AQUELLA EQUIVOCACIÓN

AQUELLA EQUIVOCACIÓN

Habían discutido y él decidió marcharse de la habitación. Paseo por el pueblo, quería despejar sus ideas, bañarlas en ginebra, quería olvidar, entender, saber qué hacer y todo ello mientras intentaba que las paredes de su vida no lo aplastaran.
Cuando regresó apenas podía mantener el equilibrio, alguna mano cruel movía el suelo de este a oeste, eso impedía que su llave girara lo suficiente para abrir la puerta, por lo que comenzó a golpearla. Solo quería entrar y dormir.
No le abrían, quizá ella se hubiera marchado aburrida, revelándose, negándose a contemplar el mismo espectáculo una y otra vez.
Volvió a llamar como queriendo tirar a bajo esa frontera que separaba el mundo real de la película de la que era su triste protagonista.
En un momento de lucidez se dio cuenta de que se había equivocado, estaba en la planta tercera y no en la quinta, pero ya era tarde, unos dedos ensangrentados se habían posado incomodos, vengativos y despiadados, sobre su hombro.

Hernán Kozak

AQUELLA EQUIVOCACIÓN

Tenía que recitar un poema para su abuelo en su fiesta de cumpleaños. La niña tenía unos diez años. Esperó pacientemente entre todos los nietos. Ella era algo tímida y aún no conocía bien a sus primos, ya que su familia era diplomática y se había criado fundamentalmente en otros países. En vez de hablar con sus primos estaba muy concentrada repitiendo en voz baja el poema: Abuelito Vicentón / que tanto a tus nietos quieres / de los huevos de tu amor / salió esta estirpe de gentes / que hoy te vienen a obsequiar / de lugares diferentes // Tus semillas germinaron / como vástagos de vides / abuelito Vicentón / de regarlos no te olvides. Se hizo un silencio algo extraño mientras los tíos se miraban entre sí. El abuelo tomó a la niña en brazos y le dijo: Entre tantos nietos no me acuerdo ni de cómo te llamas, hace años que no te veía. Noelia -dijo la niña- y el abuelo la abrazó y la besó.
Pero ¿dónde está la equivocación? -Preguntó Ana – ¿No ibas a contar algo de una equivocación? El poema lo dijo perfecto ¿no?
Si -contestó el narrador-, el poema lo dijo perfecto sin equivocarse. No dije que la equivocación hubiese sido de la niña, no, la equivocación había sido mía. Porque la dejé en la puerta mientras iba a buscar el regalo al coche sin darme cuenta que me había equivocado de piso. Era otra fiesta de cumpleaños de otro abuelo.

Kepa Ríos Alday

AQUELLA EQUIVOCACIÓN

Sabes, mi familia no siempre fue rica, un día hubo un golpe de suerte cómo al que le toca una lotería. Mi padre de procedencia persa siempre quiso mantener lo ocurrido en secreto, un poco por vergüenza y también para evitar apremios, decía; incluso viví con un nombre prestado, en mi familia nunca hubo Torres. Mi abuelo era un servidor del Sha quien le había pedido construir un pequeño reloj de sol para conocer la hora solo con asomarse a al ventanal al tirarse de la cama, el viejo construyó una pequeña joya, imitaba el reloj griego de la Torre de los Vientos. El día de su inauguración el soberano quedó tan complacido que ascendió a mi familia de rango y nombró a mi abuelo hombre de confianza. Pero un hado cruzó el firmamento aquel día, varias semanas más tarde, en una recepción diplomática francesa, cuando el soberano quiso presumir de su elíptica solar, uno de los ministros extranjeros señaló que el ángulo de inclinación del eje mayor entraba en la sombra antes de tiempo. Este agravio no solo estuvo a punto de crear una guerra entre Oriente y Occidente, por supuesto el Sha mandó levantar el reloj y llevarlo al estercolero, los rumores volaron como el viento y antes de que todos mis ancestros estuvieran ante la daga persa, el viejo pagó a unos porteadores cosacos para recogerlo y sumándose a su caravana llegó a occidente. Mi padre, años después, recibió la visita de una compañía de coleccionistas suizos que siguieron la pista a esa pieza única, y es de esa equivocación, amigo mío, que hoy disfruto de esta posición.

Ana Velasco

AQUELLA EQUIVOCACIÓN

Empieza bien el verano, un aire fresco sigue circulando entre palabras.
“Dominique se adentró en el pasillo, que separaba su vida de sus ilusiones, y despegó.”, leo, en voz alta. La biblioteca que me rodea está conmigo, a cada instante que lo desée; es mi íntimo hogar, un motor para arrancarme de los prejuicios ancestrales, donde crecí.
Ahora digo: ¡Cómo se la jugó bien, Cristóbal Colón! ¡Qué partido de amor, a tres, aquella equivocación!
Ibiza, tierra de mi nuevo origen, creada entre palabras. Ibiza, una isla de carne y huesos.

