EL DIPLOMATICO

EL DIPLOMATICO

En algún lugar, lejos del alma, transitaba un hombre su camino sin destino aparente.
Pasaba sin pena ni gloria por cada pueblo gritando sus silencios, buscando los pasos
que no podía dar, esa especie de impotencia por no poder lo simple.
Era un hombre muy extraño, colgado siempre a su pasado gris, enfrentado a todo tipo
de caricias que le regalaba la vida.
Un día, este hombre decide dar una especie de salto mortal hacia no se sabe dónde,
pero al encontrarse en un lugar donde las cosas aparentemente funcionaban
medianamente bien, no pudo resistir a su quietud agónica y las tensiones crecían a
medida que podía ver los progresos de la gente que andaba por allí.
Un envidioso, decían algunos, un rencoroso decían otros, un envidioso de manual
decían otros, el caso es que este hombre tenia ese defecto de mirar siempre a todos
los demás y jamás se miraba a sí mismo.
Él creía tener siempre la verdad, una verdad a medias o casi nula, una verdad muy
pequeña…
Observando la jugada a cierta distancia, me preguntaba cómo podía ser que alguien
que no hablaba, ni expresaba ningún estimulo o deseo, podía llevar encima tanta
maldad premeditada.
Fue ahí, donde sin querer miro al cielo y encuentro una voz que me dice: es un boludo,
ese hombre es un boludo…
Ahí, una especie de tranquilidad rara, me baja algunas revoluciones y mirando para
arriba, trataba de ver si esa voz tenia alguna otra frase para mí, pero nada, ahí quedó
la cosa.
Entonces me dije, ¿igual ya escuché todo lo que tenía que escuchar no?
Esto me llevó directamente a una frase que una vez escuché y decía: el hombre se
mata solo sin ayuda de nadie…
Ante tanta locura, me dije: tengo que ser algo diplomático, tratar de mirar los caminos
que me propone la vida y dejar de mirar donde no hay que hacerlo.
Al otro día, con el nuevo sol saliendo radiante, me dije: es otro día y hay que dar vuelta
la página.

Leandro Briscioli

EL DIPLOMÁTICO

La cena que compartí con él, su esposa y el extraviado personaje que me pidió acompañarle a este encuentro que había programado, me dejó un delicioso sabor de boca por las pocas pero exquisitas palabras que me dirigió.
Yo, que me sentía una desgraciada aferrándose a deseos de mi siglo, sin encontrarles salida, experimenté el alivio que puede procurar un reconocimiento humano, una voz con peso, el peso del aura de un verdadero embajador.
Muchas gracias, hasta siempre. Lo quiero.

Sylvie Lachaume

EL DIPLOMÁTICO

Se escondían los días en su refugio clandestino, mientras las caras ocultas se oprimían a pasos agigantados, las sonrisas, los besos, los abrazos y cualquier gesto amable.
Ser diplomático es aceptar, aunque el veneno fluya por los calendarios de la condecoración y las amapolas cieguen sus colores, ningún salto hacia atrás está permitido, ni siquiera para tomar impulso.
Se aconseja ahorrar latidos, respirar lentamente, quizá el oxígeno claudique y termine siendo otro negocio más. Una latencia desquiciada para los que, sin perdón, renuncien al orden global.

Magdalena Salamanca

EL DIPLOMÁTICO

  • ¡Oiga usted! ¡Alto!- Pero el tipo siguió corriendo mientras Molly se veía obligado a acelerar la marcha. Era verano y hacía mucho calor, el hombre intentó montar en un taxi, pero antes de que el vehículo se detuviera, ya lo había placado como a un jugador de rugby echando los dos a rodar por el suelo. Molly estaba entrenado, no podía fallar y en cuanto pudo, empezó a hacer sus preguntas.

-¿Dime qué coño hacías saliendo de ahí? ¡Responde bastardo!- Pero el tipo guardó silencio rehuyendo la mirada,

Los dos sudaban a borbotones, de hecho, todo el mundo lo hacía debido al sofocante calor, no obstante Molly se sentía frío como un témpano de hielo.

