LA ISLA INAUDITA

LA ISLA INAUDITA

Cuando la savia de nuestros dedos está seca, eso significa que ese día ya no entra más dolor en ninguna palabra que podamos pronunciar.
Los sentimientos se doblan, descosiendo las cicatrices que encontramos en la tierra quemada bajo nuestros pies.
Los sabios cuentan que hay que abrir los libros de poesía hasta encontrar el poema que contenga en su centro una isla inaudita y quedarnos allí, hasta que ese viento que nos recuerda al hombre, peor que cualquier animal, pierda su voz desgarrada y podamos volver a respirar, ya sin las náuseas recorriendo nuestras manos.

Hernán Kozak

LA ISLA INAUDITA

El tam tam de los tambores inundaba su sueño. Una selva acariciaba sus pies. Su gato de angora ronroneaba por las piernas extendidas y el corazón batía el silencio del aire y en esas, hizo un mar, un conjunto de espumas que disolvieron la habitación. Las paredes, ahora balsas, encrespaban el suelo, arrancaban a los vecinos de sus casas y esparcían cal sobre los edificios grises. Creó una isla inaudita en medio del océano negro de la noche. El día anterior algo le había dejado indispuesto, un disgusto que
despertó a su querida úlcera que desde hacía años le acompañaba.

Laura López

LA ISLA INAUDITA

Era una isla plagada de tesoros de piratas. Al principio nos hizo alguna ilusión, pero en seguida nos dimos cuenta que aquellos tesoros no nos salvarían la vida. Sin embargo, estábamos equivocados también en este punto ya que fue gracias al oro de las monedas que pudimos confeccionar anzuelos con el suficiente brillo y consistencia para poder atraer y capturar peces grandes. Yo nunca había pensado que el brillo del oro pudiera ser más útil que su valor. Pero en aquel paraíso precisamente lo que sobraba era valor pues no había otras mercancías para intercambiar.

Kepa Ríos Alday

LA ISLA INAUDITA

Imagínense una arboleda fosforesciendo al ritmo de su corazón atrapado en pleno vuelo.

Sylvie Lachaume

LA ISLA INAUDITA

Despertó de repente, en mitad de la noche, con el cielo estrellado frente a la mirada mientras el bote navegaba a la deriva en la soledad del océano. No podía recordar nada, solamente un nombre que incesantemente se le venía a la cabeza una y otra vez: ¡Palinuro! ¡Palinuro!

Palinuro bajo el don de las estrellas, Palinuro ligeramente borracho, Palinuro bogando sobre la barcaza vacía. «¡Palinuro! ¡Palinuro! ¡Pon rumbo hacia las hogueras ardientes de las playas iluminadas a estribor!»

Así lo hizo y se puso a remar entonces con todas sus fuerzas.

  • ¿Palinuro? ¿Palinuro? ¿Pero quién cojones es ese? ¿y yo? ¿Quién demonios soy yo y qué carajo hago aquí?- Se preguntaba mientras iba acercándose a los fuegos iridiscentes que reverberaban en las orillas.

«¡Voz de hielo en respuesta al lamento!» Alguien dijo mientras lo veían venir. «¡Duerme, duerme y sueña tranquilo, mientras el cielo despierta acorazando el espacio que te domina, con su amanecer de fuego amarillo y celeste!»

Mientras el crepitar de la lumbre seguía poniéndole luz al acero de los tiempos vacíos, el ruido de unos tambores lejanos comenzó a escucharse. «¡Continúa entonces, hacia adelante siempre! ¡Vamos!»

Así llegó a la orilla, donde el bote encalló amablemente, posando sobre la arena el peso lunar de la sombra de su quilla encastrada en conchas y caracolas brillantes como estatuillas de plata. «¡Corazón de proa apuntando hacia los cielos estrellados, no te detengas!

  • ¿Pero quién soy?
  • Ahora nadie, bienvenido a la isla inaudita, todo el que llega aquí es porque ya está muerto y por lo tanto puede hacer lo que le dé la gana. Nada importa, nadie sabrá lo que ha sucedido, incluso si se trata de lo más excelso o lo más deleznable, no hay forma de discernir si el silencio que nos envuelve, podrá convertirse en voz algún día o callará eternamente; así que expláyate si quieres, porque recuerda que estás muerto e insepulto para millones de años y un cenotafio sobre el promontorio así se lo recordará a los viajeros.

Y dicho esto, empezó a sentir inmensas ganas de asesinar a todos con los que se encontraba, cosa que hizo tratando de olvidar la traición del dardanio y la puñetera pitonisa, de la que ahora empezaba a recordar su nombre.

De poco sirvió el odio y la inquina, pues en la isla inaudita la satisfacción no podía darse y lo contrario tampoco, así que lo mejor que podía hacer era echarse a dormir, mientras las hogueras iluminaban las estribaciones del cabo que llevaba su nombre.

