LA VISITA AL ZOO

LA VISITA AL ZOO

Entrando en el majestuoso edificio donde los diputados se dicen y se desdicen, voy directo a la cafetería con la idea de tomar algo, ver el panorama, la gente que entra y sale, sumergirme en esa jungla atómica, salvaje, donde el amor brilla por su ausencia y el reino de las palabras parece algo que nada tiene que ver con ellos.
Termino el café y había sesión abierta donde tenían que debatir sobre no sé qué milongas.
En los pasillos, todos se saludaban como si fuesen compañeros de la escuela secundaria o por lo menos, compañeros de ciertas travesuras o cosa parecida.
Resulta que una vez dentro, todos se empiezan a incriminar deliberadamente como si fuesen auténticos enemigos íntimos, incluso algunos, como si fuesen algún tipo de ex despechada recriminando lo que nunca pasó ni va a pasar.
Gente rara me digo, en los pasillos son todo risas y dentro todo lo contrario.
Le pregunto a una persona que estaba allí, si esto era siempre así y me dice: si, esto siempre es así, pasan los políticos, los buenos y los malos, también los muy malos y, a los muy buenos, aún los seguimos esperando…
Una especie de discoteca oscura y sin deseo me digo, un lugar de prostitutas hombres y mujeres, todo esta a la venta, ideas, delirios, silencios…
Volví a la cafetería, me pido otro café y reposando a lo que había visto pienso: esto fue una visita al zoo.

Leandro Briscioli

LA VISITA AL ZOO

El día amaneció gris. Los primeros destellos de luz se confundían como un borrón en un
cuaderno. La ilusión permanecía intacta en la cara de aquellos niños y no les importaba la música de fondo. Corrieron al autobús escolar. Allí estaba el monitor que les acompañaría a su excursión al zoo. El alboroto de los chiquillos removía todo el ambiente. Un juego de brazos y piernas se confundían en el aire. Otro autobús escolar se alineó en un semáforo. Ventana con ventana y se miraron. Se hacían muecas, se imitaban, se reían. Una de las niñas se quedó mirando a un chico grandote que se hurgaba la nariz.
Comenzó a hacer lo mismo y así permanecieron largo rato, riendo, haciéndose burlas y aspavientos. Los autobuses se separaron y los rostros de los niños también, pero seguían fijos en el paisaje, en las gentes que paseaban.

Llegaron al zoo. Una fila en parejas, cogidos de la mano y entraron. El monitor señalaba las diferentes zonas y les hablaba de las especies que allí habitaban. Enjaulados, los animales giraban y daban vueltas por la cuadrícula de naturaleza artificial.
La niña que antes permaneció fija en la ventana del autobús sosteniendo la mirada de su nuevo compañero, se quedó un buen rato en la zona de los orangutanes.
La lluvia se instaló en la tarde. Paraguas y todos corriendo.
Los padres de aquella niña, cuando se encontraron en la noche y le preguntaron por su visita al zoo. La respuesta de ella fue ¿a qué zoo os referís?

Laura López

LA VISITA AL ZOO

Era su regalo en su décimo cumpleaños. Su tía siempre le hacía regalos especiales. Otros años había disfrutado del parque acuático, de la subida al Teide en Teleférico, incluso de un paseo en camello por el parque de Timanfaya.
Los animales eran su pasión. En casa no le dejaban tener perro, pero ella se las ingeniaba para cuidar a los perritos de sus vecinos. La madre le regañaba porque venía llena de pelos, a veces, incluso, con alguna pequeña mordida.
Son animales. Le decía. Tienes que tener cuidado.
Y mientras veía a sus padres absortos viendo las noticias de los telediarios, se preguntaba quiénes eran los animales.
Su tía ese cumpleaños le había regalado una visita al zoo. Tendría que desplazarse de ciudad, ya que en su ciudad no había zoológico, así que el viaje duraría unos días.
Silvia preparó su maleta con entusiasmo, y metió sus mascotas de peluche, pese a la regañina de su madre que le decía: pero chica, sí vas a ver a los animales en vivo.
El viaje en avión fue excitante, pudo disfrutar de las vistas desde el aeroplano.
Cuando llegaron a la ciudad, una cuadrilla del zoo se desplazó hasta el aeropuerto, para
esperar a la pequeña animalista. Un oso, una jirafa y un elefante la recogieron. Todos le habían hablado de las maravillas del Gran Zoo de Madrid.

