LA TORMENTA

LA TORMENTA

Es lo que quiero, huir, tormenta de palabras llevándome más allá de mis fronteras, compradas para sobrevivir, límites que se quieren expandir más que liberar.
El marco de una vida que se transforma sin que me dé cuenta, tormenta para el que me vigila desde un ángulo bicéfalo. Se pierden las distancias que bien saben que nunca alcanzarán el cuerpo de la verdad. Tormenta por creer en la palabra sin percibir el tobogán que me llevaría a un nuevo universo, verso para calmar mi ansia de encontrarme desnuda, en la tormenta.

Sylvie Lachaume

LA TORMENTA

Aunque llueva hoy haremos la excursión, total son solo 5 kilómetros, subiremos al Cerro de las Vírgenes y allí, refugiados en la ermita, tomaremos un piscolabis para reponer fuerzas.

Lo importante, aunque llueva, es ir a buen ritmo, el ascenso nos traerá alguna que otra complicación, pero la caminata, merece la pena.

Además, en estos momentos, lo que necesitamos es airearnos, después de tantos meses sin casi contacto con la naturaleza, queremos impregnarnos de la madre tierra, ella nos alimenta y nos cultiva a la vez.

Las nevadas este año han sido prolongadas y el aislamiento se lleva mal. Por suerte, la lluvia de estas semanas ha deshecho la nieve y estamos todos más comunicados.

Hagamos las mochilas y vamos ¡¡¡nos espera la aventura!!!!

  • Papá, he visto un rayo seguido de un trueno.

Vaya, tendremos de suspender nuestra excursión.

Magdalena Salamanca

LA TORMENTA

Me levanto como siempre a las siete de la mañana, enciendo la radio y hablan en francés.
Voy a la televisión, también es francesa. Despierto a mi mujer y ella utiliza el mismo idioma.
No estoy soñando. Cuando ayer me acosté, vivía en Madrid. Lo más lejos que estuve, fue al escuchar la entrevista de un escritor gallego promocionando su último libro.
Comienza a llover, se convierte en tormenta y el agua tiene un sonido similar al de la lluvia en Paris.
Pienso si habré comido algo que me haya sentado mal, aunque no creo que unas judías verdes con jamón puedan transportarme con tanta rapidez al país vecino.
Me dirijo a la cocina, el cuerpo me pide un café ole y unos croissants.
¡¡¿Pero qué carajo me pasa?¡¡
Miro el teléfono, algunos de mis amigos me han escrito.
Antonio nos invita a tomar el té a las cinco.
Luisa, que vayamos a su casa a comer un asado.
Rodrigo que llevemos salchichas que él pone la cerveza.
¿No tendrá esto que ver con el resultado de las elecciones generales?
¿Con que mi equipo ya no pueda ganar la liga?
Quizá es una señal y sea un buen momento para cambiar de país.

Hernán Kozak

LA TORMENTA

No era una tormenta de granizo cualquiera, yo nunca había visto tanta violencia. Se trataba del odio de Dios, como dice Vallejo, un odio universal e injustificado. La abuela nos contó que a veces Dios también se enfada, se enfada contra todos y mata a cualquiera sin ningún motivo. Los granizos caían con saña sobre las pobres superficies indefensas destrozando absolutamente todo. Mis primos, medio en broma medio en serio se pusieron a rezar pidiendo perdón por todos sus pecados. Yo también recé aunque en silencio, por evitar las burlas, ya que ellos sabían que en mi familia éramos ateos. Todos juntos mirábamos desde la ventana y dábamos seriamente las gracias a los fabricantes de cristales, a los arquitectos, a los albañiles… a todos los que habían construido un refugio tan sólido y consistente. Seguimos un rato más mirando la tormenta. Parecía que no iba a terminar nunca. Tendríamos que acostumbrarnos a vivir siempre dentro de casa. Por suerte teníamos víveres para bastante tiempo.
Sin embargo, antes de llegar la noche, de pronto comenzó a disminuir el belicoso estruendo de la tormenta. El estridor de los disparos se fue diluyendo en nuestras voces. Cayeron las últimas pedradas cada vez más distantes, como si algo estuviese distrayendo a Dios. En unos minutos la tormenta amainó y cada quien se fué a su casa, cada quien con sus creencias.

Kepa Ríos Alday

LA TORMENTA

Se veía al palomo a través del visillo. La cabeza se le movía al ritmo del viento, un descarrilar de trenes, un vaivén de nuca y papada gorjeando. Era un galimatías en aquella noche de tormenta. Subido en el poyete de la ventana, comenzaba a empaparse, a redondearse como una bola emplumada. Le abrieron la ventana en cuanto se vio necesario bajar la persiana. ¡No le iban a dejar en esa guisa!
Nervioso rodó junta a la chimenea. Sus ojuelos inmóviles se arrastraban por la habitación, buscando un lugar a salvo. Empezaron a caerle migajas de pan a su alrededor y, preso de un mecanismo como de turbina, su pico comenzó a bajar y subir, a engullir. Era agradable el calor, el ambiente de la sala. Unos niños corrían en derredor de una mesa. Nada podía ser más idílico. Tormenta, chimenea, calor, gente
agradable… De pronto una puerta se abre. Cientos de aves comenzaron a invadir el pasillo, la habitación.
Gritos y de repente un muerto. Alguien cayó por las escaleras. Pero ya estaba muerto. Las aves hicieron de coartada.

