EL AMANECER ARDIENTE

EL AMANECER ARDIENTE

Vendrás con tus prisas de antes,
con la premonición que en tus labios
tienen las vocales.
Vendrás con la prudencia de los pasos dados
y la percepción irrevocable de ser ajena y distante.
Llegarás con tu semántica de adioses
y las plurales desiguales que te apremian.
Llegarás a interrumpir mis sueños,
a decir “¡Basta! A otro Dios con ese cuento”.
En un amanecer ardiente, con tu flamígera espada,
partirás en dos lo que nunca fue cosa entera.
Y yo vagaré inútilmente en tu fatal profecía,
sin voluntad alguna que me ampare,
sin un torrente de causas que me guíe.
Seré libre, impertérrito, deplorable.
Seré la O de los besos que convoca a los amantes.

Ruy Henríquez

EL AMANECER ARDIENTE

Hay una cuerda a punto de ceder
por el peso de los pájaros de pecho embarazado
aún sin canto,
que rodea el planeta
justo a la altura de nuestra boca.
Cuando el hambre suelta sus garras de la piel muerta,
cuando la edad del finado explota en nuestros estómagos,
cuando sus risas atentan contra la respiración acompasada,
esa cuerda finge perder el equilibrio
para que al tiempo todo vuelva a comenzar.

Hernán Kozak

EL AMANECER ARDIENTE

El amanecer ardiente vibra
en la templanza de tus senos,
montañas de alfombras bajo los pies,
firmes tulipanes de la pasión
que se abren al sol,
aventura de la vida,
canción de medio día
en una tarde de verano,
grillos que anuncian el final
y el principio,
abanico desplegado al misterio
de la noche
donde unos duermen,
y otros, sueñan.

Paqui Robles

EL AMANECER ARDIENTE

En tus costillas se dibuja mi cara
envuelta en pompas de colores
que pintan los sonidos ardientes
de un nuevo día.
Disfruto de las caricias,
tus hoyuelos de mermelada,
tus ojos tibios de la noche
que resplandecen al amanecer.

Me recuesto a tu lado
como quien encuentra su nido
del que algún día se alejó,
y en este haz de luces envolventes
vuelve a hallar
la vida.

Pino Lorenzo

EL AMANECER ARDIENTE

Son golondrinas desdibujando
el sol de la mañana,
son rosas que esperan
una sonrisa, una palabra.
Un ardor alumbra
mi voz,
y son torrentes de lava
que invaden mi memoria.

Vacía de todo porvenir,
entro en el eco que lleva mi nombre,
extraño lo pasajero
huyo lo interminable
me deslizo en el vivir.
Sin voz premeditada
bailo los días como fósforos
iluminados por el brillo
de lo humano naciente.

Sylvie Lachaume

EL AMANECER ARDIENTE
(dedicado al paro nacional en Colombia)

I
Habían amanecido inquietos
los huevos de la gallina madre.
Un lascivo sol tropical, húmedo,
hacía crecer el bello verdor
en las cabezas de los salvajes.
Amaneció con las calles cortadas
el país de las lenguas cortadas
y de las lenguas extinguidas.
Ardían los aforos del néctar
húmedo de la lasciva selva,
la miel negra como oro brillaba
bajo el sol, el rico lodo tropical
bullendo de gérmenes salía
de su casa para estar del lado
de los gritos que son nuestros.
Cuerpos encontrados bajo tierra,
nosotros salimos a clamar
porque esta tumba cristiana
no es bastante para nosotros.
Y salimos a cortar todo porque
el hambre que nos trajo perdura
como una semilla en el profundo
estómago de la patria muerta.
Hemos salido de la lluvia
que es como nuestra casa
para atajar las apariencias,
hemos salido a desordenar
el discurso del ministro
para que en él resuene también
el ronco rugir de nuestra piel.

II
Somos un ejército de flautas
y tambores de piel de Dios.
Los atronadores hijos de Germán
Pardo García y de la noche grande.
Somos los huevos de la noche
rompiendo el cascarón del miedo,
miren salir nuestros polluelos
del duro cráneo de la tierra
y cómo despeñan los árboles
el fruto de una lenta labor.
Nosotros hemos libado ese néctar
y hemos fermentado aquel odio
de sol, de aire envenenado,
hasta conseguir nuestras canciones.
Ahora somos esa libertad orgánica
que croa en las charcas parlamentarias
y repta en los jardines del caos
como una perfecta secuencia de escamas.
Nuestro salmo gutural irrumpe
con hendiduras de recuerdo
y franjas oscuras para el mimetismo
con vuestras tétricas almas.
Somos un ejército de fetos caníbales
tuvimos que devorar nuestro propio
corazón para poder crecer como crisálidas.
De todas las profundidades
y de todas las superficies somos
polvo de agua después del sol,
materia de vergüenza irreverente
o jugo de océano en los ojos.

