catapulta atómica y un castillo muy fuerte. Podríamos aniquilar a su pueblo fácilmente. Además, cada vez que ellos intentan construir un castillo como el nuestro, nosotros les disuadimos de hacerlo por cualquier medio: los engañamos, sobornamos o asesinamos.
  • Y debemos seguir haciéndolo – dijo el rey – de lo contrario estos miserables podrían llegar a convertirse en un peligro para la libertad y el orden mundial. ¡Centinela! ¡Diles que dejaremos entrar a la mitad de ellos para servir como esclavos!
  • Si me permite un inciso, eminencia – interrumpió el copero. – ¿No será peligroso dejar vivos al resto? Podrían organizarse y ayudados por los de dentro tramar alguna sedición. Tal vez su majestad me agradecerá que le recuerde cuán gran parte de su poder y fortaleza es debida a su prestigio. Si usted deja que cualquiera se una a su ejército si ejército será un ejército de cuales quiera.
  • Cuánta razón tienes, copero – El rey consiguió moderar su ira gracias al juicioso consejo del copero -. ¡Llenad el foso, soltad a los cocodrilos! Centinela, dígales que los que logren llegar vivos hasta arriba de la muralla podrán ser soldados del rey y recibirán grandes honores.
    El rey se rascó la corona satisfecho.
  • ¡Copero! Encárgate de los forasteros que consigan llegar. Véndelos en el mercado de la ciudad como esclavos, entrega al centinela la mitad de lo que obtengas. El resto puedes quedártelo tu en pago por tus buenos servicios. Ya no quedan coperos libres hoy en día. Los que no eran judíos se hicieron cristianos, y los que no quisieron hacerse cristianos fueron hechos musulmanes.

Kepa Ríos Alday

LOS FORASTEROS

Ellos eran los forasteros. Estuviésemos donde estuviésemos, nosotros siempre foráneos, los demás extranjeros, es decir extraños a nosotros.
Ni que decir tiene que ellos pensaban justo lo mismo pero al contrario. Y no era posible que los dos tuviésemos la razón.
Ella, la mujer que me acompañaba desde hacía 25 años, decía que serían forasteros hasta que los conociéramos mejor, luego enfrascados en cualquier conversación, nos parecerían amigos y ya no tendríamos que tener ningún temor.
Visto desde ese punto de vista, comencé a mirarlos con ojos amistosos, como si ya los conociera, incluso les saludaba y hacía un ademán a modo de sonrisa. Ellos, la verdad, eran muy amables, un día que mi hija se olvidó su pelota, la invitaron a jugar con ellos y al otro día cuando nos encontramos, les dijimos si querían venir con nosotros a hacer una excursión.
Lástima que cada vez que viajamos pase lo mismo. En todos los lugares hay forasteros y nosotros tenemos que aguantarnos y sonreír.

Cruz González Cardeñosa

FORASTEROS

Aquella obra la había repetido cientos de veces. Dos funciones al día le permiten a uno vivir como el personaje. Llamaba a sus compañeros forasteros, y les hacía el juego de dispararles. Le habían matado en infinidad de ocasiones, durante varios años, y siempre hacía el chiste de que aquella muerte alargaba su vida. Pero en el fondo, no pensaba así.
Trató de hablar con el director de la obra para cambiar el final, y dejar al protagonista vivo, pero el director se excusaba en el autor, y en el libro en el que estaba basada. Trató de encontrar al autor, un americano que hacía años había muerto. Dio con sus hijos, los que cobraban por los derechos de hacer la obra, y les explicó las razones de querer cambiar el final; pero ellos dijeron que aquella era la voluntad de su padre, y si él ahora cambiaba el final, otro vendría y cambiaría el principio.
Entendió sus argumentos, pero le era extraño que nadie se pusiera en su lugar, ni tan solo por un momento.
Fantaseaba con cambiar él mismo el final, y no morirse cuando le dispararan. Sería como hacer una huelga en mi puesto de trabajo, pensaba. Pero finalmente, cada día, caía derrotado.
Un día una persona del público, antes justo del disparo, se levantó y grito: ¡cuidado John! ¡Por la espalda! El forastero se volvió hacia el lugar de donde venía la voz, sorprendido ante el espontáneo, tiempo que aprovechó para salir corriendo.
Nunca más volvió a aquel teatro.

