EL FALLIDO

EL FALLIDO

  • Que me sueltes, coño.
  • Cállate y siéntate o ya sabes lo que te espera.
    Tenía las orejas rojas de tanto estirar, contraer y levantar y aunque al mirar a su alrededor vio que los demás estaban igual que él, eso no mitigó ni por un segundo la rabia que le subía por el cuerpo hasta explotarle en los ojos.
    Debió escuchar a su padre, pero no lo hizo, era joven, guapo y se las sabía todas, de otra generación. Se acordaba bien de la última conversación, es más, no podía pensar en otra cosa:
  • Voy a votar a Doña Gertrudis, nos ha prometido quinientos euros durante seis meses, a los que tenemos entre dieciocho y veinticinco años, para ayudarnos en nuestros proyectos, dice que confía en nosotros y no tendremos que justificarlo. Va a bajar el precio de los alquileres para los jóvenes y además va a quitar el impuesto de sucesiones. Yo de ella me río, perdón, quise decir me fío.
  • Ya, y eso de prohibir las reuniones de más de tres personas, ¿eso no lo has oído? ¿Sabías que, si te juntas con dos amigos y te pillan, el nuevo protocolo será llevarte a comisaria y que tienen una semana para ponerte a disposición judicial?
  • Pero eso no tiene nada que ver conmigo, eso es para los que tienen algo que ocultar o para los torpes.
    Y ahora él estaba encerrado en esas oscuras cuatro paredes, en esas oscuras cuatro palabras arrogantes e ingenuas, sin ningún deseo de reír.

Hernán Kozak

EL FALLIDO

El fallido, atravesado aquél, que queriendo salirse con la suya, consiguió la de otra. No tuvo más remedio que hacerse remendar para que otros miraran y no supieran nada. Avanzando iría, poco a poco, sin más. El fallido aquel día no podía bailar, se puso los tacones, maquillaje de salón, pero su mirada perdía todo tipo de razón, no quería arrastrar la más mísera armonía de los que ven y no sienten, de los que sienten y no miran. Demolido por la nada, se subió en su barquita, ¿dónde te llevo yo? retóricamente preguntó, llévame donde gustes, que allí estaré yo.

Paqui Robles

EL FALLIDO

Todos los días a la misma hora compraba el periódico en el kiosco frente a su casa. El
kiosquero lo conocía desde hacía tiempo, y había entablado una amistad con él. Conocía sus gustos, sus noticias preferidas, cuando le gustaban los extras que traía el periódico y, sobre todo, su ideología política. Nunca le había querido hablar sobre este tema. Había perdido a varios clientes por entrar en cuestiones ideológicos del periódico que compraban, así que había decidido no perder uno más.
Ese día el Señor H se retrasó. Eran las diez de la mañana y todavía no había ido a buscar su ejemplar. Como siempre hacía cuando no venía, Don Jaime, le guardaba uno para dárselo al día siguiente. Le llamó la atención, porque hacía mucho tiempo que no dejaba de venir un día a buscar su periódico.
Al día siguiente el Señor H apareció a la hora convenida:

  • Buenos días tenga usted- le saludó el kiosquero.
  • Buenos días, Don Jaime. Parece que el tiempo ha refrescado.
  • Sí, en estos días de junio todavía no sabe uno si abrigarse o no. Bueno, y si me permite
    la pregunta, ¿qué le pasó ayer?
  • ¿Ayer? – contesto el Señor H extrañado.
  • Sí, ayer, no vino usted a por el periódico.
  • Caramba, tiene usted razón, Don Jaime, se me había olvidado por completo.
  • Me extrañó. Hacía mucho tiempo que no le pasaba. Pero yo, como siempre, se lo he
    guardado…
  • Muchas gracias, amigo… qué despiste.
  • Sí, jajajaja- respondió don Jaime.
    El Señor H cogió los dos periódicos y los pagó. Se fue extrañado de aquel fallido. Cómo pudo olvidar ir a buscar el periódico….
    Cuando llegó a su casa, su mujer, Mariluz, le había preparado el cafecito. Él, como todas las mañanas, se sentó a leer el periódico. Decidió comenzar por el del día anterior.
    En la portada, a página completa, aparecía la imagen del ex vicepresidente del Gobierno de España, y en letras mayúsculas el titular: Pablo Iglesias se corta la coleta.

