LA TIENDA DEL CHINO

LA TIENDA DEL CHINO

En la tienda del chino no había ojos que pudiesen abarcar los colores, las estatuillas bien vestidas moviéndose a algún ritmo sordo, ni la ronca rienda de utensilios para todas las estadías. Los ojos quieren abarcar, cubrir entera, la valentía de su mirada.
Primero se zarpa desde el sexo, la intriga es total, afluyen barcos eternos, colecciones de lechuzas muertas, despropósitos acumulables en las alturas y así, sin que uno sepa por dónde, se queda encandilado por una pila de cacerolas o de espejos de mano que le sirven a la mano como goteo de imágenes, de dedo a dedo.
En fin, como le decía a la María, en la tienda del chino está el litro de leche justo al ladito del de la lejía. Hay incongruencias y no decimos nada. Lápices de ojos que no pintan la piel, yo los he dejado a Mariela, mi niña, tan brava muchacha, le hubiese gustado poder darle un aire de lluvia a la terraza.
¿Sabes? Viene el calor ahora y hay un ambiente de elecciones, dineros colgados por las calles, vídeos con múltiples cámaras y debajo gente hambrienta. Hay incongruencias y no quiero hacer ningún paralelismo. Cuando sean más numerosos los truenos del hambre que los anillos de la corrupción, cuando los grillos broten del fuego de la miseria, la miel de la televisión seguirá tan azucarada que como en los tatuajes del sueño se verán con una mirada minúscula, hiedras nimias creciendo al lado de la famosa botella de leche.

Clémence Loonis

LA TIENDA DEL CHINO

La tienda del chino siempre había sido una caja de sorpresas, era la atracción del pueblo. Nunca antes habíamos visto una tienda con tantos objetos curiosos aunque, a decir verdad, me parece que inservibles. Me di cuenta después de años. Para lo único que sirvieron fue por la ilusión de comprarlos. Por ese instante, quizá valía la pena, pero cuando pasaba el tiempo, ¿para qué los quería? Entonces, pude reflexionar sobre comprar por comprar, en la tienda “de 20 duros”, y ya no fui más. Más tarde llegaron los chinos, yo ya no vivía en el pueblo, la noticia de la tienda del chino, cuanto menos, me sorprendió. ¡Qué modernidad! La cultura, de algún modo, se ampliaba. Como les contaba, llevaba años sin entrar a una tienda de este tipo. De tanto insistirme, un día me convencieron para ir a comprar algo servible, entonces pude comprobar que las cosas habían cambiado pero que, en el fondo, todo estaba tal cual lo había dejado.

Paqui Robles

LA TIENDA DEL CHINO

Imperturbable permanecía tras el mostrador. De mirada serena, escondía aquellos días grises tras las nubes de azúcar y los caramelos blandos que los chiquillos y chiquillas masticaban con la boca abierta, mostrándole las profundidades de su risa.
El sólo sonreía. Era una sonrisa hierática, perpetua, como de estampa, una especie de convención amable, para que pudieran mirarse en un espejo. “Sé amable”. Siempre le habían insistido en dar esa imagen. A veces su rostro apuntaba otros surcos, pero sabía disimularlos navegando por otros recuerdos.
Mas ese día no pudo disimular. Entraron unos vecinos del bloque justo al lado del establecimiento. Iban a alguna celebración y la niña chillaba buscando unos malditos ganchillos que le ayudaran a sostener la rebeldía de su pelo. El dependiente pensó también de su lengua. Era una déspota aquella chiquilla. Rubia, de ojos azules, despeluchada como una fiera indomable, permanecía exigente y tirana pidiéndole los dichosos ganchillos con una prisa exacerbada.
El dependiente le sonrío, y la chiquilla, movida por un resorte, comenzó a insultarle clamando con sus palabras a que se moviera.
Él no se movió, estaba harto de las nubecillas de azúcar, de los ganchillos, de los sobres de papel, de los confetis, de los calcetines a media pierna, del dos por uno…. Cogió tranquilamente un libro. Se sentó, y usó un ganchillo de marca páginas. Se lo entregó a aquella criatura y se fue al almacén para reponer artículos de su nueva sección de librería.
La niña se llevó el ganchillo, el libro, y una cara de estupefacción al leer el título del mismo: Justine y los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade. Lo escondió en su bolsito rosa chicle, cómplice, y se fue alegre a la celebración.