Pino Lorenzo

FORASTEROS

Sentadas al fresco de la tarde, acompañaba a una de esas señoras octogenarias de tantos pueblos de la meseta castellana, era mujer de no quejarse, pero comentaba que en los últimos años había perdido vista, también que el pueblo seguía desatendido, el médico venía una vez por semana, aunque la farmacéutica de la cabeza de comarca era muy maja, se acercaba en días alternos a traer medicinas y de paso les tomaba la tensión. Echaba de menos la ausencia de sus amigas con las que jugaba a la brisca. ¡Todo está cambiando, sabes! Hizo un silencio que sirvió para escuchar cómo se recogían las golondrinas, luego casi en un susurro dijo: “por no decir lo de los forasteros”. No tuve que formular la pregunta, bajó la vista hacia sus manos posadas sobre las rodillas y murmuró: ¿usted no se ha dado cuenta de los hombres de color?, no son de Cuba porque no hablan así, son buenos mozos que trabajan en el campo, pero qué pena hija, luego no les ofrecen la casa para dormir, duermen en barracones ¡qué, cuando se ha visto esto por aquí! Yo los veo algún atardecer, sentada aquí como tu y yo ahora. Siempre saludan, parecen simpáticos, cuando se alejan no puedo evitar acordarme de mi hermano, yo era todavía una niña, pero recuerdo lo nerviosos que estaban mis padres cuando se fue a Bélgica a trabajar en la mina, luego le teníamos envidia porque escribía diciendo que tenía de todo, tardó mucho tiempo en volver y ya estaba enfermo, al principio no contó nada, pero cuando las fuerzas ya no le sostenían nos contó de la morriña y también lo que realmente vivió.

Ana Velasco

FORASTEROS

Forasteros aparecieron en la cabeza de aquel terrestre. Avanzaban buscando la melancolía. Investigaban, desesperados, restos de espejos donde mirarse, alguna imagen fresca que enmohecer, una antigüedad valiosa que revalorizar. No encontraron nada, ni siquiera en sus pupilas ennegrecidas. Atrás quedó aquel amor, aquel silbido de adiós. Un día de los que paseaban, vieron que otros se divertían entregándose al tobogán de las palabras. Los forasteros, cada vez más desvanecidos, pero en su afán de no perder, decidieron divertir tan ansioso propósito. Pudiese ser que aquel tobogán les llevara a donde ellos necesitaban. En efecto, nunca más volvieron a buscar, como por arte de magia, desaparecieron.

Paqui Robles

FORASTEROS

“Forastero es todo aquel que no pertenece a este pueblo”, bramó el que parecía el de más fuerte constitución en este pueblo de la Galicia profunda. Así que vosotros, sois y seréis forasteros toda la vida. No importa lo que hagáis, no importa las tierras que comprarais. Siempre seréis forasteros en esta minha terra galega.
El parador de Santo Estevo quedaba cerca del pueblo de los afiladores de cuchillos. Se había erigido hace más de mil años y conservaba toda su belleza y esplendor medieval. Ahora, se había convertido en un parador nacional con celebraciones y bodas especialmente durante toda la primavera y el verano en sus claustros de piedra e historia.
Nueve obispos se habían refugiado en esas paredes huyendo de los musulmanes allá por el año 1.000. Y realmente estaban muy escondidos en los montes de Galicia, entre árboles y múltiples viñedos, muy cerca del río Sil.
Nueve anillos habían sido encontrados recientemente que se atribuían a estos obispos y se habían enviado a la Santa Sede para su estudio y verificación.
Anillos a los que los lugareños atribuían diversas propiedades curativas para el alma y de protección de enfermedades y plagas, así como de prosperidad y riqueza.
Mientras, el pueblo y su gente discurrían junto a los ríos realizando una tarea milenaria como es cultivar vides en las escarpadas paredes del cañón del Sil o del Miño.
Había comprado prácticamente una pared de viñedos que discurrían por el Sil. Pero los lugareños no se mostraban nada afectos a colaborar para que me hiciera productor de viñas y posteriormente, dedicarme a la elaboración del vino tan apreciado como es el de la Ribeira Sacra.
Decidí instalarme en el pueblo famoso por sus afiladores de cuchillos y ver qué es lo que me deparaba el destino. No iba a renunciar a ese sueño tan preciado y acariciado desde hace tanto tiempo.