Pino Lorenzo

EL FALLIDO

Siguiendo sus pasos cotidianos, llegó a la orilla del río de una pasión, claroscuro de su vida, el fallido. Porque, ¿en qué espejo mejor podía captar lo invisible que, sin cesar, maneja cualquier movimiento, cualquier soplo de vida que le anima el alma?
Supo del río sólo una vez cruzada la falla, a salvo.

Sylvie Lachaume

EL FALLIDO

No conseguía entender su propio cuadro por más que lo miraba. A veces creía que satanás lo había poseído o que un magnetismo dirigido por fuerzas extraterrestres había tomado el control de su alma mientras pintaba. Eran formas humanas, pero no lograba entender qué hacían, quiénes eran, qué simbolizaba aquella escena… Podía encontrar formas eróticas. Tal vez los cuerpos desdibujados estuviesen desnudos, aproximándose deslumbrados por la excitación de la mañana.
Miró con más detenimiento, vio que el cuadro tenía un protagonista. Un protagonista que trataba de decir algo continuamente, pero siempre decía otra palabra distinta. Trataba de decir «te quiero» y decía «tintero», «tetera», «ternero»… pero no lograba decir las palabras que se proponía.
Volvió a tomar distancia con el cuadro antes de ponerle el título. -Qué extraña visión. Me parece que ya lo he entendido.
Entonces escribió, en la parte trasera del lienzo, el título del cuadro: El Follado.

Kepa Ríos Alday

EL FALLIDO
Claudia había decidido agotar el plazo para vacunarse cuando se dirigió a la clínica del seguro.
-No tengo prisa- dijo al poco tiempo de entrar, mientras tamborileaba el mostrador de la recepción.
-Hemos tenido que atender una urgencia- le indicó el recepcionista- Puede desesperar a que la llamemos.
-Claro.
-La sala del fondo está reservada para las vacunas-
-¡Y encima me insultan! Esto es el colmo.

Antonia López

EL FALLIDO

Permaneció en la cama sin ánimos para levantarse. Una fuerza le empujaba y le hundía en un océano de algodón, con sus puntillitas de espuma manejadas por su rabia. Le habían fastidiado en el departamento de ventas. El proyecto en el que llevaba trabajando meses había hecho aguas porque a la mente iluminada del gestor de cuentas se le había ocurrido que había que hacer recortes y sus pupilas en tijera se posaron en su cabeza. Lo hubiera matado allí mismo, con su frase recién pronunciada “este proyecto está descartado”. Ni un “por ahora”, “gracias, lo revisaremos más adelante.” Nada. Su sensibilidad y su tacto eran famosos en el departamento. Todas sus ilusiones se desplomaron en ese instante. Permanecían en sus pies. Era un astronauta con toda la gravedad sobre sus hombros. Pesado y gris volvió a su casa. Sin casi mediar palabra, se acostó. Y ahí estaba aún, después de haber sonado el despertador, en la cama, sin
importarle si ese mamarrracho insensible se habría caído rodando por las escaleras del metro o cualquier otra desgracia. Finalmente se levantó, cruzó el cuarto de baño como un transatlántico y así, a nado, se olvidó de caminar. Tropezó por las escaleras. Varios metros después apareció desparramado por el suelo.
Ese día no fue a trabajar y en los cuatro meses siguientes tampoco.

Laura López

EL FALLIDO

Todos le miraban fijamente, esperaban una respuesta, un gesto, pero él impávido miraba sus zapatos y callaba, solo pensaba en aguantar un poco más, la partida ya estaba ganada, pensó al escuchar al veterano congresista decir “quien calla otorga y usted lo sabe bien”. Casi relajado con su exitosa estrategia, no tuvo tiempo de acoplar la daga que su más joven opositor le lanzaba. ¿Entonces también es verdad que aquella tarde retozaba con su amante? No, gritó desafiante ¡Eso no es verdad! Entonces lo demás sí lo es. Gracias, camarada.