Manuel Ortega.

LA ISLA INAUDITA

Se sentía glorioso, poderosos, vanidoso, y para nada temeroso, había superado todos sus miedos surcando los mares, venciendo a los más terribles y sanguinarios piratas. No tenía competencia y por fin había logrado conquistar aquella isla inaudita, tierra virgen a la que nadie había llegado jamás, gracias a la ayuda del mapa y al talismán que llevaba siempre en el bolsillo derecho de su pantalón y que le había facilitado un Dios que solamente él conocía y con el que se comunicaba mediante una extraña danza en la que movía con absoluta maestría sobre su pata de palo. Cuando estaba en ese trance hablaba un dialecto absolutamente indescifrable.
Se arrodilló y besó el suelo, -por fin he llegado a la isla sagrada, he conquistado el mundo entero- se dijo acompañado de una sonora risotada como sólo saben hacer los piratas.
Rebuscó en su pantalón, del bolsillo sacó un gurruño de papel donde supuestamente se hallaban las indicaciones para encontrar al tesoro, parecía una hazaña de gran envergadura, serían varios días caminando, adentrándose en la selva de aquella isla. ¡A saber que aventuras le depararía el destino! Se fijó en que sus hombres estaban exhaustos después de la última travesía en la que habían perdido todo, pero tenían que continuar, ¡un último esfuerzo!

  • ¡Vamos, malandrines, en breve seremos ricos y podréis iros a emborrachar con ron y a buscar mujeres, seguro que esta isla está llena! -les gritó mientras les golpeaba con su espada en las piernas.
    Decidió trepar a un árbol para otear el horizonte con su catalejo.
    De repente se abrió la puerta el Doctor entró acompañado de dos estudiantes en prácticas que estaban estupefactos viendo a un incauto intentando trepar por las paredes blancas de aquella vacía sala mientras se sujetaba en una muleta y vociferaba: a la carga mis valientes.
    -Le han traído esta mañana. Llevaba vagabundeando por la ciudad varios días, dormía en un árbol en el parque y delira por el alcohol y la locura. El pobre hombre piensa que es un pirata, unos jóvenes intentaron darle una paliza esta mañana y alguien llamó a la policía, habrá que aplicar dexmedetomidina para el delirio, ¿qué dosis estima señorita Liste? -dijo el Doctor.
    Rosa Liste estudiante de medicina dejó caer su cuaderno de notas sin poder pronunciar una sola palabra. Pudo reconocer en aquel hombre demacrado y loco a su padre. Las había abandonado hacía muchos años, se había enrolado al mar, en busca de otras aventuras. No habían vuelto a saber de él.
    Una lágrima redonda y perfecta rodó por su mejilla y con la precisión de un reloj suizo golpeó en medio de sus zuecos verdes de estudiante de la unidad de psiquiatría de un hospital cualquiera en una ciudad cualquiera. Ese día el destino demostró a la señorita Liste que ninguna profesión es azarosa.

María González

LA ISLA INAUDITA

Era una isla, desierta, donde no pasaba nada, y los días caían como hojas de los árboles. Era una isla aburrida, somnolienta, con falta de alegría y cabizbaja.
Odió ser una isla desierta, y tener que vérselas cada día frente a ella, no poder culpar a los otros.
¿Y si dejaba de ser una isla desierta? ¿Y si lograba engañar a algún náufrago que desease su isla? ¿Y si cambiaba el rótulo de bienvenida?

Pino Lorenzo

LA ISLA INAUDITA

Nadie alcanzó aquel lugar, todo el mundo hablaba de él, mandaron exploradores en su busca, algunos decían que tenía una energía extraña y que según las estaciones incluso podía sumergirse en el mar, el caso es que cada vez que faltaban noticias halagüeñas surgía algún recordatorio sobre la misma, incluso era un magnífico escondite para los casos no resueltos de la policía, hay quien dice que fue un islote que se descolgó del triángulo de las Bermudas. Los poderosos invierten en alta tecnología para encontrarla, pero hasta hoy ningún dron ha conseguido enfocarla. Yo creo que tan sólo es una metáfora y siempre tengo preparado mi equipaje, para tomar los remos e ir a su encuentro.

Ana Velasco

LA ISLA INAUDITA

La isla inaudita alcanzaba por primera vez el latido de su corazón. Ella viajaba de un lado a otro, siempre apresurada. Acostumbraba a no detenerse en ninguno de los lugares, se limitaba a realizar su trabajo sin involucrarse en conocerlos. Sin embargo, con aquella isla fue inevitable. Al bajarse del avión no pudo dejar de percibir el perfume envuelto en el aire, oxígeno azul entre colores vivos. La luz del día también era diferente, una transparencia permitía ver diminutas partículas brillantes, cual luciérnagas translúcidas del sol. El verde de los árboles lucía más que nunca. La austeridad dibujaba una ciudad vestida de morados, rojos, dorados, blancos, siempre dispuestos a florecer. Desde aquel instante, experimentado en segundos, se sintió tan acogida, que jamás volvió a encontrarse con la soledad.

