EL PEZ ROJO

EL PEZ ROJO

Vivía donde sus padres se habían comprometido a tejer una vida de las más armoniosas, pues adivinaban que podían conseguir, con su trabajo, vivir sus sueños. Así que nació en un hogar habitado por arte, perfumes, música y por un pez, un pez rojo, como esos que, nadando como a la cabeza de su mundo, divinamente, amenizan parques y jardines.
Sigilosamente, se desplazaba en el universo de los cuentos de hadas y su fortuna le susurraba que ni el sol ni la brisa invernal atacarían sus deseos de arrancar de golpe toda luz. Se acercó al río de sus pensamientos lleno de ávida esperanza, se deslizó por el puente que nos separa del cristal y cayó en su acuario, nadando como un pez, como un pez rojo en nuestra mirada.

Sylvie Lachaume

EL PEZ ROJO

Una casa en medio del campo, sin nada alrededor. Cualquiera diría que es el lugar ideal para cometer un crimen y pasar desapercibido. Y tendría razón.
Se alquila por días, semanas o meses.
Hasta el jueves próximo sus arrendatarios son tres tipos de la banda del “pez rojo”. Se llaman así porque su jefe, tiene escamas en lugar de piel y su cara esta siempre como si se avergonzara de algo.
Cada cuatro o cinco años alguien piensa que está preparado para quitarle el puesto. Por ahora todos han fracasado y por lo tanto han debido conocer ese bello y tranquilo paisaje rural.

Hernán Kozak

EL PEZ ROJO

Rojo como las fresas maduras, el pez rojo estaba. Nadaba de aquí para allá, sin rumbo fijo, sin esperar. Cada día, subía a la superficie del mar, ese lugar donde se establecía el límite de vivir o soñar. Estaba tan enamorado del sol, las nubes y el cielo azul que no podía pasar un día sin poderlos mirar. “Qué será esto”, se preguntaba. Un día, se encontró con una gaviota, con quien quiso conversar, preguntar por el ancho cielo. Este lugar que ves, le dijo el pájaro al verlo llorar, la única forma que hay de poderlo alcanzar, es así como tú haces: observando lo que nunca podrás tocar.

Paqui Robles

EL PEZ ROJO

Le llamaban el pez rojo debido a su pasado comunista. En aguas poco profundas se dirigía con cierta autoridad al resto de alevines del río. Pero nunca se aventuraba más allá de la roca preñada de peligros. Aquella oscura roca custodiada por sombras como guadañas, era el límite de su mundo hasta que un buen día de verano conoció el verdadero color rojo. Porque hasta entonces para él los colores servían para distinguir equipos de juego, emblemas de competiciones infantiles. Pero el pez rojo no había experimentado nunca una corriente tan fuerte. El agua se llevó sus escamas, se quedó desnudo.
El pobre pez, con sus minúsculas aletas, no podía ni taparse las pelotas y tenía mucha vergüenza de que otros peces le vieran. Empezó su huida desesperada hacia la roca profunda, pero a la vuelta de un alga se topó con un grupo de peces. Uno de ellos dijo:

  • ¿Qué es eso de color rojo que hay allí? ¿Será una lata de cocacola? ¿Será una bandera electoral? No, mirad, ¡parece que se mueve! Debe ser un tanga perdido, un bañador perdido por algún bañista enamorado ¿Puede haber un pez tan rojo?

Kepa Ríos Alday

EL PEZ ROJO

Por fin abrieron el aquarium. Los niños se agolpaban tras lo cristales y hacían gestos con su cara. Cara de pez, cara de tiburón voraz tratando de engullir al compañero de clase, con risas, con movimiento de cuerpos. Sólo uno de ellos se dio cuenta. Algo le atrajo de esa mirada congelada. Pupila inmóvil, la cara, el cuerpo del niño, permaneció encerrada en esa esfera. Nadie se dio cuenta hasta que no hubieron hecho
todo el recorrido ¡El niño había desaparecido!
Dieron la alarma. Policía, búsqueda por los alrededores…. Niño con chándal rojo, ojos oscuros, pequeño y delgado.
Una semana pasó desde entonces. Un día nuevo en el aquarium. Niños corriendo, imitando a los peces, señalando. La niña se quedó mirando al pez rojo. Esa mirada congelada la atrapó.
Su reflejo apareció en aquella pupila oscura. Y ella iba de amarillo.

