EL APLAUSO

EL APLAUSO

Qué aplauso sería aquél que abrazó su alma, que no pudo vivir sin él. Buscaba en cada par de manos el aplauso. Pero siempre era más sigiloso de lo que esperaba. Canción transmutada en movimiento. Aire, viento, energía transformada circulando entre otros, células con vida receptivas a las diferentes formas. El aplauso que, construido en el alma, salía de su garganta para encontrar otros caminos, quizá una sonrisa, quizá un llanto, una pequeña lágrima deslizándose por la mejilla. El abrazo del amigo, el aplauso.

Paqui Robles

EL APLAUSO

Detrás de la apariencia de seguridad, se encontraba la necesidad del aplauso. Desde niña lo había buscado, en diferentes actividades que le hicieron aprender varios oficios y deportes. Cuando estaba a punto de conseguirlo, abandonaba lo que estaba haciendo, estando segura de que allí no lo lograría.
Un taller de escritura, le dijeron. Por qué no, se preguntó. Nunca había formado parte de uno; quizás allí encontraría el aplauso.
El taller estaba compuesto por un grupo de muchachos y muchachas inteligentes, que disfrutaban haciendo giros con las palabras, y usándolas para aquello que no fueron hechas. Al principio, escribir le pareció como saltar sin red, al borde siempre del abismo.
Semanalmente completaba su trabajo, con la tranquilidad de la tarea hecha, pero el aplauso se escabullía, y no cesaba de buscar el interruptor que diera paso al mismo.
Un día, caminando calle abajo, encontró un papel. Se sorprendió al leer: El Aplauso, título del poema de la próxima semana.

Pino Lorenzo

EL APLAUSO

En un eco de recuerdo, una bailarina le enseñaba la dirección abierta a una luz de ensueño, la de dejarse llevar por el deseo de escribir su nombre.
Pasaron libros, discursos, trabajo, amor compartido. Vinieron días magistrales de humanización, a fuego lento, sin escape posible fuera de la órbita de su deseo.
Un aplauso permanente sostiene su vida. Aplauso al trabajo de siglos, de signos escritos a fuego vivo en la sangre de su especie, la que no para de admirarse de su facultad de hablar, su diferencia.

Sylvie Lachaume

EL APLAUSO

Lo llamamos aplauso, o más comúnmente «el aplauso» porque es muy parecido a lo que hacemos nosotros con las manos cuando queremos expresar nuestra emoción, aprobación o contento, sin emitir ninguna palabra. A diferencia del aplauso humano, el de los extraterrestres no emite ningún sonido en absoluto, es una vibración energética invisible y tan sutil que nos costó más de treinta años poder percibir e identificar este fenómeno. Uno de los primeros descubrimientos consistió en comprobar que, cuando desde nuestras sondas lanzamos globos de colores a su atmósfera, los extraterrestres hacen vibrar ciertos repliegues epidérmicos de su tejido adiposo exterior.
En un primer momento los científicos temieron que pudiera tratarse de la manifestación de alguna hostilidad. Los extraterrestres realizan este aplauso como reacción a toda variación que producimos en su entorno cognitivo-conceptual, ya se trate de variaciones apreciables visualmente, o acústicamente; pero también aplauden en respuesta a variaciones posicionales de objetos o personas y, lo que es mucho más sorprendente: variaciones discursivas. Sin embargo, los últimos estudios establecen que no puede tratarse de una manifestación de agresividad.
Esto es así porque cuando los extraterrestres se enfrentan entre sí en pugna por el alimento, utilizan para amedrentar al enemigo las evaginaciones de su aparato digestivo. Es decir, el equivalente a los colmillos de las fauces en los animales terrestres. Pero se ha descubierto recientemente que las glándulas externas implicadas en el aplauso no pertenecen al sistema digestivo si no al nervioso reproductivo, ya que se trata de un conjunto de membranas articuladas que rodean la cavidad utilizada por los extraterrestres para la fecundación y generación de nuevos individuos en el ámbito físico.