  • No quieres hablar, ¿eh….? Pues ya veremos qué cuentas en comisaría, estás detenido.- Y agarrándolo por la pechera, lo condujo hasta el coche patrulla, mientras en completo silencio el tipo se dejaba llevar mansamente como un corderito. Molly llevaba años sin pegar ojo, afectado de insomnio profundo, ya no recordaba la última vez que durmió más de tres horas. Durante el trayecto pensó que quizás nunca volvería a ser el mismo y que se moriría sin disfrutar del sueño, en todo caso, también pensó que la muerte resolvería el problema, de ahí que condujera sin miedo mientras por el retrovisor observaba cómo el tipo permanecía en los asientos de atrás, tapándose la cara con las dos manos. Llegaron a comisaría en siete minutos y mientras el detenido se bajaba del coche ataviado en su silencio, Molly empezó a sentir un agudo dolor en la boca del estómago, que le provocó una profunda arcada. La úlcera había regresado y vuelto a sangrar, pero eso ahora no podía detenerlo, estaba de servicio y a un paso de obtener la ansiada condecoración por la que había luchado toda la vida.
  • ¿Te encuentras bien?- Le preguntó Benítez que había salido para ayudarlo a introducir al reo en los calabozos.
  • Es la maldita úlcera, pero lo importante ahora, es hacerle cantar a este pájaro, lo pillé saliendo de la casa Verde, por fin hemos dado con uno de sus gerifaltes, nos darán la cruz de oro y probablemente la jubilación anticipada con ella. Metieron al tipo en una celda de aislamiento y se encaminaron a celebrar la noticia con el resto del equipo, Molly sentía el estómago como a estallar, pero su alegría era tan inmensa, que no había dolor capaz de acallarla. Saltaron las botellas, sonaron las canciones, hasta Linda se atrevió a tirar confeti, como si de una ovación romana se tratara que terminó de repente, cuando vieron aparecer al Ministro del Interior entrando en la oficina rugiendo como un león enfurecido. Iba acompañado por el comisario Smith, el Director General y el Secretario de Estado de Seguridad Ciudadana.

-¿Quién cojones ha hecho esto?- Preguntó vociferando su señoría, con los ojos inyectados en sangre.

Cesaron las canciones, se pararon las botellas, el dolor de estómago empezó a resultar tan insoportable como la condecoración imposible.

  • ¡Habéis detenido al embajador en España de Los Estados Unidos de América! ¡Sois unos cenutrios!- Volvió a gritar el ministro casi fuera de sí.
  • Pero si lo pillé saliendo de la casa Verde, llevamos años tratando de cerrar el garito-respondió Molly totalmente desubicado.
  • ¡Pues la has cagado capullo, porque tu error nos va a ocasionar un serio incidente diplomático, este hombre solamente quería retirar un poco de marihuana para paliar el dolor de rodillas, pero de ahí a confundirlo con un traficante hay un abismo, imbécil! Si tanto para la úlcera como para el insomnio, la solución pasaba por la muerte, en el caso de la condecoración, a Molly le quedó claro que tenía que conformarse sólo con imaginarla; cosa distinta era la de la jubilación, pues solo le quedaban dos años para hacerse pensionista y como justo la sanción que le impusieron fue la de veinticuatro meses de separación del servicio, al tener seguro, obtuvo lo que andaba buscando de pura chiripa, así que ya no volvió a pisar la comisaria, pero sí la casa Verde, donde conoció a Joselin que además de ascenderlo a jefe de operaciones en el club cannábico, también le dio un par de criaturitas que lo hicieron padre.