Kepa Ríos Alday

EL AMANECER ARDIENTE

Un rumor de noche destilada
tocó tu hombro esta mañana.
Despierta ¿No sientes el vapor
del paso de las horas?
Ni siquiera el pasado necesita
que le sigas con los ojos cerrados.
Recoge tu amasijo de huesos,
deja que el ardiente amanecer
disuelva las sombras
que aún no te han de ocultar.

Antonia López

EL AMANECER ARDIENTE

Despierta de la ciénaga, del ojo de la noche
hay un ruido que permanece,
que hace eco en los salmos
y es escote de la muerte.
Es la hora del sueño
y un hombre aspira los olores del silencio
llega tarde, pero piensa que hoy es domingo
e inventa signos, onomatopeyas, interrogantes.
Encoge los hombros, y otros hombres aparecen.
Buenas noches, y se pasean por el vestíbulo
Pasos, pasos, pasos.
Le golpean. Quieto.
Son los nudillos que tocan
en la puerta del amanecer ardiente.

Laura López

EL AMANECER ARDIENTE

Respira el sonido de habaneras
mientras se agota la noche de San Juan
y una aurora cetrina emerge de las aguas,
sedienta de pasión absorbe los besos
abandonados en la arena.

Madruga la montaña bajo un cárdeno
salpicado de luz que estrena
el ladrido de mastines,
con su metálica capa deslumbra
al peregrino que gana etapas
al pasaporte de la quietud.

Atenúa el albor la aspereza de urbanas
atalayas caladas de opulencia,
en las azoteas ya se recoge la verbena.
Tras los postigos la piel se despereza
cual filamento escapando de un sueño,
alguien interrumpe el silencio de las cacerolas
y ahí está el deseo componiendo su viaje.

Ana Velasco

EL AMANECER ARDIENTE

Un disco tembloroso acordona agujas amarillas
guillotinadas en su altivo esplendor,
un rugido gris daga su deseo de volar en una galaxia infinita.
Oráculos de los dioses del hambre,
son las viandas en los zurrones de contadores de historias,
ascetas de ríos secos y páramos inhóspitos,
de cárcavas yermas donde las hojas nunca besan el suelo.

Semillas de hombres bondadosos que encarnan erizos de luz,
son peregrinos de una aurora de rocío estéril.
Apunta el día ardiente en la vieja Castilla,
simulada naturaleza exánime en el solsticio de verano,
donde palomares trémulos germinan en mantas ocres,
cuadros crepitantes y los vientos ardientes azotan una piel
vertebrada por un aroma dulce a pan de leche
en un revolar de pajas, jirones de lana y nidos de plumas.

María González

EL AMANECER ARDIENTE

Brinca el tiempo sobre amapolas
sin embargo, pareciera que el tiempo está detenido.
Un helicóptero de veloces decibelios
transita el amanecer ardiente.
Plegarias al futuro de luz
mientras tu mano está sobre mi mano.

Paola Duchên

EL AMANECER ARDIENTE

Eres el vibrante desconocido que renace en mi vientre
cuando la clandestina semana se expande entre nosotros
como una sutura que supura restos de un amor sin fin.

Caes sobre la lava incandescente de la nostalgia
deslumbrando la noche, el amanecer ardiente
que se esconde tras las sábanas, olor a ti.

Intrépida y dolida recorro las aristas de la cama
buscando las ruinas milenarias que nos contemplaron
mientras se dibujaba en nosotros la pérfida sonrisa del amor.

Magdalena Salamanca

EL AMANECER ARDIENTE

Han entrado los espías con un pulso ágil.
Sangre por doquier resbalando,
terrible vestido de la escalera.
La audacia con su lazo de provenir
y la mente, suelta, saliendo al aire.

Comensales despertando,
ceden el mal por el vicio,
enamoran el ojo roto,
el peligro que cae sin lágrimas.
Destripan un sueño,
viejo pozo vacío.

La ceremonia
junta existencias en movimiento,
pinturas del creador
cargando mi sexo alto.

¿Quién ve el anuncio del universo?
Oímos el abanico del amanecer,
ardiente esfera.

Clémence Loonis

El AMANECER ARDIENTE

Humo que se hace luz al zarpazo del estallido.
Alineamiento vital de los astros que convergen
mientras el uroboros que obliga al mundo,
rueda en su singularidad hacia los predios de la muerte.
El amanecer ardiente secunda el arte
y entre sus logros, la volatilidad de la vela
de la que la duermevela parte,
resuelve la intromisión en los abismos
de la fatal encrucijada.
¡Hogar sin regreso al crujir de los días!
¡Qué aditamento imperfecto saltando entre los árboles!
¡Qué vastedad de sueños iluminados
por la fugacidad de la noche!

Manuel Ortega

EL AMANECER ARDIENTE

Yacen sobre la arena
los sueños que la noche,
con sus brillos engañosos,
puso al alcance
de nuestra ingenuidad.

El amanecer ardiente
-que deslumbra y muere
cuando la verdad de la vida
enciende el sentido que tu risa
puso en sus palabras-
trae la luz
que acompaña las sombras
sorprendiendo compases olvidados,
sonidos imperceptibles
de un tiempo por venir.

Cruz González Cardeñosa


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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