Ana Velasco

EL FALLIDO

Comieron rápidamente y recogió la cocina a toda prisa. Tendría que salir de viaje antes de las cinco para que no se le hiciera muy tarde. Luego la costaba conciliar el sueño. Su padre vendría con Nico a las cuatro y media y se lo llevaría a su casa. Los abuelos se hacían cargo de él durante sus breves ausencias por motivos de trabajo. Apretaba la agenda para no estar fuera de casa más de dos días.
Por la mañana había preparado una lista con todo lo que tenía que organizar. Últimamente la memoria le estaba jugando malas pasadas, la semana anterior había perdido las llaves y se había ido al dentista en el día equivocado. Si no fuera por sus visitas al psicoanalista, pensaría que le esperaba el futuro de su tía Juanita que se ponía el abrigo en agosto para ir a por el pan. Su madre decía que el Alzheimer le había fundido las conexiones neuronales y que aquello era un “sin vivir”.
Preparó la maleta de Nico y sus cosas personales. Se aseguró varias veces de que llevaba todo lo que necesitaba. Especialmente los medicamentos para la alergia con una nota de instrucciones para sus padres. Este año las gramíneas estaban exultantes.
En su cuarto fue colocando meticulosamente sobre la cama todo lo que necesitaba. Estaba dubitativa, no sabía qué llevarse.

  • Qué mierda, que poco me apetece tenerme que ir de viaje- se dijo, aunque tenía que reconocer que disponer de cierto tiempo para ella le proporcionaba cierta felicidad. Hizo el equipaje con moderado entusiasmo, pero se empleó con su neceser. Se aseguró varias veces de que lo llevaba todo.
    Remató alguna tarea en la cocina y preparó la bolsa de basura, la tiraría antes de marcharse.
    Su padre llegó antes de lo previsto y se quedó con Nico viendo una película.
  • Vete tranquila y no corras, nosotros nos iremos con la abuela en un rato, llama cuando llegues- le dijo su padre.
    Cuando se montó en el coche se sintió aliviada, había conseguido salir a la hora prevista. Antes de arrancar repasó mentalmente si le faltaba algo. Todo parecía en orden. Tenía dos días por delante sólo para ella, aunque fuera por motivos de trabajo. Podría tomar un baño en el hotel, acostarse temprano y flirtear con el recepcionista del hotel, que estaba de muy buen ver. Se sintió culpable y rápidamente planificó mentalmente la agenda de trabajo para sentir cierto alivio.
    La carretera estaba tranquila y el paisaje era hermoso. Bajó la ventanilla para sentir el aire alborotando su pelo. Apenas llevaba una hora de viaje cuando sonó el teléfono, era la voz de su padre.
  • ¿Este bulto verde que hay en el pasillo es tu maleta?
  • ¡Mierda, mierda, mierda! -gritó. De manera repentina paró en la cuneta y comprobó que se había traído la bolsa de basura y se había dejado la maleta en el pasillo.
    No tenía opción, sólo podía continuar con su única pertenencia: una mísera bolsa de basura.
    Apenas llegó a tiempo para comprar en una gran superficie lo imprescindible, pensando si la culpa podría tener algo que ver con semejante desvarío.
  • ¡Mira que si acabo como la tía Juanita! -pensó fugazmente.
    El miércoles siguiente, tumbada en el diván frente aquella Diosa de la fecundación azteca y con la escucha silenciosa de su psicoanalista en su espalda relató sus últimos olvidos y actos fallidos.
  • Mire, doctor, es que ya son muchas últimamente, ¿usted cree que acabaré como mi tía Juanita? Se hizo el silencio que tanto la incomodaba. Posteriormente durante cuarenta minutos se abrió un mundo de posibilidades, en las que su tía Juanita no apareció por ninguna parte.

María González

EL FALLIDO

En medio de cualquier situación, estaba él que parecía una enciclopedia o un diccionario, o más modernamente un google. Acotaba un discurso, o le añadía una anécdota que nadie conocía, lo genial es que cualquier intervención suya resultaba siempre interesante o curiosa.
Anoche, en medio de la oscuridad, a las 2.30 de la mañana, ella se acercó envuelta su desnudez en una sábana blanca, trasladándose desde el sofá con la última película de Netflix todavía en la retina.
“Vengo con una capa blanca” sonrió.
“Capablanca, Capablanca… Ajedrecista cubano muy precoz al que se le llegó a llamar el Mozart del ajedrez”.
Ella sonrió otra vez. “Precoz, precoz, te refieres a que era un precoz… Y también Mozart! Ja ja ja”
Que no, que no… me refiero a muy jóvenes
Ja ja ja
Se dio la vuelta y siguió durmiendo…
Se despertó con una buena sensación después de haberse echado unas risas en medio de la noche.
Se fue diluyendo poco a poco esa sensación al darse cuenta que en vez de las 7.30, hora habitual de sonar el despertador, eran las 8.30 y ya debía estar en el metro, tomando la línea 7 en dirección a Avenida de América, donde le aguardaba una agotadora jornada. ¡Vaya lapsus con el despertador!