Paola Duchên

FORASTEROS

Durante mucho tiempo, en el reino del uno, del dos y del tres, todos los demás números eran considerados forasteros y extraños, por lo tanto, aborrecidos y rechazados, hasta el punto de que el cuatro, el cinco, el seis y el siete, ocho, nueve y hasta diez embajadas enviaron con la intención de mediar en el conflicto, aunque sin obtener el éxito esperado y sí una respuesta rotunda de intransigente intolerancia sentenciada por el contumaz trío de próceres numerarios.
La guerra Decénica terminó desencadenándose en un momento imposible de someter a cronología.
Solo se sabe que un nuevo orden surgió con el conflicto, donde tras la culminación de la decena y el desdoblamiento de los números, la capitulación de los trinitarios introdujo la eficacia del espacio-tiempo haciendo posible la relación entre el todo y la parte (primera representación de perfil cuatridimensional y paquete cuántico interactivo que permite replicarse indefinidamente).
Las fuerzas reactivas terminaron admitiendo que los forasteros tenían razón y que cualquier resistencia tenía que ver con la no aceptación de la muerte, verdadera riqueza de lo que se combina animando el cotarro de la existencia marginal.

Manuel Ortega.

FORASTEROS

Somos forasteros.

Sylvie Lachaume

FORASTERO

Tengo que pedir disculpas y eso de manera repetitiva hasta alcanzar la frecuencia de la liberación.
Ayer, me preparé, a la hora exacta del encuentro, y pedí disculpas por mi odio insolente, que en el instante desea estrangular al tiempo, abofetear al sol sin esperanzas. Indigesto, por eso pido disculpas.
La alegría que me nace desde la infancia no me pertenece, es una rama muy larga que cae con su peso y a la noche, cuando se calla, y los sueños se abren en el patíbulo de la oscuridad, me veo, viejita, todavía alegre prefiriendo la huella de una vida a la verdad.

  • Pedir disculpas, ¿a quién? – me preguntó Juan- Mira, recuerdo una anécdota que le viene al pelo. La de un forastero que llegó a España de una manera muy particular.
    En la plaza mayor de un pueblo, donde la lluvia desafinaba los sonidos de la guerra, cayó en el centro una bomba que nunca explotó y así quedó. Nunca se tomó la decisión de nada, la bomba como un gran bostezo ininterrumpido quedó sin explotar.

Una bomba lanzada por los alemanes que tanto anhelo tenían de erradicar a la república. Toda Europa y más allá pensaban llevarse un trozo de pastel de aquella bella península. Los que más adelante, fueron etiquetados por la guerra que seguiría a la civil, los aliados, también lucharon contra la república, pero a veces la traición no es vista como tal, sino que no es vista. Los ideales tienen peso de escudo, son vida no vivida, ciegan.

  • ¿Entiendes, a dónde voy? recalcó Juan
  • Entiendo que se pidan disculpas para quedar bien, si alguien las reclama, pero pedir disculpas por una misma…
  • En fin, el forastero alemán quedó plantado en la plaza del pueblo como una dinamita vigilando, un espía enfermo. Un misil alemán atemorizando al pueblo durante décadas.
    Alguien tendría que pedir disculpas, esa intromisión, ese desgarro inmovilizando el vivir de la ciudadanía…
    Por fin, un día de borrachera, de alegre reencuentro con los amigos, justamente con el vecino, que estaba de paso por el pueblo, expatriado en Alemania, decidieron a la noche abrir el misil.
    -Que ya está bien de someterse, que hemos aguantado el terror soterrado, que cortemos la raíz a ver que pasa.

Decididos a liberar al pueblo de ese dueño fantasma, de empezar una nueva historia, subieron en plena noche sobre el obús como si de un árbol se tratase.
Costó lo suyo, hacer girar ese metal oxidado sobre sí mismo, pero los chicos estaban preparados con instrumentos y brazos, líquidos anti y a favor. Después de tantos años no podría pasar nada, lo máximo se escucharía algún escape de aire, tal un gran pedo.

Ni un suspiro de despedida dio el obús, murió en las manos de la juventud.
Al explorar el mecanismo interior del artefacto, encontraron un papelito manuscrito con unas pocas palabras en alemán que el expatriado tradujo enseguida: Salud de un obrero alemán que no mata a trabajadores.

  • ¡Vaya forastero tan imprevisible! Así que, de pedir disculpas, nada.

Clémence Loonis


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