Laura López

LA TIENDA DEL CHINO

El vendedor de la tienda del chino había salido a la puerta dando la voz de “palaguas”, “palaguas” y decidí comprarle uno por 3 euros. Después me detuve un instante ante el escaparate desde donde un gato dorado me saludaba insistentemente. Debí caer en un estado de hipnotismo, pues cuando hubo dejado de llover yo seguía con el paraguas abierto. Los chinos son tan hábiles en sus tácticas comerciales. Saben anticiparse a tus necesidades de la manera más práctica: ahí están las pilas del mando a distancia que ya está empezando a fallar, la tira elástica para la mascarilla que tanto te aprieta, el sillón para la terraza que ya estás acondicionando para el buen tiempo. Si alguna vez no he sabido qué hacer con mi vida, he ido al chino a comprarme cualquier cosa. El asombroso orden con que colocan las cosas en cada sección parece contribuir a aclarar las ideas, y uno sale de allí tan contento tras haberse comprado el enésimo bolígrafo de color verde. Después, al entrar en casa y dejar las llaves junto a las monedas y el gel hidro alcohólico, vuelve a comenzar el caos. ¡Qué desastre!

Antonia López

LA TIENDA DEL CHINO

Había cierta expectación en el barrio porque la tienda de Nélida iba a ser traspasada a unos chinos. Entonces no se veían tantos comercios orientales en la ciudad.
Quise rápidamente conocer a los nuevos vecinos, y cualquier pretexto me sirvió para ir a comprar. Ella se llamaba Sofía, él Juan Carlos, y su hijo Felipe. El niño de 5 años, correteaba por la tienda y por la acera en la calle, con algún vecino con el que jugar. Sofía, sin hablar palabra de español, pudo entender lo que le pedía, y me sirvió amablemente. Su marido, Juan Carlos, bajaba los ojos cuando le miraba, y sonreía como si quisiera decir algo más.
Fue haciéndose costumbre ir a la tienda del chino a comprar. La cercanía y la rapidez en traer productos nuevos, fueron ganando mi confianza.
En todas las ocasiones alguna palabra bonita, un cómo estas, y aquella sonrisa del chino que siempre me inquietó.

Pino Lorenzo

LA TIENDA DEL CHINO
¡CERRADO!
¿Por qué la admiración? ¿te sorprendes?
Ni la simulación de un complot mundial pudo con la fuerza del trabajo. Les cerró el miedo, pero por poco tiempo, “la vida solo se puede vivir”, dijo el poeta. ¿Entonces? ¿Por qué la tienda del chino sigue cerrada? Se trasladó a un local más grande y mejor situado. El trabajo es la mejor arma.

Magdalena Salamanca

LA TIENDA DEL CHINO

El silencio es el rey de su tienda. Como si hubiese dejado su voz en el lejano país que lo vio nacer, como si no quisiera despertar más celos que sus antepasados, porque yo, cuando entro en un Chino, estoy acompañada por la voz de Polo, Marco. Y sé que los tesoros, que están a la vista de todos, en las gigantescas tierras del Este nuestro, generaron demasiadas calumnias como para además enarbolarlas. Así que el Chino, en nuestras tierras, vende sólo pálidos reflejos, miguitas de las riquezas que nos empeñamos en destruir con nuestra ceguera y sus estanterías son como murallas para que tú, nunca más, puedas saber algo de las joyas que defienden.