Paqui Robles

LA ISLA INAUDITA

Desde allí partimos, pero nunca volvemos, un viaje a través de los ojos de Dios, que nos ilumina, que nos promete la vida del más allá, una isla inaudita para nuestras ilusiones, un refugio eterno, un aplauso a la soledad del alma, un requerimiento que nos libera del malestar cotidiano y que nos lanza en catapulta a la inmortalidad.

El paraíso escondido en nuestras células, nuestro mayor secreto, ningún universo sabe del Don de la cristiandad, ni otros mundos ni otros planetas con posibles vidas, nadie, somos los elegidos para habitar el reino de los cielos, la isla inaudita de Dios.

Magdalena Salamanca

LA ISLA INAUDITA

Allá lejos, en el continente, se decía que era imposible instalarse a vivir en esa isla. Solían ir por contratos temporales, el tiempo para la semilla de germinar, para la flor de florecer, digamos con un encargo preciso. Un trabajo de fontanería, el derrame de unas ruinas o la posibilidad de ir a pisar, pisar tierra hasta dejar huellas.

Cuando el extranjero llega, se le indica que escriba con su letra en un adoquín de barro, la fecha del día con su nombre. Así hacían con los presos, cuando la isla albergaba la cárcel. Bueno, la cárcel sigue allí, sus estancias amplias invadidas por una vegetación abundante, dejan a la imaginación el ritmo de vida de los presos.

Cuando Juan llegó a la isla, dejó con orgullo su nombre en el adoquín, de repente entraba, solo por haber llegado a esa perla recóndita en las entrañas del río, en un albergue de la historia.

Un páramo atractivo, una cárcel de lujo. En aquel entonces, nadie podía escapar de ella. El río es como un rival hostil, intolerante, con fuerte corriente, siempre gana. O te quedas en la isla o te pierdes ahogado, muerto en la maleza que bordea sus tierras. Imposible cruzarlo a nado. En la isla, los presos estaban libres. Los barrotes de la cárcel, el río.

Hoy hay barcas que alcanzan el pequeño embarcadero casi todos los días.
Sin embargo viven allí unos pocos, no es fácil. Está muy tranquilo, te tiene que gustar, es una comunidad cerrada. A Juan le gustaba, al saludar, decir la frase:

  • Pueblo chico, infierno grande, ¿verdad?

Es cierto, es muy tranquilo. El canto de los pájaros viene a interrumpir el silencio. Se nota el olvido.
Toda la actividad de la isla es el centro. Allí se juntan las oficinas, las tiendas, los almacenes y la escuela.
La escuela, ¿se dan cuenta? Después de años y años haciendo trabajar a los presos para mandar adoquines al continente, hoy se envían alumnos a la isla para aprender a educar en el continente. Juan es un buen profesor y encontró su lugar para vivir. Aprender a disimular los defectos que puedes ver en el otro y, en el mismo movimiento, disimularte los tuyos.
Todavía no han recibido quejas, ni reclamaciones, ni intentos de sabotajes, así que siguen, en medio de esa preciosa fauna.

Clémence Loonis

LA ISLA INAUDITA

Voy caminando cada día un poco más, unas tres horas más o menos son las que tardo en recorrer entera esta isla encantada. Ya no sé si estoy alucinando o qué, pero si realizo el recorrido de noche, veo encendida la luz de una casa en medio de la selva que me intriga y no me atrevo a acercarme a ella por el temor a dos enormes mastines que permanentemente me enseñan sus dientes a la luz de la luna.
Es un hecho curioso, pero al día siguiente, cuando quiero volver a ese lugar no veo nada y las señales que dejé la noche anterior han desaparecido. Pienso que son los animales salvajes, que han derribado esa pequeña montaña de piedras que dejé junto al árbol como señal, jugando y empujándose en el amanecer oscuro, justo antes de que salga el sol, cuando más frío hace y yo estoy totalmente en brazos de Morfeo.
Es todo un poco onírico, la verdad. No sé cómo encuentro comida diariamente. Me parece hasta un milagro que se produce casi siempre a la misma hora, calculo yo, guiándome por la posición del sol.
Aparece un plato con todo lo necesario para sobrevivir, un sabroso caldo con proteínas, verduras y algo de carbohidratos.
Pienso que son los integrantes o la familia de esa casa que aparece en las noches y desaparece durante los días que se apiadan de mi y me dejan los restos de su comida.
Una comida muy cuidada la verdad.
Lo único que no me gusta, es la inyección diaria que me despierta todos los días.

Paola Duchên


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