Kepa Ríos Alday

EL APLAUSO

Como cada noche saludó al vigilante. Aníbal estaba absorto jugando al mus en el ordenador, aunque sabía que miraba de reojo su escultural cuerpo. Era un tipo bastante antipático al que su trabajo le entusiasmaba poco menos que nada. La única vez que habló con él más de dos palabras, fue en una ocasión en la que ella llevaba un enorme bolso que le había regalado su prima Julieta y que el malpensado se figuró que Gina podría llevarse en él un piano de cola de aquel teatro real en el que trabajaba.
Hoy era un día especial, estaba emocionada, era el día de su gran actuación sobre el escenario. Llevaba varias semanas preparándose para esa ocasión.
Se dirigió al camerino reservado para los artistas y se cambió de ropa. Para una ocasión tan especial había escogido un vestido ceñido de color rojo que le llegaba por la rodilla y que destacaba sobre su piel negra. Tenía un escote muy pronunciado en el pecho y en la espalda. Se maquilló y se soltó la melena. Se puso unos enormes zapatos de tacón y se sorprendió de su altura. Sus orígenes mandingas eran evidentes. Se dirigió al escenario por la parte de atrás como todos los artistas. Escudriñó entre las cortinas y pudo ver en la penumbra las siluetas de las personas sentadas en las primeras filas. Cerró los ojos, respiró profundamente y pudo escuchar el murmullo del público. Le pareció poder distinguir la voz de su madre. Había venido de muy lejos para verla actuar. Saboreó ese momento. El escenario se iluminó. Se hizo el silencio, sólo se podían escuchar los tacones de Gina dirigiéndose al centro de la escena en la inmensidad de aquel teatro abarrotado de gente. Unos segundos después. Su voz desgarradora comenzó a cantar Low Sweet Chariot. Canción que cantaban los esclavos africanos en las plantaciones de algodón en Estados Unidos. Aquella letra la transportaba a otra dimensión, se olvidaba de quién era y su alma vibraba, no era ella quien cantaba, era algún otro en su ser. El público estaba sin respiración y conmovido por la voz de aquella mujer. Al terminar la actuación el auditorio en pleno se puso en pie y aplaudió. Un aplauso largo y sonoro. Notaba el orgullo de su madre en la primera fila, el reconocimiento a su trabajo y a su esfuerzo.
De repente, una silueta vociferante que provenía del fondo de teatro la sacó de un momento tan dulce.

  • ¡Eh, tú! ¿qué cojones haces cantando encima del escenario y vestida de semejante manera?, ponte el uniforme y a trabajar de una jodida vez o haré que te despidan!- le indicó Aníbal desde el fondo del auditorio.
    El sueño de Gina se desvaneció como un castillo de naipes. Se dirigió al camerino y se puso el uniforme. Llevaba meses trabajando en el servicio de limpieza del Teatro Real desde que Berta Zapata la despidió por echar laxante en el pastel de Okras que la propia Gina había preparado para sus amigas que estuvieron varios días indispuestas. No la echaba de menos.
    Guardó el traje de artista que había comprado en el mercadillo por una cantidad razonable. Cogió su carrito de limpieza y comenzó con su rutina diaria. Adoraba cantar, cantaba siempre mientras trabajaba. Su mayor ilusión era subirse a un escenario. Poder trabajar allí ya le parecía comenzar por algún sitio. Que no hubiera nadie mientras ella limpiaba le pareció una gran oportunidad, sólo que ese día tuvo la mala suerte de que al vigilante le diera por vigilar.
    Al terminar la jornada pasó delante de Aníbal, que la miraba con risa burlona.
    -Tienes suerte de que hoy esté de buen humor, no diré nada a nadie-le dijo.
    -Reconoce que me has visto y que te ha gustado. Haz algo bueno por ti por primera vez en tu vida. Es probable que te cambie el carácter-le dijo la mujer lanzándole un beso al aire.
    Aníbal se quedó mirando su figura, que se iba fundiendo con la noche y pensó si aquella mujer sería de carne y hueso, ya que no había oído una voz más maravillosa en toda su vida.

María González

EL APLAUSO

Salieron varias veces a recibir el aplauso, no pensaron que la historia de los últimos lustros pudiera acaparar tanto fulgor, puso una coma en este pensamiento y entró al escenario a recoger la bandera olvidada, no convenía dejarla mucho tiempo sobre el suelo, se encontró con la sombra de un espectador que demoró la salida y le dijo: acaban de relatar lo que la distracción de estos tiempos no deja llegar a la garganta. Si alguna vez quise compartir mi pensamiento, me llamaban frenético, ridículo o me ponían un frasco de pastillas para que ni siquiera lo comentase con los médicos. Esta noche ustedes han puesto voz a esa afonía.