Sylvie Lachaume

LA TIENDA DEL CHINO

Aquel domingo primaveral decidió por fin arreglar las plantas de la terraza, contritas tras el invierno. Puesta en faena se dio cuenta que le faltaban un par de tiestos para hacer los esquejes, pero no tenía ganas de postergar la tarea. La solución más cómoda era acercarse al bazar el chino y así lo hizo, incluso tomó la precaución de llevarse un metro para medir el perímetro de los vasos, que luego siempre acababa comprando el mismo tamaño. Cuando llegó a la tienda, no vio a nadie en la tienda, ni junto a la caja recaudadora, el empleado estará en algún rincón vigilando su cámara, se dijo. Lo que tenían de bueno estos bazares es que podías pasearte tranquilamente entre las alacenas hasta dar con el cachivache que estabas buscando, sin ser interpelado por empleado alguno.
Tras dar los buenos días, sin esperar respuesta, se insertó entre los estantes hasta encontrar la colección de vasos de diferentes tamaños, la mayoría eran de plástico, pero también había de barro, crudo y pintado, sacó el metro, consideró el tamaño para las hortensias y los esquejes de aloe. Se decidió por dos de barro pintado, le hubiese gustado cargar con otro de crudo, pero para eso debería haber traído el carro de la compra, con un tercero, a menos que fuera de plástico, reventaría la cadera. Los tenía entre las manos, cuando se acordó que necesitaba unas tachuelas, dejó los portamacetas en un rinconcito y volvió a insertarse en los estantes, a golpe de vista no las distinguió, pero tampoco las necesitaba al instante, así es que volvió hasta donde había dejado su mercancía, pero sorprendentemente ya no estaba. Miró varias veces y desplazó la colección de vasos de un lado a otro, por si el empleado los hubiera devuelto a su anodino, pero no era así, imposible no reconocerlos, había elegido los dos últimos de barro pintado. Un tanto asombrada se fue hacia el mostrador dispuesta a contarle al empleado lo ocurrido, no estaba. Así es que alzó la voz ¿hay alguien ahí? supo que no estaba sola porque sonaron unos cascabeles detrás de ella, al volverse vio al empleado y le contó lo que le había pasado, no estaba segura de si el señor le entendía lo que le decía, pero vio cómo le hacía el gesto de que lo siguiera y dijo: macetas, macetas, … aquí tiene, muchas macetas.
Si, sí, ya veo dijo ella, pero no están las que había elegido, que no he tardado ni un segundo, no puede haberlas vendido. Además, yo quería las de barro pintado. El operario de ojos rasgados respondió sin mirarla, plástico es mejor, no se rompe y pesa menos. Disgustada recogió el que el empleado puso entre sus manos, mientras pagaba en la caja le pareció ver, a través de un espejo colgado tras el mostrador, como una joven de larga melena y cabello liso se dirigía al fondo de la tienda con los tiestos pintados que ella había elegido.

Ana Velasco

LA TIENDA DEL CHINO

Estaba siempre abierta, cuando no estaba el chino estaba su hijo de diez años. Una vecina del barrio, Teresa, decía que iba a ir a la policía a ponerle una denuncia al padre por maltrato infantil porque esa criatura debería estar haciendo los deberes en su casa en vez de estar en la tienda trabajando duramente. Por las mañanas el niño no estaba en la tienda. Seguramente estaría en el colegio, muy bien, pero ¿porqué un niño tan pequeño estaba todas las tardes en la tienda trabajando ilegalmente?
El niño siempre miraba los espejos cuando ella entraba a la tienda. Él era mucho más atento y suspicaz que el padre: hablaba castellano, iba a un colegio privado católico, tenía amigos españoles y conocía la idiosincrasia española con cierta precisión inconsciente. Por eso aguaitaba a Teresa por todos los espejos estratégicamente dispuestos en cada pasillo; sabía localizarla en cualquier punto de la tienda, en cualquier esquina o recoveco que ella se situase.

-El trabajo infantil está prohibido -decía Teresa al chino padre cada vez que se lo cruzaba por el barrio- Le recuerdo que aquí en España no somos esclavos. Su hijo tiene que estar en su cuarto sólo con sus deberes, con el ordenador, viendo la televisión, mirando libremente Internet, aprendiendo a ser libre, y no en una tienda trabajando como un esclavo, la pobre criatura

Kepa Ríos Alday


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