Laura López

EL PEZ ROJO

En la tienda del chino podías encontrar peces de todos los colores. La gama era amplia, y siempre descubría algún color nuevo que llevar. Hoy venía decidida a comprar el rojo. Tenía el azul, el verde, el negro, y por uno con cincuenta céntimos, merecía la pena tener la colección.
Ya otros días había querido adquirir el pez rojo, pero cuando preguntaba por él, el chino me decía que acababan de llevarse el último, y que lo mandaría a pedir para la próxima semana.
Yo pensaba en ese pez viniendo desde China, un largo trayecto por algo menos de dos euros.
Me pareció extraña la vida de hoy, pero pensé que quizás no lo traerían de China, sino de otro comercio cercano.
El caso es que aquel día todos los peces ocupaban su lugar, menos, nuevamente, el pez rojo.
Me extrañó tan enorme coincidencia, y decidí, en aquel momento, iniciar una investigación que me llevó a descubrir al asesino en serie del barrio de La Isleta, que aterrorizó, durante meses, a los ancianos de la ciudad.

PINO LORENZO

EL PEZ ROJO

Se despertó temprano esa mañana, hacía tiempo que no iba al Rastro, y aunque le habían dicho que ya no era como antes, añoraba ese ambiente de gente buscando sin saber exactamente qué, le gustaba ver los puestos con todo tipo de cachivaches, pero con lo que más disfrutaba era con los puestos de animales, que poco a poco eran menos, debido a las normativas del ayuntamiento. Por fin vivía solo y quería ofrecerse una mascota, no sabía qué, lo dejaba al azar, seguro que alguna le captaría el ojo dentro del ambiente del bazar. Se desplazó en metro, tras cruzar varias calles entró en el callejón de los pequeños reptiles y tortugas, luego pasó por el de gusanos, que ahora los ofrecían como complemento alimenticio, proteína natural por tres euros, rezaba el cartel. Pasó rápido y se encontró entre jaulas de canarios, de periquitos y pequeños loros, de repente el colorido de un agapornis atrajo su vista y decidió que ésa sería la mascota. Estaban eligiendo el colorido y fijándose en si cantaban o no cuando alguien le tiró de la camisa por la espalda, al volverse se encontró una joven que le puso en la mano una bolsa de agua con un pez rojo en su interior. “El emperador le ha elegido a usted”, dijo; “pero yo no quiero un pez”, contestó él. “No puede hacer un desprecio a un animal así ¿y si nos tomamos un café y lo vamos hablando? La suerte le acompaña esta mañana, seguro que no tenía decidido lo que se iba a encontrar”. Él se quedó un poco perplejo, pero la sonrisa de la joven insistió y aceptó el café sin mucho malestar. Se sentaron en una de las terrazas de Cascorro y tras unos minutos de plática, la joven se levantó para saludar a alguien y en un segundo desapareció. Llevaba un ratito esperándola cuando se acercó el camarero para cobrar y, al ver la bolsa de agua con el pez, le dijo que si tenía algo de suelto en el bolsillo pues con el de la cartera no le podría pagar.

Ana Velasco

EL PEZ ROJO

Su abuelo le mandó a por un cuartillo de vino.