PINO LORENZO

LA VISITA AL ZOO

-Despierta, mami, hoy es la visita al zoo.
-Es demasiado temprano, aún no amaneció.
-Tenemos que preparar muchas cosas, cacahuetes para los elefantes, miel para los osos, plátanos para los monos… ¿Y para los pingüinos qué llevamos?
-Eh, para. Primero desayunamos algo y nos vestimos. Luego preparamos todas esas cosas deliciosas que nombraste.
-¡Bien! Dijo la pequeña, te prepararé el desayuno más rico que hayas comido nunca. Un tazón con plátanos, cacahuetes y miel.
-¿Pero esa no es la comida para los animales?
-Sí, pero nosotras tenemos que probar lo rica que está la comida que les vamos a llevar.
-Ahhh. ¿Y qué hacemos si están dormidos cuando lleguemos? A lo mejor se asustan si les despertamos. Todavía no salió el sol y los animales no quieren abrir los ojos hasta que el sol está en lo alto del cielo.
-Entonces, cerraremos nosotras también los ojos hasta que el sol nos despierte y entonces iremos.

Cruz González Cardeñosa

LA VISITA AL ZOO

En el cielo bramaban siglos, como gotas de silencio perfumando la entrañable puerta del recinto donde, cada domingo, en una hora punta, esperaban su visita el Tout-Paris de los gorriones.
En círculos siempre renovados, le facilitaban el acceso a sus más íntimos deseos, jugando con el alba y sus luces.
Ese día, un arpegio de ruidos cantados invadió su mundo renovado por la osadía de sus pasos que lo habían traído hasta aquí.

Sylvie Lachaume

LA VISITA AL ZOO

De noche, en silencio, mientras la ciudad dormía, alguien escaló el muro que
separaba el recinto de seguridad donde reposaban las jirafas, para
fotografiarlas en pleno sueño. Su rostro irreconocible bajo una media negra,
burló el control de las cámaras y los sabuesos de la Policía, fueron incapaces
de descubrir a quién pertenecía el camuflado rostro. Como el que se dispone a
asaltar un banco (aunque en lugar de pistola, fuese una Polaroid de última
generación el arma elegida para la perpetración del delito), el intruso saltó
tocando tierra, preparado para dar el golpe. Terminó rápido con las jirafas,
después accedió donde los gorilas, luego donde los orangutanes, los leones,
las cebras y las cabras, hasta los hipopótamos visitó, antes de que la llegada
del alba hiciera cantar al gallo y con ello despertar al vigilante jurado, quien lo
utilizaba como un despertador mucho más seguro que el del teléfono móvil.
El inventario tardó en hacerse casi siete semanas, después de las cuales, el
híbrido comenzó a dar las primeras patadas en el vientre materno, como
preludio al desastre que iba a llegar sin que nadie lo advirtiera.