Laura López

LA TORMENTA

Estábamos escondidos donde nadie pudiera encontrarnos. Divisábamos la bahía y toda la playa de la costa este. Los barcos llegaban sin parar en un estrepitoso baile que no cesa de repetirse.
Los contábamos con los dedos, haciendo muescas en la roca, para no dejar escapar a ninguno.
Desembarcaban sin parar, hombres rubios, delgados, ataviados con ropas de plata. La playa perdió su color, y fue como una maraña gigante de cangrejos que salen del mar.
Manteníamos el silencio en la cueva. Tres días llevábamos sin salir, y las provisiones se iban agotando.
Formamos grupos de dos, y proveernos de lo que nos hiciera falta. En las noches, sin
posibilidad de hacer fuego, contábamos historias, de otras embarcaciones que habían llegado a la isla. Aquella vez era distinto, no había lugar en el mar que no ocupara un barco.
Sabíamos que los barcos no se quedarían allí, aquella isla no era lugar de refugio. Venían a proveerse de personas que poder llevar lejos. Podíamos aguantar varias semanas, lo suficiente para que se fueran.
Pero aquel viaje fue diferente. Los barcos tardaron semanas en zarpar; no había duda de que sus intenciones habían cambiado.
El sonido de los truenos nos alertó por la noche. La lluvia empezó débil, como cuando quiere avisar de que algo grande está por pasar. Los hombres blancos, fueron subiendo a los barcos, esperando, como veían, que el tiempo empeorase. Era la oportunidad para salir, para ir a buscar víveres y animales a la otra parte de la isla.
La tormenta empezó como se avecinaba. Fuimos saliendo de la cueva agradeciendo al cielo su templanza. Nos dividimos para poder aprovechar el tiempo, y recolectar la mayor cantidad de alimentos. Queríamos, también, poder encontrar a otros habitantes de la isla, que nos explicasen qué es lo que pasaba.
Los días pasaron y la tormenta no cesó. Nunca había estado tantos días lloviendo. Los barcos, enfurecidos por las olas, se soltaban de sus anclas, y se iban mar adentro. Como una fuerza que iba de la tierra al mar, las grandes olas en la orilla, no permitieron a ningún barco desembarcar, y asombrados íbamos a la playa a verlos alejarse.
Fue la tormenta más larga de la historia. Duró, al menos, tres años. Lo suficiente para hacernos fuertes frente a la próxima llegada del hombre blanco.

Pino Lorenzo

LA TORMENTA

La tormenta cada vez estaba más cerca. Cerramos ventanas y puertas con pestillos. Corrimos a resguardarnos al sótano, un lugar con poca luz, pero preparado al 100% para la ocasión. El propietario que había anteriormente se había preocupado de acondicionar perfectamente la casa para estas ocasiones. No era un lugar donde acostumbrase a haber tormentas de este tipo, pero desde hacía dos semanas anunciaban en las noticias la llegada de una gran tormenta con grandes tornados. 40 años esperando este evento, con una casa totalmente acondicionada para ello. Llegó el momento de comprobar si realmente aquello que parecía una obsesión, serviría de algo o no.

Paqui Robles

LA TORMENTA

Sobre la madera golpeaba la lluvia seca, con la fuerza de una calle desierta y un viento de novela policiaca clásica. Una pequeña habitación con olor a añoranzas eternas, sin latidos, anudaba nombres.

Fue en aquella primavera donde el sol de esos antípodas nórdicos era como un desván de esperanzas. Existía una vida cubierta de aureolas, un destino para su rostro. Muchos caminaban a la superficie, no había dudas, las apariciones circulaban entre sueños y estaba dispuesta a seguir la fraternidad del fuego. La victoria de las preguntas, el pavimento del momento, habían reducido lo que más temía: no conocer la aventura de una vida de mujer.

Tenía estrellas circundando su vida, la tristeza del follaje materno siempre rodeado de abandono y la juventud del barrio que no entendía el eco de la guerra, y desembarcaban de la plaza todos los días aquellos ojos de novedad como le contaba la abuela, de una lágrima a otra, los labios alegres por poder decir: se terminó, por fin todo ha terminado.

Ahora yacía en la cama como muerta, como una muerta cualquiera, abandonada después de tantos dibujos maduros, de proyectos y futuros sin condena. Abandonada a su respiración ruidosa que no caía a tierra. Empujaba la naturaleza inevitable de los recuerdos vegetativos, un espacio mínimo para las palabras, nombres de madrugada silenciosa. Abrazaba a la abuela por miedo al trueno artificial de la tormenta.

Clémence Loonis

LA TORMENTA

Estábamos entusiasmadas con el viaje. Era solo una semana pero después de un año sin viajar nos parecía la gloria.
Cuando llegamos al apartamento que habíamos alquilado lo primero que hicimos fue ponernos el bañador para ir a la playa.
El día fue perfecto hasta que el cielo comenzó a llenarse de nubes, cada vez más negras, un viento cálido pero violento hacía volar las toallas y en un momento la playa se quedó vacía.
Nos refugiamos en el apartamento justo a tiempo de librarnos de la lluvia que, insistente, amenazaba con inundarlo todo.
No hubo inundación pero se pasó toda la semana lloviendo y bajó la temperatura un montón. Menos mal que hicimos caso a la friolera del grupo y nos trajimos algo de abrigo porque si no la semana de vacaciones hubiese sido peor que el año de encierro. Después de ésta no sé cuándo volveremos a salir.

Cruz González Cardeñosa


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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