  • Algún día podrás con una cántara- le dijo, azuzándole el pelo.
    Sentía una mezcla de emoción y temor cada vez que tenía que ir a buscar vino para su abuelo. El pez rojo era una taberna de madera escondida en las calles del casco viejo de aquella villa marinera escarpada en una ladera que terminaba en el puerto. Las humildes casas pintadas de azul y rojo ofrecían un paisaje singular y hermoso.
    Estaba regentado por Isidora una mujer de avanzada edad. Todo en ella era menudo, se cubría el pelo con un pañuelo negro y tenía muy mal carácter. Parecía estar siempre de mal humor y le gustaba contar chistes picantes, que nunca dejaban a los hombres en buen lugar. Esta mezcla de atributos hacía que su taberna estuviera llena de marineros retirados y maltratados por la vida. Allí se contaban historias del mar, de mujeres y se bebía hasta olvidar, momento en el que Isidora aprovechaba a sacar la escoba de debajo del mostrador y les mandaba a su casa con una fuerza inexplicable con su menudez.
    Aunque a Lucas la mujer le imponía cierto temor y respeto estaba deseoso de que su abuelo le mandara a comprar el vino. Anhelaba ver a Inés. La hija de Isidora era una muchacha alegre y vivaracha, entrada en carnes y más lozana que su madre. Le parecía la mujer más hermosa que había visto en su vida y su voz melodiosa le llevaba al séptimo cielo. Estaba enamorado. Se lo había confesado a su abuelo, éste había lanzado una tremenda carcajada ante la confesión del muchacho.
    -Pero si solo tienes ocho años Lucas, ¡que sabrás tú sobre el amor! Le había dicho. Pero a él no le importaba. Estaba convencido de que algún día cuando fuera mayor se casaría con Inés y su abuelo se pondría un traje y una flor en la solapa.
    Ese día la moza no estaba en la taberna, lo que le decepcionó bastante. Precisamente tuvo que ser ese día, que se había peinado y se había limpiado los zapatos. En el local había un par de hombres postrados en un banco de madera con un vaso de tinto en la mano. Mientras Isidora despachaba el vino al muchacho, se pudieron escuchar unas voces que procedían de la cortina lateral del mostrador que accedía a la vivienda. En principio, parecía un susurro que fue cobrando cada vez más intensidad. Se pudieron distinguir los sollozos de Inés sobre los que se superponía la voz grave y alterada de un hombre. Como una exhalación, Lucas cruzó la cortina y subió las escaleras, entró en el cuarto del que procedían las voces, la puerta estaba abierta. Inés medio desnuda estaba siendo zarandeada por un tipo alto y corpulento. El muchacho, como el caballero enamorado que era, se abalanzó sobre él, lo pataleo, lo mordió, forcejeó cuanto pudo con su minúsculo cuerpo mientras gritaba: déjala canalla, déjala, no la hagas daño… El hombre lo apartó de un empujón a una esquina de la habitación, atónito por el coraje del chico.
    La mujer se acercó a Lucas que se había recompuesto y con los puños y la ira en el rostro hacía frente a aquel gigante.
    –Vete a casa cariño son cosas de mayores, eres muy valiente, estoy muy orgullosa de ti- le dijo Inés.
    Acto seguido le dio un beso en la mejilla. Lucas pudo fijarse en el pecho blanco como la leche de la mujer y sus ojos llenos de lágrimas. Comprendió que lo mejor que podía hacer por su amada era retirarse. Dolorido en el alma cogió el garrafón y regresó a su casa. Se sentía tan triste que poco le importó la advertencia de Isidora:
  • No es bueno que los niños se inmiscuyan en cosas de mayores. Ya sabes tú, oír, ver y callar- le dijo.
    Lucas no comentó nada a su abuelo. Los días siguientes estuvo cabizbajo y con una fiebre que le retuvo en cama. El médico le dijo al viejo que era un virus de primavera, que no tenía mayor importancia, y que después de unos días no sólo se sentiría bien, sino que además daría un buen estirón. El abuelo sabía que lo que le pasaba al chico era mal de amores.
    Cuando Lucas se recuperara, se emplearía a fondo y tendría con él una larga conversación sobre las mujeres.

María González

EL PEZ ROJO

Había una vez un pez rojo que nadaba. Tenía unos grandes ojos que ocupaban la mitad de su cuerpo. Abría y cerraba la boca como si hablara, aunque si te acercabas a la pecera nada escuchabas, ni siquiera su respiración. Ni el movimiento de sus aletas, ni el de su gran cola ancha y plateada. Comía cada día y algo se relacionaba con los otros peces que, aunque más grandes que él, lo admiraban. Un día trajeron un pez diminuto de color azulado. Los otros peces lo miraron extasiados, bueno más que extasiados, podríamos decir que quedaron expectantes planeando quién de ellos se lo terminaría zampando.
El pez rojo se puso a su lado, le miró con sus grandes ojos y le invitó a seguirle. El pequeño pez azul no sabía qué hacer, nada le aseguraba que no sería él quien se lo comería. Sin embargo, había algo tranquilizador en su penetrante mirada. Comenzó a nadar detrás de aquel extraño pez que sólo nadaba y cuando pasaba cerca de los otros peces éstos se retiraban.
Nadie sabe porque lo respetaban de esa manera, nadie trajo una historia que explicase porqué pasaba. Sin embargo, ¿a quién le importa si al pequeño pez azul lo que ocurría le salvaba?