Manuel Ortega

EL DIPLOMATICO

  • Tienes que decidirlo ahora, no hay tiempo, el nuevo fenómeno se expande más rápido de lo que pensábamos. Lo único que puedo decirte es que serás un diplomático de primera categoría.
  • ¿Para qué país trabajaré? ¿Quiénes serán mis compañeros? Necesito información.
  • Tu país será el planeta. ¿Te parece poco?
    Si habían pensado en él era porque conocían su espíritu intrépido, utópico, y algo exagerado. Sabían que nunca se detendría y que poseía la mejor arma que puede tener un diplomático, la imaginación.
    Dejó pasar los siete segundos de rigor y dijo:
  • Acepto.
  • Siéntate, voy a explicarte un par de cosas. Ya sabes cómo es el espíritu de nuestra especie, tendemos a buscar afinidades que nos unan, nos sentimos seguros junto a otros. De un tiempo a esta parte se está produciendo un movimiento de masas, aún contralado, en todas las ciudades del mundo.
    Por ejemplo, aquí en Madrid, al barrio de Chamberí se están desplazado todos los vacunados con Astrazeneca y a Serrano los de la Janssen.
    Tu misión será estudiarlos y cuando notes que de la unión entre ellos pasan a la aversión de los otros, deberás avisarnos.

Hernán Kozak

EL DIPLOMÁTICO

El ascenso había sido todo un misterio. Acababa de quejarme por todos los años trabajados para nada. Por suerte, alguien vino a recordarme que alguna recompensa habría obtenido. Sí, le dije, tengo que admitirlo. Algo de dinero he ganado. Dinero, dinero, siempre dinero, contestó mi interlocutor. ¿Y qué quieres que gane? Pregunté yo. Bueno, no seas tan diplomático, me dijo.

Paqui Robles

EL DIPLOMÁTICO

Repartía la ropa en los cajones por colores. En un cajón guardaba las prendas de colores vivos, en otro, las de colores oscuros, y en la última, las prendas blancas o claras. Eso le facilitaba la vida, pensaba.
En cada cajón mezclaba todo tipo de ropa: interior, camisetas, corbatas, bufandas, pijamas, solo tenían la consigna de respetar el color.
Un día, al abrir el de la ropa clara, vio que se había colado un calcetín rojo.
Eran las seis de la mañana, y ese día tenía que madrugar, porque tenía que viajar a Madrid.
Cuando sonó el despertador apenas eran las 5, y desde esa hora hasta las 6, el despertador sonó cada 15 minutos, acercándolo, de ese modo, a ese momento trágico. Madrugar era una de las razones, por la que no le gustaba su trabajo. Las Palmas- Madrid, Las Palmas- Bruselas, Las Palmas- Colombia, todo eran viajes siempre muy tempranos.
Eran ya las seis de la mañana cuando abrió el cajón blanco, y el color rojo del calcetín fue como una herida abierta por la que supura sangre. Tuvo que retirar la vista, y se sentó en la cama mareado. Cómo había podido colarse aquel calcetín.
No había podido ser nadie más que él, ya que tenía prohibido al personal de servicio que trabajaba en su casa, tocar los cajones. Lo cierto es que últimamente se notaba raro, distinto. Cuando en alguna de las reuniones alguien manifestaba una opinión contraria a la suya, sentía ganas de lanzar un grito. O cuando veía que alguna propuesta salía adelante sin su aprobación, le bullía la sangre. Aquello no le gustaba. Si había llegado hasta allí, era, sin duda, por su actitud displicente. Pero últimamente las cosas no le eran indiferentes.
Así que pensó que el calcetín debía ser una señal. La psicoanalista, a la que desde hacía tres meses visitaba dos veces por semana, le había advertido que se podían producir cambios.

Pino Lorenzo

EL DIPLOMÁTICO

¡No puedes ser juez y parte! le decía una corbata a su espejo. Cuando tu hija se hizo responsable de esa ONG de ayuda al refugiado, sabías que algún día te pondría los cercados sobre la mesa ¿y estás dolido porque no vino a la cena de Navidad? Recibes un buen sueldo como representante del Estado y se te valora por tu templanza, recuerda que ¡en casa del herrero cuchillo de palo! y que en tu espacio privado ¿quién es el diplomático?

Ana Velasco

EL DIPLOMÁTICO

El coche no aparcó en la cera, la invadió. Devoró como un gigante el único espacio disponible para pasar desfigurados tras las sillas de la terraza. Se apeó un hombre elegante, con un traje distinguido, perfilado como en una fotografía manipulada. De un azul noche comenzó a dar tantas órdenes que ensombreció la cara de su asistente. Éste se mostraba nervioso, abriendo y cerrando una carpeta, haciendo amago de marcar un número de teléfono. Allí, junto al edificio de la embajada y de la cafetería, un diplomático dejó de serlo. Allí quedaron el coche, la cafetería y la fotografía manipulada.