Manuel Ortega

LA VISITA AL ZOO

La tarde se perfilaba oscura, enmarronada, llena de nubarrones a punto de estallar en cualquier momento. La ciudad se ofrecía hermosa con sus edificios altos y sus calles amplias llenas de gente y de múltiples comercios.
Habíamos quedado con varias madres y padres para llevar a nuestros niños al zoo. Yo, la verdad es que no quería. Nunca me gustó ver a los animales enjaulados. Un cóndor encaramado a un árbol sin poder extender sus inmensas alas surcando las nieves eternas me parecía patético. Ese esplendor entre rejas me resultaba lacónico.
Pero los padres y madres parecían más entusiasmados que los hijos para acudir al zoo. Siempre pasaba lo mismo. Los padres eran los más fanáticos de hacer planes mientras que a los niños les daba igual. Con estar juntos bastaba.
Entramos a ese palacio del esplendor vivo. Una pantera negra, hermosa como ninguna nos recibía mirándonos fijamente y moviéndose sinuosamente en lo alto de un árbol seco. Me quedé mirándola enamorada de su movimiento y del brillo de su pelaje.
No quise continuar. Pedí a José, padre de Julián, íntimo amigo de mi pequeña Andrea que se ocupara también de ella, que yo me quedaría a la entrada. No me sentía bien, le dije.
Pero en realidad era el hipnótico movimiento de la negritud que me convocaba a lo que más tarde llamé “las puertas del infierno”. Recordé que Puertas del Infierno también le llamaban allí en Paris a la locura/cordura de Rodin y toda su pasión volcánica volcada en la antesala de aquello desconocido y familiar a la vez.
La misma sensación mía de no poder apartar la mirada a esa exuberancia de movimiento que eran las llamadas Puertas del Infierno. Inagotables, lo mires por donde lo mires, te perdías en su sinuosidad, igual que en el pelaje negro de la mística fiera.
El zoo humano, la fiereza de toda la humanidad volcada en esa escultura en un rincón de esa ciudad perdida que es Paris. Y Madrid, y su lucha por un alcanzar diariamente un trozo de feroz humanidad.
Amo la fiera que habita en mí y no murió jamás. Amo a esa fiera de dos pies que jamás pudo olvidar su animalidad. Amo animalmente el amor… y aquella piedra que escribe y está viva.

Paola Duchên

LA VISITA AL ZOO

Esos de ahí son los escritores, los poetas. Se pasan la mayor parte del tiempo leyendo o escribiendo. Los venimos estudiando desde que empezaron a hacerlo, hace unos tres mil años terrestres. Al principio eran unas pocas decenas en todo el planeta, actualmente los hay en todos los continentes, en casi todos los países. El programa de progreso intelectual que empezamos a aplicar hace unos diez mil años terrestres va dando sus resultados.
Por otro lado, el algoritmo de entorpecimiento nacional que introdujimos en Norteamérica como castigo por la bomba atómica ya ha hecho suficiente efecto y tal como opinó el camarada E3rt5, es hora de comenzar a atenuar los emisores de ondas obcecadoras antes de que sus efectos se empiecen a propagar hacia otras naciones a través de su música o sus películas.

Kepa Ríos Alday

LA VISITA AL ZOO.

La tarea semanal me envuelve en un ladrillo y me desenvuelve. Insiste, me da un mapa, proclama que aquí vive el mundo, que puedo elegir dónde ir, qué encontrar, con qué zapatos dar pasos.

Puedo cambiarlo todo en un pispás o quedarme fijamente allí donde la luz ilumina el horizonte. No conviene que el reflejo se sienta en el mismo rincón, que las nubes sean como cataratas y que, al fin, tenga que cambiar de hemisferio para tomar el sol. La inmovilidad del lápiz es gravemente perniciosa si uno no se separa de los números o apunta a subir al piso de arriba o a oír pequeñitas sustancias de voz como polilla invadiendo el armario…

Hay gente que vive arriba y polillas en el armario, pero no puedo abrir mis bacterias y, si silbo, desafino, y cuando miro al otro su palabra es ancha, abarca años y páramos. A veces hasta sufro, por los genocidios organizados, las plagas contaminando con castigos y la locura saliendo en el borde del vaso para mirar en los labios cómo se congelan las palabras y parece que estoy en el zoo, cementerio de rendijas.

Salgo y sé que no volveré. Con el solfeo, puesto el frac de la acción, en cuclillas me infiltro entre las rendijas. Soy ese sabor futuro, la misión del descubrimiento y alzo el canto.

Clémence Loonis


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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