Cruz González Cardeñosa

EL PEZ ROJO

Era un martes cualquiera en el mercado de La paz, las señoras gritaban con alegría la llegada del pez rojo, parecía que no llegaba nunca, desde meses se anunciaba su venta y todos sus beneficios para la salud, parecía que, según un rumor, compartiendo una comida familiar donde se participe en su elaboración, la inmunidad contra el COVID estaba asegurada. Ningún estudio científico demostraba tal descubrimiento, pero en Yucatán, que es de donde parten los rumores, ya no hay ningún infectado y todos misteriosamente han desarrollado inmunidad.

El tiempo ya está entrando en su cuenta atrás, en menos de un minuto, abrirán las puertas del mercado, se nota el ansia por conseguir aquel milagro de la naturaleza, por supuesto cada familia ha debido reservar previamente a su pescadero su pez rojo.

30 segundos y entramos, la gente está muy emocionada y todos queremos nuestro pez rojo, después de esta larga espera… sólo 15 segundos, los ánimos se alteran y, aunque mantengamos el orden de la fila, algunas mujeres intentan obtener los primeros puestos, 5,4,3,2…. Pipipí, pipipí, pipipí….

  • Buenos días, cariño, te noto alterada ¿estás bien?
  • Sí, pero no he podido comprar mi pez rojo…

Magdalena Salamanca

EL PEZ ROJO

Subir las escaleras de dos en dos, casi sin respirar, con largas zancadas, como queriendo devorar las distancias, como cuando su madre le llamaba desde el fondo del patio del fondo y aceleraba su pequeña carrera para llegar a tiempo a cenar.
Hoy, sin embargo, siempre salta como llegando a destiempo a una cena donde lo tiene que preparar todo y no hay nadie al fondo del salón reclamando su presencia.
Al fondo de la habitación un pez rojo, uno solo, es testigo de una vida aparentemente inocua. Pero las apariencias, como todos sabemos, casi siempre nos engañan.
Detrás de esa imagen de deportista, por lo pronto, imagen muy común entre sus amigos treintañeros, estaba floreciendo un artista en potencia.
Se dedicaba al cultivo de varias plantas, entre ellas, la que era la joya de la corona, una plantación urbana de estupendas plantas de marihuana.
Las cultivaba solo por el placer de cultivarlas. Ni siquiera las fumaba o las vendía o las regalaba a sus amigos. Solo quería verlas crecer y morir cuando correspondía.
Le gustaba ver crecer sus plantas por el color estupendo que tenían y que combinaban además con el chirriante color rojo del pez. Amante del color y del interiorismo, mantenía vivo al único pez que le daba un cierto colorido a esa estancia semi oscura.
Las vidas son siempre un enigma en este callejón oscuro del este de Nueva York mientras el atardecer muere frente al ventanal del 21º piso donde vive este corredor de fondo de la vida.

Paola Duchên

EL PEZ ROJO

Yo vengo aquí para consultar, consultar al pez rojo, claro. Los escabrosos acentos repiten el juramento: gota a gota, soy una nube.
Hay que consultar al teclado, a la creciente llama que nos cuenta cómo fue rodeando, a ratos, el infernal tormento, y uno duda: ¿Será como nos cuenta el beso?
Y las dudas pueden ser malas como manchas de pinturas, entrar en los libros que no llevan retratos y dibujarles el retrato y un retrato que vacila, no tiene futuro.

El pez rojo prospera. Están los locutorios para escuchar y obedecer, pero están apenados porque la lengua, ese músculo que reza y esconde, marca a modo de muerte, la fecha, la fecha eterna y aunque no haya llovido, se muda a cada rato, de sangre fácil a sangre lápiz, un columpio que balanceando inventa preguntas: ¿Hay vida antes de la muerte?
Y cuando careces de mujer, el pez rojo va tomando agua de la calavera, regando el temblor, las cuentas que te curan de lo que no tienes. Salir de una fruta madura a modo de recordatorio… Ya están los dientes de carne y no es tan pesado el olor de los niños ni requieren confesiones de madre.

Ahora que me tuteas, subiremos al escenario, el tiempo se esconderá por los rincones de la viudez y cara a cara sin sombras de música ni dedal de plata, improvisaremos el chiste monumental. ¿Me escuchaste? A cada rato, el pez rojo.

Clémence Loonis


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

Inscripciones: carmensalamancagallego@gmail.com – 609 515 338
https://www.facebook.com/talleresdeescrituracarmensalamancagallego

Visita nuestra web:
http://www.escribeycrea.com

Visita nuestro canal en Youtube
https://www.youtube.com/channel/UCQtPVp9VFU2hYjtG8xtIJfQ?view_as=subscriber

Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s