Laura López

EL DIPLOMÁTICO

Siempre lo llevábamos con nosotros, le llamábamos «el diplomático». No era que lo fuera, tampoco lo contrario, la verdad, no sé a qué vino ese mote ni quién se lo puso, lo que sé es que desde que llegó, las peleas entre nosotros y con los otros fueron casi nulas.
Hablaba con todos y cada uno, a veces se enfadaba, otras reía como un cosaco, con ganas, cuando estaba contento o habíamos logrado algo importante. Yo lo amaba, era el único de todos mis compañeros que me miraba a los ojos y era amable conmigo.
Un día se fue del pueblo a una gran ciudad, a estudiar. Cuando volvió era otro, y el mismo. El chico se había transformado en un hombre y venía con una propuesta para el pueblo. Traía la ciudad con él, pero no la ciudad, su ciudad.
Con sus ideas, el pueblo creció a favor del pueblo. Ya no le llamábamos «el diplomático» y no le pedíamos que viniese con nosotros. Le pedíamos colegios públicos, sanidad pública, trabajo para todos…

Cruz González Cardeñosa

EL DIPLOMÁTICO

Los dos enamorados se detuvieron en una inmensa lágrima para dejar paso a otra pareja ingenua con un paraguas abierto a la vida sobre sus cabezas. Los jóvenes abrazados respiraban a dúo, aplastados contra el escaparate de una tienda de juguetes, gemido constante de la suerte: muñecas que andan solas, un estuche de agente federal, juegos de construcción interplanetaria y, aunque el paraguas se había agotado al final de la calle, ellos mantuvieron sus alucinaciones pegados al cristal de la vidriera. Juguetes…
Ella se lo había dicho. Estaba preparando sus vacaciones, se iría a ver a su hermana a África. Él no aulló, ni siquiera manifestó descontento, ni preguntó por la fecha que la devolvería para emprender otro viaje. Preguntó por la hermana. ¿Qué hacía allí? ¿Desde cuándo? Ella, muy orgullosa de la primeriza de esa fratría, olvidó las telarañas de la indiferencia de su novio y le contó.
Su hermana se acababa de casar por tercera vez con un trabajador de caminos amplios como ríos que diseñaba nuevos mapas en África. Se habían conocido por un anuncio, unas líneas en el periódico: “Ingeniero busca mujer de palabras abiertas, amante del calor y de la vida al aire libre. Todo pago”. Ella quería irse lejos. Contestó al anuncio. Mandó su foto y el anunciante le pagó el billete de avión para que llegase lo antes posible. Tenían que conocerse.
Era buen mozo, fuerte, alegre y llenaba todos los rincones del espacio. Mucho trabajaba en alargar el cemento y ya hablaba de su jubilación para volver a la tierra natal. En África, su hermana estaba sin miedo, sin batallas. No le gustaban mucho los negros, gente perezosa, decía, pero había iniciado una colección de esculturas africanas. Fascinada por esas figuras, que desafiaban con gran expresividad, los sueños cerrados, el paso hipotético, juntaba máscaras, esculturas de madera consciente, de marfil animal y de bronce sonoro, periferia de la piel inagotable. No sólo era un arte étnico, sino que eran objetos con un papel fundamental para la vida de ese continente negro. Servían para curar enfermedades, convocar los espíritus de los antepasados que siempre ayudan en caso de naufragio, incluso para mediar en querellas. Las consultaban como si de oráculos se tratara. La máscara es un recurso dramático que permite hacerse con una nueva cara, adoptar otro aire, nuevo ceremonial de la muerte.
Él, precipitadamente, interrumpió su relato e insinuó que ella viajaba para consultar esos oráculos. El diplomático relato había llegado a su fin.
El oráculo soy yo, mi amor: o me pides que vuelva para que nos casemos o me pondré una de esas máscaras y no volveré.

Clémence Loonis


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Carmen Salamanca Gallego
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