Sylvie Lachaume

AQUELLA EQUIVOCACIÓN

Llevaba todo el día pensando en la cita. Había insistido en elegir ella el lugar. Nunca había acudido a una cita a ciegas, pero sabía que él era asiduo a ellas. Por su perfil de Tinder se le veía que era una persona muy popular.
Cuando llegó al restaurante era un poco antes de las nueve. Saludó a los camareros y uno la besó cariñosamente, y la llevó a la mesa que tenía reservada, era una mesa junto al mar. Ese día había luna llena, también había elegido el día. Pasaron las nueve y él no llegaba. Ella fue a coger su móvil, por ver si tenía alguna llamada perdida, pero el móvil no estaba. Por un momento pensó que se lo habían robado, pero luego recordó, claramente, que lo había dejado en los servicios de la peluquería, cuando la llamaron, y se quedó sobre el lavabo. Pensó en aquel olvido, y se dijo, que de cualquier manera, ya habían acordado la cita, y a no ser que le ocurriera una urgencia, no tenía motivos para no ir.
Raúl, en el restaurante Mirasol, frente al mar, esperaba a Blanca. Eran las nueve. Le extrañaba que no hubiera llegado antes que él, ya que parecía una chica ansiosa. Espero hasta las nueve y cuarto y la llamó, pero nadie le cogió el teléfono. Pensó si no era por una urgencia, no tenía explicación. La llamó a las diez, antes de irse a su casa, y le dejó un recado en el contestador: estoy en el restaurante Mirasol, frente al mar, como me dijiste, y tú no estás.
A primera hora de la mañana Blanca fue a buscar el móvil a la peluquería, que, por suerte, lo había encontrado una clienta que lo entregó en la recepción. Cuando miró el móvil vio dos llamadas perdidas de Raúl. Escuchó el mensaje que le decía que estaba en el restaurante Mirasol, frente al mar, y en ese mismo momento, recordó que hay otro restaurante con igual nombre, en el otro lado de la ciudad. Al darse cuenta de su error, fue a llamarlo desesperadamente, pero los dedos no atinaban a buscar su nombre. Entonces se detuvo, y recordó aquel libró que leyó en 3º de psicología cuyo autor era Sigmund Freud, y que tanto le impactó. Sin titubear, llegó hasta el nombre, Raúl Tinder, y sin pensarlo dos veces lo eliminó.
Raúl, mientras, en su casa, chateaba buscando un nuevo ligue.

Pino Lorenzo

AQUELLA EQUIVOCACIÓN

Cerramos el taller y nos fuimos para casa, cada uno a la suya por supuesto. Al día siguiente nos esperaba un día de perros. Cuando estaba en el autobús alguien dijo una fecha. La escuchaba y por algún motivo me saltó una alarma. En qué caía esa fecha, no sería en domingo. Fui rápidamente al móvil y efectivamente era domingo. No era tan grave, menos mal que me había dado cuenta antes de la fecha. Mañana mismo lo soluciono -me dije- aunque no será fácil. Y estuve intranquila toda la noche.
A la mañana siguiente, antes de que pudiese acercarme al teléfono, llamaron para cancelar. Uf, pensé, menos mal que aquella equivocación terminó en este alivio.

Cruz González Cardeñosa

AQUELLA EQUIVOCACIÓN

Se había instalado una de aquellas aplicaciones en su teléfono para conseguir un vehículo que la llevara al lugar donde iba a ser su estancia. Le dijeron que era muy fácil, que sólo tenía que introducir unos pocos de datos y el lugar de origen y de destino.
Aunque hacía frío y estaba lloviendo cuando se bajó del avión, se sintió reconfortada ante la idea de que la recogerían en un coche con calefacción, sería alguien amable con quien poder conversar durante el trayecto y que en menos de media hora estaría ya instalada cómodamente. Así, sonriendo, comenzó a introducir los datos. Listo, en diez minutos vendrían a por ella. No sabía muy bien cómo, pero supuso que quien vendría a recogerla la localizaría rápido. Tenía la sensación de estar en una cita a ciegas y empezó a fantasear con la idea de que alguien atractivo llegaría en aquella terminal de aeropuerto a recogerla, a salvarla de no sé qué. ¡Qué imaginación!
Comenzó a juguetear con el asa de su maleta hasta que la rompió. Qué faena, no se podía estar quietecita.
-¿Eres tú la que estás esperando?- Una voz varonil, profunda, la invitaba a subir. Un hombre ancho de espaldas, con el pelo engominado apareció frente al ángulo del asa de su maleta y la carretera.
•Si, si. – le faltó tiempo para correr diligente a su destino.
Todo fue normal. Le ayudó con su equipaje y ella se sentó en la parte trasera.
Cuando llevaban un rato en el camino él le dice.
•Eres un poco tímida eh. Mira que sentarte detrás… que no te voy a comer – Una risa socarrona la desconcertó.
Abrió la ventanilla. Comenzó a sofocarse y vuelta a imaginar. “Parece que le he gustado. Uy cómo me mira, y eso que está bastante oscuro. Pero qué cercanos son en esta empresa ¿o es que ha tenido un flechazo? A mí me pasó en una ocasión que…”
Y llegaron al destino. Un grupo de personas esperaban frente a la puerta de una casa, una especie de chalet adosado. Con una pancarta que decía bienvenida Mariluz, te queremos. Se bajó la mascarilla, miró al conductor, a la gente que la esperaba y preguntó ¿quién es Mariluz?