Paola Duchên

EL FALLIDO

Me sorprendió ver la luz arriba de los baluartes de la gran casa del fuego. Era una luz adormecida, casi sin latido y dependía del vaivén del viento que, en este caso, apenas se hacía sentir, un liviano temblor, el rezo de la escarcha.
Me indicaron que eran habituales esas secuencias de luz, servían para hipnotizar a la población del valle. Atraían a los enfermos con promesas de curación por la verdad.

  • ¡El templo es la luz, la luz santa!
    Cada viernes a las 12h se abrían las puertas del templo, un espacio que consumía las sombras. Era una luz voraz, acostumbraba a absorber los sueños, la crueldad y el lejano grito de una tierra abarrotada de infancia.
  • ¡Miradme otra vez!
    Por la mirada entraba en la luz la energía blanca que reinaba sobre los labios de las estrellas, y volvía a integrarse a las lágrimas con la altivez del dolor, de la emoción del precipicio o con la seca condesa caprichosa.
    Con la humedad, enfundaba la lengua, le daba corchetes, metros magnéticos de vocablos y resultaba imposible mentir.
  • Que rompan los adornos, los romances, todas las cansadas sospechas y se junten las venas y no se demore más la vida de la pregunta, que los reflejos son tiempo desajustado de la imagen. ¡Oh! Quería decir, que los reflejos son tiempo desajustado del amor.

Clémence Loonis

EL FALLIDO

  • Mira, Roque, a mí con esas no- y con las mismas se dio la vuelta y salió hacia la calle, ocultando sus malos humos.
    Hacía frío y parecía que la tormenta de nieve que habían anunciado por radio y televisión, estaba casi a punto de llegar a Madrid, » y para colmo, esto» pensó imperturbable Indalecio, mientras apretaba las manos hacia el fondo del bolsillo de su viejo abrigo de tweed.
    Era hombre comedido y discreto y ni siquiera un varapalo como el de Roque, iba a hacerlo cambiar de opinión. La misión así lo demandaba y aunque lo importante fuera la familia, de haber estado en su sano juicio, quizás se hubiera decantado por algo menos doloroso que aquel plan siniestro servido en bandeja de plata (cosa que, por otro lado, hubiera cambiado la historia, cercenándose las pulsiones de quien suscribe). El caso es que caminó sin parar durante toda la tarde tratando de no pensar en nada que no fuese estrictamente necesario, objetivo que solo alcanzó por minutos, aunque eso sí, sin perder en ningún momento, el andar adrizado y el hierático gesto del hombre utópico, que se siente con el poder suficiente como para pasar desapercibido a los ojos de los demás.
    Comió en un turco de Arganzuela, subió después hasta el Retiro y aprovechó para comprar libros en la cuesta de Moyano, antes de regresar a su casa por la Estación de Atocha, donde a punto estuvo de atropellarlo un taxi que logró esquivar en el último momento. Pero fue justo al cruzar hacia el Paseo de las Delicias cuando saltó la alarma, entonces se dio cuenta, pero ya era tarde y no había solución, el fallido había sido tan evidente como amplía su desgana: Roque no pudo vacunarse y él tampoco. No obstante, la misión debía continuar hasta su fin más allá del maldito coronavirus.

Manuel Ortega

EL FALLIDO

Él estaba feliz, había conseguido engañar a todo un pueblo diciendo mentiras, pagando grandes sumas de dinero aquí y allá, tocando cada institución, pudriendo cada rincón, con una meticulosidad que daba miedo.
Él pueblo era feliz mientras creyó en sus palabras: «Al pueblo le va bien», «Los aparentes problemas tienen una fácil solución», La muerte es un pasaje necesario para una vida mejor…»
Ese día era, aparentemente, como cualquier otro, sin embargo, aquel fallido, en directo, despertó, en cada ciudadano, la duda. Había una posibilidad, una gran parte del pueblo no se dejaría engañar.

Cruz González Cardeñosa


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