Ana Velasco

EL APLAUSO

No sonaron casi los aplausos después de aquella actuación, algo sorprendente según a lo que estábamos acostumbrados, bajó el telón y procedimos a la retirada de todo el material para volver a casa.
Nunca pensé que el aplauso fuera tan necesario.

Magdalena Salamanca

EL APLAUSO

La tarde del sábado anterior a su cumpleaños, se reunió toda su parentela, preocupada por la situación de Rosalinda. 27 años, casada, y deprimida, con un niño de 5 años y otra princesa de dos años. Enamorada de su marido, tal vez. Pero lo que no podía soportar era que la engañara. Y que todo el mundo, además, lo supiese. Consideraba que tenía la autoestima baja y ella se consideraba, deprimida.
La familia estaba muy preocupada con la situación de Rosalinda.
El sentimiento familiar que los unía a todos era evidente. Se hacía lo que se podía. Cuando algún miembro de esa gran familia tenía algún problema, cada uno de los miembros se preocupaba. Los que podían intervenir lo hacían, con la convicción de que era necesario resolver perentoriamente ese problema familiar.
Habían sobrevivido así por generaciones, ayudándose entre todos siempre que se podía.
Al fin, a una de las sobrinas más jóvenes se le ocurrió: “Mira, para subir la autoestima y la depresión, sugiero una operación de tetas.”
Todos asintieron. Les pareció una idea genial. Y abrieron la cuenta. Marylene se ganó un gran aplauso por su brillante idea…
Mientras, el sol del Caribe y una hermosa palmera besaban la arena de un precioso mar.

Paola Duchên

HISTORIA EL APLAUSO

Era un programa de variedades. Los bailarines abrían la melodía con sus piruetas y sonrisas de máscara.
Mezclaban piernas y brazos de manera que se convertían en una masa de colores y movimientos fugaces.
El presentador siempre caía tras la escena. Caía porque era como una irrupción, como un click de claqueta mostrando siempre la misma frase que el público ovacionada. Aplausos y vino el primer invitado.
Tenía una conversación interesante, traía frases de poeta que hizo que uno de los bailarines borrara su sonrisa de plástico y poblara otra humanidad. El presentador, con cara bobalicona, interrumpía con sus chistes sin gracia. Era un narcisista venido arriba por el éxito del programa, un formato donde varios personajes despotricaban el uno del otro. Ese día algo pasó de forma diferente. Alguien aplaudió cuando el presentador en una de sus risotadas, casi se atraganta y el poeta, desde sus versos, le dijo: un hombre no
muere si otro lo nombra.

Laura López

EL APLAUSO

Cuando uno muere es porque se tiene que morir, ley de vida. Con los labios llevándose lo vivido, la lengua del olvido, la saliva secreta. Lágrimas entornadas a historias que ya contarán otros. Vive en uno el muerto. Un arco nocturno depositado allí donde el magnetismo lo coloque, arropado en el desorden de la pérdida. Hasta que la limpiadora levante las axilas de las células, aspire el silencioso mundo del muerto, la catástrofe entrometida y deje lugar a otro tiempo, a un caudal de estrellas sin nombres, a porciones de vuelos a tutiplén. Transiciones de cuidados de alba, una tierra abierta a la próxima noche y nada se nos escapa. Seguir vivo tiene el sabor de la muerte del otro.
Bien, es un remolino que, si se quisiera, dejaría hijos en el papel, para que nadie muera en vano, para que el que no vivió, sea un muerto.

Pero, ¿porqué ahora? justo en ese año de los 3 millones y medio, morir como cualquier infectado, en la fosa común. Y preguntaron: ¿No habrá muerto del virus?
No, murió calculando todos los gestos desunidos e imposibles, fue el resultado de una ecuación: el recorrido de su nube y el eterno galope que señala la caída final.

Cuando Pedro terminó lo que había presentado como una conferencia en un congreso médico imaginario, sus padres y tíos apretaron con ritmo y entusiasmo sus manos en un gran aplauso.

Clémence Loonis


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