Laura López

AQUELLA EQUIVOCACIÓN

En aquel momento pude darme cuenta del desastre que era mi vida. El caos hacía casi imposible consumar cualquier propósito. El día que todo comenzó a cambiar no fue muy distinto de otros días en los que la propuesta de vida parecía verdadera. Sin embargo, hubo algo significativo, algo que anteriormente no había ocurrido. Ese día me dio lástima, compasión de mí misma y de los que me rodeaban. Lágrimas arrepentidas brotaban por tantas frescas frases podridas, pronunciadas, que habían materializado aquella equivocación. Tan significativa y determinante, supuso un antes y un después. Tuve un gran sentimiento de querer volver atrás, hacer lo que no había hecho y deshacer lo dicho, sin embargo, la realidad se imponía. Era imposible. No me quedó más remedio que comenzar, una vez más, a intentarlo, todo, de nuevo.

Paqui Robles.

AQUELLA EQUIVOCACIÓN

Ginés tenía que hacerlo antes del mediodía, así que agarró sus cosas y salió a la calle poniendo rumbo hacia el sur. Atravesó el parque, el campo de fútbol y el cementerio, antes de llegar a las hoces del río, donde iban a dar el golpe. Allí lo esperaba su compinche, el Blas, hijo de un agente de aduanas medio tartamudo a quien también habían sobornado, al punto de que entre los dos se llevaron casi cien mil euros, unos cuarenta y nueve mil y pico por barba, que fueron abonados a través de sendos cheques al portador.
Pero algo no salió bien, y en lugar de una cazadora blanca, cuando se presentaron en la oficina con otra de tonos grises, les dijeron que se habían cargado al padre de un tal Andrés Jeremías apodado el cenutrio. Aun así, los cincuenta mil euros fueron suyos, aunque no sus vidas, las cuales les fueron arrebatadas en el jardín de la organización, donde fueron fusilados por incompetentes.

Manuel Ortega

AQUELLA EQUIVOCACIÓN

Apostó con las manos blancas. Iba a dejarle ganar porque nada puede tiritar sin una garganta. Ella elegiría la equivocación. La dejaría planificar la impostura como si se tratase de lápices de colores jugando al fuego.
Era como una adivinanza. Quien ponga la bomba se traerá culpas, pero ¿en qué piel quedará dibujado?
¿Quién se llevará el grito del mar, quién el dolor del paso blando, para quién la aérea luz?
Hay rostros que encuentran tristezas en los embarcaderos y conmueven la niebla. Se muerden la lengua hasta alcanzar la palabra que cae.

Atrincherados en el origen, hacían de la boca, oxígeno. Sin sol ni luna quedaron tapando la pared con el tintineo del tiempo, espiando los mordiscos de aquella otra tinta lujuriosa. Quedaron febriles, devorados, elevando el aire en un foco preciso.

Hubo salivas que goteaban y sangre en los ruidos del líquido. Parecían poder deslizarse entre los días y con la mano en el hombro decir: touché.

Pero la intensidad del frío fue pasajera. El recinto animado por las acciones del salvavidas tembló tan ancho que convirtió el mundo en una realidad triangular. El ángulo de la boca, para todos; el del sexo, suministrado en la carretera central, es decir para casi nadie; esa explosión, tan de todos, era un disimulo, un coche aparcado, una piedra que no rueda en el río.

Inusual, una curva sin violencia.
Estamos abriendo los ojos con fervor, viendo cómo los barrotes de la jaula no dan ninguna respuesta. Se está terminando el tiempo y me apresuro con extrema caricia a buscar la equivocación. ¿Dónde se fue? ¿Qué alternancia ha subyugado?
Flota, en el fondo de la puerta, la verdadera división.

Clémence Loonis


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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